«Apostemos» Temporada II

Capítulo 13: Las consecuencias

Tomando su mano con firmeza y sonriendo radiantemente miraba a cada una de esas cámaras deteniéndome apenas unos pocos segundos en cada una de ellas. Con sonrisas de avaricia nos llamaban para darles una foto más. Una más para unas cuantas monedas más. Son capaces de matar a sus madres con tal de una foto exclusiva.

Durante un momento fue automático voltear mi rostro en dirección a su perfil. Él sonreía como siempre lo hacía, de lado y con sus ojos afinados, como en una revista de moda. Yo era un tipo muy envidiado justamente por la persona que tenía al lado. Todas las mujeres lo deseaban. Es que él es simplemente cautivador.

Al pasear mi mirada por el ambiente en general, parados en la entrada del salón, sobre la alfombra de un negro penetrante, vi el auto que traía a mi hermano detenerse sobre el cordón de la vereda y supe que ya debíamos entrar. No porque sea su momento ahora de darle una foto a cada miembro de prensa, sino porque acabaría cometiendo un asesinato en vivo y en directo de sólo ver a esa zorra pegársele en frente de todos.

— Muchas gracias, chicos — concluí alzando mi mano y dirigiéndome hacia la puerta, obligándolo a Andreas estando aún tomados de la mano.

Mis autoritarios tacos resonaron en el recibidor. El enorme salón estaba lleno de personas que vestían como los putos dioses. Como si fueran los protagonistas del evento. Solté a mi pareja y acomodé mi saco Armani color blanco, al igual que mis pantalones algo holgados arriba, pero ajustados abajo para poder sobreponer las botas de cuero negro con detalles como el cierre y algunas tachas, en plateado. Mi camisa era blanca igual, pero con una costura en negro que simulaba estar hecha a la ligera, de forma desprolija, pero así era la gracia del modelo. Mi cabello perfectamente peinado en estilo jopo, con suficiente laca para mantenerlo intacto. Y portaba mis infaltables accesorios que me definían aun mejor. Andreas, en cambio, traía un espectacular traje azul petróleo, con su cabello en mechas desparramadas que caían algunas por sus ojos y otras por sus orejas.

— Todo está hermoso.

— Digno de Jörg.

— Totalmente — Hacia nosotros venía el jefe de prensa junto con su fotógrafo más experimentado, aquellos que seguían a mi padre y al estudio desde cerca. Mi padre lo adoraba, yo lo repudiaba.

— Licenciados, ¿qué tal? — Andreas estrechó la mano del sujeto con aires de superioridad sólo porque podía estar dentro de la fiesta y sus colegas afuera, cagándose de frío. Pero déjenme decirles que este sujeto nada tenía de superior. De hecho, si el salón careciera de alfombrado, lo usarían a él para caminarle arriba con mis tacos Ricky Sarkany —. Es un placer verlos. ¿Los molestamos con unas fotografías?

— Para nada — Yo siempre en silencio, sin dirigirles la palabra o mirada. Me daban asco esos dos. Andreas pasó una de sus manos por mi cintura y yo lo imité por el mismo sector. De esta manera sonreímos al flash y seguidamente nos separamos como si el trámite hubiera concluido.

— Aquí viene su hermano y su padre — volteando en dirección a la puerta, los vi ingresar al salón entre miradas y susurros de asombro por parte de los invitados.

Las fotografías fueron irritables en su totalidad. Primero la familia sola, luego se agregaron las respectivas ‘parejas’ de cada uno a la foto familiar. Encima Richael se le acercaba demasiado a Thomas, y éste me pedía un rescate de urgencia. Yo sólo ignoraba esas miradas y reía disimuladamente.

Una vez acabado ese abrumador protocolo, me dirigí hacia Thomas sonriendo con malicia.

— Parece un abrojo la zorra esta — manifesté a su lado con disimulo.

— Ni me digas. Durante el viaje le expliqué que somos compañeros y asistimos como tales, y pareció entender.

— ¿Y qué pasó recién?

— No tengo idea.

— Puta barata.

— Oye… estás buenísimo — comentó divertido mirando a los alrededores como desinteresado, manteniendo las apariencias.

— ¿Y tú? Muero por arrancarte ese traje y violarte sobre la mesa de los postres.

— ¡Mis abogados favoritos! — exclamó Cortez interrumpiéndonos y viniendo hacia nosotros con una copa de champagne ya en su mano. Combinábamos en cuanto al tono del traje, los dos de blanco. Pero él optó por el conjunto del blanco con el púrpura opaco.

— ¡Albert! — exclamé igual, dándole un abrazo a medias, palmeando su espalda con mi mano derecha.

— Buenas noches — simplemente saludó Thomas, estrechando su mano con frialdad.

— Pero qué elegancia, muchachos.

— Gracias. Tú también estás excelente.

— Sabes cómo es este ámbito — manifestó altivo —. Todo luce maravilloso y perfecto. Lo impecable del salón, la perfección en cada sector. Todo es estupendo.

— Ojalá pudiera verlo así, Albert — susurré y uno de los mozos de servicio llegó hacia nosotros con una mueca compradora y tres copas de champagne en una bandeja de plata. Los tres asentimos y cada uno tomó una copa entre sus dedos y el empleado se retiró por donde llegó —,. Pienso que será una noche larga e interminable sin dudas.

— No lo veas así — calmó —. Si no haces lo que quieres, quiere lo que haces.

— Salud — reímos y chocamos nuestras copas percatándonos que Thomas ya no estaba con nosotros, sino que se había ido a perder entre la gente.

— Tu hermano es algo rígido — Detuve mi beber y me encogí de hombros despreocupado.

— Sigue su propio protocolo.

— ¿Así nada más?

— Sí. ¿Y qué tal todo? ¿Estás en Alemania permanentemente?

— En efecto. El juicio se acerca y no quiero dar la impresión de que ando viviendo la vida loca.

— Entiendo. Es una buena decisión.

— La experiencia lo amerita.

— ¿Mi padre? — Señaló con un movimiento de cabeza hacia mis espaldas, a lo que volteé curioso. Allí estaba él, junto con Seeger y su bella esposa. Sonreían. De hecho todos sonreían sin importar las verdaderas intenciones e intereses que se esconden tras esas cínicas sonrisas mediocres.

Me acerqué a la barra maldiciendo mentalmente estar ubicado en ese lugar del mundo entre tantos otros lugares mejores.

— Buenas noches, señor — saludó educadamente, pero con bastante libertinaje, el cantinero. Yo simplemente sonreí de lado sin darles demasiada importancia a esas putas chupadas de medias cotidianas en mi existencia ya —. ¿Qué desea beber?

— Un whisky doble.

— Lo mismo que el licenciado, por favor — habló una voz bastante conocida a mi lado. Muy distinta a la calma actitud empleada por el barman que fue en busca de los pedidos, yo sentí el cuerpo comenzar a entrar en un violento acaloramiento. La respiración me era escasa, las manos empezaron a temblar sobre la barra de madera y me resistía a voltear y confirmar mi temor —. Hola, viejo amigo — Cerrando mis ojos y buscando tomar aire de valor (lo que no encontré ni encontraría), giré mi rostro y cuerpo lentamente, como dándole al destino el tiempo para que desapareciera a esa persona de mi lado, que borrara esta escena de la novela. No debía pasar esto… no hoy.

— Gustav… — Su sonrisa casi inamovible se borró dejando ver una mueca rígida como piedra y furiosa. Muy furiosa.

— ¿Por qué mierda me traicionaste? — interrogó bajo penetrando su mirada en la mía. Llegaría a dolerme los ojos de sólo mantener el contacto —. Responde.

— Sus bebidas — cortó el encuentro el barman dejando a nuestros lados los vasos de whisky. Pero siquiera me inmuté. Éste pareció no percatar la situación ardua que se montaba allí entre ambos, y se fue a continuar con sus obligaciones.

— ¿Qué haces aquí, Gustav? — Hiperventilé viéndolo agarrar con habilidosas manos el vaso y prácticamente vaciarlo de un solo sorbo —. Tienes que irte, por favor. Vete.

— ¿Quieres que me vaya? ¿Después de lo que me has hecho? ¿¡Después de tu pequeño ataque de rebeldía!? Tú ya no puedes pedir nada más — dijo acercándose un paso más a mí y musitando palabras duras entre dientes —. ¿En qué pensabas, Kaulitz? ¿Que simplemente enfrentaría las consecuencias de tu traición así nada más? Me conoces poco.

— Te pido por favor que te retires. Mañana puedes ir al estudio y allá hablamos, pero ahora…

— No. Me quedaré — dijo ya más distendido, sobando el cuello de su saco —. ¡Soy tu amigo, caray! No me has invitado… Otra insolencia — Inhalé aire observando a mis alrededores con nervios —. Escúchame, mocoso, dos de mis hombres están en prisión ahora. Sus caras están rondando por toda Europa y perdí miles de dólares en ese cargamento que nunca llegó a mis manos pero que, sin embargo, pagué de todas formas — Volvió a gruñir.

— Puedo darte el dinero… Yo ando con algunas deudas, pero puedo conseguir…

— ¡No quiero tu maldito dinero! — cortó —, quiero que saques a estos tipos de prisión cuánto antes porque entonces me veré jodido. Ellos hablarán si no los saco… ¡Joder! ¿Siquiera pensaste en todas las repercusiones que tus aires de niño liberal podían causar? ¿¡Por qué se te dio, maldito imbécil!? Sabes quién soy, sabes que si quiero hago lo conseguiré sin importarme a quién haya que matar — serenó su expresión como recordando algo. Yo solté el aire contenido a presión en mi pecho —. Con respecto a eso, quiero decirte que no estoy solo en esta fiesta.

— ¿De qué hablas? — preguntó con recelo.

— ¿Ves aquel hombre que habla con tu padre tan animadamente? Seguro no lo habías visto antes — Desesperado busqué a mi papá entre todas las personas, girando la cabeza sin importar lo bruscos y evidentes que fueran mis movimientos y cómo delataran mi pánico ante las otras personas. En efecto, Jörg conversaba cerca de donde la orquesta tocaba, con un hombre misterioso, con traje negro y cabello castaño oscuro peinado con crema para cabello hacia atrás —. Es uno de los sujetos que trabaja para mí. Tiene un título falso de administrador de imagen, pero sabe algo del tema. Seguro tu padre estará encantado de contratarlo ya sea para él, para tu hermano o para ti. ¿Qué dices?

— Lárgate de aquí o te hago sacar con seguridad — amenacé sin escapatoria, con el aire carente en mi cuerpo.

— ¿Serías capaz? Curioso. Con un simple chasquido de dedos, yo podría hacer que ese sujeto sacara un arma y disparara contra el abdomen de tu padre — Mis ojos se abrieron a más no poder y una lágrima rodó por mi mejilla velozmente.

— ¡No! No, por favor, no.

— Entonces no me saques — asentí reiteradas veces tragando en seco y sintiendo el pecho golpearme en la caja torácica como a punto de salirse —. No vas a deshacerte de mí como imaginaste, Bill. Con tu imprudente decisión no me dejas otra escapatoria que tenerte más vigilado que antes. Y, ¿sabes?, quizás contar de tu adicción no sea un buen paso a dar próximamente. Dejaré eso para más adelante — fruncí el seño —; ahora aprovecharé para divertirme más contigo. Conocerás quién soy en verdad y te arrepentirás de haberme subestimado, abogadito.

— ¡Bill Kaulitz! — exclamó Richael acercándose tomada del brazo de mi hermanastro. Yo, disimuladamente, me volteé a tomar el vaso con mi bebida intacta. De paso sequé mis lágrimas derramadas y busqué calmarme —, mi cuñado — finalizó.

— Richael — regañó Tom en voz baja, virando los ojos con cansancio en ellos.

— Debo felicitarlo, licenciado Trümper. Es una hermosa fiesta — habló Gustav girando para quedar ante ellos y fue ahí el instante en que caí en cuanta de que estaba en un gran problema —. ¿Me recuerda? — Thomas achinó la mirada sobre él y remojó sus labios como impaciente, controlándose de hacer algo. Eso me asustó.

— Tom, él es mi amigo de la Universidad, ¿recuerdas?

— Gustav Schäfer — manifestó Richael estirando su mano en dirección al sujeto en cuestión y éste la tomó sonriendo, besando el reverso de ésta como si se tratara de una princesa.

Yo sentí la urgente necesidad de morirme al encontrarme con esta escena en frente de mis narices. Thomas me observaba entre sorprendido y… ¿decepcionado? Quizás. Lo cierto es que estaba claro que le había mentido respecto a Gustav y que, por ende, algo ocultaba. La pregunta más común que podría estar haciéndose es: ¿Por qué no fue honesto respecto a este tipo? ¿Quién es en su vida? Y tendría que responder en algún momento. Esta vez sin mentiras, sin ocultar nada. Pero no sé si sería antes o después de acribillar a Richael.

— Usted está preciosa esta noche — halagó Gustav y la zorra sólo rió perspicazmente.

— Tom… — susurré y él desvió la mirada, no sé si molesto, si triste, o decepcionado, pero dejó de mirarme para luego carraspear.

— En una hora será el brindis. Cada cual en su respectiva mesa puntualmente — habló en tono frío y se alejó caminando formalmente, pero veloz.

— ¿Y qué haces tú aquí, Gustav? ¿Bill te invitó?

— Sí, desde luego. No iba a faltar a semejante evento — ambos rieron y yo negué enfadado, dispuesto a marcharme a algún sitio donde estar solo — Bill, espera — sujetando mi antebrazo me detuvo y su otra mano se coló en el bolsillo de sus pantalones.

— ¿Qué quieres? — me fue imposible cuestionar de mala manera.

— Tengo un pequeño regalito para ti. Para que no pienses que soy una mala persona — ironizó innecesariamente y sacó algo de ese bolsillo, oculto en su puño cerrado. Estiré mi mano más por curiosidad que por interés, y allí dejó una pequeña bolsilla que…, sospechaba, reconocí —. Gózalo, amigo — susurró soltándome y yo apreté aquello en mi mano, volteándome y prácticamente huyendo de allí.

Cerré la puerta del baño de un golpe seco. No me interesaba que se escuchara, ya que esa posibilidad estaba totalmente descartada por el alto volumen de la música. Me recargué en la piletilla adosada a la pared, observando mi reflejo en el espejo con odio.

¿¡Qué mierda hice!? ¿¡En qué pensaba!? ¡He sido totalmente egoísta! No pensé en lo que mis actos pudieran ocasionar en las personas que amo y ahora están en peligro.

— Dios… no puedo creerlo — negué enderezándome y secando mis incontenibles lágrimas que mojaron por completo mi rostro. Fue una buena idea pensar en la posible emoción durante toda la noche y emplear maquillaje a prueba de agua, o sino ahora estaría en completa evidencia —. Carajo — maldije sacando de mi bolsillo la bolsilla que Gustav me entregó y moviéndola con nerviosismo en mis manos —. ¿Qué hago? ¿¡Qué coño hago!? — chasqueando la lengua tomé mi teléfono celular y busqué el número que solicitaba con velocidad y pasándolo cuando lo vi por la ansiedad que sentía. Estaba a punto… a punto de cometer quizás el peor error de mi vida —. Contesta… por favor — murmuraba apretando mis ojos y jugando con la bolsilla de cocaína entre mis dedos —. Contesta…

— Hola.

— Dios… — sólo pude susurrar arrodillándome, cayendo rendido al suelo y totalmente desganado. Allí simplemente fui capaz de sollozar como un niño pequeño. ¡Pero no lo era! ¡No era un niño! Debería poder enfrentarme a esto, debería poder solucionarlo solo. ¡Tendría que saber controlar esa horrible ansiedad solo!

— ¿Bill? ¿Qué ocurre, por qué lloras?

— Marcel… — susurré —, ¿dónde estás? Tú debes estar aquí.

— Cálmate, por favor.

— Te necesito… No podré solo.

— No fui a la fiesta porque a tu padre para nada le agradaba la idea de que yo asistiera, pero dime qué ocurre contigo. Estás asustándome mucho.

— Gustav está aquí… Él no va a dejarme — solté sin sentido para él, ya que no conocía a Gustav ni entendía por qué me hería tanto.

— Trata de tranquilizarte y explícame quién es Gustav.

— No debí haber dicho que no… Todo tenía que seguir como hasta ahora — un sonido de entendimiento se oyó bajo.

— Lo mencionaste en el bar, ¿cierto? Mierda… Bill, lo que importa ahora es que no cometas una estupidez, ¿de acuerdo?

— No puedo, Marcel… No puedo.

— ¿Quieres ver cómo sí puedes? ¡Anda! Piensa en el daño que le harías a tu padre, a tu hermano y a ti mismo. Piensa en cuánto podrías herirnos a todos los que te queremos — apreté mis párpados y tragué grueso observando la bolsilla plateada en mi mano —. ¿Crees que esta será la última crisis de tu vida? No. Es una de las primeras y, si vas a darte por vencido tan fácilmente, entonces no estás preparado — ¿Qué clase de persona sería si actuara de una manera tan egoísta como esa? Sólo estoy pensando en mí otra vez —. ¿Qué harás entonces?

— Yo… — suspiré tomando fuerzas de donde no había absolutamente nada y me puse de pie ayudándome de la piletilla —. Volveré a la fiesta.

— Buena idea — sonreí de lado débilmente y dejé caer la bolsilla en el grifo y luego abrí la llave, dejando correr el agua sobre la cocaína —. Estoy orgulloso de ti una vez más.

— Deberías estar aquí.

— ¿Y recordarte que necesitas de un médico por tus adicciones? No — Volví a mirarme en el espejo y sequé mis lágrimas con el reverso de mi mano. Apenas se había corrido un poco el delineador, pero nada cambiaba en mi artificial aspecto —. Mañana hablamos y me cuentas cómo te fue, ¿vale?

— De acuerdo. Gracias, Marc. En serio.

— Por nada — respondió con tono contento —. Suerte — el tono de colgado se escuchó y guardé el aparato en mi bolsillo.

— ¿Cómo has llegado a esto, Kaulitz? — me pregunté acomodando mi traje que, por la posición que empleé en el suelo, se arrugó un poco —. No quieres saberlo.

Yacía cruzado de brazos detrás de la mesa cubierta con un largo mantel color negro con detalles en rojo y dorado. La vajilla probablemente más fina y delicada que jamás había visto permanecía sobre éste, con cubiertos de igual nivel. Mi padre siempre optó por lo clásico europeo que, ante los ojos modernos de las personas ordinarias, pareciera ser vanguardista.

Los mozos trabajaban más de la cuenta, con sincronizados recorridos por el salón dándoles a los invitados sus copas de champagne y sidra para el brindis de las doce. Aunque faltaban unos pocos minutos para que esto tenga lugar, todos hablaban y reían entre ellos mientras que la orquesta entonaba una suave melodía de fondo, acompañando la estadía en el lugar.

Jörg conversaba con García en la punta de esta mesa en donde yo estaba, la mesa delantera a donde todas las mirabas iban. Ahí nos sentábamos sólo Thomas, mi padre y yo. La familia únicamente. Luego, la más cercana era la de Richael, Andreas, Georg y Lucas, ya que formaban parte del estudio también. Y la tercera mesa de más relevancia era la de los clientes más destacados: García, Cortez y Venegas.

— Oye, Bill — llamó Georg desde su asiento. Yo salí de mis pensamientos y fijé mis ojos en él —. ¿La viste? — En un principio confundido pero luego entendiendo, busqué la mesa de los socios. Ahí se encontraba Seeger y su esposa, junto con Morris y su familia. La dama de una edad considerablemente distante a la de mi amigo, lucía un vestido rosa pastel largo pero que delineaba el contorno de su cuerpo. Volví a ver a Geo y sonreí de lado guiñándole el ojo.

— Tranquilo. No pasará nada.

— Eso espero — sonreí.

— Es la noche más aburrida de mi vida — manifestó mi hermanastro pasando por detrás de mí para posicionarse acorde al orden del brindis —, sin exagerar.

— Es algo estructurada — aporté incómodo. ¿Estaba molesto aún? Bueno, si es que alguna vez lo estuvo.

— ¿Algo? Diría que hasta viene con instrucciones de cómo actuar, cómo sonreír, qué decir y hasta en qué tiempos respirar.

— Eres el centro de atención. Gózalo — bufó tomando su respectiva copa de champagne que descansaba sobre la mesa. Yo, a la mía, ya la tenía entre mis dedos —. ¿Estás molesto?

— ¿Contigo? Para nada. ¿Por qué? — preguntó mirándome sorprendido. Seguro maximicé la situación como de costumbre.

— Porque creo que sospechas que te he escondido algunas cosas.

— Pero no estás en la obligación de contármelas.

— Quiero hacerlo — asintió sonriendo.

— Era lo que quería oír. Y antes que lo olvide, en media hora espérame en la salida de emergencia del jardín de invierno, ¿de acuerdo?

— ¿Para qué?

— John aparcó mi carro de ese lado de la calle, totalmente despejado. Nos largamos de aquí como lo teníamos planeado.

— ¿Estás loco? Creí que lo habías pensado y olvidarías eso.

— En absoluto. Así será — dijo sencillamente volviendo la mirada a las mesas de los invitados y saludando ficticiamente a algunos con movimientos de cabeza y sonrisas tétricas. Yo seguí observándolo con fascinación. Sus actitudes tan seguras, tan intachables, la rapidez con que podía resolver un problema y el modo en que lo planteaba haciéndolo sonar espontáneo. Era muy probable que él pensara todo eso de mí, pero yo lo veía hasta con envidia.

— Bien. ¿Estamos listos, chicos? — preguntó mi padre luego de posicionarse entre nosotros dos y tomando también su copa —. ¡Damas y caballeros, su atención por favor! — habló acaparando la atención de todos los presentes sin excepciones —. Quiero agradecerles a todos el haber asistido a esta celebración que para mí es muy importante. Después de algunos años duros, el estudio que ha sido una herencia familiar durante décadas, ha resurgido y hoy se ha posicionado en un lugar de privilegio en la sociedad. Los mejores abogados se encuentran creciendo de mi mano y es un orgullo que esto haya sucedido. Y más aun, con un contrato millonario con mis grandes socios y amigos: Franc Seeger y Eliz Morris — Los aplausos no tardaron en hacerse presentes cuando estos dos se pusieron de pie a modo de presencia, sonriendo gustosos. Los años no pasaban para esos tipos —. Y, principalmente, el motivo vital para este festejo, es el lugar que mi hijo Thomas Trümper ha pasado a ocupar en el estudio. Estos dos muchachos son mis grandes orgullos, mis sostenes en el día a día — manifestó alternando su mirada entre ambos. Yo sonreí complacido —. Con sus altos y bajos, jamás cambiarán la honra que me hace sentir que sean mi sangre. ¿Algunas palabras? ¿Tom? — Éste asintió y luego carraspeó pensando las palabras.

— Bueno… Nunca fui bueno para estas cosas — empezó — y hoy no será la excepción. Pero si hay algo que quiero decir es que volver al lado de mi padre y mi hermano ha cambiado mi vida. Quiero darles las gracias a ellos y principalmente a mi hermano que me enseñó un poco más de esta profesión. Sin él no hubiera logrado este avance en mi carrera — Rotó su rostro e inclinó su copa hacia mi dirección. Los aplausos se callaron de a poco y ahora me observaban a mí esperando mi ocurrente alegato que siempre daba en ese tipo de cenas.

— Me he dedicado a responder siempre lo mismo cada vez que me preguntaban qué se sentía que mi propio hermano ocupara el lugar que tanto esmero ha recibido por mi parte durante casi tres años. Desde entonces contestaba con alguna broma o chiste. Estuve molesto en un principio y no quiero negarlo. Pero ahora estoy feliz por él y por el estudio porque, hablando honestamente, ahora mismo no estoy capacitado para soportar semejante presión y es muy probable que lo arruine — Al hacer aquella pausa, caí en cuenta de la atención que estaban dándome todos allí —. Creo que no hay persona más capaz que mi hermano ahora mismo — Y observándonos, concluí: —. ¡Te felicito, Thomas! — Entonces todos alzaron sus copas al tiempo en que mi padre lo hacía.

— ¡Brindemos entonces! Por el éxito en la vida de cada uno de ustedes, por lo que ha de venir y porque estos juicios que iniciarán en apenas dos semanas concluyan con el triunfo. ¡Salud!

— ¡Salud! — exclamaron todos los invitados al mismo tiempo, bebiendo algunos tragos del contenido de sus copas. Mis ojos fueron a dar a una de las tantas mesas, una más alejada; allí estaba Gustav brindando con nosotros. Inmediatamente volví los ojos a la mesa de mis compañeros y Andreas me observaba con sus ojos brillosos. Emocionado y asombrado seguro. Le dediqué una sonrisa confiable y él me correspondió de igual manera.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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