«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 1: I fall for you
Berlín
Mayo de 2015
Cerró los ojos y apretó los dientes, conteniendo un jadeo de dolor; no quería que él se llevara la errada imagen de que era un bebé llorón, si es que no lo pensaba ya.
Lo cierto era que, aunque resultaba evidente que el hombre se esforzaba por tratarlo con delicadeza, le estaba doliendo horrores y la situación no parecía mejorar, muy por el contrario.
Alertado posiblemente por su expresión de sufrimiento, el hombre le dio un pequeño respiro, se detuvo y le acarició una mano, a manera de disculpa.
—¿Quieres que lo dejemos? —ofreció él, con la calidez que le era tan característica— si te duele mucho lo podemos posterg…
—¡No me duele! —a pesar suyo, su respuesta salió algo abrupta. Le exasperaba ser tratado como una frágil damisela que no era capaz de soportar un poquito de dolor e incomodidad.
—No quiero lastimarte —insistió él, frotando el pulgar en su muñeca.
Y ahí estaba de nuevo, su caballero de brillante armadura. Lo habría besado de ser posible.
—¡Por Dior! ¡Si vas a hacerlo, hazlo de una vez y sin titubeos!
El hombre le dio un último apretón a su mano antes de soltarla y regresar a su labor en silencio.
Le sabía mal regañarlo. En ocasiones temía que algún día la paciencia del hombre se agotara y, cansado de soportar sus berrinches, lo enviara a la mierda.
Pero él estaba hecho de una madera muy distinta al resto de la gente, y aunque su pasividad en ocasiones llegaba a ser exasperante, era precisamente esa calma que emanaba de él la que conseguía tranquilizar al irritable maniquí.
—Lo siento. Continúa, por favor —pidió, esta vez en un tono mucho más amistoso.
Esas manos grandes y algo toscas, pero hábiles, regresaron a su labor.
El dolor se incrementó pero esta vez el hombre no se detuvo, ni siquiera cuando a Val se le escapó un solitario quejido; sólo alzó la mirada y continuó concentrado luego de asentir.
Repentinamente hubo una suerte de crujido y su cuerpo se quejó por el mal trato.
—¡Scheiße!
—Que conste que te lo advertí.
—¿Ya está? —inquirió, en tono esperanzado. No estaba seguro de poder soportar otra sesión como aquella.
—Serán necesarias radiografías para estar ciento por ciento seguros, pero creo que ya está.
—Gracias, Mi Dior.
—¿Y para mi qué? ¿Sólo los regaños? —se quejó él, hinchando sus cachetitos como cada vez que reprimía una risa.
—Te invito una copa, en el bar de tu elección —ofreció, desviando la mirada, repentinamente interesado en una seta que había en el suelo.
Ya no había sentido en negárselo más, ese hombre encantador le generaba impulsos nada recomendables, como jalarlo con fuerza de su musculosa y besarlo hasta que no recordara el camino a casa.
Pero ello sólo enviaría señales confusas y no necesitaba eso. El último mal entendido les trajo mucho dolor a ambos y estuvo a un tris de destruir su amistad.
Con un suspiro de resignación se sacudió esos sombríos pensamientos. Estaban juntos ahora y eso era lo único que importaba.
Paris
(dos meses antes)
Val llevaba varios días extrañamente callado. Lo que resultaría preocupante de no lucir tan radiante
Luego de su «reencuentro» con el odioso hermano de «Bob Marley» su ánimo mejoró considerablemente.
“Suertudo él que no tiene pesadillas».
Bill se dio una colleja mental: estaba siendo injusto con su hermano. Desde el 14F (no le gustaba el nombre, pero «La Masacre de San Valentín» le gustaba aún menos) los cuidados y mimos que el modelo le prodigaba se redoblaron, al punto de volverse empalagosos, y él se debía estar transformando en un bebé porque se regodeaba de ello.
Usualmente su hermano era un libro abierto con él, por lo que ese repentino y misterioso mutismo —por no mencionar su inmejorable estado de ánimo, que lo tenía sonriendo a santo de nada— no le daba buena espina.
Algo gordo se ocultaba tras tan sospechoso comportamiento, inclusive lo atrapó tarareando mientras preparaba su café —Val rara vez cantaba y sólo había tocado la máquina de capuchinos el día que la compró—, y él tenía una idea somera de lo que podría ser.
No se debía sólo a la recobrada amistad con el veterinario, no. El asunto era aún mas serio que eso.
El tonto crush que su hermano tenía por el susodicho se había convertido en un enamoramiento en toda regla.
Lo que explicaba que, a casi dos semanas de adquirida la nueva residencia Trümper en Paris, Val no mostrara indicios de querer mudarse. Sus tacones continuaban en Berlín sin empacar y el servicio de cáterin para la fiesta de despedida no había sido contratado.
Bill no podía negar que su estancia en la ciudad luz estaba resultando más que agradable. Compras y paseos. Unas pequeñas vacaciones en lo que se sentía con ánimos de regresar a clases. (Val ofreció tomarse un año sabático, o al menos los meses que restaban del curso, pero Bill rehusó atrasarse todo un año).
Él intuía —sin necesidad de discutir el tema con Val— que en unos cuantos días, o un par de semanas a lo sumo, regresarían a casa. De verdad confiaba en que así fuera, y no sólo porque extrañaba horrores a sus amigos sino porque necesitaba con urgencia una noche de descanso sin interrupciones.
—No otra vez —se quejó, dándole un codazo en las costillas al mayor. — ¡Val…! ¡Despierta…! — Si bien consiguió alejarse al otro extremo de la cama, su hermano continuaba dormido. Teniendo el mismo sueño de las últimas noches, a juzgar por sus elocuentes expresiones.
Sin dudas presenciar un sueño húmedo de Val mientas éste se llevaba a cabo era una de las cosas más perturbadoras que le hubiera tocado la mala suerte de vivir.
Su hermano era muy reservado en ese aspecto, si bien le comentaba ciertos detalles de sus ligues, nada realmente concreto.
Por lo que enterarse de primera fuente que cuando el modelo estaba excitado gemía quedito y entrecortado por la boca entreabierta, que se mordía el labio y estrujaba las sábanas en sus dedos mientras su otra mano corría a su entrepierna por desahogo, fue demasiada información de un solo golpe.
Deseaba borrar esa imagen de su cabeza, empresa algo difícil considerando que el espectáculo se repetía cada noche.
Desesperado, y al ver que el moreno no reaccionaba, cogió una de las almohadas y lo golpeó con ella hasta conseguir despertarlo.
—¿Bibi? -preguntó, algo desorientado. Se humedeció los labios resecos con la lengua— Lo siento, te desperté de nuevo.
—Val, esto no puede continuar así, lo nombraste varias veces… —replicó con resentimiento—. ¡Y deja de jadear!
—Lo siento Frijolito. El sueño era tan vívido… yo era un Marajá, estaba en mi harem con al menos media docena de Nicks que me abanicaban y me…
—¡No oigo, tengo orejas de pescado! —chilló el menor, metiéndose un dedo en cada oído y canturreando a viva voz.
—Yo… -el adulto apretó los parpados y se agarró de la almohada con fuerza. Bill temió, juzgando por su lenguaje corporal, que se corriera ante sus desconcertados ojos. Pero para su fortuna fue solo una falsa alarma.
—¡Val!
—Creo que he descubierto al culpable —afirmó, incorporándose medio desmadejado. Alzó la cobija, una sonrisa se dibujó en sus labios al espiar bajo ella.
—Bebé, los pies de papi no son para lamer.
El cachorro hizo caso omiso al regaño y corrió torpemente a lengüetear su rostro.
El adolescente se dio una sonora palmada en la frente. El gordo patoso no volvía a dormir con ellos.
—Dámelo —pidió, cogiendo al cachorro en sus brazos-, haremos una visita a la cocina. Necesitas encargarte de eso con urgencia.
~*~
Una vez Val quedó a solas se deshizo del pijama y se dio a la urgente tarea de aliviar su ya dolorosa erección.
Se sentía miserable.
Pese a que tenía novio, últimamente se masturbaba con la frecuencia y frenesí de un adolescente en plena explosión hormonal. El sexo con Andy era satisfactorio, pero carecía de esa chispa de electricidad que experimentaba cuando Nick rozaba su piel por accidente.
Desde que dejaron Berlín, hacía poco más de un mes, no se había puesto en contacto con el veterinario, aún no encontraba la forma de contarle de su mudanza. Sin embargo el hombre era una presencia constante en su cama, casi tan real como su hermano pequeño.
—Mi pobre Frijolito, vas a terminar traumado por mi culpa —reflexionó, en un suspiro cansado.
Su hermano tenía razón, esa situación había alcanzado un punto insostenible.
No pasaba un sólo día en que no pensara (o soñara) con el veterinario. Inclusive un par de veces estuvo a punto de decir su nombre en lugar del de su novio, en circunstancias en que ello habría resultado bastante comprometedor.
Debía rendirse a las evidencias, ni siquiera poniendo cientos de kilómetros de por medio conseguiría arrancar a Nick Kaulitz de su corazón. No lo consiguió cuando creyó tener sobrados motivos para odiarlo y no lo haría ahora que había comprobado que Nick era la versión viviente de un osito de felpa… un osito torpe y sexy (en su única y muy extraña manera).
BERLÍN
Mayo de 2015
(Más temprano esa mañana)
Paseaban con calma por el bosque, charlando sobre nimiedades como era la costumbre, hasta que un inoportuno chillido en la lejanía pinchó la burbuja que se generaba en torno a ellos cada vez que estaban juntos.
Ambos canes alzaron las orejas, en estado de alerta.
El grito se repitió y está vez el modelo pudo distinguir las palabras claramente.
«¡Nick! ¡Nick Kaulitz!»
En menos de un parpadeo, una chica con cabello rosa y vestido de volantes les dio alcance y se colgó del cuello del veterinario.
Val juraría que oyó a la chica susurrar: «Nick, mi ángel guardián».
Por acto reflejo, alzó una ceja mostrando su disconformidad. Mientras tanto, el hombre a su lado se limitó a encogerse de hombros y responder al abrazo con tímidas palmaditas en la espalda de su peculiar asaltante.
—¿No te acuerdas de mí? —inquirió la chica, con una expresión tan desconsolada que disparó la curiosidad de Val sobre las circunstancias en que esos dos se conocieron.
—P-por supuesto —tartamudeó Nick, enervándolo aún más.
¡Y él que se creía poseedor de todos sus balbuceos!
—Tina, ¿verdad? —la chica asintió con efusividad, sin el menor atisbo de tener intenciones de soltarlo.
Sólo el bullicioso ambiente del bosque evitaba que pudiera oírse el rechinar de los perfectos dientes del modelo.
Val no comprendía por qué Nick no alejaba a la intrusa. Se sabía en medio del más patético ataque de celos, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Aquello era culpa de Nick, se dijo, por mal acostumbrarlo con sus permanentes muestras de ternura y preocupación.
Se sentía rechazado -peor, si cabe, ignorado-, y esa era una sensación que muy pocas veces había experimentado.
Contenerse de exigir explicaciones le supuso un esfuerzo no menor, en ocasiones como aquella su posesividad se transformaba en una carga.
Pero Valentino Trümper nunca fue de los que rumiaban sus celos en silencio y dejaban todo por la paz.
Se aclaró la garganta para atraer la atención sobre su persona y le recordó con tirantez al veterinario que tenían por delante un itinerario por cumplir. Sin embargo éste no pareció notar su malestar y, de manera despreocupada, le pidió algo de tiempo para acabar sus asuntos con la chica.
Cruzado de brazos y con una mirada de basilisco, debió soportar ser dejado de lado por causa de una chica coqueta que se notaba a millas que moría por meterse en los pantalones de SU Nick. «Si es que no lo ha hecho ya», bufó el modelo para sí.
Pero Nick estaba demasiado ocupado con la chica para acusar recibo de las reacciones que su pequeño encuentro estaba causando en su amigo.
—¿Dónde está Kirara? ¿Por qué no vino contigo?
La chica emitió un suspiro algo triste y se encogió de hombros—. Después del accidente mamá no me deja salir con ella, dice que ya no puede confiar en mí.
Nick le cogió ambas manos—. Lamento oír eso.
Val tenía la mandíbula tan apretada que le iba a costar trabajo destrabarla cuando necesitara hablar. Si es que alguna vez deseaba hablar con Nick de nuevo
Ser testigo de cómo la dulzura de Nick tenía otro destinatario lo había puesto de malas de forma inmediata
Máxime cuando se trataba de una chica hermosa, de pechos abundantes. Tal y como —él sabía— le gustaban a su amigo.
Val conocía vagamente la estética «lolita». Al comienzo de su carrera David intentó convencerlo de participar en un videoclip en que él encarnaría a una (enaguas, sombrilla, zapatos de charol. Todo el paquete) valiéndose de su rostro angelical para completar el efecto.
Si bien Val desfilaba usando prendas femeninas con relativa frecuencia (estaba en su contrato con la agencia, y nunca tuvo inconvenientes con ello) se negó rotundamente. La ropa y los accesorios eran hermosos, pero había algo en todo eso que le hacía ruido: los viejos verdes que tenían un fetiche con ellas.
El que SU Nick fuera uno de ellos fue una inesperada y desagradable sorpresa.
~*~
Cuando por fin la pegajosa chica se marchó, el modelo cogió la correa de su cachorro y, sin mediar palabra, emprendió una apresurada caminata rumbo al castillo.
No detuvo su marcha ni siquiera cuando el veterinario dio voces a sus espaldas. Muy por el contrario, apresuró el paso.
De ir más concentrado en el sendero que en su rabia y en sus celos mal procesados, se habría ahorrado el bochorno de tropezar con una raíz que sobresalía entre la hojarasca y el ingente dolor posterior a la caída (en su retaguardia y en su pundonor, pero particularmente en su pie izquierdo).
Pumba correteaba y jadeaba alrededor, parecía intuir que su padre humano estaba en problemas.
Scotty llegó a su lado un par de minutos más tarde, seguido de su amo.
—¡¿Acaso te quedaste sordo?! —le increpó éste, cayendo de hinojos a sus pies para examinar la zona lastimada sin demora—. ¡Te advertí cinco veces que tuvieras cuidado al pisar!
Val lo miró con ojos desmesuradamente abiertos, producto del asombro; Nick nunca antes le había gritado. Se habría acojonado bastante por el cambio de actitud del siempre apacible veterinario si éste no cargara un expresión preocupada en su rostro bonachón.
Sin embargo su orgullo herido no se conmovió con tan poco. Su amigo tendría que prodigarle muchos mimos y atenciones antes de que él siquiera pensara en perdonarle su reprochable comportamiento de un rato atrás.
Aunque el ánimo vindicativo del modelo fue derribado de una plumada, a Nick le bastó con cogerle del tobillo y apoyar el pie en su regazo para hacerlo sentir como un crio inexperto ante su primer crush. ¡Si hasta le ardian las mejillas de rubor!
Pero la parte más vergonzosa llegó más tarde, de la mano del escalofrío de excitación que lo recorrió de pies a cabeza al momento en que el hombre bajó la cremallera de su bota.
Pese a que Val sabía que tras aquel movimiento no había ningun tipo de segundas intenciones de parte de su amigo, no pudo controlar el rumbo que siguió su calenturienta imaginación.
Cerró los ojos, entregándose a una fantasía en que Nick lo desvestía lenta y concienzudamente sobre la alfombra de la sala.
Pero pronto las delicadas «caricias» exploratorias en su pie dieron paso a una enégica presión sobre el hueso de su tobillo. Los jadeos que se esforzaba por contener ya no eran de placer, sino de dolor.
~*~
Con el tiempo se había acostumbrado a los cambios repentinos de humor del modelo, inclusive en su mente les había colocado etiquetas para identificarlos. Lo que aún no conseguía —y buena culpa de eso la tenía su falta de habilidades sociales— era dilucidar su origen.
De manera que ahora tenía en sus manos, literalmente, a un Val muy irritado que se había entercado en que su lesión —una probable luxación, aunque en medio del bosque y sin placas era imposible asegurarlo— no dolía en lo absoluto, pese a sus ímprobos esfuerzos por camuflar el dolor.
El tobillo lucía inflamado y con una leve deformación. El tratamiento era relativamente sencillo, empero no contaba con los elementos necesarios, lo único que podía hacer era inmovilizarlo. Como tampoco cargaba vendas, tuvo que quitarse la camiseta y rasgar tiras con su navaja suiza.
En ocasiones a la gente de oídos sensibles le afectaba ese sonido, provocándoles el mismo efecto que uñas deslizandose sobre el pizarrón. Sin embargo nunca había visto que alguien reaccionara parpadeando enérgicamente, supuso que su amigo era peculiar hasta en ese aspecto.
~*~
¡Por Dior! ¡Eso era porno en directo! Agradeció tener control sobre todas sus reacciones corporales o de lo contrario estaría boquiabierto salivando ante el espectáculo impensado de los bíceps de Nick. Aunque lamentó que bajo esa camiseta holgada trajera puesta una musculosa. Hubiera pagado por ver sus abdominales sin ningún tipo de tela de por medio.
¿Siempre tuvo ese cuerpo? ¡¿Cómo es que no se había dado cuenta de ello antes?!
¡Y él que lo había acusado de ser un blandengue!
Se vio obligado a tragarse sus palabras, junto con sus ganas y la envidia por la dichosa novia. Quién de seguro disfrutaba a diario de lo que a él sólo se le permitía atisbar de contrabando.
Para su “fortuna” Nick comenzó a vendarlo no bien tuvo suficientes tiras de tela, el dolor consiguiente concentró toda su atención y evitó que se sumiera en su miseria.
~*~
En cuanto acabó de inmovilizarle el tobillo de Val este hizo ademán de ponerse la bota de tacón, tuvo que quitársela de las manos para impedir que hiciera semejante locura.
—No tan rápido. No volverás a apoyar ese pie en al menos una semana.
—¡Imposible, tengo un desfile esta noche!
—Val, te hablo como médico. Esta lesión es de cuidado, si te la tomas a la ligera puede traer complicaciones.
—No te ofendas, pero eres médico de cachorros.
—Aun así tengo más conocimientos de medicina que tú.
—Touché —masculló el modelo, de mala gana— ¿Cómo se supone que llegue al castillo? ¿Brincando, como conejo?
Nick se pasó ambas manos por el rostro, su amigo podía ser tanto o más exasperante que su hermano pequeño.
—El paseo terminó por hoy, Val. Nos regresamos a casa.
Lo oyó renegar por lo bajo, sólo alcanzó a captar las palabras “divertiste” y “amiguita”.
Pagaría por saber que bicho le había picado al modelo ese día, lo más probable era que nunca lo averiguara. Cuando estaba de malas no conseguía sacarle las palabras ni con un tirabuzón.
Lo ayudó a ponerse de pie, pasando una mano por su cintura para estabilizarlo, por acto reflejo Val apoyó un brazo alrededor de su cuello. El gesto se sintió tan bien que experimentó un poco de culpa al obtener un egoísta placer de la desgracia ajena.
Nick había aceptado de manera pacífica su lugar en la vida de Val. Estaba feliz de ser un amigo cercano y cuidarlo cuando lo ocasión lo requería. Sin embargo la atracción por él era algo omnipresente con lo que tendría que lidiar por el resto de sus días, o hasta que ella se diluyera. Nick apostaba por lo primero.
~*~
Aunque detestaba con todas sus fuerzas ser cargado en volandas cual doncella en apuros, ser equilibrado rudamente sobre el hombro de Nick, como un bulto cualquiera, era mil veces más humillante. Sin contar con que le recordaba demasiado a Shrek (y a él le tocaba ser Fiona).
—Te informo que esto no es nada caballeroso —alegó, tratando inútilmente de bajarse, por doceava vez en los menos de diez metros que llevaban de caminata.
—Lo que es bueno, porque mi intención no es ser caballeroso, sino evitar que el anochecer nos pille en el bosque.
—¡Niiick! —gimoteó, cansado de fingir entereza por tanto tiempo—¿No sería más razonable llamar una ambulancia?
—¿Y qué dirección le damos? ¿Al pie del roble, junto al lago?
Abrió la boca para replicar, pero se había quedado sin argumentos.
También acabó por abortar la rebelión, no tardó en darse cuenta de que agitarse creaba fricción extra entre su bajo vientre y el pectoral derecho de Nick. Lo que resultaba poco aconsejable, a menos claro que deseara darle un susto de muerte con una erección indiscreta.
~*~
Convencer al modelo de dejar su Porsche “abandonado a su suerte” en la estación no fue tarea sencilla.
—Val, no puedes ir conduciendo hasta tu casa.
—¡Pero no puedo dejarlo tirado! ¿Y si lo roban o vandalizan durante la noche? —El veterinario rodó los ojos. Cuando su amigo entraba en modo “Drama Queen” resultaba imposible razonar con él. Su rostro se iluminó de repente como si hubiera tenido una brillante idea, la experiencia le había enseñado a Nick a temer a esas miradas—. ¡Tú puedes llevarme!
La experiencia no fallaba.
—No cabemos los cuatro en ese diminuto deportivo —explicó con tono calmado, como si le enseñara a sumar a un niño con manzanas.
El otro chico suspiró mirando a su automóvil con tristeza, como quien da el último adiós a un ser querido. Nick afianzó el agarre en su cintura, previendo la reacción que sus siguientes palabras provocarían en este.
—Si te parece bien, yo puedo ir a dejarlos a tu casa y regresar más tarde en taxi por él.
Su propuesta implicaba más de una molestia (para él), pero no soportaba ver sufrir a su amigo cuando la solución estaba en sus manos.
La cojera no le impidió a Val dar efusivos saltitos —con un solo pie— y estrujarlo en un abrazo, mientras repetía “gracias” en su oído.
Dado su carácter Nick solía escuchar la frase “eres un ángel” con relativa frecuencia. La misma chica cuyo cachorro había rescatado del lago congelado unos meses atrás, lo bautizó como “Ángel guardián”. Pero sólo en labios de Valentino Trümper esa palabra cobraba un significado especial.
~*~
De las mil caras de Val, la mas peligrosa era la «mimosa». Ver a un hombre adulto en tacones de infarto y poniendo carita de cachorro apaleado resultaría inquietante en cualquiera que careciera del encanto del maniquí.
Nick sabía que estaba dejándose manipular, pero no podía negarle ningún capricho a Val cuando estiraba el labio inferior de esa forma.
—Por favor. Llévame a casa.
—Estás en casa —intentó razonar, o mas bien alargar el momento inevitable en que accederia a sus deseos.
—¿Esperas que me vaya saltando por todo el estacionamiento?
Esa fue la primera muestra de cordura del otro chico en todo el día. Le concedió la razón y diez minutos de su tiempo.
—Te acompaño hasta el ascensor y me regreso —negoció—. Scotty no puede quedarse solo en la camioneta.
—Deja entreabiertas las ventanas, hay guardias en el estacionamiento, nada le sucederá —aseguró, reforzando sus dichos con un Puppy Eyes y un último «por favoor».
Se quitó el cinturón de seguridad y bajó de inmediato. Ni siquiera se detuvo un segundo a dar una respuesta afirmativa, corría el riesgo de derretirse ante esa carita manipuladora o, peor si cabe, de que se le escapara un suspiro delator y aquello sería imperdonable. Val había dejado muy en claro que no necesitaba otro admirador baboso rondando, su status era «amigo cercano» y él se lo tomaba muy en serio.
~*~
Tenía la impresión de haber pasado el día completo enfadado con Nick, ¡Y es que el hombre le había dado cada disgusto!
Pero ahora no tenía motivos para quejarse (más allá del agudo dolor en su tobillo).
Para brindarle mayor apoyo y evitar que bajara el pie en el piso por accidente, el veterinario pasó un brazo alrededor de su cintura y lo mantenía férreamente asido contra su cuerpo.
Cuerpo escasamente cubierto por esa pecaminosa camiseta interior. Era cierto que producto de los eventos de ese día iba ya un poco sucia y sudada… ¿Pero quien se ocupaba de remilgos cuando podía tocar con disimulo esos abdominales?
Val agradeció que el viaje en ascensor les diera unos momentos más a solas; el dolor en su pie era insignificante comparado con la pequeña herida que se formó en su pecho cuando vio a Nick interactuando con esa chica coqueta, pasando completamente de él. Le recordó los rígidos limítes de su amistad, los que —tontamente— él mismo se había encargado de reforzar el día de su ataque de furia.
Se acurrucó más estrechamente contra su pecho, sin ningún temor esta vez. Todo viso de calentura apagado por una buena dosis de realidad.
—Nick —pidió, sin levantar su rostro del cuello de su amigo—, no te atrevas a cargarme sobre tu hombro nuevamente, es de trogloditas.
—¿Prefieres que te cargue en mis brazos?
Val no fue capaz de reprimir un escalofrío, la voz de Nick era grave y varonil, y cuando le hablaba en susurros se deslizaba lentamente por su espina, erizando cada vello a su paso.
—Si no hay alternativa —concedió, con una pequeña sonrisa, que se congeló al recordar que el veterinario nunca antes había estado al interior de su casa—Hummm… Nick —agregó, algo inseguro— sólo en caso de que nos encontremos con mi hermanito. Hay algo que debes saber…
~*~*~*~
Su hermano debió estar de regreso al menos una hora atrás. No respondía sus llamadas ni sus mensajes.
No quería admitirlo pero estaba preocupado, el bosque de Grunewald poseía animales en estado salvaje después de todo.
Por eso, apenas le pareció oír su voz viniendo de la sala, corrió a asegurarse que no era su mente jugando con su preocupación.
Efectivamente, su hermano estaba de regreso en casa, pero la escena que presenció no fue en absoluto de su agrado.
Val traía el pie izquierdo vendado, el mayor de los Kaulitz lo cargaba en volandas mientras Pumba pululaba alrededor de sus piernas.
No importaba cuantas veces Bill le repitiera «ese idiota no es tu padre» “debes morderlo, no lamerlo”, el can no acusaba recibo. «Perro tonto»
Todo el conjunto parecía sacado de una cursi película romántica, le dio nauseas de solo mirar.
—¡¿Que demo…?!
Su hermano alzó su cabeza —la tenía acurrucada contra el cuello del nunca bienvenido visitante— y pidió como si nada…
—Bibi, ¿me traes el gel térmico de la nevera, por favor?
Val no estaba tan desesperado como para inventar semejante tontería solo por conquistar al idiota de Kaulitz.
¿No lo estaba, verdad?
Eso era caer muy bajo, era el tipo de cosas que haría alguna de sus compañeras de secundaria; las estrategias de Val eran sutiles y con clase. Aun así no parecía nada molesto con la situación, al contrario, a todas luces parecía sacarle el máximo provecho.
—Llamaré al doctor —sentenció el adolescente, cogiendo su móvil. Cualquier cosa con tal de que el otro sujeto se marchara pronto.
—Estoy bien, Nick ya se encargó de mí —Afirmó, dándole una mirada tan elocuente al veterinario que cualquier otro en su lugar se habría dado cuenta. Cualquiera menos Nick Kaulitz.
Eso vino a confirmar la impresión de Bill, sobre que el sujeto era medio retrasado.
~*~
Al regresar de la cocina su hermano ya no estaba a la vista, supuso que el “idiota Kaulitz” lo había llevado hasta su habitación, depositado con delicadeza en su cama y hasta esponjado sus almohadas. El grado de borreguez (si es que tal palabra existía) del adulto nunca dejaba de sorprenderlo.
Y hablando del diablo…
Colgado en una de las paredes de la sala, sobre una chimenea de modernas líneas, había un cuadro de grandes dimensiones de una mujer de bucles platinados, que posaba semi recostada en una hamaca. La pintura llevaba en el mismo lugar desde que se mudaron al Pent-House. Su estilo clásico chocaba con el resto de la decoración, pero ninguno de los dos chicos Trümper tenía intenciones de quitarla.
Bill sonrió al descubrir al veterinario mirándola embobado.
—Era tan linda mi hermanita —comentó, apareciendo a su lado abruptamente; lamentó que el otro no se asustara—, lástima que luego le dio por ponerse polla. ¿Te ha mostrado su cicat…?
—Supongo que te crees muy gracioso, engañando a los incautos y faltándole el respeto a la memoria de tu madre —replicó este, con aplomo.
¿Qué ese sujeto no perdía los estribos ante nada?
—Okey, veo que Val te previno —espetó con una mueca y agregó, con innegable mala leche—: Escúchame bien, tarado. Puede que él te haya perdonado, pero yo no. No diré nada en su presencia porque no quiero hacerle pasar un mal rato, pero si yo fuera tú cuidaría lo que me llevo a la boca mientras estoy en esta casa.
—No te preocupes por mí, ya me voy. Sólo esperaba para decirte que le di a Val un sedante: estará dormido un par de horas, necesita descansar. Bajo ninguna circunstancia permitas que vaya a ese desfile.
—No necesito que me des órdenes, sé cómo cuidar a mi hermano. Lo he hecho desde mucho antes de que tú aparecieras en su vida, y lo seguiré haciendo cuando ya no estés en ella.
El veterinario se marchó casi de inmediato, no sin antes entregarle una hoja de papel con las instrucciones del tratamiento de Val escritas de su puño y letra.
Esa noche Bill planeaba ir con los chicos al club de siempre, pero el humor del adolescente ya estaba arruinado como para irse de fiesta. De todas maneras no podía salir, no con su hermano en tales condiciones. Sólo esperaba que la lesión en su pie no fuera grave.
~*~*~*~
—Ese paseo debió estar buenísimo. —ironizó el de rastas, al verlo llegar al anochecer, sucio y con más que evidentes signos de agotamiento, pero de buen talante a pesar de todo.
—Lo estuvo, hasta que Val se lesionó y debí cargarlo de regreso. —respondió el aludido, arrojándose con un quejido sobre el sillón,
El adolescente frunció el ceño, todavía tenía grandes dificultades para aceptar la relación tan estrecha de su hermano con Valentino Trümper, pero su cercanía con la muerte y la alegría por haberlo recuperado lo hacían un poco más tolerante, o al menos se obligaba a serlo. No resultaba sencillo, pero era el precio que le tocaba pagar por volver a formar parte activa de su vida.
—La loca Trümper te ha friendzoneado bien feo bro.
Nick meneó la cabeza negativamente y le recordó la nueva regla de la casa, que lucía en una placa de acrílico junto al letrero de «No fumar».
«En esta casa no se permiten comentarios homofóbicos»
Era parte de su expiación y él mismo debió —taladro en mano— fijarla a la pared.
Tom la odiaba, pero se tuvo que resignar. Como Pauline no se cansaba de repetir:
«Un viaje de mil kilómetros comienza con un primer paso, parece insignificante, pero si no lo das jamás llegarás a destino».
Tom no sabía cuál era ese destino. Sólo accedió a la terapia para acallar las voces en su cabeza y —en menor medida— por «Zorra«.
Fue entre la séptima y novena sesión que descubrió un tercer motivo que había permanecido solapado hasta ese momento:
El amor que le profesaba a su hermano
Nick, quien valoraba cada pequeño esfuerzo suyo, como ir a terapia pese a lo mucho que detestaba hablar de sus asuntos con una desconocida, o el haber desterrado el adjetivo de cuatro letras para referirse a los chicos Trümper.
Aun así, su siempre optimista big bro no perdía las esperanzas de que él se refiera a Val sólo por su nombre, sin acompañarlo de ignominiosos apelativos.
—Su nombre es “Val”, enano. Y que yo esté enamorado de él… – Tom hizo una mueca de desagrado, como cada vez que oía la palabra con «E» salir de labios de su hermano. Nick hizo caso omiso y prosiguió —. Que yo esté enamorado de él y que seamos amigos no significa que esté en la «frienzone». Concepto que detesto, ya que lo mencionas.
—Er… ¿Y cuál es la jodida diferencia? Porque no la veo por ninguna parte.
Nick se estiró cuan largo era, haciendo crujir los huesos antes de responder.
—Yo amo a Val —gesto de arcadas—, me hace feliz cada momento que estoy con él. Y aunque no lo creas, me gusta mimarlo, sólo por verlo feliz. No lo hago como una suerte de escala de méritos que debo trepar para llegar algún día hipotético a conquistarlo.
—No seas hipócrita, ese bujarrón te calienta. —farfulló.
No era su intención provocar a su hermano, pero los viejos hábitos estaban demasiado arraigados para deshacerse de ellos por arte de magia.
—¡Lo siento Bro! ¡No quise decirlo de esa manera! —agregó a marchas forzadas. —Es que no entiendo. ¿Qué sentido tiene todo lo que haces por él, si no vas a tirártelo?
—Agradezco la honestidad, pero creo que vamos a tener que trabajar un poco en la sutileza. —comentó su hermano, con un ojo medio abierto. El cansancio casi le ganaba la partida, y el bostezo consiguiente lo refrendó— Algún día, cuando te enamores…
—A mí no me vengas con esas mierdas —cortó, no quería saber nada de enamorarse, ni entregar el control de sus emociones y de su cuerpo a otro, no gracias. —. YO SOY DE LOS QUE NO SE ENAMORAN. Yo sólo follo. Si tengo ganas, busco un coño, la meto en caliente y una vez me corro, se acabó. Simple y sin complicaciones.
—¿Y qué hay con las chicas? ¿No piensas en sus sentimientos?
—Yo no les prometo nada, si ellas se montan una fantasía en su cabeza no es mi culpa.
—Tomi, tienes apenas dieciséis. Sé que en este momento te parece toda una vida. Lo sé porque yo también los tuve, una vez. Pero aun te queda mucho camino por recorrer.
Y nuevamente la sosa metáfora del camino. ¿Que acaso no había otra disponible? Era como su madre y la idiotez del puente.
—No bro. Yo no voy a cambiar. Usando tus propias palabras «Me hace feliz». ¿Para qué arruinarlo? ¿Para qué atarme a una sola chica, cuando hay cientos a mi disposición?
Sus palabras intentaban sonar despreocupadas, pero cada vez costaba más mentirse a sí mismo. Aquel sistema hacía mucho que no lo hacía feliz, el sexo de desahogo ya no lo satisfacía y ni hablar de sus pajas, apresuradas y culposas.
Su último intento de ligue, un par de semanas atrás, acabó de forma penosa. Ella no besaba mal, pero no dejó de comparar sus labios con los suaves y dulces de su tormento.
La chica tenía el cabello largo, buenas tetas y amplias caderas. Era bonita, pero durante el escaso tiempo que se magrearon no dejó de compararla con el moreno. No sintió nada, ni la excitación ni la adrenalina de cuando el otro chico se montó sobre él, apresó sus manos sobre su cabeza y tanteó sus pantalones en busca de su móvil.
Odiaba pensar en ello. En la absoluta falta de control que “La maricona Trümper” había provocado en él.
Como cada vez que volvía a pensar en ese tema, se replegó sobre sí mismo. Se quitó la chaqueta, cubrió con ella a su big bro —que se había dormido finalmente en el sillón—, y arrastró su miserable humanidad hasta su cuarto. En donde se amanecería dibujándolo. Cualquier cosa, aun eso, era preferible a soñar con él.
~*~*~*~
Si de suyo era patético ser plantado, serlo por tu propio hermano inauguraba un grado superlativo de patetismo. Pero ni modo, Nick estaba casado con su profesión, y aunque desde que empezaron a vivir juntos este lo cuidaba de forma casi asfixiante, las emergencias de sus pacientes siempre estaban por sobre sus planes familiares.
Con los tickets y los chuches ya comprados no tenía intenciones de cambiar sus planes para esa tarde sólo porque a un hurón albino se le ocurrió caerse desde un tercer piso, por lo que se puso a la cola frente a la sala 5 3D.
Cabeceaba «Californication» que sonaba por los audífonos de su IPod cuando una ruidosa pareja salió de la sala 3. Tan ruidosa que podía oír claramente su discusión por sobre la música.
—»…eso te enseñará a no calentarme la sopa, zorra».
Meneó la cabeza y subió el volumen, merecido se lo tenía la chica por coque…
Pero aquella no era una chica, casi se atragantó con un bocado de palomitas al reconocer a cierto chico de ojos almendrados que forcejeaba por desasirse, mientras el otro sujeto lo agarraba del brazo en una posición algo forzada.
—Si andas tan necesitado de una mamada —le oyó replicar en tono burlesco, una vez se bajó los audífonos hasta el cuello—, ¿por qué mejor no coges la aspiradora y…?
Él no había cambiado un ápice su carácter altanero desde la última vez que lo vio. No podía decir lo mismo de lo demás.
Se había dejado crecer el cabello y tinturado algunas mechas de color blanco. Una franja del mismo color ahora remataba sus uñas sempiternamente negras, algo más largas también.
Tom maldijo su mala suerte; de todos los cines de la ciudad tuvo que escoger el mismo que su moreno tormento y su… ¿novio?
Tom dudó un momento, la pareja no parecía comportarse como tal, aunque con los maricas nunca se sabía. De repente ese era un comportamiento habitual para ellos.
Continuó comiendo palomitas, mientras la cola para ingresar a su sala avanzaba con fluidez, pero no podía quitarle los ojos de encima. Ninguno de los presentes se inmutó ante la discusión, que subía de tenor a cada momento. Solo una de las chicas del personal pareció tomar cartas en el asunto al llamar a seguridad por el intercomunicador. Estaban en un tercer piso, era posible que el guardia no llegara a tiempo para evitar que el mastodonte lastimara al chico, al que había arrinconado contra una pared lateral.
El moreno no perdía el espíritu, no se callaba, provocando con insultos a su pareja, que respondía con mayor violencia, azotando su cuerpo contra el muro.
El guardia brillaba por su ausencia.
Un inexplicable furor en su interior lo impelió a dejar de lado su pasividad y enfilar hacia la discusión. Algo bastante imprudente, considerando el tamaño del otro sujeto, que lo sobrepasaba limpiamente por unos 15 centímetros.
Pero su intervención resultó innecesaria. Al instante siguiente el agresor rodaba por el suelo, quejándose a viva voz, si no se cubría la entrepierna era sólo porque el moreno le torcía el brazo en su espalda con tal fuerza que impedía cualquier otro movimiento.
Tom hizo una mueca de dolor por acto reflejo. Había perdido la cuenta la cantidad de veces que estuvo en el lugar del otro chico, se alegraba de esta vez ser sólo un testigo.
No creía en el destino, ni en las señales cósmicas. Pese a ser interrumpido dos veces realmente tenía ganas de ver la película. Pero la función había comenzado hacía ocho minutos y no tenía sentido verla habiéndose perdido el principio. Todo mundo sabía que los primeros ocho minutos eran cruciales en la trama de una película de zombies.
Esa parecía una excelente razón para salir pitando del cine. Mucho mejor que solo seguir los pasos del moreno porque ese contoneo de caderas lo traía loco y necesitaba de este como un sediento en el desierto necesitaba de un vaso de agua fresca.
~*~
Al tope de la escalera mecánica lo esperaba Bill Trümper, cruzado de brazos y con una indescifrable expresión en el rostro. Tom pensó, con un suspiro de desánimo, que los dos meses de terapia no habían servido para curarlo de su insana condición y en que debía estar muy mal, porque le importaba más lo increíblemente guapo que se veía el moreno que el riesgo cierto de acabar igual de aporreado que el novio de este.
Definitivamente aquél no era su día. Como si ser pescado in fraganti espiándolo no fuera ya bastante vergonzoso, perdió pie al intentar devolverse y resbaló escaleras abajo, derramando las palomitas y la gaseosa en el proceso.
Al menos no acabó con el cubo de palomitas por sombrero, como en las caricaturas. Pero su suerte no estaba ni cerca de mejorar, porque el otro chico bajó de prisa —traer pantalones ajustados y que no arrastran al caminar ayuda bastante a mantener la verticalidad— y se arrodilló junto a él a quitarle las palomitas de encima.
—¿Estás bien? —le interrogó, echándose un par de copos de maíz a la boca. Tom se obligó a no pensar en que esas palomitas antes estuvieron en sus rastas. Ese hecho debía asquearlo no… motivarlo.
—Estoy fantástico, sólo me recosté en la alfombra a descansar un rato — espetó, dando palmadas en las manos que le sacudían la camiseta mojada—. ¡Lárgate! No quiero que me vean contigo y piensen que también soy marica.
Con algo de dificultad se sentó en el suelo pero no se atrevió a ponerse de pie, las manos le temblaban y no confiaba en la estabilidad de sus rodillas para sostener su peso. Pero ello no era producto de la caída, sino parte de los estragos que la cercanía de Trümper provocaba en su sistema.
—¿Quieres que te lleve a la enfermería? —Agregó solícito el moreno, ignorando olímpicamente sus protestas.
—¿Qué van a hacerme? —Alegó, cruzándose tercamente de brazos— ¿Ponerme una bandita en el orgullo? Porque eso es lo que más me duele en este momento.
El Dios en el que Tom no creía se ensañó con él, porque el moreno hizo ademán de echar un vistazo a su retaguardia y agregó con tono divertido.
—Debiste golpeártelo muy fuerte.
Tom estaba cansado, cansado y humillado. En otro tiempo se habría trenzado a golpes con el moreno por menos que eso. Pero ese Tom había muerto junto con el resto de los integrantes de “La familia”. El Tom actual sólo quería estar en paz, y no lo conseguiría con el moreno invadiendo alegremente su espacio vital.
—Ya hiciste tu buena obra del día, ahora ¿puedes marcharte, por favor? —pidió bajito— La gente nos está mirando y comienza a murmurar.
Fue consciente de lo lastimera que sonó su petición, pero su prepotencia se había extraviado en algún punto durante su caída.
~*~
No había vuelto a ver al otro chico desde aquella vez en la estación de policía, de eso habían pasado ya más de tres meses.
Con su supuesta partida a Berlín Bill creyó que iba a dejar esa parte de su historia atrás, sin embargo Georg lo mantuvo al tanto el tiempo que pasó fuera.
No se explicaba el motivo de su preocupación, Tom Kaulitz nunca fue de sus personas favoritas, aunque lo que descubrió sobre él el día del tiroteo le despertó, sino simpatías, al menos cierta curiosidad por su destino.
Verlo desprovisto de sus máscaras, casi en carne viva, lo estremeció. Se necesitaba ser de piedra para no conmoverse.
Nunca pensó que alguien a quien él consideraba un bruto descerebrado llorara como un niño pequeño al despedirse de su hermano.
Aquello fue lo que más lo tocó. Que Kaulitz pareciera resignado a su muerte, como si ya no tuviera motivos para seguir luchando.
Sintió lástima por el chico.
~*~
Tal vez carecía de los la belleza magnética de su hermano y su ingente poder de persuasión, pero se reconocía un talento y ese era ser un grano en el culo. La lista de cosas que había conseguido sólo siendo increíblemente molesto e insistente no era nada despreciable. ¡Hasta consiguió un beso francés del mismísimo Georg Listing! ¡El hetero más recalcitrante de toda Ellen Key!
De manera que se enfocó en hacer lo que mejor sabía: sacar a “Bob Marley” de sus casillas.
—Hey, idiota, necesitas ir a la enfermería. Desde donde yo estaba la caída se vio bien fea.
—¿En serio? Porque pasó tan rápido que ni cuenta me di.
—Bob Marley, si no quieres que la gente murmure con ganas, déjame que te lleve a la enfermería.
—¿Es una amenaza? ¿Y qué harás para…?
~*~
¡Quería morirse!
¡Quería hacer un agujero, esconderse en el y ni siquiera asomar la nariz de allí!
Quería…
Cerrar los ojos y gemir.
Rogarle: “por-favor-no-pares-sigue-que-rico-así-me-gusta”.
La “maricona Trümper” había sacado su lengua —sí, la perforada, esa lengua— y había lamido su brazo derecho aun chorreado de coca cola.
¡Tres lamidas!
Tres-putas-lamidas que le dieron una erección de caballo.
Y hablando de caballos, su equino corazón arrancó de su pecho trotando desbocado.
Su odio por el moreno reflotó.
¿Cómo se atrevía a… a…?
Mierda.
Había olvidado que uno de los efectos secundarios a una prolongada exposición a Bill Trümper era la drástica pérdida de su capacidad de razonamiento.
—Entonces… ¿Enfermería? —agregó el muy cabrón, con una enorme sonrisa de hiena. Que no hizo sino disparar sus deseos de besarlo.
¿Ya había mencionado los efectos nocivos de su presencia?
~*~
El moreno pareció conforme cuando la enfermera le diagnosticó una pequeña conmoción. Aunque el de rastas estaba convencido que no se debía a la caída ni al duro aterrizaje.
Trümper no se movió de su lado durante la hora en que la enfermera lo retuvo por “sólo por rutina, para prevenir”.
“Para prevenir demandas” había agregado en voz baja su tormento, aun debía estar conmocionado porque le rió el mal chiste.
El resto del tiempo lo pasaron en silencio, principalmente porque la profesional le advirtió a Trümper que, de seguir incordiándolo, lo obligaría a salir.
Pero Tom no se salvó del interrogatorio. Pasada la hora reglamentaria, le fue permitido marcharse a su casa y el moreno se adhirió a él como mosca a la miel… o a la Coca-Cola derramada, en este caso.
—¿Por qué me estabas siguiendo? —picó, dándole un empujón con el hombro.
—No sé quién te dijo que eras el centro del universo, pero te mintió.
—Qué curioso, porque juraría que estabas a punto de entrar a la función de las cinco.
—El penoso espectáculo que dieron tú y tu novio me quitó las ganas.
—Ese subnormal no es mi novio.
—Cierto, creo que lo llaman… ¿pareja? Es que no estoy familiarizado con el vocabulario marica. —espetó, tratando de ignorar el latido que se saltó su corazón al escuchar esa última frase.
—Te propongo algo, tú no vuelves a mencionar al tarado de Warren y yo no te pregunto a que ibas al cuarto piso.
Dadas las circunstancias, le pareció un trato más que beneficioso, (para él). En ese momento ni siquiera recordaba que había en el jodido cuarto piso del centro comercial.
El resto del trayecto hasta la salida lo hicieron en silencio.
¿De qué podían hablar dos personas con casi nada en común salvo un historial de riñas de pasillo, un amigo que cambió de bando y sobrevivir a una masacre escolar?
—Aquí nos separamos. —le oyó decir, al llegar a la entrada principal. — debo coger un taxi.
—¿Taxi? ¿Qué no tienes chofer?
Tom se mordió la lengua demasiado tarde. Había mil cosas que sabía sobre el moreno que no se suponía que debiera conocer.
Algo de suerte debía restarle, porque el otro chico malentendió sus palabras.
—¿Por qué todos creen que por tener hermano modelo soy un pijo de mierda? —terció, cruzándose de brazos. Ello envalentonó un poco a Tom para lanzar una pulla.
—Pfff, porque es obvio. Si condujeras arruinarías tu manicura.
—Son postizas, se rompen con facilidad, ya sabes, golpeando idiotas.—respondió, y Tom se maldijo por ser tan bocafloja porque lo siguiente que el moreno hizo fue guiñarle un ojo, alborotando el ejército de mariposas en su estómago.
Habría preferido que lo golpeara en ese momento, de verdad que sí, en lugar de reír de esa forma deliciosa en que lo hacía, que descolocaba cada neurona dentro de su cabeza.
—Tranquilo, “Bob Marley”, has tenido un mal día, no me ensañaré contigo. Tal vez en otra ocasión.
El moreno hizo el gesto de la victoria, dio media vuelta y se marchó para siempre de su vida.
~*~
Eso había sido extraño, no extraño en una mala forma, sólo raro.
Que la mejor parte de su cita fuera el encuentro accidentado con Bob Marley era de no creerse. No podía esperar a contarle a Geo lo que…
Un bocinazo atrajo su atención hacía la calle, más concretamente a una cara familiar que lo llamaba desde un Mini.
—Vas a tardar mil años en conseguir taxi, sube.
Lo dicho, un día muuuy raro. El candidato a novio perfecto resultó ser un cerdo, y su ex -bully de cabecera ahora se ofrecía a llevarlo a casa.
—¡Estás loco! ¡Estás estacionado frente a una toma de agua!
—¡Sube de una vez, “Zorra” ya tiene dos infracciones!
—¿“Zorra”? — preguntó, una vez el auto arrancó.— No es un nombre muy común para un auto.
—Es una maquina sexy que me provoca placer al montarla, el nombre le ajusta como un guante.
Bill no se resistió al chiste fácil.
—Es la primera Zorra que monto.
—¡Hey! A “Zorra” sólo la monto yo, tú eres mero equipaje. Entonces… ¿Dónde dijiste que vivías?
Continuará…
🤣🤣🤣🤣🤣 este par es muy divertido 😀😃😃😃😃😃. Bill y Tom