«Apostemos» Temporada II

Capítulo 15: El amor que te deja ir

La calefacción de la oficina privada en el banco chocaba justo contra la piel de mi nuca, siendo prácticamente la única zona de mi cuerpo (a excepción del rostro) que no permanecía cubierto por alguna tela gruesa tales como la lana y el poliéster. Es que el frío estaba helándome hasta la sangre.

— Licenciado Kaulitz, en nombre de quienes conformamos el Banco Nacional Alemán, le doy la bienvenida. Sepa que es un honor para nosotros tenerlo hoy aquí.

— Muchas gracias — fingí sonreír halagado, aunque aquel exceso de adulación me revolvía las tripas.

— Y dígame, ¿qué lo trae a nuestra central?

— Yo… — Del bolso que reposaba en mi regazo saqué una carpeta a doble tapa color cobre. Allí traía los convenios de las propiedades que tenía repartida por Europa, así como los papeles de mi auto, de mi hermoso bebé… — vengo a saldar la deuda que tengo en mi cuenta.

— Bien. Déjeme ingresar a sus datos para realizar la transferencia. Sólo me tomará unos pocos minutos — asentí observando las paredes a mi alrededor con impaciencia. Qué momento incómodo. Odiaba tener cuentas y más aun no tener modo de saldarlas. Sólo esa era la única manera, y traería consecuencias. Más consecuencias ya.

Los tecleos de la muchacha en el computador aumentaban mis nervios. Pronto se acallaron, pero su rostro confuso me envió la misiva de malas noticias.

— ¿Ya está?

— No. Es curioso…

— ¿Qué cosa, señorita?

— El pago ya fue efectuado el sábado pasado.

— No, no… Si el único que puede abonar la deuda es mi garante o yo — formulé confundido.

— Y así fue. Jörg Kaulitz, su garante, lo hizo el sábado por el mediodía — Con mi seño fruncido bajé la mirada a mi carpeta, idealizando cómo carajos pudo haberse enterado mi padre acerca de mi deuda. Nunca se lo dije. Nunca se lo dije a él.

— Totalmente. Y si quieres puede quedarse Andreas también. Dijo que tenía que hablar de un tema de seriedad hoy y pensé que podría quedarse a cenar también.

— No, no. Para nada. ¿Qué haces aquí?

— Tenía que hablar algo con tu padre… Un tema que no podía esperar.

— Andreas… — susurré entre dientes.

— ¿Cómo dijo?

— Nada — manifesté de inmediato dispuesto a ponerme ya de pie —. Gracias por su tiempo, pero tengo que irme.

— Desde luego, licenciado — me imitó extendiéndome su mano y yo la estreché gustoso —. Un placer verlo.

— Igualmente. Qué tenga un buen día.

— Lo mismo para usted — Me soltó y no tardé en dirigirme a la puerta a veloces pasos mientras maldecía mentalmente el nombre de mi ex pareja. Creía haber sido lo suficientemente claro con ese tema. Siquiera a mi hermano lo dejé ayudarme, y fue mi propio padre quien lo hizo. ¿¡Es que ya nadie respetaba mi intimidad!?

Cerré la puerta tras de mí y mientras recorría las instalaciones del banco manipulaba con manos rápidas y nerviosas mi teléfono celular. En el carro me esperaba ese acosador sujeto que ahora trabaja para mí. O mejor dicho, para mi padre y para fastidiar mis días.

— Diga.

— Andreas, tenemos que hablar — resumí tajante y quise guardarme los mejores reproches para cuando lo tenga en frente.

— ¿Es urgente?, porque ahora mismo estoy…

— A la hora del almuerzo en el café que está enfrente del estudio — Mi voz era fría en su totalidad. Él, que me conocía más de la cuenta, seguro percibía mi ira. Aunque, si me conociera tanto, jamás hubiera hablado más de la cuenta sobre temas que a él nada le importaban —. Adiós — colgué la llamada botando el aparato en el fondo del bolso —. Este día será una mierda.

— ¿Qué haces?

— Aparco el carro, ¿o no es obvio? — Luego de dedicarme una furiosa mirada, habló.

— No te hagas el chistoso conmigo. ¿Por qué te detienes en este hospital?

— Porque aquí, al menos por hoy, prácticamente trabajaré — expliqué sin esperar una respuesta que, sin embargo, nunca llegó —. Imagino que me seguirás como lo hiciste hasta lo que va del día.

— Te equivocas. Odio los hospitales, así que acá te espero — dijo y lo noté incómodo con ese tema.

— ¿Seguro? Porque estaré allí como dos horas.

— Fui claro, Kaulitz — cortó, acomodándose en el asiento del acompañante de mi cuarto. Quizás quería esquivar la parte en que se queda dos horas metido en mi carro, que es como mi segunda casa.

— Has lo que quieras — murmuré girando la llavecilla y sacándola de la caja del volante, la guardé en mi bolsillo. Ante este acto de evidente desconfianza, rió.

— Niñato — masculló cuando ya estaba saliendo del vehículo. Cagón, podría responderle por no hablar cuando estaba mirándolo a los ojos.

Apenas caminé los pocos metros que me separaban de la clínica, un montón de personas con grabadoras, cámaras de video y fotográficas, anotadores y micrófonos, vinieron hacia mí como hormigas al azúcar.

Solté algunas cuantas maldiciones dedicadas a las tías, madres y hermanas de todos los presentes. Inmediatamente procuraron evitar mi avance y sacarme algunas respuestas si no es que me sacaban de mis sanos cabales antes.

— ¡Sr. Kaulitz! ¿Qué siente al hacer esta recorrida por última vez? — Entre todas las preguntas que me gritaban al oído, colando sus micrófonos en mi camino, aquella fue la única que capturó mi atención. Tal vez porque nada tenía que ver con el juicio que se desarrollaría dentro de una semana, sino que me preguntaba cómo me sentía yo con el fin de esa etapa. La novata reportera local tenía razón; ¿Cómo me sentía yo? No había tenido tiempo de cuestionarme qué sentía al dejar a Mili de lado finalmente, después de casi un mes y medio siendo su única compañía en esa habitación seis días a la semana. ¿Cómo me sentía?, ¿bien o mal?, ¿triste o alegre por el alivio de no tener que fingir más? Pues, si esto se hubiera dado hace algún tiempo, me encontraría ansioso y contento de ya no frecuentar ese horroroso sitio y a esa niña. ¿Pero ahora? Ahora quizás…

— Algo triste — respondí observándola a ella solamente. Sonrió agradecida por ser a la única a quien le regalé mi respuesta. Y es que yo debía agradecerle a ella. Con tan sencilla pregunta acababa de moverme el pensamiento y el corazón.

Sin más, ingresé al edificio en donde seguramente Fred ya me esperaba.

— Ya son las dos y quince — comentó —. Seguro ya despertará — asentí sin voltear la mirada a su lado.

— Cuando estaba entrando una periodista me hizo una pregunta curiosa que retumbó en mi cabeza y continúa haciéndolo — dije observando al frente en donde Milagros dormía profundamente con sus cabellos a rizos oscuros todos alborotados. Sonreí sintiendo la paz de sus sueños —. Me preguntó cómo me sentía yo con hacer esto una última vez.

— ¿Qué respondiste?

— Que estaba triste, tal vez — dije —, y nunca imaginé estarlo. No por ella.

— Curioso e impredecible entonces — asentí recordando…

— Milagros Yamil Gómez.

— Claro.

— ¿Y tú eres…?

— Federico Insaurralde.

— Un gusto.

.

Desde un principio no había tenido conmigo más que una plena confianza abierta a todo dar. Desde que me vio por primera vez confió en mí, me entregó su inocente ingenuidad porque pensó que yo era honesto con ella. Y, en cierto modo, siempre he sido sincero… quizás hasta caí en mi propio juego.

— Es que hace algún tiempo, cuando desperté y me metieron en todas esas máquinas, escuché que unos doctores hablaban sobre mí.

— Eso es… es normal.

— No. Ellos dijeron que, cuando yo despertara del todo, podía quedarme alguna… escuela…, se… setel…

— Secuela.

— Eso. En mis brazos o en las piernas.

— ¿Y por qué te preocupa eso?

— Porque, mira… puedo mover los brazos. Pero no siento las piernas. Creo que es fácil de entender lo que pasa.

Había tocado mi corazón y no sé en qué momento fue que eso sucedió. ¿En qué momento preciso se metió tan dentro de mí?

— ¿Por qué es tu favorita?

— Porque es la más bonita. Además la llevo a todas partes conmigo. Quiero ser como ella cuando crezca. Pero… bueno, sin caminar.

— Eso sí que no. Tú no llegarás a la edad de Tamara sin caminar. Tienes un tratamiento por delante.

— Eso no lo sabes.

— Y tú tampoco. Touché.

— ¡Eso serás tú!

— Wow. Tú eres como el chico ideal que viven describiendo mis amigas.

— ¿En serio?

— Ese novio ficticio que quieren tener.

— ¿Tú piensas como ellas?

— Supongo. Aún soy pequeña para pensar en novios.

— Totalmente. Pero ya verás que cuando crezcas te darás cuenta que de nada sirven las especulaciones acerca del ‘amor perfecto o ideal’.

— ¿Especu… laciones?

— Sí. Son como ideas, proyectos del futuro.

— ¿Y por qué no sirven? ¿No existen los hombres dulces, tiernos e inteligentes?

— Seguro que existen. Pero… no siempre te enamoran. Quizás seas feliz con alguien totalmente diferente.

— No creo, Fede.

— Sí, ya verás. Porque cuando te enamoras dejan de importarte las demás personas. Crees que la mismísima perfección es esa persona y es todo lo que necesitas y buscabas.

— Eso se oye muy bonito. Dime, ¿tú te has enamorado ya, Fede?

— Una vez.

— Por tu carita creo que estás triste.

— No. Ya pasó, nena. El amor es algo hermoso y único.

— No creo que sea tan lindo si te deja así de lastimado.

— Lo es. Es el dolor más hermoso que existe.

Quizás cometí un error al irme de mi libreto, de mi objetivo y abrir mi corazón a temas que calaban hondo en mí. Ella me hacía reír y me escuchaba. Y en ella, aunque bien diferentes éramos, encontré a mi pequeño Yo hace algunos años. Desesperada de atención. Pagaba el precio de los conflictos de sus padres.

— Lo siento. Tuve un… inconveniente. ¿Fred se portó bien contigo?

— Él no me habla. Contigo me divierto.

— Pues ya falta muy poquito para que salgas de esta clínica.

— No me interesa mucho salir. Afuera todo debe estar desordenado. Seguramente habrá muchos problemas.

— Bueno… Es un juicio público, por lo tanto todos están al pendiente de lo que ocurre, pero a ti nadie va a meterte en el medio si no quieres.

— Yo ya estoy metida y no me preguntaron siquiera.

Llegué a enfrentar a mi propia profesión por ella, a poner el juicio en peligro y torcer mi propia palabra.

— Lo sé. Mira, nuestras imágenes están siendo mal vistas últimamente. Aunque fuimos bastante convincentes con las declaraciones de ayer, Sanders continúa adelante. Lo que yo intento con la propuesta que vengo a ofrecerte, es reivindicarte ante la prensa y el pueblo en general.

— Te escucho, aunque continúo sin entender.

— Te propongo que le pagues a Charles Gómez los treinta mil dólares requeridos para la rehabilitación de Milagros.

— ¿Qué?

— Sé que suena extraño, pero…

— Pero no hay forma de que deje de sonar así, Bill.

Con su inocente inteligencia, sin fines de dañar y completamente absorta de la maldad que había en cada una de mis visitas, la finalidad por completo egoísta que guardaba en mí. Ella me hacía reír.

— Lo sé… Un reportaje al señor Pituca Bianco.

— ¿¡Eh!? Menudo nombre te inventaste.

— Silencio que no autoricé a que hablara, Sr. Bianco… ¿cuál es su muñeca Barbie favorita?

— ¿De todas estas?

— Sí.

— Tamara.

— ¡Buena respuesta! Ahora le pregunto, don Pituca, ¿está usted enamorado?

— ¿A qué se debe esa pregunta?

— No me responda preguntándome.

— Eso es retórico.

— ¿Qué? Vamos, responda. ¿Tiene pareja?

— Es complicado.

— ¡Ash! Esas respuestas de adolescente.

— ¿Disculpe? Era una pregunta con trampa entonces.

— No. La pregunta fue limpia; lo tramposo fue su respuesta.

Ella había cambiado mi vida sin duda alguna. Ha generado algo increíble en mí. Me ha hecho quererla, enternecerme con ella, y su perspicacia me hizo descubrir que la vida y la felicidad en sí, pasaban por otro lado y no por el dinero, el éxito o la fama. Que se puede ser feliz con un simple beso.

— No tanto. Parte de yo, es mi papá, mami, el demonio de mi hermanito. Por ellos también pasa mi vida. De hecho siquiera pasa porque papi gane el juicio o no. Yo sería feliz si vivimos una vida normal de vuelta, si vuelvo al colegio y si camino. Yo sería feliz con poquito, como siempre. Tal vez sea difícil de entender, pero se puede ser feliz siendo pobre y con poquito. ¿Qué te haría feliz ahora?

— Que me dieras un beso para la cámara. — dije y sorbí mi nariz tratando dejar las lágrimas en un segundo plano para no preocuparla.

— ¡Entonces te haré feliz!’

Me enseñó que toda esa gente que dice quererte y preocuparse por ti, no siempre tienen sentimientos verdaderos. Pues muchos han hablado y se compadecieron de ella, pero nadie fue capaz de brindarle algo de ayuda.

Me hizo sentir la urgente necesidad de verla reír cuando de sus ojos caían lágrimas. ¿Y por qué me importaba eso? Ella no era parte de mi vida. Sin embargo, así me ocurría.

Entendí que las personas más humildes son las que más claros los valores tienen y que con esfuerzo y voluntad se puede, pues ya ven que ella quiere ser una exitosa abogada y no dudo que lo sea. También ha mencionado algo acerca de valorar a las personas cuando aún se las tiene cerca para disfrutar, pues luego es tarde. ¿Y todo eso se consigue con sólo nueve años de edad? ¡Yo apenas parezco entender con veintidós años!

— Me duele dejarla, Fred — volví a hablar quebrantando el silencio.

— La volverás a ver.

— Para ese entonces me odiará.

— No lo sabes — insistió —. No hables de sus futuras reacciones cuando acaba de sorprenderte.

— Ya — Sus párpados se contrajeron y sus pequeños dedos se movieron. Ella estaba despertando lentamente y mi corazón se rompía en diminutas grietas —. Hazlo — mi voz se oyó tajante y definitiva. Así Fred salió de la habitación a paso lento, dándome quizás el tiempo suficiente para despedirme, aunque no me bastara tampoco.

— Hola… — musitó en un susurro sonriendo. Pero esa sonrisa duraría poco hasta que notara mi triste expresión y mis ojos cristalinos —. Fede… ¿Estás llorando?

— Debo despedirme, pequeña — abrevié con voz quebrada —. Esta es la última vez que vendré a verte — el desconcierto yacía en su rostro que pedía explicaciones.

— ¿Por qué? — No sé si me dolía más la situación o la expresión con la que la acompañaba.

— Porque ya no tengo nada que hacer aquí contigo, linda. Recuerda que estoy simplemente cumpliendo con mi trabajo — carraspeé e intenté lucir una sincera sonrisa, pero no podía —. Voy a extrañarte…

— No… — susurró aún con sus ojos adormilados al igual que sus palabras flojas.

— Gracias por todo lo bueno que has sacado de mí, Mili — Una lágrima fría rodó por mi mejilla. Era demasiado duro y conmovía hasta al corazón más sólido —. Gracias por cada momento. He llegado a quererte y jamás lo pensé — La sequé con el reverso de la mano y sorbí mi nariz —. Supera esto, pequeña. Tú puedes.

— ¿También me dejarás? — preguntó muy claro y… Dios, ¿sería posible seguir a pesar de eso?

— Siempre — sollocé intentando contenerme —… Siempre voy a recordarte, hermosa.

De golpe y sin preverlo, Fred ingresó a la habitación y abría la puerta asustándonos. Con él estaba el doctor Flores. Entendí entonces que ya no habría marcha atrás alguna.

— ¿Ve usted? ¡Se lo dije! — exclamó Fred con una euforia digna de un verdadero premio, señalando a la desconcertada Milagros. El susodicho tomó aire sorprendido y sonrió mientras yo intentaba camuflar mi amargura.

— ¡Oh, Dios mío! ¡Esto es un milagro! — La pobre niña lo observaba todo con una desorientación evidente. Fred me miró interrogante y yo asentí —. ¡Enfermera, enfermera! — Salió gritando el matriculado como histérico por la noticia.

— Vámonos — dije tajante volteándome hacia la puerta. Pude oír a mis espaldas a su vocecilla infantil llamarme como rogando, pero la ignoré para seguir con mi camino. Bien sabía que llegaría este día, quizás no imaginé sentir tal dolor, pero tenía que llegar.

Venía hacia mí sonriendo, como ignorando lo que le diría y mi molestia. Se quitó las gafas oscuras y se sentó delante de mí, en la silla que siempre escogía él cuando íbamos allí a pasar el tiempo. En la misma mesa, junto a la ventana de siempre.

— Hola.

— ¿Por qué le dijiste a mi padre lo de la deuda? — expulsó algo de aire como resignado, recostándose en el respaldo de la silla. Con sus brazos extendidos, sus manos jugaban con un papelito entre sus dedos. Él miraba eso, antes que a mí.

— Así que era eso.

— Respóndeme.

— ¿Para qué quieres que lo haga, Bill? Sabes por qué lo hice.

— Sí, supuestamente para ayudarme. No veo la ayuda en que te metas en mi intimidad a tu gusto.

— ¿Y resolverás algo siendo tan obstinado? Dime, ¿tu orgullo iba a pagar esa deuda?

— Mis propiedades iban a hacerlo.

— ¡Já! Ya quiero ver tu cara cuando salga en la portada de todos los diarios que estás en banca rota.

— No lo estoy.

— ¿A alguien le importa eso? No. Sólo interesa lo que ellos dicen — Negué mordiéndome el labio inferior con ira y apretando el mantel de la mesa entre mis dedos. Desvié la mirada a las afueras, donde la gente pasaba. Si me preguntan qué traía puesto la muchacha que acababa de atravesarse en mi visión, les diría que no tenía ni idea. Siquiera prestaba atención, sólo querpia evadir su mirada —. Enfádate si quieres, pero si existía alguien que debía ayudarte, ése es tu padre. Y gustoso aceptó.

— Cállate.

— ¿Eso es lo mejor que tienes? — volví mis ojos a los suyos y él negó —. Pero no es por eso porque estás así de molesto. Hay algo más.

— Todo conduce a Roma.

— Es decir, a nuestra relación.

— ¿No es por eso que lo hiciste? — no respondió —, porque aún me quieres.

— Desde luego que sí. No me interesa que te molestes conmigo si es que ahora tienes un problema menos.

— ¡Basta, Andreas! — grité en un susurro, inclinándome sobre la mesa, con mis manos vueltas puños —. ¿Qué pasa contigo? Sigues haciéndome sentir una mierda.

— ¿Solamente porque te quiero desinteresadamente?

— ¡Deja de quererme!

— Ojalá pudiera, Bill — suficiente. Podía dolerle esto, pero debía ponerle un punto final. Quería que tuviera bien en claro que su realidad no iba de la mano con la mía.

— Ya. Es mejor aclarar esto ahora, Andreas.

— Voy entendiendo tus intenciones ocultas.

— Pues quiero ser honesto. Nunca lo fui contigo, y cuando lo soy siempre te lastimo. Pero confío en que tu dolor sea temporal — Esperé a que acotara algo, pero nada salió de su boca, y su expresión era seria —. Te pedí un tiempo y ese tiempo pasó. Creí que conseguiría sentir algo que sea una buena respuesta a lo que tú sientes por mí, pero no pude. Quiero terminar nuestra relación definitivamente — Sus ojos, sólo sus ojos, se movieron hacia abajo, a la mesa. Allí se quedaron, inmóviles —. Basta de fingir. Por el momento no quiero darlo a conocer a la prensa por todo este revuelo de los juicios, del ascenso de mi hermano y el cuadro de estrés de mi padre; pero cuando las aguas se calmen, quiero que lo hagamos público — Me quedé en silencio unos cuantos minutos, esperando su respuesta. Pues nada hizo, y siquiera movió sus ojos —. Esto es honestidad pura.

— Ya veo — musitó bajo, con voz extraña, como sin fuerzas para decir más.

— No quiero quedar como el malo de la película siendo que intenté que funcionara. No quiero perder tu amistad, por favor. Simplemente quiero verte feliz, y cerca de mí no vas a serlo — Su mirada fue directo al exterior, evitando el encuentro con mis ojos. Con el sol dándole de lleno en el rostro, sus ya brillantes ojos claros resplandecían más. Pero ese resplandor era causado por lágrimas que delataban lo apagado que estaba por dentro. Siempre fui el eje de su vida y ahora le decía que quería dejar de pertenecer a ella. ¿Cómo es que puede existir otra manera de actuar? —. ¿Quieres, por favor, decir algo?

.

— Estás enamorado de otra persona, ¿cierto? — interrogó inerte.

— No… — Honestidad, Bill, la honestidad… —. No sé si es amor, pero sí hay otra persona.

Él sólo asintió, como quien acepta un gran golpe, como quien lo ha dado todo pero la respuesta del destino fue un: ‘Me importa mierda tu esfuerzo’

— Créeme, no quiero lastimarte… — Sin dejarme terminar de hablar, se puso de pie inesperadamente. Me quedé como un tonto observando su reacción, sintiendo un calor horrible invadirme el pecho y el estómago. No me miró… ¡Siquiera podía ver qué ocultaban sus ojos! —. Andreas, ¿a dónde vas?

— Lo siento… — apretó sus labios luego de hablar. Iba a llorar, mierda —. Discúlpame, pero no puedo oírte — Volteándose, se colocó las gafas de nuevo y con su tristeza camuflada salió del café a pasos raudos. Yo, con mi boca entreabierta y mi respiración agitada, tardé en reaccionar. Pero una especie de cachetada interna me despertó de mi transe.

¡Despierta, maldita sea! ¡La persona que, probablemente, más te ama en el mundo se marcha con el corazón totalmente destruido! Pero si iba tras él… ¿Cuándo ha de terminarse este juego de sinceridad y culpa constante?

— Mierda — Me paré llamando la atención de todos allí, y salí corriendo como si se me fuera la última oportunidad de vida en la tierra. Algo así como la única esperanza de algo grande.

Atravesé la puerta y volteé el rostro a ambos lados de la cuadra, viéndolo a punto de abandonarlo todo como un cobarde, abriendo la puerta de su auto.

— No… ¡Andreas! — grité cruzando la calle sin ver, siendo un completo milagro que no pasara un solo auto en una avenida tan transitada —. ¡Andreas, espera! — apoyé mis manos sobre el techo del carro, del lado del acompañante. Él mantenía la puerta del piloto de par en par, listo para subirse y marcharse —. Para.

— Basta, Bill, por favor — suplicó ya mostrándome sus lágrimas sin tapujos caer tras esas oscuras gafas. Estaba llorando como nunca lo vi, con sus mejillas totalmente mojadas —. Déjame.

— ¡No puedo saber que estás mal, Andreas!

— ¿¡Acaso quieres que baile y ría por tu decisión!? ¡Suficiente con que la acepto, ahora déjame asimilarla!

— ¡No, Andreas, no puedo dejar que te vayas así! — Separándome del vehículo, lo rodeé por el frente hasta llegar a su lugar. Cerré la puerta que nos separaba de un golpe y él bufó fastidiado por la situación. Quería alejarse de mí y nada más.

— No seas egoísta, Bill. No pretendas que aún sabiendo que estás enamorado de otra persona y que no me quieres junto a ti, me quede a tu lado. ¿Qué clase de masoquista sería? No, ya basta.

— No estoy enamorado de él, no fue eso lo que dije.

— ¿Y eso qué?

— ¡Que es distinto! No es amor… No.

— ¿Y me estás dando a entender que porque no es amor todavía, tengo que quedarme a tu lado y seguir intentando salvar nuestra relación hasta que efectivamente lo sea? — No supe qué contestar porque tenía razón. Eso era exactamente lo que quería inconscientemente —. Lo siento, Bill. Admito que te amo demasiado y siempre lo haré, pero no es esto lo que quiero para mi vida. Creo que valgo algo, aunque sea poco, y no seré tu segunda opción nunca más — Me quedé observando mi propio reflejo en sus anteojos, viéndome lo solo que me estaba quedando. Dolía la verdad y ahora sabía cómo debía estar sintiéndose él —. Discúlpame con tu hermano y con Georg, pero hoy no quiero estar en este lugar — Aparté la mano que impedía que la puerta de su carro se moviera y dejé que él volviera a abrirla —. Adió — Y sin más se metió dentro, cerrándola con un fuerte sonido como resultado. El motor arrancó rápidamente y, aunque me quedé observándome a mi mismo reflejado en el vidrio polarizado de la ventanilla, sabía que estaba mirándolo a él y que él también me observaba.

Y así simplemente se fue.

.

By Andreas

Sabía que sabía que lo observaba. Miraba sus ojos como queriendo una explicación. Pero no otra más de esas que intentan justificar el porqué de sus continuos ataques de culpabilidad, etc., sino una explicación a esto que siento. ¿Cómo es que no existe ni un gramo de enfado en mí ahora? Es que la mente del humano es tan masoquista que te hace sentir más amor hacia esa persona justo cuando te dispara la cruel realidad en la cara. Llegaba a maldecir mentalmente el momento en que conocí a Jörg en aquel evento de caridad, el día en que me contrató porque, según sus palabras, reflejaba confiabilidad. Entonces conocí a su hijo y caí rendido a sus pies. ¡Mierda! He estado junto a él en sus peores momentos, he sido su primer compromiso y siempre supe brindar mi mano caritativa a sus necesidades. ¿¡Así me paga!? ¡Lo peor es que siquiera sé qué quiero! Si es que la verdad hiere tanto mi alma, ¿acaso prefiero una mentira vil? Sólo… sólo quiero que el sentimiento más puro y real que experimenté en mi vida, sea correspondido, ¡maldita sea! Si me entregué por completo a su merced, soportándolo todo por amor. He llegado a viajar a otro país todos los fines de semana para visitarlo en esa clínica en la cual estaba echado a su suerte. He ensuciado mi currículo de abogado con los fiscales y médicos más corruptos con tal de que ‘el gato caiga parado’. Quiero ser algo egocéntrico ahora y centrarme en mi dolor. ¿No lo merezco, acaso? Díganme, por favor. Porque durante mucho tiempo he estado calculando cada palabra hacia él, cada mirada o sonrisa a tiempo. Quizás con los movimientos adecuados en el momento preciso, llegaría a tocar su corazón otra vez… si es que alguna vez eso pasó. Actuar frente al espejo posibles reacciones a una disculpa de su parte, diciéndome que soy aquel al que siempre ha amado y a quien pertenece, que se confundió en una temporal laguna en su mente. Nunca fue así. Actué cuan adolescente con las mariposas en la pansa, como un infantil soñador. Creí que algún día, desde que me pidió ese ‘tiempo’ en su recámara, volvería y refutaría todas sus palabras. Fui un ingenuo. Aun cuando decía decir la verdad, ser al fin sincero después de tres años de supuestos engaños, mentía al fin. Dijo que no había nadie más, que su decisión venía de unos fantasmas personales. Mintió y hoy me entero que sí hay alguien que ha llegado quizás dos o tres pasos más allá de lo que yo llegué. Y seguro sigue ocultando cosas, ya que dice no estar enamorado… todavía. ¡Vamos! Han sido tres años de nuestras vidas, tres años de estar juntos, de reír, de llorar, de confianza, de caminar hacia un mismo rumbo, un mismo objetivo, hemos ganado un gran juicio trabajando unidos hace poco, ¡tres años! ¿Tres años de una vida se olvidan de un momento a otro? ¿Tres años pueden llegar a ser una mentira tras otra? Yo lo veo imposible. ¿Cómo puedo yo fingir por tres años? ¡Algo tuvo que ser auténtico! ¡Tiene que ver algo de romance en todo esto!

Y ahora está ahí, del otro lado del vidrio polarizado de mi carro con sus ojos clavados en los míos, conociendo la ubicación exacta de éstos. Está allí destruyendo lo poco que queda de mí. Y lo más patético es que parezco esperar que diga o haga algo… ¡No sé! Lo que sea, pero que me despierte de esta horrenda pesadilla que es vivir sin él. Quiero ser egoísta como él y llorar en su cara, mostrarle mi dolor a carne viva y así conservarlo conmigo. Prometo no dejarlo ir por nada del mundo, retenerlo a mi lado siempre. Pero no puedo hacer tal cosa. No puedo fingir una maravillosa historia de amor… Quizás lo hice durante tres años, pero ahora sabría que es mentira. Pero si hay algo que me enfada conmigo mismo al punto de odiarme, es querer que sea feliz y sentirme contento porque se ha librado de una carga. Siempre me regocijé en la alegría cuando él sacaba de su mochila un peso extra, y esta no ha de ser la excepción. Porque si no se deshizo de mí en tres largos años, fue porque no era lo suficientemente ‘valiente’; si ahora lo hizo, es que algo cambió. Él ha madurado y en hora buena.

Nunca quise ser un impedimento para su felicidad, de hecho siempre quise ser quien lo ayude a ser feliz. Es por eso que, aunque él volviera a llamar a esta separación ‘tiempo’, diría que no. Eso sería repetir una historia masoquista. Una llama de esperanza se encendería en mí, me propondría re-conquistarlo, me ilusionaría y entonces volvería a romper mi corazón. No busco el papel de víctima en esta historia porque tengo una dignidad que barre montañas, por eso no mostré mis ojos empapados y los oculté tras oscuras gafas, pero lamentablemente es ésa la imagen que estoy adquiriendo. Porque ya no hablan de mí como un flamante novio, sino como un pobre tipo. No quiero la lástima de nadie. Las parejas terminan todo el tiempo… es normal. Pero el terrible dolor que ahora siento no puedo ignorarlo. Está ahí y lo estará por un largo tiempo, pero sé que se convertirá en un buen compañero.

— Mierda… Qué difícil es — En ese momento quise salir del carro, abrazarlo, besarlo y decirle cuánto me llena de amor el alma, que nada me importaba ya. No me interesa si ama a alguien más, aprenderé a recrear esa fantasía en la que tanto tiempo viví, que aunque él no sienta nada, yo sentiré por los dos, que aunque él lo llame sexo, yo le haré el amor… ¡Quiero tirar este orgullo a la mierda y rebajarme por los suelos hasta lo más bajo! Pero… ¿Qué ganaría? Me volvería ya un fastidio. Antes muerto que ser un fastidio para él; no más.

Y soltando un mudo sollozo, arranqué el vehículo. Me alejé a una velocidad más alta de lo permitida en esa calle, queriendo que su figura se difuminara en mi espejo retrovisor. La callé se volvía temblorosa por las lágrimas, aunque éstas caían hasta mi cuello y dejaban de molestarme.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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