«Apostemos» Temporada II

Capítulo 25: Iniciar Sesión

By Tom

— ¡Bill! — grité llegando a su altura, al tiempo que el oficial de policía se alejaba de su lado.

Me fundí en un fuerte abrazo cuando estuve frente a él. Me correspondió luego de un rato y se quedó en silencio

— ¿Cómo estás?, ¿te hicieron algo?, ¿dónde está papá? — Georg llegó a mi lado y me separé de mi hermanastro para observarlo a los ojos —. Bill — insistí.

— Papá está arriba con Susan — dijo.

— Licenciado Trümper — A mi lado, otro policía diferente al que anteriormente subía a la recámara de mi hermanastro, se plantó von una hoja y una pluma —, ¿podría firmar este acta, por favor? — Me di cuenta que Bill se había ido a sentar al sofá junto con Georg —. Su hermano no ha podido prestar declaraciones.

— ¿Por qué no?

— Se encuentra en un estado de shock emocional — explicó —. Ian Martens falleció — alcé la mirada totalmente sorprendido —, su hermano lo mató en defensa propia. Así lo explicó su padre, Jörg Kaulitz. Solamente necesitamos la declaración de William Kaulitz explicándonos por qué portaba una jeringa con heroína.

— ¿Y eso qué relación tiene con la muerte de ese sujeto?

— Su hermano le inyectó una jeringa con heroína en el cuello a Martens, lo cual produjo su muerte.

— Cielos… ¿Quién está a cargo de esta investigación?

— El Comisario Molina — respondió. De esta manera existía la posibilidad de ahorrarle a Bill ese molesto e incómodo interrogatorio —. Nos gustaría charlar con William lo antes posible.

— Será en los próximos días — corté —. Quiero que cuenten conmigo para lo que precisen — Me incliné sobre la mesita de junto y plasmé mi firma en el acta que me había entregado, no sin antes leerlo como el buen abogado que soy.

— Agradecemos su colaboración, licenciado — Le devolví la hoja luego de incorporarme. De las escaleras descendía el otro oficial ya listo para marcharse.

— Los acompaño —Caminamos los tres hasta la puerta y los despedí. La ambulancia que encandecía el porche con su luz verde, ya se había marchado. Esa ambulancia que paralizó mi corazón ante el miedo de que mi hermanastro estuviera allí dentro.

Volví a la sala y me arrodillé rápidamente a los pies de Bill. Sus ojos no observaban nada en particular, sólo permanecían perdidos.

— Bill, háblame — pedí en una súplica —. Cuéntame cómo te sientes, qué sucedió — nada. Ni una sola palabra se desprendió de sus labios.

Miré a Georg como desesperado, pero solamente me hizo una mueca de resignación.

— Maté a una persona — susurró casi inaudiblemente —…, asesiné a un ser humano. Soy un asesino.

— No — negué de inmediato —; no digas estupideces.

— Fue en defensa propia, Bill — habló Georg —. Era tu padre, él o tú.

— ¡Sí! — salté —. Hiciste lo que cualquiera hubiera hecho.

— Quiero dormir — manifestó simplemente.

— Vamos, te llevaré a tu cuarto — se ofreció Georg.

— Tú puedes quedarte. Ya es tarde — propuse. Éste asintió.

— Ve a ver a Jörg — me recordó y se marchó con Bill.

Los vi desaparecer por las escaleras, y una vez solo, cerré mis ojos y me lamenté en un triste suspiro. Volví a la realidad y sin dudarlo me dirigí a la recámara de mi padre. Entré silenciosamente creyendo que permanecía dormido, pero se encontraba sentado en el borde de su cama junto a su fiel Susan.

— Papá, ¿cómo estás?

— Aturdido. ¿Tú? — habló fríamente y sin observarme.

— Igual. Llegar y encontrar un patrullero y una ambulancia no es algo a lo que esté acostumbrado.

— ¿Dónde estabas? — cuestionó casi por encima de mis palabras.

— En el banco — respondí sin titubeos.

— Mientes — cortó alzando su mirada hacia mí. Yo guardé silencio —. Más sabe el Diablo por viejo, que por diablo. ¿Dónde estabas? — Bajé la mirada unos segundos.

— Estaba en el banco, papá.

— ¿Con Georg?

— Lo crucé en el camino y… — No quise seguir con esa mentira. Era demasiado estúpida y carente de sentido. —. Fui a buscar a Gustav Schäfer.

— ¿A Gustav Schäfer? — repitió atónito, poniéndose de pie y quedando frente a frente —. ¿Y a qué fuiste al encuentro de ese rufián?

— Di con su paradero y quise ir a disuadirlo de…

— Yo te diré a qué fuiste — interrumpió —. Fuiste a saciar tu propia bronca y dolor respecto a lo que le sucede a Bill — lanzó como puñales contra mí —; actuaste según tus instintos más primitivos. Te consuelas diciendo que quisiste hacerle un bien a tu hermano, pero en realidad tu actitud fue meramente egoísta.

— Jörg, cálmate — pidió una deprimida y cansada Susan. Pero mi padre la ignoró. Yo permanecí en silencio. ¿Qué podía decir o argumentar? Nada. Tenía razón en todo.

— ¿Qué has ganado? Dime, ¿qué sacaste de provechoso de ese encuentro? ¡Nada! Perdiste tiempo y seguramente dinero buscando a ese infeliz. Y hoy casi pierdes a tu hermano. Qué decepción, Thomas — susurró duramente dándose la vuelta y alejándose unos pasos. Luego volvió su dura y penetrante mirada hacia mí.

Yo en ningún momento dejé de sostener esa mirada tan fría, tan similar a la de Bill.

— Podía esperar esto de cualquier persona, hasta de Bill, pero nunca imaginé algo tan básico viniendo de ti — Posó sus ojos en la ventana y se quedó observando el inmenso jardín. —. Vete. No quiero seguir hablando contigo. Hoy me has fallado por primera vez y no voy a olvidarlo — Susan me miró compadeciéndose de mí, pero la tranquilicé con una media sonrisa antes de salir en un total silencio.

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By Gustav

— Mira cómo te han dejado el labio… ¿Quién fue?

— No tiene importancia — Ahogué un gemido de dolor ante el ardor del alcohol etílico humedeciendo mi herida. —… son gajes del oficio.

— Desgraciados — susurró lamentándose por mí antes de soplar dulcemente la zona afectada.

— Tienes que encargarte del tema Kaulitz lo antes posible.

— Sí. Mañana quizás lo siga a la hora del almuerzo. Casi siempre se marcha con el auto hacia quién sabe dónde. Tal vez averiguarlo sea algo útil.

— Hazlo — ordené —. Ese asunto ya no puede esperar más. Es el momento indicado — Ella sólo asintió en silencio y sin hacer preguntas.

— Listo. Mañana estarás como nuevo, aunque tendrás una cicatriz que tardará en desaparecer — dijo alejando el algodón y tapando la botella de alcohol.

— Gracias por venir a estas horas sólo por mí — dije con esfuerzo. No estaba en mi vocabulario el ‘gracias’.

— Desde luego que iba a venir sin dudar — Parecía tan honesta… y quizás lo era. —, pero me voy así descansas tranquilo.

— No — me negué —. No. Quédate — repetí con menos énfasis. No deseaba exponer así mis emociones o debilidades. No.

— ¿En verdad?

— Claro. Después de esto no puedo dejarte ir a estas horas y mucho menos sola. Además quiero que pases la noche a mi lado.

— Estoy tan agradecida con todo lo que haces por mí, Gustav.

— Te refieres a los zapatos, los bolsos… — enumeré cabizbajo.

— No — negó rápidamente, alzando mi rostro por el mentón y buscando mi mirada —. Me refiero a las cosas que no se ven, las más importantes. Me has hecho sentir querida, o al menos así me siento yo… no sé — dijo tímidamente encogiéndose de hombros.

Si sólo supiera que en verdad era así… ya no la veía como esa mujer fatal, abogada exitosa y una gran ventaja en mis objetivos. Hoy, cuidando de mí como jamás lo había hecho nadie, siquiera mi madre, con su cabello vuelto una coleta, vestimenta casual y su rostro libre de cosméticos opacando su belleza natural y más pura, hoy sentía que contemplaba a otra Richael. Hoy entendía que la gente sólo debía conocerla en su faceta más desinteresada y humana. Hoy ignoraba (o al menos quería ignorar) ese trato que nos unía. No existían beneficios ni conveniencias individualistas. Yo había acudido a ella porque así lo necesitaba, y ella estaba a mi lado porque así lo quería.

— Guardaré esto — avisó. Yo, sin prestarle importancia a su comentario quise expresarle todas esas emociones totalmente nuevas que había descubierto en mi interior, extendiendo mis brazos para recibirla en ellos. Rió y me correspondió el gesto, para luego besarme con cuidado de no lastimarme. —. Ahora regreso.

Se paró de un salto y salió del cuarto alegremente, meneando una figura disimulada en una vestimenta hogareña. Así era mucho más bella. Nunca me cansaría de decirlo.

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By Bill

— Me enteré lo que pasó, tu padre me dijo — explicó —. ¿Cómo te sientes?

— No voy a mentirte, Andi, estoy confundido. Sé que fue una cuestión de defensa y que, si dejaba pasar esa oportunidad, podía matarme, o aun peor, podría matar a Thomas o a mi padre.

— Pero… — incentivó.

— Pero no puedo sacar de mi mente sus ojos mirándome antes de desvanecerse.

— Es normal, Bill. Fue la primera vez que estás frente a una persona agonizando; no creas que es culpa, es impresión.

— Tal vez. Pero puedo asegurarte que vi gente morir enfrente de mí muchas veces, pero no por mi causa.

En silencio acarició mi mejilla con paciencia, un gesto que seguramente no paso de inadvertido por Thomas. Estábamos en la sala de juntas, todos preparados para los juicios que iniciaban ese mismo día.

— Cuenta conmigo si así lo necesitas. Yo creo en ti, sé lo que eres.

Alejó su mano sonriendo cuando mi padre ingresó a la sala.

— Buenas tardes — saludó Jörg parándose frente a la larga mesa donde todos estábamos reunidos. —. Hoy es el gran día. Creo que decir que estoy orgulloso, es decir poco. No encuentro palabra para describir mis emociones… nada me gustaría más que tener entre nosotros a nuestro compañero Axel Greffman — Richael dirigió hacia mí una mirada reprochadora que ignoré. —, pero su decisión es aceptable y Lucas se ha ganado el respeto y cariño de todos — Sonrió al susodicho. —. Muchachos, estos tres casos son los últimos que encabezaré en mi carrera. Entre ustedes están los siguientes líderes de una herencia familiar. En este edificio está mi vida, mi esfuerzo, mi conocimiento… En fin, está todo lo mejor de mí. Por eso es que quiero que hoy, cuando se paren en los Tribunales frente a todos, lo hagan con la frente bien en alto y la seguridad igual. Porque yo confío en ustedes — Todos aplaudimos, hasta hubo lágrimas de emoción asomándose en algunos rostros. Yo me sentía totalmente neutral. No tenía miedo ni nervios, ni nada similar. Sabía qué hacer y qué decir. Nada podría salir mal.

— De pie para recibir al señor Juez — Todos nos paramos de nuestros respectivos asientos. La sala estaba llena hasta no dar más. Al ser un juicio oral y público, la prensa colapsaba por donde se viera.

Una vez el Juez Mayer ubicado en lo alto del estrado, el Tribunal quedó en silencio y volvimos a ocupar nuestros respectivos lugares. A mi derecha Albert Cortez, con su traje de sastre azul y sus cadenas y accesorios de lujo reluciendo, con una mirada dura en su rostro soberbio. A mi izquierda, mi hermanastro con su atención dividida en su laptop y lo que alrededor ocurría. Yo acomodé el cuello de mi saco negro como acto reflejo.

— Buenas tardes a todos los presentes — habló el Juez —. Estamos hoy reunidos, martes veintidós de octubre del año dos mil trece — El taquígrafo movía sus manos velozmente para plasmar en papel todo lo que se decía. —, con motivo de las causas que se le acreditan a Albert Robinson Cortez: Estafa contractual y daños y perjuicios de la propiedad al inquilino — Leyó. —, cargos impuestos por Charles Martinato Gómez.

Paralelamente a nuestra mesa, Joseph Sanders me observó inamistosamente, pero lo ignoré. Charles estaba sentado junto a la otra abogada, Katherine Hassan (si la memoria no me fallaba, así era su nombre). Charles estaba nervioso, sus manos inquietas lo delataban. Tantos meses esperando hacer justicia por su hija, quien aún continuaba transitando hospitales y laboratorios para hacerse centenares de estudios. Me dolió recordar que, seguramente, se movilizaba en una maldita silla de ruedas.

— Tengo entendido, la reunión conciliadora tuvo lugar el dos de agosto del año que corre; cuyo acto careció de un acuerdo — Dio vuelta la solapa de su carpeta y carraspeó, haciéndole una seña con un simple movimiento de cabeza a un par del jurado. El mismo se puso de pie y con determinación, dijo:

— Quien inicia el juicio es la parte acusadora, con el licenciado Joseph Sanders como abogado defensor.

Éste se puso de pie rigurosamente y caminó decidido hasta la mitad de la sala, de cara a la prensa y con su perfil hacia el jurado. A mi lado, Thomas dejó de lado la computadora y sostuvo su mentón con su mano derecha, un gesto de plena concentración en su colega.

— Señor juez, honorable jurado y miembros de la prensa — saludó —. En los años que llevo ejerciendo mi profesión y defendiendo, a mucha honra, el sistema judicial de nuestro país, déjenme decirles que es la primera vez que me topo con un caso de estas características — comenzó su absurdo monólogo —. Estoy hoy aquí para defender no sólo a mi cliente, sino a una niña inocente y, seguramente, muchas personas que habrán sido víctimas de alguna empresa multinacional como la del señor aquí presente — dijo refiriéndose a Albert —. Muchos Charles y Milagros anónimos que no tuvieron oportunidad de llegar hasta esta instancia contra una potencia semejante. Comenzaré entonces — carraspeó y escondió sus manos en su espalda, enderezando su pecho y alzando la mirada —: A fines del año dos mil doce se lleva a cabo un contrato feudo entre mi cliente y la empresa constructora de Albert Cortez, Cortez Bau Verbunden. El contrato consistía en ofrecerle a este señor una cierta cantidad de dinero y el terreno de Charles en Argentina, a cambio de una casa en Alemania, país natal de mi cliente. El contrato es firmado por ambas partes y, ya por mayo de este año Charles, su esposa y sus tres hijos pequeños estaban cumpliendo su sueño de vivir en este rico país — Se tomó unos cuantos segundos para continuar. —. Esa sería la mirada superficial del trato, pero mirando más allá, yo me hago algunas preguntas — Inició una caminata tranquila y ocasional por el espacio, pasando por enfrente de nuestra mesa. —, ¿es normal que una empresa de semejantes envergaduras, y mismo Albert Cortez, un hombre de negocios, se maneje con sus clientes mediante contratos de vasallaje?

— Qué predecible — susurré para mí mismo y Tom asintió. Joseph siempre tuvo eso, al igual que yo, de envolver a las personas con sus palabras. Lograba cautivar la atención de los presentes. Fuimos a la misma Universidad y nos graduamos con dos años de diferencia apenas. Teníamos la misma base.

— Claramente no podría poner en debate este tema ya que un documento con esas características no puede discutirse en un ámbito judicial, pero me es imposible ignorarlo. ¿La gente que quería una propiedad o un terreno de esta constructora, y que no llegaban a cubrir el precio total, tenían que recurrir a esta clase de contratos sin ningún respaldo legal? ¿Acaso la constructora se aprovechaba de la ignorancia de un humilde agricultor de crianza latina? No es mi opinión, ni mi parecer, sino una realidad: cualquier compañía debe ofrecer un plan de pagos, subsidios y respaldos con recibos de sueldos; no ofrecer esto y aquello para cubrir una cifra determinada — Hubo murmullos entre los presentes, los cuales se silenciaron cuando el abogado se dispuso a continuar. — Transcurridas algunas semanas del asentamiento de mi cliente y su familia en la vivienda, ocurre un accidente lamentable que todos ya conocerán. Por las malas condiciones de la casa, un arreglo temporal que había en el techo de la sala principal se desprende y cae, desgraciadamente, sobre Milagros Yamil Gómez de nueve años de edad. El peso exacto fue de diecisiete kilos. Sí, diecisiete kilos de cemento, ladrillos, yeso y demás materiales de construcción sobre una pequeña de nueve años. Milagros sufre entonces contusiones verdaderamente graves en sus piernas, cabeza y principalmente en la zona de la espina dorsal — Bajé la mirada unos breves segundos, pero volví a recobrar la compostura automáticamente. —. Milagros estuvo bajo observación médica desde ese entonces, y en el día de hoy no puede caminar — Hizo una pausa vital para el impacto del relato. —. Me pregunto una y otra vez como persona, antes que como abogado, ¿qué culpa tenía una pequeña de nueve años en todo este asunto?, ¿era este un precio justo a pagar por la ignorancia y la avaricia de un empresario?

— Protesto — manifesté impetuosamente —. No estamos en un juicio psiquiátrico, y el abogado está haciendo una teoría de la personalidad de mi cliente.

— Hay lugar. Abogado, limite sus especulaciones — dijo severo el juez Mayer. Joseph ante esto me miró de forma extraña, y le respondí igual.

— He concluido por hoy. Muchas gracias — Volvió a su lugar, donde le dedicó una sonrisa confianzuda a su colega y a su cliente. Supe que era mi turno.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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