Escuchen, si pueden, la canción que dejé más abajo c:
«Wünschen». Temporada I
Capítulo 27: Como un cuento de hadas
— ¿Cuánto tiempo más vas a estar acostado? —Andy se asomó a la puerta de mi habitación y yo apenas moví la cabeza en su dirección, él suspiró. —Deja de comportarte como una chica con cólicos, en unas horas celebras tu cumpleaños y pareces la persona más deprimida del mundo.
—No quiero cumplir años. —Dije agobiado, realmente el número veinte me atormentaba. —Estoy más viejo y ya hasta siento que me duelen las articulaciones.
Hice mala cara y mi mejor amigo revoleó los ojos, se adentró y me enseñó una bolsa de regalos. Genial, durante el día no paraba de recibir obsequios de amigos y familiares. Mi madre estaba en camino, al fin tendría contacto físico luego de mucho tiempo, suponía que este reencuentro estaría lleno de lágrimas y abrazos asfixiantes.
Al final había organizado una cena en la Taberna, todos los que conocía estaban invitados, por esta noche el lugar permanecería cerrado para los clientes. Me había llevado tan solo tres días organizar todo, ya que no quería que faltara nada, así que ahora solo quedaba disfrutar con las personas que quería. Por un lado estaba entusiasmado y por otro quería quedarme en la cama tumbado hasta que pasara este día.
—Abre mi regalo —se sentó en mi cama y rebotó la misma, yo me senté. Era una caja mediana, seguro había algo realmente pesado, lo quise cargar y sí, no era para nada liviano. Lo abrí y en la caja decía… —Algún día tienes que animarte.
—No… —susurré mientras leía las palabras. — ¿Por qué un equipo de karaoke infantil?
—Sería infantil si fuera rosado o con caritas felices, es uno… Bueno, sí lo es pero quiero que lo uses igual —vaciló y yo abrí el paquete. —La única vez que te escuché cantar fue cuando andabas deprimido por el idiota de Benjamín, desde ese momento dije… Este chico tiene talento y debería practicar ya.
—Eres un idiota, no voy a cantar —dije algo fastidiado. Me avergonzaba que alguien me escuchara cantar, cuando vivía con mamá lo hacía todo el tiempo, pero desde que me mudé con Andy enterré esa voz, o al menos eso creía. —Maldigo ese momento en el que me escuchaste, ¿Estaba borracho?
—No creo que tanto, de todas formas lo hacías bien. —se rió.
—¡Andy! —le pegué en el hombro. —No tenías que gastar tanto en esta… cosa.
Lo levanté y miré por todas partes, traía dos micrófonos y un cd gratis con canciones viejas. Lo abracé en forma de agradecimiento, en serio, fue horrible saber que me habían escuchado cantar, realmente es frustrante, sobre todo cuando sabía que mi voz parecía la de una chica al cantar. Mi madre siempre estuvo maravillada por eso, hasta me anotó en un concurso y todo, pero me daba vergüenza; además, no volví a cantar así que…
—Lo estrenaremos después de tu cumpleaños, si algún día decides dejar de trabajar en la Taberna puedes dedicarte a juntar monedas en el metro.
Se echó a reír y yo negué con la cabeza, lo dejé sobre la cama y me levanté. El día era maravilloso, sabía que nada podría arruinarlo, todo estaba como tenía que estar, mi madre estaría conmigo una vez más, aunque solo fuera por esta vez; la extrañaba y seguro ella también, pero no quería invadir su espacio, desde que mi padre se marchó quise que ella empezara una nueva vida, salir adelante, y sabía que yo debía salir de esa trayectoria porque, desgraciadamente, mis rasgos eran similares a las de ese idiota. Mi madre decía que no era mi culpa, pero siempre lo hacía mientras me miraba con lágrimas en los ojos.
— ¿Ya sabes qué vas a ponerte?—preguntó Andy mientras se alejaba.
Me quedé sentado en la cama, fijé al armario y pensé. Creía que había algo que todavía no me había puesto, solía comprar ropa pero nunca la usaba, así que tardaría un buen rato en elegir algo que fuera con el tema del día: mi cumpleaños. Se me pasó por la cabeza algo blanco, la pureza me daría energías positivas si quería que todo saliera bien, así que optaría por vestirme así para la cena. Me fui a dar un baño, faltaban como ocho horas pero aún tenía cosas por hacer, como por ejemplo, que Tom me llevara a no sé donde.
Lo único que me había dicho fue: «Te llevaré a tu fiesta de cumpleaños, pero antes tengo que ir a darte el regalo»
Viniendo de Tom podría esperarme cualquier cosa, si ya me había sorprendido bastante con ese gasto enorme que hizo con esa… condenada suite lujosa, quien sabía qué iba a hacer ahora. Me sobé la frente mientras intentaba esfumar esa incomodidad, sabía que tenía dinero, pero no tenía que derrocharlo como si fueran bolas de papel inservibles.
Me alisté, dejé que mis pelos de leoncito se lucieran y me coloqué un collar de cuero con tachas, el pecho estaba algo descubierto y mi palidez contrastaba demasiado con la tela de la camisa negra; la vestimenta blanca lo utilizaría por la noche. Me aplicaba un poco de labial de brillo mientras tarareaba una canción lo más baja que podía, estaba de muy buen humor y así tenía que estar hasta finalizar el día. Fui al living y Andy mandaba mensaje por su celular, seguro era con Blas; esperé junto a él.
Los nervios me comían las paredes del estómago, o tal vez era hambre. Golpeteaba el pie contra el suelo y suspiraba cada tanto, ni siquiera entendía lo que estaban pasando en la tele, no ponía demasiada atención. Revisé mi teléfono, recibía saludos de todos lo de KillYa y el entorno, por suerte Alex no me había molestado, tal vez se había olvidado de que era mi cumpleaños.
— ¡No me jodas, mira esto!—Andy me plantó el teléfono entre los ojos y yo lo aparté para verlo mejor, se trataba de una publicación de esa red social azul. Era Alex y publicaba una foto mía deseando un buen cumpleaños, ¿Acaso tenía un poder para anticiparme a los hechos? ¿Qué era esto? ¿Eaaruma? — ¿Quién se cree ese imbécil? Voy a denunciar el contenido.
—No seas inmaduro, no le des importancia y ya —dije algo fastidiado. Él no iba a arruinar mi día, lo mejor era no darle vueltas al asunto.
—Tienes suerte de que tu novio no vea estas porquerías, porque no quisiera saber su reacción ante algo como esto.
—Ni yo tampoco — agregué mientras tomaba mis pertenencias y lo ponía en un pequeño bolso de mano. —No te olvides de llevar la cámara porque mi madre querrá las fotos para ese condenado álbum de mi vida.
— ¿Le comentaste de Tom?— me preguntó y le miré, negué con la cabeza —O sea que lo va a conocer allí, seguro todavía sigue con esa idea de que todavía andas con el profesor pervertido.
—Andy no digas eso —él se rió y yo me morí de vergüenza. Pero lo más raro de todo esto era que no me había afectado en nada el que lo mencionara, realmente había logrado avanzar mucho con ese tema; estaba más que agradecido. —Seguro ya se olvidó de eso.
Ambos escuchamos el timbre, me despedí de mi amigo y descendí por el ascensor. Tenía que jactar que me sentía como si fuera una primera cita, no entendía porqué adoptaba esa actitud de mujercita tímida y cubierta de trilladas expectativas, tal vez era por el simple hecho de que se trataba de mi cumpleaños. Uno de mis sueños era que me hicieran una fiesta sorpresa, recordaba que mi madre había organizado uno pero lo estropeé al enterarme y no fue lo mismo, porque fingir que lo era fue algo realmente difícil, ya sabía todo lo que me podía esperar de ese día.
Al pasar por el vestíbulo, veía que Tom iba de un lado a otro, parecía nervioso y me sentí extraño por eso. Le saludé con la mano y una sonrisa al verme tras el cristal, abrí la puerta con la llave y dejé que se cerrara tras de mí. Bajé la escalinata y él se quedó quieto en su lugar, se acercó y me tomó por la cintura; me abrazó con fuerza y yo sonreí.
—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo y nos miramos.
Me cubrió esa inevitable fantasía de recibir uno de esos besos de películas, no sabía porqué me encontraba tan motivado a cosas que solo sucedían en novelas y esas porquerías cursis. Mi corazón latía demasiado rápido como para tener noción de si me estaba muriendo o qué, mis mejillas estaban algo cálidas debido a la emoción de tenerlo cerca. Era como si la vitalidad se completara de forma fugaz con tan solo estar entre sus brazos, de sentirme bien, vivo. Fuerte.
Sus ojos color miel, que por las noches me miraban con deseo lujurioso y pasional, se posaron en mis labios y comprendí lo que estaba por suceder a continuación. El aire entre nosotros se acortó al unir nuestros labios, cerré los ojos al instante de sentirlos, temblando por dentro, mostrando una vaga sonrisa por fuera. Él aún lograba en mí aquellos sentimientos y sensaciones que experimentaba al principio, aquello que me negaba a aceptar; adoraba volver a ellos porque me decían que lo que sentía por él era cierto, nada de cuentos inventados.
Podía notar cuanto me quería en ese beso, como deseaba tanto verme de nuevo, al igual que yo. No nos importaba si la gente nos miraba mientras nos mostrábamos cariño de esta forma, en nuestro mundo esas personas tan solo formaban parte del oxígeno que nos rodeaba, porque solo él y yo éramos los que destacaban en la utopía que habíamos creado al formalizar nuestra relación.
No sabía de donde había sacado tanto aire para besarlo, ninguno se quería separar del otro, tan solo estábamos aquí, en la vereda, frente a mi departamento, demostrando a la sociedad que no se debía seguir una regla estructurada por la misma. Demostrar ese afecto hacia una persona no tenía que ser estereotipado, nosotros estábamos yendo contra lo natural, porque en personas como él, Andy, o yo, no había una ley que te decía que no podías amar a alguien de tu mismo sexo; en nuestra utopía, podíamos crear las normas que queríamos con tal de ser felices.
Sentí una ligera brisa sobre mis labios al separarlos de los suyos, nuestras miradas se conectaron de inmediato y tomé una leve respiración.
— ¿Estás listo?—nervioso, sonreí tiernamente y asentí, entonces los dos nos adentramos a su vehículo y me llevó al lugar de la sorpresa.
— ¿Es malo decir que esto me da miedo?—pregunté riéndome mientras acomodaba el bolso entre mis piernas. Él se rió y negó con la cabeza.
—Supongo que tienes demasiadas expectativas —viniendo de ti, Tom, tengo miedo de que hayas comprado una de las pirámides de Egipto. —Pero descuida, no es nada de otro mundo, aunque me da algo de vergüenza.
—No me digas que me harás un baile erótico en la taberna —dije entre espantado y gracioso, el hecho de imaginarlo con todos mirándolo me hacía entrar en pánico. Él dejó escapar una carcajada y me miró divertido.
—En todo caso, solo haría eso para ti, pero no es eso… Lamento romper esa fantasía. —me mordí el labio y él seguía con esa sonrisa boba en la cara.
Reconocí el camino y me entraron varias dudas, ¿Por qué estábamos yendo para su estudio? ¿Acaso había olvidado algo? Le miré confundido y él lo notó, por lo que admiró mi asombro con una media sonrisa.
— ¿Te llamaron del estudio?—pregunté, él aparcó el vehículo frente al edificio y quitó las llaves. Negó con la cabeza y yo vi como salía del auto.
—Tu regalo está adentro.—dijo al abrirme la puerta, salí y colgué el bolso en el brazo, de la mano ingresamos al edificio saludando al de seguridad.
Había un gran silencio, y eso que era viernes, parecía que todos se habían ido a no sé donde. Atravesamos el pasillo de la planta baja para llegar al ascensor y no apareció ni un alma, era rarísimo. No podía ni pensar en lo que podría ser, era difícil creer que me traería a Britney o algún compositor de música clásica, ya que los de éste último género estaban todos muertos.
Mi mano empezaba a sudar y más con el aprieto cálido de Tom, golpeaba el pie contra el suelo de modo que enseñaba lo nervioso que me encontraba. Contaba los pisos y cada que subía se me iba acortando la respiración, ¡No tenía porque estar tan así! ¡Era solo un regalo! ¿Pero qué tipo de regalo?
Las puertas se abrieron, el pasillo parecía más abandonado que las escuelas en verano, Tom me empujó suavemente por la espalda y caminé lento, como si tuviera miedo. Él me guió hasta su estudio, pero antes de abrir la puerta me detuvo y él lo hizo, todo estaba oscuro en su interior, abrí más grande los ojos mientras ingresaba. Podía notar que pequeños puntitos yacían en el interior de la cabina, tras el cristal.
— ¿Tom?—me giré y la puerta se cerró tras de sí, estiré la mano y lo toqué, prendió las luces e hice una vista desde arriba hacia abajo, girando a noventa grados. Mi vista se enfocó en algo azul enorme que estaba sentado en una de las sillas, era un peluche gigante, tenía cara graciosa y… ¿Era un elefante?
—No me gustan esos osos con carita feliz, parecen como si estuvieran planeando algo mientras duermes—caminó hasta ponerse a su lado, era demasiado grande para esa silla pero allí estaba.—Así que dije… «Tengo que regalarle algo que sea divertido y original»
—Ay, Tom —susurré y lo abracé.—Tiene tu cara.
Me reí y él besó mi mejilla, nos separamos y toqué ese enorme elefante o lo que fuera, era muy suave y lo abracé también como si tuviera vida.
—Ya tiene nombre, se llama ToKo. —fruncí el ceño. —Le hará compañía a Pumba.
Miré el área del sofá y había miles de bolsas de regalos, me quedé boquiabierto, dios… No podía hacerme esto.
— ¡Tom eso es demasiado!—me exalté, le miré y él se sobó la nuca mientras sonreía de forma pícara.— ¡Te dije que no gastaras tanto!
—No costó mucho en realidad. —se excusó.
— ¿¡Cómo que no!? —fui a las bolsas, todas eran de marca, TODAS. — ¿¡ÉSTO NO ES COSTAR MUCHO!? Ay, por dios, Tom… Vas hacer que me dé el infarto.
—En todo caso, el infarto será para mí cuando llegue el resumen de la tarjeta —inmóvil, sin poder creer la cantidad de bolsas brillantes que descansaban en ese enorme sofá, pensaba en tirarlos por la ventana al ser mucho.
—Tom. — sentencié.
—Es tu cumpleaños, esa excusa vale —se acercó y me besó. Pronto dejé de sentir la tensión y calmé la alteración. —Ven, aún falta…
— ¿Hay más?—dije sorprendido, me quitó el bolso y lo dejó sobre otra de las sillas, él me llevó del otro lado, donde la banda de Tessa ensayaba y grababa.
Podía ver las velas rojas y blancas esparcidas por todo el lugar, habían dos sillas y una guitarra acústica, no sabía si era negra o de otro color porque la luz era tenue, solo las velas iluminaban esta parte. Tom me dejó sentado en una de las sillas y fue a apagar las luces del otro lado, entonces se admiró mejor como las velas nos rodeaban con su calidez. Él frotó sus manos y se sentó frente a mí, tomó la guitarra y se acomodó con ella.
—Bueno, supongo que es la primera vez que alguien me va a escuchar tocar esto, después de mucho tiempo. —su voz no era como la de siempre, parecía estar nervioso ya que se rascaba la nariz a cada segundo. —Pero… Quise regalarte esto porque pienso que es mejor expresar lo que uno siente de esta manera.
—Ay, ¿Una canción?—dije enternecido por su sonrojada cara, él asintió mientras tocaba unas notas, al parecer estaba calentando, ¿O qué era lo que hacían los músicos antes de tocar?
Aclaró su garganta, oh dios, iba a escucharlo cantar. Unos segundos de silencio nos invadieron, yo solo me concentraba en él, estaba con las manos sobre la rodilla y las piernas cruzadas, aguardando.
Y comenzó.
Me cubrió el desconcierto absoluto al oír su voz, la piel se me erizó de inmediato y mi corazón aceleró su ritmo. Ponía toda la atención para no perderme cada palabra de lo que cantaba, también fijaba la manera en la que tocaba esas notas, el movimiento que hacía con su cabeza, el destello que soltaba cada que tomaba un poco de respiración para continuar. Tenía los párpados sellados, suponía que así podía hacerlo mejor, pero siendo la primera vez que lo escuchaba, no tenía metas que alcanzar; era perfecto.
Los latidos retumbaban por todo mi cuerpo, sentía demasiada emoción, mis ojos poco a poco empezaban a aguarse y ese constante escalofrío no me abandonaba por nada del mundo. Volví a sentirme un niño, patético, enamoradizo e inocente.
But nothing feels like home, like you babe… I love you more than you will ever know.
Abrió los ojos y me miró, mis mejillas automáticamente ardieron, en el estómago sentía esas mariposas y por la mente pasaban todo tipo de recuerdos que tenían que ver con Tom. Le regalé una sonrisa y él continuaba, parecía más relajado ahora, suponía que estaba así por miedo a mi reacción. Sin embargo, al ver la sonrisa de oreja a oreja estampada en la cara, la emoción desbordando por los ojos, logró reducir todo tipo de expectativa negativa y sentí que se entregó totalmente con la canción.
El pecho me decía a gritos que tenía que controlarme, o de la alegría estallaría, más no podía. Éste era el mejor regalo de todos los tiempos, nadie, nunca, me había dado algo así. Realmente, Tom me sorprendía cada día, y eso, hacía que me enamorara aún más.
No pude contenerme, las lágrimas me cubrían el rostro mientras sonreía de pura felicidad, al tiempo que mi novio me regalaba estar hermosa canción. La letra nos describía tal cual, éramos distintos, pero de igual forma lográbamos complementarnos, como el sol y la luna, ellos siempre encontraban un punto medio para comunicarse: el horizonte.
Terminó la canción y aplaudí tan fuerte y emocionado que no paraba de llorar. El maquillaje a la mierda, el control también, sollozaba y me reía, era todo tan contradictorio y las emociones ya estaban entrando por un torbellino. Dejó la guitarra a un lado, se levantó y me abrazó fuerte. Yo lloré contra su hombro, en serio, todo era jodidamente hermoso, no podía pedir más. Si era un sueño, quería que me dejaran dormir o que la alarma no sonara jamás.
—Te amo, llorón —dijo a modo de broma y ahogué una risa extraña, extraña porque seguía llorando, contra su hombro. Nos separamos y besó mi frente, luego ambos lados del rostro, y finalmente, los labios.
—Tú eres quien me hace llorar — dije al separarnos, me limpió las lágrimas con la yema de sus dedos, me abrazaba a cada instante y volvía a besarme, pero eso me hacía sentir más feliz y sensible, por lo que volvía a derramar lágrimas.
¿Qué podría salir mal después de esto?
Tom guardó su guitarra mientras yo me limpiaba con crema y algodón el rostro, estaba a cara lavada y las bolsas que tenía eran impresionantes, pero aún así quise quedarme de esta manera hasta que volviera a ser normal. Desapareció un instante y volvió con refrescos, los bebimos en el sofá que estaba al lado del que contenía todos esos regalos.
—Luego los llevaré a tu departamento—habló mientras fijaba una de cosméticos, genial, maquillaje nuevo. Volví la vista a él, estábamos enfrentados. Bajé los ojos a sus labios, sentí un impulso lascivo y me acerqué a él.
Él dejó los refrescos en el suelo y empezamos a besarnos de manera descontrolada, como si la necesidad debía ser concretada. Le quité la camisa, dejándolo con la remera, él poco a poco desprendía la mía y mi corazón latía como loco por tenerlo dentro de mí.
No sabía si esto era parte de sus regalos, pero qué bueno que estuviera sucediendo.
Continúa…
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