«Apostemos» Temporada II
Capítulo 16: Tocando fondo
Arrastré mis pies por la recepción suspirando de paso
— Buenas tardes, Tania — saludé —. Novedades — Adosé mi codo al escritorio, mientras masajeaba mis sienes.
Abrió una de las carpetas de distintos colores que sobre el taburete descansaba y comenzó a tomar hojas oficio al azar.
— Mañana por la mañana tiene una entrevista con TN Noticias, luego por la tarde con LA Magazine y por la noche ha aceptado asistir a la fiesta de compromiso de la hija de Morris. ¿Le digo también sus tareas de pasado mañana?
— No, no. Espera. ¿De qué se trata todo esto, Tania? Nunca en mi vida di entrevistas previas a un juicio y ahora me encuentro con la semana repleta de ellas. Además, ¿qué mierda es eso de Morris? ¿Cuándo mierda me importó su hija? — indagué totalmente desconcertado, furioso y confundido.
— De hecho, Thomas y el mismísimo Jörg recibieron las invitaciones, pero sólo usted aceptó ir.
— ¿¡En qué momento ocurrió eso!? — ignoré la llegada de Georg hasta donde la charla se planteaba. Él traía una especie de documento que poco tiempo observé como para deducir de qué se trataba. Pero poco me interesó, sino que continué con mi ataque de histeria.
— Mira, Bill — cuando ella me llamaba por mi nombre de pila, es porque algo totalmente fuera del estricto trato protocolar que la caracteriza, tenía que decirme —, quien aceptó todas estas entrevistas y reuniones, fue tu asesor de imagen, Ian Martens — En mi rostro yacía la sorpresa y la indignación. ¡Ya se había metido en mi cabeza, familia, casa y trabajo! —. Antes que digas algo más, yo misma noté que esto es totalmente diferente a lo que tú acostumbras hacer — habló señalando la carpeta a su lado —, entonces llamé al Sr. Jörg para consultarle acerca de la autoridad que tiene este tipo.
— ¿Y qué dijo él?
— Que si Ian lo había dicho, tenía todo su consentimiento — Un baldazo de agua fría —. Es decir, que si tú me dices que cancele todas estas tareas, necesito también que lo diga ese señor Martens. Lo siento, Bill — Parpadeé con lentitud asimilando todo lo dicho. Es decir… ya no tenía autoridad en mi vida. Al menos por dos semanas ese sujeto decidiría por mí. Lo malo era que no sabía si podría aguantar dos semanas.
— Tania, ¿él está en mi despacho? — pregunté interrumpiendo la conversación que había iniciado con Georg a raíz de ese papel que él traía.
— Sí.
— Gracias — Y con una idea fija plantada en la cabeza, enfilé mi recorrido hacia allí.
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By Tom
— ¡Claro, comisario Molina! Allí estaré sin falta y llevaré esos bocadillos que tanto le agradan a usted y a su esposa.
— ¡De acuerdo! Eres muy servicial, Trümper. Tu padre ha tomado una magnífica decisión al dejarte dirigir semejante nave.
— Es un halago para mí. Le agradezco el gesto.
— Pues entonces aquí nos veremos. Ten un buen día, muchacho.
— Igual usted, comisario — dejé el teléfono de vuelta en su sitio y solté el aire hipócrita que almacené para soltar cada palabra, y cerré mis ojos. Quizás un poco de paz lograra tran… ¡Oh mierda! —. ¿¡Quién es!? — Los golpes a la puerta continuaron y mis neuronas se hincharon y explotaron. ¿Saben lo que necesitaba en ese preciso instante? A mi hermano desnudo encima de mí. Sí, eso mismo —. ¡Adelante! — Y justamente, el mejor amigo de mi hermanastro se asomó en la puerta con una cara de pocas pulgas —. ¿Qué parte de ‘no me jodan’ no han entendido aún, ah?
— No es sobre el trabajo.
— ¡Pues entonces no me interesa, Listing! — Quizás era duro con él sin motivos, pero el estrés que uno pasaba entre esas cuatro paredes, era épico. Además que siempre me ha odiado, pero obviemos eso.
— Es sobre Bill. ¿Sigue sin interesarte? — ¿Cómo es que él siempre dice…? ¿Touché? Sí, algo así pasaba ahora.
— Pasa y siéntate — Atravesó del todo el umbral dejando notar la preocupación que arrastraba —. Sé breve.
— Ian Martens.
— No tanto, tío — Se sentó enfrente de mí con sus dedos jugueteando sobre el escritorio —. Sí, es su asesor de imagen y aunque le molestó la idea de tener uno, mi padre así lo dispuso. Fin del tema.
— No, nada de ‘fin del tema’. Trümper, ¿has echado un vistazo a la agenda de tu hermano?
— No es mi tarea, sino la de Tania.
— ¡Deja la puta ironía! — Alzó la voz y a pesar de molestarme eso, callé —. Bill está lleno de tareas, de entrevistas, de eventos. Jamás ha tenido tanta mierda pendiente y lo peor es que ese Martens tiene el aval de tu padre. Es decir, si Bill quiere cancelar algo de todo eso, debe hacerlo ese tipo primero. Es como omnipotente en su carrera — asentí en silencio sin entender del todo en dónde estaba el problema.
— Todos estamos hasta la coronilla de trabajo, pero nadie viene a hablarme acerca de Andreas, Lucas o Richael, ¿entiendes? Bill es un hombre capaz y podrá con todo. Obligaciones son obligaciones — Botó un suspiro reteniendo uno de sus mechones de cabello detrás de su oreja izquierda.
— Pero hay un pequeño detalle que estás olvidando, Trümper. Tu hermano es un drogadicto puesto a prueba, y Marcel fue claro cuando dijo que tantas obligaciones y problemas era algo malo para él. Yo me pregunto si reaccionarás ahora o cuando ya sea demasiado tarde y a tu hermano tengan que llevárselo en un vuelo hacia Francia con zondas en la garganta — remató sintiéndose como un puñal directo al pecho. Pero es cuestión de mirar hacia mis alrededores; estaba lleno de trabajo pendiente desde hacía días. Era difícil para mí estar en todos lados. Además, Bill siempre dice que tiene la edad suficiente como para manejar su propia vida —. Sólo digo que no me trae buena espina ese Ian. Para mí hay mucho más oculto en él… De dónde viene, por ejemplo — Bajé la mirada a mis papeles, como diciéndolo todo con eso —. Entiendo perfectamente. Sólo pensé que si existía alguien a quien le interesaba Bill, eras tú. Me equivoqué evidentemente. Hablaré con Andreas a ver si él sí quiere ayudar — Sin decir más, se puso de pie y se marchó por donde vino, apretando los puños y seguro odiándome por dentro.
— Dios… ¿qué carajos estoy haciendo? — musité dejando reposar mi cabeza sobre mis manos, arriba del escritorio. Nada más quería desaparecer.
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By Bill
— ¿¡Qué mierda pasa contigo, ah!? — grité dirigiéndome hacia mi escritorio, en donde manipulaba su teléfono celular en el sillón de acompañante del escritorio. No apartó la mirada de su BlackBerry, cuan flamante empresario, portando ese traje negro a lo Men In Black —. ¡Responde! ¿¡Por qué crees que puedes manipular mi vida a tu placer!? ¡Saquémonos las caretas, Ian! — Le arrebaté el teléfono de las manos y lo dejé sobre el escritorio. Fue allí cuando alzó los ojos hacia mi rostro —. Ambos sabemos quién eres y quién te manda.
— En primer lugar: me bajas el tono, crío — Se puso de pie tranquilamente, quedando frente a mí con una expresión serena que cambió rotundamente al presionar mi cuello con su mano derecha. Por la sorpresa, quise arrebatar la presión en mi piel y con la otra mano me apoyé sobre el escritorio —. ¿¡Quién te crees que eres, maldito niñato!? ¿Quieres que me saque la careta? ¡Bien! Ahora vas a escucharme y vamos a aclarar las cosas entre ambos así no hay más confusiones — Me soltó de golpe y todo el oxígeno se agolpó de repente en mis pulmones. Una sensación que, desafortunadamente padecí con Andreas y Thomas —. Siéntate — ordenó y sin escapatoria obedecí. Me senté del otro lado del escritorio y él permaneció parado a mi lado —. A ver, seré concreto. Todo lo malo que te está pasando es culpa tuya exclusivamente, ¿vale? Nos metiste a mí, a Gustav y a todos en un enorme problema al romper con tu palabra. ¿Sabes cómo, verdad?
— Dos tipos están presos ahora.
— Dos tipos que esperan al segundo interrogatorio con ansias, Kaulitz. Porque el primero es para las cámaras, los periódicos. Sólo preguntas. Pero en el segundo ya se ve la violencia, la policía te muele a palos por una respuesta, ¿tú sabías eso? — le propinó un golpe estrépito al escritorio y me asusté —. ¡No! Tú no tienes ni idea de lo que estás causando a tu alrededor, sólo te importa tu maldito ego. Pero escúchame una cosa, infeliz, si no sacas en menos de dos semanas a esos dos hermanos de la cárcel, yo mataré a alguien que ames sin titubeos.
— ¡No! ¡No, por favor!
— ¡Cierra la maldita boca! — mordí mi lengua para no llorar ante la idea de que mi padre o mi hermano murieran —. Dos semanas. Sólo eso podemos darte.
— Pero… ¡Tú no entiendes lo que pasa! Yo iba a hablar con el comisario Molina, pero a último momento me negué y lo dejé plantado. Ese sujeto detesta que le hagan perder el tiempo. No volverá a recibirme. Y sin él es imposible sacar a esos tipos de prisión.
— ¡Me vale madres los problemas que tengas! Quiero a esos tipos fuera en menos de dos semanas, Kaulitz o enfrentarás las consecuencias — soltó una sarcástica carcajada y caminó hacia mí —. ¿Te diste cuenta que todo esto podría haberse evitado? Es curioso el modo en que te has hundido solo.
— Ponte en mi maldito lugar por medio minuto, Martens. Desde que conocí a Gustav me presiona, me extorsiona. No me deja olvidar lo que fui e hice, y constantemente está amenazándome. ¡Controla mi vida! ¿Qué hubieras hecho tú? Créeme que en ese momento me sentí bien; sentí magnífico saber que al fin tuve la valentía de decir que no a uno de sus chantajes. Y es genial que ahora ustedes estén a punto de hundirse por mi culpa, y de nuevo dependen de mí.
— Pero tu familia está por morir.
— Sí, lo sé. Es un daño que no imaginé… Pero aun así, ustedes están acorralados.
— Suficiente. Cierra la maldita boca.
— Sólo dime por qué yo. ¿Por qué siempre me buscan a mí? Ya no consumo y vivo de la abogacía, me fui de ese terreno.
— Es que no eres como los otros, Billy — habló irónicamente, colocándose detrás de mí e inclinándose hasta mi oído, dejando su repugnante aliento impregnado en mi piel a cada palabra —. Tú tienes contactos, dinero. Eres una persona respetada y Gustav vive en las sombras. Él dirige y tú actúas. Además, eres como un hermano para él — Se alejó, pero se quedó detrás, ajeno a mis ojos —. ¿Sabes?, él te extraña. Me describe a un Bill divertido, que corría carreras en autos de alta gama en los barrios bajos de Alemania, con una buena dosis de polvo blanco en el cerebro. No me lo creí cuando me lo dijo — rió nuevamente.
— Espera… ¿Ese es el plan de Gustav?, ¿desbordarme?
— Es sólo uno de sus planes. Primero quiere que sufras, que te encuentres sin salidas. A raíz de esto, consumirás y luego quiere a esos tipos fuera. De no cumplirse esto último, me envió órdenes de matar a tu padre. Aunque yo estuve pensando en ese Thomas. Tu papá está viejo y con problemas cardíacos; moriría sólo de la tristeza.
— ¿¡Cómo es que hablas con tanta liviandad de algo tan serio!?
— ¡Lo hubieras pensado antes! Ahora pasarás lo que queda del lapso buscando la solución al problema que tú mismo has creado. Y más te vale que esos tipos queden libres y no hablen, porque entonces obedeceré algunas órdenes y saldrás perjudicado. Y no intentes nada, ¿vale? No te mandes alguna otra extra porque será peor para ti.
— Algún día todos ustedes lo pagarán.
— Y tú pagarás tu falta de palabra — volvió a caminar hacia el frente de la oficina, mirándome con auto eficiencia —. Cuídate, Kaulitz. Y espero que te haya quedado claro.
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By Tom
— Tu mamá llamó, Tom — alcé la mirada de mi zumo de mango de inmediato. Aquellas palabras resonaron en mi cabeza como fuertes campanarios.
— ¿Qué dices, Susan? — interrogué habiendo escuchado, pero confiado en que se trataba de un sueño, de una sonsa ilusión.
— Eso mismo — sonrió —. Llamó a eso de las tres. ¿Cuándo le diste el número de la casa?
— Ella ya lo tenía, pero siempre me llamaba al celular. De todos modos, ¿qué dijo?
— Fue muy amable y discreta; llamaría mañana.
— Oh… — Quedó en mi rostro un rastro de esa sonrisa aún. Pude sentirlo.
— Con permiso — dijo riendo de mi cara de niño pequeño entusiasmado y pasó por mi lado, rodeando la mesa y saliendo de la cocina.
— Mamá… Te extraño tanto — susurré llevando el vaso de vidrio a mi boca y bebiendo unos tragos. Pero esa armonía que me construí en esa cocina se vio interrumpida por unos gritos de mi padre. Viré mis ojos totalmente agotado de ese tipo de discusiones. Bill desobedeciendo o mal contestándole a Jörg respecto a las tareas realizadas por Ian y mi padre se enfadaba. Esos pleitos ocurrían de tres a cuatro veces por día, aproximadamente. Por muy curioso que esto suene, todas las discusiones concluyen con un: ‘Lo hago por tu bien, hijo, porque te amo’, entonces Bill se conmueve, se disculpa, abrazo y todo normal hasta que a mi hermanastro le pica el bicho del mal humor de nuevo, o hasta que su asesor de imagen llega a la casa nuevamente. Y es así como la vida entera en esta casa gira en torno a Bill, a su adicción, a sus problemas y a su compleja vida. Cool —. Patético — Dejé el vaso sobre la mesada de mármol y salí de la cocina a paso rápido, irrumpiendo en esa discusión haciendo sonar la madera con cada uno de mis pasos.
Ambos me observaron, pero no me detuve. Simplemente continué hasta las escaleras y subí sin detenerme hasta dar con las habitaciones, encontrándome con la mía primeramente. No me interesó azotar la puerta sin tapujos, encerrándome en mis propios problemas. Un poco como lo hacía de pequeño. No era mi intención preocupar a mi madre con mis ‘idioteces’ de niño chiquito, así que callaba y lo solucionaba como salía en el momento. De haber sabido que eran más que simples idioteces, hubiera hablado a tiempo — Dios… — Solté en un silbido, observando el libro de uno de mis escritores favoritos, Eduardo Galeano. Lo tomé, el cual era preferentemente ‘El Viaje’, y aproximadamente por la mitad se encontraba una fotografía de mi madre. Pocas veces la sacaba de allí y pocos sabían de su existencia. Una foto de ella arrodillada en el jardín de la casa que compartimos en Estados Unidos. Helga para todos, Hel para los más allegados y simplemente mamá para mí.
— Tom — El rostro de Bill se asomó en la puerta, angustiado. Yo viré los ojos y continué observando la fotografía —. Estoy preocupado.
— ¿Sí? — ¿Cuánta ironía puede abarcar tan corto interrogante? —. Pues cuéntamelo, hermano. Dime qué te preocupa y seguro hallaré la solución. O quizás papá esté interesado en ponerse a tu completa disposición, o Georg, tu buen doctor Marcel… O, espera, ¡todo el mundo también! — solté totalmente arrebatado, sin pausa ni respiro. Él caminó dudoso hacia mi dirección, sentándose junto a mí mientras yo evitaba cualquier tipo de contacto visual.
— Me refiero a que tú me tienes preocupado — corrigió.
— Oh — Me quedé sin palabras ante semejante metida de pata que me acababa de mandar —. Lo siento, Bill. Ando algo alterado últimamente.
— Quiero que me cuentes. Pero más quiero que te quites esa imagen de mí — manifestó algo molesto. Lo miré a los ojos realmente arrepentido —. Lo que menos quiero es llamar la atención de todo el mundo, quitándote hasta la atención que te corresponde a ti. Yo no pretendo que el mundo gire a mí alrededor. De hecho quiero alejarme de todo esto y ser una persona normal aunque sea por veinte minutos — Su mano se posó en mi mejilla, acariciándome suavemente —. Tú me importas, Tom.
— No… Yo estoy bien — intenté convencerlo pero su mirada bajó al papel que tenía en mis manos.
— Extrañas a tu mamá.
— Pero ella está, ¿entiendes? Ella está.
— ¿Y? ¿Tú no tienes derecho a extrañar a tu mamá sólo porque está viva? No eres un robot y no tienes la culpa que mi madre haya muerto — Aquellas palabras me brindaron un gratificante alivio. Siempre tenía miedo de tocar ese tema porque presentía que le dolería.
— Bueno… Sí, la extraño. Extraño sus comidas, sus charlas, sus consejos, cómo me abrazaba, su risa. Extraño sentirme protegido a su lado — sonrió con los ojos cristalinos y suspiró.
— ¿Y si te vas por esta semana a verla?
— ¿Qué? — interrogué anonadado —. Es una idea descabellada.
Se puso de pie de repente y se colocó enfrente mío rápido, arrodillándose entre mis piernas y sosteniéndose con mis rodillas. Desde allí me sonreía cálidamente. Me hacía olvidar todos mis problemas y me provocaba un dolor de panza extremo.
— No es una locura, Tom. Si la extrañas, ve y abrázala, bésala, dile cuánto la amas. Te cargará la batería para el juicio que se viene. Además, tú te lo mereces por tanto esfuerzo en estas semanas — tragué saliva ya dudando —. Te necesito fuerte a mi lado y quiero verte entero.
— No sé… ¿Qué dirá papá?
— Estará feliz, ni dudes — fruncí mis labios y medité unos minutos acerca de lo que mi hermano me planteaba —. ¿Qué me dices? Es sólo decidirlo e ir, no necesitas más.
— Sí… Sí necesito algo más — dije con la famosa lamparita de las ideas encendida. Algo genial se me había atravesado por la cabeza. Algo fantástico —. Tú quieres ser alguien común, ¿no?, vivir una vida normal aunque sea por unos días, y yo extraño a mi mamá.
— ¿A dónde quieres llegar, Tom? — preguntó riendo.
— Enano — tomé sus manos entre las mías y conecté nuestras miradas generando un campo a nuestro alrededor en donde nadie podría penetrar —, ven conmigo.
— ¿Qué dices?
— Que hagas este viaje conmigo, que te necesito, que quiero estar sólo contigo. Quiero que conozcas mi vida, mi gente, mi barrio. ¡Es una idea hermosa!
— Pero yo tengo… Caray, Tom; tengo toda la semana desbordando de obligaciones. No puedo — argumentó desanimado. En verdad se notaba que quería ir.
— No importa, enano. Mírame — alzó la mirada hacia mí, triste —, hablaremos con papá y podrás ir. Es nuestra semana, nos la merecemos. Quiero ir contigo.
— Gracias — acarició mi pierna mientras sonreía. Él siempre me sonreía a mí. No interesaba cuán triste esté, él conmigo oficialmente sonreía —. Déjame pensarlo.
— ¿Tienes que pensarlo? — tardó en responder y eso me preocupó —. Bill, ¿hay algo en esta semana que te preocupe? — negó con la cabeza en silencio y desvió la mirada a la fotografía unos momentos.
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By Bill
— Bill. ¿Estás despierto? — me ajusté la corbata al cuello con la idea de estar bien formal y presentable.
— ¡Sí! — abrí luego la puerta y la recibí con una entrañable sonrisa —. ¿Está listo el desayuno?
— Sí, pero no es por eso que vengo.
— ¿Qué pasa, Su?
— Marcel está abajo.
— ¡Qué bueno! Ya bajo.
— Pero no es tan bueno, Billy — alcé una ceja —… Está algo molesto. Acaba de hablar con tu padre muy seriamente en su despacho y, a juzgar por la cara de tu médico, la charla no fue muy cordial — ¿Marcel molesto? Ha de tratarse de algo muy grave para que él se enfade respecto a alguien o algo —. Allá te espera — dijo antes de marcharse escaleras abajo. Invadido por la curiosidad no tardé en seguirle el paso por el hall. Pocas veces he conocido al Marcel enojado y no es un espectáculo anheloso de ver.
Caminé acuciado descendiendo rumbo a la sala principal y topándome con mi médico de espaldas.
— Hola, Marc. ¿Cómo estás? — saludé sin disimulo, sin miedo a ser yo quien provoque su mal humor porque sé que nada le he hecho.
— Muy mal — respondió secamente volteándose y mirándome detonante.
— ¿Qué pasó?
— ¿Que ‘qué pasó’? Dime cuándo ibas a comunicarme acerca de ese asesor de imagen que ahora tienes — fruncí el seño sin entender —. ¿Qué fue lo que yo te dije a ti, a tu padre, hermano, pareja y amigos? Dime qué fue.
— No sé de qué me hablas, Marcel. ¿Por qué no te calmas y me explicas? — su voz estaba subiendo de tono y me ponía nervioso.
— ¡Hablé acerca de tus cuidados, Bill! Nada de estrés, de presiones, nada de excesos o perturbaciones. He visto tu agenda y está que rebosa de obligaciones.
— Pensé que el trabajo era el que me ayudaba.
— El juicio y el estudio, no más. No entrevistas a cierta hora y otra, media hora después, del otro lado de la ciudad. ¿¡Me estás tomando el pelo!? — soltó una risa seca, totalmente irritada —. Y yo que vengo con los medicamentos y tu nueva dieta, me vengo a enterar de esto — mierda. Estaba cagado y él tenía toda la razón —. Hablé con tu padre y a duras penas lo dejó todo en tus manos, así que es tu decisión.
— Es difícil — fui capaz de agregar a su crítico discurso —. Es difícil decir que no, Marcel — No sabía que no era simplemente un asesor de imagen, sino un maldito mafioso que me amenazaba constantemente. ¡Mierda!
— O sea que no estás dispuesto a cuidar de tu salud.
— No dije eso.
— Es lo que se entiende. Mira Bill, seré claro, o te tomas un descanso o me iré de vuelta a Francia. No muestras compromiso de tu parte y yo no puedo con esto solo. Con este ritmo de vida no tardarás en caer en otra crisis y será mi deber y obligación enviar la orden de internación a la clínica — asentí bajando la mirada al suelo. Conociéndolo, sería en vano un berrinche o una escena, porque cuando se trata de la salud y el bien de sus pacientes no existe qué pueda cambiar su opinión —. Espero que lo hayas entendido.
— Sí — afirmé con un hilo de voz.
— Te dejaré las píldoras, la dieta… no sé. ¿Las quieres? — asentí con un movimiento de cabeza continuando con los ojos fijos en el piso —. Esto depende más de ti que de mí, lo dije antes.
— Sólo no quiero que te vayas — musité alzando la mirada a sus ojos. De un movimiento de cabeza afirmó que aceptaba eso. Su aspecto era duro y distante —. Me tomaré un tiempo para mí y empezaré desde cero, lo prometo.
— Eso espero. ¿Entiendes que esto es por ti, verdad?
— Lo entiendo, sí — me animé a sonreír tímidamente y él suspiró.
— Yo te quiero mucho, Bill, tú lo sabes… — De su bolso de mano sacaba un frasco color granate de vidrio repleto de pequeñas pastillas y una carpeta anillada, dejando esto en el sofá amplio de junto —, pero quererte no implica mentirte para que te sientas bien. Seré honesto como siempre lo fui y, a pesar de tenerte mucha fe y confianza, dudo que puedas con esto solo y no me quedaré en Alemania de por vida contigo.
— Insinúas que necesitaré internarme de nuevo.
— No lo afirmo, ni lo insinúo. Digo lo que yo veo como médico basándome en tu vida actual — asentí de nuevo. Me tocaba asimilar cada una de las cosas que me estaban pasando, luego, cuando tuviera todos los problemas y las trabas juntas, vería el modo de solucionar cada una de ellas —. Espero ver algo de compromiso de tu parte. Es todo, tengo que irme — Se aferró con fuerza a su bolso y caminó hacia donde yo le hacía una señal con la cabeza para que me siguiera hasta la puerta de salida —. Que esto no modifique tu ánimo durante el día, por favor — hablaba a mis espaldas mientras me seguía —. Si hay algo que te va a ayudar a superar esto, es saber diferenciar una cosa de la otra. Si te peleas con tu hermano, no te pelees con tu padre por lo mismo porque él nada tiene que ver. Sólo es un ejemplo.
— Entiendo.
— Si esto te dejó mal, pues lo siguiente que venga debe ser enfrentado con una radiante sonrisa — Me detuve en el umbral, abrí la puerta y me volteé para ver su rostro —; esa sonrisa que te hace olvidarlo todo — manifestó fuera de toda formalidad. Esto irremediablemente me hizo sonreír —. Esa exactamente.
— Gracias por tu sinceridad, Marc. Es la única manera en que logro tomar la verdadera importancia de los problemas.
— Me alegra que lo veas así — extendí mis brazos hacia su dirección, invitándolo a darme el afectivo abrazo que tanto necesitaba en esos momentos.
— Me asusta cuando te alteras así — confesé en su oído y él rió bajo.
— Es que me preocupo por ti.
— Lo sé… Lo sé — suspiré y cerré mis ojos —. Pondré lo mejor de mí. De hecho mi hermano me invitó a pasar unos días en Nueva York, en casa de su madre. Allá es todo tan tranquilo… Creo que es lo que necesito, ¿no?
— Seguro. Si crees que te hará bien, tienes que hacerlo. Yo estaré contento y ayudaré aquí en lo que pueda. Tú bien sabes que estoy en Alemania sólo por ti, no tengo más obligaciones — asentí separándome de su cuerpo.
— Gracias. Y te llamaré cuando hable con mi padre acerca de este viaje.
— Espero tu llamado entonces — atravesó el marco de la puerta escondiendo bien su cuello en su bufanda negra —. Nos vemos.
— Adiós — saludé sonriéndole y luego cerré la puerta —. Vamos, Bill. Pon algo de compromiso — me hablé a mí mismo con la frente adosada a la madera —. Un poco más… tú puedes.
— Dime exactamente hace cuánto tiempo que no nos sentamos en algún sitio a tomar un café y a hablar tranquilamente.
— Oye, no fue hace tanto tiempo. Creo que fue cuando le hice aquella maldad a Richael.
— Pero me refiero a una conversación en la cual no haya presiones, ni malos royos. Porque, a juzgar por tu carita, es una buena la que me tienes preparada — inevitablemente sonreí asintiendo y él soltó una risa burlona mientras me apuntaba con el dedo índice —. ¡Yo conozco esa sonrisa!
Carraspeé y me precipité hacia su dirección, sentado en su escritorio y apoyando mis codos en las rodillas, mientras que él se ladeaba de un lado a otro en su silla mirando hacia mi dirección y cómodamente respaldado en mencionado asiento.
— Me tomaré esta semana a lo grande.
— Aclárame ‘a lo grande’.
— Viajaré a los Estados Unidos con Tom, a la casa de su mamá Helga — Tardó unos instantes en demostrar su reacción, pero finalmente fue una de sorpresa la que se lució en su rostro —. Me lo ofreció anoche y le dije que iba a pensarlo, pero después de lo que me dijo Marcel esta mañana entendí que no puedo dejar pasar más tiempo. Primero estoy yo si es que quiero cuidar de los demás, de los que amo.
— ¿Qué fue lo que te dijo Marcel?
— Estaba súper enfadado, Geo. Se enteró la cantidad de compromisos que tengo para este tiempo y que ahora tengo a alguien que me está encima todo el día.
— ¡Eso mismo le dije a Thomas ayer!
— ¿¡Qué!? — exclamé ante lo dicho.
— Emm… nada.
— ¿Por qué dijiste eso, Georg?
— Porque es la verdad, Bill. Nadie recuerda la dieta y los ítems que te marcó Marcel para tu recuperación, a nadie parece interesarle. Mientras yo lo note y pueda hacer algo por ti, lo haré — A pesar de estar algo alterado por lo que acababa de enterarme, sus buenas intenciones saltaban a la vista y se necesitaba ser muy necio como para no notarlas y sentirse agradecido. Pero también comprendía ese ataque de histeria que tuvo Thomas conmigo. Mientras él está tan ocupado llevando el estudio hacia adelante, le vienen con mis problemas. ¿Se entiende por qué siempre opto por solucionar mi vida solo?
— Bueno. En ese caso te agradezco.
— You’re welcome. Pero lo que me pica un poquito la duda es la parte en la que vas con Tom.
— Georg…— solté en tono cansino.
— No, es en serio, Bill. Tienes una propiedad por Suiza, ¿cierto? Ve para allá solo o con Andreas a ver si recomponen la relación. Te vas de fiesta, no sé. Algo de todo eso que solía hacer el viejo Bill en vacaciones. ¡Descontrol! — ante semejante pelotudez, reí.
— He cambiado.
— ¿Cam… biado? Una persona no cambia, amigo; mejora.
— O tal vez nunca acabé de cambiar y quise esconderme en ese Bill frío, agrio e interesado.
— O sea que ya no eres divertido.
— Trato de hablar en serio, Geo — reté —. Llámalo como quieras. Cambio, mejora, o como sea, pero mis prioridades han cambiado.
— Ahora tu prioridad es Tom, ¿no? — no respondí a ese comentario con tonito de reproche —. Yo estoy totalmente a favor de que hagas este viaje, te relajes y despejes tu cabeza para volver preparado. Pero no me parece buena la idea que vayas al mismo sitio que tu hermanastro porque eso sería volver a enamorarse, sufrir y todo lo que de memoria conocemos — dijo —. No arruines más las cosas con Andreas. Dime, ¿para qué?, ¿qué sacarás de provechoso de esta semana? Nada. Sólo volverás todo acaramelado con Thomas y mandarás al carajo al pobre y enamorado corazón de Andreas.
— Es algo tarde para pensar en no lastimarlo — susurré con miedo y el silencio fue la respuesta que temía.
— No habrás hablado anticipadamente, ¿no?
— Quiero solucionar todos mis problemas, Geo — dije en mi defensa.
— ¿Y llamas ‘problema’ a Andreas?
— ¡Oye! Sin trampas. No fueron esas mis palabras.
— Dijiste que querías solucionar tus problemas, fuiste claro.
— Yo no…
— Basta, Bill. Deja de negarlo. Admite la parte en la que quieres quitarte de encima a Andreas para entregarte completamente a Tom.
—… No es exactamente así, Geo. Me haces sentir una mierda.
— No es esa mi intención, viejo — habló más distendido. Se deshizo de su cómoda posición y se paró para adosarse al escritorio, a mi lado. Allí me abrazó por los hombros y recostó su cabeza en la mía. Parecíamos dos tórtolos —. Lo que yo pienso, cuan jugada de azar, es que cuando se te pase el calentón con Thomas, volverás a los brazos del amor verdadero: Andreas. Como en el final de un cuento de hadas.
— Eres un soñador, tío — musité mirando fijo el ventanal de enfrente, a la enorme ciudad.
— Sí… Que se te pase la calentura, o cuando juegue con tu corazón de vuelta.
— True story. No voy a negar que lo hizo una vez, que tengo ese miedo constantemente, que las personas no cambian, que todo lo que sucede una vez pasa una vez más… Pero quiero arriesgarme.
— De eso se trata la vida, amigo mío, de riesgos.
— ¿Por qué lo dices exactamente?, ¿por la esposa de Seeger?
— Ahí anda.
— ¿Hay novedades sobre eso?
— ¿De nuestros encuentros, o novedades en mi corazón? — Vaya… Georg hablando de su corazón. Qué raro eso.
— ¡Te estás enamorando, pillín!
— No, tío. Ni soñando.
— Pero vas por esos lares.
— Eso sí lo admito — Mordí mi labio inferior y estiré mis brazos hacia su cuerpo (a mi derecha), abrazando su torso y suspirando —. Andas melancólico, Billy.
— Sí — admití —, hoy me estaba acordando del entierro de mi mamá — conté en su silencio —, y tú estabas ahí. Siempre estuviste ahí para mí, Geo. A pesar que me tiras esas bombas directas…
— Son bombas con verdad adentro — reímos.
— A pesar de todo eso, siempre estuviste para mí. No tienes idea de cuánto te quiero.
— Oh, genial. Quieres hacerme llorar.
— Sólo quiero que mi miel chorree.
— Sonó asqueroso.
— Más asqueroso sonaría si supieras qué es la miel.
— ¡Detente! — gritó horrorizado y yo solté una estrepitosa carcajada —. Oye… eso del entierro de tu mamá fue el primer y único funeral al que asistí en mi vida, ¿sabías?
— ¿En serio?
— Sí. Me has traumado — reí bajo —. Lo hice sólo por ti. Sabe Dios cuánto me aterrorizan esas cosas.
— Gracias, Geo.
— De nada, Billy.
Continúa…
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