«Apostemos» Temporada II

Capítulo 17: Tomar medidas

— Me tienen muy intrigado, muchachos — dijo mi padre sonriente sentado en el sofá central de la sala. Miré a mi hermano parado a mi lado, diciéndole que dé él el puntapié inicial porque sería complicado convencerlo si era yo quien hablaba. Susan también había sido llamada y desgraciadamente no me pude quitar de encima a Ian, quien se convirtió en mi sombra. Pero esa decisión lo competía totalmente.

— Lo que queremos comentarles, ya que la decisión está tomada, es que en esta semana que tenemos libre… viajaremos.

— Sí — agregué yo sin aportar demasiado. Me comían los nervios por la reacción de Ian.

— ¿Viajar a dónde?

— A Norteamérica, a casa de mi madre.

— Pero… ¿En dónde encuadra Bill ahí?

— En que quiero que conozca mi vida — respondió sencillamente.

— Tom, hijo querido, tu vida es esta — dijo mi padre y yo observé el perfil de mi hermano expectante a su respuesta. ¿Era la vida de Tom?

— No, papá. Yo soy como un invitado en esta casa…

— No, claro que no.

— Así es como lo siento. Y bien sabes cuánto aprecio a Bill y quiero invitarlo a conocer mi vida también — sonreí de lado sintiéndome orgulloso de él. Siempre tan leal a sus raíces, a sus principios. Sabe perfectamente que esa no era su realidad, a pesar de estar literalmente en la cima de su carrera gracias a su estilo de vida.

— Disculpen — interrumpió Ian cruzado de brazos en el umbral del living. Todas las miradas fueron hacia él, pero la mía fue la más preocupada y tensa —. Sé que en nada me compete esta conversación meramente familiar y todo eso, pero Bill tiene una agenda muy completa esta semana y la cancelación de mencionadas tareas significaría una vuelta de ciento ochenta grados que lo perjudicaría.

— Lo cancelas — habló Thomas para mi sorpresa.

— Lo lamento, Thomas, pero esa decisión pasa por tu padre aquí presente.

— No tío, tú no estás entendiendo lo que digo — insistió Tom y mi padre optó por observar la situación desde un sector de espectador. Ian achinó la mirada sobre mi hermano, jugando con su lengua por el interior de la boca como un claro gesto de impaciencia —. Mi padre se encuentra en un receso hasta el fin de la semana entrante, lejos de la presidencia del estudio y de tipos como tú que dependan de sus decisiones. Sustituyéndolo estoy yo, dirigiendo a todos los abogados que técnicamente trabajan para mí. ¿Me sigues? — asistió en silencio —. Bien, eso quiere decir que mi hermano teóricamente trabaja para mí, y si da una entrevista o no, me beneficia o perjudica a mí. Conclusión: si hay alguien que debe autorizar a Bill a tomarse esta semana de trabajo o descanso, soy yo. Y, ¡adivina! Lo autorizo.

— Touché — dije riendo por lo bajo, viendo el orgullo en los ojos de mi padre. Puso a ese tipo en su correcto sitio con diplomacia.

— Me quedó claro — dijo —. Entonces no tengo nada que hacer aquí. Bill, te espero en tu recámara, ¿sí?

— Claro. Ve — intenté sonar serio, pero mi expresión reflejaba únicamente el regocijo del momento.

— Caray… Mis hijos están tomando sus propias decisiones. ¿Quién lo diría? — bromeó Jörg —. Sólo quiero lo mejor para ambos. Si ustedes creen que este viaje les dejará algo positivo en sus vidas, entonces lo abalo sin reproches.

— Era todo lo que necesitábamos oír, papá — dije sonriéndole a modo de agradecimiento, a lo cual él correspondió asintiendo en silencio.

Atravesé el vano de la puerta de mi cuarto con una sonrisa inconsciente en mi cara. Al fin iba a tomarme un tiempo exclusivamente para mí, sin preocuparme por nada. Ignoraré el pequeño detalle que tendría lugar el lunes siguiente, justo cuando volviera de ese viaje. Había estado llamando a Molina varias veces y le dejé infinidad de mensajes, pero nunca mostró interés en comunicarse conmigo de vuelta. Simplemente me queda la resignación y pensar en tomarme un relax.

— ¿Se puede pasar? — interrogó Ian ingresando a mi cuarto.

— ¿Qué haces aquí?

— Quiero charlar.

— Sal de mi recámara, Ian — ordené asustado. Él caminó hacia la ventana, deteniéndose frente a ella y quedándose unos segundos en silencio.

— Creí que esta ventana daba a la calle — comentó observando el jardín.

— No, esa es la de Thomas.

— Oh. Tienes una casa muy hermosa, ¿lo había dicho?

— Ya deja de fingir y dime por qué estás aquí

— Bien… — Se volteó a mi dirección y se dirigió a la puerta. Algo andaba mal. —. ¿Quieres decirme qué mierda te pasa? — indagó cerrándola de un golpe. Me volteé rápidamente y su rostro quedó frente al mío. Sus ojos parecían salirse de sus órbitas y su mueca desencajada me helaba la sangre y erizaba los bellos de mi nuca —. ¡No tienes idea de quién soy, maldito crío! — Su mano completamente extendida me empujó por el hombro. Desestabilizado, retrocedí unos cuantos pasos y me adosé a la pared que evitó que cayera al suelo —. No juegues conmigo.

— ¡Espera! No sé qué…

— ¿Te crees inteligente haciéndome quedar como un estúpido? — ¿Acaso esperaba que responda a eso? —. Tu hermanito está actuando como un héroe y creo que debo ponerlo en su sitio ¿Qué piensas al respecto? — Enfurecido, me abalancé hacia él para proporcionarle un buen golpe para que… —. Yo me quedaría quieto si fuese tú — murmuró y una presión se ejerció en mi abdomen, como la punta de algo. Y al bajar la mirada descubrí que se trataba de un revólver, y él lo sostenía con mucha seguridad, como decidido a usarlo si era necesario —, ya has estado jugando mucho, niño. No me subestimes porque puedo adelantar la fecha pactada y lo lamentarás.

— Baja el arma, Ian. No te conviene matarme… Anda, bájala.

— Escúchame una cosa, infeliz, apenas esos dos tipos abran sus inmundas bocas vendré para acá y asesinaré a tu padre frente a tus ojos — Presionó más con el objeto en mi estómago y me mantuve quieto. —. Así que disfruta de tu semana como un niño feliz porque te durará lo que un pedo en el aire — Unos pasos se escucharon por las escaleras y él de inmediato escondió el revólver en su cintura, disimulando simplemente estar ahí parado sin otras intenciones. Yo pude suspirar aliviado, pues aunque fingía no tenerle miedo, no podía negarme a mí mismo que acababa de temblar por la situación.

— Oye, Bill — llamó Tom asomando a la puerta sin pedir permiso ni nada como es costumbre. Al verlo a Ian, el recelo se reflejó en sus ojos y estudió al individuo en cuestión de pies a cabeza.

— Luego seguimos con nuestra charla — habló éste mirándome de forma extraña, avanzando hacia donde mi hermanastro y saliendo del cuarto finalmente.

— ¿Qué ibas a decirme? — Escapé de la incómoda situación formulando esa rápida pregunta. Thomas no me hablaba, sino que miraba el suelo pensativo. —. Tom

— ¿Para qué necesita un asesor de imagen un revólver? — indagó alzando sus ojos a los míos. ¡Carajo! O lo vio cuando la escondía, o el idiota no lo hizo lo suficientemente bien y la dejó al descubierto. —. Bill, dime

— No sé. ¿Él tenía un arma?

— Sí.

— Será muy paranoico o trabajará como guardaespaldas en algún sitio.

— No tiene por qué estar en esta casa con una pistola.

— Pues no sé, Tom. Acabo de enterarme de esto… ¿Qué ibas a decirme?

— Recordé que ibas a contarme algo ayer pero no lo hiciste.

— Cierto… Era sobre Andreas.

— Nada bueno viene con ese nombre — Se cruzó de brazos y esperó mis palabras. Yo caminé algunos pasos hacia él y apoyando mis manos en sus brazos juntos, miré sus ojos seriamente.

— Terminé con él definitivamente — Suavizó su expresión atónito. —. Le dije que olvidara el tiempo, que era en vano seguir ilusionándolo con algo que no podía ser. Me sentía fatal engañándolo, viendo cómo continuaba preocupándose por mí.

— Es decir que oficialmente eres libre — sonreí y asentí —. ¡Gané!

— ¡Thomas!

— Sé que suena egoísta, pero que se joda — Deshizo su postura y me abrazó por la cintura con posesión —. Tú siempre has sido mío y él no vendrá a cambiar la historia.

— Él me quiere sinceramente y está sufriendo ahora.

— ¿Y? Si vas a consolarlo no acabarás de sacártelo de encima jamás. Ya, esta es una excelente noticia.

— Al menos pasaré estos días contigo sin culpas — le correspondí esa especie de abrazo rodeando su cuello con mis brazos.

— Será genial. No puedo esperar a que ya sea domingo para mandar todo esto al carajo — Se acercó un poco más a mi rostro y nos fundimos en un pausado y corto beso en el cual cerré mis ojos experimentando hermosas sensaciones y poniendo toda mi atención en lo delicioso de sus labios, tan carnosos, cálidos y suaves. Al separarnos dejé mis ojos a oscuras unos segundos más gozando aún de las sensaciones. Él rió bajo porque, ha mencionado, le encanta verme hacer eso. Y noté que solamente lo hago cuando él me besa. —. Conocerás mi vida allá. Será estupendo.

— ¿Conoceré a tu madre? — cuestioné con cierto temor.

— Sí, pero ella es buena onda. Calma. Le caerás bien.

— Quiero ser uno más, simplemente yo y no el abogado y la figura pública que soy aquí.

— Genial. Entonces tenemos que ir a comprar algo de ropa, ¿no crees?

— Supongo — dije recordando que no tenía nada ‘ordinario’, a excepción del pijama —. ¿Me acompañas?

— Desde luego. Vamos.

.

By Gustav

Tomé el último trago de whisky que me quedaba. Eran las nueve y quince de la noche y seguramente tenía mejores cosas que hacer que esperar a ese incompetente en aquel antro. Odiaba a la gente impuntual, a pesar de que yo mismo lo era. ¿Con mi porte debo esperar a un idiota en un bar de mala muerte por quince minutos? No. Definitivamente ese tipo se estaba equivocando conmigo.

— Gustav — se anunció agitado, respirando profundo y sentándose enfrentado a mí bajo una fulminante mirada —. Lamento la demora, pero tuve un pequeño percance con tu amiguito.

— ¿Qué te hizo ahora, te enseñó su delineador de ojos?

— Ahórrate el sarcasmo, por favor.

— Y tú ahórrate las excusas. Mi planeta no gira en tu entorno.

— Lo sé, pero gira en el entorno de Bill, ¿no? — cuando iba a interrumpirlo, volvió a atacar —, porque no habrías aceptado venir a este encuentro de última hora de no tratarse de él.

— Sólo habla y céntrate en tu sitio, no cruces la línea. ¿Qué tienes?

— Pésimas noticias — Qué raro. —: Bill viajará esta semana. Se va a Nueva York con su hermanastro.

— ¿¡Qué!?

— Eso mismo — Negó violentamente observando durante unos segundos a sus alrededores —. Quise evitarlo recordándole que tiene toda una agenda llena de obligaciones, pero Thomas me dijo que lo cancele todo y, como ahora él está sustituyendo al viejo ese en el estudio, está al mando. Tuve que obedecer y callar.

— ¿¡Dejaste que ese pobre bastardo te pasara por arriba!?

— ¡Espera, no fue así! Jörg estaba ahí y se quedó muy satisfecho con la reacción de Trümper — Le propiné un golpe a nuestra mesa y mascullé unas cuantas maldiciones entre dientes. —. Ese idiota me tiene en la mira. No es la primera vez que se la agarra conmigo.

— ¡Y si das una imagen de perro lastimado en plena tormenta…!

— No es así. ¡Cálmate y escúchame!

— Dios… — Uní mis manos sobre la mesa y lo miré fijo.

— Ese Thomas defiende a Bill con uñas y dientes. Siempre está al tanto de cómo está él y qué le pasa; a penas percibió que yo lo trataba de un modo autoritario, ya se volvió en mi contra.

— ¡Me vale mierda, Ian! Eso es lo que hacen los hermanos, se protegen, supongo yo.

— Es que… — achiné mi mirada.

— ¿Qué?

— Yo no creo que sean sólo hermanos, Gustav — Alcé una ceja extrañado.

— ¿De qué hablas?

— Quizás esté algo paranoico en esa casa, pero yo dudo que sólo mantengan una relación sana de hermanos.

— ¿Qué insinúas, tío? Conozco a Bill, le gustan los tipos, sí, pero no creo que sea tan… degenerado.

— Es que tienen una actitud sospechosa cuando están juntos, y el modo en que se miran…

— Ya. ¿Yo te pago para que averigües qué hace Bill en su vida amorosa o para mantenerlo sin salidas?

— Es que…

— ¡Nada! Deja de fantasear con romances perversos e imposibles y céntrate en tus obligaciones. Para empezar, debiste impedir que tomara la decisión de viajar.

— Repito que es difícil.

— ¿Quieres que te recuerde lo que pasará gracias a tu falta de compromiso?

— ¿Por mi falta de compromiso? No, eso sí que no lo permito, Gustav. Si esos tipos hablan y nos encontramos con los malditos polis metidos en nuestros culos, será exclusiva responsabilidad de Bill.

— ¿Tú notas que está haciendo algo por sacarlos?

— Honestamente no. Lo único que sabía era que Molina está algo molesto con él y no le devuelve las llamadas, es todo.

— Pero si el único comisario que puede sacar a estos hermanos de la cárcel, está enemistado con Bill, podríamos ir proyectando nuestro escape de la faz de la tierra.

— Algo así — Solté un cansador suspiro revoloteando mis ojos.

— ¿Bill pensará que estamos bromeando?

— No creo, Gustav.

— En serio. Pareciera que cree que estamos simplemente asustándolo. Él no tiene idea de lo real que es esto.

— Tú ya me diste la orden de matar a su padre si llega el lunes a las siete y esos tipos no están afuera. Él lo sabe.

— Aun así sigue viviendo la vida loca. Pero deja que se confíe. Mientras más confiado esté, menos alerta estará para cuando haya que cumplir con nuestra palabra.

— Totalmente. Oye, ¿qué hago yo por esta semana?

— No puedes ir a su casa si él no está; ¿a qué irías? No seremos tan tontos — dije —. Esperemos a ver qué pasa. Quizás nos sorprenda y esté organizando la salida de esos tipos por los próximos días.

— ¿Tú crees?

— Sí, no es una opción muy concreta. Pero conociendo a Bill, sé que es un tipo impredecible — Ian se encogió de hombros. —. Oye, ¿Bill ha estado recibiendo las visitas de algún médico o ha ido al hospital por su adicción?

— Su padre mencionó que un doctor amigo de la familia lo está tratando con medicamentos y dietas.

— Oh… así que no puede solo — reí bajo.

— ¿Qué tramas? — Disimuladamente observé a ambos lados de nuestra mesa. Todos los tipos bebían o coqueteaban con las apuestas camareras del lugar. Nada de peligro.

— Te daré algo que quiero que le regales — Del bolsillo de mi vieja cazadora saqué una pequeña cajita, delgada y algo larga. —… Toma — Extendió su mano sobre la mesa y lo guardó rápidamente entre sus ropas apenas lo tuvo en su poder, sin detenerse a observarlo.

— ¿Qué es?

— Una jeringa con heroína. Trata de deprimirlo con algo, o asústalo. De cualquier modo, que esté débil o cabizbajo.

— ¿Quieres que consuma? Vaya… creí que bromeabas con eso.

— Nunca bromeo con respecto a mi preciada droga. Dile que va por mi cuenta y que lo disfrute — asintió. Una malvada sonrisa se dibujó en mi rostro. —. Esto no va a quedar así… Si quiere fastidiarme la vida, yo se la fastidiaré dos veces — hablé recostándome en mi silla —. Otra cosa

— Dime.

— Mañana me haré una pasada por su estudio… Recordé algo, un pequeño detalle que podría ser útil para mí. Es una opción efímera, pero quizá resulte.

— ¿De qué se trata?

— Hay alguien en el estudio que odia a Bill. Uno era un abogado a quien tuvimos que darle un sustillo; un trabajo que Bill supo pagar bastante bien. Pero hay alguien más, curiosamente es la mejor amiga de ese abogado.

— ¿La tal Richael?

— Sí. ¿Has hablado con ella?

— No, no. Sólo la conozco de vista.

— Bueno. Las veces que la vi, ha quedado encantada conmigo y demostró cierto recelo hacia Bill. Tal vez me convenga tener un aliado que esté cerca de su círculo social. ¿Quién sospecharía de ella? Es por eso que necesito que mañana, a eso de las tres de la tarde, vayas a su despacho y discutas con él. No sé, haz algo para que no salga de allí el tiempo suficiente.

— Bien. Será sencillo. Aprovecharé ese momento para ‘debilitarlo’, como tú dices, y darle a nuestra querida amiga — dijo palmeando el bolsillo interno de su elegante saco, aquel en donde guardó la cajita.

— Por cierto, bonito porte, galán.

— No sabes cómo jode tener esto puesto todo el día. Me vine desde la casa directo hasta aquí, pero me cambiaré luego. Este no soy yo.

— ¿Y quién eres tú, amigo? — Miré un punto fijo del bar, cercano a la puerta. —. Te conozco desde hace años y aún no lo sé. Nunca has dicho siquiera una palabra acerca de ti o tu vida.

— ¿Para qué? — Noté que se recostó en su silla, cruzando sus brazos. —. Das las órdenes, yo actúo y así forjamos nuestra especie de amistad. No necesitas saber nada de mí.

— Supongo que el único que te conoce, eres tú, amigo.

— Suelo dudar de eso — reí.

.

By Bill

— Dos de estas bellezas, mis tostadas untadas con… membrillo — Formulé una ligera mueca de asco. —, mi zumo de jugos ricos en vitamina C, naranja y mandarina, y finalmente mi teléfono móvil para ver qué me cuenta Robert — Marqué ‘llamar’ en mi móvil y esperé al tiempo que mordía una de mis tostadas.

— Hola.

— ¡Robert! — exclamé con la boca llena.

— ¡Hijo! ¿Cómo estás? Bonita forma de adornar mi tarde con tu llamado.

— ¿Tu tarde? Robert, es de mañana.

— Oh… ¡Jaja! Es que estoy despierto desde hace seis horas, pequeño.

— ¿Trabajando toda la noche?

— Sí… Trabajando.

— ¡No me digas que andas con suripantas baratas! Dios.

— ¡De baratas no tienen ni los esmaltes de las uñas! Oye, ¿para qué me llamabas?

— Sólo para contarte que viajaré por esta semana.

— ¿Acaso aceptaste mi propuesta de tomarte unos días en mi casa de Grecia?

— No, no. Aunque te agradezco el gesto, viajaré a Nueva York.

— ¿Nueva York? ¿Qué cosa buena puede haber ahí?

— Thomas visitará a su madre y me invitó. Creo que es una buena idea; allí puedo relajarme y volver recargado cuan Mátrix.

— Curiosos lugares ves tú como relajantes.

— Quiero dejar las excentricidades por unos días. Supongo que me servirá.

— Vale, hijo, entonces me alegro por ti. Y en cierta forma te envidio; nunca he pasado tanto tiempo seguido en un mismo país.

— Con Tom lamentamos no haber conseguido que el juez revocara esa orden de permanecer en Alemania.

— Ya. Ni pienses en eso que ya falta poco para que todo termine — Asentí bebiendo unos tragos de mi zumo. —. ¿Y cómo estás de tu tratamiento?

— Fantástico. Acabo de tomar mi medicación.

— Cualquier cosa que necesites tú o tu padre, no dudes en llamarme por favor.

— Desde luego, lo sabemos. Gracias, Albert. Y te dejo porque no quiero molestarte en tus encuentros amorosos, ¡a tu edad sé que se dan una vez cada tanto! — estallé en una carcajada de mera malicia.

— ¡Quiero ver qué tal va tu sexualidad a mi edad, pequeño!

— Nos vemos.

— Como digas. Cuídense y pásenla en grande — reí bajo y colgué la llamada. Menudo personaje ese.

— Buenos días, Billy — saludó Susan ingresando a la cocina. Yo le respondí con la boca llena de jugo y una sonrisa —, ¿cómo estás?

— Bien… Su, ¿dónde está Jimmy?

— ¿Jimmy? En el porche, como siempre.

— Genial. Tengo que hablar con él — Me puse de pie de inmediato y dejé un suave beso en la frente de mi madre postiza. Ella sonrió sonrojada y fue hacia el refrigerador.

Atravesé el living mientras empleaba una corrida alegre, a toda velocidad por la casa. De pequeño papá me regañaba cuando me veía corriendo por la sala, y yo siempre lo desafiaba haciéndolo de todos modos. Hasta que un día caí de cara al suelo y se me partió un diente… nunca lo olvidaré.

Abrí la puerta de salida aprovechando que ya estaba presentable para mostrar mi cara de la mañana a la humanidad. Já. Era tan idiota cuando estaba de buenas.

Con la mirada exploré todo el porche, entre las fuentes de agua y los tres autos de alta gama que se encontraban estacionados. En el portón se encontraba el cuerpo de seguridad que mayormente seguía de aquí para allá a mi padre. Yo los odiaba. Odiaba tener a esos gorilas cuidando mis espaldas, por eso le habrá resultado extraño a Susan que buscara al jefe de la seguridad.

— ¡Jimmy! — el susodicho se volteó de inmediato, despegando su atenta mirada de la calle. Con unas gafas cubriendo sus ojos, una expresión seria y una de esas radios en su mano, caminó hacia mí. Crucé mis brazos en el marco de la puerta, golpeado por la fría brisa de otoño.

— Dígame, joven Kaulitz.

— Escucha, no sé si te enteraste, pero Thomas y yo saldremos del país esta semana.

— Aún no se me comunicó nada, señor.

— Bueno, te lo comunico ahora — hablé —. Lo que quiero es que tú y tu cuerpo de guardaespaldas no dejen entrar en esta casa a nadie que no sea de nuestra estricta confianza, ¿de acuerdo? En mi ausencia quiero que mi padre esté lo más seguro posible.

— No tiene ni que mencionarlo, así será.

— Vale. Pero en especial, quiero que le prohíban la entrada a Ian Martens.

— ¿Su administrador de imagen?

— Correcto. No lo quiero por aquí bajo ninguna excepción. Estoy confiado que mi padre no lo invitará ni mucho menos, pero si así fuera, no me interesa qué diga él, no lo dejen entrar.

— Entendido.

— Bien. Es todo — Asintiendo, se dio la media vuelta y volvió a su lugar de vigilancia. Yo sentí que me quitaba un pesado bulto de encima. Algo menos —. Ahora estoy tranquilo.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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