«Apostemos» Temporada II

Capítulo 19: Revolviendo el pasado

Todo es tan ligero que siquiera lo veo. El ritmo que toma lo diario de todos los días es abrumador. De repente te levantas y cuando te pones a analizar la situación con la mente en frío, estás acostándote en tu cama de vuelta. Así como todo llega, todo se va. Como arena entre los dedos, los momentos se escabullen entre sí. ¿Qué es el día sino un montón de momentos juntos? Detalles se pierden y quedan formando una diminuta parte del olvido. Hablar de disfrutar cada momento es como intentar que el agua de la lluvia ascienda en lugar de ocurrir lo contrario. Es imposible. ¿Cómo es que se disfruta el momento? El tiempo se va más rápido cuando te preocupas por disfrutarlo. Hoy tienes cierta edad y dentro de algunos años serás un adulto o un anciano, y te habrá parecido que no ha pasado el tiempo suficiente.

Aún recuerdo cuando corría como niño chiquito a los brazos de mi madre porque caí de la bicicleta y la herida ardía. Hoy me topo con millares de problemas a resolver sin ninguna herramienta o apoyo. Me preocupo por preocuparme, me concentro en concentrarme, me intereso por interesarme, pero aun así no lo logro si es que lo pienso tanto. ¿Cuál es la clave entonces? Esto es así; no te alteres demasiado y sufre las consecuencias. Altérate demasiado y continúa sufriendo las consecuencias. La vida está llena de paradojas que nos afectan día tras día. Una mañana te despiertas sintiéndote un rebelde sin causa y luego lloras por una baja calificación. ¿Qué explicación hay para ello? Ninguna. Es una simple ironía. Alguien en algún lugar se ríe de nosotros. Nos proponemos disfrutar al máximo de una salida, pero a los diez minutos te ves en el coche de vuelta a casa. Piensas que un día esa persona especial partirá hacia la eternidad y eso te asusta. Entonces la aprovechas al máximo, pero llegará el inevitable día en que te dejará y se marchará. Será ahí que notarás que no existe número de abrazos, besos, miradas y palabras de afecto que basten para satisfacer tu necesidad de verla de nuevo. Te crees un ganador y un simple reproche te destruye por dentro y te derrumbas. No importa lo mucho que te esfuerces, siempre habrá algo que lo estropee todo. No interesa lo mucho que te prepares, ya que llegará el momento y verás que aún necesitas más tiempo. Entonces yo me pregunto cómo es que se actúa. Bueno… supongo que ahora mismo debes pararte de ese asiento, mandar a la mierda todo y sencillamente matarte. Descabellado, eh. Pues siempre existirá algo que se te escapará de las manos, como el tiempo. Por mucho que te sacrifiques por lograrlo, no conseguirás manejarlo todo. Habrá un objetivo que te llevará toda la vida conseguir, una persona que mueva tu suelo hasta hacerte caer, una palabra que quebrantará tu orgullo, una lágrima que destroce tu ego y un bache que romperá tu carrocería. Sólo debes respirar hondo y continuar cuesta arriba. Llora si así lo necesitas, grita si quieres que te escuchen, calla si así debes hacerlo, teme pero no dejes de avanzar y avanza pero no dejes de temer. Cada experiencia te hace quien eres, siéntete orgulloso de ello.

— Papá estaba algo raro.

— Odia alejarse de mí, imagina hacerlo de ambos.

— ¿Crees que esté bien?

— Prometimos llamarlo todos los días, eso es suficiente, Tom — Alejé la mirada del afuera y volteé para ver si mi objetivo de brindarle algo de seguridad surcaba efectos positivos. Y una sonrisa de lado me calmó a mí mismo. —. ¿Falta mucho? — indagué inclinando mi postura hacia el centro del parabrisas en frente, como queriendo ver algún sitio oculto en la carretera.

— Unos quince minutos — Un sonido de disconformidad abandonó mi boca y volví a mi postura en el asiento. —. ¿Nervioso?

— Prefiero llamarlo ansiedad.

— Le caerás bien. Es una mujer muy inteligente; ella sabe observar la verdadera esencia de las personas. Sólo sé tú mismo.

— Quizás ahí esté el detalle.

— Oye, cálmate. A donde vamos no tienes que fingir.

Honestamente yo sentía mi estómago explotar cada minuto en que se acercaba el inevitable momento. Conocer a la mamá de mi hermanastro, que encima es una especie de pareja también. ¿Cuál es la reacción natural de toda madre? Bueno… asesinar a sangre fría al depravado que anda pervirtiendo la mente de su hijo; es decir, yo.

— ¿Hay algo más que te preocupe?

— No — respondí sin querer pensar demasiado —, quiero olvidarme de todo esta semana, ¿de acuerdo? Nada de problemas ni obligaciones.

— ¡Me gusta esa actitud! — apremió — Pero más me gusta cómo te queda esa ropa.

— Es cómoda.

— Deberías adoptar ese estilo.

— ¿Tú crees? — Observé mis ropas, dubitativo. No me imaginaba con algo de lo que llevaba puesto en una junta o en un reportaje, ni de broma. Se trataba de unos jeans azules más anchos de lo que suelo usarlos, una sudadera blanca con un abstracto dibujo en colores cálidos y unas simples Converse. Mi cabello mantenía su look a lo Jimmy Neutrón y mis ojos lucían delineados, pero menos cargados de negro.

— Sin duda alguna. Va más contigo — Fruncí mis labios y observé la ventanilla de junto. Allí era primavera y los árboles se veían frondosos y verdes. Las casas de ese barrio por el que pasábamos eran de un solo piso, con jardines al frente y cercas mal pintadas. Los perros corrían por las calles o se rascaban sus pulgosos pelajes. En las plazas, niños se hamacaban y revolcaban en el pasto con ancianos caminaban tomados de la mano. Era todo tan ordinario que lucía hermoso. —. Bill, aunque ya hemos hablado de esto, quiero recordarte que mi casa de crianza es muy distinta a la de papá… — reí por su tonta preocupación.

— ¿En serio crees que eso me importa? Estoy harto de tanto lujo y apariencias que sostener. Además quiero conocer tu hogar, tu historia, que me cuentes cosas de tu niñez. Quiero saber todo de ti, Tom.

— Sé que estoy algo paranoico con esto, pero es que me inquieta la idea de que te sientas incómodo. No me gustaría eso.

— Eso no sucederá, puedes estar seguro — Acaricié su rodilla sobre sus anchos jeans y suspiró.

— ¿Te he dicho que te quiero?

— Muchas veces ya. Me preocuparé cuando dejes de hacerlo — Luego del momento jovial, cuan baldazo de agua helada, volví a la realidad y recordé que conocería a la mamá de Tom. Mi cara ha de haber cambiado rotundamente, ya que mi hermanastro junto a mí comenzó a reír a carcajadas y yo sólo me alteré el doble.

— ¿Sigues ‘ansioso’?

— Ya son nervios.

— Verás que nada es tan dramático como te lo imaginas y luego te reirás de tu estado actual.

— Ponte en mi lugar, Tom, ¿qué sentirías tú si tuvieras que presentarte ante la madre de tu hermanastrovio, quien es una completa desconocida? ¡Pánico!

— Simplemente le diría: ‘¡Hola, qué tal!, me llamo Thomas y soy la solución a los problemas de usted y de su hijo’, le sumo una de estas sonrisas… — Sonrió como un símbolo sexual de Hollywood. —, te tomo del brazo y te hago mío sobre la mesa del comedor, ¿qué te parece?

— O sea que quieres que haga lo mismo.

— No es mala idea lo último — bromeó.

— Ya. ¿La clave es ser yo mismo? Bien, seré yo mismo entonces — Tomé una gran bocanada de aire y luego lo boté lentamente.

— Anda, ¡Seguridad, Kaulitz! ¿Acaso no eres uno de los abogados mejor cotizados del momento?

— Sí…

— ¿No te desean todos los putos periodistas para que calientes con tu perfecto culo los sillones de sus programas?

— Sí…

— ¿No cuentas con dieciséis casos invictos?

— Sí…

— ¿¡No has encontrado soluciones en donde todos veían incertidumbre!?

— ¡Sí!

— ¿¡No les has cerrado el culo a más de un abogado, juez y fiscal en tu corta vida!?

— ¡Sí!

— ¿¡No dominas el maldito mundo de las leyes y el orden!?

— ¡Sí, maldición, sí!

— ¡Entonces puedes enfrentarte a mi madre! — No hubo respuesta llena de seguridad y confianza en ese momento. —… Bill — Me llamó y ante mi silencio volteó la mirada. Como un pequeño cachorro asustado mordía mi labio bajo temblando de pánico. —. Oye, Bill

— ¿Quieres que admita que tengo terror, Thomas?, ¿eso quieres? ¿Tan soberbia es tu jodida maldad? — interpreté su silencio como una negativa — ¿Entonces qué es lo que quieres?

— Avisarte que llegamos — Antes de poder procesarlo, el carro quedó estático casi llegando a una esquina. A lo más film de horror miré a mi hermanastro que sonreía tenebrosamente, también asustado, y musité unas débiles palabras apenas escuchadas en el auto:

— Moriré.

Movía mis dedos de forma nerviosa sobre la manija de la maleta en donde llevaba las pocas prendas ‘comunes’ que había comprado antes de partir de Alemania. Thomas notaba esto, pero sin embargo nada replicaba nuevamente ya que, con el correr de los minutos, él también se ponía más y más tenso. ¿Quién mejor que él para garantizarme que todo andaría bien, que la madre era una persona para nada quisquillosa? Nadie, sólo él. Confiaba en su palabra, pero de igual manera, los nervios eran devastadores en mí.

Del otro lado, dentro de la humilde y notoriamente reconfortante casa, se habían oído una serie de sonidos indicadores de que estaban abriendo la puerta. Inconscientemente, tomé la mano de mi hermanastro con desespero. Sus dedos se enredaron con los míos e hice más fuerte el agarre.

Ya no había marcha atrás alguna. La puerta comenzaba a abrirse sigilosamente, sin prisas. Las sensaciones ahora eran contradictorias y confusas. Quería que el momento se retrasara lo más posible, pero no obstante quería que se acabara también. Pero ninguno de esos dos deseos se concretaría aquella tarde.

— ¿Qué se les ofrece…? — La frase quedó tildada en el tiempo al depositar los ojos en su hijo. —. ¡Tom, hijo mío! — Solté a mi hermano sonriendo feliz por la escena. ¡Qué bellísimo momento! Tom concretaba su más preciado anhelo, que era volver a abrazar a su madre después de tanto tiempo separados. Se notaba a kilómetros que ellos no habían pasado más de unos pocos días separados, cuanto mucho. Pues el reencuentro era regocijante y sencillamente perfecto; digno de portar un marco y ser colgado en una pared para su recuerdo y exposición permanente. Yo era ese marco que lo memorizaría para siempre. Aquel abrazo probablemente haya sido de lo más sincero que mis ojos vieron jamás.

— Te extrañé horrores, ma.

— Y yo a ti, pequeño… No sabes lo mucho que necesitaba tener a mi bebé de vuelta en mis brazos — Usaría ese apodo en contra de Thomas cuando volviera a llamarme ‘bebé’ o ‘niño pequeño’. —…, pero este bebé no viene solo — Hizo claro hincapié en mi presencia en el lugar. Tom dijo que le había preguntado si le molestaba mi hospedaje en la casa, a lo que ella respondió, muy gustosa, que para nada era molestia. Confié en ello; esperaba que el pronóstico no se volteara en direcciones opuestas. —: ¡Me trajiste a un hermoso muñequito de regalo! — halagó separándose de su hijo. Éste estudió mi sonrojado rostro con una sonrisa orgullosa en la cara. Aquellas gratas palabras de Helga fueron un gran alivio. —. Pasen, pasen. Tenemos mucho qué contarnos — invitó haciéndose a un lado, pero sin sacarme los ojos de encima en ningún momento mientras atravesaba el vano de la puerta acarreando mi valija. Tom llevaba la suya y de inmediato le echó una minuciosa mirada a su casa, algo que yo desde luego omití. Simplemente me fijé en los detalles más sobresalientes, tales como un mueble o el color de la pared. Lo cierto es que la casa era digna de ser admirada. En mi vida había estado en un sitio como ese. Quizás piensen: ‘Vamos, simplemente es una casa.’, pero para mí es un terreno nuevo. Tanto yo, como todo mi círculo social tenemos menudas casonas en donde entran tres o cuatro de estos hogares. Sin embargo, aquí se podía oler un aroma exquisito. Un aroma a mañanas con pan casero enfriándose sobre la mesa, tardes con la chimenea encendida y noches con la cena al dente esperando en el comedor. En resumidas cuentas, se olía en el aire el aroma de una familia; por muy pequeña que sea, era una hermosa familia contenta.

— ¿Te gusta la casa? — preguntó Tom en mi oído, en un débil susurro. Pero su madre, absorta a esto, habló antes de que pudiera contestarle.

— Tom, ¿no me presentarás a este muchacho tan apuesto? — sonreí tímidamente dejando parada a mi lado la maleta con mis pertenencias.

— ¡Claro! Mamá, él es Bill. Bill Kaulitz.

— Tu hermanastro — Ambos asentimos y ella ensanchó más su sonrisa al tiempo en que me aprobaba con un movimiento de cabeza.

— Y, Bill, ella es Helga Trümper, mi madre.

— Pero dime solamente Hel — agregó dirigiéndose hacia mí y, para mi sorpresa, extendiendo sus brazos. Yo correspondí a ese abrazo con ansias que naturalmente desconocía. Esa señora tenía tanto parecido a mi madre… En su cabello, por ejemplo. A pesar de notarse que Helga tiñe su cabellera de rubio, se asemeja bastante al pelo rizado de mi madre, de igual color. Además su estatura. Lo sé porque, al abrazarlo a mi padre, recuerdo que él era sólo un poco más alto que mi madre; y Helga es la medida correcta.

— Gracias por aceptar recibirme en su casa, Sra. Trüm… Hel — corregí algo tarde y ella rió bajo luego de reprocharme con la mirada.

— Pareces un muchacho bien parecido, Bill. El gusto es mío.

— ¡Hemos superado la prueba de fuego! (creo) — murmuró esto último Thomas.

— Pasen a la cocina, por favor. Deben estar hambrientos por el viaje — habló la mujer dirigiéndose hacia lo que era la cocina, abandonando la sala del living. Helga rondaba los cuarenta años, aproximadamente. Era muy joven. —. ¿Volaron en avión?

— Sí, mamá. O tendríamos que haber salido hace tres días atrás, tomar un barco y así continuar — ironizó riendo Tom, siguiéndola a mi par hacia la cocina.

— Pero tú le temes a las alturas, Tom. No me gusta que vueles en esas máquinas.

— Para vencer los miedos, es necesario enfrentarlos, ma — Al estar dentro de la cocina, la mujer se volteó para ver a su hijo con ojos de asombro.

— ¿Mi hijo Thomas Trümper acaba de decir eso? ¿Qué fue lo que pasó?

— Alemania me pasó — suspiró y luego se dirigió a mí —. Siéntate, precio… — Abrí mis ojos como platos desbordados y él calló de inmediato —. Siéntate — asentí intentando mantener la calma y obedecí quedando enfrentado a él en la mesa. Helga descolgó un viejo delantal de cocina que colgaba de una de las esquinas de la alacena y se lo calzó.

— Ah… Alemania — suspiró igual —, el país que me ha visto crecer. Pero ustedes están en Hamburgo, ¿cierto?

— Berlín — corregí y ella frunció sus labios como pensativa.

— El sueño de mi madre era mandarnos a estudiar a la Capital a mí y a mis hermanos.

— Bill estudió allí, mamá — comentó Tom como si fuera algo de lo que había que hacer grandes alardes.

— No es nada, en serio. La educación no varía demasiado — Intenté achicar la pelota de soberbia que me había colocado Tom en la cabeza.

— Calmado, Bill. Se te nota la presión en los ojos — descubrió la mujer y no supe de qué color pintarme —. Relájate y hablemos. Cuéntame de tu vida allá. Ambos — Nos miró entusiasmada mientras caminaba al refrigerador.

— En realidad no hay mucho para contar, ma.

— ¿Bromeas? — hablé delatándolo — Hel, tu hijo está, nada más y nada menos que, a cargo del estudio entero. Lo dirige él sólo.

— ¡Oh, pero qué fabulosa noticia! ¿No ibas a mencionarlo? — Tom me fulminó con la mirada y yo aguanté la risa.

— Te había contado algo de eso…

— No. Me contaste que Jörg te nombró mano derecha, pero no que te dejó a cargo de semejante sitio. ¡Te felicito, bebé! — Éste rió avergonzado por los apodos que su madre le otorgaba en mi presencia. Tan macho que se cree cuando está conmigo, quién diría que es un bebé pequeño para su madre. —. Lo que no entiendo es por qué estás al mando.

— Es que papá está algo estresado y necesitaba de este descanso. De todos modos volverá a tomar la presidencia en la semana siguiente.

Dejó unos cuantos productos sobre la mesada y fue al grifo para lavar sus manos antes de comenzar a preparar lo que sería el almuerzo.

— ¿Y tú, Bill? Quiero conocerte.

— Necesitas más de una semana para conocerlo del todo — dijo Tom sonriéndome, a lo que yo correspondí chasqueando mi lengua.

— No es cierto. Lo mío es básico: soy abogado y todo se resume a eso.

— Estoy segura que hay más, muchacho. Mira, yo no veo mucha televisión, pero sé que eres mundialmente conocido ahora.

— Es más por la figura a la que estamos defendiendo ahora con Tom.

— No, no es sólo por ese arquitecto. Sé que tienes muchos casos sin perder, o como se diga.

— Ah… eso. Sí — admití modesto. Es que no quería que ella me halagara. Entre tanta humildad y esfuerzo, aún resonaban en mi cabeza las palabras de Ian.

— Cuando lo conocí a tu padre era igual. Él es muy conocido y admirado también. ¿Te das cuenta que vas camino a ser así también?

— Muchos me dicen eso, pero es complicado verme como él.

— ¿Por qué? No hay nada que te falte. Tienes talento, esa es la base.

— Lo sé, pero mi padre es la figura, yo soy la sombra. Así lo veo.

— Pues debes cambiar esa perspectiva de ti, Bill. Eres muy capaz y yo creo que hasta serás mejor que tu padre — aseguró —. Los hijos siempre deben superarnos; por eso me siento tan orgullosa de mi pequeño — reí.

— Mamá, ya deja de llamarme así.

— ¿Cómo?

— Así, tú sabes. ‘Pequeño’, ‘bebé’.

— Oh, no tiene nada de malo, bebé — Otra vez la cara de fastidio de Thomas adornaba el ambiente. —. Si te avergüenzas porque está Bill presente, estás equivocado. ¿Acaso a ti no te llama así tu madre, Bill?

— ¡Mamá! — exclamó de inmediato mi hermano y Hel se volteó a verlo, sorprendida por su reto.

— ¿Qué pasa?

— Tom, está bien — manifesté estirando mi mano hacia la suya, acaparando su atención.

— No comprendo qué pasa, hijo.

— Es que mi madre falleció cuando yo era pequeño.

Ella no supo en qué hoyo meterse y yo me apené por eso.

— No sabes cuánto lo siento, pequeño. No quise…

— No, por favor, está bien. Usted no sabía nada — Ella frunció su boca con disconformidad y, de un momento a otro limpió sus manos con el repasador que estaba a un lado.

— Creo que tú y yo tendríamos que hablar de algunas cosas relacionadas a este tema, Bill.

— Mamá, ¿te parece ahora? Acabamos de llegar.

— Entiendo eso, Tom. Pero yo no podría sentarme en la misma mesa que él sin aclarar un viejo tema del pasado que da vueltas en mi cabeza todo el tiempo — Tom quedó mudo unos segundos, pero después de entender la seriedad con la que su madre estaba hablándole, supo que no iba a hacerla cambiar de opinión. Yo, en cambio, no me negué a conocer su versión acerca de lo ocurrido hace veinticuatro años atrás. No pensaba pedirle explicaciones para nada, y menos tan pronto, pero entendía y celebraba su frontalidad y honestidad.

— Iré a deshacer las maletas en nuestro cuarto — comunicó éste poniéndose de pie. Asentí viéndolo voltearse y retirarse del lugar. Acto seguido, miré a Hel acercándose mientras tomaba aire. Se sentó a mi lado, en la cabecera, y juntó sus manos sobre el mantel con gráficos de frutos tropicales de la mesa.

— Yo sabía que tenía pareja — comenzó diciendo y deposité toda mi atención en sus palabras —, él me hablaba de una tal Simone todo el tiempo. Ella era tu madre, ¿no? — asentí —. Estaba muy enamorado y eso se notaba, pero también era evidente que era un niño jugando el rol de grande — Sonrió nostálgica, como volviendo hacia atrás en el tiempo. —… Tanto éxito y dinero le llegó de golpe cuando el estudio jurídico dejó de ser sólo uno en el montón y tuvo su propio brillo. Quizás eso fue lo que me enamoró de él; su juventud inagotable. Además, era increíble cómo un hombre de ese porte se fijaba en alguien humilde y corriente como yo. Aunque en mi juventud yo era muy atractiva — sonrió jugando a ser soberbia —. Él me lo prometía todo; todo eso que yo siempre había soñado. Y no se trataba de dinero, no. Era algo más.

— ¿Felicidad?

— Sí. Sí porque él me decía que iba a dejarla — Levantó su mirada a mis ojos y yo asentí sabiendo a quién se refería, desde luego. —. Decía que yo sería su única mujer. Sé que fui ingenua, porque estaba clarísimo que se moriría sin Simone. De todas formas quise jugar a que le creía.

— ¿Cuánto tiempo estuviste con él?

— Fueron dos años, creo. El tiempo suficiente como para darme cuenta que me tenía que alejar. Dos años con el mismo discurso habían sido demasiados.

— ¿Él seguía excusándose?

— Sí. Decía que una separación en el estupendo momento por el que el estudio pasaba, sería perjudicial para el mismo. Esto llevaba a discusiones, las cuales fueron subiendo de tono al poco tiempo.

— Él te golpeó…— Atónita, su voz se silenció unos segundos. Parpadeó con energía y bajó la mirada.

— Sí, lo hizo. Pero yo me metía en la cabeza que era mi culpa, que yo le provocaba esa ira — Asentí recordando esa vieja escena ya vivida. —. Hasta que un día ocurre lo que menos me imaginé que ocurriría — Hizo una breve pausa. —: Yo estaba embarazada y con mucho miedo.

— ¿Qué opinaban tus padres?

— Mis padres me echaron apenas enterados de la situación y fui a vivir con una amiga — asentí —. Cuando se lo conté a tu padre, ya sabía yo que no iba a caerle en gracia. Bill — llamó fuera de contexto —, no es mi intención ponerte en contra de tu padre con esto, así que dime si quieres que pare.

— No, para nada. Quiero escucharla.

Carraspeó y siguió contando, supuse, la peor parte de la historia.

— Al enterarse, lo primero que me exigió fue que abortara. Obviamente me negué estando completamente en contra de un asesinato de tales magnitudes… Luego de ese encuentro, él me dejó bien en claro que no quería saber nada del bebé, ni de mí. Dijo que no buscara perjudicarlo públicamente porque era lo suficientemente poderoso como para hacerme añicos. Yo sólo desaparecí de cualquier lugar en donde él pudiera hallarme. Me mudé de casa de mi amiga y me fui a una casucha que pude rentar. Me enteré del gran casamiento de Jörg Kaulitz al tiempo y me dediqué a criar a mi hijo. Luego sabrás qué fue lo que pasó, ¿no?

— Sí, Tom me contó todo lo que sigue — dije —. Yo entiendo y creo todo lo que usted acaba de decirme. Mi papá le pegaba a mi madre cuando yo era un niño y fui testigo de muchos de esos golpes, los presencié. Además, a pesar de ser hijo legítimo desde un comienzo, sufrí su ausencia durante prácticamente toda mi vida, ¿sabe?

— Me apena mucho.

— Le guardé mucho rencor durante largos años, hasta hace un tiempo en que ambos sentamos cabeza, como quien dice, y decidimos volver a comenzar.

— Me alegra eso. Uno no debe estar enemistado con sus padres.

— Sí. En eso me ayudó demasiado Thomas — admití sonriendo —. Cuando Tom me contó su historia y los sentimientos hacia mi padre, me dejó helado. Aun con tanto rencor razonable que pudiera tenerle, él lo llama ‘papá’ y no le reprocha nada.

— Qué bonito lo que dices. Me hace sentir orgullosa.

— Tiene que estarlo porque su hijo es magnífico — admití y sus ojos comenzaron a brillar —. Volviendo al tema; también la entiendo cuando dice eso de mis abuelos. Mi madre también perdió todo tipo de vínculo con su familia por su relación con Jörg y más aún con su casamiento — asintió —, y la muerte de mi madre influye mucho en la mala relación que tengo hoy, todavía, con mi padre.

— ¿Cómo que influye?

— Mi madre enfermó de cáncer y el tratamiento no surtió efecto debido a la mala sangre que se hacía en cada pelea con él. Ella estaba hundida en una fuerte depresión.

— Lo lamento tanto, querido — Sus manos acunaron las mías con tanto afecto, que me quedé hipnotizado con la manera en que este gesto se veía. —. Has sufrido mucho. Lamento tocar todos estos temas y revolver entre el pasado justo ahora, a pocas horas de conocernos; pero entiéndeme, por favor. No soy una persona hipócrita y soy consciente de que he sido la ‘extra’ en la vida de tu familia. Esto no podía esperar. Aunque no nos conozcamos, compartimos muchas cosas y quería que conozcas mi parte de la verdad.

— Comprendo totalmente. Aunque mi padre nunca me habló mal de usted, en absoluto. Yo supe que tenía un hermano a los quince recién y fue un baldazo de agua helada. Pero al conocer a Thomas, hasta estuve agradecido. No me importaba siquiera el daño que Jörg pudo hacerle a usted, o hasta a mi madre. Fui muy egoísta en el momento en que conocí a mi hermano porque al fin había alguien más conmigo. No exagero al decir que Tom me hizo feliz con su llegada a mi vida.

— Dios mío, qué hermosas palabras. Ahora entiendo el porqué Tom volvió tan devastado hace algunos años.

— ¿Por qué?

— Porque tuvo que alejarse de ti, y él también te veía como su gran compañero. Al fin, también, había alguien más en su vida — Asentí recordando cómo Tom se marchó aquella vez. Humillándome, cruzó la puerta con una radiante sonrisa de victoria. Pero luego, lejos de todas las personas que me conocían y lejos de mi casa, llegaba así a la suya. Triste. —. Pero basta ya — Secó unas lágrimas que habían caído por sus mejillas a lo largo de la conversación. —; hoy todo es muy diferente, ¿no?

— Por supuesto — me contagié de su positivismo.

Se paró volviendo hacia la mesada y continuando con la comida.

— Tú estás bien con tu padre, yo no le guardo rencor, ustedes son dos personas unidas finalmente y tienen mucho éxito en su trabajo, que es por lo que tanto rezo todas las noches. Todo está bien ahora. Y así lo hubiera deseado tu madre, pequeño — dijo con un tono de voz suave, como apiadándose de mí.

— Gracias, Hel.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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