
Fic TWC de Aelilim
Capítulo 16: Fragilidad (dividida en dos)
Tom se echa la culpa silenciosamente, maldiciendo sin aliento mientras corre como alma que lleva el diablo. El costado le duele, igual que el tobillo que tiene lastimado por haber saltado una caída de tres metros y medio y haber aterrizado mal, pero si se detiene, no llegará a Bill.
No puede concebir algo peor en todo la jodida existencia que dejar a Bill esperando días y días, preguntándose qué le ha pasado y temiendo haber quedado solo. Sus excursiones no suelen darlas sin compañía, es preferible ir ambos, más seguridad porque dos pares de ojos sirven más que uno.
Pero Bill estaba demasiado cansado y Tom simplemente no había podido despertarlo, así que haciendo silencio se había ido.
Si no regresa, ni siquiera habrá podido despedirse de su hermano.
Gruñe, escuchando unas risotadas.
Le están cazando como un animal, sin embargo, conoce bien esa zona como para dejarse llevar a callejones sin salida o arrastrarlos en su desesperación al edificio en el que está su refugio.
En su cabeza está trazado el plano que tiene que recorrer para poder perderlos introduciéndose en un estacionamiento laberíntico de varios pisos. Aún si le siguen los pasos y es una pandilla de seis miembros contra uno, podrá escapar.
Su corazón está tan acelerado que solo es capaz de escuchar sus propios latidos. Cincuenta metros más. Tiene que lograrlo.
Un grito gutural y demasiado cerca para su gusto resuena justo cuando ha llegado al estacionamiento. Sube unos cuantos niveles, el dolor en su pie empeorando, y se esconde en un desnivel difícil de ver.
Ahora debe esperar a que se cansen de buscarlo y se retiren.
Unos largos, muy largos minutos pasan y su respiración sigue sin calmarse. Pero cuando escucha ruidos próximos, se cubre la boca con la bandana tratando de ahogar cualquier sonido.
—Solo haces más largo lo inevitable. —Es una voz masculina, muy suave y Tom desea que su palpitar se detenga y no lo evidencie.
¿Qué sería lo peor si es lo que atrapan?
No es la muerte. Lamentablemente. Es tortura por diversión, por sadismo y aprovechamiento de cada centímetro de piel, de órganos, de cabello.
Es no volver a ver a Bill.
Para cuando vuelve a regresar a su horroroso presente, está a solas. Se moviliza con cuidado pero solo puede comprobar que no tiene tanto valor como presa para que sigan persiguiéndolo unos vándalos que han dejado libre hasta el último de sus instintos más bajos.
Regresa a casa con cuidado, apurándose porque ya es media tarde.
Ha pasado toda la mañana fuera y regresará con las manos vacías y un tobillo medio lastimado; adolorido, vencido.
Y está bien, en sí, ya que regresará vivo.
Bill corre a su encuentro, al primer piso, apenas abre las inmensas puertas de fierro, y le recibe entre furioso y a una nada de deshacerse en llanto. Le da un beso hambriento y un derechazo que hace que el oído le zumbe.
Casi todo al mismo tiempo.
—Aquí estoy —dice Tom con un fantasma de sonrisa cuando han quedado callados y quietos.
Todavía siguen a la entrada, a la vista y paciencia de cualquiera. Bill asiente.
—Más te vale. Pero no lo vuelvas a hacer.
Entre los dos trancan la puerta y suben a su décimo piso. Cierran la cuarta puerta con el mismo cuidado y Tom se deja caer al suelo, sintiendo que finalmente podrá respirar tranquilo.
No pasa, porque recibe otro golpe en el mismo sitio y el oído le zumba de nuevo. No mueve ni un solo músculo para quejarse o soltar un gemido de dolor. No se lo merece.
—¿Tom?
Han sido tres porrazos sin merced cuando Bill se deja caer a su lado y le mira desde muy cerca. Sus grandes ojos clavados en su rostro.
—¿Qué?
—Desperté y no estabas… ¿Sabes lo que se siente?
—No. —Recibe un derechazo más pero esta vez en el brazo, y no duele mucho—. ¿No es suficiente?
Bill se acurruca contra él en respuesta y llora.
Continúa…
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