«Apostemos» Temporada II

Capítulo 29: Debilitado III

— Las fotografías son auténticas, señores del jurado — Murmullos, murmullos y más murmullos. Muecas de asombro, disconformidad y tonicidad. —, pueden comprobarlo por ustedes mismos.

— ¡Señor juez! — Se levantó de su asiento Joseph. Siquiera Katherine caía en cuenta de lo que se presentaba ante los ojos de todos los presentes. En un reflector que abarcaba gran parte de un proyector, las fotos que me había sacado con Milagros se ilustraban ante todos. —, este hombre mintió sobre su identidad y su profesión, ¡esto es poco ético, es inaudito! — protestó. Sí, conté la verdad. O al menos la parte que me convenía contar. Era necesario y parte del plan.

— ¿Qué responde a esto, licenciado? — me preguntó el juez.

— Yo estoy bajo juramento y he contado mi verdad. Lo que yo hice fuera de este tribunal no tiene validez. Además, de no ser por ese ‘engaño’, hoy no estaríamos desenmascarando esta mentira mediática que han alimentado todos durante meses — Desde los asientos donde se ubicaban familiares y allegados de la parte acusadora, se oyó un llanto desgarrador; el de la madre de Milagros.

— ¡Está dañando la integridad de mi cliente y su familia!

— ¡Ustedes han dañado la integridad moral, laboral y económica de mi cliente y no hacemos un espectáculo por eso!

— ¡No es lo mismo! — gritaba Joseph desde su lugar, golpeando su propio escritorio y con ganas de saltar y matarme frente a todos en esa sala.

— ¡Orden!

— ¿Por qué no es lo mismo?, ¿porque Milagros es una niña?, ¿eso hace que sea más grave? ¡No! — Ignoramos al juez. — ¡Aquí hubo una injuria y no permitiré que continúe! Creo que guardamos silencio y respeto durante mucho tiempo.

— ¡Orden, abogados! — Miré fugazmente a Thomas que me hacía mímicas de silencio, que callara porque podía perjudicarme. Lo ignoré, desde luego.

— ¡Engañaste a una niña, Bill! ¿No tienes corazón?

— ¡Protesto! ¿Qué es esto?, ¿una iglesia, un centro comunitario? ¡Por favor! — Alcé mis manos con soberbia y viré mis ojos.

— ¡Suficiente! Licenciado Kaulitz, siéntese por favor. Y usted, Sanders, tomé asiento y calme sus nervios. No olvidemos donde estamos — Obedecí finalmente y me senté al lado de mi hermanastro, que estaba extraño, como toda la noche de ayer y todo el día de hoy. —. Están en un tribunal de justicia, no en un programa de televisión. Vuelven a suceder estos papelones y estas faltas de respeto, y el juicio queda postergado hasta nuevo aviso — dijo severo el juez Mayer. Miré a Albert y le garanticé seguridad, que todo estaba bajo control.

— Confío en ti — susurró y fue todo lo que necesitaba.

— Señor juez — habló Katherine —, si me permite manifestar una queja…

— Adelante.

— Gracias. Lo que el licenciado Kaulitz hizo durante casi dos meses no se puede considerar de relevancia en esta demanda, pero sí lo que el doctor Fred Fontana hizo — Giré la cabeza velozmente, anonadado. Aquello no lo esperaba. —. Médico clínico, número de matrícula 54982… — leyó de una carpeta solapada —, le aplicó morfina a una menor de edad, bajo el control del doctor Flores, en pleno proceso judicial, en un estado de terapia intensiva experimental porque no se sabía qué secuelas podía tener…, en fin. Este hombre no puede ejercer más su profesión — concluyó.

— ¿Qué dice la defensa? — El juez nos observó.

— Respecto a lo que dice mi colega — comenzó Thomas —, el doctor Fontana no hizo nada de lo que está diciendo, señorita — Más murmullos.

— ¡Orden! — Observé a mi hermanastro orgulloso, colmado de gusto. Eso era exactamente lo que tenía que decir. Jamás mencioné nada sobre la morfina, nunca dije nada sobre Fred. Estaban en el horno bajo especulaciones sin comprobación.

— En la puerta de la habitación de Milagros Gómez había seguridad, los cuales afirman — Levantó una hoja con el testimonio de los dos policías firmado por ellos, por nosotros y por un escribano. — que el doctor Fontana no entró en ningún momento a la habitación sin antes ser revisado. No se encontraron rastros de morfina en la orina de la niña y tampoco hay testigos de lo que esta mujer está diciendo. Señor juez, sinceramente, esto excede los límites del delirio; digno de una película de ciencia ficción.

— El doctor pudo no hacerlo, pero sí el licenciado William Kaulitz. Él no podía ser revisado por el cuerpo de seguridad por órdenes de este mismo tribunal — Se indignó —. Además, no existe otra manera de sedar a una persona tan rápido y durante tanto tiempo. Además se elimina por la orina en cuestión de minutos.

— ¡Protesto! — exclamó de inmediato.

— Hay lugar.

— Esas no son más que suposiciones. ¿Dónde están las pruebas?, ¿dónde están las cintas de video o las fotografías? ¿Dónde están los análisis de orina o sangre de la paciente? Nada. No hay nada. Y aquí tenemos frente a nosotros una imagen de la niña saludando a la cámara de forma saludable y jovial.

— Yo quiero preguntar algo que va más allá de lo jurídico y legal: Si el licenciado fue testigo de estos minutos de lucidez de la paciente, ¿por qué no le avisó a su médico de cabecera? Quizás muchas de las secuelas que tiene ahora sean producto de estas idas y vueltas mentales.

— No era mi obligación hacerlo — respondí sencillamente —. Yo era un abogado que iba a corroborar si los partes médicos que me hacían llegar desde el hospital, eran auténticamente verdaderos, lo cual no fue así.

— ¿Y no lo consultó siquiera con su propio médico, el doctor Fontana?

— Tampoco era su responsabilidad.

— Si la clínica no está a la altura de las circunstancias, no hay más responsables que el director del hospital y el médico Flores — concluyó mi hermano imponiendo presencia.

— Todos pueden ver la negligencia y el abuso de la situación por parte del hospital. Jugaron con la imagen de una pequeña inocente en terapia intensiva, jugaron con la lástima de las personas. Hicieron de esto un circo mediático donde mi cliente era el Lucifer de la película. Déjenme presentarles hechos concretos, pruebas absolutas. Nosotros no participamos del mismo juego de lástima, pero aquí estamos hoy con nuestra verdad. La verdad — concluí.

— ¡Orden! — Reinó de pronto un silencio total. —. A grandes rasgos, lo que se puede deducir, es que hubo un gran hecho de negligencia por parte del doctor Flores y el Hospital Público General de Berlín. A favor de la defensa manifiesto que no hay pruebas, ni visuales ni escritas, acerca de las supuestas inyecciones de morfina — Le sonreí a Thomas, pero siquiera me observó. —. Y a favor de la parte acusadora, tanto el licenciado Kaulitz, como el licenciado Trümper ejercían en mencionadas visitas de corroboración el papel de abogados. Y el rol de un abogado, al menos en este país, es defender la verdad, la justicia y la integridad de todos los ciudadanos — Mi sonrisa se borró por completo. —. Omitir, es otorgar, y ustedes otorgaron estos hechos para sus beneficios personales en el juicio; como defensores de la ley y de la Constitución Nacional Alemana, ambos licenciados han fallado, la integridad física, mental y moral de una menor de edad ha quedado dañada y esto no puede quedar impune — Un baldazo de agua helada me sacudió. —. Se cierra sesión hasta la semana entrante — finalizó repentinamente.

— De pie todos — habló el guardia y todos se pararon. Yo, por mi parte, lo hice como mi cerebro me lo permitió. Estaba aturdido, totalmente anonadado.

— Esto nos puede costar la licencia… — susurré para mí mismo.

.

By Gustav

— ¡Jajajaja! — reí estrepitosamente —. Esto va sumando granitos de arena para mi plan — pensé en voz alta —. ¿Qué piensas, tío? — le pregunté a mi fiel amigo Nicolás. Se había convertido en mi mano derecha desde la muerte de Ian. Y aunque conocía a Franco hacía muchísimos años, no era igual. Y a Sam el mudo no podía considerarlo siquiera compañero.

— Sin duda ha sido un golpe sorpresivo. Pero es un gran profesional, yo creo que va a poder sobrellevarlo.

— Sí, es cierto también — Apagué el cigarro de marihuana que estaba fumando y dejé la tuca sobre el cenicero de enfrente, sobre la mesita de madera. —. Ni modo, tendré que conformarme con lo de la foto. Eso será suficiente.

— No salgo de mi asombro, man.

— A mí de Bill ya no me sorprende nada.

— Que le gusten los hombres es historia vieja, ¡pero su hermano…! — rió bajo —. ¿Tu chica ya la vendió a alguna revista o algo?

— No lo sé… Si lo hubiera hecho, todos los canales estarían hablando de lo mismo.

— ¿Y entonces?

— Dijo que vendría hoy… Debe estar por llegar — Nicolás asintió en silencio y me puse a pensar… Mejor dicho, tuve un presentimiento feo, y era raro porque no creía en esas cosas de viejas supersticiosas, pero ahí estaba esa presión en el pecho.

— ¿Y luego de eso?

— ¿De qué?

— De hacer desfilar la fotografía de los incestuosos.

— No sé…, no sé nada.

— ¿Qué pasa, hombre? — me preguntó preocupado. El porro no solía pegarme de ese modo tan depresivo.

— No tengo idea… Hay algo extraño en mí; siento algo negativo.

— Bueno, trata de calmarte — Ahí fue cuando sonó el timbre resonando en todo el departamento. Justo a tiempo, pensé.

Me dirigí con pasos rápidos a la puerta y la abrí de par en par, viéndola con su mirada al suelo y sus manos moviéndose nerviosas en las tiras de su bolso.

— Hola.

— Pasa — dije serio y un poco ansioso, pero no sabía del todo por qué —. Él es Nicolás, un amigo.

— Mucho gusto.

— Igual, Richael — respondió educado mi amigo, poniéndose de pie y estrechando su mano.

— Dime, ¿qué tal ese tema? — pregunté sin perder tiempo.

— Bien… o mal, depende — respondió caminando hacia el comedor, no muy alejado del living, donde Nicolás cambiaba los canales de la televisión a su gusto.

— ¿Cómo que ‘depende’? No vi ninguna noticia, ni nada. Los medios no deberían estar hablando de otra cosa que de esa fotografía.

— ¿Me dejas hablar? — Ahogué una queja y me recargué en la mesada de mármol. Dejó su bolso sobre una de las butacas y se cruzó de brazos. —. Hice algo que debilitará a Bill, pero no fue lo que acordamos.

— ¿Te atreviste a dar un paso sin consultarme? — cuestioné indignado.

— Pero tendrá el mismo efecto a fin de cuentas.

— ¿Qué hiciste, Richael? — La paciencia me había abandonado. —. ¡Contéstame! — Pude notar cómo Nicolás volteaba la cabeza disimuladamente para ver qué estaba pasando. Quizás estaba muy alterado…

— Le mostré la fotografía a Thomas Trümper y lo extorsioné.

— ¿Extorsionaste a un abogado? — No sé de qué me sorprendía, si yo hice lo mismo durante meses.

— Tranquilo… No tendrá consecuencias legales ni nada.

— ¿Con qué lo extorsionaste?

— Le dije que si no aceptaba algo, la exhibiría y arruinaría las carreras de ambos.

— No me contestaste… ¡Contesta mi maldita pregunta, demonios! — grité golpeando el mármol a mi lado. Ya me suponía lo peor…

— ¡Cálmate, Gustav!

— ¡No me pidas que me calme! — Cambié mi tranquila posición a una alterada, caminando por el espacio como un león enjaulado. —. ¿Qué le pediste a cambio?, y es la última vez que lo pregunto — Silencio. Sólo silencio recibí como respuesta. Pero quise esperar un poco más. Tarde o temprano hablaría; y mejor que fuera temprano, porque estaba fuera de mis casillas.

— Ser mi pareja formal. Con eso lo extorsioné — Me quedé mudo unos segundos y luego lancé un vaso que había a mi alcance, contra el refrigerador.

— ¡Gustav! — gritó asustada, tapando sus oídos.

— ¿¡Qué mierda me hiciste, Richael!? — exclamé como un desesperado.

— ¡Por Dios, cálmate!

— ¡Me engañaste, me traicionaste, maldita! ¡Te dije que no lo hicieras! — Me pegué a su cuerpo y le grité mi ira en su rostro. —. ¡Jugaste conmigo!

— ¡No jugué contigo, Gustav!

— ¡¿No?! ¡¿Y cómo mierda llamas a esto?! Siempre te interesó él, ¿verdad? — Tomé mi cabeza con desespero y sentí mis mejillas empapadas. ¿En qué momento me largué a llorar como una niña?

— Perdón… Yo no creí que lo tomarías así — Descubrió su rostro y ahí estaba ella llorando también, pero de miedo, no de dolor como yo.

— ¿Cuál se supone que es la forma en que se debe tomar algo así, ah? Sólo estabas conmigo por los bienes materiales, esperando dar tu gran golpe — Un hachazo. Un hachazo al corazón.

— No es así, Gustav… — susurró intentando mirarme a los ojos y mantener esa mirada —. Yo siempre estuve enamorada de él, desde que llegó al estudio…

— ¡Así como te enamoraste de todos en ese estudio!

— ¡No!, con él fue diferente…

— ¡Cierra la boca, pedazo de puta! — Y luego de ese desahogo, mi mano abierta dio contra su mejilla izquierda. Tomándose la zona, cayó al suelo hacia un lado.

— ¡Gustav, no! — gritó Nicolás parándose del sillón y corriendo hacia nuestra posición —. ¿Qué haces, man?

— ¡Déjame! — Me sacudí del agarre que ejercía en mi brazo y respiré agitadamente. —. ¿Escuchaste lo que hizo?

— Sí, hermano, pero eso no es suficiente para pegarle a una mujer. Controla tus nervios.

— ¡Me traicionó, tío! ¿Qué hago yo con la gente que me traiciona?

— La matas.

— ¡No, no, no! ¡Por favor, Gustav, no me hagas nada! — sollozó desde el suelo, juntando sus manos e implorándome como si fuera un santo o un dios.

— ¡Cállate! — grité —. Levántate y lárgate de mi departamento antes que cometa una locura.

— Pero…

— ¿Qué? ¿Me pedirás algo? ¿Más cosas?

— No…, sólo que… Axel — No había entendido desde un inicio, pero luego recordé. Todavía tenía el tupé de exigirme que cumpla mi parte. Ella no había cumplido la suya. Si bien quería a Bill débil, y esto seguramente lo dejaba en tales condiciones, también era una cláusula que me fuera fiel en todos los sentidos.

— Ah, tu amiguito — murmuré con una sonrisa de lado —. ¿Quieres saber de él? Bien, sabrás dónde vive y lo verás — Una leve y fugaz sonrisa se dibujó en su rostro mojado. —. Ahora vete. ¡Largo de aquí!

Se puso de pie con dificultad y desconfianza. Tomó su bolso y caminó lentamente pasando por mi lado y luego se oyó el trote en sus tacos altos hasta la puerta.

— Le diste demasiada confianza en muy poco tiempo — dijo Nicolás palmeando mi hombro.

— Averigua dónde vive ese abogado para mañana a más tardar — respondí sordamente —. Esta hija de puta no sabe con quién se metió.

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By Tom

— ¿Qué vamos a hacer, Thomas? Esto va más allá de una demanda. El juez Mayer está evaluando una suspensión de nuestras actividades o sacarnos la licencia — Dejé mis ojos fijos en el suelo, y mi mano derecha jugueteaba con una de mis trenzas. —. Tom

— ¿Eh?

— ¿Estás escuchándome?

— Sinceramente no — respondí observándolo tranquilamente.

— ¿Qué mierda pasa contigo, Thomas? — preguntó cruzándose de brazos y adoptando una postura de impaciencia —. Desde ayer a la tarde que estás distante y frío.

— Quiero hablar contigo seriamente, Bill — Estábamos en la sala de juntas del estudio. Acabábamos de llegar de tribunales y fue el único lugar sin interrupciones que encontramos para charlar sin Tania golpeando la puerta o papá hablándonos por altavoz.

— Bueno… Dime, ¿qué pasa? — accedió con temor. No me moví de mi sitio, sentado en una de las sillas y apoyado en la gran mesa de madera testigo de tantas juntas.

— Algo cambió entre nosotros. Fue un cambio rotundo, de un día para el otro.

— No me digas — ironizó.

— Hablo en serio.

— Yo igual. Algo cambió en ti. No me incluyas en eso.

— Como quieras — Me tragué miles de cosas y continué. —. No quiero seguir con esto.

— ¿A qué te refieres? ¿El juicio?

— No, para nada — dije —. Esto que hay entre nosotros, a eso me refiero.

— ¿’Esto’? — preguntó incrédulo —, ¿así lo llamas?

— El nombre realmente no influye, Bill. El punto es que quiero finalizarlo ahora, antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.

— Espera, Tom. ¿Tú me estás hablando en serio? Porque si es una broma, ya estuvo bueno.

— ¿Tengo cara de estar bromeando? — Me puse de pie totalmente inexpresivo y me senté sobre la mesa, cruzándome de brazos. —. Estuve pensando mucho en estos días y me di cuenta que esto no tiene futuro, que no nos conducirá hacia ningún sitio.

— ¿Qué mierda pasa contigo, Thomas? ¡Pasamos una semana juntos, nos prometimos miles de cosas, nos ayudamos mutuamente en muchas situaciones! ¡¿Te lo olvidaste en un par de días?!

— No es así.

— ¡No, claro! Apuesto lo que quieras a que estás pensando en mi bienestar, ¿cierto?

— En cierto modo así es.

— ¡Otra vez lo mismo! — gritó —. ¿Y qué piensas hacer de ahora en más?

— Estoy en algo con alguien — No dijo nada más. Fue extraño; de un momento a otro su rostro no reflejó cambios ni emociones. No me daba ni una sola pista de qué sentía o cómo iba a reaccionar. Se cruzó de brazos al igual que yo y guardó silencio. —. ¿No quieres saber con quién?

— Dime.

— La conoces — anticipé.

— Es una mujer.

— Sí.

— Supongo que no puedo competir contra eso — susurró bajando la mirada.

— Es Richael…

— Definitivamente no existe competencia — rió con bronca.

— Me di cuenta que… No sé, es difícil de decir. Me gusta, y mucho. Pocas veces me gustó alguien de esta forma — empecé a decir. Empecé a mentir. —. Es como la primera vez que nos conocimos nosotros dos — Ese fue el clavo que desangró su corazón por completo. No esperaba ese golpe tan bajo y doloroso.

— ¿La amas?

— No lo sé. Puede ser.

— No te creo.

— ¿Por qué no?

— Te enamoraste de quien querías sacarte de encima, de un día para otro. ¿Tan rápido sentiste amor? ¿Tan rápido te olvidaste de todas las cosas que pasaste conmigo?

— No dije eso.

— Lo das a entender bastante bien — dijo casi sobre mis palabras —. ¿Sabes qué? Haz lo que quieras. No me enojaré, ni mucho menos. La culpa es mía, por creerte todas y cada una de tus mentiras — Aquellas palabras parecían puñales dentro de mí, y tenían el mismo resultado: cortarme. —. Tendría que haber escuchado esa voz en mi interior que me gritaba que no siguiera, que me alejara en ese mismo momento. Algo me decía que eras un mentiroso de mierda, y que me engañarías como hace cinco años atrás. Pero podría entenderlo, porque dentro de todo eras un crío. Pero ahora estás a pocos meses de los veinticinco, Thomas. ¿Cuándo madurarás y dejarás de huir? — Touché. —. Como sea… Les deseo muchísima suerte. No te daré el placer de verme llorar; no mereces la pena — soltó y se dio la media vuelta para salir de la sala y dejarme solo con mi dolor y mi llanto desgarrador. No me da vergüenza admitir que lloré como un niño pequeño, como jamás en mi vida lloré. Nunca las lágrimas cayeron por mis mejillas con tanta velocidad, ni el nudo en la garganta dolió tanto, como si mi cuello fuera a estallar de la presión. Ahogué los gemidos de dolor para no hacer ruido y que afuera llegaran a oírse, mordí mi puño cerrado con saña y solamente fui capaz de hacerme chiquitito en mi lugar. Me puse de pie y me caí rendido al suelo, con mis rodillas juntas y pegadas en mi pecho que galopaba empedernido.

— Te amo, Bill… Por favor perdóname…, perdóname.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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