
«Apostemos» Temporada II
Capítulo 22: Amor del verdadero
— He tomado mis pastillas todas las mañanas y estoy con menos ansiedad. Es que todo aquí es tan tranquilo y relajante… La gente es agradable y la mamá de Tom es muy afectiva. Sabe de mi adicción y lo ha tomado de maravilla. Llamo todos los días a papá, ya sabes, nunca hemos estado tan separados. Y estoy comiendo como me lo recetaste. ¡Oh, casi lo olvido!, no estoy tomando alcohol.
— Caray… Se oye que estás bien, y eufórico.
— Lo siento — reí.
— Estoy muy feliz por ti, Bill. Me brindas una gran tranquilidad. Y es bueno que hayas entrado en razón de que tantas complicaciones son para tu bien y puedes vivir con ellas.
— Y todo gracias a ti.
— No…
— Sí — interrumpí —, es gracias a ti Marcel, y te estoy eternamente agradecido.
— Bueno, lo hice y hago con mucho placer.
— ¿Has visitado a mi padre últimamente?, porque supe que fuiste a saludarme el día que me marché.
— Es verdad, pero sólo fui ese día. Estoy en Francia ahora.
— ¡¿Qué?! ¡No!, ¿por qué?
— No vine definitivamente, sino que hasta la semana entrante. Estoy visitando la clínica a ver cómo anda todo.
— No quiero que te asignen un paciente, eh — advertí como amenazante.
— Ya, Bill que pareces un niño chiquito — rió —. Volveré a Alemania y te visitaré para ver cómo estás; te invitaré una buena copa de vino tinto también.
— ¡Oh! Eso es interesante — bromeé.
Thomas ingresó al cuarto rascándose la nuca, deteniéndose en medio de ambas camas y observándome curioso.
— Bill, debo colgar, me llama un colega.
— De acuerdo, yo también tengo que irme. Adiós, te quiero.
— Te llamaré pronto. Te quiero también. Adiós.
— ¿Quién era? — preguntó Thomas apenas dejé descansar el teléfono sobre la cama.
— Marcel. Está en Francia, en la clínica — Su rostro cambió y se puso en movimiento, abriendo uno de sus cajones y hurgando en él. —. ¿Puedo preguntarte algo?
— Mjhm — ¿Qué respuesta era esa? En fin.
— ¿Por qué te cae tan mal Marcel?
— No me cae mal, no lo conozco.
— Pero tu actitud cambia cuando lo nombro o aparece.
— Inventas cosas.
— No.
— Es que no lo veo sólo con intenciones de atenderte como un médico normal.
— Él no es un médico ordinario, Tom, él es un amigo.
— Pues coméntaselo, a ver si así se pone en el rol de ‘amigo’ — Sin poder contenerme, reí. Mejor dicho, me carcajeé en grande. Ante esto, cerró el cajón de fuerte golpe y se volteó para verme. —. ¿Lo gracioso en dónde está?
— ¡En que insinúas que está enamorado de mí!
— Y sí…
— Ay, Tom… Deliras — Revoloteó sus ojos y avanzó hacia mí.
— Ya, párate.
— ¿Eh?
— Ponte de pie ante mí que quiero darte algo — Ante esto me sorprendí, pero accedí sin más preguntas. Ahora que prestaba más atención a él, sus manos se encontraban tras su espalda.
— ¿Qué es? ¿Un beso? — interrogué divertido.
— Algo mejor.
— ¿Mejor que un beso tuyo? Estoy ansioso — sonrió.
— Es algo modesto, pero tiene mucho amor — ¿Amor? —. Lo hice ayer, luego de volver de la playa. Cierra los ojos.
— Es demasiado misterio.
.
Cerré mis ojos y sentí que sus manos rodeaban mi cuello con suavidad, y su respiración chocó cálida en mi rostro. Estaba cerca de mí y no me resistí a adosar mis manos en su cintura, como diciéndole lo mucho que lo necesitaba cerca de mí otra vez.
— Le inventé un significado.
— Dime cuál — dije ansioso. Abrí mis ojos topándome con su sonrisa calma. Sin hablar lo solté y caminé hacia el espejo de medio cuerpo junto a la pared. Al ver el collar que pendía en mi cuello, quedé anonadado. Era la piedra que había encontrado en la playa, aquella que yo escogí como la más hermosa. Su color bordó y el cordón negro que la sostenía, hacían el collar perfecto.
— Así como la ves, opaca y apagada, tiene consigo el efecto de la sal del agua. Con el paso del tiempo, esta piedra perderá las capas oscuras y quedará al descubierto su centro rojo intenso. Esto no es un enigma, es simplemente físico. Pero para mí, cuando cambie su color será que… que te habrás enamorado — Miré su reflejo tras el mío, sus ojos brillaban.
— ¿Enamorado?
— Es linda historia — rió.
— Me encanta. Juro que me encanta — Me volteé en mi lugar y lo abrasé con fuerzas, sin pensármelo dos veces. Él me correspondió suspirando profundo. —. Gracias.
— De nada.
— ¿Sabes?, yo también tengo algo para ti. Iba a dártelo mañana, o en otra ocasión, pero viene al caso ahora.
— ¿Qué es? — Solté su cuerpo y fui a mi cama nuevamente. Allí, bajo algunas almohadas que adornaban la cabecera estaba escondida la cajita amarilla de la joyería que había ido a recoger en la mañana. —. En cierto modo, me has cagado la sorpresa, ¿sabías?
— No me digas eso que me deprimiré.
— Ya te dije, viene al caso de todos modos. Y también tiene cierto significado — Sin más preámbulos extendí mi mano con la caja en ella. —. Toma.
— Oh… No puedo creerlo — se sorprendió tomándolo con una realmente espectacular sonrisa en su cara. Yo gozaba de ella, de los bichos volando en mi vientre mientras lo observaba. —. ¡Bill! Cielos, esto no se compara con mi cadenita tan común.
— Thomas, no digas estupideces — Sacó la joya de su caja y dejó esta sobre su cama, a su lado. Sus ojos brillaban al mirar el dije y lo que decía. —, lo que vale es el valor emocional. Ambas valen lo mismo para los dos.
— Me encanta, me encanta, ¡me encanta! — exclamó eufórico —. ¿Por qué ‘Confianza’?
— Bueno… — Agarré el collar entre mis dedos y divisé sus límites. Me acerqué un paso a su cuerpo y pasé mis brazos por su cuello para prenderla. —, es porque eso es lo que somos, Thomi. Dos corazones unidos por la confianza mutua.
— Estupendo — susurró —… Y me has dicho Thomi… me dijiste Thomi.
— ¿Lo hice?
— Sí.
— Bueno… Ya había perdido la costumbre.
— Creo que me voy a enamorar muy pronto de ti si me llamas de ese modo. Qué lindo es escucharlo de vuelta — dijo antes de abrazarse a mí con posesión y besarme por impulso natural. Yo correspondí perdido en el momento, deshaciéndome a cada caricia de su lengua sobre la mía y ejerciendo una similar en la suya, mordiendo sus labios de vez en cuando. Y era así como se subía de temperatura rápidamente. Por mi parte, sólo quería tenerlo piel con piel, con sus manos recorriéndome y las mías explorándolo por completo. Él era mi perdición.
— ¿Tu cama o la mía?
— ¿Por qué tiene que ser cama? — Me causó mucha gracia su particular comentario, tan fogoso. — Bésame — Volvió a mi boca con desespero y empujó mi cuerpo con el suyo hasta la pared, en donde mi espalda chocó y sencillamente me encantó el leve dolor que me produjo. Sus manos no se demoraron en colarse por debajo de mi camiseta simple. Éstas estaban algo frías, lo cual produjo cierto placer en mi piel caliente.
— Te tengo tantas ganas…
— Puedes quitártelas ahora — propuse cachondo, también iniciando cierto ritual de caricias por su torso.
— Chicos.
— No puede ser… — masculló alejando su boca de la mía y bajando la cabeza con fastidio.
— ¿Se puede entrar?
— ¡No mamá!
— Vale. Les aviso que la comida está lista y se enfriará.
— No demoraremos, ahora vamos — Levantó su visión hacia mí pidiendo compasión y algo de común acuerdo.
— Almorzar en la misma mesa que tu madre lo tendrás sólo por cuatro días más; tener sexo conmigo puede esperar para cualquier otro momento.
— Si lo dices así suena coherente — recapacitó —. ¿Qué más da? Esta noche no te me escapas ni por todo el oro del mundo — dijo sacando sus manos fuera de mis prendas y separándose de mí.
— ¿Y si ella hace lasaña?
— No me lo pongas más difícil — Reímos. —. Yo voy en unos minutos.
— ¿Por qué? — Él se había detenido en seco en medio del cuarto.
— Recordé que debo hacer una breve llamada.
— ¿A quién?
— Te ha picado el gusanillo de la curiosidad, eh — Reí avergonzado.
— Vale, haz tu llamada — No quise darle más importancia a ese asunto y me dispuse a ir con Helga.
.
By Tom
La puerta se cerró dándome la privacidad que necesitaba. Dicha llamada era de suma urgencia, no podía esperar más.
— Vamos, contesta…— susurré impaciente con una mano en mi cintura y otra presionando el aparato contra mi oreja, mientras que caminaba de un lado a otro por toda la recámara.
— Diga.
— Georg, soy Thomas.
— ¿Tom? — cuestionó intrigado —. ¿Ha pasado algo?; es raro que me llames.
— Todo está bien, o eso creo. Escucha, tengo poco tiempo y quiero ser conciso.
— Dime.
— ¿Recuerdas cuando fuiste a hablarme a la oficina, diciéndome que sospechabas de Ian Martens?
— Sí. Y también recuerdo lo desinteresado que te mostraste.
— Lo sé, lo sé. Pero ahora es distinto; tenías razón.
— ¿Cómo sabes eso?
— Bill me ha contado algo que lo involucra a él… y a Gustav Schäfer.
— ¿¡Qué!? ¿¡Gustav Schäfer!?
— Correcto.
— ¿Es algo muy malo?
— Es demasiado grave, Georg. Así que quiero saber si cuento contigo para darle su merecido a ese hijo de puta de Gustav.
— ¡Desde luego que sí! Pero necesito que me cuentes qué es exactamente lo que sabes.
— Ahora no, Georg. Sé paciente hasta el lunes, cuando estemos de vuelta en Alemania. Es importante que Bill no se entere de esta conversación, por si llega a llamarte en estos días.
— Cuenta con eso. ¿Necesitas algo más que pueda hacer desde aquí?
— Sí — respondí seguro —…, consigue un arma.
— Gracias por ayudarme a limpiar todo, hijo, aunque no era necesario.
— No me cuesta nada, mamá — Me dejé caer en el sofá de dos personas, borrando mi sonrisa. —. Bill no ha vuelto del mercado.
— Le advertí que eran muchas cosas — comentó riendo.
— Y él nunca ha hecho compras. Debe ser un momento épico — bromeé con pocos ánimos, y mi madre por supuesto advirtió esto.
— ¿Ocurre algo, Tom? — Volteé mi rostro hacia ella. —. ¿Hay algo que quieras decirme?
— Quiero hacerte una pregunta, mamá — Sin mediar palabras y haciendo un total silencio se sentó junto a mí, frunciendo el seño como estudiando mi semblante. —: ¿Alguna vez has tenido un amor incorrecto?
— No — contestó llanamente. Bueno… eso no me ayudaba.
— ¿No? ¿Jamás?
— Jamás, hijo.
— ¿Y qué me dices de Jörg?, él era un hombre casado.
— La respuesta sigue siendo no, puesto que cuando hay amor, es la persona correcta.
— No entiendo.
— Hijo, si te enamoras de alguien, ¿cómo puede ser algo incorrecto? Si existe el amor de por medio, entonces es esa persona la ideal.
— Pues yo no lo veo tan así — Bajé la vista al suelo, algo lejos, casi donde se junta con la pared.
— ¿Quieres contarme? — No respondí. —. ¿Te enamoraste de alguien, Tom?
— Sí.
— ¿De un chico o de una chica?
— De un chico.
— ¿Y hace cuánto sientes estas cosas por él?
— Hace cinco años.
— ¿Cinco? Nunca me has contado nada.
— Es que es algo muy privado, ¿sabes? Cuando lo conocí, desde un comienzo supe que sería alguien especial, que no era una simple persona más en mi vida. Él me cambió para bien y no sé en qué momento pasó precisamente pero me enamoré como un loco — comencé a relatar, a abrir mi corazón sin siquiera darme cuenta. Se veía claramente que necesitaba hablar con alguien al respecto. —. Por circunstancias de la vida nos separamos y no volví a verlo, hasta hace algunos meses atrás.
— ¿Cómo reaccionaste?
— Nosotros habíamos terminado todo de muy mala manera, y al vernos nos dijimos cosas horribles. En un comienzo creí odiarlo, estaba convencido que lo odiaba.
— ¿Por qué razón? ¿Algo que te hizo antes de separarse?
— No. Sino que, habiendo pasado tanto tiempo sin vernos, ahora lucía tan distinto, tan superficial… Y tú sabes cómo odio eso — dije mirándola; ella asintió. Formulé una mueca de asco al recordarlo así de materialista. —. Además, en esos cinco largos años, me mentalicé a mí mismo que tenía que odiarlo, así como, estaba seguro, él me odiaba a mí. Él también me dijo cosas así, como que me guardaba mucho rencor por haberlo dejado, aunque no sabía mis motivos. A medida que el tiempo pasó ese odio en mí fue desapareciendo, hasta que sentí que me había llegado a obsesionar con él.
— Suena espantoso.
— Fue horrible, mamá. Quería tener total derecho sobre él, y saber que eso era imposible y que él nunca me pertenecería ni me perteneció, me enfermaba. Pero ahora es todo tan distinto… Mamá — Sentí mis ojos frescos al mirarla. Yo estaba a un paso de las lágrimas. —, todo lo que hago o dejo de hacer, es pensando en él. Ya no gira el mundo en torno a mí únicamente, sino que sólo dependo de su bienestar, de sus inquietudes, de sus complejos — reí ingenuamente —. Recién ahora caigo en la conclusión de que nunca dejé de amarlo, sino que quise suprimir dentro de mí este sentimiento… Maldición — mascullé enfadado por estar llorando sin saber por qué. Estaba muy enfadado.
— ¿Por qué lloras, bebé? ¿Acaso no estás oyendo las hermosas palabras que dices? — Su mano se aproximó hacia mi rostro y de unas suaves caricias de paso secaba mis mejillas. —, hablas con tanta dulzura y honestidad que se me eriza la piel.
— No mamá… no está bien en realidad. No debí enamorarme de nuevo, ahora más.
— ¿Por qué no?
— Pues porque estábamos mejor como antes.
— Odiándose.
— No. Sino estando juntos, estando bien, sin involucrar de nuevo al corazón. Porque la única vez que ambos nos enamoramos, sufrimos. Acordamos no volver a repetirlo.
— Sufrieron porque es normal sufrir cuando uno se enamora, Tom. El dolor y el amor van juntos de la mano. Si quieres amar, deberás sufrir alguna que otra vez porque eso representa cuán importante es el otro ser en tu vida. Y ahora sufres por el miedo de volver a perderlo, porque te importa tanto que preferirías sólo sufrir tú.
— Exacto mamá. Yo podría haber elegido estar junto a él y no enamorarme, pero no sé en qué momento todo ese amor que solía sentir hacia él volvió de una oleada, arrastrándome inevitablemente — Tomé una fuerte bocanada de aire y recosté mi cabeza en la cima del respaldo del asiento, cerrando mis ojos en dirección al techo. —. El trato era no enamorarse para que la historia no se repita. Cuando te enamoras empiezas a sufrir porque tu humor depende de las acciones del otro… y no puedes controlar a una persona — Oí el suspiro apenado de mi madre junto a mí. —. Me gustaría arrancar este sentimiento que debió haberse quedado oculto para siempre; pero ni huyendo al otro lado del planeta podré dejar de sentirlo — Mi mano fue sujetada por ella, quien la acarició suavemente. No pude evitar sonreír en silencio y voltear el rostro para verla a los ojos.
— Tom.
— Dime, mamá.
— ¿Ese chico del que hablas, es Bill? — Abrí mis ojos desmesuradamente al oír su nombre saliendo de la boca de mi madre.
— ¿Eh? Qué… ¿Qué dices, mamá? — titubeé comenzando a sudar gracias a ese calor agobiante en mi interior.
— Lo noté desde el primer día que llegaron.
— ¡Pero no! — negué exaltado, alejando mi mano de la suya y tomando una postura rígida en mi sitio. Ella, sin embargo, portaba una media sonrisa que me parecía burlona ante mi estado. —, es mi hermano, mamá.
— Es tu hermanastro.
— ¡Lo mismo es!
— No. Sabes que no es verdad — insistió tranquilamente —. Pero relájate, bebé. ¿Tú me ves molesta u horrorizada? No necesitas fingir conmigo. Allá, en Alemania y el resto del mundo, tú eres un abogado increíble, pero conmigo eres sólo Tom y nadie te conoce más que yo.
— Pero mamá…
— Calla — Volvió a tomar mi mano, pero ahora con ambas suyas. —. Lo noté desde que abrí aquella puerta hace tres días. Lo primero fue la tomada de manos — rió —, después la forma en que buscabas su comodidad, que él se sintiera bien en esta casa; lucías tan nervioso. Y finalmente todo el tiempo que lo miras, que hablas con él. Ustedes irradian amor por los poros.
— Él no.
— ¿Qué?, ¿que él no te ama? ¡Y tú estás ciego, muchacho! — Apreté mis labios, dubitativo. —. Que no te lo diga no quiere decir que no lo haga. Es muy probable que él se sienta igual que tú ahora, con la misma incertidumbre, la inquietud de no saber cómo disimular ese nerviosismo al estar a tu lado y demás sensaciones confusas y que dejan a una persona en evidencia. Ambos penden de un hilo demasiado delgado en un precipicio lleno de rocas, hijo, pero así es el amor. No sólo en ustedes dos, sino en todas las personas. Cuando te enamoras quedas expuesto a sufrir grandes daños irreparables, eres vulnerable a todo. Pero también llegan momentos en donde te sientes fuerte y crees poder con el mundo entero. Es un sube y baja de emociones, de emociones hermosas en su forma.
— Caramba… Gracias mamá — Su serena sonrisa se ensanchó.
— Por nada hijo. Sólo quiero que tengas bien en claro que a mí no me parece que el de ustedes sea un amor enfermizo o asqueroso, como suponías. Para mí todos los amores son puros e ideales. No existen razas, ni clases sociales, ni vínculos de sangre siquiera. Mientras sea amor sincero y del verdadero de ambos lados, es un amor hermoso y digno de vivir y disfrutar. Por eso entrégate sin miedo alguno, hijo. Vive este amor con toda plenitud, sin temor a que duela algún día. Porque, si en algún momento vuelven las heridas, lo que te ayudará a sobrellevarlas serán los recuerdos de felicidad a su lado. Y así, recordando todo este amor que ahora se tienen, volverán a estar juntos. Es un círculo perfecto — Me quedé sin palabras que decir. Solamente pude aproximarme a ella y darle un fuerte abrazo, susurrándole cuánto la amaba y lo mucho que le agradecía todo.
Tuve tanto miedo cuando dijo ‘Bill’, pero ahora siento un gran alivio dentro de mí.
Continúa…
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