«Apostemos» Temporada II

Capítulo 4: Se llama egoísmo

By Tom

El cambio. Maldito sea el cambio que afecta a todo y a todos en el mundo. Esa palabra que llega a abarcar tanto en tan poco tiempo. ¿Cambia una persona? ¿Cambia un sentimiento? Y si es así, ¿cuándo? No sabría decirles con certeza si yo he cambiado, o no, en algún momento de mi vida. No sabría identificar esas actitudes que delataron un cambio en mí, por más mínimas que hayan sido. Pero, irremediablemente, Bill dice notarlo y recordarlo a la perfección. De hecho me confesó haber sufrido mucho por eso. ¿Qué es eso? Bueno, según él fue el acto más despiadado y desinteresado que he cometido jamás. Pero para mí (fíjense las contrariedades de la vida) ha sido la más pura demostración de amor sincero que le di a alguien. Renunciar a mi felicidad a su lado para que él pueda concretar sus proyectos. Porque yo también sufrí. Quizás menos que él…O no. Digo, yo fui quien tuvo que tomar la decisión y llevarla a cabo. El amor que por él sentía llegaba a llenar tanto mi corazón que llegué a sentir que actuaba de forma egoísta con él. Iba a arruinar su futuro laboral y económico por ser feliz yo. No entraba siquiera una de esas posibilidades en mi cabeza. Y así me fui, quedando como el malo de la película y todo. Pero con la conciencia a salvo de que estaba haciendo lo correcto y que él vería esos frutos años después. Admito mi parte de culpa en lo que ocurrió con él y las drogas. No medí eso como una consecuencia viable… pero soy humano y no controlo el futuro. Y aún hoy día cometo errores a menudo. Tal vez por miedo a demostrar verdaderamente lo que siento, lastimo de manera exagerada a la otra persona. No podría estar cien por ciento seguro de odiar a Bill; sin embargo se lo dije en varias ocasiones. Y no entiendo por qué lo hago. ¿Miedo? Y si eso es… ¿a qué? No sé. De hecho la mayoría de mis dudas no tienen respuesta y siguen inconclusas en mi cabeza. Lo único que significó una auténtica certeza es que cuando Bill estaba en esa camilla de hospital tan descuidado y desprolijo en cuanto a lo que suele ser…, me sentí morir. Sentí una rabia hacia mí y mis palabras. Me sentí capaz de dar mi vida si sirviera para que él se pusiera de pie y me sonriera de nuevo. Con las últimas fuerzas me sentiría orgulloso y feliz de haber remendado ese terrible error. Fueron segundos en donde solté la estupidez más grande que pude haber dicho. No tanto por lo de drogadicto, porque en un momento lo fue, sino porque dije que nadie querría estar a su lado. ¡Mentía! ¿¡Cómo decir que iba a quedarse solo si es que siempre me tendría a su lado!? ¡No pasó un puto día en que no pensara en él! Y aún hoy, no pasa un instante en que lo tenga en mi cabeza. Ya sea maldiciéndolo por alguna pelea o muriéndome de ganas por hablarle. Ahora más que nunca me siento obligado a hacer todo lo posible porque esté bien, porque sea una persona sonriente todo el tiempo. Después de verlo hundido en ese infierno, de verlo tirado en el suelo tan… moribundo, siento que no vivo por otro propósito que hacerle bien. Y es algo que lograré. Voy a hacerlo feliz cueste lo que cueste.

—… y pensé en cancelar la fiesta. — concluyó y volví a la realidad. — Mira, hijo, yo lo lamento en el alma. Sé que este es un momento muy importante en tu carrera, que eres mi mano derecha y que es digno de una gran celebración, pero festejar es algo que prefiero evitar con todo lo de tu hermano. — Fruncí el seño meditando y procesando lo que decía. Me acomodé en la silla del escritorio mientras él miraba por el enorme ventanal que da a una vista estupenda en su despacho.

— A ver si entendí… Tú quieres cancelar la fiesta de la que me hablaste cuando Bill tuvo la crisis.

— Exacto.

— No. Me rehúso totalmente.

— Hijo en verdad te entiendo, pero debes pensar en el bien de Bill y en su salud. Prometo compensártelo.

— No, papá. Justamente porque pienso en el bienestar de Bill es que te prohíbo que canceles la fiesta.

— No comprendo.

— ¿No oíste lo que dijo el médico? Dijo que hagamos de cuenta que nada pasó. Si tú cancelas la fiesta, Bill vería que lo pasamos por enfermo. Él no quiere eso.

— Bueno… viéndolo así es la mejor solución.

— Claro que sí. Y créeme que nadie quiere cancelar esa fiesta más que yo, pero debo pensar en él. Quiero pensar en él. — Volteó por completo y me sonrió con un brillo especial en los ojos.

— En verdad me pone muy feliz que estés al lado de tu hermano en estos duros momentos. Y déjame decirte que aunque creas que causaste todo esto y que te está odiando por eso, te quiere más que nunca y eres todo lo que necesita ahora. — Asentí sonriendo de lado.

— Eso creo.

— Al fin los veo unidos. Siento que ya nada me queda inconcluso en este mundo.

— ¡Ay, papá! Deja de hablar como si fueras a morir mañana. — Éste rió estrepitosamente y volvió a sentarse en su sillón, en donde se meció de un lado a otro lentamente.

— No, no es eso, pero lo que siempre desea un padre, es irse de esta vida con sus hijos con un sostén al lado. No dejarlos a la deriva, sino que haya alguien con quienes logren complementarse. Y qué placer que esa otra persona seas, nada más y nada menos que tú.

— Siempre estaré al lado de Bill. Lo prometo. — Su sonrisa se ensanchó.

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By Bill

Me detuve en el escritorio de la recepción y descansé mis codos en él. Tania me sonrió tímidamente, como siempre.

— Mi padre dijo que tenías una lista de las revistas de donde llamaron.

— Sí. Aquí las tengo. — Al lado de su computadora portátil descansaba una pila de papeles de tamaño medio.

La dejó sobre la madera y yo tomé aire. No quería darle testimonio a nadie más, ya había sido suficiente. Ya demasiado detestaba a esos tipos que se creen dueños de la verdad, como para brindarles entrevistas a diversos medios quizás hasta amarillistas.

— Sr. Martínez. — Alcé la mirada para saber de quién se trataba, y me encontré con Lucas, el nuevo abogado.

— Gracias, Tania. — Él se dispuso a leer los papeles que ella le brindó y la mirada de la muchacha no hacía más que permanecer en el castaño. Era difícil pasar por desapercibida la mirada deleitante sobre el abogado. Era una mirada cargada de deseo y de timidez; de esas miradas que se desvían si él la mirara ahora.

— Amm… — Carraspeé y llamé la atención de la recepcionista.

— ¿Sí, Sr. Kaulitz?

— Nada. — Sonreí con malicia y ella se incomodó al ver que me percaté de su atracción por el muchacho.

— ¿Y cómo estás, Bill? — Volteé mi rostro y miré a Lucas. Él me sonreía amistosamente.

— Bien, supongo. ¿Tú cómo te estás adaptando?

— Bien. Es algo complicado porque Richael ya está bastante avanzada en el caso, pero le voy tomando la mano.

— Sí, Richael es algo… rápida. — dije con un doble sentido que sólo yo entendí. — ¿De qué estudio vienes?

— Del estudio Seeger.

— ¿En serio? — Me sorprendí. — Interesante.

— Oye, sé que no nos conocemos mucho pero, ¿cómo sigues de tu internación?

— Bien. Sólo fue un pico de estrés. Ya sabes… — Mentí. — Cuando tienes tanto trabajo, problemas y esas cosas, te vas olvidando de ti mismo.

— Entiendo, pero hay cosas que puedes hacer al respecto— dijo. —; como hacer aquello que te hace bien, ir a sitios que te liberen un poco la cabeza, un cambio de look, estar con las personas que te hacen sentir a gusto o no sé. Siempre hay algo que te ayuda a respirar y alejarte un poco de toda esta locura.

— Sí, tienes razón. Pero lo mío es un poco más complejo. — Reí sin ganas.

— Pues ten cuidado con eso, Bill. Tienes un problema cuando ya dejas de vivir para ti, por vivir para otros. — Bajé la mirada a los papeles. — Sólo digo, no lo tomes como una falta de respeto, por favor. No quiero parecer un entrometido.

— No, descuida. — Alcé la mirada y Tania me observaba esperando que le diera los nombres de las revistas escogidas. — Toma, Tania.

— ¿Con cuál se queda?

— Con ninguna. — respondí y Lucas me sonrió asintiendo. Había entendido.

— Pero… ¿qué le digo a su padre?

— Dile que no escogí ninguna. — respondí como si fuera sencillo. Y en realidad lo era. — Gracias, Lucas. — Pasé por su lado palmeando su espalda y él asintió. Qué gran tío este. Porque es fácil ser bueno con quien quieres, pero con quien no conoces en absoluto, es bastante valorable.

— Bill. — Detuve mi andar hacia mi oficina con las intenciones quizás de dormir y no hacer nada en absoluto. Estaba cansado.

— ¿Uhm?

— ¿Podemos hablar? — Ahí estaba Andreas. Me miraba con una sonrisa sincera que ya me estaba cansando. ¡Él siempre era sincero! ¡Todo en él lo era! No sé por qué, pero quisiera que me mintiera de vez en cuando… tanto como yo lo hago con él.

— Claro. — respondí simulando mi evidente NO. Entonces caminamos a la par hacia la puerta de su despacho, la cual abrió y dejó un espacio para que yo entrara. Boté mi cabello hacia atrás y caminé hacia el escritorio mientras él me seguía. — ¿Qué pasa?

— Sólo quiero estar a solas un rato contigo y…— Me recargué en el borde de la mesa de madera. —… verte.

— Pues aquí estoy. — Intenté sonreír.

— Te ves hermoso, amor. — Acarició mi mejilla derecha una vez que estuvo frente a mí. — Te necesito tanto. — Miré en lo profundo de sus ojos y encontré la maldita verdad. — No sabes cuánto te extraño.

— ¿Por qué tanto cariño de repente? — indagué en tono gracioso.

— Sólo quiero tenerte cerca. — Aprisionó mi rostro entre sus manos y posó sus labios sobre los míos por sorpresa. Los movió de forma lenta, rozándolos de manera fugaz, como queriendo sentirlos suyos y jugar con eso.

Yo simplemente dejé mis brazos apoyados en sus hombros, ejerciendo una presión para alejarlo que él parecía ignorar. Le correspondía de forma extraña, como si fuera una especie de obligación.

— Andreas… no. — Mis palabras fueron acalladas con su lengua, convirtiendo el beso en uno más apasionado. Recorrió el interior de mi boca con rapidez, entrelazando nuestras lenguas y saboreando mi paladar de paso. Lo quería todo, absolutamente todo. Sus manos tampoco se quedaban quietas; una se deslizó a mi nuca para ejercer una presión contra su boca y llegar más a fondo. Y la otra acariciaba mi cintura por arriba de mi camisa mientras su torso se entrometía entre mis piernas abiertas y buscaba cada vez más contacto. — Andi… — Y como por arte de magia o ayuda divina, mi teléfono inició su molesta melodía. — Para. — después de rezongar, no le quedó de otra más que liberar mi boca por completo y darme algo de espacio para sacar el aparato de mi bolsillo.

— Anda, se breve. — Atendí llevando el móvil a mi oreja y un ruido de autos, gente y demás cosas se oía del otro lado.

— Diga.

— ¡Bill! ¿Cómo estás? ¿Estás bien? — Alcé una ceja.

— ¿Susan?

— Sí, sí, soy yo. Dime, ¿cómo te sientes? Ay, Dios mío, dime que estás mejor.

— Estoy bien, descuida. Fue una simple crisis. Ya pasó. — Intenté calmarla, en vano, desde luego.

— Pero salió en todos lados. Perdóname por no estar ahí, pequeño, pero acabo de enterarme.

— ¿Que te perdone? No tengo nada que perdonarte, Su. — El montón de hormonas que tenía en frente, entre caliente e impaciente, empezó a lamer mi cuello de modo lascivo sin preocuparse por mi conversación en absoluto.

— De igual manera ya saqué un boleto para Alemania.

— ¿¡Qué!? Estás loca.

— No importa lo que digas. Mañana en la tarde estaré en el aeropuerto para ver a mi pequeño Billy. — Sonreí de lado y negué.

— Vale. Enviaré a John a que te recoja. Y luego voy a regañarte porque tenías que quedarte allí con tu hija.

— Ya habrá tiempo para eso. — Mientras tanto Andreas continuaba en su mundo, perdiéndose en mi cuello. — ¿Estás con alguien?

— No. — respondí de un sobresalto y lo empujé al rubio por el pecho, sin preocuparme en lo violento que fui. — Te tengo que dejar, Susan.

— De acuerdo. Cuídate, por favor. Un beso enorme.

— Otro. Adiós. — Colgué la llamada y le dediqué una asesina mirada a mi pareja. — ¿Es en serio? ¿No puedes aguantar cinco malditos minutos?

— Sinceramente no. — respondió acomodando su saco y su cabello. — Quiero pasar algún tiempo contigo, Bill. Solos los dos.

— Yo… — ¿Qué debería decirle? Decir que no es lastimarlo o iniciar un pleito, decir que sí es condenarme a mí a cumplir con una obligación, antes que con un placer. Eso debería ser. Debería querer estar a su lado; pero no es así. — ¿Sabes? Quería ir a la peluquería de salida aquí.

— Pero si siempre te peinas solo.

— Es que quiero cortarme el cabello o hacer algún cambio con él. — expliqué sonriendo, bajándome del escritorio y recobrando el orden en mis ropas. — ¿Qué te parece?

— ¡Me encanta la idea!

— Genial. — Sonreí.

— Yo tengo que hablar unos temas con tu padre y luego salimos.

— Es que ya se haría muy tarde, ¿no crees?

— Sí, es verdad.

— ¿Por qué no salimos ahora y luego vas a hablarlo a casa? De paso te quedas. — Vamos, estaba en deuda con él.

— Me encantaría. — Sonrió y luego mordió su labio inferior.

— ¿Qué pasa?

— Que me encantas. Eso. — Asentí sin saber qué decir. — Y te amo.

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— ¡Te queda genial, Bill, en serio! — Sonreí ampliamente feliz de los resultados. Me había desprendido de mis fieles rastas bicolores y ahora portaba una futurística cabellera larga en el medio de mi cabeza vuelta jopo y a los lados permanecía corto. — Es un cambio rotundo. Hasta te hace más alto.

— Gracias, Tom.

— Pero siempre serás mi enano. — Sonrió de una forma extraña y me incomodó pensar que Andreas estaba al lado.

— A él todo le queda hermoso.

— Seguro. — respondió entre dientes.

— Iré a hablar con Jörg. — Me avisó mi pareja y luego miró a Thomas victorioso antes de besarme de imprevisto. Yo sólo pude bajar la mirada al suelo y rogar que esa provocación empezara y terminara ahí.

— Vaya— susurró Thomas una vez que Andreas despareció en las escaleras. —, qué afectuoso tu noviecito.

— Así parece. — Me llamó poderosamente la atención un maletín situado sobre el sofá central. Un maletín que me resultaba totalmente desconocido. — Tom.

— Dime.

— ¿Hay alguien más en la casa?

— Ah, sí. Alguien vino a verte. — Me miró de arriba para abajo y luego se dio media vuelta, marchándose por donde el rubio lo hizo. ¿¡Qué coño le ocurre a este tío!? Cuando llegué todo estaba en orden. ¿Es que acaso le molestó que Andreas viniera a pasar la noche aquí? Pero si él no molesta a nadie, sólo si lo buscan.

Dejé el tema de lado y caminé hacia el centro de la sala, habiendo oído un sonido proveniente de la cocina fui hacia allí.

— ¿Quién está ahí? — interrogué cruzándome de brazos y negándome a dar un solo paso más.

— Espero no molestar. — habló quien ya conocía de sobra, arrancándome una incrédula sonrisa apenas lo vi aparecer por el marco de la puerta.

— ¡Marcel! — grité corriendo hacia él y abrazándolo efusivamente.

— ¡Menuda bienvenida! — Me correspondió el gesto por la cintura, riendo conmigo.

— Qué bueno que estás aquí.

— ¿Por qué?

— Porque no tengo idea de cuánto te extraño hasta que te veo.

— Oh, bueno, gracias.

— No te hagas el modesto. — Nos separamos y miré su aspecto informal. Al fin lo veía sin el guardapolvo blanco de médico. — ¿Cómo estás?

— Esa pregunta debo hacerla yo. — Volví hasta el sofá y me senté en un extremo, mientras que él se sentó a mi derecha.

— Bueno, yo estoy bien. Algo abrumado aún.

— ¿Ansiedad?

— Todavía nada.

— Bien.

— Y, bueno, siguen agobiándome algunas cosas tontas. Pareciera que me ahogo en un vaso de agua.

— Eso debe cambiar. Deberías librarte de los problemas menores que a menudo los ves mayores.

— Sí, lo sé. Pero es complicado. — Chasqueé la lengua. — Háblame de ti. ¿En dónde te estás quedando?

— Aunque me negué rotundamente, en un hotel cinco estrellas que tu padre está pagando.

— Es lo mínimo que mereces por venir hasta aquí sólo por mí.

— Sabes que lo hice porque quería estar presente en un difícil momento como este.

— Gracias, en verdad. ¿Y cuánto tiempo te quedarás?

— Si todo anda bien, dos o tres semanas, con suerte un mes.

— Oh. — Fruncí los labios.

— Háblame de ti, Bill. Estás de estreno, por lo que veo. — Señaló mi cabeza y asentí como un pequeño niño. — Déjame decirte que te deja mucho más serio. Muy bello.

— Lo sé, me encanta.

— ¿Y tu corazón está bien?

— Sé a qué te refieres.

— Tú me conoces bien. — Asentí.

— Más o menos.

— ¿Pero hay alguien en él?

— Debería. Bueno, si tu pregunta es si tengo novio, la respuesta es sí.

— No me digas.

— Sí.

— ¿Lo conozco? — Asentí en silencio. — Eso acorta las posibilidades.

— Es Andreas.

— ¿En verdad? — preguntó sorprendido y yo asentí algo cabizbajo. — Ya se notaba desde ese entonces cómo se moría por ti.

— Supongo.

— ¿Y por qué ese desánimo?

— Las cosas no son como desearía que fueran. — Hizo un sonido de desaprobación.

— ¿Y quieres arreglarlas?

— Lo he intentado por mucho tiempo. Creo que no tienen arreglo posible.

— Y ahora déjame preguntar lo lógico: ¿Por qué sigues con él?

— Porque me quiere mucho, Marcel. ¿Cómo podría herirlo de ese modo?

— Y eliges herirte a ti entonces. — No respondí. — Hablándote como tu doctor, creo que es totalmente en vano que yo quiera ayudarte si tú no colaboras. A estos pequeños problemas hago hincapié cuando te hablo de alivianar tu cabeza, Bill. ¿O quieres volver al estrés?

— No. Eso no.

— ¿Entonces? Haz algo.

— Te repito, Marcel, que es difícil.

— Pero él tiene derecho a que lo amen, ¿no crees? — La imagen de Georg se me vino a la cabeza de inmediato. ¿Acaso todos se habían puesto de acuerdo o esa era la única verdad existente?

— Mejor cambiar de tema. — rió.

— Estoy de acuerdo.

— Háblame de esa muchacha con la que andas. — Propuse entusiasmado.

— No es tanto. — dijo él con un estado de ánimo muy distinto al mío.

— No entiendo.

— Es alguien que está ahí. Es más una compañía que un amor.

— ¿Y ella lo sabe o cree que la amas y todo eso?

— Ella sabe que amo a otra persona. — dijo firme.

— Oh. Bueno, la sinceridad está presente al menos. — suspiré.

— Principalmente conmigo.

— ¿Mhm?

— Que es ser honesto conmigo mismo admitir que no podré amarla mientras esa otra persona esté en mi corazón.

— Claro.

— Ahora me pregunto si el motivo por el cual no puedes amar a Andreas como él a ti, es esa persona que se marchó y te dejó con el corazón dañado. — Se quedó esperando una respuesta que no llegó. Simplemente me quedé mirándolo hasta que finalmente entendió que no respondería a eso. — Vale, ya capté.

— Tú nunca me dijiste quién es esa persona que te trae tan loco, entonces yo tampoco diré nada al respecto. Aunque lo mío es diferente, lo usaré a mi favor ahora. — Soltó una carcajada que se me contagió

— Touché entonces.

— ¡Totalmente!

— Pero yo tengo la ventaja de sospechar quién puede ser ese gran amor en tu vida. Tú, en cambio, no tienes ni idea. — Posó su brazo a lo largo del respaldo del sillón. Se lo veía bien.

— En verdad me pone feliz tenerte en mi vida, Marcel. — Sin pensármelo dos veces, agarré la mano que reposaba sobre su muslo y la aprisioné entre las mías. Sus ojos fueron hacia este gesto y sonrió de lado, tan débilmente que habría que mirarlo como yo lo estaba haciéndolo para percibir esa sonrisa. — El aprecio que siento por ti es inmenso. Siempre consigues hacerme reír y me ayuda hablar contigo. Desearía que te quedaras para siempre. — Asintió sin mirarme a los ojos.

— A mí también me gustaría quedarme. Pero la realidad es otra, Bill.

— Lo sé. — Me observó con una pizca de tristeza en sus ojos. — Pero no te entristezcas.

— No, no, para nada. Contigo aquí eso es imposible. Prométeme que para cuando me vaya habrás resuelto estos pequeños baches que no te dejan avanzar. Quiero irme tranquilo.

— Vale.

— No, no quiero un ‘vale’ desinteresado. — Contuve la risa. Tenía razón. Había sido un ‘vale’ algo destartalado.

— ¡De acuerdo! Te lo prometo. — Cedí y apreté sus manos con afecto. — De hecho empezaré con eso lo antes posible. Déjame que encuentre la fórmula.

— Ninguna fórmula. — Lo solté y me crucé de brazos en el sofá, desanimado. — Simplemente deja que la corriente te lleve.

— Me terminaré ahogando, ya verás.

— No seas tonto. — regañó. — Todo saldrá bien, Bill. Tienes todo para ser feliz. Debes saber verlo. — Sentí un poco ese optimismo que me transmitía. Será complicado, seguramente, pero podré sobrepasarlo. Mientras haya alguien que siga creyendo en mí, lo superaré.

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Me paré en el vano de la puerta de la recámara de Thomas y recargué allí la parte derecha de mi cuerpo. Me crucé de brazos y me quedé en un completo silencio por unos segundos. Él sólo estaba sentado en el borde de su cama y miraba al suelo fijamente. Se lo notaba enojado aún.

Yo golpeé la puerta a un costado aunque estaba abierta. Esto llamó su atención y se percató de mi presencia ahí.

— ¿Se puede?

— Ya casi estás adentro. — Rodé los ojos y penetré el cuarto del todo, cerrando la puerta detrás.

— ¿Qué te pasa, Tom? Te noto molesto. — Rió sarcástico y dejó de observarme.

— ¿Tú crees?

— Anda. ¿Es porque Andreas está aquí?

— No. — No me tragaba eso.

— No soy tonto y sé que es por eso. ¿No era que Andreas no te llegaba ni a los talones? Estás celoso de él ahora.

— Sólo no me agrada que él esté aquí.

— Pues deberías ir acostumbrándote. Digo, es mi novio y tú mi hermano, ¿no?

— ¿Acostumbrarme?

— Sí. Bueno… ya casi son tres años con él. Si no te acostumbras ahora, no lo harás nunca.

— ¿Tú pretendes que yo me acostumbre a que ese enfermo esté siempre delante de mí?

— ¿De qué hablas?

— De que los rangos están bien divididos, de eso hablo. Él tu novio y yo tu hermano. No más. — Se puso de pie y avanzó unos centímetros, con la impotencia en su rostro. — Es decir… ¡ash! Es en vano.

— Dímelo— insistí. —, o pensaré que te están matando los celos.

— ¿Sabes qué? Sí. Sí me están matando los celos. — Mi rostro de seguro era un poema de lo más auténtico.

— ¿Qué? — Caminó hacia mí a paso lento, si despegar el contacto entre nuestros ojos.

— Lo que oyes. Estoy muriéndome por dentro de los celos. — mierda, mierda, ¡mierda! — Celos de que puede tocarte, mirarte y besarte tan libremente. Él sí tiene ese derecho. — Se detuvo bien cerca de mí. Tan cerca que hasta sentía su aliento chocar contra mi cara. Y mis ojos no hacían otra cosa que viajar en los suyos intercaladamente. — Me siento tan idiota cuando él está presente. Siento que él es más importante en tu vida, que ocupa un lugar de más privilegio— Su mano se apoyó en mi mejilla y la acarició con el dedo pulgar. Fue ahí que la distancia se hizo más corta y ya casi podía rozar sus labios con los míos. Yo agarré la muñeca de esa mano que me tocaba y simplemente la dejé ahí. Era como si quisiera que se quedara allí para siempre. —; y ya no quiero negarlo más. ¿Para qué, Bill? — Mordió su labio inferior observando el mío. — No voy a mentirte a ti y tampoco a mí mismo. Necesito que lo dejes, que lo olvides, que me asegures que yo soy más importante que él y que… — Tomó aire y a mí, justamente, me estaba empezando a faltar. —… Necesito que me asegures que no te acostarás con él esta noche.

— Tom…

— Por favor. No podré pegar un solo ojo en toda la noche sabiendo que estás en el otro cuarto acostándote con él. — Hizo una breve pausa, esperando mi respuesta. — Yo ya te dije lo que necesito… ¿qué necesitas tú? — Incapaz de coordinar montones de palabras cuando lo tenía tan pegado a mí, sólo pude permanecer en un silencio que lo decía ya todo.

— Necesito que me beses. — Fui capaz de musitar y no se hizo de rogar ante mi pedido. Él ejerció una presión desde mi cuello con su mano y me pegó a su boca que me recibió abierta; lista para darle inicio a un beso lleno de desesperación.

Solté un jadeo que consiguió hacerse escuchar. Bajé ambas manos a su cintura, por donde lo abrasé con posesión; como si alguien fuera a quitármelo. Dejé que nuestras lenguas se rozaran una y otra vez en los mismos movimientos que tanto conocíamos el uno del otro. Y mis piernas temblaban a cada roce de labios, a cada choque de narices, a cada respiración agitada suya, o a lo que sea. Me provocaba un estremecimiento tan poderoso que lograba alejarme de todo y de todos. Sus besos… no tienen punto de comparación con los de nadie en esta tierra.

— Dímelo. — susurró divagando su boca sobre la mía y así induciéndome a continuar besándolo. — Dime que nada ocurrirá esta noche. Dime que te mueres de ganas por estar conmigo tanto como yo contigo.

— Nada quiero más que…

— Thomas, ¿está Bill ahí? — ¡Oh, la re putísima madre que lo parió! Qué suerte tengo en la desgracia.

— Amm… — Iba a responder.

— Espera que estamos hablando. — contestó Tom sin separarse ni soltarme.

— ¿Qué? Anda, Bill, ven.

— Ahora salgo, Andi. Espera. — Bufó molesto y el silencio volvió. — Tengo que salir.

— No sin antes decirme que no dejarás que te toque, por favor.

— ¿Por qué te preocupa tanto? Tú no me amas. — Deduje y su silencio desconcertante fue toda la respuesta recibida. — Thomas, ¿estás enamorado de mí? — Con un simple ‘sí’ todo tomaría un rumbo inesperado. ¡Carajo!

— No. — No me pregunten por qué, pero aunque mi cabeza cargada de codicia me gritaba sordamente que deseaba oír ese Sí emerger de su garganta, mi cuerpo entero reaccionó de un modo contradictorio y el alivio me invadió.

— ¿Entonces?

— Deja de preguntar, Bill. Sólo quiero que no te acuestes con él.

— Anda, Bill. — volvió a apurar. ¡Me estaban metiendo un palo por el orto, carajo!

— ¿Y luego qué? Entiende que adoro a la persona que está detrás de esta puerta— musité débilmente, pegado a él todavía. —, ¿cómo herirlo así?

— No lo amas.

— Es un ser humano, no un paquete.

— ¿Y tú? ¿No eres un ser humano también?

— Yo no importo cuando se trata de Andreas.

— ¿Y qué me dices de mí? — No… no me hagas esto. — ¿No importa que me esté muriendo de celos, que esté sufriendo? — Desvié la mirada y solté su cuerpo; accionar que le indicó que debía hacer lo mismo. — Somos dos personas también.

— Tu idea es demasiado clásica, Thomas. — dije a punto de echar a llorar de mera bronca. — Corto con él y vengo corriendo a tus brazos, ¿no?

— No… o, bueno…

— No lo creo. — Dio unos pasos hacia atrás y pude abrir la puerta sin más impedimentos. Andreas miró el interior del cuarto de inmediato. Curioso, no pudo evitar detectar los cristalinos ojos de mi hermano.

— Hey… ¿Te sientes bien, Trümper? — indagó y Tom volteó para darnos la espalda.

— Vamos. — le dije a Andreas.

— Espera, amor. Oye, Trümper.

— Sí, tío. — respondió fastidiado. — Déjenme solo.

— Pues… vale. Vamos, cariño. — dijo Andreas y me tomó la mano fuertemente. Yo sólo pude forzar una sonrisa y dejar a mi destrozado hermano allí solo.

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Tenemos que hablar. Esas simples palabras siempre consiguen paralizarnos el corazón de forma súbdita. Creo creer que no había motivo para estar enfadado con él, pero lo estaba. Sin querer y sin encontrar alguna razón para rechazar sus besos, sus caricias, me quedaba en la nada y debía aceptarlas. ¿Les ha pasado antes? No tener más piel con alguien que se desvivió para hacer tu vida más sencilla y llenarte de amor. Llegas a sentirte una mierda cuando sólo pide un poco de todo eso que te da… yo no me siento capaz de darlo de forma honesta. Si hay algo que jamás me faltó con él, fue amor. Me lo dio en todo momento y en toda circunstancia de la vida. Sin embargo, no me es suficiente para fingir. Y es que será que sus sentimientos hacia mí son tan nobles, que me siento un mitómano por descarte. ¡Qué gente más enigmática! Se podría decir que nunca sabes con exactitud si cada uno de sus actos son verdaderamente desinteresados. Alguien que te ama de modo profundo y vive demostrándotelo magnánimamente, ¿es alguien bueno? Si tú no sientes ese mismo amor y parece no importarle, continúa haciéndote bien mientras tú sólo quieres que se aleje, no te sientes capaz de pedirle que desaparezca de tu vida porque eso lo mataría. Entonces aparece tu propio karma: la culpa. ¡No puedo lastimarlo! ¡No después de todo lo que me ha dado! ¿¡Con qué cara le digo que no es recíproco su sentimiento!? No… no puedo. A eso me refiero. ¿En verdad tiene buenas intenciones cuando me dice que me ama más que a su propia vida? ¿O sólo tiene las intenciones de hacerme sentir una basura por no poder corresponderle? Porque eso es lo que me hace sentir. La peor de las lacras por no ser capaz de devolverle aunque sea un poco de lo mucho que me da. Automáticamente le miento. Le digo que siento lo mismo y él sonríe. ¿Por cuánto tiempo se puede sostener una farsa así? Puedes mentir acerca de algo que pasó, o algo que te contaron, pero no puedes lidiar con la mentira de los sentimientos. ¿Cómo contradecir lo que se siente? El ser humano podrá modificar sus actitudes y pensamientos; pero jamás conseguirá dominar algo tan inocente como una sensación. Y ahora yo estaba pagando eso con creces. Podré tenerlo todo y lo que no, pues puedo conseguirlo sin problema. Pero no conseguiría, por mucho que quiera, no lastimar a Andreas ahora.

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— ¿Hablarás?

— Es difícil para mí decir esto, Andreas. — Botó el aire de modo violento. Impaciente.

— Sólo dilo, Bill. Nunca has sido de dar demasiadas vueltas a un asunto, así que suéltalo.

— Una persona no es un asunto. — Tomé aire. — Tú eres una persona brillante y excelente. En verdad eres ese prototipo de enamorado que cualquiera quiere de niño. — Hablé con una media sonrisa mientras él dejaba sus ojos clavados en la madera del suelo. Sentado al lado mío ni se percataba de mi presencia en la habitación. En realidad estaba escuchándome atentamente. — Mereces todo lo mejor del mundo. Mereces ser feliz.

— ¿Y?

— Y quizás no sea yo quien pueda hacerte feliz. — Frunció el seño y mordí mi labio. Pensé eso en voz alta.

— ¿De qué hablas?

— Quiero decir… ¿Tú eres feliz?

— No me respondas con otra pregunta.

— Sólo contesta.

— Pues… a veces.

— ¿Cuándo? Por ejemplo. — Me miró.

— Cuando estoy contigo soy feliz. — Asentí mordiéndome la lengua. No lo hacía sencillo.

— Ya suponía que no sería fácil.

— No soy un niño como para que me digas una verdad disfrazada. Sé honesto.

— Ése es mi problema, Andi. No he sido honesto en mucho tiempo.

— ¿Conmigo no lo fuiste? — Ladeé la cabeza y entreabrí mi boca para decir algo que nunca dije. — Supongo que es un No. — Negué y él volvió a bajar la mirada.

— No hemos andado bien por un tiempo largo, Andreas. No puedes negármelo.

— Pero yo pregunté si fuiste honesto conmigo.

— No. No lo fui, pero siempre con el fin de no lastimarte.

— Oh, genial. — ironizó. — Tengo el leve presentimiento de que vas a lastimarme ahora y tal vez pudieras haberlo evitado siendo honesto antes. — touché. — ¿Ves cómo se desmoronan tus teorías?

— Quiero serlo ahora. Mejor tarde que nunca, ¿no?

— No. — Rodé los ojos y oculté mi rostro fatigado en mis manos. — Ya, al menos lo intentas. Dime.

— No, Andreas, deja. Olvídalo.

— Vamos, Bill.

— Dije que no.

— ¡Por Dios! ¿Vas a continuar siendo así de inmaduro por mucho tiempo más? — Lo miré. — Dime lo que tengas que decirme de una vez.

— No quiero lastimarte, en verdad. Yo te adoro, Andreas. Mataría a quien te hiciera daño y odio ser yo quien lo está haciendo.

— No me estás lastimando. No aún.

— Créeme… lo haré. — Suspiré y me puse de pie para arrodillarme ante él. Apoyé mis manos en sus rodillas y lo miré desde abajo. Quería que me viera a los ojos y tuve que hacer esto para conseguirlo.

— Habla.

— Quiero un tiempo. — solté mirándolo y él asintió como resignado, ahora mirando al frente. Mierda… lloraba y yo moriría. — Andi, espera a oír mis argumentos.

— Dijiste que me amabas. De hecho hicimos el amor. No entiendo.

— Nunca dije que no te amara. — Silencio.

— Sigues mintiendo. — Un nudo se formó en mi estómago.

— Quizás… Quizás estaba confundido cuando lo dije. Tal vez necesite tiempo para…

— ¿Para qué? — Me miró y sus ojos estaban todos cristalinos. Cargados de lágrimas repletas de un dolor profundo. — ¿Para llegar a sentir amor?

—… sí. — Serenó su rostro al instante.

— Llevamos casi tres años juntos, Bill. Yo te amo desde el primer momento en que te vi. Te amaba en tu peor estado incluso. Cuando todos te veían por los suelos, yo confiaba en que te levantarías y te miraba como se mira a la persona más hermosa que puede existir— Estaba rompiéndome el corazón. —; y no te estoy echando nada en cara porque siempre hice todo por ti sin esperar nada a cambio. Sólo quiero que entiendas que si no llegaste a amarme en tres años, no lo conseguirás en unas semanas o meses. — Parpadeó y unas cuantas lágrimas cayeron por sus mejillas. Era demasiado hermoso para llorar. — El amor no se crea. Él nace solo.

— ¿Cómo puedes garantizar eso?

— Porque yo sí estoy enamorado. Dime, ¿alguna vez amaste a alguien? — Me quedé en silencio, respirando por mi boca. — Respóndeme.

— Yo… — Mi garganta tembló y un calor se propagó por todo mi estómago. — Sí. Por eso sé que no estoy enamorado de ti. — Atónito se quedó mirándome unos cuantos segundos. Fue hasta que su rostro sufriera una fuerte congoja que alejó la visión de mis ojos para que no viera su dolor. Pero fue en vano.

— Supongo que sigues enamorado de esa persona. — intentó sonar entero, fuerte.

— No.

— Sigo sin creerte.

— Créeme porque…

— ¡No me pidas que te crea, Bill! — Sin previo aviso se puso de pie, obligándome a hacer lo mismo. Parado frente a mí me miraba con ojos dolidos y cargados de dolor. — No después de tantos años.

— Intenté no lastimarte, Andreas. — titubeé también llorando.

— ¡Fallaste! — Chasqueó la lengua y se alejó unos pasos hacia la puerta, en donde rascó su rubia cabellera. Estaba desesperado. — ¿Por qué esperaste tanto tiempo?

— Porque… porque soy un idiota.

— Al menos di algo mejor. — Se volteó y se quedó mirándome.

— Pero te lo digo ahora para que puedas encontrar a alguien que de verdad te ame y así seas feliz.

— ¿Hablas en serio? Sería de ingenuos pensar que llegaré a amar a alguien más, Bill. Sólo se ama una vez. — Negué de inmediato.

— Eso no es verdad.

— Sí que lo es. — insistió.

— De todos modos esto no es el final, Andi— Me acerqué hacia su altura. Cuando mis manos trataron de acorralar su rostro, él se echó hacia atrás queriendo evitar cualquier tipo de contacto. Eso llegó a calarme hondo. —, es sólo un tiempo.

— Llámalo como quieras. — Negó y caminó lo poco que le faltaba hacia la salida.

— Sé que lo que estoy haciendo no tiene nombre… — Me lamenté y él siquiera me observó.

— Sí lo tiene. Se llama egoísmo. — Abrió la puerta y salió. Yo sólo me quedé procesando sus crueles y verdaderas palabras. Sabía que pasaría, mas no estaba preparado.

.

By Tom

Las escaleras se me hicieron interminables con la fatiga que cargaba en mis hombros. La noche fue para el olvido. Con el colchón como si fuera una roca sólida entumeciéndome la espalda y mis párpados negándose rotundamente a cerrarse, nada quedaba por hacer. Pero esto no había logrado modificar mi humor en absoluto. Me sentía bien a pesar de todo. El dolor físico no debe de dañar tu bienestar mental. Y mentalmente me siento conforme. Después de la dura conversación que tuve con Bill anoche siento que algo se fue. Algo me andaba tocando los huevos desde hace tiempo y anoche fue cuando lo escupí. Sentí que después de mi desahogo, ya no dependía de mí. Tal vez lo que pasó en su cuarto sea algo que me inquiete y termine por destruir el buen humor con que desperté esta mañana pero, ¿saben?, ya no era tema mío. Ya no puedo controlar su decisión.

— Buenos días, señor.

— Buenos días, John. — devolví el saludo al chofer que salía de la cocina. Extrañado, me pregunté qué hacía en la casa a esta hora. Mi padre aún no salía de su recámara y él debe pertenecer en el porche hasta llevarlo. — ¿Qué haces por aquí?

— El Sr. Kaulitz acaba de darme una misiva.

— ¿Bill?

— Correcto. — Alcé una ceja mirando hacia la cocina.

— ¿De qué trata?

— Esta tarde llega Susan al aeropuerto y debo retirarla.

— ¿Tan pronto?

— Especulo que se enteró de la reciente internación de su hermano. — asentí dándole la razón.

— Bien. Continúa, John.

— Con permiso. — Inclinando la cabeza se marchó hacia la salida mientras yo penetraba la cocina ansioso por ver a mi hermano.

— Buenos días, hermanito mío. ¿Todo en orden? — saludé sonriendo ampliamente contemplando su figura encorvada en la mesa, con ambas manos apoyadas en el borde de ésta y sus uñas apretándola. Me miró desde esa posición con enfado notorio. — Otra mañana de malas, ¿cierto?

— No me jodas. — Viré los ojos cruzándome de brazos.

— ¿Hasta cuándo cagarás mis días, Bill?

— ¡Hasta que me muera, Thomas! Ahora te pregunto yo a ti— Me asombré por su inesperado ataque de histeria. —, ¿¡hasta cuándo se supone que tendré que aguantar tu jodido tonito irónico!? — No respondí. — ¡Maldita sea esta jodida casa! — Sus puños golpearon con rudeza el soporte y luego se enderezó dándome la espalda. Rascó su cabello alborotado que, me di cuenta, con este nuevo look, ha de requerir más atención que de costumbre.

— ¿Puedo preguntar qué te pasa?

— ¡No! — Se volteó de repente revoloteando sus excesivamente maquillados ojos. — Sólo deja de joderme.

— Como sea. — Concluí con los pocos pasos que me distanciaban del refrigerador y lo abrí en busca de algo frío para beber. El zumo de multifrutas fue lo indicado y luego cerré el electrodoméstico. Bill no hizo más que recargarse en la mesa nuevamente, pero ahora medio sentado en ella. Yo vigilaba sus movimientos y muecas por el rabillo del ojo. Atento. — ¿Te acercó al hosp…?

— No— cortó de inmediato. —, iré solo.

— Vale. — Una vez con mi vaso lleno, pasé por su lado y me senté en una de las sillas al otro extremo de la mesa. Él rascó su nuca con impaciencia por algo en particular y luego unas series de tics nerviosos se dieron a conocer. Como morderse las uñas perfectamente pintadas de un gris azulado y mover la pierna de un lado a otro. Todos estos síntomas eran desconocidos en él hasta el momento. Sin embargo, nada dije.

— Mierda. — Se separó de la mesa y caminó hasta un extremo de la cocina jugueteando nerviosamente con la punta de sus dedos. Una vez llegado hasta cierto punto, se volteó y recorrió el mismo camino pero en opuesta marcha. Así, concretaba una ida y vuelta hipnótica y fastidiosa en la sala.

— Bill… — Apenas musité esto, se detuvo y fue a por la heladera. La abrió de un golpe y coló sus manos dentro con desespero. Me sentí intrigado y bebí algunos sorbos a mi bebida mientras lo observaba casi estudiándolo. Cuando sus manos salieron de allí dentro, las vi cargar con la orna de membrillo que papá había mandado a comprar con apuro apenas Bill pisó la casa nuevamente.

Sólo pude cerrar mis ojos unos momentos mientras oía con qué desespero desgarraba el papel plástico que la envolvía. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Era… era la viva imagen de una persona enferma, de una persona dependiente a una droga. Y lo he dicho antes y fui juzgado, pero era todo un drogadicto. Así se lo veía.

Cuando abrí mis ojos ahí estaba él; sacando pedazos con sus dedos y comiéndolos como si fuera un zombie que ataca a un cuerpo humano. Recordar las palabras de ese tal Marcel no fue difícil. Pero lo que sí fue complejo fue llevar a cabo su método de sanación. Hacer de cuenta que eso era algo normal fue por demás imposible.

Entonces respiré profundo y me puse de pie mientras él continuaba perdiendo el sentido de la cordura mientras devoraba el dulce que siquiera era de su agrado. Porque Bill, así como yo, odiaba el membrillo. Es un dulce tan asqueroso que nos repugna. Pero él no sabía de mi repugnancia hacia éste… y podría usar eso ahora.

— A ver, permiso. — hablé tomando un cuchillo de cena de la mesada luego de pararme de mi sitio. — Que te quites, hombre. — Empujé su costado con mi mano y me observó entre confuso y molesto una vez que lo saqué de su lasciva tarea. Limpió su boca con el reverso de su mano sin interesarse en lo pegajosa que pudiera quedar luego.

— ¿Qué carajos…? — No terminó de concretar la pregunta cuando yo corté prolijamente un pedazo y, sin formular muecas de asco que pudieran delatar mi engaño, comí un pedazo aparentando placer.

— Mmh… vaya. — Hablé mientras masticaba. Él frunció el seño ya más calmo y yo sonreí. — Está de puta madre. — Tragué con un sacrificio que… ¡Mierda, qué asco! — Anda, hermano, sé más educado, ¿quieres? — Tomó el cuchillo que le daba y me observó como se observa a un demente. — Límpiate también. — dije aguantando la risa y señalando su trompa toda roja. Él al fin rió bajo y limpió sus manos y su boca con una servilleta de papel. — Ahora sí. ¿Te acompaño al hospital hoy? — Se quedó mirándome unos eternos segundos. Esta mirada tan pura y real consiguió ponerme nervioso. Vaya a saber uno por qué o de qué.

— Claro. — Sonreí aliviado y asentí mientras colaba mis manos en los bolsillos de mis pants.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «II Apostemos 4»

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