«Apostemos» Temporada II

Capítulo 21: Todo nace en la mente

Desperté con la fresca brisa de verano que acariciaba mi cuerpo idóneamente. En ningún momento me percaté de la presencia de Thomas a mi lado observándome con una espléndida sonrisa en su cara. Ésta era sin duda la pizca que su armonioso rostro necesitaba. Me saludó como siempre, pero ahora relucía en sus ojos un brillo inédito, nuevo para mí. Parecía estar más contento que el día anterior. De hecho, lucía más contento que en los últimos días.

— Jamás entenderé por qué te me quedas mirando cuando duermo, Tom.

— Te ves tan frágil. No lo sé.

— ¿Es ese un buen motivo?

— Es mi motivo — Me senté en el suelo con dificultad. El sol me daba directo en la cara. Mis pants eran todo lo que cubrían mi desnudez. Antes de caer en un profundo sueño, me los coloqué para evitar el mal rollo de ser picado por algún insecto impertinente.

— Estás despierto desde hace rato, ¿verdad? — deduje viéndolo ya vestido. Sonriendo, respondió:

— El tiempo suficiente.

— Estás muy magnánimo hoy.

— Y es gracias a ti — Se acercó los centímetros que nos separaban y tomó mi rostro entre sus manos. Cuando no creía poder sentirme más dichoso, llegaba él con un tierno beso a desbancar ese pensamiento. —. Luces hermoso esta mañana — Como un gesto delator de mi vergüenza, mordí mi labio inferior.

—… Puedo asegurarte que no es de mañana.

Rompió el contacto y de sus jeans sacó su teléfono celular. Lo volteó y me enseñó la pantalla, allí estaba el reloj dual que marcaba las diez con quince de la mañana, efectivamente.

— Caray… Siempre despertamos tan tarde, y hoy ni estoy cansado — reconocí.

— El ochenta por ciento del cansancio nace en la mente.

— ¡Quién creyera que tú hablarías así!

— A tu lado me estoy volviendo todo un filósofo — Reí bajando la mirada, esporádicamente, a su otra mano, recostada en el suelo vuelta puño como si algo ocultara en ella.

— ¿Qué tienes ahí?

— Unas piedras — pareció recordar —… que me llamaron la atención.

— Mi madre tenía el mismo pasatiempo. No había playa, colina, montaña o llanura que no visitara y que se llevara una piedra de ella. ¿Por qué?

— Honestamente no tengo idea. Supongo que me recordarán a este lugar y momento cuando las vea luego de algún tiempo — sonreí.

— Enséñamelas — Abrió su mano sobre mi muslo derecho, mostrándome tres hermosas piedras de formas distintas y colores diferentes, aunque en efecto las tres eran llamativas. Una era color plateado, difuminada con negro. La de al lado era verde oscuro. Y la siguiente era mi favorita, con un color bordó aparentemente desteñido. Sinceramente era la más opaca y la que fácilmente pasada desapercibida, pero quizás aquello que me llamaba la atención de ella, era lo mismo que conseguía acaparar la de Tom. ¿Por qué elegir esa piedra oscura y ponerla junto a las otras más brillantes? Por esa misma razón nos gustó a los dos, a pesar de ser tan ordinaria en comparación.

— Me gusta esta — expresé señalándola.

— A mí también… Amor, prometí a mamá que en esta semana la ayudaría con la economía de casa y compraría comida y demás productos; como a modo de aportar algo. ¿Me acompañas al mercado?

— ¡Claro! — dije predispuesto —. Llamaré a papá en el camino.

Nos pusimos de pie rápidamente, sacudiendo nuestras ropas. Ya estaban secas, pero algo sucias con manchones de barro seco.

— Ten tu camiseta— me dijo a mis espaldas, tendiéndome la prenda. La tomé y me la puse habilidosamente, alisándola con mis propias manos hasta todo lo largo. Al pasear mis manos por mis bolsillos, palpé un montículo de papel. Colé mis manos dentro y saqué un taquito de billetes. ¿En qué momento había metido tanto dinero? Habría unos doscientos o trescientos dólares. —. ¿Vamos?

— Vamos.

— ¿Andan comiendo bien?

— Sí, papá. Anoche Helga preparó una comida de lo más deliciosa. ¡La mano de esa mujer es sagrada!

— Me alegra mucho eso. Menos mal que Susan no está aquí conmigo, puesto que se pondría muy celosa.

— ¡Ni le cuentes! ¿Dónde estás tú?

— Me encuentro en el estudio, adelantando algo — Inmediatamente observé a Thomas, quien negaba con disconformidad notoria. —. Sé que les molesta…

— ¿Cómo no nos va a molestar, papá? Se supone que esta semana es de descanso — dijo ahora Tom gracias a la función de alta voz.

— He tenido como dos o tres semanas de descanso ya. Estoy bien, necesito ocupar mi mente.

— Papá, yo te entiendo porque heredé de ti esa obsesión por el trabajo — dije —, pero no me parece justo que nosotros estemos aquí de vacaciones y tú allá metido en ese maldito estudio.

— Yo estoy bien, muchachos. Y me alegra muchísimo saber que ustedes también lo están — Viré mis ojos mirándonos con Tom. Ambos sabíamos que no existía manera de cambiar su parecer.

— El lunes a primera hora estamos allá.

— ¡Leb die sekunde, Bill! Apenas comenzó el martes, caray. ¿Estás tomando tus medicamentos?, ¿sigues tu dieta?

— Sí, papá. Ahora no estamos en la casa, pero en cuanto llegue tomaré mi dosis. ¿Marcel ha preguntado eso?

— Correcto. Él vino ayer para despedirse, pero ya te habías ido — Observé a Thomas con su mueca de disgusto ¿Por qué le molestaba tanto?

— Le enviaré un mensaje luego.

— Harás bien. Pero ya no quiero robarles su tiempo, muchachos. Quiero que disfruten del lugar. Los quiero preparados para lo que se viene — No sabría explicar bien el motivo, pero al escuchar esas palabras un extraño escalofrío me heló el cuerpo entero.

— Vale, papá. Te mandamos un gran abrazo ambos — habló mi hermanastro.

— Sí, papá. Te amamos. Cuídate y envíale nuestros saludos a Susan.

— De acuerdo, chicos. También los amo — El tono de colgado se oyó. Tomé aire por la nariz con potencia y una reconfortante sonrisa se me formó en el rostro.

— ¿Estás más tranquilo ahora? — preguntó Tom acariciándome la pierna de su lado de arriba hacia abajo mientras me sonreía.

— Sí. Definitivamente sí — asentí —. ¿Irás a comprar?

— ¿No vendrás conmigo?

— Es que no me siento presentable, Tom — mentí simulando incomodidad.

— Pero si estás hermoso al igual que siempre.

— Gracias. Mas de todas formas no me vi en el espejo y estoy algo paranoico; cosas de locos como yo.

— De acuerdo. Quédate si quieres. Igualmente no tardaré nada — garantizó inclinándose y besando mi mejilla durante un tiempo prolongado.

— Aquí te espero — Alejándose, desbrochó su cinturón de seguridad y abrió la puerta del piloto. Al salir del vehículo, cruzó la calle en medio de una corrida presurosa rumbo al mercado, y mi sonrisa de picardía no tardó en aparecer.

A unos pocos metros de donde el auto permanecía aparcado, sobre la misma senda, aparecía una vistosa joyería ante mis ojos. La tentación estuvo latente desde que Thomas me enseñó aquellas piedras en el río. La idea se me plasmó en la mente y nada iba a hacer que desapareciera. Quería comprarle a Thomas algo que siempre le recordara a mí y a este día, en este lugar. Se lo veía a él tan radiante y feliz, que quería que así se viera por siempre.

Imité los movimientos de mi hermanastro pero con la prisa que porta aquel que algo oculto hace. Similar a una fechoría, me temblaban las manos al pensar en la posibilidad de ser descubierto. Anhelaba sorprenderlo y jugar con su entusiasmo cuando frente a él tenga ese objeto.

Medio corrí por la vereda hasta llegar a la puerta de cristal del negocio. La fachada era espectacular, sin duda se trataba del local más vistoso de toda la cuadra.

Ingresé haciendo sonar una singular campanilla que acaparó la atención de una empleada que, al verme, prácticamente se horrorizó. Seguro pensaba que iba a robar el lugar, así que le sonreí para calmarla.

— Hello. ¿I can help you?

— Amm… Yes. But, you talk in German?

— Of course. ¿En qué lo puedo ayudar?

— Estaba buscando algún tipo de dije. Uno en el que se pueda grabar una leyenda.

— Claro. ¿Busca oro o plata?

— Plata.

— Sígame por aquí — La amable muchacha caminó por entre otros vendedores atendiendo a distintos clientes y aparadores con joyas verdaderamente bellísimas. Yo me dejaba deslumbrar por el brillo y la excentricidad de algún que otro collar, anillo o arete. Era un paraíso, el paraíso de cualquier persona. —. ¿Es para una persona especial?

— Sí — contesté con firmeza, posando mi mirada en su castaña cabellera.

— Una pareja quizás…

— Algo así.

— Bueno, ya sea para mantener una relación o iniciarla, siempre es favorable regalar una bonita joya — Se detuvo en un escaparate cerrado con una llave que ella traía en el bolsillo de su blusa. Me sonrió y la introdujo en la cerradura; al girarla, el vidrio se deslizó y los distintos modelos de dijes quedaron completamente a nuestra merced. —. Esta es la primera tanda que puedo mostrarle, es la más económica — Sin observarla, formulé una mueca dubitativa. No existe joya ‘económica’ en una joyería.

— Son hermosos todos.

— Lo son, lo son — reafirmó —. A todos se les puede agregar nombres, frases o alguna que otra palabra — Había dijes de todas formas, como soles, estrellas, corazones, diferentes flores, etc.

— Es complicado decidirse, pero tengo que apurarme — susurré. Entre tanta belleza de diseños y formas había uno que llamaba poderosamente mi atención sin poder remediarlo. Se trataba de dos corazones totalmente juntos; no había relieve ni borde, sino que era una sola figura con dos corazones encimados. Tenía un buen espacio para escribirle una frase o una palabra en un tamaño mayúsculo. Era precioso. —. Elijo este, sin duda.

— ¡Excelente elección! — apremió dirigiendo su mano hacia el objeto —. Acompáñeme hacia el mostrador — Me enderecé y seguí sus pasos que arañaban las baldosas del suelo, resonantes tacos. —. ¿Desea ver los distintos tipos de fuentes para escribir su mensaje?

— No, no. Quiero que sea con mi letra.

— Oh, bastante original — Rodeó el mostrador y allí un empleado de notorio rango inferior tomó el dije y se perdió en una puerta oscura de acceso exclusivo del personal. —. Aquí tiene para escribir. — Me extendió una libretilla y una birome para escribir aquello que sería grabado permanentemente en el collar. Fruncí mis labios y ceja, pensando unos segundos qué sería lo ideal para definir nuestra relación o mis sentimientos. —. ¿Desea un poco de privacidad para meditarlo?

— No, no. Ya lo tengo — dije contento de la idea que sacudió mi mente. Seguidamente, sujeté la pluma con firmeza y escribí decidido.

— Trust.

— Confianza.

— Es muy bonito.

— Gracias — Tomó el papel y lo observó detenidamente. —. ¿Cuándo cree que estaría listo?

— Para mañana a esta misma hora.

— Genial. ¿Y el monto? — indagué.

— Quinientos dólares.

— Bien; le dejaré una seña y cuando vuelva mañana, le daré el restante. ¿Está de acuerdo?

— Está perfecto.

— Tenga — Colé mi mano en el bolsillo de mis pants y saqué el montón de dinero. —. Trescientos dólares —. Los tomó y los guardó en la caja registradora de junto.

— Muy bien. Déjeme acompañarlo hasta la puerta. Usted ha hecho una excelente compra hoy — dijo mientras se acercaba la salida.

.

By Gustav

Volvía Ian a morder el dedo índice de su mano izquierda como un tic nervioso que no podía controlar y al que yo, aún, no me acostumbraba.

— Me ha visto antes — repitió.

— ¿Quieres calmarte?

— No querrá cooperar, Gustav, ya verás — Opté por guardar silencio. He oído eso antes, lo negué y he sido ignorado.

Estábamos esperando a Richael en un lujoso restaurante de la zona norte de la ciudad. Lucía decorado al más puro estilo Inglés, con elegantes muebles de madera tallada y, los empleados, con unos uniformes que consistían en camisas blancas, pantalones de vestir negros gamuzados y delantales a rallas verticales con ambos colores. Sinceramente me encontraba enamorado de ese sitio.

— Bill Kaulitz volverá el lunes.

— Sé eso — respondí sin mirarlo a los ojos. Estaba concentrado con mi vista clavada en la puerta de entrada. Esperaba ansioso la aparición de la morocha.

— Me refiero a que tendré que hacer lo pactado, ¿no? ¿O acaso era sólo un truco para intimidarlo?

— Los trucos son parte de los juegos, y yo jamás juego cuando se trata de mis negocios.

— Pero son Jörg Kaulitz y Thomas Trümper, da igual. Son personas mundialmente conocidos…

— Uno morirá el lunes en la tarde — sentencié.

Murmuró algo por lo bajo con inseguridad evidente.

De repente, la puerta del lugar se abrió suavemente, dándole paso a mi invitada. Una macabra sonrisa se formó en mi rostro sin poder remediarlo. Estaba bellísima; ella parecía ser un portal a las mismísimas tinieblas del infierno. Un vestido color negro marcaba el contorno de su perfecto cuerpo delgado, sus pasos resonaban en la lejanía gracias a esos tacones de varios centímetros de alto, aunque de todos modos continuaba siendo baja de estatura. Su cabello caía totalmente lacio por sus hombros y pechos. Lucía diferente.

— Ahí está — Me levanté de inmediato para recibirla como se lo merecía. Al instante de verla me paré acomodando mi camisa celeste y con esa mueca maliciosa luciendo aún en mí. Ian me imitó dejando su mascullada uña de lado. —. ¡Afortunados los ojos que pueden verte, Richael! — halagué cuando llegó hasta nosotros. Con una extraña mirada no dejaba de observar a mi compañero. —. Déjame decirte que hoy luces radiante. Él es un amigo mío: Ian Martens.

— Hola, ¿qué tal?

— Tú eres el asesor de imagen de Bill Kaulitz… Gustav — Me observó con cientos de reclamos en mente. —. ¿Qué significa esto? — Observé a mi compañero de una manera cómplice, en esa mirada él me echaba en cara su razón. Pero yo ya tenía eso de cierto modo previsto y no me alarmaba en absoluto, sólo me hacía tomar un plan B, como quien dice.

— Primero vamos a sentarnos, pongámonos cómodos y dialoguemos abiertamente como los adultos que somos. Adultos con múltiples intereses.

— Me confesaste tu odio hacia William y ahora me entero que eres íntimo amigo de su principal ayudante. ¡Es totalmente contradictorio y exijo una clara explicación! — reprochó mientras se sentaba en su silla.

— Bien, de acuerdo. Tienes razón — admití acomodándome y borrando todo gesto de amabilidad fingida que pudiera tener —. ¿Quieres sinceridad?, hablemos con sinceridad entonces; basta de estúpidas formalidades — Este cambio radical en mi tono de voz y expresión desconcertó a la chica. Yo no era pura simpatía. Tengo mi carácter reacio y duro bien formado y nadie vendría a doblegarlo para nada. —. Richael, tú me necesitas y yo te necesito. Ambos tenemos ambiciones y el otro puede ayudarnos, ¿entiendes?

— Tú no tienes nada que yo necesite — vaciló.

— Eso crees ahora. ¿Tú sabes quién soy yo? ¿Sabes a qué me dedico y cómo entré en la vida de Bill Kaulitz? — No respondió, sólo continuó mirándome desconfiadamente. Ante esto, reí por lo bajo gozando su confuso estar. —. Mi nombre es Gustav Schäfer, tengo treinta años y empecé este ‘negocio’ vendiendo a adolescentes a la salida de las secundarias.

— ¿Vendiendo… qué?

— Drogas. Vendo drogas. Bueno, ahora soy algo más que un sencillo proveedor y me he convertido en todo un narco — alardeé —. Soy un narcotraficante de drogas.

— ¿¡Qué!?

— Cierra tu maldita boca si no quieres hacer esto más complejo para ambos — amenacé intentando simular mi alterado humor —. Mi amigo aquí presente, Ian Martens, no es un asesor de imagen, ni secretario, siquiera posee un título; bueno, sí lo tiene, pero es falso. Él es mi mano derecha, y también es un caro sicario. Está en la vida de los Kaulitz por una traición que cometió Bill hace poco tiempo. Él sabe más de ti de lo que crees. Ian, empieza — indiqué y el susodicho carraspeó tomando un poco de aire.

— Richael Karrent: nacida en un pequeño pueblo de Alemania en el ceno de una humilde familia. Tu padre los abandonó a ti, a tu madre y a tu hermano diez años mayor — El rostro de la morocha era una auténtica pinturita, una mueca épica. —, tu hermano Nicolás se convierte en un buen arquitecto y se marcha de la casa. Tú estudias en una Escuela Secundaria de muy bajo nivel, pero cuando acabas y te propones estudiar abogacía, conoces a un exitoso médico treinta años mayor que tú. Cuan zorra calificada te acuestas con él a su gusto e inicias una relación formal. Él te paga la cara matrícula de la Universidad privada y te compra un piso aquí, en Berlín. Al recibirte, comienzas a trabajar en un estudio jurídico de un nivel académico bajo, pero en una de las reuniones y cenas lujosas a las que ese cirujano te llevaba, conoces a Georg Listing. Al oír dónde trabaja y enterarte de la estrecha relación que mantenía con Jörg Kaulitz, no dudas en atacar. Abandonas a quien tanto te dio y te refugias tras la cartera y el prestigio de un muchacho de tu edad. Lo que sigue es bastante predecible; entras al estudio jurídico Kaulitz y te sientes en las nubes. Luego de unos pocos meses abandonas a Listing e intentas seducir en vano al hijo del jefe. Él es gay y desistes. Conoces a Axel y se convierte en tu fiel compañero, hasta que llega Thomas Trümper y nace una nueva oportunidad. Pero lamentablemente se trata solamente de una encamada y no le sacas buen jugo a la naranja — Con un simple movimiento de dedos, Ian calló y yo gocé unos segundos de la mueca horrorizada en el rostro de la morocha.

— Increíble, ¿cierto?

— Tú… Los dos son unos dementes.

— Nada que ver — negué sobrador. Levanté mi mano mirando fugazmente a uno de los camareros y éste encaminó una marcha precisa hacia la mesa. —. Somos hombres comprometidos con nuestro trabajo y nos gusta hacer las cosas bien, desde luego. Manejamos drogas, negocios con gente peligrosa y algún que otro asesinato; si eso es ser un loco demente, de acuerdo, lo admito.

— Caballero, dígame qué se le ofrece.

— Oh, amm… Ian.

— Nada, gracias.

— Pues yo sí quiero un whisky con doble hielo — me dirigí al de esmoquin —. La dama va a tomar…

— Un Martini.

— Estupendo. En un momento los traeré — Dándose la media vuelta se retiró con su bandeja plateada bajo el brazo.

— ¿Qué quieres verdaderamente de mí, Gustav?

— Primero necesito saber si vas a cooperar con nosotros.

— Es evidente que sí, o me hubiera retirado hace tiempo. Además, con toda la información que me han dado hoy, de negarme me asesinarían.

— ¡Eres tan astuta, Richael! — Bajó la mirada a sus delicadas manos con aire contenido del temor. — Simplemente me mantendrás informado.

— Sobre Bill — supuso.

— Sí, sólo eso. No voy a confiarte todo de primer momento…

— ¿Es todo?

— Eso es todo, belleza. Hablando claro, tú no sirves para demasiadas cosas. No voy a pedirle peras al olmo — Busqué la risa cómplice de mi socio. Ambos riendo en su cara y ella totalmente enfadada. —. Desde luego que seremos una excelente dupla, Rich.

— No lo creo — susurró desviando la mirada al suelo.

— Sus bebidas — irrumpió inesperadamente el camarero dejando frente a nosotros dos nuestras correspondientes bebidas —, cualquier cosa estoy a sus servicios — Y otra vez se marchó. Yo relucí más esa sonrisa entre satisfactoria y burlona que desde un comienzo poseí.

— Confía en lo que te digo, belleza. Nosotros dos la pasaremos muy bien — Garanticé con tono meloso mientras por debajo de la mesa acariciaba su rodilla con suavidad. Ella se tensó bajo mi mano y noté que mordía los dientes dentro de su tentadora boca.

Sería de lo más interesante…

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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