«I’m in love with a ghost»

Capítulo 2: Fiesta…

Un nuevo día de escuela comenzaba.

Había dormido muy bien la noche anterior, cosa que me desconcertaba pues ni siquiera escuché que papá llegara a dormir. Me sentía muy bien, una sensación de paz inundaba mi habitación y terminaba contagiándome de una felicidad rara.

Me levanté de mi cama mientras daba pequeños saltitos, y comencé a vestirme para irme a la escuela. Dejé mi cabello suelto, y no me maquille mucho. Luego de eso, salí de mi habitación con mi mochila colgada al hombro, pensando que tal vez mamá ya debía de estar sentada en la mesa esperándome para que pudiéramos desayunar juntos como todas las mañanas. Pero ella no estaba ahí y me preocupé un poco.

Lo único que se podía escuchar, era una respiración muy suave, de esas que la gente da cuando está profundamente dormida. Así que fui a la sala, pues de ahí provenía el ruido, y en efecto, mi madre estaba recostada en el sillón, sin ningún tipo de cobija que la cubriera y con sus manos como almohada.

— Mamá…Mamá… —dije, mientras la movía suavemente.

— ¿Uhm…? —ella apenas y abría los ojos— ¿Bill? Pero, ¿Qué hora es? —preguntó alarmada.

— Tranquila mamá, es temprano.

— Tengo que preparar el desayuno y…

— ¡No, no, no! —le dije— Deberías de irte a descansar a tu cama, papá ni siquiera llegó a dormir anoche. —Se acarició la cabeza y bostezó.

— Creo que te haré caso, pero… —Mamá estiró su mano hacia la pequeña mesita que estaba frente al sillón, y tomó su cartera— Ten —me dijo, dándome un poco de dinero.

— Gracias —sonreí. Luego le di un beso en su mejilla y la acompañé a su habitación— Te cuidas mucho —ella solo asintió.

Bajé de nuevo las escaleras y salí de casa para comenzar a correr rumbo a la escuela, pues ya era un poco tarde y no me podía dar el lujo de irme con pasos de caracol. Miraba mi reloj de vez en cuando y no podía evitar mirar también para todos lados distrayéndome un poco. Esa sensación de sentirme vigilado regresaba, y se mezclaba con aquella otra de felicidad. Todo era demasiado raro.

En menos de diez minutos ya estaba tocando la puerta del salón y rogaba que el profesor que estuviera me dejara entrar, de repente, alguien abrió.

— Buenos días profesor… —dije con algo de miedo.

— Buenos días señor Kaulitz, ¿se da cuenta de la hora que es?

— Perdón, es que se me hizo tarde…

— Si, de eso ya todos nos dimos cuenta —suspiró y luego dijo— Pase, pase, pero que sea la última vez que llega a esta hora.

— Gracias —sonreí.

&

-Un mes después-

— Oye Bill… —me decía Georg. Otra vez íbamos todos juntos de camino a casa, era viernes, el mejor día de la semana.

— ¿Qué? —respondí mirando para todos lados. Mis amigos ya se habían acostumbrado a que siempre hiciera lo mismo, aunque seguían sin entender el motivo, era algo que ya se había convertido en un hábito.

— Hoy habrá fiesta en mi casa, ¿quisieras venir? —preguntó.

— No lo sé… — contesté dubitativo.

— ¿Cómo que no sabes? —inquirió Andreas.

— Es que…—Lo pensé un poco— Está bien —accedí finalmente sonriendo.

— ¡Qué bueno! —dijo Andreas.

Continuamos con nuestro camino, hasta que llegamos a mi casa. Me despedí de mis amigos, no sin antes saber el horario en el que la fiesta daría inicio. Entré a mi hogar, y mamá ya estaba poniendo la mesa.

— ¡Hola hijo! —saludó.

— ¡Hola mamá! —contesté, tirando mi mochila en el suelo.

— Ve a lavarte las manos que ya vamos a comer —dijo. Frases típicas de una madre ¿no? Fui a la cocina a lavarme las manos, para luego regresar al comedor y sentarme a la mesa.

— ¿Mamá? —musité.

— ¿Qué pasa?

— Es que…—dije nervioso— Quería preguntarte si… ¿Me dejarías ir a una fiesta hoy en la noche?

Sonrió— Claro que si hijo. Solo llega temprano —encomendó mientras guiñaba un ojo. 

Terminé de comer, para luego ayudar a mi mamá a recoger los platos sucios de la mesa. Después me fui a mi habitación y comencé a recogerla, con algo tenía que matar el tiempo que faltaba para mi compromiso de la noche.

Sin darme cuenta, el sol comenzó a esconderse, dándole paso a las estrellas, aquellos pequeños puntos destellantes en el cielo.

Me metí a bañar y comencé a arreglarme, poniéndome una camisa gris ajustada, pantalones, chaleco y botas negras. Peiné mi cabello en una coleta y me maquillé muy poco, solo con sombras tenues alrededor de mis ojos.

Una hora después, ya estaba despidiéndome de mamá.

— Te cuidas mucho hijo… —recomendó con una voz muy suave.

— No te preocupes ma, estaré bien. Cualquier cosa, no dudes en llamarme al celular —y le di un beso en la mejilla.

Comencé a encaminarme a la casa de Georg, que no estaba muy lejos de la mía. A unos cuantos metros de arribar, la música comenzó a llegar a mis oídos y ya cuando estuve frente a casa de mi amigo, me di cuenta de la cantidad de gente que había.

— ¡Bill! —gritó alguien, lo reconocí, era Andreas.

— ¡Hola Andy! —saludé. Ambos entramos a la casa, prácticamente a empujones, apartando a todas las personas que nos impedían el paso. Buscamos con la mirada a Georg o a Gustav, hasta que dimos con el anfitrión de la noche— ¡Georg! —grité, esperando que me escuchara. La fiesta acababa de comenzar, pero el parecía estar ya demasiado pasado de copas.

— ¡Bill! ¡Andreas! —respondió mientras hipaba— Que bueno que… hip… vinieron —decía y dijo muchas cosas más que ninguno entendió.

Andreas y yo decidimos pasarla los dos juntos, y luego, Gustav se nos unió. Nos sentamos en las escaleras, yo en el escalón más alto, a mi lado Andy y un poco más abajo, Gustav. Él parecía estar molesto por algo.

— ¿Qué te pasa? —le pregunté gritando, mientras tomaba un sorbo de mi cerveza.

— Nada… —contestó cortante, y su mirada solo estaba fija en un punto: La pista de baile, en donde Georg se encontraba con una chica, prácticamente restregándose.

— No te pongas celoso Gus… —dije sin pensarlo, y el de lentes me miro amenazante.

— ¿Celoso yo? —gritó y se levantó muy molesto. Luego se fue de ahí.

— Kaulitz, Kaulitz. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —me recriminó el rubio.

— ¡No dije nada malo Andreas! —exclamé y fruncí el ceño.

—Pues, para Gustav lo fue… —Bueno, tal vez era cierto. Creo que tendría que pedirle disculpas.

De repente, mi celular vibró en el bolsillo trasero de mi pantalón dándome un susto de muerte. Lo saqué y revise la pantalla: Casa.

— ¿Hola? —contesté y me tapé el oído derecho para poder escuchar mejor.

— Bill… —dijo una voz de hombre que no supe reconocer.

— Si, ¿Quién es?

— Ven… —su voz sonaba de ultratumba— Rápido. —Y la llamada se cortó.

— ¿Quién era? —preguntó Andreas.

— No lo sé —musité, pero mi amigo fue capaz de oírme— Pero creo que me tengo que ir. 

—Y salí rápidamente del lugar demasiado espantado y desconcertado, con el rubio corriendo tras de mí.

Continúa…

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