«Apostemos» Temporada II
Capítulo 28: Debilitado II
— Bien, como quieras — cedí —. Seremos pareja; la pareja perfecta de hecho — Bajé la mirada desanimado, pensando en mi hermano una y otra vez.
— No sabes cuántas veces soñé con estar entre tus brazos de nuevo — dijo rodeando de forma sensual el escritorio —, que me hagas el amor como antes. Estuve con otros hombres imaginándote a ti, pero no te llegaron ni a los tobillos — La miré a los ojos cuando estuvo a mi lado. Se entrometió entre el escritorio y yo, quedando pegada a mi cuerpo. —. Sólo tú me llevas a la cima del placer, solamente contigo voy al cielo ida y vuelta — Corrió los papeles y otros objetos que había en el escritorio y se sentó en el borde del mismo, abriendo sus piernas a ambos lados de mí. Su mano se posó en mi pecho y apretó mi camisa, acercándome a su cara. —. Hazme tuya, Thomas — susurró y su aliento dio contra mi boca.
Sólo pude cerrar los ojos unos breves segundos y ceder única y exclusivamente por el gran amor de mi vida.
La tomé por la nuca y la pegué con rudeza a mi boca. Mi lengua de manera inmediata se escabulló en su boca y dio inicio a un violento beso. Sin ningún tipo de cuidado manoseé su muslo derecho, subiendo su pollera. Me correspondió a todas y cada una de mis secas caricias y me sacó el saco de un tirón. Yo me despegué de su boca con la respiración agitada y me saqué la camisa para arrojarla a mi sillón. Ella mientras tanto se deshizo de su ropa interior, dejándome el camino libre para hacer con ella lo que quisiera.
Apreté mis dientes y volví hacia su boca, pero no pude besarla. Me desvié a escasos centímetros y le dejé mi cuello a su antojo. Mientras su lengua y sus labios jugaban en esa zona, mi mente reproducía los buenos momentos con Bill. Cada beso, cada caricia, cada gemido, cada abrazo. Éramos uno los dos, y ahora, en otros brazos, me sentía sucio y culpable. Otra vez caía en lo mismo. Prometí que jamás volvería a decidir por él… Y aquí estoy. De nuevo la vida me da a elegir entre su felicidad, y la mía. Entre ser generoso o egoísta. Entre la carrera o mi amor.
— Sólo quiero que haya alguien ahí para él. Si no soy yo a quien quiere a su lado, lo entenderé. Pero que alguna persona sea su soporte, su guía. No puede estar solo.
— Siempre estará Georg, o papá… o yo.
— Pero no de ese modo. Alguien que lo ame y que él ame también.
— ¿Tú serías capaz de ser feliz sabiendo que ama a otra persona?
— No sé si sería muy feliz que digamos, pero siempre querré su felicidad ante todo. Y si esa felicidad está junto con otra persona, lo aceptaré. ¿Tú podrías?
— ¿Eh?
— Digo, posponer tu propia felicidad por la de quien amas.
— No sé. Sería complicado… No estoy enamorado.
Andreas tenía razón aquella vez en la clínica. El amor es así: desinteresado. Si no eres capaz de dejar ir a quien amas para pensar en su propio bienestar, entonces no amas sinceramente. Y si hasta ayer estaba sencillamente enamorado, hoy me doy cuenta que se trata de un amor único e irrepetible, irremplazable. Por más hermosa, seductora y buena en el sexo que fuera Richael, daba todo en el mundo porque aquellos labios fueran los de Bill, y las manos que ahora rasguñaban mi espalda fueran las suyas, que ese aliento caliente proviniera de su boca al igual que sus jadeos en mi oído. Que aquel espacio húmedo y caliente que ahora penetraba violentamente fuera el suyo, rodeando mi hombría, haciéndome sentir único. Quería que en lugar de pechos, reinara la nada misma, y en lugar de piel levemente bronceada y perfecta, hubiera una piel real, su piel real; con sus imperfecciones, sus lunares, su bello, sus hematomas en los brazos de su pasado oscuro, marcas de cortaduras en sus muñecas, ya camufladas por la cicatrización, pero expuestas todavía. Todas esas cosas que solamente mis ojos conocían. Esos defectos que lo hacían único; porque una piel lisa, perfecta y bien cuidada la podría tener cualquiera que se lo propusiera, pero los defectos son los que nos hacen únicos. Richael era hermosa, sí, pero era totalmente artificial. Richael era una mujer de ensueño que cuando la tienes te das cuenta que se convierte en superficialidad. Y lo superficial no sirve para nada. Sirve para una fotografía, o para que otros te envidien. Pero en la intimidad solamente te queda el vacío, el frío y la distancia.
— Te amo, Tom — gimió y quise arrancarme los tímpanos. Hacía años que no escuchaba eso mientras hacía el amor, y hoy, simplemente teniendo sexo, me lo decía la última persona que desearía. La siguiente vez que aquellas palabras penetraran mis oídos, había deseado, sería con mi hermanastro. Pero no. —. No te vas a arrepentir… Juro que te enamoraré, Thomas… Conmigo serás feliz — Una lágrima se escapó sin permiso de mi lagrimal y se deslizó por mi mejilla. Su calor me quemó por dentro. No me interesaba nada, de hecho no sentía placer al estar haciéndoselo con tanta pasión, solamente sentía dolor. Un dolor desgarrador en mi pecho. —. ¡Ah, Thomas! — gimió apretándome más contra sus pechos cuando ambos acabamos al mismo tiempo. Repitió algunas veces más cuánto me amaba, y mi silencio fue suficiente. No estaba escuchando, y mucho menos sintiendo esas palabras. Mi alma estaba anulada, mis buenos sentimientos fueron guardados en un baúl en el fondo de mí mismo, reservados para él.
.
By Bill
— Cuando ellos nos nombren la internación de Milagros, yo atacaré con mis pruebas. Tengo fotos y… — Recordé el video, e instantáneamente recordé que prometí no mostrarlo. Se lo había prometido a Thomas. —, bueno, podría tener el testimonio de Fred Fontana, el médico que supervisó las visitas.
— Sólo nos quedan dos fechas… Tanto esperamos este juicio, y el mismo se presenta tan breve.
— Así es siempre. Los juicios que más duran son los de crímenes. Esto está más que claro — dije refiriéndome a la demanda.
— Coincido — Cuando Albert se disponía a seguir hablándome, la melodía de mi teléfono celular nos interrumpió. —. Atiende, por favor.
— Disculpa — Lo agarré rápidamente y sonreí al ver el número en pantalla. —… ¡Marcel!
— ¡Hola, Bill! ¿Cómo está ese inglés?, ¿más fluido que nunca?
— Afortunadamente no tuve que usarlo mucho; sabes lo malo que soy para los idiomas.
— ¿La pasaste bien?
— Sí. Descansé lo suficiente y arranqué el juicio con todas las energías.
— ¡Me alegra oír eso! Era lo que necesitabas. ¿Has tomado la medicación durante esa semana?
— Desde luego. No la interrumpí ningún día.
— Genial. Te comento que anoche llegué a Berlín.
— ¿¡En serio!? ¡Estupendo! — exclamé mirando a Albert, quien no entendía nada, pero igual reía —. ¿Cuándo te veo?
— Si te parece, te invito a almorzar.
— Claro que sí, cuenta con eso. Te veo en el restaurante Grill’s.
— Ahí estaré. Me alegra oírte bien, Bill.
— Afortunadamente, nada puede estar mejor — aseguré.
— Te veo para el almuerzo.
— Vale. Adiós — Colgué la comunicación sin dejar de sonreír.
— ¿Alguien importante?
— Marcel, mi médico personal. Ha vuelto a Alemania anoche.
— Ese es un gran tipo — recordó.
— Lo es. Es un gran amigo… En fin, ¿en qué estábamos?
— Ya no importa. Mis dudas sobre cómo seguirá todo esto se han disipado.
— Me alegra. Tienes que estar tranquilo, déjalo todo en nuestras manos.
— Me siento seguro entonces — Aquello fue muy gratificante. — Hijo
— Dime.
— ¿Recuerdas lo que te prometí hace algunos meses, cuando volví de mis pequeñas vacaciones en Grecia?
— Sinceramente no.
— Dije que si salíamos triunfadores de todo esto, mi casa de veraniego allá, sería toda tuya.
— ¡Oh, Albert, olvida eso!
— ¿Por qué? — exclamó entre desanimado y molesto.
— Porque es mi trabajo, y ya estás pagando por él. Olvídate de esa casa.
— ¡No! Para nada. Es un regalo que quiero hacerte. Además sé que es de los países que más te gustan — Negué riendo ante su personalidad tan obstinada.
— Entonces tenla preparada, porque triunfaremos.
— ¡Esa es la actitud que me gusta! ¡Digna de un hijo mío! — reímos a carcajadas y estrechamos nuestras manos por sobre el escritorio.
— ¿Ansias?
— No sé si se llaman ansias, o tensión, presión. No sé — Me encogí de hombros y tragué el bocado de ensalada que tenía en la boca.
— ¿En tu círculo social está todo en orden?
— Sí, sí. La relación con mi papá nunca estuvo mejor, y con Thomas igual.
— Entonces no hay riesgos por los que asustarse. Tómatelo con calma, Bill. Quizás estés paranoico.
— Pensé lo mismo. ¿Y tu vuelta a Francia dejó alguna anécdota?
— Muchas, pero ninguna divertida.
— Te noto algo apagado… ¿Problemas de pareja?
— Eso se añade a la bolsa. ¿Quién aguanta tanto tiempo distanciados? — asentí bebiendo mi zumo —. Además ambos estamos muy cambiados. Los pacientes, quieras o no, te cambian mucho — Me observó de una manera extraña. —. Pero volveré finalmente.
— ¿Qué? ¿Cuándo?
— En poco tiempo…
— ¿La semana que viene quizás? — Ladeó la cabeza y frunció la boca. — ¿Antes?
— Me temo que sí. En pocos días vuelvo a Francia para quedarme, Bill.
— ¡No, Marcel! — Dejé los cubiertos a ambos lados de mi plato y me quejé con cara de niño caprichoso. —, no puedes irte.
— Tengo que hacerlo. La clínica me necesita. Hay nuevos pacientes con internación de un año o dos; además tú demostraste un gran avance, mi misión en Alemania está terminada.
— No pensé que te marcharías tan rápido. De pronto se me fue el hambre — manifesté y ambos reímos bajo —. Es duro alejarse de ti, Marc.
— Digo lo mismo. Jamás quise a un paciente como te quiero a ti — Bajó la mirada a su vaso y lo alzó a sus labios. —. Pero esto no es un adiós, ni mucho menos, es solamente un hasta luego.
— Siempre es un hasta luego… — me quejé —. Iré a visitarte cuando todo esto acabe.
— ‘Cuando todo acabe’… ¿a qué te refieres?
— Los juicios, supongo.
— Y por los juicios, te refieres al trabajo, ¿no es así?
— Sí, eso creo.
— El trabajo nunca parará, Bill. Porque después del juicio de Cortez asumirás la presidencia — solté una risotada —. ¿Qué?
— No estoy muy seguro de eso.
— ¡Ey! ¿Qué sucede con ese autoestima de hierro que siempre tienes?
— El autoestima está intacto, pero mis ganas no. No tengo interés en dirigir ese monstruo en que se ha transformado el estudio.
— Es un gran peso, es cierto. Pero estará tu hermano apoyándote y ayudándote.
— Lo sé — Encogí mis hombros. —, es que después de haber probado la vida light y hogareña, no me reintegro del todo bien a esto.
— Te entiendo — asintió —. Centra tu mente, no apartes la mirada de la meta. Esa es la consigna para no decaer… Aunque te veo muy lejos de una crisis.
— Yo también me veo lejos. Son solamente espejismos que a veces me abruman, sólo eso.
— Muy bien — Me sonrió. —. Te iré a saludar a tu casa cuando me marche.
— No, para nada. Quiero acompañarte al aeropuerto; es lo mínimo que puedo hacer
— No es una negación mía, Bill, es que todavía no tengo definido cuándo me marcho. Soy un tipo espontáneo y no quiero modificar toda tu agenda en vano — Iba a retrucar aquello, pero entendí que tenía razón. —. ¿Cómo está tu padre?
— Muy bien. Según él: en su mejor momento.
— ¡Genial! Qué buen ánimo. ¿Y tu relación con Andreas? — interrogó algo tímido, como no queriendo hurgar en ese tema por temor.
— Como buenos amigos, aunque dudo que lo entienda todavía. Pero no mostró insistencia de ningún tipo. Es más, me apoyó con lo de Ian Martens.
— ¿Ian Martens? Tu asesor de imagen, ¿qué pasó con él?
— ¿No sabías? Quiso matarme.
— ¿Hablas en serio? — Se alarmó. —, ¿cuándo?, ¿por qué?
— El lunes. Por asuntos… llamémosles legales — dije —. Pero no me hiso nada. De hecho yo lo maté a él.
— ¿¡Lo mataste!? — medio gritó y algunas personas se alarmaron.
— ¿Quieres bajar la voz? — indagué sonriendo forzosamente y simulando estar tranquilo.
— Discúlpame.
— Fue en defensa propia, desde luego. El tipo tenía un arma y quería matarme a mí, a mi padre, a Susan, a quien sea.
— Lo entiendo, pero dime cómo te sientes a partir de esto.
— Bien… Bueno, no tan bien. Maté a un sujeto, ¿no?, eso me convierte en un asesino. Un asesino con perdón, quiero creer.
— Yo no te juzgo, y pienso que nadie puede hacerlo. Sólo tú — asentí pensativo.
— Todo está bien por el momento, y creo que así será por mucho tiempo más.
— ¿Te apetece brindar por eso?
— Claro que sí — asentí levantando mi copa con zumo.
— Por nuestra salud mental — reí y chocamos nuestras copas en un ambiente totalmente distendido.
.
By Tom
— Tania, ¿dónde está Bill?
— Él salió a almorzar hace media hora aproximadamente.
— Oh… gracias — Cuando estaba por girarme e irme, volví a hablar: —, ¿y Andreas?
— Está en su oficina.
— Gracias — repetí volteándome y yendo hacia el despacho de mi colega.
Tomé un valor inhumano para tocar y abrir esa puerta. Yo no era una persona de fe, pero sólo podía saber Dios cuánto me costaba y me desgarraba internamente dar este paso. Ya manchado por el sabor y el cuerpo de otra persona, ahora daba mis últimos manotazos de ahogado.
— ¿Qué necesitas, Trümper?
— Quiero que hablemos — Extrañado, me invitó a entrar y sentarme frente a él en su escritorio.
— ¿Quieres hablar de los juicios?
— No, no. No tiene que ver con el trabajo.
— No entiendo entonces qué tema en común podemos tener nosotros — Rasqué mi nuca con impaciencia.
— Es acerca de Bill.
— ¿Qué pasa con él? — Mostró interés desde un principio.
— Está algo abrumado con todo lo que está pasando.
— ¿Te refieres a lo de Martens? — asentí —. Entiendo… Matar a una persona no debe ser poca cosa. Bill es muy frágil, aunque muestra lo contrario, o quiere hacerlo.
— Sí, es cierto.
— ¿Y por qué hablas de esto conmigo?
— Quiero que estés presente para él. Yo pienso que te necesita más a ti que a cualquier otra persona.
— ¿Estás seguro? — Dudó. —, tú eres su único apoyo ahora. Además nosotros ya no estamos juntos; no sé si él te dijo eso.
— Menciono algo al respecto, sí… — desvié la mirada. Si supiera que yo tuve toda la responsabilidad sobre esa decisión.
— No quisiera presionarlo. Estamos intentando formar una amistad…, no es lo que yo hubiera querido, pero al menos las cosas están bien.
— Mira Andreas, yo conozco a Bill, y puedo asegurarte que te necesita — dije sintiendo cada una de esas palabras desgarrándome la garganta —. Si le propones retomar la relación, será cuestión de tiempo para que…, bueno, suceda.
— ¿Tú crees? — interrogó ilusionado —. ¿Él te habló de mí?
— No lo dijo claramente, pero sí.
— No digas más — cortó jovial —. Le enviaré un mensaje para arreglar vernos a solas y charlar.
— No lo presiones — advertí bajo y pareció no oírme. Estaba muy entusiasmado con la esperanza de volver con mi hermanastro.
¿Qué hacía yo ahí? ¡Estaba entregando en bandeja de oro al gran amor de mi vida! El dolor que mi pecho experimentaba era aún más fuerte que aquel que sentí hace cinco años atrás. Ahora tenía que quedarme junto a él, y que me viera ‘enamorado’ de otra persona, de Richael justamente. Y además, él quedaba regalado en brazos de su ex pareja.
— Gracias Trümper. No pensé que tú me darías este dato.
— ¿Por qué no? — Estaba aguantándome las terribles ganas de llorar como un niño descuidado.
— No sé… Nunca me quisiste para tu hermanito. Tiene coherencia — asentí bajando la mirada —. Oye, ¿qué pasa?, ¿te sientes bien? — preguntó extendiendo su brazo sobre el escritorio y tocando mi brazo.
— Sí…, no es nada — susurré secando una lágrima que calló sin permiso por mi rostro.
— ¿Cómo que no es nada, hombre? ¡Estás llorando! Dime qué sucede.
— Es que peleé con mi pareja — Sólo aquella cruel mentira pude decir.
— ¿Tú tienes pareja? Recién me entero.
— La conoces.
— ¿Se trata de Tania?
— No… Es Richael — Lo miré y se veía sorprendido. —. Volvimos.
— Increíble. No pensé que sería algo tan serio. Bueno, tú me entiendes.
— Ella ha cambiado.
— Se volvió muy importante como para que estés llorando — asentí volviendo a sus ojos celestes —. Oye, ¡déjame felicitarte! — Se puso de pie y rodeó el mueble. Me puse de pie sonriendo de lado y me dio un fuerte abrazo con palmadas reconfortantes en la espalda. En un principio sentí incomodidad, debo admitirlo. Pero luego sólo fui capaz de cerrar mis ojos y permanecer unos segundos sin pensar en nada. —. Ojalá que les vaya muy bien. Tú te mereces ser feliz, Trümper.
— Muchas gracias — dije sin haber entendido muy bien ya que no estaba oyéndolo. Solamente podía pensar en que tal vez no estaba haciendo las cosas tan mal… Lo dañaré, eso lo sé. Pero miren qué sostén le dejo para que no caiga… Creo que no hice las cosas tan mal. Andreas era lo mejor para Bill. Cuando me marché, él fue su cable a tierra. En la internación, él estuvo siempre presente cuando siquiera estuvo nuestro padre. Y ahora de nuevo será el soporte, será la mano que lo ayudará a levantarse.
Sonreí por estos pensamientos.
— Eres lo mejor para mi hermano — le dije mirándolo a los ojos. Él se había emocionado y éstos brillaban aún más. —. Confío en ti.
— Gracias, Trüm… Gracias, Tom — sonrió
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.
