«Apostemos» Temporada II
Capítulo 5: Intención sin acción
—… entonces un espermatozoide pregunta: ‘¿Falta mucho para llegar al óvulo?’ Y otro responde: ‘Métele pata porque vamos por la garganta’ ¡Jajajajaja! — Acabé por reventar en una sonora carcajada a la cual Bill se sumó luego de pocos segundos. Desde hacía un rato largo que estábamos contando chistes bizarros carentes de sentido alguno. Pero son esos los que más risa causan. Quizás sea por la sencillez con la que la gente suele contarlos o lo irreales que son, pero ahí estaban, haciéndonos reír como dos niños despreocupados.
— Ese estuvo bueno. — halagó recobrando el oxígeno de a poco.
Hice una brusca maniobra para doblar a la izquierda ladeando el volante del vehículo de forma rápida.
— ¿Cuántos años tenemos?
— Ahora mismo tengo diez. ¿Tú? — Devolví la pregunta siguiendo el chiste.
— Veinticuatro. Pero también me siento de diez.
— ¿Es que acaso se puede ser tan inmaduro?
— Así parece. — Me tomé unos segundos para contemplar su rostro observando curioso el exterior. Era un misterio lo que pensaba y también lo que sentía ahora. Pero no hay modo de que la risa no sea sincera cuando sale tan espontáneamente hacia afuera. Era una señal de un bienestar que se diferenciaba olímpicamente del de la mañana. — ¿Puedo preguntarte en qué piensas? — Volteó su rostro hacia mí y… Dios. Casi se me salen las tripas para afuera. Bueno… no es una imagen mental muy agradable. Pero, ¡caray! Qué hermoso era. — Simple curiosidad.
— En todo. — dijo. — Mi cabeza ha estado funcionando a cien por hora.
— Eso no es tan bueno.
— Pero me sirve. Estoy conociéndome día a día. — Fruncí el seño interesado en sus palabras mientras no apartaba mi visión de la carretera. — No tenía idea de que era capaz de abandonar a Andreas hasta anoche.
— ¿Lo… lo abandonaste? — cuestioné intentando no dejar en evidencia mi estupefacción.
— Sí. — Botó un suspiro. — Fue complicado pero ahora sé que es lo mejor.
— Casi siempre lo que más nos cuesta y duele, termina siendo lo mejor. — asintió.
— ¿Experiencia propia?
— Correcto. — rió.
— Pero no es algo de lo que me siento orgulloso. Sé que está sufriendo ahora y juré que no lo lastimaría jamás. Lo he hecho antes, pero antes… Bueno, antes siempre es demasiado lejano y distinto. ¿Sabes?, llevábamos algunos meses juntos y no dejaba de frecuentar clubes y discotecas. La infidelidad era inevitable. Pero luego del primer año me di cuenta que tan noble corazón merecía respeto y lealtad. En cierto modo fallé en eso.
— Si te refieres a nosotros… — dejé la frase flotando en el aire. ¿Qué diría? Era obvio que hablaba de nuestros encuentros. —… Lo quisiste.
— Eso es lo que me destroza. Haberlo querido. — Aquí había algo oculto.
— ¿De qué hablas ahora? — Detuve mi marcha en un semáforo que así me obligaba a hacerlo. Fue ahí cuando lo miré directamente a los ojos.
— Él es una buena persona, Thomas. ¿Acaso merecía esto? ¡Para nada! Sé que lo detestas y no entiendes ni la cuarta parte de lo que te estoy explicando, pero él sólo merece lo mejor. No me lastimó jamás y yo así le pago.
— Fuiste honesto con él, Bill. Ya deja de martirizarte tanto. — argumenté molesto. — Además, ¿preferirías seguir hundido en una mentira que no haría más que lastimarte? No lo creo.
— Es que me siento terrible, Tom. — sostuvo.
— ¿Terrible por qué?
— Porque no podía evitar sentir un alivio cuando lo dije. Por eso. — Cerró sus ojos con cansancio, apoyando su nuca en el cabecero de su asiento. Su nariz apuntaba al techo del auto y yo sólo miraba su perfil. — Me siento una completa mierda porque me sentí liberado, Thomas. ¿Qué clase de monstruo soy?
— No eres un monstruo.
— Sí. Sí lo soy.
— No. Bill, mírame. — demandé en tono firme. — ¡Mírame! — Obedeció con una mueca angustiosa. — No eres ningún monstruo. En la vida todas las personas salen lastimadas de alguna. Tú has sido lastimado, yo fui lastimado, ¡todos! Andreas merece ser feliz tanto como tú. No siempre puedes complacer a todos en el mundo, enano. — Bajó la mirada. — Sé feliz y sé tú mismo siempre. Elige lo que te hace bien, aquello que te salva. — Él sonrió y me sentí satisfecho por haberlo logrado. — Te hice sonreír.
— Jaja…
—… y reír. — agregué observándolo como embobado.
— Anda, tonto. Arranca. — La luz había cambiado a verde y aceleré el carro ya más calmo.
— Ya estamos llegando.
— ¿Podemos pasar por una tienda de música antes?
— ¿Para qué?
— Quiero comprar algo.
— Vale. — entendía perfectamente su forma de evadir un tema que, para él, no era de mi incumbencia. Pero se equivocaba, porque si no me interesara, pues no preguntaría. Pero ya ven cómo es la gente. — Tengo tanta hambre que me comería un choto.
— ¿¡Qué!? — exclamó en un grito luego de mi dicho.
— ¡Oye! Me asustaste, enfermo. — dije botando el aire contenido por el susto.
— ¿Dijiste ‘choto’?
— Sí, hombre. ¿Nunca probaste un choto? — Ante su silencio volteé mi mirada hacia él. Lo que vi fue tan precioso que llegó a darme igual si no volvía a mirar la carretera y así morirme allí mismo.
— Bueno— Con las mejillas cubiertas por un rubor rojizo y una sonrisilla que hacía lo que sea con tal de ocultarse, me dejaba embelesado con su ser. —… tú sabes eso.
— Creo que tienes un mal concepto de la palabra. — dije volviendo a mirar mi camino. — Choto es una comida típica en Uruguay.
— Y vuelves con tus países latinos. — canturreó en tono cansino.
— Pues sí. Adoro América Latina. — defendí. — Y no me avergüenzo en lo más mínimo al reconocer que me he comido varios chotos en mi vida.
— ¡Oh, Dios mío! ¡Jajajajaja! — reímos al unísono y volví a mirarlo sin que se diera cuenta. Mientras una gota salada abandonaba su ojo izquierdo de tanta risa junta, yo gozaba de su risa. Quizás suene egoísta, pero su bienestar hacía mi propio bienestar.
.
By Bill
— ¿Y cuál fue su reacción?
— Se puso feliz. No dejaba de sonreír todo el tiempo.
— Oh, qué tierna. — Asentí meciéndome suavemente en la silla. Él, del otro lado del escritorio, sonreía imaginándose el rostro de la niña. — Ahora, qué raro que tú hayas hecho eso.
— ¿Por qué lo dices?
— Porque eres algo así como… ¡un iceberg! — Viré los ojos y rió. — Bromeo. Pero odiabas a esa niña.
— No. Jamás la odié. No me ha hecho nada. Es sólo que es una roca en mitad del sendero, sólo eso.
— Una forma más literaria de decir que te toca las bolas, ¿eh? — reí.
— Ya. El punto es que está ahí sola todo el día, postrada en esa cama. Le compré un CD que quería y le alegré la existencia.
— Cumpliste con tu obra de caridad diaria.
— Ponlo de ese modo.
— Já.
— ¿Y tú, Geo?
— Pues aquí, hermano. Tratando de tolerar a todos.
— Es cierto. Se nota una tención terrible aquí.
— Yo tengo los huevos descocidos. — No puedo imaginar cómo es eso. — Están todos alteradísimos. Creía que con la cercanía de los casos, se confiarían y dejarían tanta paranoia de lado.
— Trabajas aquí desde hace años, Geo. Ya conoces que es peor cuando la cosa se pone caliente. — Suspiró.
— Estoy tan cansado.
— Oye, ¿qué es ese ánimo, amigo? — Me arrimé al escritorio y me miró a los ojos con desgano. — No te quiero ver por los suelos, eh. Bien arriba, como es de costumbre en ti.
— No sé, Billy. — Se encogió de hombros. Parecía resignado.
— No. Si tú te me caes, ¿en quién me apoyo? — Sonrió de lado. — Te necesito de pie, loquillo.
— Gracias, desgraciado.
— Aquí estaré siempre.
— Sé eso. Pero ahora es mi turno. — Separó su espalda del respaldo de su sillón y apoyó sus codos en el escritorio. Sus ojos se achinaron sobre mí, como inspeccionándome. — ¿Qué pasa contigo?
— Andreas pasa.
— ¿Otra vez ese tema? Yo ya te dije claramente lo que debes hacer…
— Y lo hice. — interrumpí algo triste.
— Oh… ¿en serio? — frunció los labios y me observó con recelo.— ¿Y qué piensas?
— Pienso que soy una mierda por hacer lo correcto, ¿puedes creer?
— Debe estar hecho mierda.
— Sin duda lo está.
— Ahora entiendo esa cara que trae desde que llegó.
— No ayudas, Geo. — canturreé.
— Lo siento. — suspiró. — Pero ahora todo está del modo en que debe estar.
— No quiero hablar más del tema. Fue suficiente por hoy. — Me observó y rió.
— Sí que eres impredecible, Kaulitz.
— Exacto. — Me puse de pie sonriéndole. — Gracias, amigo. — Negó alzando la mano a la altura de su pecho.
— No hay nada que agradecer. Te quiero, Billy.
— Y yo a ti. — Le guiñé un ojo y me giré para salir de la oficina.
— ¡Ah, y menudo corte! ¡Pareces Jimmy Neutrón!
— ¡Que te jodan, infeliz! — Abrí la puerta y salí entre risas.
Cerré dicha puerta y le eché un vistazo a la recepción al pasar. Andreas hablaba con Tania mientras ésta le enseñaba unos papeles y carpetas. Yo mordí mi labio y no supe qué hacer. ¿Actuar como siempre? No. No sería posible ir y saludarlo como todos los días. No después de que me cagué en sus sentimientos y destro… ¡No! ¿Qué te dijo Georg, Marcel y Thomas respecto a esto? Fue lo correcto. De hecho te lo agradecerá, soquete. Quizás no ahora, tal vez mañana menos… pero un día entenderá que le hice un favor sacándolo de mi vida.
— Mira nada más quién se dignó a aparecer. — Fruncí el seño encontrándome con Richael cruzada de brazos ante mí, como reclamándome algo en particular.
— ¿Qué quieres, estorbo?
— Já- Já. — Sí que tenía cara de culo. Más de lo normal. — Tú no tienes una idea de las odiseas que he pasado mientras tú te tomas tus vacaciones.
— ¿Vacaciones? Estaba internado en un hospital, zorrucha de cuarta. Y si así fuera, ¿qué te interesa a ti?
— Me interesa porque has cagado mi vida laboral, maldito maricón. — Alcé una ceja ante su notoria tensión. Hablaba en susurros violentos, echando fuego por los ojos y veneno por la boca. Toda una víbora. — Desde que Axel se fue…
— No me sigas jodiendo con el temita del idiota ese porque ya me tienes hasta la coronilla. Cámbiale al discurso. — corté. — A ver, córrete.
— Sabes que digo la verdad. Tú hiciste algo para que él renunciara, tú te lo quisiste sacar de encima y no se te ocurrió mejor manera. ¡Tú eres culpable!
— Ay, Richael, cómo te compadezco.
— ¡Ya deja de ser tan cínico todo el tiempo, Kaulitz! Conmigo no. A mí no me vengas a querer hacer tragar una verdad totalmente falsa. Sé quién eres y sé de lo que eres capaz. Pero tú no sabes quién soy yo, y lo que puedo hacer.
— Sí sé. Eres la puta del pueblo y puedes follar con cualquiera que te muestre una cartera gorda y un buen puesto de trabajo— Me acerqué más a su rostro, ya dejando de sonar divertido para ponerme serio. —, entonces no te quieras poner el traje de persona importante. Las putas son putas, es la realidad.
— Estás totalmente confundido.
— ¿Me equivoco cuando digo que eres una arrastrada?
— Te equivocas al subestimarme.
— Siguen las amenazas.
— Son advertencias. — Alcé una ceja.
— ¿En serio crees que me darás miedo? O sea, ¿en serio?
— No busco darte miedo, Bill— Sus sucias manos acomodaron el nudo de mi corbata mientras una sonrisa macabra se dibujaba en sus labios. —; sólo busco hacer justicia. ¿No es ese nuestro trabajo? Hacer que las verdades… se sepan.
— Di que me lo cogí, que me cagué encima de él, que lo herví en aceite y se lo di de comer a los perros. Nadie te creerá. — Disimuladamente alejé sus manos de mi cuerpo. Sólo rió.
— Con pruebas toda locura es creíble. — Fruncí el seño. Touché.
— No sé de qué hablas.
— Algo sabía Axel. Algo.
— Sabía que necesitaba un cambio, enferma. ¿Cuándo lo entenderás? Se fue porque quiso irse y te jodió en el caso sin pensarlo. Fin de la historia. No sé en qué capítulo aparece mi nombre pero es un completo error del autor.
— El error fue que te metiste conmigo. — Quise, juro que lo intenté, pero mi risa salió hacia afuera.
— No tienes talla para hablarme, Richael. Sólo eres un par de piernas abiertas todo el día, yo soy alguien importante para la sociedad. No concordamos. Así que si me lo permites, me largo.
— Anda, Kaulitz. — dijo. — Suerte.
— No la necesito, cariño. — Dejé un beso en el aire, enfrente de su rostro y continué con mi ida hacia mi despacho. Maldita enferma.
.
By Tom
Iba muy tranquilo rumbo al despacho de mi padre. Él deseaba consultarme algunos gustos personales para la decoración del salón, el día de la fiesta. Una celebración en mi honor en la cual no mantenía ningún tipo de interés. Pero fue en la recepción en donde Bill mantenía una reñida conversación con Richael. Ambos mirándose fijamente y la morocha con la sonrisa cínica que siempre desconcierta a Bill. Éste expedía fuego por la mirada, murmurando algo imposible de descifrar debido a la presión de dientes y poco movimiento en sus labios. Pero se separaron al cabo de unos minutos más, y Bill se marchó dando un fuerte golpe a su puerta al cerrarla.
Chasqueé los labios continuando con mi asunto, hasta que Andreas me chocó por detrás sin el más mínimo cuidado. En cuanto iba a botar una maldición que entablara su honor, levantó la mirada y se disculpó rápidamente.
— Ya. No hay bronca. — dije y me quedé observándolo extrañado mientras él escribía un mensaje de texto en el celular que manipulaba con cierta velocidad. — ¿Todo en orden?
— Supongo. — Una vez acabada su tarea, guardó el aparato en su bolsillo y me miró. — ¿Por qué preguntas?
— Porque se te ve extraño. Por eso.
— Exageras, Trümper. — Alcé una ceja. — Que te deje el amor de tu vida no quiere decir que se acabe el mundo, ¿o sí? — Recordé con pena lo que había pasado y entendí perfectamente el porqué de su desánimo.
— Lamento eso. Bill me dijo. — Hostia. Qué incomodidad.
— Olvídalo.
— Es en serio, Andreas. Estás… mal. — ¿Era yo la persona adecuada para consolarlo ahora? No hay mucho que pueda decir o hacer. Si es que yo celebraba lo ocurrido, ¿cómo es posible que me muestre hundido en algún tipo de congoja al respecto? — ¿Al menos sabes por qué lo hizo?
— Está enamorado de alguien más. — Abrí mis ojos con sorpresa y una pelota se hizo notar en mi estómago de un momento a otro sin dar muchas señales previas.
— ¿Él lo dijo así? — formulé con mi interés disimulado.
— No. Pero es obvio que así es. No veo otra explicación a tan repentino desplante.
— Bueno… Sabes cómo es. No hace falta que te recuerde las indecisiones de mi hermanastro.
— Pero estábamos bien, Trümper. Yo… Bueno, no es sitio para hablar de esto, ¿no crees? Digo…— Miró a su alrededor superficialmente y volvió sus ojos a mí. —, en mitad de la recepción.
— Claro. Tienes toda la razón. — Sin embargo, algo dentro mío me decía que este tema no debería de acabar de un momento a otro. Algo estaba inquieto en mí. — ¿Por qué no vienes a mi oficina y hablamos? — Su silencio evidenció su sorpresa. — Sé que no esperas esto de mí justamente, pero quizás te ayude hablar con alguien.
— Trümper…
— Nada cambiará. — Sonrió de lado débilmente y acabó cediendo en un movimiento afirmativo de cabeza.
— Vale.
.
— Gracias, Tania.
— De nada, Sr. Trümper. Con permiso. — La muchacha emprendió una formal caminata a la puerta, la cual cerró luego de salir y nos dejó a ambos en un profundo silencio. Yo tomé la cucharilla que se hundía entre la espuma del café y la movilicé en una circunferencia en el fondo de la taza.
— Te escucho.
— No hay mucho que pueda explicarte, Trümper. — habló imitándome. — Según él no quiere herirme.
— A veces las cosas no salen como se quiere.
— Dejemos las frases armadas de lado, por favor— Llevé la taza a mi boca y bebí la caliente bebida. El día estaba espeluznante y helado. Llovería y una taza de café caliente siempre te ayuda. —, que suficiente tuve de ellas anoche. — suspiró. — No entiendo a tu hermano. Todo estaba bien y parecía estar escondiéndome algo anoche cuando, supuestamente, era sincero.
— ¿Qué cosa?
— No lo sé. ¿Nunca has notado que están diciéndote una verdad a la mitad? Algo falta para completar un rompecabezas que no quieren que veas. — Asentí con la mirada inquieta en la taza que depositaba sobre el escritorio. — Así.
— Entonces estás molesto con él.
— No pasa tanto por molestia, tristeza o algo similar. No es algo concreto. Es más bien la resignación de que no hay marcha atrás. Si volviéramos, todo se basaría en una mentira que no estoy dispuesto a soportar. Ya no puedes fingir cuando sabes la verdad.
— ¿Qué es la verdad en estos días, Andreas? Hoy mi verdad es el estudio, la casa y el juicio. Hace un mes, era mi mamá, amigos y vida en Nueva York.
— Esas son realidades.
— Es lo mismo al fin de cuentas. Todo cambia todo el tiempo. Y todo está concatenado en una misma cadena. Quizás algo pasó interna o externamente en Bill que lo hizo darse cuenta que su relación contigo no tenía futuro.
— Pero yo no hice nada para que eso pasara.
— No depende sólo de lo que tú puedas hacer. — insistí. — Yo puedo no contaminar el medio ambiente en donde vivo, pero si la mitad de los habitantes del mundo lo hacen, también sufro las consecuencias. ¿O yo puedo elegir qué aire respirar? No sé si entiendes el concepto.
— Dices que todo está relacionado y que me veo indirectamente perjudicado.
— Eso mismo.
— Vale, pero… Si yo pudiera saber qué fue lo que ocurrió…
— Quizás algún día lo sepas.
— El tema es cuándo.
— Es muy probable que al mismo tiempo en que comprendas que Bill te ha ayudado en esta decisión.
— No. — negó seguro. — Te aseguro que nada bueno sale de este dolor. — Bajó la mirada y yo aproveché para formular una breve cara de agobio. Estaba que sudaba de la tensión. Me sentía mentalmente acorralado. — Amo a tu hermano, Tom. — golpe bajo. — Lo amo como, estoy seguro, nadie va a amarlo. — Tomó aire y luego lo eliminó. — Y dije una vez que estaría dispuesto a dejarlo ir si es por su felicidad…— Un silencio incómodo y desesperante se formó cuando más deseoso de que hablara yo estaba.
— ¿Lo harás?
— Bueno… el verdadero amor es el que deja ir. — Asentí continuando con mi consumición. — Aunque no puedo quedarme de brazos cruzados. — Liberé mis labios de la porcelana y lo observé con recelo.
— Entonces…
— ¿Qué clase de amor es el que se resigna tan fácilmente?
— Pero dijiste que, si él era feliz, lo dejabas serlo hasta con otra persona. — insistí de forma extraña. Pero él estaba tan inmenso en sus pensamientos, que pareció no percibir mi tono de reproche.
— Sé lo que dije. Pero hasta que yo no lo vea feliz, lucharé por su amor. — Dejé la taza sobre el escritorio nuevamente, pero ahora casi golpeándola. — Le demostraré que respeto su decisión, pero que estoy ahí para lo que necesite. — Me miró entusiasmado. ¡Mierda! Ahora que quería hacer una obra de bien y ayudarlo a convivir con el dolor, termino jodiéndome a mí mismo. ¿Existe alguien más imbécil que yo? Dudo. — Para cuando ese idiota que me robó temporalmente— (recalcó esa palabra) —el amor de Bill, rompa su corazón, yo estaré aquí.
— ¿Y si nunca lo lastima? Quiero decir, no tiene por qué ser un patán que lo dañe. A lo mejor logra hacerlo feliz. — manifesté.
— No, Trümper.
— ¿Cómo es que estás tan seguro si no lo conoces?
— Porque nadie en este mundo va a amar a tu hermano como yo lo amo. Nadie. — Asentí sin dejar de mirarlo mientras él ensanchaba su media sonrisa y al fin tomaba la taza con su bebida. — Sí. Eso haré. — Se puso a beber y yo me crucé de brazos, echándome hacia atrás en mi silla.
— Sólo hay un detalle.
— ¿Cuál? — interrogó alejando el café de él.
— Que ese otro piense exactamente igual que tú. — respondí sin mirarlo, pero sabiendo que lo había dejado muy pensativo.
.
— Diga. — Le quité la alarma al vehículo mientras mi hermano esperaba del lado de la puerta del copiloto al tiempo en que hablaba por teléfono celular con alguien. — ¡Susan! ¿Ya has llegado? — Abrí mi puerta y me adentré velozmente en mi carro. Luego me incliné hacia su lado y le quité el seguro, ahora, a la que le correspondía a él. La brisa helada que pareció colarse en el interior del auto junto con mi hermano, irrumpió el ambiente verdaderamente cálido que se había formado en el interior. — Me imagino. — Continuaba hablando con tono alegre. Me bastaron unos pocos días conviviendo en la misma casa que ellos dos para saber que se querían como una madre a un hijo y viceversa. Es la forma en que Bill encontró el apoyo necesario en Susan para superar tan difícil momento cuando Simone falleció. Bill le estará eternamente agradecido. — En este momento estoy con Thomas, a punto de ir a la casa de Cortez a aclarar unas cosas.
— Envíale un saludo de mi parte. — dije en tono bajo, consiguiendo un gesto de aprobación por su lado. Puse en marcha el auto acelerando con la carretera libre de carros que pudieran ser un impedimento en mi carrera.
— Tom te manda un saludo… Bien. Dice que ella también. — Me comunicó y sonreí de lado doblando en la primera esquina que se cruzó. — No, Susan. No tardaremos más de una hora, hora y media allá. Estaré en casa para abrazarte y para que me cuentes cómo te fue con tu hija… De acuerdo, así será entonces. Tengo que colgarte, Má… Ajhám. — Mi sonrisa se ensanchó al oír ese monosílabo que utilizó. — Adiós. — Luego de oprimir, supongo, la tecla de colgado, guardó su móvil en el bolsillo de su saco. — Ya está en casa.
— ¿Le llamas mamá?
— De vez en cuando. ¿Por qué?
— Porque suena hermoso. — Rió.
.
By Bill
Caminamos por el largo hall de recibimiento siguiendo los pasos de la hermosa muchacha con uniforme de servicio. Sus piernas largas marcaban un paso seguro aun con esos tacos de casi doce centímetros de alto. Yo podría caminar mejor, pero no estamos hablando de mí.
— Here, gentlemen. — Habló deteniéndose en una amplia puerta de pino rojizo y abriéndola con ambas manos, de par en par. Observé a Thomas por el rabillo del ojo. Sin sorprenderme descubrí que los suyos se perdían en la falda corta de la muchacha. Será infeliz. — Come in. Mr. Cortez is waiting in the main room. — Asentí avanzando hacia donde ella nos guiaba, sin preocuparme por si Thomas continuaba mis pasos o no.
Penetré la sala principal decorada al más puro estilo romano, por el siglo XIX. Imágenes de grandes pintores del Renacimiento y autores cruciales en cuanto a la literatura española en marcos de cobre y bronce. Una debilidad notoria por lo caro se reflejaba en los sillones amplios cubiertos de un terciopelo dorado y cortinas de raso en los enormes ventanales. ¿Para qué continuar describiendo el lugar? Un verdadero paraíso material.
E ingresando al lugar con un vaso de whisky y resonando sus borceguíes directamente de Francia, estaba Albert sonriéndonos.
— ¡Vitajte a mi morada! — Sonriendo extendí mis brazos hacia él, dejándome abrazar y palmear la espalda como es usual en él. — ¿Cómo marcha todo, hijo?
— Espléndido. — Nos separamos y se quedó mirándome con orgullo.
— Estás de pie y eso es suficiente.
— Gracias. — Dejé espacio para que estrechara la mano de Thomas en gesto de saludo. Sospecho que esta distante relación existiría para siempre entre ambos.
— ¿Cómo estás tú, Tom?
— Perfectamente, señor. — respondió, sin embargo, sonriendo.
— Albert, disculparás mi ignorancia, ¿pero qué significa ‘vitajte’?
— Bienvenidos. Es una adaptación de Eslovaquia. — Alcé ambas cejas perplejo.
— Me impresionas.
— El conocimiento es lo que nos separa de los animales, hijo. — Asentí obedeciendo a su mano que nos indicaba uno de los sofás para sentarnos. Thomas me imitó y se cruzó de piernas a mi lado, con sus rodillas bien divididas y una de sus manos descansando en la derecha. — ¿Algo de beber?
— No, yo te agradezco.
— ¿Y qué me dices tú, Thomas?
— Lo mismo. Gracias.
— Bien. — Luego de darle un corto trago a su bebida, se quedó de pie ante nosotros esperando a que habláramos. — Los escucho con atención.
— Quiero ser breve. — Comencé carraspeando y sentándome más en el borde del sofá, dando a entender que mis palabras eran de índole seria e importante. — Vengo a hablar del caso, pero sin influir en el caso directamente; sino en su repercusión.
— No entiendo pero espero entender pronto. Ilústrame. — Asentí sin pensar demasiado. Ya sabía perfectamente qué decir.
— Se trata de Milagros. Ella continúa bajo cuidado médico en la clínica y sigue necesitando de la ayuda del tratamiento para volver a caminar.
— Sí. — afirmó.
— Recuerdo que acordamos claramente que la suma de dinero que estarías dispuesto a dar en modo de indemnización de la niña, constaba de un monto de diez mil dólares, ¿estoy en lo cierto?
— Correcto. En la junta de conciliación eso quedó bien claro.
— Exacto.
— Pero eso fue ya hace tiempo.
— Lo sé. Mira, nuestras imágenes están siendo mal vistas últimamente. Aunque fuimos bastante convincentes con las declaraciones de ayer, Sanders continúa adelante. Lo que yo intento con la propuesta que vengo a ofrecerte, es reivindicarte ante la prensa y el pueblo en general.
— Te escucho, aunque continúo sin entender.
— Te propongo que le pagues a Charles Gómez los treinta mil dólares requeridos para la rehabilitación de Milagros. — solté ya sin dar más vueltas al asunto y sabiendo de sobra que era una descabellada idea.
— ¿Qué?
— Sé que suena extraño, pero…
—… pero no hay forma de que deje de sonar así, Bill.
— Sí la hay. Déjame explicarte. — Se tragó sus palabras y cruzó sus brazos manteniendo en línea recta el vaso de whisky. — Te han catalogado como un mal hombre y esto es, principalmente, porque la persona con poder es comúnmente la mala de la película. Yo creo que una buena estrategia sería que les cierres la boca a la crítica y pagues desinteresadamente el tratamiento de la niña aunque no influencie para nada en el juicio. ¿Qué dices? — Rió sarcásticamente. Supe que no aceptaría.
— Déjame explicarte algo desde el enorme respeto y cariño que te tengo, Bill. — Tomé aire apretando los dientes. Me mandaría a la mierda de un modo diplomático, lo sé. — Tú hablas de dinero como si a mí me importara éste. Eso es algo que me sobra. Este juicio va mucho más allá de treinta mil dólares que para mí equivalen a treinta centavos. — Su sonrisa socarrona que siempre adornaba su rostro hoy no estaba y se lo notaba molesto. — Aquí se tocó mi imagen como empresario. Cortez Bau Verbunden se encuentra en plena pausa de cualquier tipo de contrato que estuviera llevando a cabo. Sabes perfectamente que estaba en plena negociación con poderosos agricultores españoles en las tierras que pertenecían a Gómez. Pues ahora ese negocio está detenido por una orden judicial, debido a la disputa de dichas tierras— Asentí enfadado. Muy enfadado. —, y así con otros empresarios en distintos sectores de Europa y América. — Hizo una breve pausa en la cual volví a mirarlo. — Como entenderás, este caso ha dejado a mi empresa con una prensa totalmente negativa dándole vueltas. No sólo me embarran a mí, lo que poco me interesa, sino que están manchando el buen nombre de la constructora y perjudican a mis clientes.
— Pero si tú haces esta… llamémosle ‘obra de caridad’, la visión que tienen sobre ti cambiará totalmente. Y como consecuencia, la de tu empresa también.
— Eso no hará que yo pueda disponer de esas hectáreas con total libertad.
— Lo sé. Pero eso es cuestión de tiempo. Ganaremos el caso, estoy seguro de esto.
— Yo también. Pero la mancha y el descontento con mis socios perdurarán. Han tocado mi trabajo y no les daré ni un centavo, ni haré nada que pueda beneficiarlos. Es cuestión de orgullo, Bill. — Ya. Lo dijo todo. — Además fuiste tú quien me dijo estrictamente que no me moviera de diez mil dólares. Fuiste claro.
— Sé lo que dije. Pero también han pasado cosas en este tiempo y me di cuenta de cuáles serían las mejores estrategias a seguir.
— ¿En serio es eso?, ¿o hay algo más oculto?
— Para nada. — aseguré.
— No creo en eso. Y te daré mi consejo desde lo que aprendí de abogacía en mis treinta años manejándome en el ambiente de la presidencia de Cortez Bau Verbunden; nunca involucres tus sentimientos en los negocios.
— Eso lo tengo claro, Albert. Y créeme que no hay nada de eso aquí. — mentí.
— Eso espero. Porque aprendí esto del mejor, de tu padre. — Genial… — No pierdas de vista el objetivo y no perderás tus facultades. — Bebió toda su bebida por completo y yo me puse de pie sin querer permanecer en el lugar por mucho más tiempo.
— Mis facultades están en perfecto estado. Sólo me pareció una excelente publicidad para los medios hasta que sea el juicio. — Tom me imitó en un completo silencio, parándose a mi lado y cruzándose de brazos.
— Muy bien, muy bien. — Sobre la mesilla central con unas flores extravagantes en el centro a modo de decoración, dejó el vaso de vidrio ya vacío. — Además, hijo, ¿crees que esa chiquilla necesitará caminar en un futuro? ¿Para qué? Es evidente que terminará arando tierra como su padre. No será abogada, doctora o alguien de alto rango en la sociedad. Digamos que ese tratamiento será un avance científico desperdiciado en una niña sin futuro. — No dije nada. Es que, de verdad, con una mano en el corazón, ¿se podría acotar algo sin dedicarle alguna grosería? No. — Es pobre, Bill. Los pobres no llegan a nada en la vida.
— Discúlpeme, señor. — habló, para sorpresa de ambos, Thomas después de mucho rato en silencio. Su voz fue determinante y autoritaria. Se hizo notar y Cortez ahora esperaba sus palabras con intriga. — Yo soy un famoso y respetado abogado ahora. Cuento con un título y una prestigiosa carrera. Sin embargo, nací y crecí en una pobreza extrema hasta la edad de diecisiete años. — Parpadeé con energía sin ser capaz de apartar mi mirada de él. El nivel de orgullo en sus palabras y cómo no renegaba de sus raíces, era admirable. — Llegué a vender pulseras para llevar el plato de comida a mi casa. Y, sin embargo, hoy día soy el hermano de la persona a quien usted considera su hijo, soy el hijo del respetable licenciado Jörg Kaulitz y lo estoy defendiendo de pudrirse en un calabozo a usted. — finalizó sin dejar de mirarlo a los ojos. — Y las personas con limitaciones físicas también pueden ser grandes profesionales. En Argentina hay un senador en la cámara de Senadores y Diputados, que es no-vidente. — Cortez y (me incluyo) yo quedamos boquiabiertos. — Ya que tanto sabe de idiomas, culturas y paisajes Europeos, debería informarse un poco más sobre los países latinos.
— Bueno… Thomas, tú…
— Deja, Albert. No hay nada que puedas agregar. — dije ahora yo negando. — Vamos, Tom. — Y así nos volteamos y volvimos a aquella puerta en donde nos esperaba la misma muchacha.
No dejamos a Cortez con la palabra en la boca; sino que lo dejamos SIN palabras en su boca.
.
Le di a Susan un fuerte abrazo y me quedé en la sala escuchando qué tal le había ido en el viaje. Mencioné algunos perdidos detalles de mi internación sin intenciones de adentrarme en ese tema doloroso. Ella entendió y simplemente me escuchó y contuvo por unos minutos. Lejos de liberarme, me sentí terrible por no poder continuar hablando; no con semejante rabia en mi interior.
Pareciera que lo que me propongo se da vuelta a último momento y se me vuelve en contra. Milagros no es nada para mí, es solamente una roca en mi camino para conseguir triunfar. No obstante algo en mí me dijo que debía ayudarla o intentarlo… Y así salió.
A mis veintidós años es probable que haya vivido mucha más tragedia humana de la que cualquier persona de mi edad podría conocer. Vi partir a quienes consideré pilares de mi vida, me abandonaron aquellos a quienes llamé amigos, los cuales veía como grandes inspiraciones y acabaron por destrozar mi vida, abriendo caminos oscuros en ella. Me enamoré y me quedé con una impresión terrible de esto. Jamás he sido el prototipo de hijo que todos desean, pero quizás sea porque me faltó mi prototipo de padre. Nunca tuve un buen ejemplo y me hice como me fueron guiando mis propios instintos. Si soy culpable de algo debe ser de seguir siempre aquello que me dictó una vocecilla en mi interior. No mi cabeza y tampoco el corazón; es probable que se trate de mi consciencia. Si es así, estoy algo molesto con ella.
Aunque mis errores fueron los mejores maestros, también son hoy día mis peores cicatrices. Tal vez no tuve suficientes alegrías como para llenarme el pecho de orgullo y decir que soy feliz, pero esos breves instantes en que conocí algo parecido a lo feliz, fueron valorados al extremo y son ellos los que me mantienen vivo. No soy tan fuerte como parece. A veces el ser duro es también delatar la vulnerabilidad de tu alma y la tristeza por la que pasaste en tu vida. La carencia de amor se debe a que no fui merecedor de recibir demasiado y así poder distribuirlo a quienes me rodean. Es probable que nunca termine de entender que muchas veces mis intuiciones se equivocan y me llevan por caminos incorrectos, pero si existe quien que tenga la verdad en sus manos y distinga a la perfección lo correcto de lo erróneo, lo bueno de lo malo; que se haga presente y me abofetee en la cara.
No nací para ser ejemplo de nadie y si he decepcionado a algunas personas, los invito muy cordialmente a que se vallan a la mierda. No estoy arrepentido de nada de lo que me ha pasado, sólo es que a veces me siento abrumado. Creo que hubiera sido mejor no hacer algunas cosas o no decir algunas verdades; pero al cabo de un tiempo me resigno y entiendo que soy quien soy por esas pequeñas circunstancias en las que merecí un balazo en la frente.
Seguro que existen personas que desearían ver mi cuerpo ya sin vida flotando en un río, y quizás haya quienes me aman y deseen mi bienestar. De éstas últimas no estoy muy seguro. ¿Han notado qué sencillo es identificar a quienes te odian, pero qué complejo es hacerlo con los que te aprecian? Algunos creen que es al revés, que no estás seguro si quien te abraza te clavará un puñal en la espalda. Pero la realidad es, en mi caso, ésta. Es difícil saber con certeza si ese que dice sentir un fuerte cariño por ti, dice o no la verdad. La gente me ha dicho una versión diferente cada vez que hablo con ellas.
La clave tampoco es resignarse a una desilusión o un error. No. No quiero transmitir un mensaje suicida y caótico que acabe con la involuta de las personas para hacer algo. Deben de tener proyectos y metas, pero a lo que yo me refiero es que cada vez que nos esforzamos al 110% para conseguir algo que creemos (al fin) totalmente mundano, sale mal. Cuando creemos que estamos dando todo de nosotros para hacer feliz a alguien, para que sienta el deseo de pertenecer a nuestro lado hasta que el mundo se detenga inevitablemente, para que sea el apoyo de nuestro cuerpo en las incertidumbres, para que sostenga nuestra mano para cuando estemos cayendo por el precipicio…, nada hay. Normalmente son las personas en quienes más confiamos, las que nos terminan abandonando. Yo puedo asegurar esto porque terminé apoyando mi malherida confianza en completos desconocidos.
Hubo un tiempo en mi vida en que sentí el verdadero terror a la muerte. Le tenía un respeto a raja tabla. No quería nombrarla porque sentía que se acordaría de que tenía que venir a buscar a alguien que amaba desmesuradamente. Cuando mi madre enfermó, tuve pavor de dejar pasar un día que pudiera ser aprovechado con ella. Cada segundo en que pasaba lejos de su persona eran como valiosas monedas de oro que completan la riqueza. Y cada día parecía ser más corto y las noches más largas. Los momentos felices se escapaban como se escapa el agua de entre los dedos. No quería ponerme a pensar en que moriría en poco tiempo porque llegaba a herirme; pero a su vez, si no pensaba en esto era probable que ignorara la gravedad del asunto y terminara negándolo. Era necesario recordar a cada instante que ella no estaría por mucho tiempo más. Y, tal cual lo pensaba, una noche nos dijimos ‘hasta mañana’ y no hubo más mañana.
La sensación que experimenté en ese momento fue… fue tan extraña. Mi respeto para con la muerte continuaba allí, pero por otro lado pensaba… ‘¡Jódete! No tuviste respeto por mi madre, hija de puta. ¿Por qué he de tener respeto por ti? Algún día vas a arrancarme de este mundo también, dejando a personas destruidas por mi partida y reirás. Así como seguro ríes ahora.’ Fue entonces cuando empecé a desafiarla día a día. Cada caída en el hospital era un: ‘¡Mira, perra! ¡Aún estoy vivo! ¿Qué harás ahora?’. Disfruto mis momentos en que estoy seguro que me queda mucho tiempo de vida todavía, pero también gozo sentir el vértigo que me acerca a la línea que divide este mundo del otro. Me reí varias veces en su inmunda cara y pareció tolerarlo. Aunque no sé si fui yo quién ganó, o fue ella. Digo… yo estoy aquí, en este mundo de mierda; ¿quién ganó en verdad?
— ¿Qué pasa? — Había escuchado el rechinar de la puerta y los pasos de alguien acercarse hasta mi cama, donde daba vueltas y vueltas hasta que encontrase el sueño.
— No podía dormir pensando que estás mal. — Fruncí mis labios y respiré hondo.
— Dije que estaba bien.
— Es mentira.
— Vale, me conoces. — Moví mi cuerpo más hacia la izquierda de la cama, dejando el sector derecho despejado para que se acostara a mi lado. Así hacíamos antes. Antes… Odio esa palabra.
— Tuviste las mejores intenciones, Bill. — Una vez acostado se volteó para verme de frente y cubrió su cuerpo con las sábanas blancas. Yo miraba el techo en la oscuridad.
— Sí Thomas, pero de nada sirve la intención sin la acción. — Rezongó. — ¿Sabes qué es lo que más rabia me da?
— Dime.
— Que yo estoy aquí, pensando en que mañana me levantaré, desayunaré, iré a trabajar y volveré para continuar con la rutina. Pero ella está en una camilla en ese hospital horrible esperando que algo pase. No puedo evitar sentir dolor por ella.
— Y yo no puedo evitar sentirme orgulloso. — Confundido, volteé mi cuerpo hacia su dirección. Había dejado la puerta entreabierta y podía divisar sus rasgos perfectamente. Sus ojos brillaban, por ejemplo.
— ¿Orgulloso?
— Por supuesto. ¿O creías que iba a echarte en cara lo que hiciste, o iba a juzgarte? No. Me llena de orgullo que te hayas plantado frente a Cortez y hayas dicho todo eso.
— ¿En verdad piensas que el mundo cambiará en un día? — interrogué incrédulo.
— Sí. — respondió con entero convencimiento y sólo quise reír a carcajadas.
— Es una excusa para poder dormir tranquilo a la noche, sólo eso.
— Al menos puedo hacerlo, Bill. ¿Tú puedes decir lo mismo?
Ese recuerdo se me vino a la cabeza. Tenía razón en aquel entonces y se lo negué hasta el hartazgo.
— Gracias, Tom.
— No hay nada que debas agradecer. — sonrió.
— Quiero dejar este tema de lado.
— Estoy de acuerdo.
— Tú ibas a decirme algo ayer en el estudio— frunció el seño. —, pero justo llamó Albert.
—… ¡Oh! Sí, lo recuerdo.
— Bien, te escucho. — Sonrió de manera extraña, como con vergüenza mezclada con picardía. Esa sonrisa que se asemeja a la de un niño a punto de confesar su secreto mejor guardado.
— Desde que estabas en el hospital que me vengo proponiendo algo todos los días. — Habló bajo mi completa atención.
— ¿Qué es?
— No quiero volver a verte así— manifestó seriamente. —, y quiero proponerte algo, si es que me dejas.
— Dime. — Mordió su labio inferior buscando mis manos bajo las sábanas. Las halló rápidamente acurrucadas entre sí. Entonces entrelazó sus dedos con los míos y sentí mi estómago dar un vuelco.
— Quiero que me dejes hacerte feliz. — Ay, ay… ¡Ay! — Digo, Andreas tuvo ya su oportunidad, ¿no?, y no lo logró. — mi silencio le cedió la razón. — Entonces déjame a mí. Sé que te hice mucho daño… no quise hacerlo, pero así fue al final. Y quiero remediarlo de algún modo. — Me miró tímidamente mientras que yo me sentía incapaz de agregar alguna palabra que pudiera arruinar lo dicho por él. Es que fue tan… tan perfecto. O, bueno, perfecto para mí. — ¿Qué dices?
— Yo… — Unos segundos después sentí la necesidad de ceder al orgullo que siempre me caracterizó por sobre todas las cosas. — Sí.
— ¿En serio? — cuestionó con una sonrisa incrédula.
— Sí, en serio. Tú me has hecho feliz antes, así que si hay alguien que puede hacerlo ahora, eres tú. — Luego de observarme unos segundos en silencio, respondió:
— Sí que estás cambiado. El viejo Bill jamás diría algo así.
— ¿Que te dejo?
— No. Sino que te hice feliz una vez. — Asentí desviando la mirada y sintiendo un calor subirme a la cara. Menos mal que todo estaba oscuro, o me delataría. — No sé cómo haces, enano, pero estás volviéndome loco de a poco. — Alcé la mirada a sus ojos atónito por su reciente confesión. — Quizás esté cagándome solo con esto, pero algo tienes que me saca de eje. — Parpadeé reiteradas veces sin salir de mi asombro ante esta faceta desconocida de Tom. — Me encantas. — Su mano subió hasta mi rostro y se apoyó delicadamente sobre mi mejilla. Así se fue acercando e intensificando la presión en mi estómago a cada centímetro que se eliminaba entre ambos.
Dejé caer mis párpados como automáticamente cuando la cercanía se intensificó y sentí el calor de su boca abrazar la mía. Sus labios se movieron de manera lenta y guiaron a los míos a saborear los suyos con cuidado, rozándonos al mismo tiempo que nuestras respiraciones calmas chocaban. Mientras yo apoyaba mi mano en su cintura, él pretendía profundizar más el beso, con su lengua irrumpiendo en mi boca. Le correspondí de igual modo. Fue allí cuando ladeó su cabeza, enderezándose un poco en su sitio y apoyando el peso sobre su codo. Yo quedé boca arriba mientras él acariciaba mi mejilla lentamente.
Mi lengua se deslizó por su paladar de manera lenta y duradera, generando en él un jadeo que revolucionó mi cabeza de un sacudón. Inmediatamente sentí nervios. Ya había olvidado cuándo fue la última vez que sentía nervios al estar con otra persona. Siempre seguro, y más con él, que lo conocía de sobra. Pero, sin embargo, hoy me sentía indefenso e inestable bajo su cuerpo. Esto iba más rápido que yo.
— Tom… — titubeé apenas tuve un espacio entre la presión de su boca. — Tom, espera. — Se separó de mis labios con la intención de bajar a mi cuello. Pero me anticipé a esto y lo alejé levemente con mis manos en sus hombros. — No puedo. — Se quedó observándome en el débil brillo que penetraba la puerta del cuarto.
— ¿No quieres?
— No es querer o no el problema. — Exhalé el aire ya más calmo, pero sintiéndome un completo tonto. — Es que…
— Ya, no importa. — Me sonrió y posó un casto beso en mi boca. — ¿Puedo quedarme a dormir aquí?
— Claro. — dije sonriendo. Entonces volvió a acostarse a mi lado botando un bostezo. Cerré mis ojos sintiendo una tranquilidad llenarme el pecho. No sé por qué, pero tenía la certeza de que estaba seguro. Thomas era como… Caray. Era mi hermano, sí. Bueno, mi medio hermano. Por ende, somos como enemigos naturales. Pasamos por peleas, malos tratos y obviando la relación ‘extraña’ (por no decir incestuosa) que tenemos, nos une la sangre. Somos uno solo. Yo creo que no existe mejor amigo que un hermano.
.
— Buenos días. — saludé a Thomas y a Jörg ingresando al comedor, sorprendiéndome al verlo a Marcel allí sentado sonriéndome. Me extrañé cuando Susan me comunicó que estaban esperándome para desayunar allí, dado que sólo usamos ese sector de la casa para cenar.
— Buenos días, hijo. Mira quién vino a desayunar hoy. — Me acerqué hacia él y me incliné para darle un beso en la mejilla.
— Hola, Bill. ¿Todo en orden?
— Todo perfecto. — respondí rodeando la mesa sintiendo el ambiente extraño. Sin más, me senté al lado de Tom. — ¿Pasa algo?
— En absoluto, hijo. Sólo pensé que sería una buena idea desayunar todos aquí. — Asentí en silencio. Susan ingresó al comedor con una bandeja y mi desayuno ahí. Se detuvo a mi lado y dejó una taza de café y unas tostadas en un pequeño platillo.
— Gracias.
— Por nada.
— ¿Y qué tal tu estadía en Alemania, Marcel?
— De maravilla, Jörg. He visitado algunos lugares.
— Qué bien. ¿Qué clase de lugares?
— Parques, museos, ferias.
— Qué aburrido.
— Thomas. — regañó mi padre y yo pude reír por lo bajo tomando mi taza.
— Es en serio. El hecho de que seas médico no quita que no puedas… no sé, conocer mujeres, salir de fiesta por las noches.
— Entiendo tu forma de pensar, Tom— respondió Marcel manteniendo la calma que siempre lo define. —, y más teniendo en cuenta tu edad.
— ¿Cuántos años tienes tú?
— Treinta y dos. Y con respecto a esas salidas; no estoy aquí para pasear. Vine exclusivamente para ocuparme de la salud de tu hermano. — dijo. — Y tengo una relación en Francia, por lo que no salgo a conocer mujeres, como dices tú.
— Oh. ¿Y ella tiene tu edad, o escogiste a una de veintidós años? — Fruncí el seño cuando soltó esto con notorio tono demandante.
— Es suficiente. — intervino Jörg.
— Deja, Jörg, a mí no me molesta.
— Y no tiene por qué molestarte. Sólo estoy tratando de conocer al doctor de mi hermano. — Marcel se quedó mirándolo fijamente por unos segundos, con un leve rastro de su sonrisa.
— Claro. Y en respuesta a tu pregunta, tiene treinta años y también es doctora.
— Oh, ya veo. — Entonces mi hermano volvió a su desayuno. Había una vibra algo tensa entre esos dos.
— ¿Y cómo vas con eso, Bill? — preguntó ahora. Yo sólo me encogí de hombros dejando el café sobre la mesa.
— Supongo que bien. He estado algo tenso y la otra vez tuve un ataque de ansiedad. Pero logré manejarlo.
— Normal.
— Sí. No vas a recetarme algún calmante, ¿no?
— Por ahora no es necesario.
— Hijo, ¿estás al tanto de la celebración que tendrá lugar el sábado en el salón Casa Blanca?
— ¿Qué? — Thomas levantó la mirada a nuestro padre de modo extraño, como asesinándolo.
— Nada, ignóralo.
— No, Tom. Él habló de una fiesta. ¿Qué fiesta?
— Es una celebración en honor al ascenso de tu hermano.
— Ah… — callé.
— Si no quiere no tiene que ir. Quiero decir…
— Iré. — Tom me volteó a verme. — Claro que iré.
— Además todos esperan verte, hijo. — Volví la mirada a mi padre, quien parecía bastante entusiasmado. — Entre ellos estarán Seeger, Morris, Gianela, Marlom y otros socios de prestigio. — Asentí desmotivado. — Y el jefe de prensa del canal veintidós, el cual está entusiasmado por tener una entrevista con ambos. — Bajé la mirada a mis tostadas. — Puedes llevar a alguien si quieres. Y te he asignado un asesor de imagen.
— ¿Asesor de imagen? Nunca necesité de esos imbéciles.
— Pero ahora nuestro estudio está pasando por una etapa en que todos están al pendiente de lo que cada uno hace. Son el centro de atención, chicos. Y son mis hijos.
— El centro de atención es Tom, Jörg. De mí hablan cuando se preguntan qué coño sucedió conmigo y por qué mi momento de fama pasó tan rápido. — Tomé aire y cerré mis ojos un instante.
— Sé que no tengo nada que ver en esta conversación, Jörg, pero me veo en la obligación de intervenir. — Habló Marcel y levanté mi mirada. — Creo que tanta presión no es bueno.
— No es nada de presión, Marcel. Es el trabajo que Bill cumple desde hace tiempo y dijiste que el trabajo le servía para recuperarse.
— Bill no está en recuperación de nada. — aclaró alzando la voz. — Lo que yo hago aquí es mantenerlo en línea hasta que ya no me necesite. Y tanto movimiento de gente, cámaras, críticas y demás presiones desembocará en otra crisis.
— Discúlpame, Marcel, pero él es mi hijo y yo lo conozco. Sé hasta dónde es capaz de soportar. — Thomas me miró como preguntándome si estaba de acuerdo con lo que decía papá. Yo sólo negué.
— Que Marcel vaya también. — hablé y ambos callaron sus sordas palabras para mirarme intrigados. — Él sabrá qué cosas puedo hacer y cuáles no.
— Estoy de acuerdo. — habló el susodicho.
— Bien. — Terminó cediendo Jörg.
— Listo, problema resuelto.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.
Piola el Marcel 😌