«Apostemos» Temporada II
Capítulo 11: Invariables reacciones (P.2)
Alzó una ceja y sacó su sensual piercing fuera de su boca y la hizo chocar con sus dientes delanteros.
— Demuéstramelo.
No necesitó decir más. Subiendo al colchón de rodillas, me incliné hasta colar la punta de mis dedos en sus pantalones. Miré sus ojos recibiendo sólo deseo de los suyos al ir bajando la prenda junto con su ropa íntima gracias a sus caderas alzadas. Fui deleitándome lentamente con el recorrido de estos pantalones a lo largo de sus piernas. Su desnudez era toda una obra de arte. Era casi adictiva. Toda la capacidad de mi cerebro me gritaba que lo hiciera mío de una buena vez.
— Bill… — susurré acostándome sobre su cuerpo y siendo recibido por su hambrienta boca desesperada por sentir más de la mía.
Sentí sus piernas doblarse a ambos lados de mi cuerpo y mis manos aprovecharon la exposición de éstas para recorrerlas a plena voluntad. Y así lo hice. Deslicé mis dedos por sus muslos ya con una temperatura más elevada. Él acariciaba mi espalda con una de sus manos y con la otra tomaba mi rostro por el cuello y mejilla. Su piercing me provocaba unas cosquillas eróticas en la lengua y paladar. Empecé a restregarme contra su virilidad ya despierta y la mía pedía a gritos ser liberada de los jodidos bóxers. —. Me encantas… me vuelves loco — susurré sin detener mis movimientos, respirando su mismo aire mientras mi mano iba en ascenso por su torso.
— Quítate eso.
Hice caso sintiendo que mi propio cuerpo me lo pedía. Entonces me enderecé en mi sitio y me bajé la prenda íntima con sus ojos ya anticipándose a los hechos. Era tan ansioso. Adoraba eso.
— ¿En qué momento te pusiste así de bueno?
— Siempre estuve bueno — respondí.
Mis bóxers dejaron de ser un estorbo y mi sexo totalmente erecto quedó a la vista de mi hermano.
Devoré su cuello escuchándolo soltar unos excitantes gemidos de entre sus labios entreabiertos. ¿Cómo hacía para ser tan perfecto?
— Ya no puedo esperar.
Gimió enroscando sus suaves piernas a mi pelvis y dejándome un privilegiado acceso a su entrada.
— ¿Cómo lo quieres, hermanito?
— Eres todo un morboso — Asentí sonriendo y tomando mi pene me masturbé para ponerme más duro aún, si es que eso se podía.
— Dime, ¿lo quieres lento — Adosé la punta en su agujero deseoso por sentirme y gozar de mis movimientos. —… o rápido?
— Estamos enfermos — Hincó sus uñas en mis hombros y su lengua, en medio de un atrevimiento, se arrastró por mis labios de forma tan sensual que creí no poder controlarme. —. De cualquier forma que me lo hagas, me gustará. Con nadie me gusta más que contigo — Sonreí de lado y me sentí dichoso. Era eso lo que mis oídos anhelaban oír.
Entré en su cuerpo de una sola estocada, observando con detenimiento su rostro deformándose en una pecaminosa mueca de placer mezclado con dolor. Sin demorarme demasiado y queriendo continuar con mis descubrimientos en su angelical carita, salí de su interior de forma lenta, deslizándome casi solo. Esperé unos segundos hasta que sus entrecerrados ojos me observaron directamente, con una ceja alzada y un interrogante asomando. Solté una baja risilla e ingresé nuevamente, ahora tocando fondo y saliendo nuevamente. Así se repetiría el movimiento hasta que la velocidad ha de cambiar. Ésta ya era intensa, digamos que era media.
Apoyé mis manos a ambos lados de su rostro y lo arrinconé entre éstos y mis ojos hurgando los suyos. Él mordió su labio inferior acariciando toda la longitud de mi espalda, deslizándose de lado a lado.
Gimió pornográficamente frente a mí y sentí la urgente necesidad de comer de esa boca. Interrumpiendo sus hermosos jadeos, choqué contra sus labios y moví los míos con velocidad. No importaba la desprolijidad del beso, sino que importaba cuánto nos calentara.
Era tan adictivo el vaivén de cuerpos sobre el colchón… podría hacerlo todo el día sin acabar. Era magnífico estar rodeado de él, de su calor, de su perfecto encaje.
Sentí mi abdomen tensarse más de la cuenta en una de las estocadas, el sonido de éstas aumentó de repeticiones por segundos instantáneamente. Sus uñas se hincaron en mi piel y las arrastró de forma dolorosa, pero excitante, hacia los costados de mi figura. Nos separamos tomando una gran bocanada de aire simultáneamente, con nuestras bocas hinchadas y sintiéndolas calientes.
— ¿Te gusta… así? — pregunté en tono meloso con nuestros rostros a escasos centímetros de distancia. El dióxido de carbono que se desprendía de su boca era caliente y vital para que yo siguiera moviéndome. Me encantaba. Literalmente flipaba por él. ¿Cómo lo sé? Sencillo. Imagino a otra persona debajo de mí en este momento y mi mente se vuelve nula, incapaz de imaginar eso, ni nada.
— Sí… Me encanta — Mordí su labio inferior y lo estiré a mi gusto unos momentos, así jugué soltándolo y succionando de él mientras sentía el aire caliente de su boca dar contra mi rostro. Sus jadeos cobraban más nitidez a medida que me acercaba más a él. Una de sus piernas se aferró a mi cadera mientras que la otra seguía flexionada a mi lado. Su estómago se hundía para obtener algo de oxígeno ante tanto calor y gastadero de energías. Sus pupilas se dilataban más de lo común y parecía un completo demonio cuando me observaba con ese deseo y pasión directo a los ojos. Era una mirada tan profunda y tan penetrante, que sentía compleja la tarea de mantener esta conexión. —. Eres tan bueno.
Descendí por su rostro arrastrando mis labios y aspirando su aroma de paso, llegando al inicio de su cuello. Entonces me encargué de lamer y besar su mandíbula con desespero. Nada de cuidados, nada de mediciones. Simplemente dejé actuar a la fiera que rogaba ser liberaba en mi interior. Mordiendo y zarandeando de esa parte recibiendo un gemido de dolor fuerte, sin embargo, ningún intento de alejarme o hacerme detener se hizo presente. Era como contradictorio. Era como masoquista.
— Así de fuerte… ¡Mmmmh! Sí, sí — Me enloquecía. Joder. Lo destruiría si continuaba gimiéndome así de intenso.
En su cuello no quise parar o cambiar la brutalidad con que lo devoraba. Sino que la aumenté. Seleccioné una zona en especial y lo descargué todo allí. Succioné tan fuerte que seguro dejaba una enorme marca en toda esa parte. No era normal la calentura que me azotaba.
Continuaba en ese plan de ser tan escandaloso y no entendía que no había nada más que me sacara tanto de quicio, como eso mismo.
— No pares, sigue, sigue… ¡Aah, sigue!
— Joder, Bill… Van a escucharnos — advertí riendo y sin sentir en verdad el miedo a que eso pasara. Simplemente lo dije porque… bueno, era una realidad. En cierto modo, me importaba un choto que nos escucharan.
Mis movimientos ya eran frenéticos. Mi estómago estaba demasiado tenso y sentía un agobio de tanto calor y estar tan cerca de su cuerpo. Entonces me alejé de improvisto de su figura y erguí mi espalda, tomando sus piernas y flexionándolas más para poder acelerar (aún más) mis ya frenéticas embestidas a su cuerpo.
— Aah, aah… ¡Mierda! — grité en un tono ronco observando su cuerpo retorcerse de placer, agarrando las sábanas entre sus puños y desarreglando la cama por completo. Todo era un desastre.
— ¡Joder! Va a dolerme más tarde…
— ¿Importa acaso?
— No — respondió sencillamente y remojó sus labios de manera lenta y erótica. Sonriendo como un maldito drogadicto que acaba de darse un buen vuelo, delineé su cuerpo con mis ojos mientras continuaba con mi frenético entrar y salir. Ya era desquiciada la escena.
Soltando una de sus piernas tomé su miembro entre mis manos como un acto automático. Siquiera lo pensé demasiado, simplemente empecé a masturbarlo ansioso por ver más de ese espectáculo que era su carita deshaciéndose en muecas de pleno goce. — ¡Ah, así, así de fuerte, Tom! — Arrastraba las palabras como fuera de sí. Seguro pronto acabaríamos… mientras tanto quería enriquecerme más la visión con la imagen que se montaba toda a mi merced.
Subí por su abdomen, pecho, viendo el brillo de una leve capa de sudor cubrirlo enteramente. Su cuello se tensaba a medida que inhalaba oxígeno. Su cabello lucía desarreglado, ¡pero cómo me molaba así de desprolijo! Y ni hablar de su boca… reseca de tanto respirar por ella y de tanta agitación. De todos modos… Mierda. Al observar con más detenimiento el sector izquierdo (ante mi perspectiva) de su cuello, noté la zona en donde había descargado la mayor parte de mi furia. Eso le dolería más tarde, denlo por seguro.
Me dedicó una viciosa mirada y sólo atiné a soltar su pene y agarrar las muñecas de sus brazos sobre su cabeza. De esta manera quedé de nuevo frente a su rostro, pero a una distancia considerablemente distinta a la de antes. Sentía poseerlo por completo. Tenerlo así, debajo de mí, con sus manos inhabilitadas y todos sus sonidos destinados a un solo oyente… díganme si no era todo un privilegio.
— Mierda, Thomas ¡Me correré!
— ¡Shh! Eres un maldito vicioso — rió flojamente y asintió cerrando los ojos con fuerza. Y antes de que eyaculara, quise llevarlo a la cumbre del placer masturbándolo un poco más. Su mano libre fue inmediatamente a su propio cabello. Allí estiró y apretó el inicio de su jopo como si descargara tantas sensaciones así. Lo cierto era que su pecho inflándose y su carita acompañando cada reacción de su cuerpo, era una pinturita para mí. —. Dime que te encanta… dime que te vuelves loco.
— ¡Aaah, sí! — gimió agudo y aumenté la velocidad en mi mano. —. Me encanta… Joder, me fascina todo lo que me haces — Bajé mi rostro un poco más y deslicé mi lengua por su boca cerrada; pero cerrada por poco tiempo más, ya que la abrió para darle encuentro a mi músculo gustativo con el suyo. Una sensual y quizás asquerosa danza fuera de la boca de cualquiera se desató y terminó por encantarnos. Movíamos nuestras lenguas velozmente y ladeábamos la cabeza para orientarlas hacia otros lados. Su piercing fue estirado, zarandeado y molestado infinitas veces. Era demasiado sexy.
Terminé de entrar en su boca y así poder jugar con su paladar, sus dientes. Violar la privacidad de su interior. Saboreé sus labios al máximo. Sentí que se desquitaba con el mío, mordiéndolo y así lo dejé unos segundos. Que hiciera lo que quisiera conmigo… me importaba una mierda.
Gimió dentro del beso cuando apreté su miembro con fuerza y el líquido caliente saltó hacia su propio abdomen, manchando el mío también, desde luego. Yo, en cambio, necesité de unas cuantas embestidas más. Necesité sentir su lengua dejar de moverse por el placer y su semen chorrearse por mi mano, para correrme dentro suyo. Me alejé de su boca rápidamente y enterré todo lo que pude mi miembro en su cuerpo.
— ¡Aaaahg! — gemí importándome un puto cuerno todo y echando la cabeza hacia atrás.
Sentí su mano acariciar todo lo largo de mi abdomen, volviendo a clavar sus uñas en recientes heridas.
— Eres todo un pecado.
Volví mi rostro hacia él y bajé para dejar un sonoro beso en su boca.
— Pienso lo mismo de ti.
— Entonces no me interesa pecar.
.
By Bill
— ¿Ya?
— Sí — Aunque dijo que sí, continuaba acomodando su cinturón a la medida justa de la cadera. Si todavía no estaba listo, ¿por qué decía que lo estaba? —. ¿Qué ocurre, enano? ¿Te mola ver cómo me visto?
— Aunque suene estúpido, sí.
— No suena estúpido, sino que raro. ¿Por qué?
— No sé. Es lo que queda por hacer después del encuentro y es como el final.
— Curioso — Caminó hacia mí. —, pero a mí me gusta más ver cómo te quitas la ropa.
— Tonto — rodé los ojos. —. ¿Cuán básico eres?
— Sólo bromeaba, enano — Con el reverso de su mano acarició el lado derecho de mi rostro. Su otra mano le daba un aspecto confiado y seguro estando dentro del bolsillo de sus jeans. —. ¿Mencioné que eres perfecto?
— Siempre lo dices, pero nunca lo creo.
— Deberías hacerlo porque lo eres — Me contagió la paz de su expresión y se acercó un poco más hasta mi boca. —. Si te vieras con los ojos que te veo, no conocerías el complejo — susurró segundos antes de unir nuestras bocas y sentirme seguro junto a él. La forma en que sus dedos se deslizaban por mi piel y sus labios por los míos, era casi mágico. Pareciera que cada uno de sus movimientos estaba pensado para que me gustaran. —. Te quiero.
— Yo también te quiero — Se separó de mí y me volteé en mi sitio dispuesto a salir por esa puerta a afrontar la cena con mi segundo padre. Sería fantástico que Thomas lo conozca fuera del papel de Cortez únicamente; sino también en el papel de Albert. Simplemente Albert.
Al abrir la puerta y ya estar parado en el hall que lo llevaba a uno a las distintas habitaciones de la casa, mi mirada fue a dar al final de éste. De la habitación de mi padre salía el mismo con Andreas. ¡Andreas! —. ¡No! — medio grité empujando hacia el interior del cuarto a Thomas, nuevamente. Éste me observó interrogante y confundido.
— ¿Qué…?
— ¡Calla! — susurré desesperado cuando el rubio caminaba hacia mí. ¿No era suficiente la excusa de que mi pareja, con quien mantengo un temporal alejamiento, me vea salir de mi cuarto con mi hermanastro abrochándose el cinturón? Creo que es razón suficiente.
Ahogando un reclamo, Tom se dispuso a esconderse detrás de la puerta entreabierta y, seguramente, escuchar.
— Hola — saludó ya a mi lado.
— Hola, Andreas — intenté sonreír distendido. Tarea compleja.
— ¿Te asusté? Lo siento.
— No, no. Para nada… ¿Qué haces aquí?
— Tenía que hablar algo con tu padre — explicó señalando las escaleras por donde hace un rato Jörg descendía. —; un tema que no podía esperar. ¿Tú? — Aparté la mirada de la puerta apenas noté la pregunta.
— ¿Eh? ¿Yo, qué?
— Qué haces.
— Nada — reí nervioso. —. Vendrá Albert a comer y tengo que estar presente en la cena.
— Claro. Tu padre me habló de eso.
— ¿Qué dijo?
— Qué quería invitarme, pero que tú le aclaraste nuestra situación.
— Andreas, yo…
— Olvídalo. De todos modos yo sentía como que habíamos terminado hace tiempo, descuida.
— Lo siento.
— ¿Cuántas veces más te disculparás por seguir tus instintos?
— Las veces que sean necesarias. Hasta que deje de dolerte.
— No dejará de doler.
— Entonces siempre me disculparé — rió.
— Testarudo. ¿Acaso se convierte en un asesino un león que devora a un venado para calmar su hambre? No.
— No me hace sentir mejor imaginar que eres el pobre venado.
— Ya — Observó el reloj pulsera que rodeaba su muñeca y luego chasqueó la lengua. —. Tengo que irme, pero me debes una cena — advirtió señalándome. —. Aún somos amigos, ¿no?, salgamos los tres, el buen trío: Geo, tú y yo.
— Suena estupendo. Como en los viejos tiempos — Asintió liviano y luego inspiró oxígeno en su sistema.
— Qué tengas una excelente cena, Bill. Nos veremos mañana en el estudio.
— Nos vemos — Dejó un beso esporádico en mi mejilla y luego se giró en plan de fuga. Fue entonces que pude soltar el aire retenido y sentirme libre de tanta carga que acredita mantener un protocolo. —. Vaya…
— ¿Cuándo dejará de estorbar este sujeto? — indagó en tono enfadado Thomas, saliendo del cuarto como alma que lleva el diablo. Penetrándome con su mirada, llegaba a asustarme. De los nervios sólo pude reír. —. No dejará de doler ¡Pero por Dios! Le duele el culo, eso le duele.
— ¿Por qué eres tan cruel con él?
— Porque se niega a ver la realidad.
— ¿Sabes cuál es la realidad aquí?
— ¿Cuál?
— Que me encantas celoso — continuó serio hasta que esas palabras lo centraron en su debido sitio. Entonces sus mejillas se ruborizaron y luego se cruzó de brazos.
— No se vale. Tienes ventaja sobre mí.
— Es el precio de ser yo — rió sarcásticamente y luego resopló. —. ¿Eres mío ahora?
— Las palabras son efímeras. Quiero demostrarte que así es — Mordió su labio inferior y luego me abrazó con posesión y demanda. Yo reí en su oído y le correspondí por la cintura, hundiendo mi rostro en su el cuello de su polera de lana. —. Tengo planes para este fin de semana.
— El viernes aún no acaba — recordé.
— No interesa. Quiero que todo sea perfecto y para eso necesito tenerlo bajo control — Me alejé lo necesario para mirar sus castaños ojos.
— ¿Qué planeas?
— Quiero sacarte de esa maldita fiesta en mi honor e ir a algún sitio en donde estemos solos.
— Tú lo has dicho, Tom. Es en tu honor y debes estar allí.
— A nadie le intereso. Sólo le importan los miles que puedo hacerles ganar; es todo.
— No es así.
— Da igual — Comencé a jugar con el filo de su abrigo, en la parte de atrás de su figura. —. Quiero estar contigo.
— Coincidimos en eso.
— Y el domingo sólo seremos tú y yo, ¿de acuerdo? No hagas planes.
— No, Jörg — Me burlé riendo. Ya actuaba como una figura de autoridad.
— Es en serio. La siguiente será nuestra última semana laboral, así que también ve haciéndote la idea de que pasaremos la última semana antes del juicio, esa semana libre de cualquier obligación y papeleos, sólo para nosotros.
— Ay, Thomas. Estás planeando mi vida. Faltan dos semanas para eso.
— No me interesa. Quiero que todo sea…
—… perfecto. Lo dijiste — intervine. —. ¿No ves que es perfecto como sea? Tú haces perfectos mis momentos.
— Pero esta vez hay que hacerlo bien. Quiero tomarme todo el tiempo para ti, para que te sientas bien. En serio. Quiero que así sea de ahora en más — sonreí emocionado por su confesión sin pudores, observando mis ojos de forma directa.
— ¿Puedo hacerte feliz también?
— Creí que ya estabas haciéndolo — reímos al unísono separándonos.
— Eres increíble, Tom.
.
Estábamos ya sentados a lo largo de la mesa cenando como mi padre lo idealizó. Yo estaba ya algo cansado de apariencias, pero para este momento, éstas sobraban. Albert me conocía de sobra, no necesitaba simular conformidad con todo; simplemente podía ser yo mismo.
Thomas yacía concentrado en cómo comer lo que Susan había preparado. Las comidas en esta casa siempre se definieron por ser extrañas. Aunque para Jörg y para mí, se trataba de excentricidades, de buen comer y de nuestra favorable vida servida en la mesa. Además, cada una de las cenas es importante; es la única comida del día en que podemos sentarnos todos juntos en una mesa. El desayuno siempre es a destiempo, ya que mi padre suele despertarse más temprano o, como en estos últimos días, más tarde. Thomas siempre opta por el desayuno exprés. Lo que se llama a la apurada. En cambio, quien les habla elige sentarse tranquilamente a desayunar en pleno silencio. Amo el silencio a la mañana, desde pequeño. ¿Mencioné que odiaba despertarme con el sonido de la radio o Tony Benett?
Ahora comíamos Shirako, lo que en la traducción japonesa es semen de pez. Podría ser la contraparte del caviar, es decir, los huevos del esturión. Su espectacular sabor en este platillo se basa en las glándulas llenas del esperma de peces como el bacalao, pez globo o rape. Una vez cocidos toman una textura cremosa, pero crudos son como una masa pegajosa totalmente desagradable. Son deliciosos y los probamos la primera vez que viajamos al continente asiático. Siempre recordamos ese viaje cada vez que comemos algo derivado de pescados. Además, debido al bajo contenido de sales, me ayudaba a contrarrestar las ansiedades de mi adicción.
— Ah… — manifestó en una exhalación Cortez, luego de beber unos tragos de su bebida. Se quedó meneando la copa frente a su rostro, sonriéndole luego a mi padre. —. Liebfrauenmilch, la mejor marca del rhin; la gloria de Alemania — manifestó y Jörg asintió complacido.
— Siempre has tenido muy buen paladar para estas bebidas.
— ¿Qué puedo decir? Me encanta el buen beber.
— Pues Bill te ha imitado.
— ¿En serio? — Albert me observó sorprendido. Yo sólo asentí.
— Mi hijo puede reconocer cualquier tipo de vino, de cualquier cosecha. Es un buen conocedor.
— El vino es la bebida de los dioses.
— De Dionisio, para la mitología griega — agregué.
— Eres muy astuto, Bill — Luego observó a Thomas jugando con su comida aún. —. ¿Qué ocurre, Tom?
— No me familiarizo con esta clase de platillos.
— Son deliciosos y muy saludables. Si hay algo que debo acreditarle a Jörg, es la excentricidad en los platillos que selecciona.
— Me sentiría satisfecho con una pata de pollo y papas — manifestó sencillamente y Albert soltó una carcajada estrepitosamente tomando el serio comentario de mi hermano como una broma. —. ¡Eres muy ocurrente, muchacho!
— Sí — rió casi obligado Thomas, observándome suplicante de un salva vidas.
— Come — articulé con mis labios sonriéndole y él, resignado, llevó un bocado a su boca. —. Piensa que es mi semen — volví a articular tapando mi boca del lado en que Albert y mi padre pudieran ver. De forma inmediata éste comenzó a toser ahogándose por mi ocurrente comentario. Me carcajeé sin pudor llamando la atención de los dos adultos que observaban confusos.
— ¿Te sientes bien, hijo?
— ¿Eh? Emm… sí — tosió una última vez y llevó la copa de rhin a su boca.
— Y bien Albert, cuéntanos cómo va la empresa.
— Bueno… Viejo amigo, de a poco se van calmando las aguas. Sabes a qué me refiero. He dejado a uno de mis máximos hombres de confianza encargándose de todo, atendiendo ese maldito teléfono por mí.
— Los periodistas no se toman descanso.
— ¿Cómo tomárselo si viven de arruinar la existencia de las personas? Fracasados — Alcé la mirada hacia él ya interesado por el rumbo de la conversación. —. Intento no ver televisión. Sólo me da malas noticias a diario.
— ¿Siguen parados tus negocios?
— Aún lo están. No sé cuánto más lo toleren mis socios en Norteamérica. Estaban muy interesados en las hectáreas para producir en Argentina.
— Era un negocio millonario — pensó en voz alta mi padre.
— Lo sigue siendo, aunque no sé por cuánto tiempo. Ya se va demorando demasiado. De todas maneras entré un poco en razón con respecto al debido mantenimiento de mis propiedades. Envié a un grupo de especialistas a que revisaran las condiciones de todos los departamentos y casas que poseo aquí en Alemania. Luego seguiré con las otras en diferentes sectores de Europa.
— Ese es un gran avance, Albert — apremió. —. Estás limpiando tu imagen.
— Pero no debería limpiar nada porque jamás debió haberse ensuciado.
— Te entiendo perfectamente.
— Son pobres latinos muertos de hambre que quieren sacar tajadas de donde sea posible. Dan tanto asco…— manifestó en tono molesto. —. Aunque quiero decir que tienes dos hijos estupendos. No han hecho más que cuidar mi buen nombre y mostrar una entera dedicación a mi situación — Mi padre nos observó alternadamente y nos sonreía con ese brillito en los ojos tan particular. —. Estoy muy a gusto con sus esfuerzos.
— Para mí, Albert, no es ningún esfuerzo o trabajo defenderte a ti y a tu empresa. Te conozco desde que tengo memoria, has sido mi segundo padre en muchas ocasiones y continúas siéndolo, y conozco tu sacrificio con respecto a la empresa. Sé que esa es tu vida y que tu único propósito siempre ha sido mantener resguardados los intereses de tus clientes — hablé. —. El placer es mío.
— ¡Qué maravilla! Jamás me he sentido tan a gusto — Parpadeó repetidas veces para aclarar su visión. Lloraría y jamás fue de su agrado mostrar debilidades. Sólo yo y algunas pocas personas más han visto sus ojos llorar. —. Gracias, hijo. Muchas gracias.
— No hay de qué — respondí.
— Pero hablemos de ti, Jörg. ¿Cómo está tu salud? — El susodicho tragó su bocado y alzó las cejas como imparcial.
— Me siento más relajado, pero a la vez más inútil.
— Papá — regañó Thomas.
— Nunca les gusta que hable así — se encogió de hombros.
— Es que no toleran que mientas, Jörg.
— No es mentira, amigo. Estar todo el día haciendo la vida que debería llevar desde los cincuenta, me da a sentir la sensación de incapacidad de inmediato.
— Has dedicado tu vida entera a ese estudio. Quizás necesites un descanso si es que quieres continuar viviendo para él.
— Ahí está el problema — intervine. —, ha vivido para su trabajo siempre. Digamos que, desde su punto de vista, también vivió siempre para mí. Es hora de que piense en él.
— Estoy de acuerdo.
— Es su salud la que está en juego, no es una broma. Su corazón está delicado y debe cuidarlo — finalicé observando a mi padre como si los roles fueran inversos. Todos sabemos que en algún momento de nuestras vidas nos tocará cuidar de nuestros padres para devolverles lo mucho o poco que han sabido hacer por nosotros durante nuestras vidas. Es la ley natural.
— Estoy tomando mis medicinas nuevas sin falta.
— Es un gran avance. ¿Tienes controles diarios?
— El médico de Bill viene prácticamente día por medio y me echa un vistazo de paso. No puedo quejarme. Es un gran doctor, aunque mi médico de cabecilla es Fred Fontana, como siempre.
— ¿Médico? ¿Sigues necesitando ayuda, Bill?
— Sí. Aunque lo mío también va por compromiso propio.
— ¿Un tratamiento?
— Es como una probation, hablando jurídicamente — reí para apaciguar la seriedad del tema. —. Estoy evaluándome a mí mismo para ver si puedo controlarme o si necesito ayuda.
— ¿Qué crees que necesites?
— Necesito ayuda. Eso seguro — dije. —. No puedo convivir con esto solo y jamás podré hacerlo. Pero no es ayuda enteramente profesional, sino de mi familia, de mis amigos, de mi trabajo. Necesito tener una base en donde caer cuando tenga un tropiezo.
— Pero dime qué es lo que sientes y por qué hablas de convivir, y no de superar.
— Siento ansiedad. Como cuando una persona normal necesita comer todo el tiempo. Comienza a picar diferentes comidas simplemente porque está ansiosa. Bueno, a mí me pasa algo así, pero no es comida lo que necesito. Constantemente tengo el deseo de consumir — Fue difícil decir eso, pero admitirlo en frente de diferentes personas cada vez lo va haciendo más sencillo. —. Y hablo de convivir con esto porque una adicción es un estado de la mente y se debe vivir toda la vida con ella. Una persona adicta es una persona dependiente. Con esto se convive, no se hace un tratamiento y se deja en el olvido.
— Caramba. No pensé que fuera tan difícil aun después de tantos años.
— Yo tampoco — reconocí.
— Pero eres muy capaz, ¿o acaso no lo he dicho antes? Tú puedes, pequeño. Desde muy chico comenzaste a sorprendernos a todos con tu capacidad para resolver tus problemas solo — habló sin importarle que Jörg haya sido un gran impedimento en esa etapa de mi vida. —. Ahora siendo todo un hombre confío plenamente en ti. Sabes que estoy a tu entera disposición para lo que pueda ser útil.
— Lo sé. Gracias — Tomé mi copa de rhin y bebí unos pocos y escasos tragos bajo la mirada expectante de Thomas. Sabía que ese tipo de bebidas no estaban permitidas, sólo champagne. —. Aprenderé a vivir con esto — volví a hablar acaparando las atentas miradas de todos. Pero no les hablaba a ellos, sino que a mí mismo. Quería hablarme a mí y tener testigos de mi compromiso conmigo mismo. —. Sé que lo tendré encima por el resto de vida que me quede, pero con esfuerzo y voluntad aprenderé a entenderlo y a llevarme bien con ello. Y será una batalla diaria, un poco cada día. Puede ser algo lento y prolongado, pero a la larga se ven los cambios y algún día tendré que agradecerle a alguien… Ese alguien seré yo principalmente y me sentiré orgulloso de ello — Ahora sí, observé a Albert, a mi padre y a Thomas. Los tres parecían orgullosos y embelesados con mis palabras. Y yo, de alguna manera, también me sentí orgulloso de ellas.
— Es la mejor decisión que puedes tomar ahora, hijo. Y aquí estaremos nosotros, y quienes te quieren, para apoyarte — sonreí ampliamente sintiéndome feliz.
— Gracias, papá.
.
By Tom
Caminé hacia la figura de aquel hombre con quien acordé ese encuentro. Me observaba con una media sonrisa, pero mi paranoia me impedía corresponderle sin que fuera un gesto falso. Era de mañana y hacía frío. Pero el sol brillaba en lo alto del cielo a pesar de todo. Y las personas presurosas por cumplir con sus obligaciones caminaban por el parque ignorándose unas a otras.
— Su puntualidad es un don, Sr. Trümper.
— ¿Cómo ha amanecido, detective?
— Ansioso por mostrarle los avances.
— No esperemos más, por favor. Sentémonos — invité señalando el banco de cemento a nuestro costado. Desprendí mi blazer negro largo para poder entreabrir mis piernas y estar más cómodo en mi posición.
Tomó aire y yo me preparé para recibir todo tipo de informaciones, aceptando quizás las inevitables consecuencias.
— Gustav Schäfer: Treinta años de edad. En sus identificaciones se pueden leer diversos nombres — De un ágil y veloz movimiento abrió el maletín negro de mano que cargaba sobre su regazo. Sacó un montículo de identificaciones que dejó en mis manos apenas poseerlas. —: Martiniano Bustos, Vicente Mörks, Steven Breen, Max Castronelli, etcétera — A medida que iba pasando las identificaciones, los nombres, en efecto, variaban al igual que sus cortes de cabello y edad. —. Comenzó vendiendo drogas a la salida de Escuelas Secundarias y Universidades. Luego fue subiendo a barrios de gente de su altura, hasta convertirse en todo un proveedor de sustancias tales como: éxtasis, crack, Oxyconntin, heroína, y demás — hizo una breve pausa. —. Tu hermano tenía una edad de quince años cuando empezó a venderle a él — cerré mis ojos unos momentos por el impacto de la noticia y luego volví a fijarlos en el detective. —… ¿sigo?
— Por favor.
— Lo arrestaron gran cantidad de veces, pero por los muchos conocidos que posee en diferentes comisarías, quedaba fácilmente en libertad. Unas tres veces llegó a someterse a complejas situaciones penales en jefaturas de alto rango en la ciudad.
— ¿Y cómo salió con la cantidad de antecedentes que cargaba encima?
— Tu hermano de nuevo.
— ¿Qué? — cuestioné atónito.
— William Kaulitz se ha estado encargando de pagar fianzas o contactar a comisarios amigos para velar por la libertar del individuo en cuestión.
— ¿Pagar fianzas? ¿Liberarlo…? ¿Qué rayos dice?
— Eso mismo, Sr. Trümper. Lamento ser yo quien le comunique esto, pero su hermano se ha sometido a los chantajes de Schäfer por mucho tiempo. Dos meses exactamente. Comenzó con la caída de un amigo de éste en prisión. Bill era útil para hablar con Molina, un fiscal corrupto con el poder de liberar a cualquier persona en cualquier cárcel de Alemania.
— Molina… Sí, mi padre lo conoce. Así que Bill habló con él para la liberación de ese sujeto… — medité pensativo.
— No exactamente. Quien se encargó del ‘trabajo sucio’ en esa ocasión, fue un tal Andreas Markett.
— ¿Andreas? — Me quité las gafas de un momento a otro, dejándolas sobre el banco y tomando el inicio de mis trenzas con desespero.
— Le suplico que actúe de manera pasiva, por favor. Todavía quedan algunas cosas por enterarse — asentí mordiéndome el labio inferior y observándolo impaciente. —. Hubo un momento en que los roles se invirtieron y quien necesitó de la ayuda del otro, fue William.
— Cuando tuvo una recaída.
— No hablo de drogas. Hablo de un asunto que su hermano se esfuerza por mantener oculto.
— ¿De qué se trata?
— El abogado Axel Greffman se enteró de algo en la vida de su hermano, y éste necesitó de la ayuda de Schäfer y otros hombres para abordarlo e intimarlo.
— No… No puede ser cierto. ¿Cómo sabe usted todo esto?
— Usted me llamó hace algunas semanas, ¿recuerda?
— Sí. Inmediatamente después que mi padre me contó acerca de este sujeto.
— Desde ese entonces me infiltré en este mundo. Soy un hombre profesional, Sr. Trümper, y no revelo mis métodos. Pero usted puede estar seguro que la vida personal de su hermano estará totalmente a salvo en mis manos.
— Yo confío en su profesionalismo. De lo contrario jamás me hubiera contactado con usted — aclaré de inmediato. —, pero quiero tener la tranquilidad de que no ha arriesgado su propia vida metiéndose en el círculo social de estas personas.
— En absoluto — negó. —. Conozco cómo se manejan, entonces soy inmune a sus formas de actuar — tranquilizó. —. Si usted supiera las cosas que sé de personas importantes en esta sociedad… se sorprendería. Pero esas cosas mueren en el momento en que cierro un caso.
— Tengo esa seguridad. Pero ahora quiero preguntarle con mucho temor… ¿Axel está…?
— No lo sé.
— Bien.
— Un último dato que pude investigar a la ligera.
— Dígame.
— Hay un camión con un gran cargamento de diferentes tipos de drogas que pretende evadir el control policial en el peaje de Leipzig a Berlín. Para esto, era necesaria la intervención de su hermano ante el fiscal Molina, nuevamente.
— ¿Y?
— No sé si se me escapó ese dato, pero nunca me enteré que se afrontara algún tipo de encuentro entre ambos — fruncí el seño.
— Y dígame, detective, ¿cuándo sería ese negocio del camión?
— Esta misma tarde — tragué en seco buscando en sus ojos alguna respuesta a mis miles de interrogantes. —. Si su pregunta es qué ocurrirá… Pues no sé. Yo supongo que Schäfer ha tenido alguna excusa para extorsionar con algo a su hermano durante estos dos meses. Supongo, también, que ahora que William Kaulitz de alguna manera se ha rebelado ante una de sus órdenes, Schäfer hará o dirá aquello que su hermanastro tanto teme que se conozca o que suceda. Usted me entenderá.
— Yo… entiendo — respondí con la mirada fija a las personas que caminaban por el parque. —. Tengo que hablar con Bill o tengo que hacer algo.
— Un dato que se me olvidó mencionar — volvió a buscar en su maletín aún abierto con rapidez. Yo observé estos movimientos en sus manos con intriga. —.Esta dirección fue la que conseguí hace algún tiempo. De hecho di con ella antes de lo del abogado Greffman — Tomó un papel ligeramente doblado y me lo dio. —. Allí es donde debería seguir estando el local donde Schäfer vende sus sustancias. De aquí en más, esto deja de involucrarme — asentí entendiendo a la perfección lo que decía. —. Muy bien, Sr. Trümper, en verdad ha sido un placer trabajar para usted.
— Lo mismo digo. Ha valido la pena el dineral que cobra.
— Se lo dije — Tomé mis gafas cuando él cerró su maletín y se puso de pie. Lo imité y estreché su mano nuevamente. —. Espero que haya sido de gran ayuda.
— Lo fue. Muchas gracias.
— No tiene nada que agradecerme. Cuídese, licenciado — Me coloqué las gafas de nuevo y sonreí de lado. Él pasó junto a mí a paso rígido y se marchó hacia una dirección que desconocí. Observé sin mirar en realidad el horizonte misterioso del parque. La cabeza me daba vueltas y me costaba asimilarlo todo…
.
— A ver… el carro. No. No puedo vender mi auto, es como mi bebé — negué frenéticamente y repetí sobre aquel inocente trozo de papel la tortura que le apaliaba a los otros similares a él; lo arrugué en mi mano y lo boté sobre lo largo del escritorio. Los golpes pausados a la puerta me sacaron de mi debate interno rápidamente. —. ¡Adelante!
— Con permiso, señor — dijo Tania ingresando a la intimidad de mi despacho con una bandeja en sus manos. Con cuidado de no volcar ni una gota de mi café, caminó hacia mí manteniendo un delicado y correcto meneo de caderas aún con esos molestos tacos. —. Traigo su café expreso con leche.
— Gracias, Tania — Boté el aire tóxico de mi cuerpo y despejé un sector de mi escritorio para que pudiera posicionar la taza frente a mí. —. ¿Mi hermano?
— En su oficina. Bueno… en la de su padre, pero…
— Entiendo — corté alzando mi mano para detenerla. —. Dime, ¿está ocupado?
— Acaba de recibir una llamada de García.
— Entonces es un sí. Gracias de nuevo.
— De nada, Sr. Kaulitz. ¿Necesitará algo más?
— Ciento cincuenta mil dólares, si te sobran — Segundos después de observarme seriamente, rió entendiendo mi broma por muy cierta que haya sido intencionada. —. Puedes retirarte — asintiendo se dio media vuelta y se marchó ya con la bandeja vacía en sus manos. Me quedé mirándola hasta que la puerta se cerró a su paso y pude volver a mi cueca de exaspero. Sobé mi frente localizando el área del ‘tercer ojo’, como lo llaman aquellos que creen en esas cosas de las buenas vibras y las malas. Ya saben… Yo a duras penas creo en Dios. Y no es que crea de manera concreta, sino que lo hago desde los trece años, justo cuando necesité creer que mi madre aún estaba en algún sitio del mundo. Digamos que me resultó verdaderamente conveniente.
La molesta melodía de mi teléfono celular me hizo despegar la pensativa mirada de la puerta ya cerrada desde hace minutos extensos y concentrarme en su búsqueda. Fui a dar con él justo debajo de una de las escrituras de mis propiedades. Lo respondí y llevé a mi oreja sin mirar de quién se trataba.
— Diga.
— ¿Cómo sigue mi paciente favorito?
— ¿Marcel?
— No tienes otro médico, ¿o sí? — sonreí sin pensarlo. Menuda sorpresa su llamada.
— ¡Claro que no! Me alegra oírte, Marc.
— ¿En serio? Pensé que te molestaría. Estás en el estudio, por eso.
— Aunque esté aquí, trato de resolver un problema personal.
— Eso no suena bien.
— Es económico. Pero descuida, lo superaré.
— ¿Y ese optimismo?
— He decidido seguir tus consejos. Hoy tomo las riendas de mi vida.
— ¡Caray!
— Y no es todo.
— ¿Hay más?
— Sí. Resolveré mis problemas desde el inicio, desde la raíz.
— De esta manera no vuelven a crecer. Es inteligente.
— Lo sé. Tengo un buen presentimiento esta vez — oí su calmada risa al otro lado. —, ¿Sólo llamas para saber qué tal estoy?
— Además de eso, quiero darte una mala noticia. Bueno, no sé si es mala o buena para ti.
— ¿Cómo?
— Quiero recordarte que esta noche tienes la celebración de tu hermano.
— Sí, ¿y?
— Y no podremos realizar nuestra salida de amigos al bar.
— No tiene que ser de noche para beber, Marc — contradije. —. Si pretendes librarte de mí te advierto que no ha de ser tan sencillo, eh.
— No podría aunque quisiera. Créeme, intenté.
— Pues qué bueno que ya lo asimiles. ¿Te parece a la hora del almuerzo?
— ¡Luego debes trabajar!
— ¿Y qué hay con eso? Dije que tomaría las riendas de mi vida y nosotros dos tenemos una salida pendiente.
— Vale, vale. Me tienes — reí. —. ¿El bar Willpoul, cerca del Centro?
— De acuerdo. Sé puntual: a las cuatro.
— Bien, ahí estaré. Hasta entonces, paciente.
— Adiós, Marc — Aún sonriendo colgué el móvil y volví a mis papeles. Necesitaba dinero de algún lado. —. Vamos, Bill. No puedes rendirte así de fácil — susurraba para mí mismo revolviendo entre los papeles aún, dando con la invitación para el evento de esta noche. Sonreí de lado sintiéndome algo apenado por todo lo que ocurrió este tiempo. La manera en que le hablé a mi hermano acerca de su ascenso, acusándolo de un maldito trepador cuando en realidad… se lo merece. Merece todo esto que le pasa ahora y es muy probable que también yo lo merezca. Digo… ¿Por qué nos pasan las cosas entonces? Porque en algún sitio así está escrito. Si nos ocurren ciertas cosas en la vida es porque estamos hechos para aguantarlas. Mientras más duro sea el obstáculo debes sentirte orgulloso de ti mismo, pues hay alguien en algún sitio que cree en que puedes con ello.
Continúa…
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