«I’m in love with a ghost»
Capítulo 7: Funeral…
Toc, toc, toc.
— Bill, ¿Puedo pasar? —preguntó Carolina desde fuera. Sequé rápido mis lágrimas y Tom se levantó de la cama, pues aunque el único que lo podía ver por ahora era yo, se notaría que alguien estaba sentado por el hueco que el peso de su cuerpo causaba.
— Claro… —Ella entró.
— ¿Qué tienes hijo?
— Nada Carolina, nada…
— ¿Cómo que nada? Mira como estas, parece que has estado llorando —dijo mientras orillaba un mechón de cabello de mi cara y me acariciaba la mejilla.
— No, sólo bostecé, debe ser eso…
— Uhm —me miró no muy convencida, pero daba igual. — Bien Billie, sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —asentí y ella suspiró— Tenemos que hablar…
— Carolina yo… escuché que por la mañana te llamaron y sé de qué quieres hablar conmigo
— Oh…
— Estaré bien —Volvió a acariciar mi mejilla y me sonrió. Tom solo nos veía desde el otro lado de la habitación, estaba recargado en la pared.
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Me vestí con alguna ropa negra, nada formal, no lo tenía ni me gustaba. Dejé mi cabello suelto y no me maquillé. Cuando estuve listo bajé a la sala de la casa junto con mi amigo. Andreas y sus papás ya me esperaban ahí.
Tom se veía triste, tal vez lo estaba mucho más que yo, pero decidí no preguntar, no quería ser imprudente, además, sentía que si comenzaba a hablar la voz se me quebraría en cualquier momento.
Andreas y su papá estaban vestidos con trajes muy formales color negro, mientras que la señora Carolina traía puesto un vestido un poco largo. Yo era el que desencajaba ahí.
— Estoy listo —dije cuando pisé el suelo de la planta baja.
Carolina me regaló una sonrisa leve y todos salimos rumbo al auto del señor Ferdinand. Tom se sentó del lado de la ventana derecha, Andreas en el otro extremo y yo en el medio.
Pronto la melancolía que Tom sentía me fue contagiada. Tenía muchas ganas de llorar, de gritar, él iba con la cabeza gacha y yo no pude evitar comenzar a ver su perfil.
Era hermoso, realmente hermoso. Me preguntaba si acaso como iba vestido, era la forma en la que lo habían enterrado. Tenía puesta una camisa color rosa un poco grande, pantalones anchos de mezclilla y un par de tenis que parecían ser del color de la camisa pero un poco más oscuros. Su cabello estaba en trenzas y era de un profundo color negro, llevaba además, una pañoleta negra atada alrededor de la frente que le hacía de adorno.
— ¿Qué tanto me observas? —preguntó mientras sonreía, era una sonrisa apenas visible.
— ¿Nunca nadie te dijo que eres hermoso? —musité automáticamente, y al instante cubrí mi boca con las manos. Tom me veía sorprendido, no era para menos y no era el único que se sentía así.
— ¿Qué tienes Bill? —preguntó Andreas mirándome muy raro.
— No es nada —vacilé.
— ¿Seguro? —asentí, pero tenía la certeza de que el rubio no me había creído en lo absoluto.
Sentía mi cara arder, ¡Joder! Esto era demasiado vergonzoso.
Aunque claro, ni siquiera eso podría hacer que me olvidara hacia dónde se dirigía éste auto.
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Andreas, sus papás, Georg, Gustav y Tom, estaban ahí acompañándome, dándome su apoyo. Los G’s habían llegado juntos pero seguían sin hablarse. Agradecía mucho el hecho de que estuvieran ahí conmigo cuando los necesitaba.
— Polvo eres y en polvo te convertirás… —decía el sacerdote.
Un par de personas bajaban el ataúd de mi mamá. Yo lloraba sin que ni siquiera Tom pudiera consolarme.
Cuando comenzaron a echarle tierra encima, yo ya no resistí y tuve que irme de ahí.
— ¡Bill, espera! —gritó Tom mientras comenzaba a correr tras de mí. Pero a pesar de eso no me detuve.
Aunque cuando me cansé, tuve que parar a tomar un poco de aire y a limpiarme las lágrimas que ya me habían nublado la vista.
Abracé mi cuerpo y vi a lo lejos a Tom. Estaba a punto de volver a correr, cuando observé algo que captó mi completa atención: Thomas Trümper (1985-2006).
Tapé mi boca instintivamente. ¿Acaso éste Thomas era el mismo que yo conocía? Y suponiendo que lo fuera, ¿sabría que aquí estaba su cuerpo?
— Bill —dijo mi amigo cuando estuvo al lado mío. — ¿Bill? —insistió pues no le había contestado.
Entonces desvío su mirada hacia donde estaba la mía. Sus ojos se hicieron muy, muy grandes, parecía estar sorprendido.
— ¿Eres tú? —pregunté. Sus ojos llorosos y mirada ausente me dijeron que sí.
— Yo no sabía que esto estaba aquí —dijo mientras se agachaba a recoger un ramo de rosas rojas frescas que se encontraba ahí.
— Seguramente son de tu familia.
— Imposible —musitó poniendo las flores de nuevo sobre el lugar de donde las había levantado.
— ¿Imposible? ¿Cómo que imposible?
— Bill, mi familia no sabe que estoy muerto.
— ¡Bill! —Gritó Andreas mientras se acercaba a mí corriendo. — ¿Estás bien? —preguntó.
— Si… Estoy bien —mentí. — ¿Ya terminaron? —el rubio asintió.
Salimos del cementerio rumbo al estacionamiento del mismo, pues ahí estaban los autos y era hora de irnos.
— Gracias por haber venido —Dije a los G’s.
— No es nada —Georg me dio un abrazo y luego Gustav hizo lo mismo. Ambos se subieron al auto del de lentes y se fueron.
Nosotros hicimos lo mismo, era ya un poco tarde y todos estábamos sumamente cansados. Después de aproximadamente media hora, ya estábamos en casa. Cada uno se fue a su habitación.
Tomé una ducha rápida y luego me metí a la cama. Tom estaba sentado con la mirada fija en un solo punto.
— ¿Qué tienes? —pregunté curioso, pero él no contestó nada— ¿Es por lo qué paso en la tarde en el cementerio?
— Sí… Bill, te juro que yo no sabía que mi —hizo una pausa— bueno, que eso estaba ahí.
— Eso es raro… ¿Tampoco sabes quién pudo haber llevado esas flores? —negó con la cabeza—Ohm… Tom, ¿puedo preguntarte algo?
— Sí, ¿qué?
— ¿Cómo es que tu familia no sabe que estás muerto?
— Oh —musitó. Seguramente no se esperaba esa pregunta. —Pues ellos viven en Hamburgo Bill… Yo estaba aquí en Berlín porque es donde estudiaba.
— Pero es que acaso ¿nadie les aviso?
— Supongo que no. La única persona que sabía el lugar exacto donde vivía mi familia era ella…
— Y ¿quién es ella Tomi?
— La chica de la que me enamoré —respondió con frialdad, pero aun así me sentí raro.
Raro como solo me había sentido una vez, cuando tenía 14 años y vi como otro besaba a la chica que me gustaba… Aunque no, seguro y solo me estaba confundiendo.
— ¿Nunca le contaste a nadie más?
— No lo creí necesario, así como no creí que moriría mientras estaba en la escuela —ironizó.
— Y ¿quién crees que haya ido a enterrarte ahí?
— Imagino que ella, era lo menos que podía hacer…
— ¿Cómo que lo menos que podía hacer?
— Uhm… Algún día lo sabrás, pero no por ahora —dijo soltando un suspiro.
— ¿Por qué no por ahora? —cuestioné mientras me sentaba y cruzaba los brazos. Estaba un poco indignado.
— Porque todavía no es el momento.
— Y ¿cuándo será “el momento”? —pregunté aún más enojado.
— Pronto, muy pronto…
Continúa…
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