«Apostemos» Temporada II
Capítulo 26: Al desnudo
— Buenas tardes a todos los presentes — saludé a modo de inicio —. La empresa constructora de mi cliente siempre se caracterizó por ser una sociedad que brinda oportunidades a sus clientes, que les da posibilidades. El señor Albert Cortez es así — acentué —; una persona que les da un trato preferencial a cada uno de sus socios y afiliados. Charles Gómez, de nacionalidad alemana, pero con un acento latino que lo dificulta en diversos trabajos, un agricultor experto en la siembra y cosecha de variadas frutas y verduras, pero ignorante en la gran ciudad. Viene a empezar una nueva vida con tres niños pequeños y una esposa que sufre algunos problemas de salud. Díganme, ¿no es acaso una presa fácil para los hombres avaros y ambiciosos que hay hoy día en el mundo? Mi cliente quiso ayudarlo, y lo hizo — aseguré —. Le ofreció una propiedad, a cambio de unos pocos ahorros y otra propiedad del otro lado del mundo — hice una pausa poco profesional en la cual me permití sonreír de lado —. Quienes me conocen saben que no me baso en palabras, sino en hechos. Si analizamos las cifras, los números no mienten. Nadie estafó a nadie — se oyó un fugaz murmullo en la sala.
— ¡Orden! — exclamó el juez y los mismos se silenciaron.
— Miembros del jurado — me dirigí directamente a quienes me darían el veredicto final, no a un montón de chismosos de la prenda amarillista. —, no es un secreto que se trató de un contrato feudo, pero fue un contrato que comprendió la urgente necesidad de la familia Gómez de empezar desde cero en su país de origen, en una casa sin deudas — recalqué aquello último —. Sí, la casa en Argentina contaba con deudas que mi cliente saldó apenas recibió los papeles de dicha propiedad — La cara de Joseph me dijo todo. Touché. —. Pero, claro, nadie habla de eso. Ese contrato de vasallaje los benefició a ambos. Era un contrato entre mi cliente y el señor Gómez. Cortez Bau Verbunden no tuvo nada que ver; por lo tanto no podían realizarse los procedimientos de control y mantención de la propiedad antes que alguien la habitara; ¿por qué? Porque tales controles requieren montos muy elevados que el señor Charles tendría que haber pagado bajo el nombre de ‘intereses’. Charles se despojó de sus deudas, y recibió una casa. Ése es el punto.
— ¡Protesto! Abogado, ¿qué tomada de pelo es esta?
— ¡Licenciado, mantenga el protocolo y el respeto! — Joseph maldijo por lo bajo y se sentó abatido.
— No lo estoy inventando yo — Los murmullos se oían un poco más fuerte que los anteriores. —, esto es una realidad. De lo contrario pueden contactarse con clientes anteriores de la constructora y no recibirán ni una sola queja de las viviendas y los terrenos.
— ¡Orden! ¡Silencio en la sala! — El martillo del juez resonó algunas veces y pude volver a mi tono de voz calmo del principio.
— Pero como dictaminan las leyes de este bendito país, un contrato feudo entre dos personas no entra en las cuatro paredes de un tribunal. Muchas gracias — Dicho esto acomodé el cuello de mi saco, una media sonrisa a las cámaras y directo a mi silla. Thomas a mi lado asentía conforme al tiempo que tipeaba velozmente sobre el teclado de su computador.
— ¡Bien hecho, hijo! — susurró Albert en mi oído.
— Gracias, Albert.
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By Tom
— Puede mejorar.
— ¿Mejorar? ¡No podría estar mejor, Thomi! Empezamos con el pie derecho.
— De todos modos fue el primer día, no iba a pasar demasiado — con mi boca cargada de té sólo pude hacer una gesticulación de estar totalmente de acuerdo. Tom bajó la mirada a su escritorio, con aspecto cansado. —. Estoy harto — soltó para mi sorpresa.
— Esto recién comienza — Dejé reposar la tasa sobre mi escritorio. —, pero también es la última instancia.
— Sí. Por suerte ya no tengo el peso de la presidencia en mis hombros.
— Papá está disfrutando sus últimas semanas en el estudio — pensé en voz alta, ignorando sus comentarios —. Este estudio ha sido un cáncer en su vida. Y lamentablemente no lo reconocerá jamás — Tomé el paquete de cigarrillos sobre unos cuantos papeles y saqué uno. —. En fin… Todos tenemos un cáncer.
— Esa mierda te va a ocasionar un cáncer.
— ¡Ey!, fumo desde los quince.
— Más a mi favor. Esa también es una droga; déjala.
— No es una droga, créeme. El cigarrillo es un amigo para mí — Negó con la cabeza acabando con el asunto ahí.
— Es hora del almuerzo… ¿tienes hambre? — Negué dándole una profunda pitada a mi cigarrillo. —. Yo tampoco — Me dedicó una mirada extraña.
— ¿Se te ocurre algo? — me sumé al juego.
— Tú, yo, departamento… Una hora haciéndote el amor como un demente.
— ¡Thomas! — reí —. No traje mi carro.
— Yo traje el mío. No tienes excusas, enano — Repentinamente se paró con una sonrisa luciéndose en su cara. —. Anda, vamos.
— Ve saliendo. Termino y te alcanzo — dije refiriéndome al cigarro. Éste asintió conforme y salió de mi despacho, no sin antes lanzarme una de esas miradas asesinas que, debo admitir, me derretían.
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By Richael
— ¿Tienes planes para el almuerzo, Tania?
— Papeles, documentos, demandas, entrevistas… — enumeró.
— Te compadezco. Comerás aquí entonces.
— Sí. Pero no sola — susurró acaparando mi atención —. Tu compañero, Lucas, comerá aquí en la recepción conmigo.
— ¡Qué tierno! — susurré como colegiala —. ¡Oye!, nunca me contaste que ustedes…
— Nadie lo sabe. Guárdame el secreto, Richael.
— Soy una tumba — Luego de un gesto gracioso, reímos.
Recargada en el escritorio, observé panorámicamente las puertas de las oficinas, sin cambios o movimientos. Algo extraño dada la hora que era. Pero irrumpió el silencio Thomas saliendo del despacho de su hermanastro. Al verlo, algo en mí me dictó que debía hacer algo… No sabría descifrar qué, pero tenía que observar qué más pasaba.
— Demasiada paranoia — susurré para mí misma negando y volviendo mi atención a Tania tipeando miles de palabras en su computador. Pero aquello en mi cabeza no dejaba de sonar. Continuaba con la disyuntiva de qué haría Thomas Trümper en la hora del almuerzo. ¿Debía acaso ir a felicitarlo por el inicio de su juicio, o entablar algún tipo de conversación? Y si así era, ¿de qué clase? —. Basta, Rich. Calma — Pero aquello fue inútil en su totalidad. Cuando iba a retirarme para releer el caso en mi despacho, salió Bill de la misma oficina. Si antes estaba indecisa, ahora lo estaba más.
Salió a paso apurado rumbo a la puerta de salida, por donde minutos antes había salido Thomas. Aquello me hizo pensar demasiado, demasiadas cosas. Recordaba las palabras de Gustav, el trato que acordamos, todo.
— ¡Richael! — me llamó Tania moviendo su mano frente mi rostro.
— ¿Eh?… Disculpa. Dime.
— Te pregunté tres veces si vas a salir a almorzar o algo.
— Ah… Sí. Saldré — respondí con los ojos fijos en la puerta. Sin decir más, fui tras ellos. ¿Para qué?, ¿por qué? Estaba por averiguarlo.
— ¿Conoces ese edificio?
— No. Georg no vive aquí, Andreas no vive aquí, ellos no viven aquí. No sé, no tienen tíos, ni abuelos, ni otros amigos. Además la zona no es céntrica, es clase media.
— ¿Crees que pueda ser alguna propiedad de Bill?
— No lo sé. Lo dudo. Todo es muy raro.
— Escúchame, si tuviste la intuición de seguirlos, no ha de ser en vano. Quédate ahí y espera.
— ¿Cuánto más, Gustav? Tengo que revisar miles de papeles y hacer miles de llamados. Además yo no… — callé.
— Anda, sigue con tu monólogo — dijo —… Richael, ¿estás ahí?
— Bajaron del carro.
— ¡Genial! ¿Qué hacen?
— Pues… hablan, ríen — dije en un susurro, más para mí misma que para él —. Se miran de forma extraña… No es muy normal verlos así.
— ¿Así cómo? — No pude responder. Lo que estaba presenciando era por demás sorpresivo y épico. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y temí estar hundida en algún tipo de sueño. —. Richael, ¿quieres responder?
— Ellos… ellos se están besando, Gustav — dije conteniendo las ganas de gritar, de exasperarme, ¡de todo! — ¡Se besan como un par de enamorados!
— ¿De qué hablas, Richael? Eso no es pos… — Corté la comunicación casi instantáneamente, y sin pensarlo retracté aquel espectáculo en la memoria de mi teléfono celular. La escena tenía lugar enfrente de mí, en la otra vereda.
Ellos habían bajado del vehículo y se fundían en un beso, casto y tímido, pero era un beso en los labios. ¡Dos hermanos besándose en la boca! Sabía que Bill era homosexual, ¡pero esto excedía cualquier tipo de límite! Además se sumaba la sorpresa de que Thomas fuera gay; hasta ese momento yo guardaba algún grano de esperanza de tenerlo para mí en un futuro, pero todo aquello se esfumaba. Una ira me invadió. La ira mezclada con el asco, el repudio y el resentimiento.
— No doy crédito a lo que veo — murmuré secando una lágrima que bajaba por mi mejilla izquierda. Pero no había tiempo para llanto. Ellos ahora caminaban al interior de aquel edificio. ¿Tenía que bajar? ¿Tenía que seguirlos y arruinarles lo que fuera que harían? —. Maldito celular. Gustav, te escucho — contesté.
— ¿Por qué me has colgado?
— Te enviaré la razón por un mensaje multimedia — fue mi respuesta.
—… ¿se estaban besando?
— Créelo. Así fue.
— Un vínculo así puede ser una buena arma para desestabilizar a Kaulitz y recuperar a Bill — dijo luego de reír. Yo no entendía cómo podía tomárselo tan a la ligera. —. Ahora muchas cosas cobran sentido… En fin, quiero verte, preciosa.
— ¿En dónde estás?
— En mi departamento.
— Salgo del estudio y voy. Tenemos que hablar sobre esto y sobre cómo siguen las cosas de ahora en más.
— Estoy de acuerdo — aceptó —. Oye, te quiero — Inconscientemente sonreí.
— Yo también te quiero.
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By Gustav
— ¿Qué es ese arrumaco, amigo? ¡No me digas que estás enamorado!
— Esa es una palabra muy fuerte, Nicolás — dije modesto, dejando el teléfono de lado —. Digamos que no es una más. Es inteligente, es impredecible, pícara y audaz. Es ideal.
— ¿Y la estás involucrando en tus negocios?
— No del todo… Aún.
— Cuidado, Schäfer — canturreó antes de beber un sorbo de whisky —; conozco a esas muñecas — Alcé una ceja. —. Sí, esas a las que no debes sacar de su empaque original, o se desata una tragedia.
— Habla claro, hombre.
— No pierdas la cabeza por una mujer. Son peores que la blanca, y más adictivas también.
— Pavadas. Confío en ella, no me fallará. Además, sabe qué clase de tipo soy — Se encogió de hombros.
— ¡Debes tener razón! Cualquiera que te conozca, no se metería contigo ni en sueños, camarada — Dejó el vaso vacío sobre la mesita de junto. —. Sígueme contando sobre Bill. Hoy lo vi en la televisión. Él sí que está bien.
— No lo está. Aparenta todo el tiempo; esa no es su vida y tú lo sabes. ¿Recuerdas aquellos años? ¿Recuerdas los tratos que cerramos y el dinero que ganamos?
— Además cómo nos divertíamos. El barrio… lo extraño — recordó con nostalgia en su voz y rostro.
— ¡Ya volveremos, hombre!
— No lo creo, tío. Con todo esto de la policía y el interrogatorio… estamos hasta las bolas.
— ¡Que no! Volveremos, volveremos. Todo esto es pasajero. Hubo peores rachas.
— Eso es verdad. ¿Y para cuándo tendremos a nuestro Bill de vuelta en el rodeo?
— Muy pronto. Vamos a rescatarlo de toda esa mierda en donde está metido.
— ¿Crees que quiera volver? Está liderando un caso millonario.
— ¿Y eso qué tiene que ver? Es trabajo. Yo hablo de una vida personal, de su verdadero yo dejándolo ser — reí —. Volverá; es sólo cuestión de tiempo — En ese momento mi celular emitió una breve melodía, advirtiendo un nuevo mensaje. Allí aparecía mi pasaporte a mi hermano del alma: la foto.
— Yo estaré encantado de volver a tenerlo en nuestro grupo, pero ¿y Franco? ¿Recuerdas su desconfianza cuando tuvimos que encargarnos de aquel abogado?
— Franco es un estúpido — dije algo molesto —. Tendría que estar chupándole los pies a Bill después del dineral que pagó. Además Bill sí confió en él para encargarle un operativo tan complejo tanto para su vida personal, como para su carrera — retruqué e hice un sonido de disconformidad —. Me choca la gente desagradecida. Aparte no lo conocemos hace tanto como para que se tome atribuciones.
— Concuerdo — acordó.
— En fin… ¿Brindamos? — Sonrió.
— ¿A qué debo el honor?
— Aparentemente todo va cuesta arriba — dije haciéndome el humilde —. Mira este lugar, viejo. ¡Mira este departamento!
— ¡Qué maravilla! — exclamó admirando sus alrededores.
— Me paro en el palco y miro a la calle. ¿Sabes qué veo? Patrullas y patrullas. Las lanchas de los azules quizá buscándome; todo se arregla con política, con dinero. Mucho corrupto dando vueltas.
— No te confíes — aconsejó con tono severo.
— ¡Nicolás, me extraña de ti! No llegué hasta aquí confiando en mi suerte — dije —. Pero hay que aprovecharla. Los males son temporales, las cosas buenas se aproximan. La pandilla completa: Sam, Joshua, Bill, tú y yo — Cargué los vasos de whisky con dos medidas de nuevo.
— Suena estupendo. ¡Brindo por eso!
— ¡Por las cosas buenas que se aproximan!
— ¡Por el amor! — medio se burló.
— Por Richael — susurré sonriendo de lado y el ruido de los vasos chocando resonó el departamento. Luego, sólo risas.
Continúa…
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