
«Wünschen». Temporada I
Capítulo 17: Inestable
— ¿No vas a mirarme siquiera? —le pregunté, de camino a su departamento no me dirigió la palabra.
Georg y Erica se miraban, atrás, los tres íbamos apretados, yo no podía dejar de observar a Tom, quién me evitaba a toda costa y sus ojos estaban postrados en la ventana, mirando el día gris que acompañaba ese momento. Nadie decía alguna palabra, lo cual me ponía en mal plan porque ellos sabían todo, hasta Andy. No tenía buena cara, cada que quería mirarlo corría sus ojos a otro lugar.
Ok, todos estaban enterados menos yo.
Él se levantó de golpe y le seguí con la mirada, fue hacia el ventanal y oí un golpe seco, tal vez azotó su cabeza contra el cristal. Estábamos en silencio absoluto, mis manos intentaban calmarse al frotarse una con otra lentamente, mis labios estaban secos debido a la tensión.
—Tom… —susurré, vi como suspiraba con una impaciencia y tragué saliva.
—No puedo —sonaba apenado, ido, conteniendo la ira. —No quería que lo supieras de esa manera.
Contuve la respiración al oír eso, otra vez recordé esa placa, las fotografías y la sonrisa inmensa que tenía en su rostro cuando estaba al lado de esa chica, que tenía cierta similitud con Erica. Mi corazón latía con debilidad, era como si todo se estuviera desmoronando, y yo sin hacer nada al respecto. Sentí como un bloque de impotencia y angustia se almacenaba en mi garganta, acortando un poco el aire, amenazando con hacerme llorar en cualquier momento.
—Quiero… Quiero ayudarte Tom —me salió de la nada decirle eso, refiriéndome a la superación y al abandono de la bebida, esperaba que lo entendiera.
— ¿Por qué quieres ayudarme? Yo estoy bien —no me miraba, ni siquiera se movía de su lugar, me daba la espalda y eso me hacía sentir peor.
—Yo no lo veo así —me armé de valor, tenía que decirle lo que pensaba. —Tú finges estar bien, pero cuando piensas que nadie te está mirando es ahí que muestras lo que en realidad te sucede.
—No sabes lo que estás diciendo —me contestó adrede y yo me puse de pie. — ¿Por qué te haces ideas erróneas?
—No lo son —aclaré la garganta. —Es así, lo veo, lo percibo…
Arrugué la frente, apretando mis labios luego de eso, deseando que volteara a verme, ¿Por qué no quería mirarme? ¿Por qué ahora su tono de voz era diferente? ¿Estaba mal enterarme de su pasado? Pero yo solo quería ayudarlo, nada más, aunque, sabiendo que a él le dolía recordar yo me comportaba como un caprichoso al querer saberlo.
Empecé a caminar despacio, veía como sus hombros subían y bajaban con dureza, estaba tenso, demasiado. Tomé una bocanada de aire para hacer desaparecer ese nerviosismo que se me estaba ocasionando debido a la proximidad que teníamos.
—Yo —ahora su voz era suave, me estremecí al oírlo en un susurro. —No puedo contarlo, simplemente no puedo.
Por un momento había pensado que me lo diría, pero en el último instante, aquella esperanza se me fue a la mierda y dejé de respirar por un segundo, viendo como todo recuperaba el tono agrio. Tragué saliva y bajé la mirada, jamás podría saberlo, y estaba en su derecho de no contarme, no tenía por qué. No obstante, tenía esa condenada necesidad de saberlo, era curioso, y quería saber cómo lidiarlo, creía que escuchando su pasado podría hacer algo.
Ahora me daba cuenta que debía seguir como fuera.
—Bien —fue lo único que me salió, quería decirlo con sutileza, más no fue así, salió como si le fuera indiferente. —Si así lo quieres, lo aceptaré.
Intenté remediarlo con eso, pero mi voz tomaba su propia tonalidad, aclaré la garganta y volví por donde vine, más su llamado me detuvo y me giré, encontrándome con su mirada. Inflé el pecho, en todo el día no me había mirado, y ahora que lo hacía, hubiera preferido que no me mirara, ya que no tenía buena pinta.
— ¿Puedo pedirte un favor? Espero que no te moleste —estaba serio, demasiado, no mantuvo los ojos en mí por más de treinta segundos, lo desvió hacia el suelo y se sobó la nunca.
—Claro que no, ¿Qué es? —empecé a sentir el nudito en la garganta, el que no me mirara como solía hacerlo antes me ponía irritable.
—No es que quiera echarte ni nada pero… —exhaló el aire, lo comprendí enseguida. Todo mi mundo se estaba echando abajo, primero no me miraba ni me hablaba, y ahora que lo hacía, me pedía… —Quiero estar un momento a solas.
Silencio, solo eso, no se necesitaba más, no se requería otra palabra ni favor.
Podía escuchar a lo lejos como si un cristal golpeara salvajemente contra una pared, a mi corazón latir con lentitud, a su respiración abatida, a mi sangre correr por mi cuerpo. Mis labios empezaron a temblar ante la sorpresa, quería que lo dejara solo, y yo no quería, sentía que este momento era en el que más me necesitaba. Pero tampoco podía hacerle cambiar de idea, no quería que se pusiera en mal plan.
—Ah… Bueno, de igual forma Andy necesitaba que lo ayudara con unas cosas de la universidad —le mentí, carajo, comenzaba a odiarme. —Cualquier cosa que necesites puedes llamarme.
Unos días después de aquel encuentro en el cementerio, la situación entre nosotros se fue literalmente al carajo. No me contestaba las llamadas, prácticamente Georg era el que me avisaba de su estado de ánimo, y aunque él me decía que estaba ocupado con lo del estudio y los ensayos, las grabaciones y esas porquerías, sabía que en realidad me estaba evitando. ¿Por qué? Lo desconocía.
Quería llevarlo bien en el trabajo, pero todo era más complicado cuando escuchaba las campanitas tintinear, se me hacía que él aparecería con su sonrisa, con aquella que me gustaba, con esos ojos color miel que no dejaban de mirarme mientras me hablaba.
Se estaba volviendo difícil sin saber algo directamente de él, pero al menos sabía que estaba bien.
— ¿Seguro que no quieres venir? —me preguntó Georg mientras se retiraba el cigarrillo de los labios, le miré y luego el sobre dorado que sostenía entre mis manos.
La cantante de Killya estaba por casarse en un mes, nos había invitado a todos los del círculo íntimo, y cuando Georg dijo todos, rápidamente me vino un torbellino de nervios al pensar que Tom estaría también allí. No lo veía hacía unos días, y tendría que esperar, si era que no lo veía antes, hasta esa fecha. Aclaré la garganta y guardé el sobre en mi bolso.
—Lo pensaré.
Las cosas se revertían, ahora Georg y yo nos juntábamos todo el tiempo, él me contaba de Tom y yo solo debía conformarme con eso.
— ¿Lo intentaste? —le observé y él liberó el humo por la ventanilla, negó con la cabeza.
—Bill, no hay caso, él de alguna manera no quiere toparse contigo. Sé que eso es de un completo inmaduro, en verdad lo golpearía por lo que está haciendo. —estaba serio, miraba hacia adelante y movía sus manos, se mostraba molesto.
—Quisiera saber porqué —susurré.
Él suspiró, yo bebí un poco más del café que tenía sobre la guantera. Me dolía muchísimo que me evitara y que mandara a su mejor amigo a darme las noticias, en parte se estaba comportando como un niño, pero seguro tenía sus motivos.
—Solo dale un poco de tiempo, en serio está enamorado de ti y necesita lidiar con ese fantasma para seguir adelante.
No sabía si todo esto me ponía tan sensible, que me eché a llorar de repente. Me tapé la cara ocultando las lágrimas y sollozaba, me importaba un rábano si estaba Georg, no podía contenerlo, ya no podía soportarlo más.
Sentí una mano en mi espalda y el impulso que generó en mi cuerpo, entonces me apoyé sobre una superficie sólida y una fragancia diferente a la de Tom se me impregnó en la nariz, unos brazos me acobijaron y lloré contra el pecho de Georg. Podía sentir su mano sobre mi cabeza, había algo que me transmitía pero era totalmente opuesto a Tom, realmente el gesto lo sentía distinto, no podía calificarlo.
—Llorando no llegaras a mucho —me dijo, eso me hizo sentir más imbécil y lloré peor. —Bueno, lo siento, la honestidad es mi fuerte.
Eso era, Georg no se callaba nada y decía las cosas como las sentía. En cambio Tom, él tenía que ocultármelas para que yo no sufriera, y aún así, yo terminaba en lo mismo.
—Deja de llorar —me decía, yo me limpiaba las lágrimas sin separarme de él. —Creo que mejor te llevo a casa.
En el trayecto, Georg intentaba contarme algunos chistes, pero eran malísimos y me reía por eso, no porque causara gracia. Era horrible llorar y reír al mismo tiempo, era como querer estornudar y toser a la vez. Le decía que parara porque no podía continuar así, más él no me hacía caso; al final, terminé riéndome y las lágrimas habían desaparecido.
— ¿Te dijeron que tus chistes son malos? —le decía luego de suspirar, sintiendo calma al percibir esa sensación satisfactoria por darle a mi alma un poco de alegría.
—Por algo los cuento, para que se rían de lo malísimos que son —decía con todo orgullo en el pecho y una sonrisa.
Se veía raro cuando sonreía, también se le ponían los ojos pequeños como Tom y me agradaba que lo hiciera, porque así sabía que por lo menos no era tan amargado como pensaba.
Al llegar a casa, Andy estaba con el chico del delivery, pagándole la caja enorme de pizza. De casualidad miró en nuestra dirección y nos saludó con una sonrisa, se acercó dando saltitos y yo abrí la puerta para salir.
—Llegaron en el momento perfecto, no me iba a comer todo esto yo solo.
Georg no se negó cuando lo invité, cuando se trataba de comida él lo aceptaba. Los tres nos subimos y fuimos al departamento, tuvimos que añadir un banquito que teníamos en la cocina a la mesa, ya que solo contábamos con dos sillas. Al estar los tres, empezamos a cenar. El momento se hacía divertido, cuando Georg y Andy se juntaban era lo peor que le podía pasar a uno, en el sentido de que no pasaba un segundo en el que te hacías encima de tanta burla.
Era cierto eso de que las apariencias engañaban, se debía conocer bien a fondo a la persona para saber cómo era en realidad; Georg no era tan serio como parecía, tenía su lado bromista, y junto con Andy que hablaba hasta por los codos, los dos eran el combo perfecto para pasarla bien.
—Y bien, Don Listing —Andy le dio una mirada pícara, ya sabía lo que podría preguntarle. — ¿Hay alguna mujer en su vida? O es…
— ¡Andy! —me exalté y le miré con mala cara, él solo se mostró inocente y el de ojos claros se rió.
— ¿Qué? No tiene nada de malo que lo pregunte —se defendió y yo bufé. —Anda, ¿tienes a alguien?
—Eh, no exactamente —bebió un poco antes de seguir. —Podría decirse que estoy interesado en alguien pero no creo que se de cuenta.
—No me digas que te gusta alguien que trabaja en un local de comida —decía fastidiado mi mejor amigo. — ¿Acaso la acosas?
Georg se echó a reír y yo negaba con la cabeza mientras giraba mi vaso entre los dedos.
—No, creo que solo es algo platónico. —le miré enarcando una ceja, ¿Qué demonios? Él me miró y se volvió a reír por mi cara de sorpresa.
—Ajá… —volteé a ver a Andy y me miraba con una expresión burlona. —Con que eso.
No comprendí nada, pero ninguno siguió con el asunto, era mejor dejarlo ahí porque Georg no daba muchos detalles.
Con nuestros estómagos llenos, y dos porciones grandes no devoradas, Georg se tenía que ir porque ya era tarde, y al día siguiente tenía que ir a trabajar. Lo acompañé para abrirle la puerta, en el ascensor me iba riendo de su último chiste, ese sí que había estado bueno.
—Al fin te ríes como la gente —habló y le miré. —Siempre tenías mala cara.
Yo suspiré y asentí, tenía que cambiar la actitud, con mi cara de culo y las lágrimas no iba a llegar muy lejos. Y todo fue gracias a Georg quién logró hacerme sentir mejor, aún cuando al principio de todo no nos llevábamos tan bien.
—Bueno, eso es gracias a ti por tu sentido del humor tan pésimo —me burlé y salimos del cubículo apenas llegamos.
—Oh, eso me hirió el corazón —se tocó el pecho y cerró los ojos, adoptando una pose exagerada y yo ahogué una risita.
Caminamos por el lobby hasta llegar a la puerta, introduje la llave y tiré de ella, la sostuve con mi espalda y él pasó. Me miró y por la luz noté que tenía un poquito de salsa en la mejilla.
—Ah… Tienes un poquito de salsa —señalé mi mejilla y él pasó su mano por el lado incorrecto, me reí y, por impulso, se lo limpié.
—Listo. —dije cuando todo estuvo en orden, miré por el rabillo del ojo que alguien se asomó, entonces volteé a ver y… Tom estaba ahí.
Bajé la mano y Georg se separó un poco más de mí, no entendía qué hacía aquí. Me refería a que no me hablaba, y de repente, en este momento, se encontraba en la puerta del edificio en donde vivía.
Tragué saliva y mi corazón se aceleró al verlo parado. Nos miraba con detenimiento, podía notar la presión que hacía con sus párpados en dirección a Georg, el silencio fue lo más perturbador que pudo haber sucedido.
—Creo que es hora de irme. — dijo el mejor amigo de Tom y yo asentí.
—Haces bien —adrede, Tom se acercó y no dejaba de mirarlo. ¿Por qué actuaba de esa manera? Les quedé mirando, ellos se saludaron con un gesto de cabeza y Georg se marchó.
Yo veía como desaparecía, y luego, volví los ojos a Tom. Quería estar tranquilo pero después de varios días él aparecía en mi puerta y se había comportado extraño.
Quería hablarle pero no podía, recordar que no me esquivaba todo el tiempo me hacía poner el orgullo como escudo y me resistía de saludarle. Sabía que me estaba haciendo el difícil, lo odiaba, pero era la única manera de saber qué era lo que estaba haciendo aquí.
—Yo… Tenía ganas de verte —me dijo sin que le preguntara, con un tono tierno y tímido, mostrando esa sonrisa compradora mientras metía las manos en sus bolsillos, disculpándose también por el abandono.
Tomé aire, y valor, para poder continuar con esto.
—Aquí estoy —mierda, mi voz sonaba horrible, el nudo en la garganta no tardaría en venir.
Él avanzó y me abrazó fuerte, me quedé quieto como una roca, intentando asimilar lo que estaba pasando. Por dentro me estremecía al tener contacto con él, ¡Y era que solo habían pasado días! ¿Cómo era que se necesitaba tanto a alguien? ¿Cómo podía soportar estar lejos de él? ¿Qué mierda estabas haciendo conmigo, Tom?
—Lo sé… —susurró cerca de mi oído y cerré los ojos al sentir su respiración en mi piel. —Siempre lo estarás…
Y tenía razón. Pasara lo que pasara, yo iba a estar para él, era parte de su deseo.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.