«Apostemos» Temporada II
Capítulo 14: Quiero tu apoyo
El auto se detuvo ya demasiado lejos de donde tenía lugar la fiesta. No había modo de volver. El poco aire que había esa noche pegaba directo en nuestras caras (la mía totalmente atónita), moviendo nuestros cabellos al igual que en las copas de los árboles se movían las hojas.
Nuestros pasos partían las ramas caídas y las hacían crujir. El calmante sonido del agua rompiendo entre las piedras era una melodía tan suave y reconfortante que nada importaba allí. Momentos y lugares como estos me hacían olvidarlo todo en el mundo. Absolutamente todo.
— ¿Recuerdas este lugar?
— Cómo no hacerlo. Aquí me dijeron lo más hermoso que jamás me han dicho — rió apretando el agarre en mi mano.
— ¡Como quieras! — Y me soltó, haciendo que me hundiera en el agua. No conté con que estuviera tan profundo ya. Salí a la superficie tomando una gran bocanada de aire y echándome a reír de inmediato.
— ¡Maldito seas, Trümper!
Y otra vez me abrazó. Pero ahora más tranquilo, sin ánimos de bromear o estropear el momento. Abrí mis ojos encontrándome con los suyos a escasos centímetros. Apartó un mechón de cabello mojado y sonrió.
— ¿Qué pasa? — pregunté tímido. Sentía mis mejillas quemarse por la cercanía.
— Te amo.
—… y me lo dijiste tú — concluí observando a su perfil formular una hermosa sonrisa tímida. —. ¿Cómo se te ocurrió?
— No sé. Supongo que fue algo de melancolía. Aquí me animé a decirte algo muy privado y secreto; algo que me asustaba porque nadie lo sabía. Temía que no me correspondieras — Volteó la mirada hacia mí con una expresión seria pero serena —. Quizás sea tu turno de confesar algo ahora — asentí pausadamente bajando la mirada al suelo, al montón de hojas secas y viejas bajo nuestros pies.
— Siéntate — invité. A la par nos dirigimos hacia un tronco caído cerca de la orilla, seco y añejado. Se sentó de vista al río y con una pierna doblada sobre el madero. Yo me senté a su lado inclinado y dándole la media espalda al agua. Jugué con mis dedos y uñas, tomando valor para contar mi verdad —. ¿En serio quieres saber?
— Sí. Puedes confiar en mí — garantizó pero no estaba muy seguro. Yo no perdonaría lo que hice, pero es probable que él sea muy distinto a mí.
— Supongo que todo comenzó hace dos meses… — carraspeé alzando la mirada a sus ojos —. ¿Recuerdas a Marcos?
— Tu supuesto amigo de la Universidad, el cual hoy cambió mágicamente su nombre al de Gustav Schäfer, un pequeño detalle que se le olvidó, pero no a mí.
— Se llama Gustav Schäfer — admití — y fue mi proveedor de drogas desde que empecé a consumir — Su rostro no se contrajo, ni modificó, por lo que supuse que ya lo sabía de algún modo u otro —. Lo conozco desde hace años, pero desde que salí de la clínica no lo he vuelto a ver, hasta hace dos meses atrás. Irrumpió en mi vida para pedirme ayuda.
— ¿De qué tipo?
— Debía sacar a un amigo suyo de la cárcel o él hablaría acerca de mi drogadicción. No creo que lo haga en verdad algún día… pero de todas formas me intimida. Siempre fue capaz de manipularme y, como un cobarde, accedí a ese chantaje y a algunos más. Él se aparecía en el estudio cada vez más seguido, balanceando mi vida privada en el borde del abismo constantemente — Su mano se aferró a la mía cuando oyó mi voz quebrarse. Esto me ayudó, pero no evitó que unas cuantas lágrimas, finalmente, rodaran por mis mejillas —. Hasta que un día Axel sospechó y comenzó a investigar sobre mi vida, dando con la verdad.
— ¿La verdad?
— Descubrió qué hacía yo en Francia en ese año en que desparecí. Entonces sentí pánico. Sé que estuve mal, sé que fue un error, pero era la única solución que veía — hablaba apurado, con una congoja pesándome en el pecho.
— Cálmate, Bill. Dime qué hiciste.
— Le pedí ayuda a Gustav y a su gente — silencio —. Les pagué para que llevaran a Axel a un lugar, lo golpearan y yo me encargué de él.
— ¿Lo… mataste? — preguntó con miedo.
— No. Lo amenacé con que lo haría si no desaparecía de mi vida y del estudio. Esa misma noche le iba a contar mi secreto a Richael y todo empeoraría, así que actuar rápido era lo mejor — susurré dubitativo —. Richael tenía razón cuando me increpó en la recepción. Ella siempre sospechó de mí.
— Son advertencias
— ¿En serio crees que me darás miedo? O sea, ¿en serio?
— No busco darte miedo, Bill; sólo busco hacer justicia. ¿No es ese nuestro trabajo? Hacer que las verdades… se sepan.
— Di que me lo cogí, que me cagué encima de él, que lo herví en aceite y se lo di de comer a los perros. Nadie te creerá.
— Con pruebas toda locura es creíble.
— No sé de qué hablas.
— Algo sabía Axel. Algo.
— Sabía que necesitaba un cambio, enferma. ¿Cuándo lo entenderás? Se fue porque quiso irse y te jodió en el caso sin pensarlo. Fin de la historia. No sé en qué capítulo aparece mi nombre pero es un completo error del autor.
— El error fue que te metiste conmigo.
— Después de eso las cosas empeoraron. Con tantas presiones, tantos problemas, tanta paranoia, volví a consumir. Bueno, eso ya lo sabes. Gustav se metió del todo en mi vida porque ahora ya tiene otro lado por donde atacar, otro secreto que sabe y quiero esconder. Lo de Axel — hice silencio mordiéndome el labio inferior —. Ya lo dije.
— ¿No hay nada más?
— Un poco. Pero quiero saber qué piensas primero.
— Cuéntame todo y luego hablo — Hacía las cosas complicadas con ese tono rudo.
— Hace unos días volvió a pedirme un favor. Tenía que sobornar al sargento Molina para que pueda evadir un peaje en el centro y, de este modo, conseguir un buen cargamento de droga. Le di mi palabra de que lo cumpliría, pero antes hablé con Marcel de mi estado de ánimo y él me ayudó bastante sin siquiera saber de qué se trataba todo. Opté por faltar a mi palabra y, en el peaje, sus socios fueron arrestados y él tuvo que pagar por una mercancía que jamás llegó a sus manos.
— ¿Y por eso estaba hoy en el salón?
— Sí. Ya está metido en mi vida, no puedo sacarlo. Me dijo que si no hago liberar a esos dos hombres, buscará el modo de desquitarse contigo o con papá — negué frenéticamente soltándolo y sujetando mi cabeza con ambas manos, sollozando con fuerza.
— Bill…
— ¿Ves lo que provoco? ¡No sé por qué mierda no hice caso! Ahora corren riesgo ustedes y jamás me sacaré de encima a ese infeliz. Esto nunca acabará, ¡nunca! — Lo escuché suspirar y sus brazos rodearon mi cuello, atrayéndome a su pecho. En él encontré consuelo y calor. Busqué calmarme, pero no lo logré.
— No te castigues tanto, por favor. Me mata oírte hablar así en tu contra.
— Es la verdad, Thomas.
— No. ¿Tú no entiendes lo que fuiste capaz de hacer? ¿No lo ves? — No respondí, sólo hundí mi rostro en su pecho —. Desobedeciste los chantajes de ese hijo de puta con valor. Eso es lo que debes valorar.
— Pero…
— No. Escúchame. Fuiste valiente. Por supuesto que algo parecido a esto ocurriría, era obvio. Pero aun así lo hiciste. Yo me siento orgulloso.
— ¡Pero podría haberse evitado!
— Ya. Es tarde para pensar en eso. Nada le pasará a papá, ni a ti, y tampoco a mí. Ese tipo quiere asustarte y lo está logrando. No le des el gusto.
— Pero no va a dejarme en paz, Tom. Siempre estará ahí.
— No tienes esa seguridad — No supe cómo entender eso, pero mi cabeza estaba tan abrumada que no quise entrar en detalles —. Todo lo que está haciéndote, tarde o temprano, también tendrá sus consecuencias. Va a pagarla.
— No — Me separé al instante de su cuerpo, secando mis lágrimas y asustado —. Por favor, no cometas locuras.
— ¿Locuras? ¿Y piensas que todos los chantajes de ese mal nacido son algo cuerdos?
— No, pero corres peligro. Marcel dijo que tengo que aprender a resolver mis problemas solo y eso haré — manifesté firme —. Sólo tengo que conseguir dinero, pagar la deuda del banco y después liberar a esos tipos dentro de dos semanas. Ya. Todo estará bien después.
— ¿Deuda del banco? — Ai… no.
— No dije eso.
— Sí, sí dijiste.
— Nunca mencioné nada similar.
— Te tiembla el párpado derecho cuando mientes — ¿Qué? ¿De dónde coño sacó eso? —. Tienes deudas con el banco por culpa de ese sujeto.
— Venderé algunas propiedades — Aquella fue una forma extraña de admitirlo. En lugar de responder a su afirmativa con un ‘sí’, aceptando el problema, comienzo a plantear la solución —. El lunes iré al banco a primera hora y llevaré las escrituras de unos departamentos y los papeles del auto.
— ¡Tú no harás eso!
— ¡Sí!
— ¡No, Bill! ¿¡Qué carajos pasa contigo!? — gritó ya enojado —. No vas a vender una mierda mientras que yo tengo miles de dólares en el banco acumulándose totalmente en vano.
— ¡No vas a pagar mis deudas, Thomas!
— No uso ese dinero, me parece una cantidad exagerada y está allí ocupando un lugar en el banco, sólo eso. Así que el lunes irás al banco, sí; pero con ese dinero para pagar tus cuentas y quedar limpio.
— Thomas…
— Y aquí termina el tema — concluyó sobre mis palabras y, a pesar de mi enojo por llevarme la contraria, sonreí.
— ¿No estás molesto?
— ¿Por qué debería estarlo?
— Por lo de Axel principalmente — me imitó haciéndome sentir tonto.
— No sería capaz de enojarme por eso. Le diste a ese chismoso su merecido. De haberlo sabido, quizás yo me hubiera encargado de él.
— Lo mismo me dijo… — enmudecí al darme cuenta que… la había cagado.
— Ese es el problema, Bill. Eso es lo único que siempre me enfada de ti — habló fastidiado —. ¿Por qué mierda Andreas siempre sabe todo? ¿Por qué me ocultas cosas que a él le confiesas tan libremente? Dime.
— Es que… Yo no sé — respondí simplemente, apenado —. Será porque es como mi gran confidente. Siempre lo fue.
— ¿Y yo?
— Me da pena hablar de ciertas cosas contigo, Tom. Las drogas por ejemplo; y Gustav está relacionado a ellas.
— Eso debe cambiar, Bill. Puedes confiar en mí más que en cualquier persona. Es en mí en quién debes buscar ayuda, es a mí a quién debes acudir cuando todo esté desmoronándose. ¿Puedes entenderlo?
— Es que Andreas…
— Andreas me la soba.
— Yo entiendo que deba confiar en ti y que…
— Deba. ¿Es que acaso no lo sientes así?
— ¡Sí!
— ¿Entonces?
— Vives perseguido con Andreas, Tom. Crees que siento algo por él más allá de la amistad y el enorme cariño que le tengo — negó —. Lo crees — reafirmé —. Piensas que constantemente estoy trayéndolo al presente cuando eres tú el que lo hace. Deja de vivir en mi ex relación con él, por favor. Me es difícil estar constantemente procurando no lastimarlos a ninguno de los dos — Con esto terminaron sus reproches y contradicciones. Quedó mudo y calmo —. Si le conté a él primero es porque, de alguna manera, me dolería más perderte a ti por mi complicada vida. Porque quizás puedas aceptarme con mis tristezas por mi padre y madre, y yo pueda aceptarte a ti con tu niñez en la miseria y sin padre, pero ¿sabes qué?, ya todo eso pasó. En cambio mi adicción sigue aquí. Está aquí ahora y siempre estará. Sé que Andreas lo acepta, pero ¿y tú?
— Claro que lo acepto. Quiero ayudarte.
— No quiero tu ayuda. Quiero tu apoyo — sonrió de nuevo y extendió sus brazos hacia mí, invitándome de nuevo a su pecho.
— Tienes todo mi apoyo y mi palabra de que superarás todos estos contratiempos y me tendrás a mí a tu lado — asentí sorbiendo mi nariz —. Quién iba a decir que volveríamos a acá después de tanto tiempo.
— ¿Estaba escrito?
— Quizás. Todo lo que pasa en nuestras vidas de alguna manera está premeditado.
— Qué profundo, Tom — bromeé y él rió.
— Es algo de lo que me he dado cuenta por este tiempo. Es en vano luchar contra la corriente.
— Pareces resignado — comenté preocupado, levantando la mirada a sus ojos.
— No. Simplemente no quiero hacerme problema por cosas que no puedo cambiar. Quiero concentrarme en aquello que tengo aquí y ahora.
— ¿Estoy incluido en eso?
— ¿Tú qué crees? — sonreí feliz y busqué sus labios con los míos.
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By Tom
Volvía a tener ese privilegio de verlo dormir lleno de paz, con tanta soltura y libertad. Volví a tenerlo entre mis brazos como si el tiempo se detuviera y el espacio nos perteneciera con total plenitud. Fue mágico, asombroso y cualquier otro adjetivo calificativo acorde a la perfección que portaba mi hermanastro.
Estaba atrapado en el semblante inexpresivo de su carita y la comodidad aparente que experimenta su cuerpo sobre el colchón de la cama, cubierto por las sábanas blancas. Sus manos unidas bajo su mejilla y una de sus piernas escapándose de la cobertura de la frazada, mientras que la otra se delineaba bajo las mismas. Sus cabellos alborotados y unos mechones de éste cayendo por sus ojos. Los míos estaban como esclavizados por él y me era imposible extinguir mi calma sonrisa en los labios. Tener la certeza de que ningún mal podía ocurrirle al estar bajo mi cuidado, me brindaba una armonía inexplicable.
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Me daba la espalda y sonreía. Era como si supiera que lo estaba mirando y disfrutando de su espalda desnuda, de sus piernas, de sus glúteos, de todo. Estaba a punto de concretar nuestro acto de expresión favorito, pero no deseaba apresurarme.
Con mi mano totalmente abierta acaricié su cabello superficialmente. Su peinado ya alborotado no opacaba la suavidad de éste ni por un instante. De sólo rozarlo se podía sentir el aroma a coco que se desprendía de cada hebra.
Bajé a su nuca, pasando lentamente por el tatuaje de su banda favorita en la adolescencia; un tatuaje del que no se arrepentía aunque ya no escuche ese tipo de música. Suspiró y mis ojos viajaron a su perfecto perfil. Ojos cerrados y labios entreabiertos. Disfrutaba en la penumbra de sus párpados caídos de mis caricias y roces. Y yo gozaba a ciencia cierta de su suavidad y calidez.
Pasé por sus omóplatos sintiéndolo estremecerse. Sonreí y continué por sus costados empleando ambas manos ahora. Pegué mi boca a su hombro derecho y la dejé descansar allí en un eterno beso al tiempo en que mis manos descendían por su piel. Sentía el relieve de su tatuaje ya cicatrizado en el lado izquierdo de su cuerpo. Al llegar al comienzo de sus piernas, mi excitación aumentó y no pude contener un jadeo de aire caliente que chocó en la curvatura de su cuello. Entonces abrió los ojos y me sonrió, y soltó la cabecera de la cama con su mano derecha y la guió a la mía igual, llevándome por su piel. Entrelazamos nuestros dedos y conectamos nuestras miradas. Me sentí en paz sintiendo su piel caliente bajo mi mano moviéndose involuntariamente bajo la suya… ¿Podía acaso pedir algo más?
Me tomé el atrevimiento de acariciar su rostro con cuidado de no interrumpir sus sueños. Seguro pronto despertaría y quería añorar su expresión sólo un poco más. El tiempo que dure.
Recuerdo haber sentido esta sensación antes. La sensación de incredibilidad al haber vivido algo demasiado hermoso. Porque no creía que lo de la noche anterior haya sido real. Y es que también sentí la misma sensación de fantasía la primera vez que me acosté con él. La primera vez tanto suya como mía que, aunque dijo haberle dolido mucho, disfrutó y jamás olvidó. En ocasiones adopté a ese maravilloso encuentro como una simple follada en la que desvirgué a mi pequeño y enamorado hermanastro. Hoy me siento mierda al recordarlo.
— Aah… Así, Tom.
— ¿Así de lento? — pregunté paseando la punta de mi nariz por su nuca, estremeciendo cada bello en su cuerpo. Sus manos apretaron más el caño que formaba parte de la cabecera de la cama y sus rodillas hundidas en el colchón arrugaban las sábanas al igual que las mías detrás suyo.
— Exacto — Echó su cabeza hacia abajo, indicándome que no dejara de rozar así su cuello, sintiendo su aroma característico invadir mi sistema, mis pulmones infectados de su olor —. Haz que dure toda la noche.
— Oh, sí… Sí, mi amor, sí — gemí ronco avanzando con mis manos desde su cintura hasta su abdomen. Lo pegaba más a mi pelvis a cada embestida, enterrándome así más en su cuerpo —. Estás haciéndome sentir miles de cosas a la vez… Todo el tiempo — susurré moviéndome con lentitud, deleitándome con el sonido de sus jadeos de fondo —. La forma en que me miras, cómo me besas, hablas o tocas. Me encantas.
— ¿Las has sentido antes? — preguntó con un tonillo de preocupación temblando en su aguda voz por el placer.
— Creo que es más fuerte ahora — reconocí con temor. Sí. Tenía temor a las misteriosas sensaciones que experimentaba a su lado.
Volví a sonreír. Ese reciente recuerdo esporádico en mi mente volvió a reflejar mi felicidad en mi rostro. Aquí entre nosotros… ¿Qué carajos me pasa? ¿Quieren explicarme, por favor? Si fueran mis médicos y yo les contara mis síntomas, ¿qué dirían? A ver… Siento que un dolor insoportablemente hermoso se hace presente cuando pienso en él. Éste se alivia al tenerlo cerca, al verle o al besarle. Luego, la puta paranoia a todas horas del día. Que si no está en el estudio o en la casa, entonces dónde. Y cada uno de sus actos tiene justificación para mí. No creo que haya algo que pueda ponerme en desacuerdo con él ahora. Siento que puede manipularme a su antojo y no expondré resistencia a esto. Presiento que va en aumento esto. Cada día que pasa es más y más fuerte; me importo menos cada vez. ¿Sentí esto antes? Supongo… Bueno, no sé si era tan así. ¿Y si es peor ahora? ¿Y si estoy más que enamorado? ¿Y si me he obsesionado con él? Andreas mencionó, una vez, que él dejaría ir a Bill con tal de verlo feliz. Eso es amor, gente. No ha de existir un acto de amor más puro que el renunciar a tus necesidades por el otro. Pero yo no imagino hacerlo. No podría. No me resignaría a no tenerlo conmigo, a que sea feliz con otra persona. Pero, pensándolo bien, yo sí hice esto hace cinco años atrás. Me fui sin importarme mi dolor o el odio que sintiera hacia mí; todo por él. Ahora no podría. Es por esto que dudo que se trate de amor. ¿Estoy enamorado u obsesionado? Lo cierto es que no quiero arruinarlo. Tenemos una apuesta y no es sólo una apuesta tonta y sin peso. Es un límite que imponemos para no repetir la historia. Gracias a esa apuesta, todo esto debería ser una simple forma de diversión. Pero, ¿en verdad lo es, o estamos fingiendo constantemente? Enamorarse significaría volver a pasar por lo mismo. Enamorarse, sentir el miedo de las repercusiones, marcharse y sufrir. Es por eso que ese sentimiento está prohibido entre nosotros. No estamos enamorados. No… ¿no?
— Umh… ¿Tom? — acaparó mi atención al despertarse finalmente. Le sonreí con calma y él me correspondió cerrando sus adormilados ojos y medio escondiendo su rostro en la mullida almohada.
— Buen día.
— ¿Es de día? Pareciera que dormí cinco minutos.
— Es que… hubo mucha acción anoche, enano.
Abrió los ojos mirándome y se quedó en silencio unos momentos.
— Nadie llamó — pensó en voz alta.
— Los teléfonos están apagados.
— Ya veo — Moviéndose de forma brusca, se sentó sobre el colchón —. Explotarán de mensajes de texto y de voz.
— ¿Tú crees? — cuestioné sarcástico —. Este departamento es un punto a favor.
— Totalmente. Nadie tiene ni puta idea de dónde estamos — se carcajeó y yo lo observé sorprendido —. ¿Puedes creerlo?
— ¿Tú de buen humor en la mañana? Sorprendente.
— Es gracias a ti — reconoció mirándome con carita de perro mojado —. ¿Dónde está el celular?
— No, no. No lo enciendas.
— Quiero llamar a papá para decirle que estamos bien. Mira si se preocupa — formulé una mueca de disconformidad, pero a pesar de eso reconocí su razón y me movilicé en dirección a la mesita de noche de mi lado de la cama, tomando su móvil y dándoselo —. Gracias.
— Bill.
— Dime — habló sin mirarme, concentrado en ese aparato.
— Es domingo. No trabajamos.
— ¿Y?
— No vayamos a casa.
— Luego de hablar con papá te contesto.
— ¡No! — Estaba actuando como un pequeño niño malcriado y yo no soy así —. Salgamos a algún lado solos tú y yo.
— Espera. Está llamando — susurró con el teléfono en su oreja.
— Ya. Me queda claro que me estás ignorando — musité virando los ojos y girando sobre la cama, sentándome en el borde. Allí troné los huesos de mi nuca, sintiendo una relajación épica. Seguidamente, tanteé mis jeans tirados al pie de la cama y me los calcé de un tirón. Me puse de pie y acabé de ponérmelos sin calzoncillos siquiera. Semidesnudo me paseé por la habitación hasta el baño personal de ésta. Al tiempo en que me adentraba en éste sin cerrar la puerta ni nada, Bill hablaba con papá en voz alta. Pareciera que quería hablar sobre sus palabras, entonces deduje que estaba molesto con nosotros. Y cómo no estarlo si nos fuimos, o mejor dicho me fui, de la fiesta en mi propio honor que él nos organizó con tanto esfuerzo. Pero sí que valió la pena.
Volteé mi rostro mojado desde el grifo y me quedé mirándolo unos segundos antes de secarme la cara con la toalla de algodón a mi lado. Él me dedicó una expresión de fastidio proveniente de la conversación que sostenía con Jörg. Sólo reí y salí del cuarto de baño una vez terminada mi rutina matutina.
— ¡Dios! — soltó tirando el celular a lo largo de la cama —. Este tipo es un amargado.
— Trata de entenderlo. ¿Qué dijo? — pregunté dirigiéndome hacia la cama, parándome finalmente al final de ésta, de frente a mi hermoso hermanastro.
— Que somos unos testarudos que, otra vez, lo desobedecimos.
— Ya lo habíamos hecho, ¿no? — recordé.
— Sí. Dice que volvamos ahora mismo.
— Pues no.
— Tom — dijo en tono severo.
— ¿Qué? Amor, no estamos haciéndole ningún mal. Quiero estar contigo, ¿eso está mal? Se acerca una oleada de trabajo por las próximas semanas y no tendremos tiempo para nosotros. Quiero disfrutarte — durante unos segundos en donde reinó el silencio entre esas cuatro paredes, me sentí un tonto.
— ¡Ay! — exclamó tapando su boca como una madre que observa los primeros pasos de su hijo —. ¡Ven!
— Pero no me lastimes — condicioné abalanzándome en la cama y gateando hasta él. Entre risas, llegué a su cuerpo y me subí encima de él conectando nuestros ojos un largo rato.
— Me haces muy feliz — dijo y sentí algo en mi estómago que cobraba vida y me torturaba con pellizcos.
— ¿En serio?
— Sí, bobo — invadido por la alegría de escuchar esas palabras que eran mi propósito desde hacía tiempo, besé sus labios con pasión, introduciéndome en su interior y jugando con su músculo gustativo que me recibió encantado. Me abrazó por la espalda y nuestros cuerpos estuvieron totalmente unidos, sólo con la fina sábana separándonos.
Nos alejamos escasos centímetros y me perdí en su expresión tan natural. Todo en él, aunque fuera mínimo y común, me parecía único y encantador.
— ¿Y a dónde vamos a ir?
— Mhm… — pensé acomodándome de manera que no le pesé mucho en su delgado cuerpo —. Quiero llevarte a algún lugar en donde pocas veces hayas estado.
— ¿La iglesia?
— No. No creo en Dios.
— ¿No? — preguntó sorprendido.
— ¿Por qué te sorprendes tanto? Es obvio que no.
— Curioso. Bueno, no se me ocurre ningún lugar. ¿A comer?
— Me gusta la idea. ¿Qué se te antoja?
— Amm… Algo de estilo francés, tranquilo.
— ¿Francia? No, no. Estoy hasta la coronilla de los franceses — murmuré recordando a ese molesto médico.
— ¿Eh?
— Iremos a comer, sí. Pero a un lugar que vaya más conmigo — frunció el seño —. Vamos, será divertido. Vístete. Desayunamos aquí y comemos fuera.
— Tú mandas — me deleité con su rostro reflejante de alegría durante unos minutos. Entonces tomé aire y me recargué en el colchón con mi codo a un lado de su cabeza. Era definitivo; con él sólo puedo perder.
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El día había sido maravilloso, original, totalmente anti rutinario. Para mi sorpresa y diversión de mi hermano, habíamos ido a almorzar a un Mc Donald’s. Sí. ¿Me imaginan a mí en un antro semejante? Extraño. Me resistí unos momentos, pero finalmente cedí a comer ese montón de carbohidratos y colesterol.
En ese restaurante familiar nadie se percataba de quiénes éramos ni qué hacíamos allí. Quedaba lejos del círculo social que solíamos frecuentar y el paisaje cambiaba demasiado. Personas normales caminando, pidiendo la misma comida chatarra, en familia y pasando un buen rato, absortos de cualquier obligación. Me sentí una persona común y corriente, sin mucho dinero en la cartera ni paparazis alrededor. Sin mencionar que hacía años que no iba a un lugar así. La última vez que pisé un Mc Donald’s fue en la primaria, una de las tantas veces que me salí del colegio con Georg. Solíamos ir allí a comer un poco de grasa ya que nuestros padres sólo nos daban comidas extrañas y de otros países (como la que como actualmente). Pero fuimos perdiendo esa costumbre.
Luego de comer, afuera comenzó a llover. Pero mi hermano siquiera se mosqueó, ya que salimos del lugar y atravesamos la plaza de enfrente entre la lluvia a corridas para llegar al auto. Thomas resbaló y por esa razón ahora tenía su vestimenta toda enchastrada de lodo. Sin dudas fue un domingo diferente.
— ¡Contesten! —… Pero la realidad era distinta a lo que mi relato cuenta. Ahora mi padre, cuan figurita repetida en esta historia, nos estaba regañando por nuestra reiterada falta de responsabilidad. Pero ahora con cierta razón.
— Lo sentimos.
— Habla por ti, Tom — intervine y éste me miró alertándome de que me callara —. ¿Qué? Yo no lo siento. Sé que estuvimos mal y todo eso, pero la pasé bien y no me arrepiento — Por una mínima fracción de segundos recibí una sonrisa por parte de mi hermano. Sonrisa que borró al volver la mirada sobre el fastidiado Jörg.
— ¿Tú me escuchaste, Bill? ¡He planeado por semanas esta fiesta! En medio de ella, mis hijos desaparecen sin dejar mensaje alguno. ¡Tuve que inventar una sarta de mentiras y contratiempos que siquiera llegaron a justificar la ausencia de ambos!
— Gracias.
— ¿¡Gracias!? ¡No lo he hecho por ustedes, caray! Deja de tomarme el pelo.
— No lo hago.
— ¡Bill!
— ¡Ay, papá! La única razón por la que siempre te enfadas conmigo es porque te digo lo que quieres oír.
— ¿Crees que me gusta oír ironías?
— No son ironías.
— Ya — Sobó sus párpados con sus dedos índice y pulgar unos momentos. Susan a su lado permanecía en silencio. ¿Que qué hacía ahí? No sé. Pero papá la llamó apenas la conversación inició y tuvo que quedarse a su lado presenciando una incómoda disputa familiar. ¿Les ha pasado? Es como ir a la casa de un amigo y que éste se ponga a discutir con su padre o madre. Uno queda automáticamente pintado de colores. Pero Susan ya era de la familia —. Estoy cansado de las impuntualidades, irresponsabilidades y lo mal que me hacen quedar. Y sé que el vector de esta mala conducta eres tú, Bill — acusó y yo abrí mi boca indignado.
— Espera, papá. Bill no es el culpable. Yo tengo veinticuatro años y si hago algo es por mi propia cuenta, nadie me endulza los oídos.
— Di lo que quieras, Thomas, pero el que se está descarrilando de a poco es él, y yo no quiero eso para mi hijo — Callé y esperé mi sanción con ansias. Tenía un montón de fuertes reproches acorde a cada posibilidad —. Necesitas de alguien que guíe tus horarios, tus obligaciones y controle tu vida personal.
— No necesito a nadie más que a mí mismo para eso.
— Silencio — Como cuando era pequeño… —. Necesitas de un asesor de imagen.
— ¿Qué? — manifesté con un hilo de voz, casi sin aire.
— Hazlo pasar — le dijo ahora a Susan y ésta asintió retirándose hacia la puerta de entrada. Mis pulsaciones aumentaron de forma peligrosa y Thomas lo notó entre dudas, sin saber qué hacer —. No soy un monstruo y sé que odias esta clase de cosas, pero lo necesitas por un tiempo. Unas semanas tal vez.
— Tú no… no entiendes. — susurré y la puerta de la casa volvió a abrirse. Entonces, Tom y yo volteamos al mismo tiempo en su dirección. Allí se presentaba… Mierda.
— ¿Ves aquel hombre que habla con tu padre tan animadamente? Seguro no lo habías visto antes. Es uno de los sujetos que trabaja para mí. Tiene un título falso de administrador de imagen, pero sabe algo del tema. Seguro tu padre estará encantado de contratarlo ya sea para él, para tu hermano o para ti. ¿Qué dices?
— Su nombre es Ian Martens — presentó al sujeto que se paró ante mí con una expresión seria, pero que intentaba camuflar ante los ajenos ojos de mi familia sus verdaderas intenciones —. La idea central es que trabaje contigo y que logre corregir tu inexplicable conducta.
— ¡No necesito un maldito administrador de imagen! — grité desaforado. Era como un tren que se ha descarrilado y no encuentra control.
— ¡William! — callé —. Quien ofendes está parado ante ti — Thomas optaba por el silencio sin entender por qué me desesperaba tanto. Si supiera… seguro cometería un sinfín de actos presurosos que acabarían con peores resultados que los presentes. Es por eso que, actuar con cautela y resignación, ahora era la solución más afable. La más ardua quizás, pero la que contemplaba en mayor medida mis necesidades de protección sobre Jörg y él mismo —. Susan, acompaña al licenciado a la sala de estar. Espéreme allí, Sr. Martens.
— Por supuesto — respondió éste y fue guiado hacia la dicha sala tras los pasos de Susan.
— ¿Qué comportamiento es ese? ¿Qué clase de berrinche montas ahora ante las personas de afuera?
— Quizás yo no tenga mucha voz en este tema, pero pienso que ponerle a alguien una persona que esté encima de uno las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, como mínimo merece algo de consentimiento.
— La escena de niño caprichoso que tu hermano acaba de plantear en esta sala demuestra que lo necesita — fijó su dura mirada sobre mí —. Al menos por un tiempo. Espero que sepas entenderme.
— Nunca lo hice y no lo haré ahora — respondí con voz fría, volteándome y enfilando mis pasos hacia la puerta al jardín de invierno, sin prestar demasiada atención a la mueca de preocupación pintada en el rostro de mi hermanastro.
Existen cosas que no cambiarán aunque se ponga de uno lo mejor. Y mientras algunas personas catalogan de salida rápida a la resignación, últimamente la he estado analizando desde otro sector. Un sector donde hay que sentarse y ver los sucesos simplemente suceder. Bajar un nivel en la batalla diaria. Un sector en el cual una simple sonrisa de lado, desganada y gastada, suele ser la mejor respuesta a los insultos sin fundamentos de quienes no nos conocen ni mierda. Un sector para mi bienestar y para mí.
Nada cambiará. Puedo estar muriéndome por dentro y el mundo seguirá girando, la maldad rondando y la indiferencia asomando. Díganme qué gano: dolor. Es ahí cuando opto por un camino diferente que al fin de cuentas me llevará al mismo puerto: el que deba ser, el que será.
Recuerdo, sin más, hoy a mi madre queriendo imaginar sus palabras de consuelo para una situación como esta. Estar entre decir la verdad para liberarte y sentirte remotamente limpio, o callar con el fin de proteger a aquellos a quienes amas y por los cuales temes. Confesar entre llanto y pesar que se está exponiendo la vida de uno mismo por alguien más, o hacerlo y ya, sin que nadie se entere y/o preocupe. Después de todo, sólo debo sacrificarme un poco. Gustav no me matará, no. No es eso lo que él quiere. Digamos que es una herida con fuertes punzadas al contacto, y él solamente planea echarle bicarbonato de sodio a diario. Eso es todo. Hacer sufrir muchas veces suele ser mejor que la mismísima muerte; claro está, para el que genera el sufrimiento, no para el que lo padece.
— Come, pequeño — su mano acarició mis negros cabellos y mis melancólicos ojos se situaron en su comprensiva mirada.
— No tengo hambre, mami.
— Pero debes hacerlo para ser grande y fuerte, como tu papá — asentí bajando la visión a mi plato pero igual de sufrido, no probé bocado alguno.
Ella se alejó unos pocos pasos hacia el grifo, donde enjuagaba la taza que usó para su té de hierbas medicinales. Con todo esto de la enfermedad que dañaba su cuerpo día tras día, ha estado comprando más yuyos y plantas raras, que carne y pastas. Está más delgada también.
— ¿Por qué papá no me quiere? — le pregunté quebrantando el silencio —. ¿Qué tengo de malo o qué hice? — volvió la mirada hacia mí sobre la superficie de su hombro.
— Tu padre te ama, Bill — aseguró con firmeza.
— Nunca lo ha dicho.
— Bueno, algunas personas tienen los sentimientos un poco más dañados que otras. Tú los tienes nuevos y relucientes — empezó a decir volviendo su atención en el agua recorriendo la textura de la taza —. Pero quienes hemos vivido unas cuantas tragedias y recibido algunos golpes, somos más secos y menos expresivos.
— ¿Cuánto hay que sufrir para ser como papá?
— Demasiado. Espero que nunca llegues a sufrir lo que él a tu edad y en la adolescencia.
— Pero… no entiendo — concluí. Ella secó sus manos y volvió a acercarse ya más centrada en la charla —. Si dices que debo ser como papá algún día, ¿no es que debo sufrir lo que él? ¡Ya! Sería más sencillo si fuera más bueno conmigo — soltó una risita superficial y, moviendo la silla de junto se sentó a mi lado. Me observó como compadeciéndose de mi dilema y habló con sabiduría inentendible para mi edad, pero como la mayoría de las veces recordé que algún día me servirían sus dichos.
— Siempre digo que la vida es una escuela porque en ella aprendemos. Pero en realidad, nuestra escuela son nuestros padres. Tienes dos espejos ante ti, en donde cada uno tiene un poco de ti mismo, aunque ahora no lo veas así. Con el tiempo irás notando lo parecido que eres a nosotros; quizás lo hagas en una respuesta que des o en una decisión que tomes. Puede que algún día llegues a grande y digas: ‘Soy igual a mi padre’, o a mi madre, o quizás a ambos, pero siempre ten presente que debes ser mejor que nosotros. Debes lograr más cosas, no tropezar con nuestras piedras ni tomar nuestros atajos, no dar nuestras respuestas ni decir nuestras mentiras. No llegues a donde nosotros llegamos, sino más arriba. Uno siempre debe superar a los padres, y tus hijos tendrán que superarte a ti porque es la ley natural. Y llegará el día en que habrás recorrido ya demasiado trecho del camino y te sentarás a pensar en todo lo que has recibido de tus padres, bueno o malo, y quizás entiendas el porqué de algo de todo eso. Y llegará otro día similar en el que comprenderás más, y más — palmeó mi pequeña mano sobre la mesa y luego tosió con fuerza tapando su boca. Su tos era seca y penosa, sentía el raspado de su garganta en la mía propia —. Pero hasta ese entonces no quieras entender porqué tu padre es así contigo… — otra vez —, hasta que creas que tú también serías así con tu hijo.
Querer entender el porqué mi padre continúa queriendo manipular mi vida a pesar de mi adultez, era inútil. Quizás entienda eso cuando tenga un hijo y sienta por él el amor de padre. Pero puedo entender, hoy, aunque sea un pequeño porcentaje de su decisión que va tan en contra de mis ideales. Si fuera por el bien suyo, de Tom, o de cualquier persona que yo quiera más que a mí mismo, lo haría. Y de seguro no me interesaría que esté odiándome ahora mismo si tengo la certeza de que… llegará el día en que se sentará y entenderá parte de mi decisión. Llegará el día en que mirará hacia atrás y verá el camino de sufrimiento y rencor, pero observará su próspero futuro y me agradecerá. Llegará el día en el cual comprenderá, así como comprendo hoy.
— ¿Quién dice que te has ido, mamá? — pregunté al aire sonriendo calmo, mirando el verde follaje de los árboles —. Gracias por tus consejos.
— ¡Kaulitz, arriba! — gritó una voz inoportuna que interrumpía mi sueño a tan temprana hora. Siquiera el sol entraba por la ventana.
— ¿Eh?
— Que te levantes — exigió nuevamente y abrí mis adormilados ojos fijándolos sobre su figura autoritaria en la puerta.
— ¿Qué carajos…? — rasqué mis párpados sentándome sobre el colchón, sintiendo una brisilla fría chocar contra mi torso desnudo que quedó al descubierto. Ese Ian estaba en mi casa, despertándome de mi tan merecido descanso para un día atareado como suelen ser los lunes —. ¿¡Qué mierda haces en mi casa!?
— La mucama me recibió hace veinte minutos, ella se despierta a las seis, ¿no?
— ¿Cómo…? ¿¡Cómo sabes a qué hora se levanta ella!? — exclamé atónito, completamente enfadado por la inoportuna interrupción. Y es que cuando me despiertan de forma tan brusca, mi mal humor perdura gran parte de la jornada. True history.
— Tu padre me otorgó los horarios en que puedo llegar. ¿Te explico algo más? Arriba.
— Pero — rápidamente observé el reloj despertador sobre mi mesita de noche, el cual nunca sonó. —… son las nueve de la mañana y específicamente aclaré que despertaría a las once hoy porque estoy muy cansado.
— Lo sé.
— Además, siempre despierto a las diez.
— Pues ahora este será el nuevo horario — dio por finalizada la charla volteándose —. Y sal de esa cama. No lo repetiré — Abrí mi boca indignado y lo vi desaparecer tras el vano, sin siquiera cerrar la puerta para darme algo de privacidad. ¿Quién coño se despertaría a esta hora? Sólo la pobre de Susan en su estresante rutina.
— ¡La puta madre que lo parió a este desgraciado! — Le propiné un golpe de puño al colchón en el lado derecho y me dispuse a obedecer si no quería más gritos y escándalo —… Levantándome a las nueve yo. ¡Já! Apenas dormí cuatro putas horas — mascullé para mis adentros mientras me ponía de pie descalzo, sintiendo la madera helada debajo. Troné los dedos de mi nuca y la espalda dolía más, mientras la garganta me dolía quizás por el frío tomado la noche anterior. Al final de la cama unos pants algo arrugados estaban a mi disposición; me los puse alternando las piernas con cuidado de no caer del sueño rendido al piso. Así salí a higienizar mi cuerpo.
— ¿Qué eran esos gritos?
— ¿Se oyeron? Lo siento. Es que este sujeto me saca de mis casillas — Me disculpé pasando por al lado de mi hermanastro, ingresando al baño sin cerrar la puerta.
— Olvídalo — dijo y percibí un tono algo jovial en su voz. Lo miré por arriba de mi hombro desde el grifo que daba bien de frente a la puerta abierta de par en par. Allí le sonreí al tiempo en que él, impertinentemente, me relojeaba el trasero sin pudor alguno —. ¿Por qué te ves tan perfecto en la mañana? — solté una risilla malévola girándome y recargándome en el lavatorio.
— Calla que ese idiota puede andar por ahí — Entonces le echó una fugaz mirada a las escaleras y luego corrió, mientras mordía su labio ocultando una sonrisa, hacia el interior del baño. En las mismas condiciones que yo, con sólo unos viejos pantalones tapando su desnudez. Al ser éstos tan anchos, se caían hasta el punto en que su propio miembro hacía sostén y su torso bien marcado yacía a la vista de cualquier ojo ajeno, pero sólo para mi disfrute personal.
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By Tom
Cerré la puerta de una patada a mis espaldas y sin pensarlo dos veces me abalancé a su cuerpo deseoso de su aroma y de todo lo que éste me hacía experimentar en el mío. Si de estar juntos se tratase, tenemos reserva de sobra; sin embargo, siempre me siento incompleto si no estoy con él y llego a necesitarlo de forma bruta. Me encanta, me encanta. No existe adjetivo que lo defina o defecto que lo opaque. Sólo me mantiene respirando saber que me pertenece enteramente, que siente remotamente lo mismo y que se muere de ganas al igual que yo. Constantemente pienso en él, escucho su voz y siento su perfume en mi propia cama que ya le pertenece, al igual que yo. Me he expuesto, me he dejado a la vista y a su voluntad totalmente de nuevo; pero no me importa. No quiero darle importancia alguna a eso. Simplemente me interesa que me disfrute y hacerlo disfrutar, que me busque como yo lo busco, que se vuelva adicto a mí al igual que ya yo lo soy.
— Bésame, Tom — pidió en mi oído, acariciando lujuriosamente mi espalda pareciendo que no podría satisfacerse de mi piel en el corto tacto que conllevan los delgados dedos de sus manos.
Obedecí sin interés en negarme, devorando sus labios sin hacerle asco a nada. ¿Cómo sentir asco por él? No entra en mi cerebro tal remota idea. Si amaba sus labios y la forma en que su lengua recorría mi boca, como ahora. Cuan serpientes hambrientas se restregaban y se acariciaban con desespero y deleite. Creo que acabé en un profundo delirio cuando apretó mis brazos con sus uñas y mi lengua inactiva quedó en mi boca para dejar a la suya deslizarse lenta, muy lentamente por mi paladar. La cosquilla ocasionada me generó un temblado en mis rodillas. Entonces me sujeté de su cintura y sin pensarlo lo apegué a mi cuerpo, chocando las pelvis y soltando un ahogado gemido en su boca.
— Quiero hacerlo ahora — pidió desesperado contra mi boca, tirando del borde de mis jeans hacia abajo con las puntas de sus atrevidos dedos.
— Es lo único que quiero — desde donde mis manos lo tenían sujeto lo induje a seguirme hasta la ducha, en donde deseaba darle rienda suelta a nuestro incontenible deseo —. ¿Cuándo fue la última vez que lo hicimos en la ducha?
— Fue hace tiempo — respondió caminando totalmente dispuesto e ingresando al cubículo. Entonces cerré la mampara de un golpe y me volteé a verlo, encendiendo el grifo del agua caliente. El ruido de las presurosas y múltiples gotas cayendo en el suelo de cerámicas, nos brindaba la libertad de gemir y gritar todo lo que queramos. Nadie nos oiría —. Tom… — jadeó cuando me posicioné a una distancia considerable de sus ojos y comencé a desprender mis jeans y sencillamente los dejé caer por mis piernas, con mi completa desnudez a su disposición.
Sin resistirse me acorraló contra la mampara ya cubierta por el vapor, de vidrio, y sus manos a ambos lados de mis hombros. Yo estiré mi cabeza hacia atrás volviendo mis manos puños por el placer que su experta boca me provocaba. Me excitaba pensar que lo tuve en mi cama siendo un niño inexperto en su primera vez, con su cuerpo sin saber cómo reaccionar ni cómo actuar con un cuerpo masculino a su lado. Me calienta demasiado imaginar que aprendió la mayoría de las cosas que sabe; cómo besarme, cómo tocarme, en qué sector de mi cuerpo acariciar, dónde rasguñar y cuándo gemirme en el oído, todo lo aprendió conmigo. Porque quizás hubo otros hombres en su vida, pero ellos sólo fueron testigos de lo que conmigo experimentó.
— Oh Bill…, sí — solté roncamente debido a la posición de mi cuello. Su boca succionaba la piel de allí y paseaba su lengua como a un delicioso dulce —. Tenemos que empezar todos los días así — Una de sus manos bajó hasta mi miembro sujetándolo de improviso. Sin dejarme reaccionar por este espasmo de placer —. Dime… ¿qué es esto? — pregunté manoseando su virilidad por arriba de sus pants mojados y pesados, que se caerían de no ser por su erecto pene.
Rió contra mi piel, volviendo a mi altura con una mueca de lujuria que nunca había visto en él.
— Bájamelos.
— ¿Cómo dices? — Me hice el tonto colando la punta de mi dedo índice en sus prendas y sintiendo… su potencial
— Que me quites los pantalones y me hagas tuyo ahora mismo antes de que te tire al suelo y literalmente te viole — musitó con voz fría contra mis labios y luego mordiendo el mío inferior —. ¿Qué esperas? — incitó nuevamente y perdí el control. Allí tomé su antebrazo que se dirigía a mi muslo y lo manejé a mi libre elección volteándolo bruscamente mientras su risa media burlona y lasciva se manifestaba en el cuarto de baño. Me encantaba que sea tan soberbio; él sabe cómo me pone y lo hace adrede —. Sí, sí… — apoyó sus dos manos bien extendidas en la fría pared, observándome por arriba de su hombro y parando bien la cola ya protuberante que tiene.
— Me encanta que siempre estés tan dispuesto.
— Jamás te diré que no a ti — reí. Situé mis manos en su cintura y sin querer hacer algo eterno este momento, le pegué un tirón hacia abajo al elástico de esos pesados pantalones.
— Mira lo que es esto, hermanito — jadeé —. Separa esas piernas para mí.
— ¿Te gusto, Tom?
— ¿Qué clase de pregunta es esa?
— Sé que sí, pero quiero oírlo.
— Por sup…
— Quiero oírlo mientras te metes en mí — soltó y me quedé helado metafóricamente por referirme a perplejo, porque si de la temperatura se tratase… esto sería crítico.
— Eres un jodido guarro.
— Totalmente — Tomé mi miembro ya erecto y mientras la lluvia de agua caliente bajaba por nuestros cuerpos impertinentemente, calentándonos aún más, fui profundizando la penetración con mis manos recorriendo su espalda delante de mi vientre. Entreabrí mis labios cuando estuve totalmente dentro suyo y observé su mueca desfigurarse por el primerizo placer que mi cuerpo era capaz de producirle al suyo.
— Sólo siente cómo estoy por ti… Si este menudo empalme no es muestra suficiente de lo mucho que me gustas, entonces me doy por vencido.
Solté un jadeo a la altura de su oído y él hincó sus uñas en la pared fría de donde se sostenía. No nos interesaba seguir algún protocolo, así que las estocadas se tornaron aceleradas desde un comienzo. Su rostro de perfil me regalaba los movimientos de sus músculos faciales más hermosos y pornográficos que podrán existir.
— Aah… Thomas, eres jodidamente bueno en esto.
— Es que me amas… por eso te gusta tanto.
— ¿Qué? — interrogó mientras yo observaba como un puto vicioso la penetración a cada deliciosa estocada —. Thomas, dime qué dijiste.
— Que me encantas, por eso te gusta… Oh, joder — fijó su vista al frente mientras bajaba la cabeza hacia el suelo. Al encontrarme con su nuca desprotegida enfrente de mis ojos, mordí allí sin piedad, perdiéndome más y más en el placer.
— ¡Aaah, mierda! — gimió de dolor, pero sin embargo nada hizo para alejarme de su cuello —. Vas a pagármela, Tom.
Sin previo aviso y sin esperárselo, se vio manipulado por mis necesitadas manos de su tacto y puesto frente a mí de un ágil movimiento.
— ¿Qué haces?
— Esto — sujetando su nuca con mi mano derecha, lo pegué a mi boca y comencé a besarlo como si fuera la última vez que lo hacía. Sus labios estaban mojados, al igual que los míos, pero quizás en él esto era más provocador. Él me abrazó por el cuello y al tiempo en que así lo marqué, pegó un saltito aferrando sus piernas alrededor de mi cadera. Solté un gemido cuando mi pene se rozó con alguna parte de su cuerpo y esto me estimuló. Él en cambio río entre las bocas no sabría si por algo en verdad gracioso o por lo peculiar del momento.
Cedí ante la tentación de tenerlo entre mis brazos y sobre mi cuerpo, y me dejé hacer por una de sus dos manos manipulando mi miembro hacia su entrada. Volvía la ansiedad de estar completamente rodeado por su carne, dentro de su piel y gozando a la par del frenético vaivén que ahora se reiniciaba.
— Aah, Tom… Joder, joder
— ¡Aaah! — solté inconteniblemente cuando su cuerpo bajó de forma tal que mi polla quedó enterrada en su carne caliente —. ¡Oh! Así, así… Vamos, precioso, muévete — Él sostuvo su ritmo por mis hombros, enterrando en mi acalorada piel sus uñas filosas. El agua no era impedimento alguno, sino que nos ayudaba a que quedáramos bien sujetos el uno del otro. De hecho todo conspiraba a nuestro favor.
— Sería genial que alguien nos escuchara… ¿no crees? — ¿Qué? Esperen… ¿¡Qué!? Este tipo pierde todo rastro de sentido común cuando coge —. No me detendría… ¡Oh, mierda! — su cabeza hizo un ruido feo al chocar contra la pared que nos sostenía, debido a que en medio de su trance hormonal se echó hacia atrás. Era una escena… magnífica. Simplemente inmejorable. De seguro, si algo se agrega o se quita, lo estropearía todo. Sus labios articulando toda clase de movimientos y su vientre cientos de posturas; se contraía, se relajaba, se pegaba al mío, se alejaba, y así. Decir que este tío me trae chiflado es decir poco —. ¡Dios, Thomas!
— Mierrrrda. Calla un…
— Me dices que me calle y… — dejó la frase allí y alcé una ceja divertido. Me gusta picarlo en momentos tan comprometedores.
— ¿Y qué? Dilo, a ver — reté apretando la piel de sus muslos con la yema de mis dedos.
— Y hago esto — de repente, apretó sus nalgas y mi pene quedó apretado en su interior, continuando en su entrada y salida.
— ¡Ooouh! No, no… ¡Maldito! — grité después de casi correrme sin remedio.
— ¿Quién coño grita ahora? — Luego de soltar este desafiante cuestionamiento, comenzó a besarme en plan caníbal. Yo correspondí sin quejas ni reclamos, explotando por dentro gracias al momento. Esta era una de mis posiciones favoritas. Una posición en la que puedo tenerlo de este modo, totalmente activo y desesperado, pudiendo ver su rostro, pudiendo besarlo con fervor, mirarlo a los ojos, etc. De hecho, cualquier posición o momento en que esté disfrutando de un buen rato con él, será de mi predilección.
— Te encanta que… te gima en la cara — susurré moviendo sus labios a cada palabra —. ¿Vas a negarlo?
— Para nada — Una guarra lambida tuvo lugar entre nuestras bocas, provocándome más de la cuenta y subiendo mi ya alta temperatura. Con decirles que en plena etapa otoñal sentía deseos de encender el grifo de agua helada sólo para calmarme.
— Aah, aah… ¡Maldita sea!
— Eres un maldito, Thomas.
— ¡Oh, sí cariño, sigue! — soltó una risilla curiosa sin dejar de observarme ningún momento. No sé qué mierda me molaba más; si soltar mis gritos de placer sin tapujos, o ver las reacciones en su rostro.
— ¡Dios, Tom! — Se aferraba a mi cuello con más posesión y agarre, adosando sus labios a mi oído y soltando sus preciosos jadeos y gemidos allí de manera suave y continua, haciéndolo todo más hermoso —. Me vuelves loco, Tom — susurraba apretando mi piel por donde se mire. Con sus piernas en mi cintura, con sus uñas en mis omóplatos, mi piel cobraba las consecuencias de esta lujuria. Luego quedan las marcas y con ellas los recuerdos. Just perfect —. Ya ni sé qué haré contigo — Cerré mis ojos creándome un mundo aparte con su voz de fondo, literalmente desconectándome —… o sin ti — bisbiseó esto último volviéndolo apenas audible por el ruido del agua invadiéndolo todo —. ¡Sí, sí, sí! Oh, santo cielo.
— Bill… sigue moviéndote así, mi amor… ¡aah, no pares! — grité con voz ronca, apoyando una de mis manos en la pared a sus espaldas y tirando mi cabeza hacia atrás — Mierda, mierda…
— Aaah, aah, aah…
.
By Bill
— ¡Kaulitz! ¿Ya sales de allí dentro?
— ¡Qué sí! Sólo espera un rato — acabé de abrochar la camisa que gentilmente Susan me alcanzó, ignorando completamente que Thomas estaba semidesnudo detrás de la puerta, oculto a sus ojos. Yo tenía más prisa por vestirme, desayunar y marchar, ya que tenía que estar en el banco en menos de una hora.
Tom soltó una desganada risa con sus fuertes brazos cruzados sobre su pecho, recargado en la piletilla mientras me observaba prender los pequeños botones.
— Pues estás ahí metido desde hace una hora. ¿Crees que mi día girará en tu entorno? — insistió y la relajada expresión de mi hermano tomó un vuelco inesperado.
— Cálmate — le susurré.
— ¿Estás de broma? ¿Quién coño es para hablarte así? — Y sólo me quedó observar la escena de furia que montaba Tom caminando hacia la puerta, fuera de sus cabales y abriéndola de golpe, encontrándose (de seguro) con un atónito Ian. No se lo imaginaba ahí adentro, conmigo —. ¿Qué pasa contigo? — interrogó Thomas sin darle tiempo a reaccionar.
— Amm… la hora.
— Pues me paso por las bolas la puta hora. A mi hermano lo tratas con respeto y le bajas el tono; caso contrario, lo que bajara será tu dentadura, amigo — Noqueó olímpicamente a ese idiota. ¡Y yo sin poder verle la cara! Sólo veía el perfil de mi hermano con su torso desnudo y su cara desafiante hacia ese infeliz. Volvería a follármelo con esa expresión de niño malo —. Ahora esfúmate que él ya va — Siquiera esperó a que le respondiera, sino que cerró la puerta tan repentinamente como la abrió —. ¿Quién mierda es este sujeto?
— El tipo que mi adorado padre contrató para que esté metiendo sus narices de lleno en mi vida. — ironicé negando —. Pero ya. Gracias.
— No tienes que agradecerme nada en absoluto.
— Aunque seguro se quedó totalmente extrañado por lo que acaba de ocurrir — Se encogió de hombros con despreocupación.
— Que se vaya enterando que te defenderé con uñas y dientes si es necesario.
— Qué lindo. Pero no me refería a eso, sino a qué hacen dos hermanastros juntos en el baño, luego de bañarse, uno medio desnudo. ¿Entiendes?
— Todo lleva a un encuentro sexual — Se reía, pero yo continuaba alterado —. Pero ya despreocúpate. Dime qué tiene de comprometedor que tu asesor de imagen se entere de nuestra peculiar relación. Nada. Es sólo un tipo que te administra las tareas y trabajo, nada más — Si supiera que es mucho más que sólo eso; que trabaja para Gustav y que debo andar con pie de plomo y con paso derecho… si solamente supiera.
— Claro — musité bajo mirando sus calmados ojos. Él adosó una de sus manos a mi rostro, acariciando suavemente mi piel. Yo tomé dicha mano con la mía y le propiné un beso cálido cerrando mis ojos y sintiendo su aroma —. Eres hermoso — mencioné mirándolo nuevamente. Él parecía embelesado con la escena, guardándola en algún recóndito sitio de su memoria para siempre.
Continúa…
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