
«Apostemos» Temporada II
Capítulo 31: Mide tus acciones
— ¿Cómo que no? Tiene que existir una manera de averiguarlo.
— Te digo que no, Kaulitz. Además aún me debes la del número telefónico que te conseguí, ¿lo recuerdas? — Eché una maldición en voz baja y rasqué mi frente.
— Vale. Cuenta conmigo para lo que necesites. Gracias de todas formas — dije tajantemente y corté la comunicación.
Continué rascando mi colorada frente por los nervios mismos de la situación. Jamás había peligrado tanto mi profesión. Si el juez Mayer consideraba una suspensión a mi licencia, mi legajo cargaría con una mancha imborrable de por vida; ¡y Chris se negaba a ayudarme! Cualquier dato me servía. Necesitaba un filtro de información directamente de la Suprema Corte para saber qué proceso seguiría mi causa. Nada. Ni una pista. Estaba en penurias.
— ¿Quieres calmarte? No van a suspendernos ni quitarnos la licencia — dijo Thomas llegando a mi lado. Le dejó un informe a Tania sobre el escritorio, donde yo estaba recargado, y ahí se quedó. Levanté la mirada y levanté una ceja.
— ¿No escuchaste lo que dijo el juez?
— Ay, Bill, Bill… — susurró burlonamente —, ¿de quién eres hijo, hermanito? — preguntó insinuando que gracias al poder de Jörg podía sobornar a un juez de la Suprema Corte. ¡Por favor!
— Papá no es el presidente. Él no tiene poder en todos lados.
— No va a pasar nada. Confía en mí.
— ¿Con qué cara me pides eso? — recriminé con doble intención y él enmudeció simplemente.
— Bill — llamó Andreas a mis espaldas. Volteé y lo observé interrogante. —, ¿podemos hablar? — Luego de asentir, emprendimos la caminata hacia su despacho. Poco me interesó la posible molestia de Thomas… ¿De qué molestia hablo, si ya no le importo en lo más mínimo?
Entré a la oficina y me senté dispuesto a oírlo.
— ¿Qué sucede, Andreas?
— Quiero aclarar nuestra situación. Mi situación — Dudoso, esperé que continuara. —. No sé qué habrá significado para ti la salida de ayer… pero para mí significó todo.
— La pasamos bien, ¿o no? — Sonrió como indeciso.
— No sólo fue ‘pasarla bien’. Creo que se nota que siento algo muy fuerte por ti.
— Lo sé.
— Y no quiero que pienses que por esto me ilusioné con algo en particular, no. Sino que no quisiera continuar saliendo contigo, y que solamente sea eso: un paseo.
— Entiendo que tus sentimientos sufrieron un vuelco por lo de ayer… Y también entiendo lo que me dices. Yo y mis confusas emociones; tú y tus claros sentimientos. Lo mismo de siempre — reí triste.
— No quiero que lo veas así. Quiero que consideres que hemos estado juntos casi por tres años, que pasamos cosas terribles y bellísimas, pero juntos — Tomó mi mano y la acarició con ternura. —, siempre los dos. Para mí fueron años muy valiosos que siempre guardaré en mi corazón, y no puedo arrancarlos como si nada hubiera pasado — asentí —. Además, tenía muchas ilusiones con nuestro aniversario número tres…
— ¿En serio? ¿Por qué? — interrogué divertido.
— Tenía un regalo muy especial para ti — Sonreí… Él siempre lograba hacerme sonreír.
— Bueno… faltan un par de días para nuestro aniversario — Una luz invadió sus ojos, un brillo especial, como el de quien tiene la esperanza intacta.
— ¿Qué quieres decir?
— Quiero decir que me dejes pensar un poco…
— Quieres un tiempo — dedujo con tono extraño.
— No. Tiempo es lo que menos tengo, Andreas. Sólo necesito estar a solas y pensar… La única certeza que tengo es que no quiero perderte — Mi voz se quebró y él se sorprendió —. Eres lo único verdadero que he tenido… toda mi vida.
— Ey, ¿por qué lloras? — Se puso de pie y rodeó velozmente el escritorio, hasta estar a mi lado. Giró mi silla y me dejó enfrentado a él.
— No sé… no sé por qué lloro.
— Puedes hablar conmigo, Bill. Siempre debes hablar con alguien; no te guardes las cosas.
— Claro — intenté sonar convincente y recibí una caricia cálida.
— Te amo — dijo como un balde de agua helada y sin embargo eso fue todo, no espero ninguna respuesta. Se puso de pie y volvió a su escritorio. De alguna manera, saber que él sí sentía amor verdadero por mí, me calmó.
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By Richael
—… y estuve pensando también que podríamos invitar a Morris y a Seeger — agregó y se acurrucó más a mi lado —. Ya vi el salón; está ubicado sobre la avenida principal. Tú no conoces mucho Alemania, pero te aseguro que es una zona hermosa. Hay muchas galerías y restaurantes de tendencia.
— Espera, Richael — La frené algo estresado. —, te estás apurando demasiado.
— ¿En serio? Lo siento, no me di cuenta.
— Entiendo que estés entusiasmada, pero vas a mil por hora… — Mi mente estaba en otro lado, muy lejos de la realidad. No estaba ahí con ella, en su departamento, acostado desnudo a su lado, en igual condiciones que yo. No. Estaba pensando en mi hermanastro, en qué estaría haciendo. La última vez que lo vi, se marchaba solo en su auto, supuse, a casa. Pero después de la salida con Andreas, ya se había convertido en un misterio para mí lo que pasaba por su mente.
— Es que es un sueño estar a tu lado. Es un sueño que estés aquí en mi cama, abrazado a mí — Hundió más su cabeza en mi pecho. Yo no la estaba abrazando. Yo no sentía nada. —. Sé que no me amas, Tom, pero yo a ti sí. Y mi amor basta y sobra para ambos. Es sólo cuestión de tiempo para que aprendas a quererme.
— No quiero herirte — No pude responder lo que en verdad quería. ¿Cuestión de tiempo? Si algo me enseñó mi vida entera, es que el tiempo no cura ni crea nada. Los sentimientos brotan del alma, no del pasar de los días. Las heridas cicatrizan y dejan sus marcas en el ser de cada uno, pero el tiempo no borra esas marcas. ¿De qué tiempo me hablaba? ¡A la mierda el tiempo que se va en un santiamén! Me importaba un carajo el tiempo si lo estaba desperdiciando al lado de esta mujer que no amo.
— Tú no me hieres. Tú me haces bien — Desvié la mirada cuando buscó conectarla con la de ella. —. Le conté a tu papá lo de nosotros.
— ¿Qué? — La miré enseguida.
— La fotografía salió en todos lados, Tom. No quería que pensara que se trataba de una salida clandestina.
— Claro… los paparazis — Recordé a todo el tumulto de fotógrafos agolpados en la puerta de aquel restaurante. —. ¿Y cómo lo tomó?
— Bien. Dijo que si era lo que tú querías, estaría de acuerdo — Solté un bufido y me alejé de ella bruscamente. Me paré desnudo como estaba y me calcé el bóxer para ir rumbo al baño. —. Amor — La ignoré y comencé a lavarme la cara con la puerta abierta. Ella se paró en el marco semidesnuda y esperó una respuesta. — Thomas.
— ¿Qué?
— ¿Qué ocurrió?, saliste de la cama como enfadado.
— No estoy enfadado.
— ¿Entonces?
— Estoy un poco indignado.
— ¿Por qué?
— Esa pregunta me indigna más — Luego de secarme el rostro, me crucé de brazos y me quedé mirándola con recelo, aguantando las ganas de levantarle la mano por primera vez en mi vida a una mujer. —. Deja de fingir que somos la pareja perfecta, que todo está bien. Deja de hacerte ilusiones con que me enamore de ti algún día. Eso no sucederá, Richael. Si yo estoy en pareja contigo, es porque me chantajeaste. Si me acuesto contigo es porque cierro los ojos e imagino que es a Bill a quien estoy amando, besando y acariciando. ¡Ya basta de tanto cinismo! Basta de sonreírle a los flashes de las cámaras, basta de hablar con mi padre como si fuera tu suegro, basta de planear una gran fiesta para celebrar nuestro noviazgo, ¡basta! Si vamos a estar juntos, que no sea con hipocresía y cinismo de por medio, por favor. Seamos realistas y aceptemos que esto es una farsa. Yo puedo besarte, puedo tener sexo contigo, puedo escucharte si estás mal porque soy buena persona, pero no me pidas que te quiera — Escupí de una sola vez y la escena concluyó con ella rompiendo en un llanto desgarrador. —. Eres muy linda, Richael, y dudo que seas mala persona, yo creo que hay bondad en ti… No entiendo por qué sufres al lado de alguien que acumula bronca hacia ti con cada segundo que pasa a tu lado — dije con desprecio en mi voz —. Deberías estar al lado de alguien que te ame sinceramente.
— No. Nadie me ama sinceramente…
— Pues qué pena. No sabes lo hermoso que se siente.
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By Bill
— ¿Cómo está ese asunto de la licencia?
— No lo sé. No hay forma de saberlo tampoco.
— ¡Claro que no! No puedes pretender que se filtre información de un juzgado.
— ¿Y quién dijo eso? — interrogué alzando la mirada, sintiéndome fastidioso —. No quiero que se filtre información.
— Bueno. Tranquilo, sólo preguntaba.
— ¿Para qué preguntas cómo está ese tema si ya sabes la respuesta?
— Preguntaba en un sentido más figurado; qué opinabas tú sobre ello, cómo veías la situación. No es para que te pongas tan a la defensiva.
— No estoy a la defensiva, papá. Estoy bien, estoy tranquilo tomando mi té helado y vienes a molestarme.
— ¿A molestarte? — Bufó colocando sus manos en la cintura, en pose de reto. —. Sólo estoy preguntándote algo sobre tu trabajo.
— Estoy hasta los huevos del trabajo — corté tomando el largo vaso de vidrio y dándole unos tragos.
— Si sabía que estabas de malas, ni me molestaba en venir — dijo antes de entrar a la casa.
Estaba muy calmado en el patio trasero de la casa, ese que tiene la vista más hermosa de todas. El enorme jardín colmado de distintas variedades de plantas, hojas, aromas, flores.
— Claro… Molestia, ¿qué más puedo causarte a ti? — murmuré y no conté con que todavía estuviera escuchándome.
— ¡¿Qué dices?!
— ¿No te habías ido? — pregunté cansado.
— ¿Qué pasa contigo, William? — indagó volviendo a su anterior postura.
— ¡Nada, maldición! Deja ya esta estúpida conversación.
— ¡Baja el tono, que soy tu padre! — Harto al fin, me puse de pie con el vaso en mis manos.
— Déjame pasar — Se hizo a un lado e ingresé a la casa. Pero ahí no acababa el tema.
— ¡William! ¡Vuelve aquí y háblame!
— ¡Olvídalo! Déjame en paz de una vez, Jörg.
— ¿Qué te anda pasando? — Me siguió hasta la cocina. Y siquiera cuando lo ignoré mientras lavaba mi vaso en el grifo, dejó de tocarme las bolas con su cargoseo. — Háblame, Bill, te lo suplico.
— ¡¿Qué mierda pasa contigo, Jörg?! — grité dándome la vuelta de golpe. Ahí estaba él, con sus ojos acuosos. —. ¡Estoy bien, no me pasa nada! Quiero un poco de paz, un poco de soledad, un poco de silencio. ¿Por qué tiene que estar pasándome algo malo?
— ¡Porque actúas como cuando te drogabas! — gritó como jamás lo oí gritar, y menos a mí.
— ¿Eso crees de mí? — susurré con mi rostro a escasos centímetros del suyo —. Vete a la mierda, Jörg — Choqué su hombro y salí de la cocina como alma que lleva el diablo.
Pude escucharlo gritar mi nombre desde la sala, pero yo ya estaba en la puerta, azotándola y volando hacia mi vehículo. El de Thomas aún no estaba. Mi BMW se hallaba solo en el porche.
Hice rugir el motor y aceleré a toda máquina. No sabía a dónde ir, ni con qué objetivo. Pero algo era seguro: no quería estar cerca de nadie en particular. Necesitaba pensar, necesitaba aislarme un poco… Y sin darme cuenta, le daba la razón a mi padre. Así era cuando quería decaer en mi tratamiento. Quería alejarme de todos e irme solo. Digamos que la soledad es la calma que antecede a cualquier tormenta.
Sin percatarme, mi teléfono celular estaba sonando como un demente en mi bolsillo. Pero no lo atendí. Dejé que continuara haciendo ruido, pues yo hacía de cuenta que nada estaba pasando.
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By Gustav
No podía dejar de pensar en Bill, en el barrio, en mis colegas, en las putas, en las drogas. Todo en cantidad. Qué años dorados aquellos… Extrañaba todo eso. ¿En qué momento perdí a mi gran hermano Bill? Fue después de la tercera sobredosis, creo. Aquella noche que llamamos a la ambulancia y ya nunca más apareció por esos lares. ¿Cuándo abandoné el barrio definitivamente? Eso fue más reciente… desde que la policía entera está atrás de mi culo. ¿Cuándo perdí a todos mis colegas? Me fueron traicionando con el tiempo, sacaron su tajada y se largaron. ¿En qué momento dejé de frecuentar mis antros, mis clubes, mis prostitutas VIP? Fácil; cuando conocía a Richael. Ella hizo que cualquier mujer que hubiera estado en mi cama antes, quede eliminada de mi vida. ¿Y las drogas? No… ellas siguen conmigo. Ellas siempre estuvieron.
— Esta noche quiero borrar todo rastro de humanidad en mí — dije.
Aspiré la línea blanca de cocaína que alinee perfectamente sobre el vidrio de la mesita de té, enfrente del sofá donde ahora me recostaba cómodamente, con la cabeza mirando al techo. Cada pequeña partícula de ese polvo destrozaba mis neuronas, anulaba mis sentimientos, me hacía sentir molesto…, pero era una molestia especial. Una molestia que me gustaba.
De repente el timbre rompió mi esquema.
— ¡Ahí voy! — grité y me puse de pie. Fui hasta la puerta y ahí estaba mi gran y único amigo, incluyendo a Franco. — Nico, ¿qué tal?
— No vengo solo — Se dio paso a la intimidad de mi departamento y detrás de él venía Franco, justamente, y Sam el mudo. —. Traemos novedades… Veo que vengo en un buen momento — agregó observando la droga.
— Olvídalo. Es todo mío.
— Viejo, es demasiada blanca — comentó el mudo.
— No te metas en lo que no te importa, niñato — corté —. Pasen de una vez. Nicolás, ¿qué pasó? — Dimos con el abogado.
— ¿Axel? ¿Y qué tal? — observé ahora a Franco.
— Rodeou al setecientos, casi en la esquina con Frönders.
— Estupendo — sonreí de lado, pero esa sonrisa se borró de mi cara en seguida debido a los efectos de la droga que acababa de consumir. — Tenemos que hacerle una pequeña visita.
— ¿Lo matamos? — preguntó Nicolás sirviéndose un vaso de whisky despreocupadamente.
— Paciencia. Además eso me suena a plural — sentencié mirándolo severo —. Primero tengo que contactarme con la morocha traidora.
— Ya tienes un plan; estoy de acuerdo.
— Siempre tengo un plan. Déjame contactarme con Richael ahora mismo — Tomé mi celular y me puse a redactar un mensaje de texto breve pero conciso: ‘Estoy dispuesto a cumplir mi parte del trato.’
— Nosotros estamos para lo que necesites, ¿de acuerdo?
— Es que los necesitaré para que vigilen la zona. Ya saben, la policía me ronda cerca últimamente.
— Ya no estamos seguros en ningún lado. La otra vez le allanaron la casa a mi madre — comentó Franco.
— ¿Hablas en serio? — Negué indignado con lo que me enteraba —. Yo estoy a punto de mudarme de aquí también. El portero me dijo que ayer por la mañana vino un patrullero a hacer preguntas.
— Ni lo dudes, Gustav. Múdate cuanto antes — Boté un suspiro y volví a sentarme en el sofá.
— ¿Sabes?, estoy cansado de huir, Franco. Echo de menos mi barrio…
— ¿El barrio?, ¿ese barrio pobre? ¡Por favor, Gustav! Mira lo que es este lugar; siéntete a gusto.
— Tú no sabes nada de valores y códigos, Sam — dije despectivamente —. Nunca sentiste afecto por tus orígenes. Esto no me identifica — Señalé con mis brazos abiertos a mis alrededores.
— Coincido — agregó Nicolás —. ¿Y Bill?
— Ahí anda… No sé nada de él.
— Ojalá tengamos a nuestro amigo muy pronto con nosotros de nuevo.
— Eso puedes darlo por hecho — garanticé.
— ¿Y tú — lo observé al notar un cambio en su tono de voz —… estás bien? Sabes a qué me refiero.
— Estoy, y eso es lo importante — Sam y Franco se observaron confusos y Nicolás desvió la mirada. —. Salí de peores; esto es pan comido.
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By Tom
— Buenos días, papá.
— Buen día.
El desayuno ya estaba servido en la mesa, y me sorprendí al ver solamente mi café con tostadas y jalea en la mesa, además del clásico menú de mi padre.
— ¿Bill no va a desayunar?
— Aparentemente — respondió breve, lo que me extrañó.
— ¿Y cómo dormiste? — No hubo contestación. Me senté en la larga mesa del comedor, a la derecha de la cabecera, donde él se encontraba muy serio leyendo el periódico de todas sus mañanas. — Papá.
— Explícame esto — dijo sorprendiéndome. Giró el periódico mostrándome una de las tantas fotografías de ‘la flamante pareja del momento’.
— Ella me dijo que ya había hablado contigo.
— Yo estoy hablándote a ti en este momento — Touché, como diría Bill.
— ¿Qué quieres que explique? El periódico es muy claro, ¿o no?
— No me tomes el pelo, Thomas. Ya bastante tengo con tu hermanito como para que tú también te hagas el rebelde.
— ¿Qué quieres que te diga? — cuestioné dejando de lado mi tarea de untar una de mis tostadas para mirarlo de forma incrédula —. Estoy en una relación seria con Richael, fuimos a comer y nos sorprendieron los fotógrafos. Es todo.
— ¿Y desde cuándo estás en pareja con ella?
— No lo sé, un par de días. ¿Qué importa eso?
— A mí sí me importa — cortó —; porque aquí todos hacen lo que quieren. Tu hermano y tú han cambiado de opiniones, gustos y carácter de un día para otro. ¿Qué rayos sucede? Ahora no hacen más que pelear cuando se cruzan, ¡y si es que se cruzan!, porque ya ni viven aquí. Bill volvió a tratarme como si fuera un estorbo en su vida, y tú eres el típico mujeriego que llegó a esta casa hace casi seis años.
— ¿Mujeriego? Si estoy en pareja no soy mujeriego, papá.
— Hace unas semanas me dijiste que estabas profundamente enamorado de un chico, y hasta hace poco las cosas iban bien con él. ¿Qué pasó? Y no me vengas con ese cuento que les has vendido a todos.
— ¿Qué cuento?
— El cuento de que te enamoraste de Richael. Porque esto— volvió a levantar el montículo de papel y señaló la foto —no es amor. Esto es buscar fama.
— No necesito tal cosa.
— ¡Ella aparentemente sí! — ¿Debía defenderla? No, en absoluto. Mi padre tenía razón. Todo aquel que la conoce afirma su fama de caza fortunas.
— Mira, papá, entiendo que quizás no pasaste una buena noche y no voy a seguir discutiendo contigo. Me voy a bañar. Con permiso — Cuando iba a levantarme…
— Ni pienses en levantarte de la mesa.
— ¿Disculpa?
— Esperaremos a tu hermano y desayunaremos con Susan, los cuatro juntos.
— No estoy para el papel de familia feliz. Paso.
— ¿No oíste lo que dije? — Se oyó severo, y contra mi voluntad ahí me quedé. —. Ya está bajando — anunció cuando se escucharon los tacos de mi hermanastro. ¿Tacos?
— Hola, ¿qué tal, gente? — saludó despreocupado y Susan le pisaba los talones. Efectivamente lucía su viejo atuendo. Sus pantalones pegados, una camisa mangas cortas desabrochada, unas botas de poca plataforma con detalles extravagantes, accesorios brillantes y su jopo futurístico a la perfección gracias a la laca. Sin mencionar el maquillaje que resaltaba cada fracción de su perfecto rostro. Había vuelto a ser aquel Bill de aspecto sobrante y superficialmente material.
— Ya te sirvo tu desayuno.
— Gracias, Su, pero voy a desayunar afuera.
— ¿Cómo dijiste? — intervino mi padre sonando enfadado.
— Andreas me invitó.
— Provecho, papá — susurré, nuevamente, intentando retirarme.
— No, tú te quedas. William, ¿acaso no ves que intento unirnos en un desayuno?
— Nos uniremos mañana. Hoy me es imposible — respondió sencillamente —. ¿Qué pasa con tu cara, papá?, es Andreas. Se supone que te cae bien.
— No tiene nada que ver. Me vale quién sea. Quiero que te sientes a mi lado y desayunemos los cuatro juntos. ¡Carajo! ¿Es mucho pedir? — Luego de menudo grito, recargó su frente en una de sus manos y se masajeó con impaciencia la frente. Desde atrás, Susan adosó su mano a su hombro, como pidiéndole que se calmara.
— Tranquilo, papá — dije con temor.
— Ya… Estoy bien, estoy bien — Volvió a mirar a Bill con su rostro renovado. Luciendo mucho más calmado después de semejante grito. —. Pueden irse, si eso es lo que quieren. Los veo en el estudio — Y dicho esto se puso de pie y se retiró del comedor acompañado de su fiel compañera.
Quedamos los dos solos en la sala. No me animé siquiera a mirarlo. Me quedé estático en mi lugar y pude ver por el rabillo del ojo cómo se daba la vuelta y desaparecía de la escena. Así, sin decir ni una sola palabra respecto a nada.
— Qué lindo empezar el día así — susurré tragándome las lágrimas, los gritos de bronca, los golpes. Todo. Desde ahora tenía que empezar a guardarme los sentimientos.
Continúa…
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