
Fic TWC de Aelilim
Capítulo 3: L.A.
Bill a veces se pregunta cómo hubiera sido si no se hubiesen mudado a los Estados Unidos con la cabeza llena de ilusiones y sueños.
Tal vez la posibilidad de ver a su madre otra vez sería algo más que un deseo vano.
(¿Mamá estará viva?, es otra de las cosas que se pregunta en ese momento que está sentado en el balcón del décimo piso y sus pies se balancean, y el vacío está ahí, a la expectativa, y siente que el pecho se le encoge).
L.A. les había recibido con los brazos abiertos, con sus luces luminosas y con el océano Pacífico y sus aguas frías. Y Alemania los había despedido con sus fans europeas sintiéndose traicionadas y diciéndole adiós a estar a solo dos horas de ver a su familia y a su único amigo cercano.
Pero aquellos colores brillantes, lujo, y promesas de fantasías a realizar se habían desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Ahora la ciudad está desolada y gris. Horriblemente gris y vacía, no es ni una sombra de lo que era. Hace mucho que el Metro no funciona, los grandes letreros no son encendidos, y las tiendas fabulosas han sido o saqueadas o… Saqueadas los primeros días después de la catástrofe es la única opción, en realidad.
Y así está todo el mundo. California, ni con su sol, ni con sus ofertas ni su importancia se salvó de terminar como el resto.
Bill sigue balanceando los pies y mira hacia abajo, sin sentir vértigo.
Sigue así hasta que unos brazos rodean su entalle y lo obligan a bajar del barandal.
—He conseguido víveres. Nos servirán por un tiempo… —Es Tom, por supuesto—. ¿Qué pasa?
—Estaba pensando. —No quiere decir más. La conversación la han tenido millones de veces, y está cansado y tiene hambre.
—Te tengo algo.
Bill levanta la mirada hacia los ojos marrones de Tom y sonríe, sintiendo chispas minúsculas de curiosidad. Su hermano le consigue presentes muy contadas oportunidades ya. Lo substancial es sobrevivir, ¿por qué? A veces no lo tiene muy claro.
(Aunque si él no estuviera, Tom tampoco podría. Y eso es motivo suficiente la mayoría de ocasiones).
—¿Qué es? —pregunta. Todavía sonríe y estira la mano, esperando a que Tom le dé lo que le ha traído.
—No es la gran cosa y sé que no vale, Bill, pero lo encontré de casualidad en el almacén y creí que te gustaría.
Tom introduce la mano en su casacón negro y viejo, saca de ahí un objeto pequeño y se lo entrega a Bill.
Es un anillo de platino con un diamante negro en el medio.
El dinero, el oro, los diamantes en el mundo en el que viven ya no tienen el valor de antaño. El agua es el nuevo petróleo, el nuevo dinero… Sin embargo, al inicio había sido distinto. Todos habían querido negociar sobrevivencia hasta que habían entendido que los ricos y los pobres estaban metidos en la misma bolsa: solo el más apto seguiría viviendo.
A Bill todo eso no le interesa.
Se pone el anillo y extiende la mano para verlo, la sonrisa que no ha abandonado sus labios se intensifica.
L.A. puede estar mustia, apagada e irradiar muerte y vandalismo, pero en ese instante, Tom está ahí.
Y Bill lo abraza y entierra el rostro en su cuello, sintiendo… sabiendo que si Tom está ahí, desear estar en otro lugar es pecado.
Continúa…
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