«Apostemos» Temporada II

Capítulo 18: Alianzas

— ¿Hablarás? — Ya había apagado mi computador portátil tal como me lo había pedido, sin embargo, no soltaba la cuerda a aquello que quería decirme. Estaba más calmado que el día anterior, cuando casi me mata en mi dormitorio. De todos modos, no me fiaba de esa cara de liviandad y tranquilidad. Nunca debes fiarte de tipos como él.

— Quiero disculparme por lo de ayer, Bill. ¿Sabes?, he recapacitado al respecto y actué impulsivamente — dijo. Para mayor sorpresa, no se reivindicó en nada de lo que acababa de soltarme, haciéndome entender que hablaba muy en serio. —, sólo eso.

— No entiendo nada.

— No hay mucho para entender.

— ¿Y a qué se debe este cambio tan rotundo de actitud? ¿Qué quieres conseguir?

— Nada — rió por mi desconfianza —. No todo tiene tenebrosas intenciones ocultas.

— Lo que tenga con ver contigo, sí.

— Estás equivocado. Mira, yo nada tengo en tu contra. Simplemente cumplo con mis obligaciones, con mi trabajo — Alcé una ceja, continuando con mis dudas. Para nada le creería ni una sola de esas patrañas que su boca botaba como veneno. No, señor. —. Sólo tengo una pregunta que me hago recurrentemente… ¿Cómo es que tienes todo esto? — interrogó rompiendo su relajada posición en la silla, y se arrimó a mi escritorio, juntando sus manos sobre él —; me refiero al trabajo tan generoso, a la fama, al dinero, al poder. ¿Cómo lo has conseguido?

— Con esfuerzo

— Esfuerzo, eh.

— ¿A qué viene la ironía? — cuestioné con recelo.

— Me suena raro esa palabra en tu vocablo, pero más me impresiona que la emplees como un adjetivo para tu persona.

— Piensa lo que te venga en gana; yo sé cuánto me costó conseguir todo lo que hoy tengo y sé también por lo que pasé.

— Qué difícil es imaginarlo.

— Sabía yo que no venías a otra cosa que a fastidiarme la paciencia — murmuré virando mis ojos.

— No, en absoluto. Es sólo que eres bueno con la lengua, eres rápido para cercar barreras y allanar caminos. Será esa tu clave, de seguro.

— Mi clave es estudio, dedicación, responsabilidad…

—… drogas, descontrol, fiesta, fracasos, etc., etc.

— Cierra el culo.

— Con la verdad no ofendo, ni mucho menos temo. Bien sabes que tengo razón, bien sabes tú que no serías nadie de no ser por tu padre; y él tampoco sería nadie de no ser por su padre, y así sigue la historia. Me pregunto si existirá alguien con talento en tu familia.

— No vale la pena discutir el grado de talento existente en mi familia con alguien de tu rango social — dije sarcástico volviendo a abrir mi computador portátil y procurando volver a mis tareas. No me fastidiará el día ese maldito patán… no iba a dejarlo.

— Qué curioso se oye que hables de mi rango social como si fuera muy diferente al tuyo. Alguna vez estuviste aquí, en donde yo estoy ahora. De hecho, continúas aquí. Le sigues chupando las bolas a Gustav como lo hacías hace un par de años atrás, Kaulitz. Das pena, en serio — Sonrió y maldije haberlo hecho pasar a mi despacho desde un comienzo. —. Sólo basta con mirar tu disfraz de abogado exitoso siendo un completo drogadicto en decadencia que está siendo evaluado para ver si lo internan, o no — disparó —. Dime qué tan lejos estoy de meterte en una crisis de nuevo — Soltó una risotada que seguramente se llegó a oír en la recepción también. —. ¿Lo ves? Constantemente estás pendiendo del hilo que sostiene alguien más. No sabes valerte por ti mismo, Bill. Es por eso justamente que me cuestiono cómo es que tienes tanta suerte; si es que eres un Don nadie — Desvié la mirada a la pantalla ya media oscura del computador enfrente mío, debido al desuso que le daba. —. La única manera que tienes de sentirte alguien en el mundo, es con un poco de sustancia en tus venas. Sabes es así, yo me drogo y no podrás negármelo.

— Eso era antes. Ahora sé lo que valgo, así que puedes meterte todas y cada una de tus palabras en el bolsillo.

— Vale. Juguemos a que eres un chico grande y fuerte, capaz de tomar cualquier decisión, veamos qué tan corajudo eres — Su rostro se puso serio de un momento a otro y del bolsillo interno de su cazadora, sacaba una cajilla blanca frente a mis ojos. A penas verla, una sensación familiar venía a mi mente, como un deja vú. Conocía ese tipo de cajitas, solían llamarme mucho la atención. Antes veía su contenido como la puta gloria, un magnífico escape. Ahora lo veía como una cagada, algo que me monopolizaba.

Dejó el objeto frente a mí, sobre el escritorio y sonrió cuando notó la alteración que reflejaba mi rostro.

— Nos veremos luego, Bill — dijo conteniendo la risa e irguiéndose en su sitio. Luego se volteo noventa grados y se marchó enfilando la caminata lenta hacia la puerta.

Una vez que desapareció, dejé caer mi cabeza sobre mis manos, rendido por el hartazgo y el dolor de saber que sería yo toda mi vida, que nunca escaparía de mi karma. Y era el momento cuando una pequeña ventana de esperanza se abría; una ventana de un diámetro suficiente como para colar un dedo dentro. La esperanza trataba acerca de esa cajita… Era la prueba que mi tratamiento andaba necesitando. Tal vez era demasiado temprano aún para toparme de frente con uno de esos obstáculos, pero de todos modos, por ciertas razones del destino, allí estaba toda para mí. Era una pequeña ventana abierta y no creía caber por ella…

— Mierda — La tomé desesperadamente, abriendo la caja como si… […]

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By Gustav

Subí a la recepción de ese inmundo estudio jurídico luego de recibir el mensaje de texto de mi colega. La perturbación acerca de cómo actuar o qué mierda inventarle a la recepcionista para que me dejara ver a Richael, quedó en el olvido al verla a la morocha salir de su oficina, justamente, cuando yo acababa de ingresar en el lugar. Sonreí. Parecía mentira que todo me andaba saliendo bien ese día. Si conseguía mi propósito con aquella puta, literalmente me ganaría el cielo; mi cielo personal.

— ¡Mi horóscopo me dijo que hoy sería mi día dichoso! Qué hermoso toparme contigo apenas llegar, Richael — halagué satisfecho luego por su reacción —. Me recuerdas, ¿cierto? — Encantada, asintió deteniéndose finalmente frente a mí.

— ¿Cómo olvidarme de todo un caballero como tú, Gustav? — Caballero… hasta cierto sonaba.

Tomé su delicada mano y me incliné en modo de reverencia, gesto que llamó poderosamente la atención de la chismosa recepcionista.

— Aunque no creo en el horóscopo — bromeó quitando de mi alcance su mano velozmente. Reímos, yo algo forzado, y volvimos al ambiente meramente interesado por el que yo estaba en ese lugar.

— Tampoco yo, así que estamos bien.

— ¿Y qué haces por aquí?

— Bill, como siempre — Ahora sí dejé en clara evidencia mi tono de fastidio al nombrarlo. Quería ver su reacción ante ese detalle.

— Disculparás mi intromisión, pero la amistad de ustedes es algo rara.

— ¿Qué función cumple el ‘rara’?

— Luce desgastada.

— Es que data de muchos años, cariño. Además, es más bien algo conveniente mantener el contacto. Sí me entiendes, ¿verdad? — guiñé y ella sonrió interesada.

— Es decir que no son muy amigos que digamos, sino que hay conveniencias que los une. Interesante — meditó —. Odio a Bill Kaulitz — susurró esto último, cuidándose del poderoso oído de chusma de barrio de la secretaria a nuestro lado.

— Entiendo perfectamente — Ella tenía la malicia pintada en el rostro. ¡Me encantaba! —. Y dime, belleza, ¿podríamos continuar esta conversación en algún lugar adecuado durante tu receso? — indagué con tono seductor sabiendo que no iba a negarse.

— Desde luego. ¿Elijo el lugar?

— Sé de uno que te gustará, pierde cuidado por eso.

— Bien — aceptó gustosa la muy zorra —, te confío mi exquisito paladar, Gustav.

— ¡Qué responsabilidad! — Ese paladar ha de estar acostumbrado a saborear jugosos miembros masculinos. La tenía en mis manos.

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By Tom

Bajé la guardia por unos escasos minutos, con los ojos clavados en unos papeles que nada tenían que ver con mis pensamientos actuales. Lo único que quería era saber qué pasaba por la mente de mi hermanastro. Durante el transcurso de estos días había estado analizando muy bien la situación que parecía rodear la vida de Bill. Temía por él, por la cantidad de cosas desconocidas que me oculta. Lo veía en su mirada a cada instante. Él me provoca la leve desconfianza en cada una de sus palabras. Quiero, y le repito todo el tiempo que me es posible, que me lo cuente todo, que no se calle nada, que puedo ayudarlo en esto, en aquello y en todo que pueda pasarle. Pero tal cosa no ocurre. Pareciera que no cae en cuenta del verdadero riesgo de la vida que vive. Ese Gustav es un claro ejemplo de lo que digo; el tipo anda obsesionado con él. Las cosas que me ha contado o de las que me he enterado gracias a aquel detective, son dignas de un enfermo mental. Y me aterroriza que Bill esté en manos de un sujeto así. ¿Es posible cambiar toda esa maraña de cuestiones? Me enferma en secreto no saber la respuesta. Cada momento que no tenía a Bill conmigo, aunque se encontrara en el mismo edificio que yo, tenía la corazonada de que me necesitaba, que estaba en peligro. ¿Paranoia?, eso también me preocupaba.

Volteé la mirada hacia la pared de junto, la que portaba todos los títulos de mi padre.

De repente la puerta fue golpeada, interrumpiendo mis pensamientos. Inmediatamente me desestabilicé, mirando como perdido en aquella puerta. Era como si quien llamara del otro lado, tuviera mi dosis de calma.

No lo habilité a pasar, sino que me dirigí de a veloces pasos alargados hacia el portal en sí y posé mi mano en el pomo, cerrando mis ojos durante unos segundos.

La abrí de un golpe viéndolo del otro lado levantar la vista del suelo y sonreírme.

— Bill… — susurré apenas audible, tomando su mano de sopetón y metiéndolo de un rápido movimiento al interior de la oficina. Él ahogó una exclamación de sorpresa y rió divertido. —. Te eché mucho de menos — dije apenas cerrada la puerta y me incliné directo a sus labios carnosos. Él me abrazó rodeando mi cintura con sus delgados brazos y ejerciendo movimientos lentos, acordes a los míos. Yo acariciaba sus mejillas con mis pulgares. Ese beso era el que necesitaba. Quién se imaginaba que, entre esas cuatro paredes, se encontraban los hijos del abogado más importante de Alemania, besándose. Nadie podía siquiera visualizarlo en sus precarias y cerradas mentes. Me enfadaba pensar que es tan incomprendido ese lazo que nos unía. A nadie lastimábamos y hasta la Biblia dice que el amor es lo que puede salvar a este pecaminoso mundo. ¿Dónde dice esa ‘sabia’ y ‘preciada’ biblia que el amor nace de un hombre y una mujer totalmente desconocidos? No lo dice. Sea de príncipe o sirvienta, la mierda huele igual. Entonces, ¿por qué buscan el origen del amor, si es amor de todos modos?… ¿Amor?

— ¿A qué se debe esto?

— Simplemente te extrañé — expliqué sin demasiada ciencia, manteniendo la unión entre nuestros cuerpos —. No veo la hora de borrarme de este país contigo.

— Igual yo. Los días aquí ya se han vuelto eternos.

— Paciencia…

Su rostro me regalaba una expresión totalmente aliviada y pacífica. Eso era lo que adoraba de él; aunque el mundo se le caiga en la cabeza, le regalará una cálida sonrisa a sus seres queridos sólo para que se sientan bien.

— ¿Tienes planes para el almuerzo?

— Trabajo, trabajo y más trabajo.

— ¿Lo dices en serio?

— Sí, lamentablemente — Me separé lentamente de su cuerpo y suspiré fastidiado. —. Es que quiero dejar todo en cero cuando nos vayamos.

— Entiendo. Entonces me quedo a ayudarte.

— ¿Ayudarme? ¡Claro que no, Bill!

— ¿Por qué? — negué reiteradas veces volteándome y caminando hacia mi escritorio nuevamente.

— Porque tú ya hiciste tu trabajo. Yo haré el mío.

— Pero quiero ayudarte, Tom — Oí que se acercaba y lo miré por encima de mi hombro. No me gustaba la idea de que tuviera trabajo extra. —. Además, también te eché de menos y quiero pasar tiempo contigo, aunque sea trabajando.

— Pero­…

— Nada — Sus manos volvieron a rodear mi cintura, pero ahora se situaba detrás de mí. Sonreí de lado al tenerlo tan cerca. —. Nos quedaremos aquí tratando de adelantar algo de todo esto. Porque para empezar, eres demasiado desorganizado — comentó acerca de mis papeles.

— Sé de qué trata cada uno de ellos — me defendí.

— Lo sabrías más si usaras carpetas o folios de vez en cuando, eh — ironizó separándose con una sonrisa burlona y soberbia. Reí bajo ante su ego que parecía siempre tan inmenso, pero que en realidad era un ego fácil de doblegar y lleno de fisuras. —. ¿Por dónde empezamos?

— ¿Qué te parece por aquellas llamadas?, son de la rueda de prensa, me las pasó Tania esta mañana.

Asintió entusiasmado aunque leer nombres de paparazis fuera lo que más odiaba en la tierra. ¿Dónde podría encontrar alguien igual? En ningún sitio. Él era único en un millón.

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By Gustav

— ¿Qué te parece este sitio?

— Es fabuloso. El café está delicioso y la tétrica del lugar me encanta.

— Me alegra, Rich. ¿Te molesta si te llamo de ese modo?

— ¡Por supuesto que no! — rió encantadoramente —. Tú me caes bien, Gustav — dijo antes de beber unos tragos de su bebida. Yo me concentraba en observar cada uno de sus gestos, analizando si se trataban de gesticulaciones sinceras o fingidas. Debía estar seguro sobre confiar en ella o no.

— Dime por qué.

— Bueno — dejó la taza sobre el platillo y carraspeó —…, eres caballeroso, divertido, ingenioso y aparentemente odias a Bill. Eres perfecto.

— Ese adjetivo me es ajeno, pero gracias. Aunque es algo determinado deducir que odio a Bill. Digamos que somos de dos mundos diferentes pero idénticos en lo personal, aunque él parece haberlo olvidado.

— ¿Tú idéntico a Kaulitz? Estás totalmente equivocado.

— No, en serio. Te sorprendería conocer lo parecidos que somos. Dos completos desastres.

— Pareces conocerlo mucho… — Eso me alertó al instante.

— Sí.

— Interesante— Arpía.

— Tú sí lo odias; eso se huele en el aire. ¿A qué se debe?

— Simplemente siempre me ha arrebatado todo lo que quise. Continuamente está por delante de todos nosotros en el estudio por ser el hijo de Jörg — Viró sus ojos con molestia. —. Lo peor es su soberbia. Ese afán de llevarse el mundo por delante, achicando nuestro trabajo.

— Sé de qué hablas. Lamentablemente me ha tocado sufrir ese lado de Bill. Pero para ti ha de ser peor, ya que son familia — Automáticamente me observó confundida por lo que había dicho. Ahí había gato encerrado.

— Yo no soy familia de Bill.

— ¿No? Habrá sido un error entonces. Es que leí en un diario local que andabas con Thomas Trümper — Simulé ingenuidad en el tema para sonsacar información.

— No es nada serio, penosamente. Él me gusta mucho —… su billetera —, pero aparentemente él sólo quería pasar el rato.

— Lo siento mucho, Rich. Créeme que no sabe de lo que se pierde — sonrió de lado

— Gracias. Intenté hablar con él y demostrarle que no soy lo que Bill le pinta a todo el mundo.

— Bill ha sido muy cruel contigo; hasta se mete en tus relaciones.

— Sí. Es por eso que le guardo tanto rencor — negó resignada volviendo a tomar su taza de café y ahora observaba algún punto recóndito a mis espaldas.

— Calma. Todo estará bien, Rich. Eres una gran mujer.

— ¿Tú crees?

— Totalmente. Eres inteligente, bella, capaz y audaz. Conseguirás todo lo que quieras, créeme — Me obsequió una sonrisa, como comiendo de mi mano. —. Me gustaría que esta amistad no se corte, ¿sabes?

— Lo mismo digo. Me gustaría volver a verte. Me ayuda mucho hablar contigo.

— Pues cuando quieras no tienes más que llamar a este número — Tomé una de mis tarjetas personales del bolsillo interno de mi chaqueta. Se la extendí y la tomó gustosa, con una sonrisa aún en su cara. —. Veo un futuro prometedor en esta dupla — rió sin decir nada y eso fue todo lo que necesité.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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