«Apostemos» Temporada II

Capítulo 6: El mundo por delante

Detuve el auto a unas cuadras del hospital. Ya estaba llegando tarde, pero no me interesaba eso. La discusión de la mañana me había quitado el poco ánimo con el que había despertado. Pareciera que mi padre continuaba pensando en sí mismo y en el estudio todo el tiempo, ignorando los acontecimientos que ocurrieron recientemente en nuestras vidas. Nunca aprendió nada. Jamás supo valorar lo que le iba quedando de todo lo que la vida le arrebató. Mi abuelo, su padre, había muerto solo por culpa de su trabajo. Fue descuidando su familia, a él mismo y a mi padre. Así falleció y su mejor legado pareció ser un montón de dinero y un edificio lleno de prestigio. Ni un ejemplo o un recuerdo por el cual valiera la pena tenerlo presente. Ahora Jörg pareciera estar tras sus pasos. Perdió a mamá y continuó igual, me perdió a mí y sigue así. Aún tenemos la posibilidad de reconstruir nuestra relación dañada, pero para eso hace falta quererlo y algo de voluntad.

Estaba asustado. ¿Y si yo seguía sus mismos pasos? No quería continuar llenándome de ambición y acabar perdiendo el rumbo y los conocimientos sobre mí mismo. Porque eso es precisamente lo que sucede cuando alcanzas por lo que tanto has luchado. En el camino haces cosas que creías que jamás harías, y entonces olvidas quién eres y qué necesitas en realidad. Llegará el día en que alcance lo que tanto ambiciono: la presidencia. A ese día le temo más de lo que lo deseo. Quizás ese día detone mi completa destrucción.

Apoyé mi cabeza en el asiento del auto, desabrochándome el cinturón de seguridad y mirando el techo gris del vehículo. Luego de unos minutos que usé para tratar de enfriar mi cabeza, volteé para ver a los niños jugando en la plaza de enfrente. Sonreí de lado.

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— ¡Podrías ayudarme con esto, Geo!

— Mira lo que es esa niña, Bill. — Alcé una ceja como había aprendido de mi papá hacía unas semanas. Adoraba poder hacerlo. Muchos compañeros de clase me envidiaban por esa mirada misteriosa que me daba poder elevar sólo una ceja. — ¿No es hermosa?

— Para ti todas las niñas son hermosas.

— Es que la mujer es una creación perfecta, tío.

— Deja de hablar así— solté con asco. —, ya pareces los chavos de las novelas que mira mi mamá.

— Llega un momento en la vida de todo hombre en que debe pensar maduramente. — dijo con los ojos cerrados y su seño elevado. Algo así como teatral.

— ¿Maduramente? Me suena a manzanas.

— Jamás vas a entenderlo. — Revoloteé los ojos continuando con mi castillito de ladrillos y pedazos de adoquines de la calle. Él seguía observando a la niña de vestido celeste y cabellos rojizos. Nada diferente a las otras ocho niñas que vio pasar por el mismo parque en dos horas.

— ¿Me ayudarás o prefieres continuar mirando a la tía esa?

— Ya. Siempre me convences, desgraciado. — A mis once años aprendí más insultos de su boca, que por la televisión.

— ¡Bill uno, niña fea cero! — Festejé cuando se volteó y volvió a arrodillarse a mi altura, manchándonos ambos las rodillas del uniforme escolar. — Anda, pon ese por allá…

Aquel recuerdo me hizo sonreír. Era increíble lo diferentes que siempre fuimos. Él un niño que soñaba con ser grande por la sobreprotección de sus padres. Amaba a las mujeres, ya desde pequeño se notaba que sería todo un gavilán nato. Y detestaba cualquier tipo de responsabilidad. Yo era todo lo contrario. Quería ser un niño por siempre. Pero no el niño que era en realidad, sino uno de esos de películas y series, querido por sus padres, con una infancia feliz, y quería convencerme constantemente que mi realidad era esa y no la que realmente era. Las niñas fue un tema de descarte que me interesó recién en la secundaria. A la edad de catorce años creí enamorarme de una muchacha de la que no recuerdo el nombre. Su actitud luego del primer encuentro sexual fue digna de una puta y eso me creo un concepto terrible de las mujeres. Algo tan hermoso como el cuerpo femenino degradado cuan puta barata… Las odié.

— Lo siento, Jörg.

— Mi más sentido pésame, Jörg. Puedes contar conmigo. — Papá sólo respondía a las condolencias de sus amigos y socios con un movimiento de cabeza. Unas gafas oscuras cubrían sus ojos. Juraría que estaban secos.

— Lamento lo ocurrido. — ¿Por qué le decían todo eso a él? Él no estaba triste. Él no la quiso jamás. ¡Era yo el que sufría!

Una mano se apoyó en mi hombro y me hizo voltear para ver quién era. Arrodillado frente a mí estaba Albert sonriéndome tristemente.

— ¿Triste? — asentí y él chasqueó la lengua. — Ignora esto, pequeño. ¿Conoces acaso a algunas de estas personas que tan apenadas se ven? — Haciendo un paneo general por el cementerio privado, sólo podía divisar gente grande vestida de colores oscuros.

— No.

— Y tu mamá tampoco los conocía. Así es en estos momentos; aparece gente que jamás viste. — dijo. — Ellos no conocían a tu mami, y tampoco te conocen a ti. Pero yo sí sé lo que Simone quería.

— ¿Qué quería?

— Que su pequeño Billy sea siempre él mismo y que no sufriera cuando ella se fuera. — A pesar de sus palabras, él quería llorar. Lo supe por su voz temblorosa.

— ¿En serio?

— En serio. Y no lo entiendes ahora, pero estas cosas ocurren porque están escritas en algún lugar desde hace tiempo. Exactamente desde que nacemos, Dios nos tiene toda una vida ya planeada.

— Pero… yo estoy solo ahora. ¿Por qué Dios me hace esto a mí?

— Porque sabe que eres fuerte, pequeño— dijo con una convicción que logró calmar mi preocupación. —, y porque sabe que tienes a personas que estarán contigo para apoyarte. Yo estoy aquí. — Sonreí débilmente y sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla derecha. Inmediatamente él me acogió en sus brazos y acarició mi cabeza entre mis cabellos recientemente teñidos. — Déjame contarte un pequeño secreto— susurró en el abrazo. —: yo no puedo tener hijos.

— ¿Por qué? — pregunté impresionado.

— Porque así se dio.

— Pero… tú serías un buen padre.

— ¿Tú crees? — Nos separamos y él mantuvo su triste mirada en mi triste mirada. Éramos parecidos y ahí fue que me di cuenta.

— Sí… ¿No crees que todo esté al revés?

— ¿De qué hablas?

— Mi papá sí me pudo tener y parece ignorarme siempre. Pero tú que no puedes, pasas más tiempo conmigo. — Él sólo sonrió por unos instantes.

— La vida le da cosas buenas a quienes no saben valorarla. Y también le ocurren cosas malas a las buenas. Es hora de que lo vayas sabiendo, pequeño.

Él siempre se apoyó en mí y nunca lo supe. Lo hizo sin echarme presiones. Sólo… le hacía bien ayudarme.

Corrí hacia el despacho de papá con mi evaluación en mano. Estaba contento y aún sorprendido de haber sacado una A en mi examen de literatura. ¡Una A! Era una nota que jamás pensaba sacar, pero que al fin la había conseguido.

Ingresé al cuarto sin tocar la puerta, olvidándome que Albert había venido a visitarlo a casa para acordar algunas cosas de la demanda que le habían puesto, por tercera vez, a su empresa.

— ¡Papi, papi! — grité cerrando la puerta a mi espaldas y recibiendo las miradas de ambos hombres.

— Bill, te dije claramente que debes tocar antes de entrar.

— Lo sé, lo siento. ¡Pero mira! — extendí mi hoja con una sonrisa de payaso en mi cara y él revoleó sus ojos.

— Estoy ocupado, ¿o no lo ves? Vamos Bill, estás haciéndome quedar mal frente a Albert. — Fruncí el seño y bajé lentamente mi brazo.

— Pero… es una buena nota.

— Bien, es tu obligación estudiar y aprobar los exámenes. No pretendas que la gente te felicite cuando hagas algo que debes hacer. — Recalcó el verbo y yo sólo asentí mirando mi examen ya sin verlo como la gran cosa. — Ahora vete que tengo que continuar con mi trabajo. Y que sea la última vez que irrumpes así en mi cuarto.

— Bien.

Sonreí a pesar de ese crudo recuerdo. Supongo que Jörg nunca fue de esas personas que piensan antes de hablar. Bueno, ¿qué mejor ejemplo que yo mismo?

— Hey pequeño, ¿puedo entrar? — Alcé la mirada aún clavada en mi evaluación, releyendo mis respuestas una y otra vez.

— Sí Albert. — Él ingresó acomodando su saco notoriamente elegante. Me gustaba la forma en que se vestía.

— Quiero ver ese examen.

— ¿Cómo dices?

— Es que tú eres tan vago que me es difícil creer que aprobaste en algo del colegio. — Reí socarronamente y me puse de pie de mi cama y le extendí la hoja.

— ¡Corrobóralo por ti mismo!

— ¡Lo haré, burrillo! — desafió y tomó la hoja entre sus manos, leyendo velozmente las preguntas y respuestas. — Hiciste trampa.

—Ya quisieras. Es una A limpia y justa.

— ¿Ah, sí?

— Sí. — Y sin darme cuenta, su desconfianza en mi nota me había devuelto el orgullo por ese esfuerzo que hice para conseguirla.

Él rió y me devolvió la hoja.

— Te felicito, pequeño. — Alborotó mis cabellos y le devolví la sonrisa.

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Siempre ha hecho cosas por mí que pasaban desapercibidas, pero que luego caía en cuenta de cuánto me servían. Y para el resto del mundo Albert puede ser una soberana mierda y un hombre sin sentimiento alguno, ¡pero es una gran persona para mí! Es como quienes admiran a un cantante aunque existen quienes dicen que no tiene talento o que es un completo desastre. Aún así lo defienden con uñas y dientes y lo ven del modo en que en verdad es. Albert siempre fue un ejemplo y mi figura paterna de pequeño. Fue padre sin tener hijos, y lo fue mejor que un hombre que tenía uno. Este caso que llevo ahora no es importante por la presidencia que puedo heredar si lo gano, tampoco por su repercusión y ganancias. Es importante porque defiendo a una de las personas que más quiero y odio que la gente hable de él sin conocerlo. Por eso quiero dejarlo limpio y que todos se traguen sus palabras. Él es como yo; sufrió mucho porque la mitad de las personas que dijeron quererlo y apoyarlo, acabaron echándose hacia atrás y lo dejaron a su suerte. Ahora demuestra su afecto y se ve vulnerable sólo con quienes valen la pena. Somos frágiles y mostramos una especie de coraza, pero siempre hay alguien que nos ablanda.

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Expulsé el humo por entre mis labios entreabiertos y luego solté una estrepitosa carcajada.

— ¡No me detendrán! — grité con la ventanilla abierta de par en par. Nadie me conocía como William Kaulitz por esas zonas bajas de la ciudad; allí sólo era Bill. Por eso adoraba alejarme de la alta sociedad y visitar a mi buen amigo Gustav.

— ¡Chúpenla! — Más alto reímos y más miradas robábamos de pandillas que se juntaban en esquinas y gente que sólo pasaba. Siquiera podíamos identificarlos por la velocidad a la que transitábamos por las angostas calles de tierra. — ¡Menuda fiera tu carro, viejo!

— Es una mierda. — dije.

— ¿¡Qué!? Daría a mi madre por un carro así. — Manipulando el volante con una sola mano, le di otra calada al cigarro de marihuana que había armado hacía un rato. — Oye, detente que tengo algo para ti. — Fruncí el seño y sonreí imaginándolo.

— ¿De qué se trata?

— ¡Sólo detén el jodido auto! — Hice caso frenando de repente y generando que el auto derrapara e hiciera que las ruedas se deslizaran por el asfalto y resonaran en las solitarias calles. — Mira. — coló una de sus manos dentro de su chaqueta y luego sacó un paquetillo plateado y sonrió maliciosamente.

— ¡Oh, sí!

— Y va por mi cuenta.

— ¡Sí que me quieres, tío! — Él jamás regalaría mercancía, pero desde que nuestra relación pasó a algo más de proveedor- cliente, suele hacerme esos presentes de los que también disfruta.

— Y ya está lista. — Mordí mi labio inferior de mera ansiedad con manos nerviosas desdoblé el paquetillo.

— Pásala, mierda. — Le cedí el porro y se concentró en mirar por la ventanilla y darle una despreocupada calada. — Sí, sí… — murmuraba para mí mismo con el paquetillo en mis dedos. Con cuidado de no desperdiciar ni un poco, enfilé el papel de aluminio directo a mi fosa nasal derecha.

— ¡Es todo tuyo, amigo! — gritó como un desquiciado Gustav y sólo pude aspirar desesperadamente y hacer desaparecer todo rastro de cocaína. Ya habían pasado siete horas sin probar.

La última aspirada fue la más fuerte. Cerré mis ojos por unos momentos, pero los abría de nuevo para ver la forma en que desaparecían los relieves de los objetos a mi alrededor. Era… era inexplicable.

— Oh, Dios… — musité soltando el papelillo y dejando que cayera. Yo apoyé mi cabeza en el cabezal del asiento y respiré por mi boca, masajeando mi nariz. Él se empezó a reír y reír. Tanto reía, que llegué a contagiarme en mi transe.

— ¿Puedes conducir ahora, Kaulitz? — Volví la mirada al volante, parpadeando pausadamente y viendo borroso. Mis reflejos han de estar hechos mierda.

— Claro…

— ¡Vamos entonces! — Pisé el acelerador haciendo rugir el motor y sintiendo que el planeta y su curso acababan. — ¡Wuujhu!

El riesgo a morir estrellados en alguna curva era la adrenalina que necesitaba con desespero. Me hacía recordar que estaba vivo y que el mundo era mío.

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By Tom

— La puta madre. Estamos jodidos. — dije en voz alta leyendo los resultados del análisis a los hongos hallados en las paredes y techo de la casa. — Bien jodidos. — Resulta que sí eran tóxicos, pero no para todas las personas, sino que lo eran para los niños menores de diez años. Les genera una especie de bronco espasmo que…

— Permiso Tom. — Alcé la mirada de mis papeles encontrándome con Richael en la puerta. Tímidamente me miraba como pidiéndome la autorización para entrar del todo. Sin encontrar impedimento para no hacerlo, asentí.

— Pasa.

— Lamento si te interrumpo. — Caminó hasta el escritorio donde yo guardaba los papeles en su correspondiente folio. Parecía triste.

— Olvídalo. Es un tema que tengo que verlo con Bill también, así que esperará. ¿Pasa algo?

— Yo… quería hablar contigo. — Estábamos hablando de hecho.

— ¿De qué?

— Siento que las cosas no han terminado bien. Aunque dijiste que jamás empezaron, tú me entenderás. — asentí sin comprender a dónde quería llegar.

— Entonces quieres hablar.

— Sí. — asintió tímidamente.

— Bueno… — Observé por acto de azar puro el reloj colgado en la pared lateral. Marcaba casi las dos de la tarde. — Podemos tomar un café en frente para la hora del almuerzo. — Su rostro pareció iluminarse con esas sencillas palabras.

— Claro, está perfecto.

— Bien. — Intenté sonreír, pero para ser franco… no me animaba para nada la idea de sentarme en una misma mesa que ella y hablar.

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By Bill

— Creo que va siendo hora de que me vaya.

— ¿Qué?, ¿en serio?

— En serio. — Con una mueca penosa, chasqueó la lengua y acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.

— Pareciera que te vas cada vez más temprano.

— Es que cada vez tardas más en despertar, Mili.

— Pues no se vale. — Reí.

— Mañana regresaré.

— Pero para mañana falta mucho tiempo. Además siquiera me has dicho por qué estabas tan triste cuando desperté. — Tomé aire.

— Son problemas personales totalmente aburridos y complejos. Temas del pasado que vuelven.

— Pues… quizás no sepa mucho del asunto, pero mi papá siempre me dice que el pasado es mejor cuando está atrás.

— Tu papá sabe mucho. Ojalá fuera tan sencillo. — Frunció el seño con preocupación y apoyó su manita sobre mi mano, la cual abrazaba la barandilla de la cama.

— ¿Estarás bien, Fede?

— Seguro que sí, pequeña. — Me armé de garantías y confianza que no portaba, sólo con el fin de que ella misma hallara la calma. — Ahora vendrá el Dr. Fred y te dará tu inyección.

— Vale. Ya me acostumbré.

— Sólo serán algunas semanas más. Poco tiempo. — Me correspondió la sonrisa y me sentí más tranquilo.

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By Tom

Pedí un café cortado para mí y un té de hierbas naturales para ella. Me sentía totalmente incómodo sentado frente a frente en un café, como si de amigos de toda una vida llegara a tratarse. Ese lugar que tanto nos vio planear nuestros encuentros más íntimos, hoy nos tiene como dos desconocidos en medio de un tormentoso trámite. Un silencio casi fúnebre y mi mirada clavada en el estudio, en la vereda de enfrente, que se perdía en el gran ventanal de junto, dejaban la puerta abierta para que ella fuera la iniciadora de la conversación. Digo, al fin y al cabo, era ella quien deseaba aclarar algo o preguntar algo. Lo que sea.

— Presiento que tienes una imagen un poco fea de mí. — Empezó diciendo luego de darle algunos sorbos a su té. Yo sólo la miré cuestionador. — La de una interesada, por ejemplo.

— ¿Por qué dices eso?

— Bueno, mi relación con tu hermano no es justamente la mejor.

— Pero yo no soy él.

— Claro— asintió —. Lo último que quiero es terminar de cortar vínculos contigo, Tom. Ahora más que nunca ando necesitando una persona en quien confiar. Un amigo.

— Si es por eso, puedes contar con que estoy interesado— aseguré —. Pero, ¿y Axel? Él ha sido tu mejor amigo desde que llegué.

— Lo sé. Pero… ya. — Se encogió de hombros con la mirada triste. — He perdido cualquier clase de contacto con él desde que renunció. Aunque aún permanece esa duda en mí…, algo hay detrás de su repentina renuncia. Y más creo en ello cada vez que pienso en eso que había descubierto ese día.

— No conozco a Axel, pero si sigues en plan de sostener esa hipótesis de que Bill tuvo algo que ver, te recomiendo que vayas desprendiéndote de dicha teoría. — Solté como incógnito, revolviendo el café sin necesidad. — Fue entendible tu congoja ese día, pero la escena que montaste en plena recepción aquella vez fue equívoca en su totalidad, Richael.

— Sé que es tu familia y vas a defenderlo a muerte, pero yo conozco a Axel. Jamás me hubiera dejado tan sola con el caso. Ya siquiera una esperanza de victoria tengo. Aunque Lucas venga del estudio del mismísimo Seeger, nada tiene que ver su forma de trabajo con la mía; me arruinaron.

— Te arruinó. — Fui preciso en la corrección. — Axel.

— No, Tom. Lamento decirte que Bill está directamente involucrado con esa decisión. Sé que no fue espontánea — Viré los ojos. —. Axel dijo que sabía algo de tu hermano, algo que Bill escondió y sigue escondiendo con mucho empeño. Era algo con lo cual lo perjudicaría mucho e iba a contármelo la noche en que no apareció.

— A ver, Richael… Si hay algo en el mundo que odio, es el cinismo. Y disfrazar una verdad vil con el traje de una inocente travesura, me parece digno de una persona cínica.

— No soy cínica.

— Sí lo eres, Richael — Alcé apenas la voz con el fin de acallar la suya. —. Tratas de culpar a mi hermano de desaparecer a tu amigo, siendo que ustedes dos querían usar un trozo de la vida privada de Bill en su contra. ¿Quién es el que no tiene escrúpulos aquí? Creo que, si Bill tuvo algo que ver con la desaparición repentina de Axel, ambos tienen el mismo grado de culpa. Ambos bandos se han comportado de una manera repulsiva. — Dejé en claro cruzándome de brazos y recargando mi espalda por completo en la silla. Ella sólo suspiró agobiada y echó su cabello hacia atrás de modo despreocupado, pero dejándolo perfecto.

— Creo que perdí el rumbo de la conversación — Me observó apenada y quise restarle importancia. Conmovía esa mirada. —; sólo quería aclarar las cosas contigo y tratar de empezar desde cero.

— Sabes que todo está bien entre nosotros.

— No lo siento así, Tom. ¿Tú podrías olvidar que entre ambos pasó algo y comenzar de nuevo? — Curvé mi labio en una media sonrisa y apoyé una de mis manos sobre la suya. Observó este gesto como ilusionada y me pareció que la mayoría de las personas son demasiado crueles con ella.

— Cuenta con eso.

— Gracias. En verdad eres especial, Trümper — dijo sonriéndome —. No fuiste uno más ni por casualidad. — Negué modesto girando la cabeza sin el objetivo de mirar hacia afuera aunque así lo hice y me encontré de manera involuntaria con una escena que se montaba en la puerta del estudio. Borró cualquier rastro de sonrisa ver a Bill abrazado a Andreas.

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By Bill

Bajé las escaleras casi corriendo mientras guardaba mi teléfono celular en el bolsillo del saco que se movía de un lado a otro. A medida que me acercaba a la puerta de salida entreabierta, la brisa otoñal se colaba entre mis ropas. Jodido frío.

— ¡Andreas, espera! — Grité en vano, pues no pareció oírme. Llevaba las llaves del auto dando vueltas en su dedo índice, mientras sus claros ojos se cubrían con el escuro lente de las gafas de sol y su traje reluciente. Era toda una perfección. — Mierda. — Terminé de descender y abrí la puerta para salir a la ciudad. El aroma a vainilla que tanto navega en el interior del edificio dejó de sentirse y le dio paso al del combustible de los autos y la comida rápida que vendía un carro que pasaba. — ¡Andreas! — Luego de sacarle la alarma a su carro, se detuvo al fin y volteó a verme. Yo peiné mi ya perfecto jopo y tomé aire parándome ante él.

— Bill. — dijo suavemente, pero pareciera de forma fría y distante.

— Necesito hablarte.

— Quedé en almorzar con Julieta, mi hermana. — Asentí entendiendo y advirtiéndole a mi cerebro pensar las palabras exactas.

— Seré breve.

— Bien. Dime.

— No quiero que peleemos.

— No hemos peleado.

— Pero siento que hay miles de kilómetros entre nosotros, Andi — expliqué angustiado. —. Me duele sentir que estás mal.

— Bien no estoy, no quiero mentirte — Guió una de sus manos a sus ojos y alejó los lentes. Entonces supe que me miraba. —. Me duele bastante sentir que, viéndolo desde el punto de vista que quieras, no estamos más juntos.

— Aún somos una pareja. Yo te pedí tiempo.

— Cuesta pensar así. Pero mira, todo está bien. Yo acepto que haya sido una decisión personal y valoro mucho que ahora parezca preocuparte cómo me siento.

— Siempre me preocupas. — Hice saber con firmeza, a lo que él asintió sonriendo.

— No me pidas que actúe como tu amigo porque es algo imposible para mí.

— No… No, yo sólo quiero que no estés triste. O bueno, que al menos haya un vínculo entre nosotros — tomé aire —. No terminamos. Aún estoy para ti si me necesitas.

— Tienes una culpa de la puta madre — Reí tristemente ante su intento de levantar mi ánimo. Una verdad camuflada. —. No tienes por qué sentirte así, Bill. Elegiste esto y debes aprovecharlo. ¿Querías tiempo? Tiempo tendrás. No voy a hacerme el orgulloso y decirte que ahora puedes olvidarte de mí, que tú te lo pierdes. Eso sería mentirme a mí mismo. Sabes que estaré aquí para cuando rompan tu corazón o cuando te des cuenta qué quieres para tu vida. — Continuaba siendo una persona estupenda y yo seguía sintiéndome mal. — No es fácil para mí y veo que tampoco para ti, pero busca cosas que lleguen a llenar ese espacio. — Sin darme cuenta yo estaba mirando el suelo, cuando su mano elevó mi mentón con ternura. Él me sonreía. — Tampoco quiero que estés mal. El hecho de que hayas tomado tú la decisión no quita que te hiera también. — Asentí.

— ¿Sabes qué es lo que más me duele de todo esto? — Hice una breve pausa mientras lo miraba fijamente. —, que no me odies. — Amplió su sonrisa con ingenuidad y me abrazó sorpresivamente. Le correspondí sin dudas y cerré mis ojos sintiéndome tan mierda a su lado.

— Pues te va a seguir doliendo porque te estoy amando más de lo que acostumbraba — Confesó riendo y me contagié —. Y vete preparando para los periódicos de mañana. Presiento que nos están fotografiando ahora.

— Seguramente.

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Luego de lavar el vaso de vidrio que utilicé para servirme un poco de yogurt, sequé mis manos y me dispuse a salir de la cocina. Tom me esperaba en su cuarto. Quedamos en que iba a contarme algo acerca del caso que había descubierto en la tarde. A juzgar por su cara, no era algo de lo que pudiera sacarse mucho positivismo. Aunque, claro, Thomas confiaba en que hallaría en mí algún tipo de solución. Y yo también confiaba en eso.

Al salir de mencionada sala, ingresé automáticamente al living. Allí estaba mi padre sentado en su sillón predilecto. Uno que era de su padre en vida. Creo, aunque no se fíen demasiado de mi memoria, que era de Bulgaria.

— Hijo. — dijo a modo de saludo dejando su inseparable libreta de lado, junto con una birome que resaltaba por su extravagancia.

— Hola. — respondí sin más, así de rápido como me crucé de brazos y ladeé mi peso en una sola pierna. Presentía que algo más diría.

— Quería hablar contigo.

— ¿De qué?

— Es que te he notado distante en el desayuno.

— Cómo para no estarlo. — manifesté en un balbuceo.

— Explícate.

— Llamas a Marcel a desayunar y ustedes dos no hacen más que bombardearlo con agresiones y preguntas.

— Las preguntas acredítaselas a tu hermano; y, ¿agresiones? No comprendo.

— Pasar por alto su función en mi tratamiento es una agresión. — Una mímica de disconformidad fue su respuesta a ese asunto.

— Háblame de Andreas.

— Mejor no.

— ¿Ha pasado algo?

— Ha pasado nada. Quizás ése sea el principal conflicto — pareció no entender. —. Nos hemos tomado un tiempo.

— ¿Un tiempo? ¡Bah! No creo en eso. Es estar o no juntos; fin del tema.

— Era lo que necesitaba. — me defendí algo molesto.

— ¿Tú? ¿Y qué hay de él?

— Estamos hablando de mí, ¿o me equivoco?

— Claro que sí, hijo, pero ahora hablamos de una pareja. De dos. Es importante saber qué ocurre con ambos. ¿Cómo está él?

— Y otra vez con lo mismo. Ve y pregúntale tú. — acabé diciendo ya enfadado. Luego de observarme unos segundos, optó por suspirar y bajar la mirada a su regazo o por ahí. Con la punta de sus dedos sobaba sus párpados cerrados y no dejaba de susurrar algo que no alcancé a oír.

— Lo lamento. Tienes razón en molestarte. — Ahora era yo el confundido e intrigado por saber qué pasaba con él.

— ¿Qué te pasa a ti? — indagué con recelo, sin querer exponer del todo mi preocupación.

— He estado pensando algunas cosas. Ya sabes cómo soy.

— Vives pensando.

— Sí — dijo y me miró nuevamente —. Tal vez no sea un buen pasatiempo a mi edad.

— ¿A tu edad? ¿Qué tiene que ver tu edad?

— Hijo, ya tengo cincuenta y tres años. No soy un joven — dijo y yo simplemente callé —. Al acercarse la proximidad al aniversario de la muerte de tu abuelo, recuerdo lo que me dejó. No sólo lo material, sino en cuanto a valores. — tomó aire y negó. — No hay mucho de lo que sentirse orgulloso. Y quizás lo más arduo es que eso mismo estoy en camino a dejarles. Dinero, un buen apellido, bueno… a Thomas siquiera eso. — Suavicé mi expresión y remojé mis labios algo incómodo. Este Jörg nunca me ha gustado justamente porque no sé cómo actuar cuando se hace presente. Es tan cotidiano para mí lidiar con ese padre orgulloso, egoísta y desinteresado, que me mete en un mar de preguntas toparme con uno que, de vez en cuando, reconoce sus equivocaciones. — Siento que ya tampoco vale la pena preocuparse por si sigo en pie o no.

— ¿Cómo vamos a preocuparnos por ti, si tú no te preocupas por ti mismo? — Llegó a irritarme su victimización. — Fred te recetó unas pastillas más fuertes, te dice que la siguiente crisis podría ser la final, y sin embargo vives fumando tus malditos abanos y te internas día y noche en tu trabajo. ¿Qué tipo de interés muestras por tu salud? Sólo escribes vaya uno a saber qué cosa en esa jodida libreta todo el tiempo. No haces algo que te saque una sonrisa, no sales a comer con amigos como antes, no te tomas vacaciones. ¡No haces nada por ti, papá! — Expulsé como un hueso atragantado. Sin pausa y sin respiro, con la velocidad con que se dan las ideas.

— Tú… — susurró sonriendo de repente, con una mueca incrédula en su rostro.

— ¿Qué pasa?

— Tú me llamaste papá. — Abrí y cerré mis ojos, atónito de que esa simple palabra haya salido de mi boca después de casi tres años. Siquiera lo pensé.

— Bueno… eso eres, ¿no?

— Sí, sí, pero es extraño que me digas así. — asentí rompiendo cualquier tipo de contacto visual sin saber dónde coño meterme. — Yo no lo hago adrede, Bill. Sé que te lastimo a ti y a todo mi entorno no cuidándome; pero me es imposible hablando sinceramente.

— ¿Te es imposible mantenerte con vida?

— ¡Traigo mucha culpa en mi espalda, Wiliam! — gritó más molesto con él mismo, que con mi cruda y directa pregunta. — Cosas que extraño pero que serán imposibles de recobrar. Ya sean personas, épocas… Todo. A mi edad y con los problemas de salud que tengo caigo en cuenta de que de nada me han servido tantos casos magistrales, tanto dinero, fama y éxito. Al fin de cuentas estoy solo. — Mordiéndome la lengua por no gritarle que se jodiera, que se la aguantara solo… Hice lo que cualquier hijo con dos dedos de frente haría. Caminé hacia el sofá y me senté junto a él. Tal vez… Bueno, él no me ha inspirado nunca confianza en mí mismo, tampoco una palabra de aliento. ¿Pero qué excusa tengo yo para no hacerlo con él? No se debe juzgar a alguien por no tenerte confianza, sino juzgarse a uno mismo por no ser capaz de inspirársela.

— Jörg… — Volteó la mirada y la fijó en la mía. Estaba llorando. — Todos hicimos cosas malas alguna vez. Algunos hacen cosas terribles y otros apenas picardías. Pero tú nos has dicho a Tom y a mí que lo importante es pedir disculpas a tiempo y reconocer la parte de error que nos toca — dije con esfuerzo —. Yo podría sentarme y lamentarme por toda la gente que perdí cuando empecé a drogarme, por las decisiones presurosas que tomé y que nada bueno me dejaron, por las cosas sin pensar que he dicho, por el tiempo que desperdicié, en fin… Podría sentarme y sólo llorar, lamentarme y pedir perdón. Pero el daño ya estaría igual de hecho — Luego de unos momentos, continué: —. Es muy probable que el karma del trabajo y de la ambición, nos siga a todos los que acarreamos con ese estudio hasta el último de nuestros días. O no. Tu papá murió solo y dejó todos bienes materiales únicamente. No hay un recuerdo por el cual valga la pena tenerlo presente, y tú sabiendo todo eso deberías ser capaz de cambiar la historia.

— Pero yo ya me equivoqué mucho, hijo. Yo… ya estoy de vuelta.

— Creo que nunca es tarde, Jörg. Si piensas que no hay nada bueno que hayas hecho por nosotros… Por mí, hablaré por mí. Si en verdad piensas eso… pues, dame un momento bonito para recordarte con una sonrisa algún día. — concluí con una sonrisa. Él, entre lágrimas de emoción y congoja, también sonrió y ante mis ojos fue mi papá de nuevo. Seguro hará algo más adelante que la cague, pero ahora olvidaba todo lo que me hizo. Sólo ahora.

— Gracias, hijo. — agradeció y se inclinó en su sitio para darme un abrazo; para darme ese momento bonito que le había pedido.

Sin reproches o cuestionamientos le correspondí con ansias. Era tan extraño abrazarlo sin una cámara fotográfica retratando el momento para alguna revista de política y actualidades. Normalmente esta muestras de cariño, justamente, carecen de cariño. Pero ahora era tan honesta y sincera que me sentí orgulloso del modo en que hablé y afronté una situación ideal para devolverle aunque sea un poquito del dolor que me causó hace algún tiempo. Contrariamente a esto, estaba abrazándolo con los ojos cerrados. Curioso. Con los ojos totalmente cerrados, en esa oscuridad plena y absoluta, sientes las sensaciones magnificadas, sientes más cerca a esa persona. Ahora sólo oía sus sollozos calmarse y sus manos sobando mi espalda.

— En verdad muchas gracias, hijo mío. Eres mi… eres mi gran orgullo, lo mejor que dejo en este mundo— sonreí de lado —. Me hace sentir bien saber que eres mi sangre, que tan buena persona es mi hijo.

— Tranquilo, Kaulitz. Llenarás tu cuota diaria de halagos. — rió secando sus lágrimas. — ¿Mejor?

— Seguro que sí.

— ¿Empezarás a cuidarte ahora? — pregunté serio.

— Toma — Justo al lado de su libreta, estaba la cajetilla de cigarros que fumaba. Para colmo eran los más fuertes del mercado. —… puedes hacer lo que quieras con ellos. No fumaré más — asentí tomándolos entre mis manos —. Empezaré a cuidarme, lo prometo.

— ¿Es en serio? Porque lo has dicho antes.

— En serio. Esta vez estoy convencido de ello. Dejaré de fumar, de beber ese whisky que tanto me gusta. Ya no más.

— Menos trabajo también. — agregué por si se estaba olvidando.

— Pero…

— Pero tienes a Thomas, papá. Él es tu mano derecha, ¿o no? Bueno, que cumpla con su función. Debe tener a cargo el estudio por unos días aunque sea; así como yo lo hice en su momento. — asintió sonriendo ampliamente, casi riendo. — ¿Qué es lo gracioso ahora?

— Que me volviste a llamar así.

— Oh… — rió ya alto y palmeó mi hombro al notar mi pudor con esa palabrilla.

— Está bien, quiero acostumbrarme a ella de nuevo. Así me acordaré de quién soy en tu vida y empezaré a tomar ese rol. El de padre al fin. — sonreí y asentí.

— Será bueno.

.

— ¿Por qué tardaste tanto? — Sólo sonreí de forma extraña, subiéndome a la cama y recostándome como si hubiera trabajado en una mina de esclavos durante años. El descanso era algo que se estaba alejando de mi vida de a poco, casi imperceptiblemente.

— Estaba hablando con Jö… con papá. — Su rostro reflejaba una sorpresa casi nunca vista. Atónito quizás por el ‘hablar’ o por el adjetivo que le había adjuntado a ese a quien llamaba tan formal y fríamente.

— ¿Papá? ¿Estamos hablando de la misma persona?

— Sí, bobo. — Ladeando mi cuerpo quedé mirando hacia él, quien también estaba acostado en la cama, con su cabeza sobre el puño cerrado de su mano. — Dice que está algo deprimido y sentí algo tan extraño que me obligaba casi instintivamente a apoyarlo. Algo en mí no deseaba verlo de ese modo.

— Caray… No tienes idea del gusto que me da oírte hablar así.

— A ti te da gusto y a mí me preocupa. — repliqué con una risa nerviosa.

— Es tu padre, Bill. En algún momento había que enterrar los rencores. No vaya a ser cosa que algún día llegue a faltarte y te arrepientas de por vida.

— ¡Tom! — grité asustado mientras golpeaba su brazo levemente.

— ¿Qué? Tengo razón. Nunca sabes, Bill. Todo es tan corto y rápido, que debes aprovechar la vida, los momentos. Bah… eso creo yo.

— En eso te basas.

— Sí. — reconoció sonriéndome. Yo sólo observé mis dedos jugando con una de las esquinas de la almohada. Pensativo.

— No sé. Me cuesta, eso seguro.

— Totalmente.

— Pero luego pienso en el deseo enorme que sigo teniendo de experimentar qué es tener un papá. Ya sabes, alguien con quién bromear, hablar sin problemas, cuidarlo. Jamás lo viví. — Sin palabras de por medio su mano fue a dar con las mías que se encargaban de hacer pequeños nudos en un hilo suelto del almohadón. Observé esto detenidamente, encontrándome con sus ojos luego.

— Sabes que aquí estoy para ayudarte — habló sonriéndome con confianza. —. Seré tu apoyo si te cuesta.

— Gracias, Tom. Nunca dudé de eso. — Bajó la mirada casi avergonzado y yo sólo pude morderme el labio inferior con saña sin dejar de observarlo. Aunque, luego de unos segundos algo tardíos, entendí que… no era bueno. ¿Por qué mirarlo con tanto anhelo y dedicación? No. — Oye, dime qué pasa con el caso. Dijiste que tenías algo importante para decirme. — Hablé con rapidez, intentando callar simultáneamente las vocecillas internas que me gritaban que era adorable y que debía abrazarlo, besarlo, etc.

— Me puse a analizar los resultados de las pruebas a los hongos que estaban por las paredes y techos de la casa.

— ¿Y?

— Malas noticias. — Solté su mano y masajeé mi frente como quien recibe un mazazo allí.

— Dímelas. No hay de otra, ¿o sí?

— Se trata de un hongo que se reproduce en épocas cálidas, en paredes sin revoque, con humedad. Normalmente en casas antiguas. Es dañino para la salud de niños menores a diez años.

— Milagros tiene nueve y su pequeño hermano cinco.

— Sí. Les provoca bronco espasmos, deficiencia respiratoria y cardíaca con el pasar del tiempo. — Negué molesto.

— ¿Te das cuenta de que esto es una mierda?

— Sí.

— Una soberana cagada.

— Sí.

— ¡Una garcha!

— ¡Sí! — Tomé aire con mucho esfuerzo y lo boté bruscamente.

— Seguro Sanders está al tanto de esto y nos va a violar literalmente en el juicio. Joder.

— Es un laberinto sin salida. No hay forma de verle el lado de bueno a semejante enredo — suspiró. —. Pobre gente. Siquiera sabían que iban a sufrir tantas cosas. Sólo querían progresar. — Ignoré ese ataque de humanidad que le suele dar repentinamente y me centré en buscar una solución rápida. — Encima estaban a la completa deriva. Con un contrato feudo… ¡pff! Imagina. — Mis cejas se fruncieron y volteé la mirada hacia mi hermanastro. Sin entender mi mueca cuestionadora, buscó en sus palabras el error. — ¿Qué?

— Acabas de decir la solución tú mismo.

— No entiendo.

— El contrato es feudo, ¿no? Es de palabra. Entonces no pueden usarlo en nuestra contra.

— Bill, eso lo dejamos en claro hace tiempo.

— No, escucha. Voy por el camino de que en ningún lado hay una prueba concreta de que los Gómez compraron esa propiedad para vivir. — No entendió, el muy imbécil. Y yo ya me revolcaba en la gloria de tener una idea que, sabes, no fallará. — Cortez vende la casa…

— Sí.

—… por contrato de vasallaje…

— Sí. — asentía a medida que las oraciones avanzaban. Similar a un niño pequeño.

— ¿Dónde dice que en esa casa vivirán dos adultos y dos niños?

— En el contrato… ¿en el contrato?

— ¡Exacto!

— Y el contrato no entra en tema de juicio.

— Muy bien, Tom. Vas aprendiendo. — Apremié sonriendo mientras él asentía reiteradas veces. — Obviamente que es cuestionable por qué un hombre tan prestigioso como Albert Cortez acepta estampar su firma en un contrato de vasallaje, pero eso lo vemos sobre la marcha.

— Me sorprendes, Bill.

— ¿Por qué?

— Porque eres muy rápido para hallarle el lado conveniente a las cosas.

— Sí. Ojalá fuera así con mi propia vida. — dije lamentándome, pero riendo sin embargo.

— ¿Estás nervioso por el juicio?

— No. ¿Tú sí? — La ausencia de una respuesta me demostró su confirmación. — ¿Pero por qué?

— No lo sé. Me pone nervioso qué podrá pasar. Quiero ganarlo, pero sé que si Cortez es declarado inocente no se hace justicia.

— Desde mi punto de vista es totalmente distinto. No me interesa lo que hizo y cómo afectó a esas personas. A mí me interesa limpiar el nombre no sólo de un cliente, sino también de un segundo padre.

— Te entiendo.

— Aunque sólo quiero que pase. — Cerré mis ojos unos momentos y luego me volteé, moviéndome de manera brusca en la cama y mirando al techo después. Poco me interesó despeinarme o desarreglar la cama de mi hermano. De hecho, su rostro sonriente con mi cambio de postura me observaba desde arriba y se colaba en lo plano de las tablas del cielorraso. — Qué lindo eres, desgraciado. — solté sin pensarlo y quise arrepentirme de ello, pero me fue totalmente indiferente.

— ¿Disculpa? — cuestionó sonriendo con sorpresa. Era raro oír un halago desprenderse de mi boca orgullosa y soberbia.

— Sí. En todo sentido. Eres una linda persona, Tom. Qué envidia.

— ¿Hablas en serio?

— No pararás de dudar de mi sinceridad hasta que te diga que es mentira. — rió elocuente.

— Vale. Gracias. — Irguiéndose en su parte de la cama, pasó un brazo por arriba de mi estómago, acorralándome así. — ¿Y ese ataque de sincericidio?

— No sé. ¿No dijiste que hay que aprovechar el momento? — A ver… recapitulemos esto. ¿Qué dije? Aprovechar el momento, ustedes lo leyeron claramente. No hay una clave oculta o un mensaje subliminal. Simplemente dije eso. Pero la reacción de mi hermano me hace pensar que malinterpretó por completo la sencillez con que yo dije esto.

Decayendo sobre mi cuerpo, estaba besando ahora mis labios. Provocaba en mí… algo como… emm… es inexplicable. Es difícil describir un ¡Pum! ¡Bam! ¡Plaf! ¡Bom!; en el estómago. Sólo con el contacto me daban ganas de correr un maratón entero.

Acaricié su mejilla con delicadeza, casi rozando apenas. Él me hacía sentir indefenso y estaba casi seguro que nada de lo que hiciera ahora podría devolverme el valor de alejarlo, de enfadarme con él, de defenderme si quisiera herirme. Supe que en ese momento era totalmente vulnerable a él. Mientras su lengua pedía permiso a mis labios gustosos de entreabriese, ladeando la cabeza y respirando mi respiración, yo simplemente correspondía. Era como obedecer a un deseo mutuo. Adelante, nómbrenme a Andreas, a Richael, a mi padre, al estudio o al juicio; ahora era tan egoísta cuan Narciso y nada de eso iba a detenerme. Nada podía alejarme de su boca o su cuerpo. Ahora estábamos tan conectados que ignorábamos cualquier movimiento o cambio en el espacio. Pensábamos lo mismo, sentíamos lo mismo, y queríamos también lo mismo. Díganme si se puede contra tanta predisposición junta.

Mi mano bajó a su cuello, en donde quise presionar más de lo que ya venía presionando. Y su mano presurosa la sentí deslizarse por mi muslo, subiendo por mi pierna con el fin de filtrarse entre mi ropa y establecer un contacto con mi piel. Fue entonces cuando algo me dijo STOP. La mente quizás. Pero no quería que esto avanzara más. Si me piden una palabra para describirles este impulso de detener el curso casi inevitable que habían cobrado las circunstancias, sería Miedo. Sentí pánico.

— No — hablé decidido hundiendo más la cabeza en la almohada y empujando sus hombros. Así nos separamos bruscamente y me miraba confundido. —, basta.

— Pero… no te entiendo. Lo hemos hecho antes. — ¿¡What?! Así fue mi cara. De un grandísimo ¿¡Qué carajo!?

— Oh, claro. Eso es entonces.

— Sigo confundido, Bill.

— ‘Lo hemos hecho antes’. Follar, ¿no?

— Amm… no tienes que llamarlo así si no quieres. Digámosle tener sexo. ¿Mejor?

— Quítate. — Terminé por darle más empujones y quitarlo de encima de mí definitivamente.

— Espera, no comprendo nada, Bill. ¡Explícame! — Me senté en el borde de la cama acomodando mis cabellos mientras él se arrodillaba sobre el colchón.

— Ése es tu problema. Nunca entiendes. — Me paré de un salto y me dispuse a marcharme, pero otra vez me detuvo.

— ¡Bill! Quédate aquí y aclárame estas dudas. No sé qué hice o dije de malo. — Me volteé y su rostro era un poema. El desentendimiento y la confusión iban de la mano en su cara.

— ¡Nada, Thomas! ¿Es que siempre debo ser un culo dispuesto a coger para ti?

— Oye, ¿por qué eres tan guarro? En ningún momento te falté el respeto.

— Pues ya para. — Bajó de la cama y se paró frente a mí con las manos nerviosas frente a su estómago. — Ya deja esa estrategia de ser cordial, de ser amable y bueno conmigo. Eso es viejo y ya no caigo.

— ¿De qué me hablas ahora?

— ¡De la apuesta!

— ¿Qué tiene la maldita apuesta?

— Que ya te casé tu jueguito desde un comienzo, Thomas. Lo único que te interesa es hacer un caminito directo a quedarte con todo. ¡Con todo!

— ¡Para con tus gritos! ¿Y la apuesta? ¡Siquiera recordaba esa jodida cosa! Sí, aún está en pie, supongo yo, pero la ignoraba hasta ahora que la nombras. — Una risotada tan irónica como sarcástica salió de mí.

— ¡Vaaaamos, Trümper! ¿Tú vienes a hablarme como un desinteresado? ¡Por favor que no nací ayer! Cada palabra, cada gesto o situación está hecha a medida de tus conveniencias.

— ¿¡Acaso crees que soy un maldito desalmado!? ¡El dinero no fluye por mis venas, Bill! ¿Piensas que soy una maldita máquina que mide cada dólar que da?

— ¡Sí!

— ¿No crees que puede nacer algo espontáneo de mí?

— Con tanto poder en juego, no.

— Genial — ironizó virando la mirada y negando como en medio de una desilusión. —. Yo me pregunto si soy yo quien vive pensando en la apuesta, o eres tú. — Abriendo mi boca en medio de una indignación, se apresuró. — Porque eres tú el que no se deja besar, tocar, o simplemente alentar sin creer que hay intenciones ocultas tras las muestras de afecto más transparentes. Quizás sea tú el que está todo el tiempo calculándolo todo para no descuidar su dinero y su éxito. En fin. Todo material es lo que llena tu mente.

— Cree lo que quieras. — Girándome, pretendí huir a grandes pasos de la recámara. Lo escuché maldecir y correr hacia mí antes de que mis dedos tocaran la perilla de la puerta.

— ¿A qué le temes, Bill? — preguntó desesperado después de voltearme por la cintura. Sin quererlo me vi acorralado entre su mirada y mis nervios.

— A nada.

— Hay algo que te inquieta. Y ese algo, estoy seguro, es el que no te deja hablar dos palabras conmigo sin dudar, el que no te permite simplemente besarme. Hasta las cosas más sencillas como acostarnos te parecen una estrategia para hacerte sufrir, ¡date cuenta de lo descabellado de tu mente!

— ¡Te dije que lo olvides!

— ¡No puedo! Me inquieta saber qué coño te ocurre. Quiero saber qué pasa por tu mente, Bill. Déjame ayudarte. — Tragó saliva tomando aire. Estaba tan exaltado que aumentaba mis histerias internas. — ¿Qué es lo que te da tanto miedo? ¿Por qué estás tan inseguro de cada cosa que digo? ¿Por qué no puedes confiar en mí? ¡Habla! — exigió ya alzando la voz. — ¿A qué le temes?

— ¡A enamorarme! — grité más fuerte que él, exasperado y a punto de estallar. No habría forma de borrar lo confesado y mucho menos de escapar de menuda epifanía. — Tengo miedo a volver a enamorarme de ti. — luego de esto, lo odié. — ¿Estás contento ahora? — Lo odié por obligarme a confesar un secreto que siquiera yo sabía. Quería negármelo a mí mismo, supongo. Pero él se aprovechó de, como dije, esa vulnerabilidad que me atacaba cuando estaba con él. Por esto no confiaba en sus palabras o acciones. No eran sinceras si conseguían arrancarme una verdad tan íntima así nada más.

— Bill… — susurró sin saber qué decir y alejarme de él saliendo del cuarto le indicaron que no había nada que pudiera hacer exactamente. Todas sus opciones para aliviar mi enojo eran nulas.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Un comentario en «II Apostemos 6»

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