«Apostemos» Temporada II
Capítulo 27: Debilitado I
By Gustav
— ¿Qué tenemos que hacer?
— Debilitarlo.
— Ya lo sé — dijo irritada —, me refiero a la fotografía.
— Usar esa arma para debilitarlo — bufó —. Relájate; ¿qué pasa?
— ¡Esto es insólito, Gustav! — Gritó dejando la copa de vino sobre la mesada y moviéndose nerviosamente por la cocina — ¡Un par de incestuosos, de enfermos mentales! ¡¿Qué les pasa?!
— ¡Oye! — grité —, ¿qué te pasa a ti con esos prejuicios? Es tema de ellos lo que hagan en la cama, ¿a quién le importa? Mi prioridad en este asunto es mi hermano Bill, no con quién comparte su intimidad.
— Pues a mí me ha dejado anonadada — concluyó sentándose en una de las butacas a los lados de la mesada de mármol —. Podía apostar que Thomas era heterosexual… — susurró y mis sentidos se alertaron.
— Ahora entiendo todo — Abandoné la copa sobre la mesada y mantuve mi mirada fija y dura en sus ojos. —. Eso es todo lo que te importa: Thomas Trümper.
— ¿Qué?…
— ¡Calla! No te excuses — grité y ella pegó un mínimo salto en su lugar debido al susto —. Escúchame, Richael, no pienses en engañarme o jugarme sucio a las espaldas.
— ¿Por qué estás tan paranoico, Gustav?
— ¡Porque ya me han traicionado demasiadas personas!, y no puedo soportar que sean las personas que más me importan las que lo hagan. Has entrado en mí, Richael — bajé el volumen de mi voz —, has tocado algo aquí dentro de mi ser y no podría soportar tu traición.
— No voy a traicionarte — Se puso de pie y me encerró en sus delgados brazos. Me dejé hacer y enterré mi rostro en la curvatura de su cuello. —. Confía en mí. Iré a entregar la foto a alguna revista de espectáculos. ¿Lo quieres débil?, lo tendrás débil — Se aferró más a mí y logró calmarme. Había sentido pánico al pensar que podía alejarse de mi lado. Era sencillamente más fuerte que yo.
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By Tom
— Amor… — susurré en su oído apenas me volteé entre las sábanas —. Qué hermoso eres — admití regalándole una dulce caricia a su mejilla.
Y así, feliz, me senté en el borde de la cama y localicé mis pants en el suelo. De un tirón estaban puestos y ya salía del cuarto tarareando una alegre canción. Bajé las escaleras velozmente y atravesé el living divisando en la cocina a mi padre desayunando con Susan. Sonreí de lado y fui tras ellos.
— ¡Buenos días!
— Hijo, ¿amaneciste de buenas?
— De excelentes. Hola, Su — dejé un beso en su frente. Me senté en frente de mi padre y bebí unos acelerados tragos del café después de guiñarle un ojo al susodicho.
— Me parece brillante. Hoy será un día más tranquilo que ayer en el estudio.
— Lo peor ya pasó… El juicio comenzó y la cosa está peleada — sinteticé.
— Estuve viendo varios programas de televisión y noticieros — comentó Susan y acaparó la atención de ambos —, y ahora la opinión pública es mucho más variada.
— Es así: tenían que escucharnos a nosotros. En estos meses sólo hubo testimonios y entrevistas de la parte acusadora.
— De todas formas no quiero que se confíen — cortó Jörg serio —. No especulen con la televisión. Nosotros nos basamos en los hechos, en las pruebas, y principalmente en el jurado.
— Lo sé, papá. Tenemos la mente fría en cuanto a eso — aseguré untándole mantequilla a mi tostada —. No tuve oportunidad de hablar con los otros chicos, ¿cómo les fue a ellos?
— A Georg y a Andreas, de maravilla. Aunque eso ya estaba previsto.
— ¿Tan buenos son? — dije casi ninguneándolos.
— Sin dudas. En cambio, como también era obvio, Richael y Lucas no tienen un buen pronóstico para lo que sigue. Se nota que ella no se siente segura en manos de un nuevo compañero, y él tiene demasiado para dar como para estar sentado en frente de un computador. No tiene esa madera de trabajar en equipo.
— Es verdad. Es muy individualista. No es para menos, todo lo que aprendió todo lo que sabe de Seeger — Recibí su aprobación.
— ¿De qué hablan? — irrumpió el silencio mi hermanastro —. Buenos días — Abrazó efusivamente a Susan y le dejó un cálido beso a nuestro padre.
— De los juicios, hijo.
— ¡Oh, no! Por favor, dejemos ese tema de lado en el desayuno — Me observó y me extendió su mano abierta, a la cual le di una palmada y luego un golpe de puño en señal de saludo.
— Toma tu medicamento, Billy — Susan en su papel de madre, se encargó de darle su pastilla matutina.
— Gracias, Su. Qué linda — le sonrió —. ¿Y tú ya la tomaste, papá?
— Temprano. Estoy cuidándome a raja tabla. Quiero estar fuerte para mis grandes licenciados — Le dediqué una mueca de cariño y apreté su mano sobre la mesa. Mi querido viejo… —. Aunque pocas veces en mi vida me he sentido tan lleno de vida como en este último tiempo.
— ¡Digno de un brindis! — gritó Bill levantando su taza de té. Nos sumamos en su locura y brindamos, Jörg con café, al igual que yo, y Susan con su zumo multifrutal. Después de eso todo se resumió en risas y bromas joviales. Hasta que mi padre notó lo que pendía de mi cuello.
— ¿Quién te regaló esa belleza, Tom?
— Alguien muy especial, papá — Bill me sonrió cómplice a mi lado, llevando la taza a su boca disimulándola.
— ¿Se podría tratar del muchacho del que me hablaste?
— Podría ser… Estoy en mi mejor momento, papá. Quiero compartirlo con todos — Sin premeditarlo, me puse de pie y tomé un cucharón de madera que Susan usa para cocinar. Ante las miradas incrédulas, subí mis pies a mi silla y simulé tener un micrófono. —. ¡Me siento feliz! — Todos rompieron en carcajadas estrepitosas —. ¡Susan, me haces feliz!
— ¡Tom! — gritó sonrojada.
— ¡Papá, me haces feliz!
— ¡Te amo, hijo!
— Bill — Sus ojos castaños estaban posados sobre mí como embelesados. —. ¡Me haces muy feliz!
— Tú también, Thomi — respondió y mi estómago se contrajo y no pude evitar morder mi labio inferior.
— Llamaré a este momento: Felicidad.
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By Bill
— Tú estás loco — dije acercándome hacia donde estaba sentado. En el jardín trasero de la casa, a minutos de salir rumbo al estudio, Thomas se tomó el tiempo de sentarse en una de las fuentes, la más grande del lugar, y contemplar en silencio todo el espacio verde.
— La locura es un placer que solamente el loco puede disfrutar — Se paró y quedó enfrentado a mí —. Tú me vuelves loco… ¿Qué? Dime algo.
— Nada.
— No me veas así. ¿Qué pasa? — preguntó ante mi silencio.
— Me tienes atrapado, no sé. Es difícil de entender… Me veo a mí hace tres meses, y luego veo el presente y… cambiaste mi vida, Thomi. Gracias.
— No me agradezcas nada — Acuné su rostro entre mis dos manos y lo besé suavemente, con mis ojos completamente cerrados. Quería disfrutarlo.
— Prométeme que vas a estar conmigo en esta etapa tan difícil de mi tratamiento.
— ¿De qué hablas? ¿Quieres consumir? — Se alarmó.
— Siento mucha presión. La prensa, las entrevistas, la salud de papá, Albert Cortez, Milagros… Dios, es demasiado.
— Papá está en su mejor momento, él mismo lo dijo. El juicio está más que asegurado, ten confianza en nuestras capacidades. Y Milagros…
— Mejor obviar eso — corté —. Quizás esté paranoico.
— Es lo más probable — acarició mi espalda con sus manos abiertas —. Hoy todo va a cambiar. Hoy será un gran día.
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By Richael
Abandoné la habitación que aguardaba a Gustav dormido en la cama, desnudo después de haber estado juntos.
Solté un bufido de fastidio. El día empezaba mal desde un comienzo; con dudas e incertidumbres.
Frente a la cafetera me serví una taza llena hasta el borde y me senté a pensar… ¿Qué tenía que hacer respecto a esa fotografía? ¿Cuál era la solución para los males de Gustav y los míos? Sólo una certeza había: Bill tenía que quedar en las condiciones en que lo quería Gustav; débil, sólo, y dispuesto a retornar a su vida anterior. Solamente de ese modo yo tendría la información que necesitaba sobre mi amigo Axel.
Sobé mis sienes y cerré los ojos unos minutos que parecieron volar. Mis intereses chocaban con los de mi pareja… ¿Mi pareja?
— Yo no tengo pareja — me dije en voz alta. Pero Gustav me había dado todo. Desde un hogar donde no estaba tan sola como en mi departamento, hasta amor. Sí, él me dio amor. Lo sentía a cada beso, a cada abrazo, a cada palabra. —. ¿Qué hago, maldita sea?
— Buenos días, morocha hermosa — sonreí de lado de manera forzosa y sentí sus labios agolparse en mi mejilla. Sólo con sus jeans se desplazaba por la cocina y finalmente se sentó a mi lado con la misma bebida como desayuno.
— ¿Mucho trabajo hoy?
— Así es, como siempre. Pero lo hago con gusto, es lo que elegí — Sorbió su taza de café. —. ¿Y tú, mi cielo?
— Hoy será tranquilo.
— Te noto cabizbaja. ¿Ocurre algo?
— No — negué mirándolo. En serio estaba preocupado por mí, como pocas personas se habían preocupado antes. Éramos muy similares. Estábamos solos en el mundo, no había nadie más que el otro. —, es sólo que me gustaría quedarme todo el día junto a ti, pero bueno…
— Te amo — soltó para mi sorpresa.
— ¿Qué?
— Lo siento — rió ante mi desconcierto —. Así lo sentí.
— ¿Me amas, Gus? — Se puso de pie y con una sonrisa desnuda y vulnerable besó mis labios con sutileza. Me dejé hacer todavía sin salir de mi trance.
— Supongo. Nunca sentí amor por ninguna mujer; eres la primera.
— Y tú eres el primero que siente amor por mí — Quien quería que me amara, no lo hacía.
— Y el último. Eres lo único que importa para mí — Quise besarlo desesperadamente, no tanto por el deseo en sí, sino para que dejara de decirme tantas cosas maravillosas. Cosas que no correspondía.
Me correspondió de igual manera, impulsándome hacia arriba con sus manos en mis muslos desnudos. Solamente con su camiseta como prenda y totalmente desnuda debajo de ésta, aferré mis piernas alrededor de su cintura y me sentó sobre la mesa donde descansaba la taza con café. Y hablo en pasado porque la misma quedó volcada por todo lo largo de la superficie, hasta dar con el suelo.
Comenzó una sesión de besos a mi cuello que no pude controlar. Simplemente lo incité con mi mano presionando su nuca. Puse los ojos en blanco y sentí sus manos tocar mi intimidad sin pudor, a su más profundo antojo. Mis pechos apretados entre sus dedos salvajes. Mi zona vaginal fue estimulada segundos después y me enloquecí.
— Te amo, te amo… — susurraba una y otra vez en mi oído. Me subió su propia camiseta y la lanzó lejos. Estaba ahora desnuda y él con sus jeans por los tobillos.
— Hazme el amor, Gustav — pedí acariciando sus hombros y conectando mi mirada a la suya. Ambas deseosas, apasionadas y lujuriosas. —. Házmelo ahora — No faltó decir más para que me hiciera suya de la manera más desaforada e inolvidable que se pueda imaginar. Increíble.
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By Tom
Sentado en mi oficina, redactando una nota para entregar a mi jefe (es decir, mi padre), con un zumo de mango que bebía de vez en cuando, fui interrumpido por unos golpes a la puerta me sacaron de la concentración que había creado en esa hora de trabajo ininterrumpido.
— ¡Adelante! — La puerta se abrió lentamente y Richael ingresó a la privacidad de mi despacho. —. Hola
— Hola
— Siéntate. ¿Qué necesitas? — Así lo hizo y le echó una fugaz mirada al papelerío sobre el escritorio.
— Quiero hablarte sobre algo que no puede esperar.
— Tendrá que ser en la hora del almuerzo, Richael. Tengo un informe pendiente que no puede esperar. Ser el hijo de Jörg no me salva para nada — reí.
— Te entiendo, pero en serio no puede esperar más. Te va a interesar — Fruncí mi seño y dejé reposar la birome.
— Te escucho — Tomó fuerzas y posó sus ojos negros pardos en los míos.
— ¿Hace cuánto tiempo que estás en pareja, Thomas? — Esperé que dijera algo más, pero dejó allí su pregunta.
— ¿Disculpa?
— Dime.
— Lo que yo haga con mi vida privada no te incumbe. Creí haber dejado en claro la situación entre nosotros, Richael — dije molesto —. ¿A qué viene esto?
— A que te vi — Me dejó sorprendido. —; te vi con tu… pareja.
— Ah, ¿sí?, ¿y dónde fue eso? — calló —. ¡Qué va, Richael! ¿Qué pasa contigo? ¿A qué viene este desplante de novia celosa? No tienes derechos sobre mí, no hay vínculos que nos unan.
— Hay amor.
— ¿Amor? ¿A qué amor te refieres? Esto carece de sentido…
— ¡Al amor que yo siento! — Deshizo su postura y se puso de pie entre furia y lágrimas que empezaban a cobrar un papel principal en su expresión. Desorbitado me quedé observándola sin entender nada aún. —. ¡Estoy enamorada de ti, Thomas!
— Otra vez con esta confusión… Me ves como un capricho, Rich. No somos niños.
— ¡Te vi besándolo! — Eso retumbó en mi cabeza. —. Sí, eso oíste. Te vi besándote con tu propio hermano… Me has destrozado… ¡No puedo sacar eso de mi cabeza! — gritó desesperada consigo misma.
— No…, estás equivocada.
— Tengo una fotografía. Ya no lo niegues, por favor — Secó sus mejillas enrojecidas y sacó del bolsillo de su pollera tubo su teléfono celular. —. Mírala con tus propios ojos si desistes en creerme.
— No tengo dudas — dije sin perder el orgullo y la compostura, pero internamente me quedé anonadado al ver aquella imagen. Bill y yo en la puerta de aquel edificio, besándonos, abrazados. Era un beso casto e insignificante, pero ahí estaba amenazándonos… amenazándolo a él. —. Bien, te felicito. ¿Por qué no te dedicas a la fotografía mejor? Quizás al fin encuentras éxito en un campo laboral; la abogacía no es lo tuyo.
— El que va a necesitar otro empleo eres tú — atacó por primera vez. Reí de lado, socarronamente, poniéndome de pie.
— No me interesa en lo más mínimo — solté —. Arruíname; muéstrale la foto a quien quieras, va a seguir sin importarme.
— ¿Y a tu hermano? ¿A Bill le dará igual si lo dejo en evidencia frente a toda la prensa amarillista? Esta foto recorriendo el mundo entero, de pies a cabeza. Jörg… ¿Cómo reaccionará él?
— Ya — corté abatido —. ¿Qué mierda es lo que quieres, enferma? ¿Quieres mi amor?, mala suerte, nunca lo tendrás. Él amor no conoce de sobornos ni de chantajes baratos.
— Con mi amor basta para los dos.
— Amo a Bill. Lo amo con locura — Desvió la mirada apretando sus puños sobre la madera. —. Lo amo como jamás amaré a nadie, y menos a ti.
— Ya verás cómo desistes.
— ¿Entonces es este tu plan? — dije con odio en mi voz —, pertenecer finalmente a la familia.
— Yo te amo y…
— ¡Tú no sabes lo que es el amor!
— ¡¿Y tú sí?! Lo que ustedes dos tienen no es amor, es una enfermiza obsesión.
— Las obsesiones no descansan hasta conseguir lo que quieren, y una vez hecho, lo retienen sin importar más nada. El amor, en cambio, deja ir y acepta, ve la felicidad y se alegra, ignorando incluso sus propias penurias — Bajé la mirada abatido. —. Qué más da… Acepto — Ella sonrió. —, pero debes borrar esa fotografía.
— Si la borrara, no tendría garantías a mi favor.
— ¿Y cómo sé que no vas a exhibirla de todas formas?
— Tienes mi palabra.
— ¡Claro! Yo podría decirte lo mismo.
— ¿Tú podrías darme tu palabra? ¿Y cuánto vale, ah? — negó —. Definitivamente, la fotografía se queda conmigo. Y tú también.
Continúa…
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