«Apostemos» Temporada II
Capítulo 12: No Quiero arruinarlo
Sentado en la barra de aquel bar, jugaba con la gravedad de un maní que yacía involuntariamente sobre la madera del soporte. Con el peso de mi dedo índice ladeaba la figura de éste y luego me alejaba, viéndolo zarandearse unas pocas repeticiones.
— ¿Es tarde o llegaste temprano? — me volteé al oír la voz y sonreí negando.
— Es temprano aún. Descuida — le correspondí a su ligero abrazo y palmeé su espalda. —. ¿Cómo estás?
— Bien. Algo cansado.
— ¿Mucho trecho hasta aquí?
— Digamos que no me oriento en esta ciudad — reí recordando que no vivía en Alemania y que a veces puede ser un país complejo. —. ¿Cómo estás tú?
— Bien. Con algunos problemillas.
— ¿Quieres contarme?
— Honestamente no — reímos al unísono ante mi sinceridad y nos detuvimos sólo al ver al cantinero parados frente a ambos observándonos expectantes. Entonces carraspeé mirando a mi médico con un divertido interrogante en el rostro.
— Pediré un whisky doble y una copa de champagne, por favor — Negué desviando la mirada mientras el hombre se nos quedaba viendo queriendo encontrar la broma en las palabras de Marcel. ¿Era en serio? ¿Champagne? Me siento adolescente bebiendo frente a sus padres. — Es todo — Luego de decir esto, el sujeto en cuestión se retiró en busca de lo pedido. Marcel giró a verme con una burlona mueca hacia mí. —. Si no te gusta, lo siento. Es lo que puedes tomar.
— ¿Qué hago yo tomando una copa de champagne en un bar?
— Cuidándote.
— Quizás. Pero con mis conocimientos en bebidas, pedir champagne en una caverna me parece ridículo.
— ¿Conocimientos en bebidas? Cuéntame.
— Puedo reconocer cualquier vino sólo con olerlo y verlo a contra luz — respondí orgulloso y él sólo alzo una ceja.
— Yo igual.
— Dudo que como yo.
— ¿Sí?
— ¿Quieres apostar? — Hasta yo me sorprendí de esa simple pregunta. ¿Apostar? Caray. Es extraño decir esa palabra sin que sea con mi hermano. Está directamente relacionada con él.
— Apostemos entonces — sonreí de lado desviando la mirada simplemente sin saber por qué.
— Aquí tienen sus…
— No — se precipitó a responderle al cantinero que volvía con la copa y el vaso de whisky. Confundido esperó a que Marcel se explicara. —. Cambiaré el pedido — Haciéndole una seña al barman, éste se precipitó al mostrador y dejó que Marc le hiciera el nuevo pedido al oído, ajenos a mí. Yo sonreí observando el perfil de mi doctor. Estaba tan cambiado vestido de simple civil… con sus jeans azules y camisa a rayas negras y rojas en horizontal. Una chalina negra lisa cubriendo su cuello y el cabello alborotado. Todo le sentaba a la perfección.
El hombre asintió conforme y volvió en busca del nuevo y renovado pedido. Yo observé de manera confiada a mi acompañante.
— No vienes en plan de charla, ¿verdad? Sino que quieres competir.
— Ya hablaremos de nuestras vidas, como lo hacen los buenos amigos; ahora quiero comprobar ese don que dices tener.
— Bien. ¿Qué apostamos entonces?
— Si consigues adivinar la cosecha, el año y el país de donde provienen los siguientes vinos, te daré el permiso de beber lo que quieras por esta tarde.
— ¡Oh, genial! Me encanta — sin pensarlo estreché su mano con firmeza.
— Te tienes mucha confianza.
— En absoluto. Simplemente sé que soy bueno en esto — asintió acomodándose mejor en su butaca y viendo venir al muchacho con una bandeja que habilidosamente sabía equilibrar en sus manos. La apoyó sobre la madera y la arrastró hasta estar frente a nosotros cuatro copas de vino. Sería sencillo. Claro que sí.
— Sus pedidos. Llámenme si precisan algo más.
— Gracias — Sin dejar pasar más tiempo, procedió a tomar la primera copa empezando desde la izquierda. Yo me erguí en mi asiento y dejé que reposara mencionado objeto frente a mí. —. Puedes empezar.
— Bien — La tomé entre mis dedos y primeramente la llevé a mi nariz, aspirando finamente y sin apuros su aroma. Era fuerte. Muy dulce. Seguidamente lo zarandeé delicadamente en dirección a la luz amarilla del elegante estante donde yacían botellas de rhin y licores caros. Su contextura espesa lo hacía evidente. —. Fácil: un Douro Reserva 2007, Portugal.
— Uhm. Interesante. Es correcto — admitió y yo sólo sonreí dejando la copa nuevamente en la bandeja. —. Ahora este — repitió la acción siguiendo con el orden de la fila.
La copa estaba más vacía que las otras. Eso daba la pista de que su sabor era muy fuerte y por eso debía ser bebido de manera lenta. Aspiré su fuerte aroma y siquiera tuve que observar la consistencia.
— Pinot Noir Russian Valley 2008. Aunque se dice que se elabora en Calistoga, California, originalmente fue creado en Rusia. Su intenso sabor fue justamente pensado para poder elevar la temperatura natural del cuerpo debido a los fuertes fríos en ese país. Hoy día ese propósito se ha devaluado y se cree que es afrodisíaco.
— Caramba… Ahora sí que estoy asombrado — reí dejando la copa de lado y viéndolo soberbio.
— Lo sé. Es natural.
— Prueba con este, por favor — el siguiente… —. Dime — Al sentir su aroma vinieron muchas posibles opciones a mi cabeza. Varios vinos, variables cosechas…
— Este está difícil.
— Lo sé — respondió en el mismo tono que empleé anteriormente y sólo le respondí con una mirada fulminante.
— Diría que está entre…— alzando la copa a la altura de la luz y meneándola continuaba con la duda. —. ¿Un Shiraz Barossa 2008? Australiano.
— Sí.
— ¡Yes! — exclamé aplaudiendo y moviéndome de manera divertida en mi butaca. —. Vamos, el que sigue.
— Calma, muchacho — continuó con la penúltima copa y yo me sentía reanimado. Estaba pasándola genial, en serio.
— Oh… espero que no sea… — aspiré el aroma con los ojos cerrados y sonreí. —. ¿Un James Berry Vineyard Paso Robles 2007? ¿Estás de broma?
— Así soy yo — respondió espontáneamente y yo abrí mi boca anonadado, dejando la bebida en la barra.
— Californiano también. Elegido como el mejor vino de la región en 2010. Y mi pregunta es: ¿tienes el dinero para pagar esto? Porque yo ando atravesando una especie de crisis, amigo.
— Descuida, Bill. Todo está pensado. Salimos a correr y ya. Bromeo — respondió de inmediato antes de dejar pasar mi reacción. —. ¿Listo para el último?
— Anda — Froté mis manos observando el estrecho recorrido de la copa hasta estar frente a mí y me dispuse a dejar claramente en evidencia mis excelentes facultades en lo que a vinos respecta.
Alcé la copa hasta mi nariz y su aroma no me decía mucho. Frunciendo los labios y de esta manera borrando cualquier rastro de sonrisa en mi rostro, guié la bebida hacia la claridad de la luz. Pegándole de lleno en el lado indicado, se observaba un púrpura rosado y una contextura dócil y movediza que me resultada rara.
— ¿Y bien?
— Pues… ¿Omsta…? No. No, ese no es — negué dejando la copa sobre la madera y frunciendo el seño. —. Carajo.
— No lo sabes.
— No. Espera.
— Bill — viré los ojos y lo miré fastidioso.
— Dilo.
— Es un clásico Séptima Malbec 2002. De Valle del Uco, Mendoza, Argentina. Uno de los vinos más ricos del mundo.
— ¿Qué? No.
— Sí.
— Que no.
— Bill, cuando hablas de buenos vinos, es imposible no nombrar a Argentina. Los mejores viñedos están allá, en Mendoza.
— Los mejores vinos vienen de Italia. Todos los saben.
— Vinos pateros. Yo hablo de los manuales, de las buenas uvas, de los buenos viñedos. Lo siento Bill, pero estás en un error. Perdiste — resoplé.
— Ya. Estoy destinado al agua gasificada y al champagne, ¿cierto?
— Pues no soy tan malo como piensas — habló sonriendo y volviendo a acercar a mí esa copa de vino argentino que no supe descifrar. —. Bebe. Este es tu permitido.
— ¿En serio?
— Sí — sonreí de lado y alcé la copa mientras él alzaba la del James Berry. —. ¿Brindamos?
— Yo no tengo motivos actuales para brindar — dije cabizbajo igual alzando mi copa.
— ¿De qué hablas? ¿No es este un buen motivo para brindar? Al menos para mí es uno bueno.
— ¿Estar aquí?
— Exacto — reí bajo y asentí mirando sus ojos brillosos. —. A menos que no lo veas así.
— Sí — respondí velozmente y alcé mi copa hacia su dirección. —. Es motivo más que suficiente para brindar hoy — Esbozó una sonrisa que dejaba a cualquier otra en un segundo plano. —. Brindo por este momento contigo.
— Porque se repita.
— Eso mismo — nuestras copas se chocaron y luego bebimos al unísono.
— Mencionaste algo acerca de unos ‘problemillas’. ¿Quieres hablar de ello?
— Bueno…— dejé la copa de vino sobre la barra y aspiré aire para darme valor y hablar. —, digamos que en este preciso instante están teniendo lugar ciertas consecuencias frutos de algunas decisiones mías.
— ¿De qué tipo son esas decisiones?
— Al fin tuve el valor de decir que no — Una mueca de asombro iluminó su rostro. Finalmente me sonrió.
— No sabes cuánto llegar a alegrarme lo que dices.
— Sólo que no todo es color de rosas — susurré volviendo a tomar la copa de cristal en mis manos y bebiendo de unos largos tragos. Me había equivocado. Ese vino argentino estaba estupendamente delicioso. La consistencia y la suavidad que se sentía al tragar, era digna de un Dios y, aunque suene totalmente contradictorio, era el más barato de los cuatro vinos que yacían a nuestra disposición.
— Claro que no. Tú más que nadie sabes que toda decisión, fácil o difícil, tiene sus repercusiones. Pero éstas son inevitables y nos ayudan a tener la verdadera noción de nuestras elecciones — Habló meneando su copa de vino entre sus dedos —. Tú eres fuerte — manifestó sonriéndome de forma cálida. —. Confío en ti y en que cualquier traba que se te presente será superada y quedará en el olvido. Repito: confío en ti, Bill.
— Marcel… — susurré emocionado por la confianza que depositaba en mí. Pocas son las personas que creen en mí y en lo que puedo lograr del modo en que él lo hace. —, siempre has confiado en mí, aun cuando todos parecieron olvidarme.
— Pero esos todos han recapacitado y ahora están a tu lado, apoyándote con tu recuperación — Intentó disuadirme, pero negué rotundamente.
— No influye eso en lo que hablamos, Marc — sujeté una de sus manos con la mía y sus ojos fueron a dar a este gesto, parpadeando con repeticiones varias y volviendo a mirarme luego, pero de una manera diferente. —. Yo he sabido perdonar y perdonarme, pero de todas formas los errores están cometidos y las heridas hechas, ¿entiendes? Tú, en cambio, simplemente has estado allí, recibiendo las balas conmigo, siempre.
— Pero sabes que ese era mi trabajo, Bill — dijo en voz baja, casi sin fuerzas para hablar.
— Los dos somos conscientes de que era más allá del deber — sonrió de forma pudorosa y asintió.
— Gracias por valorar todo lo que, tan desinteresadamente, hago por ti.
— Así será siempre, amigo — asintió sin hablar, apretando mi mano y luego soltándola para volver a tomar su copa de vino. —. ¿Pasa algo? — pregunté ante su repentina seriedad, pero no borré mi sonrisa.
— No. Sólo me deprime recordar que nuestras vidas son distintas… Algún día me iré porque dejarás de necesitarme — Abrí mi boca indignado, viendo cómo asomaba una delatora sonrisa en su casi perfecto perfil.
— ¿Hablas en serio? — reí siendo seguido por su encogimiento de hombros, en una mal fingida indiferencia. —. ¡Vamos! Muchas veces mencioné que eres más que un médico para mí. Siempre voy a necesitarte — reivindiqué. —: y quiero agradecerte por esta tarde — volvió la mirada a mis ojos y se quedó oyéndome con atención. —. En otro momento de mi vida, hoy sería verdaderamente distinto. Sin embargo, aquí estoy contigo mientras posiblemente esté creándose un gran lío en mi espalda — reí jugando con la copa de vino en su propio eje, girándola en la madera. —. Pero todo es muy diferente ahora.
— Y esta noche brillarás en ese evento de tu padre, ¿vale? — sonreí pensativo. —. Tienes que disfrutar hasta de los problemas, pues de ellos te fortaleces y aprendes grandes vivencias.
— Adoro el aliento que siempre estás dándome. Tu novia debe ser muy feliz a tu lado — manifesté.
— Ya tuviste que cagarla — solté una escandalosa carcajada ante el término utilizado. —. No te rías.
— ¿Por qué dices eso?
— Nuestra relación es especial.
— ¿Viven juntos?
— Para nada. Ella sabe mi situación, Bill. Estoy enamorado de alguien más y ella es una buena compañía.
— Suena masoquista.
— Quizás lo sea. No quiero herirla — sorbí unos cuantos tragos de mi vino y no le despegué los ojos de su rostro. —, pero para eso es necesario ser honesto.
— Es lo que elegí con Andreas. Aunque ahora me siento culpable por ello.
— Porque dejaron pasar mucho tiempo para ser sinceros. Yo comencé teniéndola como amiga, hasta que aceptó el reto — asentí.
— Algún día tendrás que decirme de quién estás tan enamorado — dije divertido y él negó igual. —. ¡Debes decirme!
— Lo haré cuando tú lo hagas.
— ¿Qué cosa?
— Que me digas quién fue el que rompió tu corazón y sigue viviendo en él — no respondí. —. Aunque creo que ya sé de quién podría tratarse — susurró, pero sinceramente no presté ni la más mínima atención.
— Hoy tienes que ir… me lo prometiste — dije absorto en mis pensamientos y no oí si su respuesta fue afirmativa, o negativa. Sólo chasqueé la lengua y seguí bebiendo lo poco que quedaba de mi permitido de alcohol.
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By Tom
Me dejé caer en el asiento de la oficina literalmente hecho pomada. La cabeza me daba vueltas y acarreaba conmigo una pelota en la zona abdominal. Tenía tantas reacciones para escoger que todas me llamaban de manera tentadora. Lo primero que quería hacer era gritar. Todo lo enterado… acabó conmigo. Saber que Bill me ocultaba cosas me llevaba a pensar que quizás temía mis reacciones. No quiero suponer que no me tiene confianza, sino que teme que me enfade. ¿Pero cómo enfadarme? Si sufría con los malditos chantajes de un oscuro pasado que volvía al presente de forma continua. Él que siempre quiere mejorar, salir adelante, luchar contra su adicción, lidiaba en secreto con ese jodido fantasma constantemente. ¿Qué clases de mierdas soportaba solo? Quizás fue eso en gran parte lo que acabó desbordándolo aquella tarde en que todo cambió.
Lo que más me sorprende es Andreas. ¿Él sabía de estos chantajes y lo ayudaba complaciendo a ese maldito narcotraficante? ¿¡Qué clase de amor siente por mi hermano!? ¡Esa no es ayuda en absoluto! Todo lo que hizo fue abalar el chantaje de ese infeliz, perjudicando a Bill y esclavizándolo más y más. Si hubiera sabido de esto… hace tiempo que cometía una locura con varias personas.
O no. Porque hace algún tiempo atrás tal vez ni me interesaba todo este asunto. Es que ahora de sólo imaginarme a mi hermanastro en una situación semejante, llega a hervirme la sangre. Consigue transformarme de una manera violenta en otra persona.
Tal vez lo correcto es hablarlo con él, sacarle de alguna manera la verdad. Preguntárselo sería una buena opción. Si él desiste a hablar del tema, entonces me resignaré a que no le brindo la suficiente confianza como… como Andreas. Si es capaz de contármelo contra cualquier consecuencia que esto conlleve y me deja ayudarlo; será una buena señal. Pero lo hablaré después de esta noche. No quiero sumarle otra presión para la fiesta.
— ¡Adelante! — grité luego de la tercera insistencia de pedido de permiso. Me viven jodiendo…
— Permiso — al ver a la muchacha pelinegro ingresar tomé aire y me armé de paciencia. Probablemente ella era la última persona que yo deseaba ver. —. Espero no molestar.
— Para nada, Richael. Siéntate — invité sobando mi frente y acomodándome en mi asiento mientras ella caminaba meneando sus caderas hasta el escritorio. Hoy lucía una pollera estilo tubo color morado con un corto hasta más arriba de las rodillas, dejando ver sus piernas más de lo necesario. En su torso lucía un strapless blanco ajustado, y sobre éste una chaqueta negra de diseño largo y esbelto, prendida de un solo botón. No los veo, pero imagino que sus tacos son de más de diez centímetros para disimular su baja estatura.
Se sentó en una de las sillas de en frente cruzando sus piernas exageradamente y yo sólo desvié la mirada algo incómodo.
— Si estás ocupado, en serio podemos dejarlo para luego.
— Dije que está bien — intenté sonreír. —. Dime qué se te ofrece.
— Es que esta noche, bueno… Es sobre la fiesta.
— ¿Qué tiene la fiesta?
— No quiero hablarte como a un jefe…
— Pues ese es el rol que me corresponde hoy y quizás por algunos días más — dije como si fuera obvio. Ella rió estructuradamente.
— Lo sé, Tom. Pero me refiero a esta propuesta que vengo a hacerte.
— Mhm. Te escucho entonces — dije continuando con mi incomodidad.
— Quiero proponerte que asistas conmigo a la fiesta. No como pareja, sino como un acompañante para la ocasión.
— Amm… pues…
— Juro que pensé que te desconcertaría esta proposición — se apresuró a exponer. —, fue por eso que le pregunté a otras personas ya. Por ejemplo Andreas — aprobé intrigado.
— ¿Y qué dijo él?
— Que irá con Bill.
— Ah… Irán juntos — asimilé sintiendo un grave golpe en el pecho.
— No sé si ya está confirmado; pero él dijo que le preguntaría — manifestó. —. Además era obvio que irían los dos juntos ya que son pareja y agradan a todo el mundo. Son adorables como personas — asentí apretando los dientes y simulando acomodar unas hojas que ya estaban acomodadas. ¡Otra razón para romperle la cara a ese Andreas! —. ¿Entonces? ¿Aceptarás asistir conmigo?
— Eres muy hermosa, Richael y últimamente estás actuando de manera más madura — empecé y ella me sonrió por los halagos. —, eso es muy llamativo. Pero… No tengo una respuesta ahora.
— Eso significa que vas a evaluarlo.
— Sí.
— Genial. Es más de lo que esperaba — dijo sonriendo y poniéndose de pie. —. ¿Me respondes en la tarde noche?
— Sí. A eso de las siete tendrás tu respuesta — asintió notoriamente feliz.
— Gracias por tu tiempo, Tom. En serio.
— No es nada. Antes de que te vayas, ¿Bill se encuentra en su oficina?
— Salió a almorzar — No me mencionó nada al respecto. —. Con permiso, Tom — Asentí mientras ella giraba y se marchaba contoneando sus caderas pareciera de forma intencionada. Cerró la puerta y volví a estar solo.
— ¿Qué voy a hacer contigo, Bill? — interrogué al aire. —. Siempre estoy viviendo a la sombra de Andreas… — Me dejé caer rendido en el respaldar del asiento.
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By Bill
Atravesando el living con intenciones de comer algo en la cocina, me encontré con la televisión encendida en un canal de noticias al instante. Con duda y miedo me detuve a ver el informe que pasaban.
— Información de último momento: Estamos transmitiendo desde el peaje de Berlín, a unos quince kilómetros de la Capital, en donde un camión cargado de éxtasis y cocaína quiso evadir el control policial. Siendo esto en vano, tres hombres de entre treinta y cuarenta años fueron detenidos y enviados […] — Tomando aire me incliné hacia el apoya brazo del sofá y así tomé el control remoto para apagar el maldito aparato. — […] La policía quiere esperar a los interrogatorios de los hombres en cuestión para dar declaraciones al respecto y… — oprimí el botón de apagado y todo se oscureció y silenció. Entonces pude sonreír de lado y continuar con mi camino.
En la cocina entré tarareando una de las tantas canciones que adoraba. Creo que era de una banda local, pero no recuerdo exactamente el nombre. Sin importarme eso, continué tarareando hasta ingresar en la sala solicitada y encontrarme con Thomas comiendo un sándwich de jamón y queso fresco.
— Provecho — dije sonriendo como si nada hubiera escuchado hace unos momentos.
— Gracias — habló con la boca cargada de comida. Esto me ocasionó cierta ternura y me senté ante él apoyando mis brazos en la mesa. —. ¿Y esa felicidad en la cara?
— Al mal tiempo, buena cara, ¿o no?
— Eso dicen — Tragó y mientras limpiaba su boca de unas cuantas migas de pan con una servilleta de papel, habló. —. Oye, no te lo pregunté en el estudio porque lo olvidé, ¿pero a dónde fuiste a la hora del almuerzo?
— A un bar.
— ¿Un bar?
— Con Marcel — Detuvo cualquier movimiento de su mandíbula y su inexpresivo semblante sólo dejaba una idea acerca de lo molesto que eso lo ponía. Yo continuaba sin entender por qué lo enfadaba tanto la existencia de Marc en mi vida. —. Hacía tiempo que queríamos hacer algo como amigos, ya que siempre hablábamos como médico y paciente.
— Como lo que son.
— Error. Él es un gran amigo mío y hoy me ha hecho reír mucho — comenté feliz de sólo recordarlo. —, ¡y eso que estaba algo preocupado! Pero sin embargo no hice más que reírme y conocer más de su vida.
— Ah — dijo simplemente.
— ¿Qué pasa?
— No sé. Yo pensaba salir a almorzar contigo o algo parecido… Ya para qué mencionarlo — bisbiseó eso último encogiéndose de hombros y tomando su zumo de alguna fruta color anaranjado; supongo mango, ya que el mismo le encantaba.
— No me digas que te enfadaste.
— No lo diré entonces.
— Ya. Marcel no ha hecho más que distraerme de un día complicado y tú te ofendes. ¿No es mi bienestar el que vale? — interrogué indignado y fue allí donde pareció darse cuenta de su error meramente egoísta.
— Yo… Lo siento — murmuró avergonzado. —. En serio. Es sólo que ese sujeto… No me agrada que quiera aparentar todo el jodido tiempo.
— Deliras — le resté importancia. —. ¿Ocurrió algo en mi ausencia? — pregunté estirando mi brazo y tomando su sándwich a medio comer, dejándome caer en la tentación que me provocaba al verlo tan sabroso. Tom siquiera se mosqueó por este acto de atrevimiento.
— Quiero preguntarte algo acerca de esta noche… ¿Con quién asistirás a la fiesta hoy? — tragué bajando la mirada y en medio de la disyuntiva de cómo corno explicarle eso de manera en que no lo afecte tanto. —. Ya me imagino tu respuesta.
— Andreas y yo nunca hicimos pública nuestra separación y si hoy asisto con otra persona, la prensa explotará preguntándose al día siguiente por qué mierda no fui con él. Y papá, Seeger, Morris, García, Cortez, en fin… Todos esperan que el verdadero tema de importancia el día siguiente en todos los periódicos, sea la fiesta de tu ascenso, y no mi separación.
— Entiendo.
— Me preocupa que lo tomes mal, pero no quiero darle un disgusto a papá. Tenemos que simular todo lo que sea posible.
— ¿Y por eso vas a fingir estar con alguien que no quieres?
— Lo quiero. Es por eso que no me molesta simular una relación con él, porque sé que lo entiende y que puede hacerlo sin compromisos — asintió algo reacio aún. —. Thomas… No quiero que estemos mal.
— Yo tampoco — dijo mirándome. —. Y ahora que lo dices, Richael me propuso que asistiera con ella — dejé caer el sándwich sobre la mesa revoloteando los ojos hacia otro lado, botando un molesto suspiro. —. ¿Ves? También te molesta.
— ¡Por supuesto que sí! — exclamé observándolo con enojo.
— ¿Por qué? Es exactamente la misma situación.
— Tú sabes que no. Andreas no busca sacar tajada con asistir junto a mí a la fiesta, en cambio Richael sólo quiere llevarte a la cama.
— Con el único que iré a la cama esta noche es contigo — mudo. Así quedé. —. Problema resuelto.
— Te odio.
— Sabes que es mentira.
— En serio, estoy odiándote ahora — Me fue imposible ocultar mi sonrisa y… ¡Mierda! Seguro estaba rojo cuan tomate maduro.
— Hay que mantener las apariencias — Justo cuando estaba por recriminarle esto, mi padre ingresó a la cocina con un aspecto vivaz y alegre, con su bata de pijama aún a las seis con cuarenta de la tarde.
— ¡Buenos días!
— Buenas tardes, papá — corregí mirándolo raro. —. ¿Dormiste hasta esta hora?
— Desperté a las doce, almorcé en el living viendo una novela que he empezado a seguir y me acosté toda la tarde luego.
— Al fin te estás tomando la vida liviano — apremié y Thomas lo aprobó sonriendo. —, como Tom y yo a los veinte y tantos — reímos al unísono de manera cómplice. Dos parásitos de la vida.
— Así es. Pero ahora quiero observarlos bien a ustedes dos aquí sentados, juntos — suspiró. —. Me llenan de orgullo.
— Ay, papá…
— En serio, Bill. Si hay algo que me llena de paz y regocijo, es verlos unidos.
— Gracias.
— ¿Y de qué hablan?
— De que Tom irá a la fiesta con Richael como pareja — Me anticipé a responder y el susodicho lucía fastidioso.
— ¡No me digas! ¿En serio, hijo?
— No, eso en realidad…
— ¡Me alegra que hayas encontrado a tu amor al fin!
— Papá, Richal y yo…
— Son pareja. Lo sé. Todos hablan de eso — Contuve la risa a duras penas, haciendo un gran esfuerzo. —, y me alegra tu felicidad.
— A ver papá, déjame hablar, ¿sí? Richael y yo sólo somos compañeros de trabajo. Ella no es mi novia y mucho menos estoy enamorado — una mueca de desilusión se pintó en el rostro de mi padre.
— Yo que creí que al fin habías conocido el amor, Tom. ¿Acaso estás destinado a vivir de ligues?
— Sí — respondí por él. —. ¿No recuerdas que dijo que jamás había estado enamorado?, lo mencionó en una cena hace tiempo.
— Oh, cierto…
— Pues fue mentira — contradijo mirándome desafiante.
— ¿Entonces has estado enamorado? — Mi hermanastro volvió la mirada a mi padre y asintió.
— Fue hace algún tiempo. Lo conocí cuando él apenas era un niño de quince años — Tragué grueso abriendo bien mis ojos, perdiéndome en sus palabras con atención.
— ¿Tu primer amor fue un hombre, Tom?
— Sí papá. El primero y único.
— Cuéntame.
— No hay mucho que contar — Quiso escapar inquieto. —… Sólo que el amor nos pescó algo inmaduros aún y yo tenía miedo de que, por mi culpa, descuidara sus estudios, su futura carrera… Entonces me alejé de él e hice que me odiara. Me arrepentí durante algún tiempo, pero ahora que es todo un profesional y lleva una buena vida, siento que fue una buena decisión.
— Eso es muy tierno, hijo. Es decir que te sacrificaste por él — sonreí sintiéndome incapaz de contenerme, hasta sentía mis ojos mojados.
— Quizás. Me costó demasiado, eso sí.
— ¿Y has vuelto a verlo?
— Sí.
— ¿Y se aman todavía?
— Pues no sé, papá.
— ¡Anda! Cuenta toda la historia ya que has empezado — él esbozó una tímida sonrisa y me observó directo a los ojos por unos segundos.
— Ese amor que sentimos fue único y ni todo el dolor por el que pasamos durante el tiempo separados, podrá jamás modificarlo. Es un amor intocable. Pero sería un completo engaño negar que sienta algo muy fuerte por él todavía. A pesar que cambió en este tiempo, cuando lo miro a los ojos sigo viendo a ese ingenuo niño de quince años que me enamoró.
— ¡Caramba! — soltó mi padre secando una lágrima que recorría su mejilla. Yo reí bajo por su emoción y alejé la mirada para secar las mías propias con disimulo. Sólo que al volver la visión hacia mi hermano, quedé en clara evidencia. —. Jamás me imaginé oírte hablar de este modo.
— Ni yo — reconoció.
— Me llenas de orgullo, hijo. Yo espero de corazón que todo ese rencor pasado quede olvidado y que puedan unirse en el gran amor que sigue existiendo entre ustedes.
— Espero — Tomé aire intentando dejar de llorar como una magdalena. —. ¡He logrado emocionar a la piedra de Bill! — Rieron ambos en mi cara.
—Muy gracioso.
— ¿Y tú, hijo? ¿Qué me dices del amor? — Me llegó el turno y no supe qué coño responder.
— Está enamorado de Andreas y punto final. Tenemos que cambiarnos para la fiesta.
— ¡Oh, es cierto! — recordó mi padre tomándose la cabeza como si fuera el fin de la existencia de la raza humana. —. Iré a bañarme. ¡Susan! — gritó alejándose. — ¡Susan, prepárame mi traje nuevo…!
— ¿Por qué dijiste eso? — cuestioné cuando estuvimos solos de nuevo, pero tomando la precaución de hablar en susurros.
— Porque es lo que él quiere escuchar — respondió para mi sorpresa. —. Todos quieren verte con Andreas porque son la pareja ideal. Ya… me resignaré a ser aquel con el que follas — ¿¡Qué carajos…!?
— ¿Qué?
— No lo digo molesto — explicó en tono tranquilo. —; es la realidad que se ve desde afuera.
— No me interesa lo que se vea desde afuera, Thomas. Me importa lo que tú piensas; y si en serio crees que te uso sólo para eso… pues hay algo que está saliendo mal.
— ¿Por qué?
— Porque… — Sin perder la calma me puse de pie y caminé en un ritmito divertido y alegre hacia su lado, viéndolo sonreír con un deje triste por su parte. Me detuve junto a él y tomé posesión de su rostro volteándolo hacia mi dirección y creando una hermosa conexión entre nuestros ojos. Una vez conseguido esto, hablé seriamente: —… no tienes idea de cuánto significas en mi vida. Me asusta sentir que estás importándome demasiado. Tanto que hasta me importas más que yo mismo — Dios sabe cuánto me cuesta admitir esto. —. Te elegiría entre miles de personas porque nadie me hace sentir tan bien como tú, nadie hace que se me acelere el corazón así.
— Vas a matarme un día, lo sé — reí ante su ocurrencia y luego me incliné para besar sus labios con ternura.
Él tomó mi rostro también, hinchando mis labios para besarlos a su antojo y yo quise reír por las cosquillas y múltiples sensaciones que me hacía sentir en todo el cuerpo. Lo curioso fue que pareció sentir lo mismo y así rió, apegando nuestras frentes y observando nuestros ojos brillosos por igual.
— Te adoro.
— Me asusté — admití riendo nervioso.
— No voy a decir eso — asentí alejándome y él entrelazó nuestros dedos para no deshacer el enternecedor contacto. —. No porque no lo sienta, sino porque no quiero arruinarlo — Mi rostro seguro era un jodido poema. ¡Moriría! Un calor se trepó por mi cara y las piernas me temblaban como flan de vainilla. —. Tu cara es digna de un tonto.
— Basura — Tiré de un montón de sus trenzas y rió más alto.
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Los árboles pasaban adoptando diferentes formas, tamaños y diseños. Así también las casas de notorio tamaño y categoría, los edificios cargados de departamentos hasta la cima y los locales de comida, de moda y de artículos para el hogar. El centro de Hamburgo era uno de esos lugares en donde no puedes sentirte perdido con tantas luces y movimientos. Lo curioso era preguntarse a dónde iba cada persona y qué pensaba. Todos sumergidos en sus propios mundos, con una mirada interior a cada paso, ignorando quién pasa por tu lado o lo que puede llegar a cambiar en el espacio. Es admirable la capacidad de elegir qué ignorar y a qué prestarle atención que tienen las personas. El cerebro humano es admirable; uno de los más inteligentes y audaces sobre la tierra. Pero la facilidad con que se desconecta ante un pensamiento de manera involuntaria es asombrosa. Lo débil de su concentración. Como yo ahora mismo. En el auto de la familia, conducido por John, se encontraban mi padre y mi ex pareja hablando vivazmente y, sin embargo, yo me encontraba absorto de cualquier risa o broma que soltaran. Sólo viajaba lejos de ese auto, de esas luces de la ciudad que llegaban a provocarte un encandilamiento directo en los ojos, lejos del tiempo y del mismísimo acto que tendría lugar dentro de apenas unos minutos. Lo cierto es que, si me preguntaran en dónde desearía estar, respondería que en un lugar lejano y más tranquilo. Quizás solo, o quizás con mi padre y madre. A la edad de diez años soñaba con la casa de verano en el campo en donde aprendí a montar caballo, estar con mis padres juntos y sin peleas era mi más grande anhelo. Pero nada de eso ocurrió jamás. Por eso querría que algún día la vida me regale una proyección, aunque sea en un sueño, de un día perfecto en esa casa, como siempre quise, e imaginaré que en verdad pasó. Son realidades que jamás viví, y que envidiaba de los niños que sí tenían a sus padres unidos y que sí podían pasar tiempos juntos como una verdadera familia.
Sonreí. Sí. Sonreí aunque ese recuerdo de mis deseos de pequeño me destruyera por dentro. Porque jamás podrá pasar; jamás se concretará. Pero sonreía por el rumbo que las cosas están tomando entre mi padre, hermano y yo. Me da la sensación de que todo el tiempo sufrido está allí, doliendo; pero ahora podemos empezar de nuevo como una buena familia. Al fin estamos unidos aunque mi madre no ha de volver, pero tengo dos pilares fundamentales en mi vida que me sostendrán cuando me sienta caer.
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— Bill — volteé la mirada al llamado de Andreas, tomando mi mano y sonriéndome cálidamente. —. ¿Estás bien?
— Supongo — respondí sencillamente. —. ¿Por qué preguntas?
— Te noto ido.
— Sólo pienso — me soltó y asintió. Ese silencio que era interrumpido en la lejanía por mi padre y John conversando de modo jovial, dejaba muchas palabras inconclusas. Pero lo que muy claro estaba, era la falta de la costumbre. Normalmente, cuando alguno de los dos tenía un momento de pensamiento profundo, nos gustaba compartirlo con el otro y juntos darnos apoyo. Hoy no somos aquellos novios unidos que solíamos ser, pero no quiero alejarme del todo de él. ¿Por qué? ¿Porque es mi amigo? Quizás sea eso en parte. Pero hay algo más… Todas esas cosas que pasamos, lo bien que me conoce, lo frágil que quedo a su lado y lo poco que me importa esa vulnerabilidad, todo eso me hace quererlo mucho aún. Más allá de la amistad, había siempre algo más con él. —. ¿Quieres que te cuente? — volvió la mirada hacia mí sonriendo ampliamente. Ese brillito en sus ojos claros me provocaron un poco de ternura.
— Sí.
— Recuerdo mis sueños de pequeño — dije mirando de reojo a mi padre. No debía preocuparme. Estaba entretenido en su charla. —, cómo me dormía con la esperanza de soñar con mi padre, mi madre y yo en la casa de campo jugando y riendo — comenté sin borrar mi sonrisa en absoluto. No quería y no lo sentía así. —. Hacía muchas idealizaciones de mi familia.
— ¿Y cómo te sientes ahora? No te veo triste.
— Es que no lo estoy. ¿Sabes? Es muy curioso que en el momento de mi vida en el que más problemas tengo, es cuando mejor me siento — alzó sus cejas.
— ¿En verdad?
— Sí. De hecho, me siento como cuando comencé a drogarme. Me refiero a la cantidad de trabas que tengo continuamente. Pero ahora siento que tienen solución, que todo estará bien. Me siento fuerte.
— Es que eres más fuerte, Bill. Me alegro muchísimo de verte así — Apoyó su mano en mi rodilla y la palmeó unas tres veces. —. Te ves muy bien.
— ¿En sentido físico o mental? — pregunté riendo.
— En ambos — me imitó. —. Pero no quiero meter presión en ese terreno. Ya sabes. Me gusta que nos llevemos bien.
— Andi… — susurré comprensivo.
— Y quiero tu felicidad. Si en algún momento afianzas una relación con otra persona, te enamoras y te sientes completo, a mí me gustaría que me lo contaras — asentí sintiendo difícil esa posibilidad. — ¿Sí? Tienes esa obligación conmigo — bromeó en tono severo, queriendo cortar la rigidez que se había creado en el ambiente.
— ¿Eso te lastimaría? No quiero lastimarte más, Andreas. Hemos hablado mucho de esto.
— Lo sé. Pero me dolería enterarme que lo haces a escondidas mías.
— Sólo quiero que seas feliz — solté intentando que notara mi honestidad. En serio quería ser sincero con él. No más mentiras.
— Haré lo que pueda. Lo prometo — sonreí ampliamente después de esto y entrelacé mis dedos con los suyos.
— Chicos — llamó Jörg desde el asiento de adelante, mirando hacia atrás y fijando esos ojos similares a los de mi hermanastro directo en nuestro gesto. Con extrañeza, intentó ignorarlo. —, ya estamos llegando. Prepárense.
— De acuerdo — respondió y mi padre volvió la vista hacia adelante. —. Ánimo. Les daremos a esos chupasangres la foto de los enamorados que siempre quieren — asentí entusiasmado y apreté más su mano con la mía.
Continúa…
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