«Homofobia» Fic de Monnyca16

Capítulo 7

“Fotografía”

—¿Entonces han pasado como dos semanas desde que Bill te besó y le correspondiste? —Georg pareció ir por buen camino, asombrándose de no haber hablado con su amigo anteriormente, pero su agenda de trabajo estaba llena, además de haber estado dando de alta a algunos de sus pacientes. Tom volteó la cara, contestando de esa manera que sí —. ¿Por qué correspondiste?

Ante eso, Tom lo volvió a mirar, esta vez más fijamente que antes:

—Parece niña —detonó serio—. Amanda no estaba y sentí como si la estuviera besando a ella —agregó, finalizando y esperando una respuesta de su mejor amigo.

Georg asintió, buscando no profundizar ese tema, porque sinceramente no era momento para señalar a su amigo. No era bueno atacarlo o buscar explicaciones cuando miraba que Tom estaba demasiado impaciente.

—¿Qué pasó después? —Prosiguió, detectando que seguía viéndolo a la cara.

—Le pedí que por favor me dejara ser feliz con su madrastra —dijo con facilidad, sin ningún esfuerzo. Georg notó que entonces esa no era la preocupación de Tom. ¿Entonces cuál era?

—¿Cómo reaccionó Bill?

Ante la resequedad de los labios, Tom se los lamió, contestando:

—No dijo nada; llegó Amanda y al final ya no estaba ahí.

—¿Entonces lo buscaste con la mirada luego de darle la bienvenida a tu novia? —Sin dudarlo, Georg ladeó el rostro, tratando de encontrar una muy buena respuesta a su incógnita. Era maravilloso que Tom se preocupara por Bill.

La confusión irradiaba de los ojos del rastudo, desencajando la quijada por breves segundos.

—¿A qué quieres llegar con esto?

Georg sonrió de lado, después borrándose la sonrisa con la mano, despistadamente. —A si te preocupaba Bill en esos momentos o no.

—No es la gran cosa, Georg —dijo suavemente, suspirando—, pero Bill es un niño, tiene 16 años.

—No es un niño, es un adolescente. —Georg corrigió.

—Como sea —Tom protestó a la velocidad de la luz, alzando una ceja y mirando hacia otro lado, distrayéndose.

—¿Y por qué no tomaste en cuenta su edad cuando te empeñaste en “arreglarlo”? ¿No te preocupaba que pudieras hacerle daño? —Siguió cuestionando, terminando de beberse su café. Necesitaba otro cuanto antes.

—Si lo vieras ahora… entonces no estarías preguntándome por eso.

—¿Por qué? ¿Cómo se comporta ahora? —Cruzó las piernas, esperando por más información. Estaba seguro que pronto llegaría a la verdadera inquietud de Tom, por el momento lo dejaría soltarse, lo animaría a pensar más de lo normal.

—Se ve normal.

—¿Y se sentirá normal? Una cosa es que él se vea normal, pero otra muy diferente es cómo se siente. —Tom se rió, irónico—. Pero si no te interesara como persona entonces no estarías preocupado por cómo es ahora cada vez que te ve. Si no te importa Bill, entonces no es tu trabajo enfocarte en si te mira o si está feliz después de que lo rechazaras…—Enfocó un punto para hallar más respuestas, las verdaderas. Conocía a su mejor amigo y sabía que lo más importante faltaba por venir.

—Por eso el problema no es él, el problema soy yo.

Georg observó que su amigo miraba hacia la ventana principal de su casa y respiraba hondo, cansado. Estaba jodidamente sofocado por la situación y ese era el comienzo para saber por qué Tom estaba de esa forma. Aquel era el comienzo para saber lo que en verdad pasaba por la cabeza de Tom.

—¿Por qué tú? —Ánimo un poco, acercándose lo necesario, esperando pacientemente la respuesta.

Tom apretó la quijada, dejando ver lo que su problema lo hacía sentir. Todos los sentimientos que vagaban y rodeaban su cuerpo, se expulsaron con las emociones que nunca creyó experimentar.

—He pensado en mi padre —comenzó, soltando una sonrisa llena de decepción y angustia—. He pensado en mi madre. —Tom lo miró esta vez—. He pensado también en Amanda. —Esta ocasión se negó dos veces, decepcionado de sí mismo más que de los demás. Sus ojos brillaban de coraje, de irritación, de intranquilidad —. ¿Por qué me dejó a cargo de su hijastro cuando podíamos ir juntos a solucionar su pendiente fuera de la ciudad? ¿Por qué todo lo hace sola? ¿Por qué siempre hago lo que desea? ¿Por qué necesita que obedezca todo lo que pida? Joder… ¿Por qué me prohíbe cosas a la hora del sexo? Incluso… mierda, ¿Sabías que ni siquiera le gusta besar con lengua? —Georg parpadeó—. Y tengo que insistirle mucho…

—¿Todo esto… cuál es el punto?

—Que su hijastro no parece tener ningún inconveniente a la hora de besar y de enfocarse en algo. Joder… Bill incluso le da todo lo que tiene de sí a los animales de la calle. ¿Y gana algo? No. Nadie le da nada, salvo amor del mismo perro, de un animal que ni siquiera tiene las capacidades de un humano, pero lo hace porque le importa que inclusive los perros se sientan queridos. Amanda no. Ella dice diariamente que me ama, pero…al final nunca me lo demuestra al sacrificarse un poco por mí, nunca lo demuestra cuando me controla y me dice qué hacer. Y apenas me he dado cuenta de todo esto, lo veo y no lo creo. Una relación es de dos… ¿Acaso no cuento también, Georg?

—Cuentas también.

—Pues ella piensa que no. Y he pensado demasiado en mi padre, y sabrás que nunca me ha preocupado. —Georg asintió—.Mi madre siempre fue controladora, una mujer que le gustaba que siempre se hiciera lo que ella mandara, una mujer de carácter muy fuerte, y yo lo viví porque por ella hice muchas cosas, pero hasta ahora he pensado en si mi padre la dejó de amar por sentirse un cero a la izquierda, por sentir que en verdad ella no le demostraba el cariño necesario. ¿Mi padre se cansó del comportamiento de mi madre y fue por eso que prefirió estar con un hombre? ¿El sujeto homosexual le dio el cariño y comprendió a mi padre más de lo que hizo mi madre? Y no es justificación, joder. Yo no conozco cómo fue que mi padre conoció a ese hombre, pero lo juzgué igual que mi madre, lo odié igual que ella sin siquiera escuchar su versión. ¿Y si mi padre no me abandonó y mi madre se encargó de que jamás lo volviera a ver? Ahora en mi cabeza cabe esa posibilidad. ¿Y si el hombre que conoció mi padre no era una mala persona como mi madre siempre me hizo creer? ¿Y si Bill tampoco es una mala persona? No todos son iguales, no todos tienen que ser malos. —Fue entonces que su confusión lo ahogó por nanosegundos, dejándolo sin respiración y sin habla. Su pecho subía y bajaba pesadamente, adolorido, cansado —. Después de corresponderle a Bill y de observarlo, descubrí que no. No parece ser el chico malo que mi madre siempre me enseñó que debía ser por el simple hecho de gustar de un hombre. No es malo. Veo que no lo es, lo que me hace dudar si la pareja de mi padre fue malo alguna vez o si mi padre verdaderamente me abandonó.

Los ojos de Georg se llenaron de alegría al escuchar y ver que su amigo ya comenzaba a solucionar su odio en contra los homosexuales. Le parecía fantástico que pensara con madurez y que se atreviera a comparar a Amanda con su madre, porque a Georg veía algo en ella que no le agradaba. También se había dado cuenta que ella controlaba mucho a Tom y que no le daba lo que algunas veces necesitaba, como era demostrarle su amor con actos simples, actos que no necesitaran de “un te amo” Porque esas palabras no funcionaban si no se representaban con un acto. No era lo mismo escuchar un “te amo” a escucharlo y ver que en verdad te amaban.

—Tom… ¿Y qué es lo que sientes por Amanda? ¿La amas? ¿Te sigue gustando?

Tom pensó en su respuesta, pero sin trabarse, logró decirla:

—Estoy comenzando a dudar si la amo. ¿Sabes? Ahora ya no la veo como siempre la consideré. No sé si ella cambió o yo lo hice…

—¿Y Bill? ¿Qué pasa con Bill?

Tom tomó una gran bocanada de aire, llenándose.

—No lo sé. —Sus ojos mostraban lo confundido y decepcionado que se encontraba, porque si sus suposiciones eran correctas, entonces le dolería haber vivido engañado todo el tiempo. Lo cierto era que sentía que cada vez que miraba a Bill, razonaba más, que su mente se abría, y se sentía tranquilo. Por el momento Bill era su guía para salirse de su cotidianidad, de su círculo vicioso.

Georg comprendió y dejó ese tema fuera. No era momento para confundir más a Tom.

—¿Y qué es lo que vas a hacer con Amanda?

Tom pensó un poco, tomándoselo con calma. Lo positivo era que había tiempo de ir hasta el fondo, descubrir y por último tomar una decisión. No actuaría precipitadamente.

—Voy a seguirme dando una oportunidad con ella. Y si veo que no funciona, le pediré que cancelemos la boda. No puedo casarme estando confundido, no puedo casarme con alguien a quien no amo.

Ante eso, Georg le dio una palmadita en el hombro, estando totalmente de acuerdo. Sí. Lo mejor era esperar, ver, sentir y descubrir. No era bueno ser impulsivo en situaciones así. Por el momento, Tom iba por buen camino…

&

No importaba cuantas veces buscó en internet o preguntó a las personas del bus, Bill recibía la misma respuesta: Cuando una persona te miraba significaba que le gustabas, y cuando te miraban los labios significaba que deseaban besarte.

¿Cómo se suponía que Bill tomaría eso? ¿Cómo algo bueno o malo? Algo que estaba claro era que no sería amante de nadie, no permitiría que Tom lo tocara o se le metiera por los ojos estando todavía con Amanda. Si primero la dejaba…entonces podía tal vez darle una oportunidad. Pero…Ni siquiera sabía si le gustaba a Tom o no. Lo primero que debía hacer era no sacar conclusiones y dejar que el tiempo lo dijera. Sí. Por el momento Tom podía verlo mucho, podía incluso sacarle plática, pero no significaba que quería algo más.

—Debes esperar, Bill. Puede que todo sea malinterpretado —Gustav se apresuró a protestar, tranquilizando a Bill, que se miraba demasiado entusiasmado.

Era difícil que Bill escondiera su cara contenta, y no era bueno que se pusiera feliz por las miradas del rastudo, pero era inevitable.

—De acuerdo, lo sé, Gustav. —Le sujetó las manos—. Pero es…demasiado para mí. Esto puede ser la luz. ¿Te has dado cuenta? Quizá pueda conquistarlo…Y ya sé lo que me vas a decir, pero guardaré la compostura, lo prometo. Mi actitud no cambiará por esto, pero tomaré en cuenta lo que está pasando.

—Eres un masoquista…—Se lo recordó, tomándoselo seriamente para que Bill dejara de ser así.

—Lo sé, pero no puedo hacer nada por eso.

Claro que sí podía hacer algo, pero era claro que no podía ahora. No cuando el entusiasmo lo carcomía. Ya cuando terminara de fantasear, dejaría de ser masoquista. Ese era el problema de la mayoría de las personas. Otras gentes les decían masoquistas o se los recordaban, y al final de cuentas todos podían llegar a serlo. Ser masoquista no era tan malo como parecía. Después de todo, las personas siempre llegaban a hacerse daño a sí mismas por muchas cosas que podían ser demasiado buenas para los ojos de los demás.

—¿Y si no le gustas? ¿Y si sólo está jugando contigo? —Se aterró, tomando las manos de Bill, zangoloteándolas.

Bill resopló, tembloroso. Estaba seguro que sería demasiado duro.

—Si pude con su primer rechazo, puedo con mucho más. Además esto ha levantado mucho mi ánimo, y lo aprovecharé. Pero de verdad lo siento profundo, Gustav. Siento que algo me dice que esta vez es la vencida. Algo me dice que voy a salir ganando esta vez. Además no sólo me mira, también se le ha dado de sacarme plática. Sé que es sencillo y muy común, pero joder. ¡Qué me miró los labios, Gustav! ¿Cómo puedo pasar eso por desapercibido? Y Amanda lo ha visto, lo ha visto todo, y a él ni lo importó porque estaba viéndome. —Extendió los brazos, como si fuese a abrazar al cielo entero.

—Entonces tienes que cuidarte de ella también. ¡Te metes en muchos problemas, Bill! ¡No quiero que te pase nada! ¡No quiero que te vuelvas a poner triste! Por eso…por eso piensa antes de actuar, piensa muy bien las cosas. Me da mucha felicidad todo esto, que Tom te mire y te hable, pero al final de cuentas no sabemos lo que está pasando por su cabeza.

—Sé todo eso y tendré cuidado, lo prometo. De verdad…tendré mucho cuidado y no volveré a caer, sólo que no puedo evitar estar feliz. Me gusta Tom y sabes que no es fácil aceptar que soy bisexual nada más por él. Todo ha sido muy difícil para mí, es por eso que me siento importante para él en estos momentos. —Gustav se quedó quieto, aceptando de poco a poco lo que Bill le decía—. No voy a caer, no voy a ser débil esta vez. Sólo descubriré qué es lo que pasa por la cabeza de Tom y si no le gusto, me rendiré por segunda vez. Lo prometo.

—Promételo a ti mismo. —Sonrió dulcemente, viendo a su amigo a los ojos—.Yo siempre te voy a apoyar, así que no te preocupes. Si te equivocas yo estaré ahí. Yo estaré ahí para todo. ¿De acuerdo? —Bill asintió, abrazando a su amigo y brincando como loco.

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Luego de un día en la misma rutina y ver lo mismo en Tom y en su trabajo, Bill buscó al perro, hablándole con cariño y cargándolo cuando lo encontró donde mismo: en una de sus almohadas. Bajó hasta la sala y de lo primero que se encargó fue de mojar croquetas para darle de comer. Fue rápido a pesar de tener poca experiencia alimentando a un cachorro, pero logró sentarse en el suelo de la sala y verlo comer tranquilamente, sobresaltándose al escuchar que la puerta principal se abría y de ahí entraba Amanda con Tom, que al parecer discutían sobre la barba de éste.

Bill íntimamente pensaba que se le veía muy bien la barba, además se sentía demasiado excitante cuando la tocaba, porque aunque sólo la acarició una vez… esa había sido una excelente experiencia.

Cuando el perrito hubo terminado, Bill se puso de pie y fue a lavar el platito especial, oyendo todavía que Amanda le rogaba para que se rasurara. ¡Qué estúpido se escuchaba eso! ¿Por qué Amanda quería destruir el aspecto maduro y varonil de Tom? Se le veía genial, jodidamente genial.

—No me gusta, tienes que quitártela —decía ella, dándole la espalda a Tom, que se encontraba con los brazos cruzados —. Es demasiado rasposa y me lastima. Pareces vago… de verdad, Tom. No estoy jugando.

—No está demasiado grande, apenas se está acumulando. —Bill rió por lo bajo al escuchar aquello. Tom podía ser bastante gracioso…Por supuesto que su barba estaba más grande; tenía con ella como 2 semanas. Pero absolutamente eso no era una molestia para Bill.

—Necesitas ser pulcro —seguía, picándole el pecho con el dedo índice. Tom no se movió, sólo rodó los ojos para esta vez mirar a Bill, que los observaba con bastante sorpresa. Lo habían cachado…y no sabía si correr o hacerse el que no escuchaba —. ¿Tú qué opinas, Bill? ¿Debería o no quitársela?

Un escalofrío lo retorció al escuchar su nombre de manera sugerente ¿Qué? ¿Amanda le estaba pidiendo opinión? ¿Desde cuándo hacía algo como eso? Al parecer algo tramaba, pero Bill no sabía exactamente qué. Y quería descubrirlo.

—¿Y… por qué mejor no dejar que decida lo que quiera o no quiera hacer con su cara? —Respondió, notando que esta vez Tom sacaba una especie de sonrisa de medio lado —. Si a Tom le gusta, que se la deje. —Finalizó, queriendo agregar que se veía muy guapo con barba, pero se lo guardó.

—No te quiero ver la barba para la semana que entra —dictaminó Amanda, yéndose de la cocina para dirigirse a su habitación a quitarse las botas y cambiarse.

Al ver que Amanda se iba, Bill también abandonó la cocina para volver con su perro y pensar en un buen nombre. Ya tenía días con él y todavía no se le ocurría un buen nombre, lo que sustentaba cada vez más que era malísimo para los nombres.

Tom no dudó en ir a la sala también, prendió la televisión y se quedó viéndola un rato, pensando en un nombre para el perrito de Bill. No quería entrometerse, pero Bill todavía no lo llamaba por un nombre y además antes tenía un perro y el nombre de éste quizá podía servirle a Bill.

—¿Qué te parece “Heinrich”?

Bill levantó la vista, sonriendo en grande. Sabía que Tom hablaba sobre el nombre del perro. Y personalmente ese nombre se le hacía muy genial. Sin dudarlo, aplaudió por la nueva plática que estaba a punto de efectuarse con Tom.

—Me gusta —contestó, tomando al perrito y llamándolo por el nombre que Tom había elegido —. A él también le gusta mucho. ¿Ya viste? Está moviendo la colita. —Le mostró al perro, poniéndose de pie y yendo hasta él para lo cargara y se hicieran amigos.

Tom vio venir a Bill e inmediatamente estiró los brazos para cargar al perro. Bill retrocedió y sonrió, sintiéndose muy conmovido. Tom se veía muy bien cargando a un perrito bebé. Y con esa barba parecía un papá de verdad. El pequeño Bill no dudó en soltar una risilla tras pensar en que se veían como una familia, sin Amanda, claro estaba.

Y aunque ese momento fue preciado para Bill por poder ver el interior de Tom y su manera de dar cariño, Amanda lo interrumpió con su llegada y su voz chiflada. Esa tarde Bill no dejó de sonreír aunque su avance con Tom no fuese la gran cosa. Jamás olvidaría que Tom había pensado en un nombre para su perro, jamás olvidaría que Tom podía ser tierno con él algunas veces.

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El clima podía ser un caos para algunos, pero para Bill era perfecto para salir junto a Gustav, que estaba muy emocionado por ir a comer pizza. El mes pasado Bill se había traumado con las hamburguesas, y era fantástico que esta vez fueran a la mejor pizzería de la ciudad. Estaban a 7 de noviembre, un día después del cumpleaños de Tom, y sólo había pasado una semana desde la última vez que Tom platicó con Bill, eso había sido aquella vez en la cual Tom le puso nombre al perro. Desde ese día no habían vuelto a platicar aunque Tom fuese a la casa de Bill… y era desesperante porque Bill se había emocionado demasiado anteriormente. Tom ya no parecía interesado en sacarle plática y Bill lo entendía pues al parecer lo más probable era que Tom le hablara anteriormente sólo porque deseaba que el ambiente no fuera tan incómodo y que se llevaran bien para que no hubiese problemas. Por eso, cuando Tom lo veía, pero evitaba hablarle, Bill cumplió su promesa y no se lo tomó a pecho. Inesperadamente se lo tomó bien y siguió con lo suyo, aunque actualmente aprovechando al máximo porque comería pizza.

Antes de pedir la orden, Gustav sintió que un sujeto se atrevía a verlo, percibía la molestia en su nuca y que un montón de nervios le revolvían el estómago. Luego de girar la cabeza para ver de quien se trataba, se encontró con Georg, el amigo de Tom. Sin dudarlo, Gustav ignoró a esos tipos en esa fracción de segundo, pero fue Bill quien comenzó a darle codazos a lo loco, avisándole que estaban en alerta roja pues Tom se encontraba ahí junto a su mejor amigo.

Y no, Bill no fue el único cero disimulado; Georg también golpeó el codo de Tom para que levantara la vista y viera que tenían compañía. Al chocar miradas con Tom, Bill caminó por inercia cuando Georg le pidió con la mano que fuera hasta su mesa. ¿Qué se suponía que Bill hiciera? No tenía nada de malo con saludar al que sería su psicólogo, ¿o sí?

Era cierto que Tom también estaba presente y que no había hablado con él después de una semana. También era cierto que Tom no se había afeitado la barba a pesar de que Amanda se lo había pedido…pero bueno, hacía frío y estaba en la mejor pizzería de la ciudad con su mejor amigo Georg. Y Bill…él estaba con su mejor amigo Gustav. ¿No era perfecto? Parecía como una historia cliché, en donde sin importar las circunstancias la persona que te gustaba la encontrabas por todas partes.

A diferencia de Bill, Gustav gruñó cuando se dirigían hasta Georg y Tom; como siempre, Bill lo había arrastrado y no podía hacer nada porque se vería súper exagerado tratar de huir.

—¿Cómo has estado, Bill? —Los hermosos dientes blancos de Georg fueron la luz que entró por los ojos de Bill, zarandeándolo, despertándolo de su sueño. Sin mirar a Tom, Bill ladeó la cabeza, sonriéndole estúpidamente a Georg, enormemente complacido y nervioso por tener a ambos ahí.

—Bien ¿y tú? —Su voz aguda logró que Tom lo mirara, y lo notó porque también rodó los ojos para verlo —. ¿Qué tal?

—Todo está tranquilo —corroboró con otra sonrisa sincera, dirigiendo la vista hasta Gustav, que lo miraba con la ceja alzada —. ¿Y tú, Gustav? ¿Cómo has estado?

—Bien, gracias. —Su respuesta fue cortante y un poco tímida también, a lo que Georg se detuvo a observarlo bien.

—Es un placer —sacó, subiendo la vista para mirarlo a los ojos esta vez —. ¿Quieren sentarse aquí? —Miró a Bill, sabiendo que él era el que más hablaba.

—De hecho nosotros…—Bill trató de buscar una buena excusa. No sería bueno que comieran juntos. No sería bueno…. Porque se sentía extraño cuando estaba con Tom. Estaba incómodo y era porque Tom evitaba hablar con él cuando estaban cerca.

—Está todo lleno, ¿por qué no se sientan aquí? —Intervino Georg, sacándole un jadeo a Gustav —. La mesa es lo suficientemente grande para los cuatro.

—Sí, lo es —Bill apenas pudo articular algo al darse cuenta que no había de otra.

Antes de que Bill pudiera morir de nervios, pidieron las pizzas, comida que Tom y Georg pagaron. Bill quiso pagar su comida al igual que Gustav, pero era imposible reprochar algo tan bueno como eso.

—¿Les gusta mucho venir aquí? A mí siempre me han gustado estas pizzas. —Seguido de eso, Georg masticó un nuevo pedazo de pizza, animando a todos a platicar. Tom se limitó a comer, mirando a su alrededor, entre perdido y platónico. Bill no sabía qué era lo que pasaba con Tom. ¿Bill había hecho o dicho algo que a Tom le molestara? ¿O por qué estaba así con él? Se veía distante…demasiado desinteresado en entablar una conversación. Y todos lo notaban, aunque a Georg le valiera una mierda, pero seguía notándose. Se sentía horrible.

—De hecho Gustav estaba muy entusiasmado por venir. —Pasándole la charla, Bill le golpeó el brazo al nombrado para que pusiera atención y para que hablara.

—No es cierto —protestó el rubio, estremeciéndose en automática instancia al encontrarse con la mirada radar de Georg, que le sonreía con una ternura inquietante.

—Claro que sí, además ya nos hacía falta comer pizza —siguió Bill, sacando una risilla que reflejaba todos sus nervios.

«Nervios traicioneros…malditos…» Era sólo Tom, tampoco era el presidente o su artista favorito como para ponerse así. Era mejor dejarse de tonterías y poner los pies sobre la tierra. Si Tom no quería hablarle, entonces que se jodiera. Bill seguiría hablando con Georg, ignorando a Tom. Sí. Eso era lo que necesitaba hacer.

—¿Siempre salen juntos? —La armoniosa voz de Georg sonó nuevamente, observando a los dos adolescentes.

—Sí, siempre hacemos la mayoría de las cosas juntos. Gustav es mi mejor amigo —adjuntó Bill, sonriendo en grande.

—¿Ustedes también salen juntos a todos lados? —Gustav intervino, cuestionando por primera vez a Georg, pues Tom se miraba sin ganas de hablar.

—Cuando éramos más jóvenes sí, ahora sólo salimos cuando es una fecha importante, o cuando estamos desocupados de trabajo. ¿Verdad, Tom?

—Sí —apenas comentó el nombrado.

—¿Y qué edad tienes? —Sin perder el tiempo, Bill comenzó a platicar con Georg, hablándole de “tú” por la confianza que sentía.

—¿Cuántos años me calculas?

—No soy nada bueno para calcular edades

—Puedes intentarlo.

Bill hizo un mohín. —Hmm…¿Veinticinco como Tom?

Si Tom creía que Bill no sabía que justo ayer había cumplido veinticinco años, entonces era hora de sorprenderse.

—Tengo 25, pero soy mayor, así como Gustav y tú

—Sí…—Gustav musitó, entrometiéndose.

—Sólo que Gustav es de pocas palabras. —Razonó Bill, sintiendo que Tom lo miraba fijamente.

—Exactamente —platicó el ojiverde—. Tom también es de pocas palabras. Sólo míralo…

Sin dudárselo, Bill viró hasta el rastudo. Chocando miradas y sin apartarla, Bill pudo opinar:

—Pero todos necesitamos a alguien que sea lo contrario a nosotros, porque ¿Sabes? Sería demasiado aburrido que todo fuera fácil

—Coincido con eso. Sin embargo, cuando Tom se hace cercano ya no es tan frío —agregó Georg—. Esta cara que ves es la de entrada, ya después cambia.

—Gustav también es igual, es más confianzudo con gente que conoce. Es por eso que no te debes sentir incomodo si no te habla o algo.

Gustav sonrió, nervioso. ¿Qué demonios estaba platicando Bill?

—Tom también es así, ya luego no podrás alejarlo de ti —soltó el psicólogo, poniéndose serio al espetar lo último.

—Sí, bueno…—Gustav jadeó, haciendo callar a todos.

De la charla anterior no se retomó nada, fue Georg quien comenzó una nueva plática esta vez con su amigo:

—Entonces, Tom ¿Qué tal la pizza? ¿Te agradó venir aquí?

Bill estuvo al pendiente de Tom, que respondió esta vez más relajado: —Saben mejor que las que venden cerca de mi casa

—Te lo dije… No hay dudas entonces, estás pizzas son perfectas

Bill asintió, sintiendo la necesidad de hablar. —A mí me encantan, podría comer esto y no me cansaría. Bueno… no nos cansaríamos ¿Verdad, Gus?

—Sí, sólo que Bill tiene muchos antojos al mismo tiempo y es un problema —se sinceró Gustav, sonriendo después de recibir un pisotón por parte de Bill.

—Pues a Tom le encanta cumplir antojos…

Lo dicho por Georg fue razón para que Bill se sonrojara hasta las orejas y Tom frunciera el entrecejo. ¿Qué había sido eso? Incluso Gustav se aguantó la risa. Gracias a lo anterior, Gustav ya estaba considerando a Georg como un nuevo amigo.

—Pues entonces son compatibles—el rubio prosiguió a pesar de recibir otro pisotón por parte de Bill.

—Yo diría que bastante compatibles. —Georg sonrió, rodando los ojos para ver a su amigo, que estaba muy sorprendido.

Bill apretó los labios, y sonrió tontamente, llevando toda su fuerza a su pie, que se dirigió hasta el de su amigo para pisarlo con dureza, o eso creyó cuando Tom abrió mucho la boca, adolorido. Por desgracia, Bill le había dado su más poderoso pisotón a Tom. Definitivamente eso había sido lo más ridículo y vergonzoso que marcó su existencia; era peor que pisar caca de perro y que una paloma lo cagara en la cabeza frente a todos en su primer día de escuela.

Estuvo a punto de disculparse tontamente, pero al ver que todos miraban a Tom y que los meseros llegaban hasta su mesa, prefirió callar. Eso era preferible a terminar su ridiculez. Sacudió la cabeza, rascándose la raíz del cabello, jalándoselo. ¿Qué se suponía que debía decir o hacer? Gustav estaba en complot con Georg…y Tom… él no decía nada. Ya se estaba arrepintiendo de haber preferido comer pizza ese día.

Por suerte Gustav y Georg se compadecieron y no dijeron nada, dejando los últimos minutos en total silencio, en una tensa atmósfera significativa. Aquello no era normal, no podía ser normal y menos en el estado en el que Tom se encontraba. Bill no lograba entenderlo, pero Tom lo estaba evitando ¿Por qué? No sabía, pero quería saberlo… porque anteriormente habían progresado un poco. Era demasiado jodido volver al principio, volver a estar como antes a pesar de llevar varias semanas compartiendo el oxígeno.

Bill ni siquiera había felicitado a Tom ayer por su cumpleaños número veinticinco. Y no era que estuviese muy desesperado por felicitarlo, pero deseaba hacerlo. Ese día Tom solamente estuvo con Amanda, sin pisar la casa de Bill. ¿Eso era lo más correcto? Porque se suponía que serían amigos, pero ahora ya no se comportaban si quiera como conocidos.

Georg sonrió al sentir que Bill suspiraba inesperadamente, medio atolondrado, siendo esa la última cosa que acaparó de su tiempo en la pizzería. Luego de aquello, los cuatro salieron para irse por ahí, a sus casas tal vez. Tom llevaba su camioneta y Georg la suya, permitiendo dejar visto que se habían reunido en la pizzería y que no habían llegado juntos. Bill pensaba irse en bus a casa mientras que Gustav tomaba el camino contrario, caminado como siempre.

—Tom se dirige a tu casa, Bill, es mejor que te vayas con él, hace frío y son más de las cinco. —Georg le dio un empujoncito con la mano para que se animara.

—Puedo irme por mi propia cuenta —protestó el chico, viendo a Gustav para que dijera algo.

Bill mil veces prefería irse solo a estar con Tom; se sentía demasiado incómodo, era como si le diera asco a Tom y eso le estaba hartando.

—¿No hay ningún problema, verdad, Tom? —Al oír la contenta voz de Georg, Tom ladeó la cara, dando eso como algo positivo. Georg pasó a un costado de su amigo y le dijo algo al oído, algo que ni Bill ni Gustav escucharon —. Yo llevaré a Gustav a su casa —asumió con frescura, dejando al susodicho con la boca abierta.

—Yo…—el rubio quiso interferir, pero Georg ya le había abierto la puerta de su auto. Gustav estaba dispuesto a irse solo y declinar la oferta del amigo de Tom, pero al sentir que el aire comenzaba a helarse más, se metió como de rayo y se acomodó en el asiento de cuero.

Bill entornó los ojos, negándose con la cabeza y levantando la mano derecha, sin habla, tratando de hacer volver a su amigo. ¿Qué demonios estaba pasando? Gustav por primera vez había aceptado convivir con Georg, el que le caía mal. Se suponía que a Gustav le caía mal Georg…mierda.

Al ver que su amigo se iba junto a Georg, Bill sintió que la mano de Tom le apretaba el brazo y lo jalaba para un lado. Por su estado atontado no prestó demasiada atención, pero al ver lo que Tom hacía, pudo percatarse de que éste le abría la puerta de la camioneta. Bill divisó hasta el rastudo, en blanco. Definitivamente eso era lo más extraño que había salido de Tom desde que se conocieron.

Por primera vez Tom se portaba cálido, como todo un caballero. Sonriendo por dentro, Bill entró y se sentó, recargándose por completo en el asiento al sentir a Tom demasiado cerca, poniéndole el cinturón de seguridad. Ese acto era todavía más gentil que abrirle la puerta de la camioneta, se sentía como si Tom tratara de protegerlo.

Tom volvió hasta su sitio y cerró la puerta. Aprovechando que Tom se dirigía hasta la puerta del piloto, Bill subió las manos y se cubrió los mofletes, buscando con ello ocultar su sonrojo. Cuando Tom se subió e hizo rugir el motor, Bill se tranquilizó, respirando profundo.

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—¿Entonces te gusta escribir? —Gustav asintió—. ¿Qué escribes.

—Todo lo que se me ocurre, algo así como novelas —admitió, sonriendo y sintiendo que justo en esos momentos se le había ocurrido algo muy gracioso para luego escribirlo.

—Me gustaría leerlas algún día de estos —se detuvo en un rojo, volteando hasta su acompañante —. No pensé que fueses a hablarme hoy.

Era cierto, Gustav tampoco entendía por qué le había hablado, pero luego recordaba que habían hecho complot, así que era aceptable que sólo por esta vez fuesen algo así como amigos.

—Pues ha pasado, me gustó seguir tu juego esta tarde, así que…es divertido.

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El traficó agravió el estado nervioso de Bill. No paraba de estremecerse y debía detenerse, pues no era para tanto. Además ninguno hablaba todavía. Y no hablarían, Bill estaba seguro de ello.

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—¿Te gusto o algo así? —Georg se mantuvo neutro al escuchar la pregunta de Gustav, el cual esperaba con calma.

Gustav era demasiado directo a veces.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque me miras de una forma diferente.

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No fue hasta un alto que Tom se dignó a articular, dejando a Bill con el corazón palpitando alto y sin descanso.

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Georg sonrió de lado. —Siento que somos compatibles.

—¿Eso significa que te gusto? —Gus volteó la cara rápidamente, impresionado—. Apenas nos conocemos…

—En efecto, eres el primer hombre que me gusta.

—Eres un pervertido…

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—No pensé que dieras los pisotones tan fuerte —propinó Tom.

Bill soltó una risilla poco cautelosa. En cualquier momento se moriría de un paro cardiorrespiratorio.

—Lo siento —prefirió decir aquello. Posteriormente se dio cuenta que necesitaba añadir algo más, algo que deseaba decir desde ayer y que Tom se merecía por ser tan cuidadoso desde que las llantas rodaron en la carretera —. Feliz cumpleaños atrasado.

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El pelimiel no podía creerlo. — ¿Lo sientes de ese modo?

—Por supuesto, eres mucho mayor que yo, esto no está bien. ¡Y aparte eres psicólogo! ¿Eso tiene sentido? —Agilizó las manos, pidiendo de ese modo una explicación.

—Eso no tiene nada que ver…

—Tiene que ver…sólo…sólo. —Gustav no supo cómo decirlo.

—Mientras no me haga ni te haga daño, todo está bien —espetó serio, mirando al frente.

Gustav tosió. —A mí no me gustas. No tengo ningún problema por tus preferencias sexuales, pero no me gustas.

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De la boca de Tom no salió nada, fue entonces que Bill se sintió extraño; quizá había dicho algo que no debía. Por ello, Bill volvió a hablar:

—No quería decir esto, pero…hoy estás siendo muy amable conmigo ¿a qué se debe?

Esta vez Tom se detuvo frente a la casa de Bill. —No eres malo, Bill. No lo eres.

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Frente a la casa de Gustav, Georg vio cómo el chiquillo bajaba de su automóvil y se metía a su casa con rapidez. Ni siquiera le había dado tiempo para despedirse como era debido. Gustav lo había rechazado si ni siquiera preguntarle si quería intentarlo con él.

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La escondida manzana de adán del pequeño Bill se movió de arriba abajo, crujiendo fuerte al ver que Tom bajaba de la camioneta y le abría la puerta, desabrochándole el cinturón también. Dejándole espacio, Tom esperó a que bajara.

Al descender cuidadosamente, Bill alzó las manos, frotándoselas para darse un poco de calor.

Tom lo miró esta vez a los ojos. —Gracias por la felicitación. Te estás congelando, debes entrar.

—¿Tú no entrarás? —Tom movió la cabeza de izquierda a derecha, dirigiéndose nuevamente a la puerta del piloto para encender la máquina. Bill alzó una mano, tratando de detenerlo. Se suponía que Tom lo llevaría a casa porque se dirigía también para allá para ver a Amanda, pero no. No había sido de esa manera. ¿Entonces qué significaba todo eso?

Temblante, Bill entró a su casa, cerrando la puerta lo antes posible, recargándose. Esa salida parecía como una cita a simple vista, pero no podía ser una cita ¿O sí? Sin embargo, Bill lo disfrutó. Tal vez era compatible con Tom, justo como Gustav y Georg habían dicho.

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A la mañana siguiente, Bill estuvo activo todo el tiempo. Tom se encontraba con Amanda en la sala y aunque Bill platicara por WhatsApp con Gustav sobre lo que había pasado la tarde de ayer, no podía fingir que Tom no lo miraba, porque era demasiado inevitable. Tom seguía viéndolo y esta vez con mucha más insistencia, confundiendo de ese modo.

¿Qué era lo que pensaba y sentía Tom? ¿Cuál era la razón de esas miradas? Bill quería saberlo, ¿pero cómo? Necesitaba hablar cuanto antes con Tom, preguntarle e ir al grano. Era momento de hacerlo, pero cómo si Amanda no se le despegaba ni un segundo. De hecho, aunque Tom seguía con la barba, Amanda ya no discutía nada con él y quizá esos eran puntos menos para Bill. No era que Bill deseara que su madrastra y Tom se pelearan siempre, pero era mejor que fueran como el perro y el gato.

De pronto, Amanda le avisó a Bill que saldría de compras con Tom, lo que significaba que Bill debía esperar quizá otro día para preguntarle directamente qué era lo que estaba pasando. Bill asintió, tomando a Heinrich suavemente y dirigiéndose hasta la cocina, viendo por la ventana que la ‘feliz’ pareja ya se había marchado.

Sin dudarlo sacó unas gomitas en forma de gusano de su alacena y comenzó a comérselas de una en una, disfrutándolas absolutamente. Amaba comer gomitas cuando estaba estresado por amor. Se negó varias veces y luego de masticar la cuarta, sus ojos brillaron al encontrarse con un bonito celular que resplandecía como oro en la barra de la cocina integral.

Sintiéndose débil por la curiosidad que lo consumía, fue hasta el aparato, asumiendo que era de Amanda. Por lo general, su madrastra cambiaba de teléfono móvil cada mes y en esta ocasión quería ver su nueva adquisición. Sin dudarlo y con confianza, sujetó el celular y lo vio, picándole dos veces a la pantalla para que se encendiera un poco. Ese celular era como el que quería comprarse…por ello se dio el permiso para picarle y ver todas las funciones. Tampoco lo estaba robando ni husmeando, sólo quería ver si se sentía cómodo con uno de esos.

El único impedimento fue que estaba bloqueado, ¿quién demonios bloqueaba el celular? Bueno…Bill bloqueaba el suyo, pero tampoco significaba que todos debieran bloquearlo. Era un patrón…Y Bill era bueno para adivinar patrones o eso creía. Pensándoselo poco, hizo la forma cuadrada en el patrón, aprovechando al máximo su primer intento, lo cual fue correcto. Emocionado, Bill primero fue hasta la cámara para ver si enfocaba bien, eso era lo principal. Tomó una foto y luego al verla se dio cuenta que ese celular era magnifico, definitivamente por fin se decidió a comprarse uno como esos y le diría adiós al viejo. Debido a los movimientos de sus dedos, terminó por borrar la foto que había tomado, encontrándose automáticamente con la siguiente y única que estaba en el álbum, sintiéndose extraño al ver algo que nunca imaginó. Vio una foto de él mismo. Había una foto donde salía él, sonriendo en grande, misma foto que estaba en la sala y en marco, y no sabía por qué. Extrañado, Bill se dirigió hasta el fondo de escritorio del celular, el cual era negro. Nervioso, checó el número del teléfono ahí mismo, dándose cuenta que no era el número de Amanda. Ese celular no era de Amanda.

Con el corazón taladrando su pecho una y otra vez, buscó entre los contactos del celular y se encontró con un solo número registrado, sólo estaba el teléfono de Georg registrado en el celular, lo que significaba que ese celular ¿era de Tom?

Joder, joder…Bill buscó en la agenda, en todos lados, encontrándose con notas de horarios de trabajo, del trabajo de Tom. Bill había agarrado el celular de Tom, había adivinado su patrón de contraseña, había visto…mierda, Tom tenía una foto suya guardada y no tenía registrado el número de Amanda. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué Tom tenía una foto de él? ¿Qué significaba eso?

Entre confundido y feliz, Bill volvió al álbum de la cámara y vio de nuevo la fotografía, checando que no tenía otra foto, sólo la de él. Sólo estaba su foto ahí. ¿Por qué? No podía esperar para preguntárselo directamente. Necesitaba una explicación de lo que acaba de ver.

Continúa…

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Un comentario en «Homofobia 7»

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