«Homofobia» Fic de Monnyca16
Capítulo especial: ODISEA 1.1
Tom buscó unos pantalones de franela color celeste y aventó otros similares pero más pequeños para Bill.
—¿En serio los compraste? —Bill movió la cabeza, maravillado, buscando hablar como infante para hacer sonrojar a Tom. El susodicho no mostró pudor alguno, sin embargo, sonrió complacido —. Ropa de pareja, eh, mi amor. A pesar de que no querías regresarte a comprarla… lo hiciste. —Jugueteó con las manos.
—Pensé que te habías dado cuenta de que la compré. Fue hace como tres días o algo así.
—¿Cómo querías que me diera cuenta si la compraste a escondidas con la idea de sorprenderme? Únicamente el mejor novio del mundo haría algo así —canturreó, mandándole un beso desde su sitio. Y aunque Tom no se sonrojó, Bill notó que se había puesto nervioso, señal de que todavía, a pesar de los meses transcurridos, ambos seguían sintiendo cosas por el otro.
Sus corazones seguían acelerándose, los besos les sabían a más y los acontecimientos parecían tan increíbles que los hacía sentir como adolescentes. Repartían sus actividades para no aburrirse y hasta el momento todo lo que realizaban los mantenía entretenidos. Pese a la edad, los gustos y personalidades, habían aprendido a mantener un equilibrio bastante notorio.
Tom lo sujetaría de la cintura hasta atraerlo con dulzura, lo abrazaría e iniciaría con caricias pasajeras para posteriormente cernirse sobre Bill y hacerle el amor como tanto le gustaba, pudo haberlo logrado si el timbre de la casa no hubiese sonado y Bill no hubiera corrido para abrir.
Escaleras abajo, Bill se derrapó en el pasillo debido a los suaves calcetines contra el piso limpio y antes de abrir la puerta calmó su respiración acelerada. Apartó el seguro, se acomodó el cabello semi mojado y abrió la puerta de par en par, hallándose al frente a una mujer con elegante joyería y un abrigo de piel color negro. Llevaba botas de cuero y un maquillaje impecable. Su altura era similar a la de Bill, su cabello estaba sujeto con un broche y su mirada, en conjunto con su boca, hizo que Bill diera un paso hacia atrás.
La mujer cruzó el umbral y pasó a un lado de él, inclusive impidiendo que Bill pudiese saludar y presentarse.
—¿Cuál es tu nombre? —cuestionó suspicaz, haciendo que Bill volteara con ella y se diera cuenta de que era examinado de arriba abajo con eminente desaprobación. Quería corroborar los datos que le habían dado. La fémina miró la vestimenta de Bill, reprochó internamente su edad y sin disminuir su lesiva voz, prosiguió —: ¿Dónde está Tom? —Los ojos de Bill se entrecerraron, su boca tardó para abrirse, sin embargo, sonrió de lado, nervioso y se acercó un poco, pero la invitada retrocedió —. ¡Responde!
—Mi nombre es Bill, Bill Kau….
—¿Qué haces aquí? Personas como tú no deberían estar en esta casa—cortó ella, tajante y sin temor. La confianza la representaba.
Bill se estremeció. No pudo responder a los cuestionamientos de la invitada, más bien dijo en voz alta lo que meditaba:
—Es la madre de Tom…
—Por supuesto, quién más iba a ser, niño insolente. Agarra tus cosas y lárgate —ordenó, sacudiéndose los restos de nieve que habían quedado en su ropa. Y, al ver que Bill no se movía debido a la impresión, le sujetó del codo fuertemente y con asco lo llevó hasta la puerta para sacarlo lo antes posible.
—¿Qué se supone qué estás haciendo? —Tom posó una mano sobre la de su madre y desancló el lastimoso agarre. Bill gimió bajito mientras era guiado a la espalda de Tom —. Esta es mi casa y no te permito que hagas lo que se te viene en gana —puso en claro, recibiendo inmediatamente una estrepitosa cachetada por parte de su madre.
—¡Sácalo ahora mismo, Tom, porque si no lo sacas tú, lo haré yo!
Tom no respondió a eso. Su pecho se infló, tomó la mano de Bill y le pidió que fuera a la habitación. Al principio Bill no pudo reaccionar, pero cuando lo hizo caminó hacia las escaleras y observó cómo la madre de Tom lo guiaba a la cocina. Escuchó un golpe furioso seguido de otro, cachetadas que lo hicieron detenerse e ir hacia la cocina. Un torrente de furia llenó su interior, enojo que se combinó con tristeza apenas vio la escena que se propinaba ahí.
Tom se encontraba en un rincón de la habitación, con su madre frente a él, mirándolo con irritación y cacheteándolo sin condolencia. La mirada de Tom lucía perdida y sus manos empuñadas, siendo agredido tan lastimosamente y al mismo tiempo dejándose.
—¿Creíste que nunca me iba a dar cuenta? —reprochó, jalándole el cabello para obligarlo a inclinarse —. Eres un hombre, maldita sea. ¡Un hombre! Y para colmo lo tienes viviendo aquí, como tu puta. —Rió irónica, jalándole con más fuerza el mechón de cabello y obligándolo a mirar el suelo —.Lo vas a correr de aquí, vas a ir a pedirle perdón a Amanda y tu boda se efectuará. ¿Me escuchaste?
Tom abrió las manos que mantenía empuñadas y levantó la cabeza. Tomó la mano de su madre y la libró de su cabellera.
—No.
—¿No? —reprendió, soltando de repente otra cachetada, dejando un rasguño con apenas sangre brotando.
—No —repitió Tom, esta vez más alto y con confianza, apreciando una nueva bofetada con renovada fuerza. Su rostro ardía, sus ojos se consumieron en un llanto desaforado que no pudo calmar —. No —murmuró, suplicando sin palabras que se detuviera.
Bill quiso ir, alejarlo de aquellas manos dañinas y las palabras hirientes, pero no debía meterse. El asunto era de Tom y su madre.
Los golpes que la mujer daba incrementaban sin esfuerzo alguno y la dominante voz que depositaba en el oído de Tom terminó por hacer que Bill decidiera salir de su escondite y separarlos. No obstante, la nueva reacción de Tom lo sorprendió.
—¡No! ¡He dicho que no! —Avanzó hasta su madre, le sujetó ambas manos con fuerza para que no siguiera golpeándolo y la miró a los ojos —. ¿Qué no lo entiendes? —Ella calló por un momento —. Lo quiero.
—No lo quieres. —Negó con la cabeza, apretando los labios —. Estás enfermo, Tom. Y mi hijo no puede enfermar, así que lo vas a echar y te vas a casar como Dios manda.
—Lo quiero —recalcó Tom, soltándole las manos—. Lo amo y eso no va a cambiar. ¿Por qué no lo entiendes? Si te digo que lo quiero y que soy feliz con él, debes entenderlo —imploró, encorvándose —. Hasta cuándo te vas a dar cuenta de que has estado equivocada todo este tiempo. ¿Hasta cuándo vas a dejar de odiar lo que ni siquiera has conocido?
La madre de Tom se dio la media vuelta, dándole la espalda.
—¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que te des cuenta de que estás equivocado, Tom?
—Continuarás esperando en vano, porque eso nunca va a suceder —confesó, respirando hondo. Estaba perdiendo a su madre, estaba consciente de ello, pero también estaba decidido a tomar sus propias decisiones.
—He trabajado en vano para que no fueras como tu padre, ¿te das cuenta, Tom? Estás abandonándome por un chico enfermo que te está arrastrando. Ese chico no llenará tus expectativas, ni siquiera podrá darte un hijo y puede llevarte a la cárcel porque es menor de edad. Lo he investigado y tiene todo lo necesario para hundirte. —Esta vez encaró a su hijo—. Y yo no voy a sacarte del pozo. Me has traicionado, te has traicionado a ti mismo. No está bien y no voy a permitirte que te encapriches con un enfermo. ¡No voy a aguantar a un enfermo en mi familia, ¿me escuchaste?! ¡No puedes ser un marica, no un maldito homosexual como tu padre y como todos aquellos pervertidos! ¡Prometiste que no serías como ellos, que acabarías con todas esas basuras! ¡Me prometiste que nunca me dejarías por alguien así, ¿lo recuerdas?! ¡Mentiroso! ¡Maldito mentiroso!
Tom ladeó el rostro, dolido, rogando en sus adentros para que por primera vez su madre lo comprendiera.
—¡Y tú me prometiste que ibas a hacer todo lo posible para hacerme feliz! —espetó, apretando los puños —. ¿Ya no lo recuerdas? ¡Escúchame, ¿ya no lo recuerdas?! —Tocó los hombros de su madre, buscando su mirada, pero no fue suficiente; ella rápidamente le apartó las manos de encima, con repugnancia—. Yo no voy a permitirte que te entrometas en mi vida, en mis decisiones y mi felicidad. Me has arruinado, date cuenta… me has destruido por tus creencias. No soy un niño para que me manipules como lo haces. No te lo voy a permitir más.
El gesto repulsivo de su madre lo hizo saber que no cambiaría de opinión. Ella no lo comprendía, no ahora, lo reiteró al escucharla:
—Llámame cuando lo hayas corrido y estés con Amanda de nuevo —finalizó, dándose la media vuelta hasta salir de la cocina. No pudo encontrarse con Bill porque éste les había dado privacidad al notar que las cosas ya se habían tranquilizado un poco.
Tom anduvo hasta la sala de estar luego de escuchar cuando la puerta de salida se cerró. Su madre se había ido y a pesar de eso, no se sentía con fuerzas para seguir de pie. Cayó sentado en un sillón y se inclinó, ocultándose el rostro. Sus lágrimas habían cesado por completo, pero la confrontación seguía en su interior. No dejaría a Bill, no dejaría que nadie se lo arrebatara.
Al oír que Bill se acercaba, se enderezó, estiró uno de sus brazos, señalando a Bill. El chiquillo había dejado de llorar también, aunque a diferencia de Tom, su rostro se miraba más angustiado, repleto de miedo. Tom sonrió de lado, débil.
—Ven aquí.
Bill obedeció, sintió cómo Tom lo abrazaba sin fuerza y respiraba pesadamente contra sus costillas. Tom recibió un casto beso en la frente y en su mejilla, donde su madre había lastimado. Tenía la cara roja y rasguños con sangre en ellos. Las cicatrices tardarían en sanar, pero aun así Bill se aseguró de besar cada una.
—¿Te hizo daño? —Bill movió la cabeza de izquierda a derecha —. Lo siento, no tenía idea de que iba a venir.
Tom lo vio a los ojos, lamentado en demasía.
—¿Ya estás un poco mejor? —ante la pregunta, Tom pensó un poco. En realidad se sentía aliviado por haber enfrentado a su madre y también adoró que Bill no estuviese enojado, sumando además que estuviera dándole apoyo de una manera serena. Los labios de Bill se surcaron en una sonrisa al captar que Tom también sonreía, pícaro.
—Contigo siempre me siento mejor —confesó, acariciándole las mejillas. Bill se dejó hacer, terminando por sentarse en las piernas contrarias. Tom lo recibió, dejándose abrazar por completo. Recibió un “te amo” por parte de Bill en el oído y aunque su boca mostrara una sonrisa, sus ojos se atestaron de lágrimas.
Eso era lo único que deseaba escuchar para pisotear las humillaciones que su madre había sembrado como murmullos feroces en su oído. Que Bill lo amara tanto como él hacía, era lo que más necesitaba en esos momentos.
Entre miradas cómplices, Bill le limpió las lágrimas y lo besó en los labios, para posteriormente ir subiendo a sus pómulos y tratar de calmar las punzadas de los golpes previos. Los labios al contacto con la piel enrojecida consiguieron que Tom suspirara y destensara los músculos de los brazos. Estaba tensionado y sensible, por lo que Bill lo mimó lo suficiente.
No había nada más que lo hiciera tan feliz como lo era ahora. Estaba listo para continuar con el fruto de sus decisiones.
F I N
Gracias por la visita.


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