«Apostemos» Temporada II

Capítulo 2: Reencuentros

Me paré a la par del rubio y observamos expectantes al médico.

— ¿Alguna novedad, doctor? — interrogué y el susodicho sonrió de lado asintiendo.

— Hay novedades. — Con Andreas nos miramos incrédulos.

— ¿Cuáles? — indagó el rubio.

— El paciente ha reaccionado. — Abrí mis ojos y boca con desmesura, mirando a mi acompañante instantáneamente. Éste rió fuerte y luego nos fundimos en un eufórico abrazo.

— ¡Despertó! — exclamé sintiendo un regocijo interno inexplicable. Alivio, quizás eso era.

Luego de palmear la espalda de Andreas, nos separamos sin dejar de sonreír como dos idiotas.

— ¿Y cómo está él? ¿Se puede entrar ya?

— Tranquilo, licenciado Markett. Yo sólo puedo informarles que se encuentra en buen estado, pero de lo demás se encargará el médico particular que el Sr. Jörg Kaulitz escogió. Éste ya se encuentra trabajando con el paciente. — Andreas asintió conforme y yo opté por imitarlo. — Ahora debo retirarme. Transmitan la noticia que en unos momentos recibirán las respuestas que buscan. Hasta luego.

— Adiós, doctor. Y gracias.

— Sí, gracias. — añadí.

— No hay de qué, muchachos. — Luego de esto, se volteó y volvió a sus respectivas obligaciones.

— ¿Quién será ese doctor? — Andreas se encogió de hombros sin mucho interés. Más concentrado estaba en marcar unos números en su móvil.

— Llamaré a Georg.

—Yo a mi padre. — Se alejó unos metros para hablar con más calma. Yo esperé unos momentos con el aparato en mi oreja y luego mi padre respondió.

— Hijo, ¿qué ocurre?

— ¿Estás sentado, papá? — indagué entusiasmado. Mierda, la voz cargada de alegría iba a delatarme.

— Lo estoy. — respondió ya ansioso, percibiendo las buenas nuevas en el aire. — ¿qué ha pasado?

— ¡Bill reaccionó, papá!

— ¡No me digas! ¡Oh, pero qué excelente noticia! — Reí regocijándome en oír a mi padre de nuevo animado después de haber sufrido demasiado. — Gracias a Dios. No sabes cuánto he rezado por esto.

— Fue sólo un susto.

— Ya mismo estoy saliendo para allá. En diez minutos estaré ahí con mi pequeño bebé.

— ¿Está Fred contigo? — recordé lo que me había dicho por teléfono.

— Está aquí, sí.

— Entonces que él te traiga.

— ¿Qué? No, de ninguna manera. Iré en mi carro.

— Papá, estoy hablando en serio.

— ¿Crees que yo no?— revoloteé los ojos. Necio como Bill. —, no estoy muerto aún, puedo manipular un vehículo.

— No juegues con eso. Sólo quiero estar tranquilo aquí, así que deja que Fred conduzca. Por favor. — Lo oí suspirar y supe que había conseguido lo que quería.

— De acuerdo. Allá vamos.

— Bien. Te amo, papá.

— Y yo te amo a ti, hijo. — Colgué la comunicación viendo a Andreas volver a mi lado.

— ¿Y? — pregunté.

— Menudo quilombo armó Cortez en el estudio.

— ¿Por qué? — pregunté asustado.

— Apenas vio por televisión que Bill fue hospitalizado se dirigió al estudio a exigir respuestas. Sabes que es como un hijo para él, el hijo que nunca tuvo. — asentí más calmo. Creí que algo había ocurrido con la parálisis temporal del caso.

— Sí, lo sé. ¿Georg te contó?

— Sí. Dice que hasta fue al estudio y todo. Seguro lo tendremos aquí en un rato.

— Dios no quiera. — susurré sin abalar esa idea.

— Georg estaba viniendo por su cuenta cuando lo llamé.

— Sí, él quería estar presente.

— ¿Y Jörg?

— Su médico Fred lo traerá.

— Genial. — asentí. — Todo empieza a mejorar, Trümper.

— Esperemos. — Asintió palmeando mi hombro y sonriente. Ahí entendí el poder de los malos momentos de la vida. Llegas a olvidar tus diferencias con las personas por un momento en donde necesitas apoyo y la unión

.

Me puse de pie al ver llegar a mi padre y al encuentro nos fundimos en un efusivo abrazo.

— Como dijiste, fue un susto terrible.

— Lo fue— Nos separamos y una sonrisa me regaló, casi envuelto en lágrimas. —, ahora podemos respirar aliviados.

— No estaré aliviado hasta que lo tenga entre mis brazos. — asentí sobando su brazo.

— Georg. — saludé estrechando la mano del abogado con mucha distancia en cuanto al afecto.

— Hola.

Desvié la mirada nuevamente, a todos los doctores, enfermeros y enfermeras yendo de un lado a otro. Uno venía hacia nosotros, pero no reconocí su rostro.

— Papá.

— Dime, hijo.

— ¿Quién es ese médico que mandaste a llamar para encargarse de Bill? — De un movimiento de cabeza me indicó a quien, efectivamente, se dirigía a nosotros.

— Es él.

— Jörg Kaulitz; un placer volver a verlo. — dijo con voz gruesa el, hasta el momento, misterioso tipo.

— ¡Marcel! — Se estrecharon en un abrazo que parecía casi fraternal. Yo sólo miré extrañado a un sonriente Georg y a otro igual Andreas. ¿Ellos también lo conocían? ¿Quién era este tipo en sus vidas y en la de Bill? — Es una pena que sea en estas circunstancias, pero de todos modos es un gusto verte. — dijo separándose del médico. Luego, éste estrechó las manos de los otros dos, sonriéndoles.

— Sí que han cambiado, chicos. Mírense, todos unos profesionales. — rieron, menos yo.

— Oh, Marcel, tengo que presentarte a mi hijo mayor— El susodicho me miró con una sonrisa extraña. Amable para otros, pero extraña para mí. —: Thomas Trümper. — Extendí mi mano para estrechar la suya con recelo. — Él, hijo mío, es Marcel Fournier. Fue el médico personal de Bill durante el año de tratamiento en Francia.

Nos soltamos y yo aún no lo tragaba.

— Es un gusto conocerte, Thomas. Bill me ha hablado mucho de ti.

— ¿Ah, sí? — pregunté desinteresado.

— Sí. — asentí seco y luego carraspeó, mirando fijamente a mi padre. — Muy bien, vamos a lo importante. Es necesario aclarar en qué punto Bill consume y dentro de qué parámetros lo hace. En el mundo de la drogadicción existen grupos en donde se puede ubicar a cada consumidor en particular. Está el consumidor experimental, consumidor recreacional, el circunstancial, el habituado y finalmente el consumidor adicto. — explicó. — Hace más o menos dos años o más, Bill pertenecía rotundamente al grupo de adictos. Padecía la necesidad permanente y compulsiva de experimentar el estado psicológico y físico que la droga produce tanto en su cerebro, como en su sistema, pero Bill dejó de pertenecer a este grupo de consumidores luego del tratamiento. Es decir, caracterizar a Bill como una persona dependiente de las drogas, es totalmente erróneo. Las cosas deben llamarse por sus respectivos nombres. — asentí sintiendo la acusadora mirada de Georg calarme en la nuca. — En estos momentos, Bill se encuentra en el grupo del consumidor circunstancial. Él siente la necesidad de lograr un fácil apoyo para enfrentar una situación determinada, o un estado de ánimo equis, como el estrés en su caso. — Se cruzó de brazos haciendo una breve pausa y luego continuó. — Luego de un tratamiento es normal que el ex adicto caiga en una recaída luego de los dos o tres meses. Se diría que, sin esta recaída, el tratamiento está incompleto. Es casi saludable, por llamarlo así. Pero Bill jamás tuvo una crisis de este tipo, por lo que se ha manifestado ahora. Tarde, pero llegó.

— Pero, Marcel, ¿y si ahora Bill vuelve a caer en la adicción? Es decir…

— Calma, Jörg. Con lo que conozco a Bill, estoy en condiciones de asegurarte que esto no volverá a pasar. — ¿Perdón? Encima esa sonrisita misteriosa que plantó en su cara. ¿Puedo golpear su cara? ¿O espero a que termine de hablar? — Yo me preocuparía más por lo que ocurra con el paso de los días. Tratándose de Bill, sentirá una enorme vergüenza y creerá que se convirtió en una decepción para quienes están alrededor.

— Eso no pasará.

— Pero él no lo ve así, Andreas— Ahora entiendo de dónde lo conocen esos dos. Georg y Andreas siempre fueron los únicos que visitaban a Bill en la rehabilitación. — y, mientras menos importancia le den a todo este tema, será mejor para él.

— ¿Cómo puedes pedir que no nos importe? — interrogué indignado y él lo notó. Ya tenía bien fijo que no me caía bien.

— No digo que no les importe, Thomas, sino que no le den la importancia verdadera. — Corrigió sin perder ese tonito cínico cuando se refería a mí. — Bill se enfrentó a un tratamiento que requería constante vigilancia, que estén pendientes de qué hacía o dejaba de hacer a todo momento y esto lo alteraba de sobre manera. Es por eso que, si lo ven ansioso por consumir, o dándose un atracón de membrillo en la cocina, sólo hagan de cuenta que es algo usual en él. Odia que lo traten como un enfermo, porque al fin de cuentas, él no lo es. Esto no es una enfermedad.

— Bien. — suspiró mi padre agobiado. — ¿Y qué alimentos o bebidas son buenas para alivianar y calmar la ansiedad?

— El membrillo es el mejor remedio para calmarla, ya que incrementa glucosa al organismo. Pero también son útiles las gaseosas de dietas, las frutas tales como la manzana y la pera, con sus respectivas cáscaras. Pero yo recomiendo el dulce de membrillo como principal remedio. Y evitar situaciones estresantes: estrés o fatiga crónica, como se lo quiera llamar.

— Es decir, poco trabajo. — especuló.

— No. Trabajar lo estimula y llega a relajarlo, aunque no parezca. Son las peleas pequeñas, las cosas sin sentido, la convivencia pesada con alguien en particular— Palazo en mi nuca. —, o algunas presiones exteriores.

— Bueno, él ha estado llegando tarde a casa, en horarios que no concordaban con los habituales— dijo mi padre. — y no daba ningún tipo de explicación. Quizás sea algo.

— Sí, y también ha estado poco comunicativo. — añadí.

— Eso es relativo— habló ese tal Marcel. —, Bill no es un bebé. Tiene veintidós años y puede no dar explicaciones si no lo quiere así. Tal vez frecuenta nuevos amigos fuera de su círculo social o una pareja. — Andreas y yo tosimos al unísono. Esto llamó la atención de los otros tres, que nos miraron curiosos. Marcel sólo sonrió. — En fin, eso no influye.

— Muy bien.

— Bueno, terminadas las indicaciones correspondientes, en unos quince minutos pueden pasar de a dos a verlo. Cuando despertó se encontró nuevamente en una clínica encerrado y se alteró.

— Pero está bien, ¿cierto? — cuestioné asustado.

— Sí. Le proporcioné una dosis de un analgésico leve por vía inyectable. En un rato volverá a despertar ya más calmo. Por eso mismo, háblenle lento, sin confundirlo. No lo llenen de preguntas de inmediato porque sus reacciones serán lentas por el sedante.

Asentimos todos y él nos sonrió.

— Si todo sigue como va, esta misma noche podrá pasarla en su casa.

— Esa es una excelente noticia. Una maravillosa noticia. — sonreí al oír a mi padre tan feliz. — Gracias, Marcel. Apenas te llamé te viniste en el primer vuelo a Alemania y no sabes cuánto valoro eso.

— Por favor Jörg, no exagere. Le tengo un gran aprecio a Bill y era todo lo que podía hacer. — Qué héroe era este tío. Noten la ironía — Ahora me retiro y en cuanto despierte les vendré a avisar.

.

By Bill

Cansado. Sabía que debía levantarme, abrir mis ojos. Pero la pereza llegaba al punto máximo, que siquiera me sentía en condiciones de respirar.

Intenté mover los dedos de mis manos. Me sentía flotar en el silencio que invadía la habitación del hospital. El recuerdo era tan recóndito que no sabía si era sueño o realidad.

Volví a caer. Otra vez actué como un asqueroso drogadicto, una persona totalmente… Un momento. Alguien estaba sentado a mi lado. El colchón se hundió a la altura de mi cintura, del lado de mi derecha. ¿Qué médico se tomaba tanta confianza como para sentarse al lado del enfermo?

Extrañado, abrí los ojos que cerré por la molestia, temiendo que la luz solar victimizara a mis cansadas corneas. Pero no; la iluminación se basaba en luz artificial.

Divisé un rostro amorfo observándome desde arriba, hasta que la imagen fue volviendo más concreta. Lo primero que reconocí fueron esos inconfundibles ojos celestes.

— ¿Estoy soñando? — interrogué atónito y él rió bajo. Su voz… sí, era él.

— Créeme, estoy muy lejos de estar en tus sueños.

— ¡Marcel! — exclamé con voz ronca y él ensanchó su sonrisa.

— Hola Bill. — Parpadeé con energía, insistiendo con la idea de estar hundido en un profundo sueño. Pero era realidad. Después de más de dos años, él había vuelto a mi vida.

— No puedo creerlo. — Intenté sentarme en el colchón, pero los músculos me fallaron y mi cabeza chocó contra la almohada de nuevo.

— Déjame ayudarte. — Se puso de pie y tomó mis antebrazos con fuerza, impulsándome hacia arriba para sentarme en mi sitio. La tarea se volvió mucho más sencilla y luego sólo quedó deslizarse hacia la cabecera para usarla de apoyo. — ¿Mejor? — asentí mirándolo incrédulo.

— No creo que estés aquí. — Volvió a sentarse donde estaba en un primer momento y tomó mi mano entre las suyas, acariciándola con ternura. — Estás diferente.

— El tiempo pasó para ambos.

Bajé la mirada a mis piernas bajo las blancas sábanas, sintiéndome avergonzado.

— Hey, ¿qué ocurre? — Volví a mirarlo a los ojos y negué con suavidad.

— Lo siento.

— No, no, Bill. — Una de sus manos soltó la mía y fue a acariciar mi mejilla con la punta de sus dedos. — No tienes que pedirme perdón por nada.

— Pero yo fallé al tratamiento, a mi familia y a mí mismo.

— Eso es lo que sí te acepto y no discuto— dijo de inmediato, sonriéndome. —: lo que ha ocurrido contigo mismo. Los demás no deben importarte, porque después de todo eres tú quien está en una clínica, ¿entiendes? Ninguno de nosotros padece lo que tú.

— Pero los hago pasar malos ratos.

— Pero una gran felicidad al saber que ya estás bien.

— Siempre encuentras el lado bueno.

— Porque siempre lo hay. — carraspeó. — Así que ahora eres un prestigioso abogado. Figúrense todos, eh. — El comentario me hizo gracia casi sin poder evitarlo. — Estoy muy feliz por eso. Hasta en Francia hablan del juicio que lideras.

— Pero no por mí o por mi hermano, sino por Cortez.

— Ah sí, eso seguro. Menudo personaje defiendes. — bromeó.

— ¿Y tú viniste a Alemania sólo por mí?

— ¿Por quién más?

— Pero tu vida, tu trabajo…

— Dejé un buen reemplazo allá. Y mi vida, bueno, no se termina por viajar, ¿o sí?

— No pero cuéntame de ella, ¿qué tiene de nuevo?

— Mi vida sigue igual. Una buena compañía, sólo eso.

— ¿Estás en pareja? — pregunté asombrado. Siempre decía que no había tiempo para eso en su rutina.

— Digamos que sí.

— No, no, ¿cómo que ‘digamos’? O lo estás o no lo estás, es bastante sencillo.

— ¡Oye, estás presionándome! — dijo teatrero y no pude evitar reír. — Desde hace seis meses. — confesó al fin y yo asentí.

— Eso es bueno. Me pone muy contento.

— Sí. — Desvió la mirada y carraspeó. — Conocí a tu hermano

— ¿Está aquí? — Me sorprendí.

— Sí. Y también está tu padre listo para verte. — Sonreí. — Esta vez sí están todos los que quieres.

— Gracias, Marcel. — Alcé mis brazos para estrecharlo entre ellos. Me abrazo por la cintura, hundiendo su rostro en la curvatura de mi hombro y suspiró prolongadamente.

— Te eché de menos, Bill.

— Yo a ti igual.

No sabía que lo necesitaba tanto hasta ese abrazo. Apreté más el agarre alrededor de su cuello y cerré mis ojos, disfrutando del gesto.

— Lo que viene será complicado, ¿sabes? — Respiré hondo.

— Pero estarás ahí, ¿cierto?

— Sí. Me quedaré un tiempo. — Ensanché la sonrisa que permanecía ahí constantemente. Nos separamos y se quedó viéndome sonriendo igual. — Ahora tengo que anunciarles a tus familiares que despertaste. Están ansiosos por verte. Más tarde continuamos hablando, ¿quieres?

— ¡Claro que sí!

— Bien.

— ¡Oh, espera! — dije antes que se marchara. Él volteó a la altura de la puerta y esperó. —, ¿me enciendes la televisión, por favor? Déjala en mute.

— De acuerdo. — Encendió el aparato sostenido por un fuerte soporte en la pared.

— Gracias.

— Por nada. — Guiñó un ojo y salió.

Inflé mi pecho y luego expulsé el aire. Sobé mis manos entre sí y mis ojos atrevidos viajaron sin pensar hasta la articulación de mi codo, donde un círculo violeta marcaba mi piel. Sentí una fuerte punzada en el pecho mientras más pensaba en lo ocurrido ese día. Thomas tuvo su grado de razón. Me vi parado solo en medio de la nada, alejando a las pocas personas que creía importante y que lo son. ¿Será mi actitud tan a la defensiva siempre? ¿Mi constante soberbia y egoísmo? Puede ser que estas cosas formen un repelente para las personas, obviamente. Pero así soy ahora. ¿Cómo cambiar sólo queriéndolo? Querer no siempre es poder. Además, tampoco creo querer ser ese niño dulce y divertido que era antes… bueno, antes que me hicieran añicos el corazón. Es decir, miren sin vuelvo a ser tan ingenuo y vuelven a herirme. Cuando uno piensa en modificar ciertas actitudes y formas de pensar, debe también meditar acerca del riesgo que corre de modo individual. No se basa solamente en complacer a los demás; debes pensar un poco en ti y ver si eso es conveniente. Y, estando las cosas como están, no puedo darme el lujo de elegir quién ser. Soy este que ven, o seré el que el tiempo me haga ser. No hay mucho más misterio.

— Permiso. — Alcé la mirada al encuentro de quien irrumpía en mis pensamientos. Ilusionado, confirmé lo que tanto quería. Mi padre atravesaba la puerta con una tímida sonrisa. — Hijo. — musitó con un hilo de voz y caminó entusiasmado hacia la camilla. Apenas llegar, me enredó entre sus brazos, reconfortándome. — Hijo. Hijo mío… — Depositó varios besos en mi cabeza mientras lo sentía convulsionarse de llanto.

— No llores que no he muerto. — bromeé también sintiendo lágrimas en los ojos.

— Ni en broma digas algo semejante. — Cerré mis ojos para concentrarme en lo bello del momento. No podía creerlo. Estar así, abrazado a mi padre con la pésima relación que nosotros compartíamos, pero estaba sucediendo. Quizás el miedo mío a morir y el suyo a perderme nos hacía olvidar de todo y querer recomenzar. Tal vez se pueda, tal vez no. — ¿Cómo te sientes, hijo? Dime. — Nos alejamos y se sentó junto a mí, sobre la mejilla.

— Algo mareado, pero bien.

— Marcel dijo que eso será temporal y que… ¡oh, viste a Marcel!

— Sí, y me puso muy contento. Gracias por llamarlo.

— Sabía que vendría. — Asentí y mi expresión cambió repentinamente.

— ¿Qué te inquieta, Bill? — Parpadeé repetidas veces para borrar cualquier rastro de llanto. — Hijo. — llamó con insistencia.

— Perdón.

— ¿Qué? No lo acepto.

— No, en serio, a ti sí debo pedirte perdón. Fui egoísta y no pensé en tu salud, en tu bienestar. Quiero disculparme por eso.

— Hijo, escúchame— Con las yemas de sus dedos deslizó un mechón de cabello que obstruía mi visión. Este gesto me pareció tierno y casi imposible viniendo de él. —, uno nunca deja de cometer equivocaciones en la vida. Quizás las mismas varias veces, hasta que aprende un legado de ellas. Algo de todo esto va a servirte por el resto de tu vida y lo recordarás en los peores momentos. ¿Por qué pedir perdón ahora? ¿Por aprender una enseñanza? No.

— Pero…

— Sin peros. — Sonrió y de sus ojos se desprendieron unas cuantas lágrimas. — Y si hay algo positivo que rescatar de todo esto, es que estoy aquí. Esta vez sí puedo decirte que estoy presente para lo que sea necesario.

— Lo sé. — Bajé la mirada sin querer que me vea llorar como un pequeño niño, ero sus brazos volvieron a resguardar mi frágil figura. Hacía tiempo no me sentía así. Cualquier cosa podría suceder pero no temería a ello, estaba protegido si mi papá estaba a mi lado. Estaba recordando cuánto lo necesitaba en el año de rehabilitación. Hubiera sido más fácil con él apoyándome. — Gracias.

— No tienes que agradecérmelo. Estaré aquí para siempre. — Nos separamos como antes y secó sus lágrimas que, al menos hoy, parecían sinceras. — Ahora voy a dejar entrar a tu hermano que prácticamente camina por las paredes. — Al oír estas palabras no pude evitar tensarme en mi sitio apretando los puños hasta volver mis nudillos blancos. — Porque… quieres ver a tu hermano, ¿cierto? — interrogó con temor a mi respuesta.

— Es que no estamos bien y…

— No pregunté si estaban bien, pregunté si querías verlo.

— Quiero. — respondí entendiendo que era la persona que más anhelaba ver en este momento. No pregunten por qué, sólo eso sabía.

— Bien. Iré a avisarle. — Deslizó sus dedos por el contorno de mi rostro una vez más y luego se marchó. Al abrir la puerta, se pudo divisar el perfil de mi hermanastro parado allí, esperando el momento para ingresar.

Un fuerte nudo había comenzado un proceso de invasión en mi estómago. Otro a quién debería pedirle disculpas, pero éste con mucha razón. He dicho cosas de las que no tengo conocimientos y hablé de lenguas para afuera.

— Permiso. — Al verlo parado al inicio de la habitación tan tímido y dudoso de si era una buena o mala idea el visitarme, me hizo sonreír. — Hola.

— Tom…— susurré medio sonriendo y medio llorando. Estiré mis brazos hacia él casi instintivamente. Si hubiera pensado, ese gesto jamás se hubiera manifestado.

Entonces, casi corriendo hacia mi dirección, me correspondió ese abrazo que pedí a gritos silenciosos. Sentir su cuerpo cerca del mío y olvidarnos por un momento de esa pelea que casi acababa con mi vida, era sin dudas cosa de otro mundo. Lo escuché suspirar y luego dejar un beso cargado de sentimiento en mi cuello, apretándome más contra su pecho por un momento. Yo enredé mis dedos entre sus trenzas como adoraba hacer, y apreté su camiseta con la otra.

— Qué alivio que estés bien. No sabes lo feliz que estoy. — Cuando el contacto estaba por terminar, aspiré el aroma de su ropa, sintiendo esa sensación tan familiar por dentro… tan extraño. — Perdón. — Eso fue lo primero que dijo mirándome desde arriba, a un lado de la camilla. — Jamás debí decir nada de eso. Era mentira, no pensaba en el daño que pudiera ocasionarte a ti ni a mí.

— Olvídalo, Tom.

— ¿Cómo olvidarlo si casi mueres por mi culpa?

— Eso no ocurrió.

— De milagro. — argumentó.

— Entonces yo también debería pedir perdón.

— No.

— Sí. ¿O qué? ¿El hecho de que yo esté en esta camilla me libra de culpa y cargo? Claro que no. — Me quejé. — Soy tan culpable como tú en todo esto y también me siento avergonzado.

— Yo sólo sé que estoy muy contento de verte mirarme de nuevo, de oírte hablar. Dios… verte tirado en el suelo, con todas esas pastillas y… — Al parecer se percató de que estaba abriendo un poquito la reciente herida con esos recuerdos. — Lo siento.

— Ya. — Sonreí.

— Traje esto de contrabando. — dijo gracioso, sacando de su bolsillo mi preciado teléfono. Gustoso lo recibí entre mis manos, ignorando y olvidando las maldiciones que tuvo que soportar cada vez que sonaba.

— Genial. ¿He recibido alguna llamada?

— Sí. De un tal Gustav. — dijo con tono extraño. Asentí sin mirarlo, clavando mi visión en la tele prendida enfrente. — ¿Quién es él, Bill?

— Un amigo de la Universidad. — respondí casi sin pensar y lo vi asentir por el rabillo del ojo. Estuvo cerca.

— Ah.

— Oye… ¿¡Qué carajos…!? Sube el volumen. — Mandé cuando leí el título de la siguiente noticia en el noticiario matutino: ‘Sanders habla mientras Kaulitz calla’.

De inmediato, fue a dar con el aparato en cuestión y subió considerablemente el sonido. En la puerta del juzgado, Joseph Sanders se paraba frente a los medios.

— Licenciado, ¿qué opina de los escapes de Kaulitz y Trümper de la prensa?

— Opino que tendrán sus motivos para no hablar del caso. Sólo sé que de este modo se están perjudicando cada vez más.

— ¡Abogado, aquí! ¿Qué expectativas tiene para el juicio?

— Nada de expectativas. Sé que se hará justicia.

— ¿Qué piensa de las constantes vacaciones de Cortez?

— Creo que es una completa falta de respeto. Mientras la familia se hospeda en un hotel y la pequeña Milagros está internada, él se da la gran vida. Y no sólo él, sino sus abogados defensores también.

— ¿Cree que el pueblo ve esto?

— Sin duda alguna. El pueblo saca sus propias conclusiones.

— ¡Es un hijo de puta! — Grité golpeando el colchón a ambos lados de mis piernas. Mi hermano chasqueó la lengua y apagó el televisor sin querer informarse más sobre ese tipo. Volvió a mi lado con sus brazos cruzados, algo fastidiado. — Claro, aprovechó que no andamos hablando con los chupasangre esos y entonces quiso hacer la contraria, ¡será anticuado el infeliz!

— Bueno Bill, ya cálmate.

— ¿¡Que me calme!? ¡No puedo, Thomas! — Sobe mi rostro molesto, queriendo hallar una solución pero sintiéndome totalmente impotente sentado en esa camilla. — ¿Sabes cuándo me voy a largar de esta puta clínica?

— Tu médico dijo que quizás para esta noche. Pero si estás así de alterado no te permitirán salir. — Iba a retrucar aquello, pero al darme cuenta que tenía toda la razón, usé el aire reprimido para respirar en busca de calma.

— Apenas salga de aquí volveré a mis obligaciones. No permitiré que todo esto me sobrepase.

— Como quieras.

— Iré al hospital a ver a la pendeja esa y cuando salga voy a hablar con los putos periodistas y cerraré algunos culos.

— Ambos vamos a hablar. — Lo miré sorprendido.— Estoy en esto también. No quiero que todas las críticas, insultos y demás pesen sólo en tu espalda.

— Bueno. — titubeé.

— Fred se ha estado haciendo cargo de Milagros a la perfección, aunque ella insiste en que quiere ver a un tal Federico. ¿Sabes algo al respecto? — especuló haciéndose el gracioso y sólo pude sonreír perspicazmente. — Le caíste bien a la niña.

— Así parece.

— Bueno, tengo que irme ya. Andreas y Georg deben estar ansiosos por entrar.

— Seguro. — Un breve silencio se formó entre ambos. Un silencio que llegaba a ser incómodo. Quizás quería decirme algo o tal vez esperaba que yo fuera quien hablara. Hasta que de repente, sin darme cuenta de siquiera un solo movimiento, sus manos acorralaron mis mejillas y voltearon mi rostro, dejándome sin tiempo para pensar antes de que sus labios estuvieran sobre los míos. De inmediato sentí unas punzadas en la panza ante la cercanía y entendí que eso era lo que necesitaba para sentirme mucho mejor. También tomé su rostro entre mis manos y lo atraje más a mí, moviendo apenas la boca, sin querer hacer un beso de gusto. Era un beso de necesidad; sólo se necesitaba el contacto, saber que estaba él ahí.

Nos separamos apenas, con nuestras frentes juntas y sus manos acariciaron todo lo largo de mi cabello. Ojos cerrados, aún experimentando las hermosas sensaciones.

— Haces lo mismo que cuando éramos chicos. — susurró expulsando su aliento y haciéndolo chocar contra mi rostro.

— ¿Qué? — interrogué curioso, mirándolo ahora.

— Quedarte con los ojos cerrados después de besarme. — Una sensación de paz invadió mi interior y sólo pude sonreír.

— ¿Por qué recuerdas lo pasado?

— Porque el presente es horrible. — Nunca mejor respuesta. — Tengo que irme. — Me soltó y se enderezó en su sitio, mirándome unos momentos más. — Fuerza, enano. Esta noche vuelves a casa.

— Seguro. — Aseguré animado. Alzando su mano se despidió mientras avanzaba a la puerta. Una vez a solas boté un suspiro y sentí un calor subirse a mis mejillas.

.

Después de las visitas de quienes ansiaban ver qué tal andaba mi recuperación, estuve solo finalmente. Medité acerca de todo lo que había ocurrido en un lapso de tiempo tan breve. Vi a la muerte directo a los ojos por segunda vez, pero ahora fue distinto. Ella me sonrió y aseguró que esta vez no venía por mí, que aún tenía mucho que ver, que oír, que hacer. Me retó a que abriera mis ojos y viera a quienes tenía cerca. Dijo que me sorprendería y cerraría la boca que tanto tiempo habló de soledad y abandono, es decir, la mía. Me dijo también que alguien cuidaba de mí en esos momentos, alguien que no veía, pero que estuvo y está siempre presente en los peores momentos de mi vida. Esa persona reía cuando yo lo hacía, lloraba conmigo y me cuidaba por las noches. No dijo su nombre, pero sabía quién era.

Entonces los abrí y me encontré con Marcel. Él fue mi gran sostén un tiempo, mi héroe. Gracias a él aprendí que la vida puede ser hermosa incluso viéndola desde un lugar oscuro y temeroso. Él me enseñó que existen varias formas de ver las cosas, que no siempre se debe quedar uno con la suya propia. Escuchando conoces a las personas, hablando te conocen a ti. Fue ahí que durante noches y noches nos desvelamos hablando de nuestras vidas, de nuestros errores y de las enseñanzas que quedaron. Le nombré a las personas más importantes de mi vida y él me llegó a preguntar qué pasaba con esa importancia que tenían para mí: ¿por qué no demostrarlo? Y me excusé tras un discurso reiterativo y orgulloso. Hoy estaba feliz de volver a verlo.

Jörg esta vez sí estaba presente para abrazarme y decirme que todo estaba bien y que así seguiría. Tenía a mi padre, a mi propia sangre a mi lado y él me sonreía. No había decepción o enojo, sino que estaba feliz de volver a verme y estar seguro de que sería por un tiempo largo. Las palabras fueron pocas, pero no hay quien necesite de éstas cuando están presentes las lágrimas, las sonrisas y los abrazos.

A mi hermano a estas alturas ya no sé cómo definirlo. Creo que somos dos polos totalmente apuestos que necesitan constantemente de la presencia del otro. Diferentes por donde se nos mire y pensamientos distintos, al igual que las actitudes, pero encuentro en él un alivio admirable. La constancias de nuestros pleitos me hacen pensar en que nada bueno puede salir de él, pero la misma historia lo niega de inmediato. El primer amor y el más grande que recuerdo haber sentido, mi primera vez, mis mejores carcajadas, mis mejores frases hirientes, las más profundas miradas, los más conmovedores gestos. Todo eso podría ser Thomas. La otra mitad que me completa, así como el mismísimo Ying- Yang. ¿Qué sería de este místico símbolo sin una de sus partes?, sólo una gota de color. Demuestra que dos partes contrarias en absoluto jamás se juntan, pero sí toman el molde indicado para poder ser uno mismo, una mezcla heterogénea que subsiste.

Georg y Andreas de nuevo a mi lado. Jamás les agradeceré por completo tanto apoyo y siempre los dos. Grandes amigos, de los mejores sobre la tierra; esos que no necesitas llamarlos para que estén presentes. Ambos diferentes, pero que al momento en que se trata de mí se juntan y olvidan cualquier tipo de diferencia. Viajaban cada fin de semana para otro país sólo para verme siempre en esa clínica que olía a enfermedad por todos lados. Sin embargo siempre aparecían con dos radiantes sonrisas y me hacían olvidar que estaba en plena rehabilitación y que era muy difícil. Parecía que nos encontrábamos en otro lugar del mundo y en una situación totalmente diferente. ¿Cómo se paga eso? No había padre, no había hermano; había amigos. ¿Se dan cuenta? ¿Qué mayor bendición de Dios que dos personas como estas puestas en mi camino? Jamás los lastimaría.

Y Albert… Porque él también fue a verme. Y sí, tal vez es un viejo millonario sin corazón para muchos, pero para mi padre y para mí es una persona demasiado importante. Él fue como mi papá en muchas ocasiones y la vida le impidió tener una familia con muchos hijos, como siempre lo soñó. Entonces ahí estaba el pequeño yo para llenar el hueco en su corazón. Recuerdo que él iba a casa para hablar con Jörg sobre una demanda en la que estaba metido y, luego que terminaban, papá se quedaba trabajando y él me dedicaba unos minutos de su tiempo. Jugábamos a lo que sea y yo sentía que ahí estaba lo que faltaba de Jörg. Él hubiera sido un magnífico padre, ¿y saben?, no me importa decir que él tiene un corazón enorme. Al igual que yo, lo demuestra con las personas que valen la pena. Creo que si así fuéramos todos, nuestras vidas serían menos complejas. ¿Quién necesita miles de amigos si de todos ellos sólo sirven dos o tres? Digo, ¿para qué demostrar que eres alegre y vulnerable?, ¿para que tengan la posibilidad de herirte? No. Albert y yo somos seres horribles para el resto de la gente, pero los dos sabemos qué tanto podemos dar por quienes amamos. Somos personas que sufrimos muchísimo y que tememos volver a pasar por eso. Es todo.

Y ahora de regreso a mi casa me doy cuenta de la velocidad que todo tomó. En cuestión de segundos estás en la cima del mundo y luego ¡BAM! Hacia abajo, y alzas la mirada y sabes que solamente te queda subir de nuevo.

— Hogar, dulce hogar. — dijo con ánimos mi amigo Georg. Desde hace un rato que Tom y Andreas estaban solos en la casa, supongo, limpiando pastillas y demás drogas que quedaron botadas por el suelo de la habitación que ahora veía radiante de norte a sur. — ¿Te sientes bien?

— ¿Por qué tendría que sentirme mal, Georg? — ¡vamos, hombre! No estoy lisiado o algo parecido.

— Sólo preguntaba.

— Sólo contesto. — Ingresé del todo al cuarto y me senté sobre el colchón, botando un suspiro. — No lo tomes a mal, pero quiero estar solo.

— No. — Alcé la mirada interrogante. — Quiero estar aquí con mi amigo, como en los viejos tiempos.

— ¿Siempre estás volviendo al pasado o lo haces sólo para molestarme?

— Siempre. — Sin querer entrar en la discusión callé. — ¿Qué harás mañana? — Caminó a paso pausado hacia mí, sentándose junto. Pareciera que no había intenciones de marcharse y hacer caso a mi pedido.

— No lo sé.

— ¿Irás al estudio?

— Es lo más probable.

— ¿Por qué no descansas?

— No corrí un maratón para hacerlo.

— Pero…

— Georg— corté. —, en serio necesito tranquilidad. Pensar.

— Está Andreas en casa, está Jörg y nosotros dos. ¡Cenaremos todos juntos!

— Thomas también está aquí— Su rostro cambió; se fue ese buen humor que reflejaba. —, ¿o él no cuenta?

— Sí. Bueno, como dije, recordaba viejos tiempos.

— ¿Qué tienes con él?

— Nada. Nunca lo he tragado.

— No sé por qué.

— ¿No sabes? — indagó incrédulo. — ¡Vamos, Bill! Él es el karma del que no puedes deshacerte. Cada desgracia que te ha ocurrido fue causada por él. No merece siquiera sentarse en la misma mesa que tú.

— Que mi madre muriera a mis diez años fue una gran desdicha de la cual Thomas no tuvo influencia. No digas estupideces.

— ¿Quieres algo más reciente? Este último episodio fue su culpa. — Lo miré indignado. — Sí, es verdad. Deja de verme así. ¿No fue él quien te insultó y te hirió?

— ¡Él no puso un jodido revólver en mi cabeza para que yo hiciera eso! — Defendí poniéndome de pie, comenzando a gritar como si nadie me oyera.

— ¡Pero…!

— ¡Pero nada, Georg! ¡Dejen de querer justificar cada cosa que tiene que ver con esto! ¡Basta! Me cansé de que estén poniendo excusas para no decir que soy un maldito drogón, ¡un completo fracasado en el paquete de profesional!

— ¿¡Cómo puedes decir eso de ti mismo luego de sufrir lo que sufriste!? — Se paró también, gritando en mi cara. Una forma extraña de querer ser mi apoyo ahora.

— ¿Qué fue lo que sufrí? ¿¡Qué!? ¿Que mi padre no fuera verme y tampoco mi hermano durante la rehabilitación? ¿Estar allí metido durante un jodido año, aislado de todo y de todos? ¿Las sobredosis y las internaciones? ¡Pues algo hice para merecer todo eso, Georg! Es hora de ir aceptándolo y dejar de engañarnos.

— ¿Qué está pasando? — Andreas irrumpía en la recámara con la preocupación en su voz. Los gritos no fueron disimulados y llamó la atención de los demás. — Bill, ¿por qué gritas?

— Por nada. — Me sacudí de inmediato cuando mi pareja me tomó por el antebrazo para hacer que lo mirara y rompiera el contacto visual con Georg. — Sólo quiero estar solo. ¡Solo! — vociferé volteándome y viéndolo a Thomas recargado en el marco de la puerta. Serio, mirando toda la situación pero sin entrar en ella. — ¿¡No entienden esto!? ¡Quiero estar solo! — Todos callados, mirándose unos a otros sin saber cómo reaccionar a mi mal humor.

— Vale. — susurró Andreas y de un movimiento de cabeza le dijo todo a Geo. — Vámonos. Te llamaremos para cenar. — No respondí, sólo miraba a Tom tan absorto de lo que ocurría, pensando seguramente en otra cosa. — Te amo. — Depositó un beso en mi mejilla y se retiró junto con un enfadado Georg que, al pasar por al lado de mi hermano, le dedicó una mirada cargada de reproche.

— Vete. — Le dije ahora a él, que sólo sonrió como si todo estuviera bien.

— No iba a quedarme, enano. — Y estirando su brazo tomó el picaporte y cerró la puerta, dejándome solo al fin. Entonces fui libre para largarme a llorar en medio de una ira para conmigo mismo indescriptible. Me daba asco ser yo. ¡Me había superado, maldita sea! Había salido y volví a caer… otra vez.

.

By Tom

Parado ante el espejo de cuerpo entero anudé mi corbata para luego deshacer dicho nudo un poco apenas, dándole a mi vestimenta un toque de rebeldía. Luego sólo me quedó acomodar un poco mis trenzas y estuve listo para otro día de trabajo. Hoy sería más calmo por la reincorporación de Bill. Es increíble lo mucho que me ayuda que él esté en el ruedo, por decirlo así, no tener que estar dándole constantemente instrucciones a Fred sobre qué hacer y cómo hacerlo. Digo, necesitaba de mi opinión en todo. Aunque sería otro día que tendría que aguantar los llamados de la prensa preguntando qué ocurrió con mi hermano.

— Joder. — Salí del cuarto con buen humor. Hoy tenía un gran presentimiento. No pregunten por qué, sólo ahí estaba.

Al pasar por la recámara de Bill la puerta abierta de par en par me dejaba ver la soledad del cuarto. Ya había despertado.

Bajé por las escaleras dando saltos que demostraban mi buen humor, y más al ir viendo a mi hermano sentado, desayunando ya. Sonreí sin pensarlo.

— Buenos días. — saludé ingresando a la cocina. Estaba tomando un café con tostadas, nada osado.

— Hola.

— ¿Cómo dormiste? — Ya buscando la leche en el interior del refrigerador, lo miré por arriba de mi hombro luego de preguntar. Lo vi encogerse de hombros mientras jugueteaba con la espuma de la bebida con una cuchara. — ¿Eso es un ‘bien’?

— No dormí casi nada.

— Qué mal. — Saqué el producto lácteo y cerré el electrodoméstico. Luego, escogí un vaso de la repisa de madera y vertí un poco del líquido en él. — Yo dormí perfectamente. Después de esa terrible cena que preparó tu novio agradezco haber despertado hoy. Déjame decirte que cocina de muerte.

— Cocina bien.

— Entonces tienes un pésimo sentido gustativo. — Tomé mi desayuno y me senté enfrente suyo, robándole algunas tostadas y dándole un buen mordisco a una de ellas.

— Quizás.

— Oye, ponle sal a la herida, hermano. Sonríe.

— No quiero.

— Te hará bien.

— Yo estoy bien. — dijo alzando la voz y poniéndome en alerta. Debía parar, pero así soy yo con él normalmente. Suelo fastidiarlo. ¿No había que hacer de cuenta que todo estaba normal? Bueno, así es siempre.

— Como digas. ¿Por qué no tomas eso?

— No quiero.

— Hoy no quieres nada, tío.

— ¿Hay algún problema con eso? — Me miró fríamente.

— Sí. Me choca la gente así. Estoy de buenas, no quieras cagarme el estado de ánimo.

— Métete tu ánimo en el culo, Thomas.

— ¡Vale! Ya te estás pasando.

— ¿Y qué se supone que vas a…? — Detuvo su desafiante pregunta a medio hacer. Me quedé quieto observando su expresión. Algo andaba mal.

— Bill… — Sus cejas fruncidas, mirando un punto al azar y sus manos en la boca de su estómago. — ¿Qué pasa? — De inmediato, una de sus manos fue a dar en su boca, como si una fuerte arcada se hiciera presente. — ¿Te sientes bien? — De un salto se puso de pie arrastrando las patas de la silla por las baldosas del suelo, y corrió al grifo. Ahí simplemente regurgitó lo mucho o poco que había ingerido. — Oh, mierda. — Me paré rápidamente y fui a su lado, sosteniendo su cabello desde atrás y… — ¡La puta madre, Bill! ¿¡Qué diablos es eso!? — ¡había vomitado pura sangre! ¡Sangre!

— Calma. — susurró abriendo la llave y dejando correr el agua y enjuagando sus labios. ¿Era el único de los dos que creía que eso no era normal?

— ¿¡Calma!? ¡Acabas de vomitar sangre, Bill!

— Es algo normal, tío. — Cerró la llave y suspiró calmándose.

— ¿Cómo que es normal?

— La diálisis produce esto a veces. Gran parte de toda esa sangre era la tuya. — Fruncí los labios sin convencerme de que sea algo saludable. — En el establo le cambiábamos la sangre cada unos meses a los caballos y luego vomitaban algo de ella.

— ¿Establo? ¿De qué hablas? — Sonrió con la mirada al frente.

— Cuando era pequeño solía ir a una casa de campo. Mi padre me dejaba ahí con una mujer muy agradable. Ahí había muchos caballos.

— ¿Montabas?

— Sí. — sonreí también cuando me miró. Era complicado imaginarlo a él, con su habitual glamur, montado a un animal salvaje. — Era muy pequeño… unos trece años quizás.

— ¿Por qué nunca me hablaste de ello?

— No lo sé. No es algo que suelo contar. Son recuerdos que prefiero conservar para mí. — asentí sin salir de mi asombro.

— Y, dime, ¿qué se siente montar a una de esas bestias? — interrogué intrigado, apoyando mis codos en la mesada y mirándolo admirado.

— Pues… era como sentirte el dueño del mundo. — Amplié mi sonrisa. — El aire chocando en tu cara, tu cuerpo libre y los galopes del caballo sobre la tierra— lo contaba de forma tal que te hacía pensar que estaba allí y te invitaba a vivirlo. —… como un corazón latiendo. — concluyó mirándome.

— Increíble…

— Sí. Es sorprendente.

— ¿Y sabes cómo montar aún?

— No. — Volvió a la realidad y comenzó a secar sus manos con un repasador de allí. — Es como un instrumento. Si pierdes la práctica, la constancia, lo olvidas.

— Entiendo. — Me enderecé y bajé la mirada al suelo. — Yo tenía algo así. Quiero decir, algo en lo que te sientas realmente bueno.

— ¿Sí? — Ahora él esperaba que le contara.— ¿Qué era?

— Una guitarra.

— ¿En verdad?

— Nunca supe cómo componer del todo. Sólo la tuve un año y aprendí las canciones que pasaban en la radio y que me gustaban. Todo de oído.

— No sabía eso.

— No.

— ¿Y qué pasó? ¿Dónde está esa guitarra?

— Tuvimos que venderla cuando no hubo dinero. — Él asintió en silencio sin saber qué decir. — Pero ya.

— Hay mucho que no sabemos del otro.

— Es cierto. — respondí pensativo. Esas palabras resonaron. Hay mucho que no sabemos del otro.

— ¿Qué pasa?

— Tengo una idea. — Solté mirando la hora en el reloj de pulsera que traía. Las diez con quince minutos. — Ven, sígueme. — Corriendo salí de la cocina y hasta olvidé el desayuno, llegar temprano al estudio y toda esa mierda. Tenía una gran idea para ayudarlo a olvidar su mal humor, producto del presente. Entonces, ¿por qué no recordar el pasado?

— ¡Espera! — oí que gritaba desde la cocina cuando yo ya estaba en el living. Pero aun así me seguía.

— ¡Anda, apúrate! — Brinqué en el escalón camino al recibidor y tomé las llaves de mis autos de paso. Oía a Bill maldecirme. Detesta no entender algo, es algo que lo desconcentra y siempre quiere tenerlo todo bajo control.

Abrí la puerta de salida y la dejé de par en par para cuando él pasara. Atravesé el porche corriendo, recibiendo las miradas extrañadas de John y del jardinero que nada entendían lo que hacían los dos hermanos de la casa corriendo como niños. Solté una carcajada cuando miré hacia atrás y lo vi corriendo a Bill hacia mí. Me detuve en el auto, en la puerta del piloto. Por la falta de aire y la respiración a mil por hora me fue casi imposible meter la llave en la cámara del vehículo.

— ¡Bas… basta! — Soltó sin aire, apoyándose en el techo del carro mientras trataba de recobrar el aire.

— Anda, sube. — Abrí la puerta y me adentré con velocidad. Le saqué el seguro a la del copiloto y él la abrió.

— ¿A dónde coño vamos?

— Sólo sube. — Frunció los labios, mirando hacia la casa.

— Hay que trabajar, Thomas.

— Iremos a trabajar, hombre. Pero sube. — Bufando hizo caso. Se sentó en su sitio y cerró la puerta. — Esto estará bueno. — Le guiñé un ojo y arranqué.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!