«Apostemos» Temporada II
Capítulo 7: Juramento de tenencia
Me había dormido hasta que la luz del día dejó de brillar y le dio paso a la penumbra de la noche. Entre las cortinas blancas de mi ventana llegaba a verse claramente el reflejo de la luna en etapa de cuarto creciente. Ésta anunciaba que no llovería, pero el frío era un claro indicio de que el otoño al fin llegó para quedarse.
A pesar de estar físicamente descansado, mi mente seguía adolorida. Una jaqueca atacaba cualquier tipo de idea y me impedía caer en razones. Cuando se arregla un problema, tiene lugar otro. No se sabe lo abatido y derrumbado que se está, hasta que te ves acostado en tu cama, mirando al techo y rogando por dormir y así olvidar las peleas, las decisiones por tomar, la presión. Presión, presión, presión y presión. Llego a descuidarme a mí y más a lo que quiero.
— Maldita sea. — Sentado como estaba en el borde del colchón, estiré mi brazo hacia la mesita de noche y tomé el teléfono móvil apagado en mis manos. Manteniendo oprimida la tecla de cortado, las luces de éste se encendieron y me dieron directo en mis ojos cansados que a duras penas se adaptaban a la luz del velador. — ¿Un correo de voz? — Con curiosidad quise oírlo y saber de quién se trataba. Qué era tan importante como para no llamar más tarde.
Guié el aparato a mi oreja y escuché las palabras que Gustav emitía:
— ¡Bill, viejo amigo! ¿Es que siempre debo ser yo quien llama? En fin, tengo un buen negocio por aquí. Ando necesitándote… Quiero una respuesta rápida, así que llámame apenas oigas esto. Adiós Billy.
A esto me refería cuando decía que era uno atrás de otro.
Unos golpes en la puerta me hicieron ponerme en guardia y bajar el teléfono móvil a mi regazo y dejarlo allí sin uso. Me enfadó la posibilidad de que sea mi hermanastro. Él sólo empeoraría las cosas.
— ¡Thomas, si eres tú…!
— Soy yo. Susan. — Suavicé mi expresión después de escuchar su nombre y su voz. Una tranquilidad al saber que no pasaría por el mismo grado de tensión y nervios, consiguió hacerme ceder.
— Pasa.
— Hola. — saludó con una cálida sonrisa en sus labios, asomándose por el umbral y penetrando por completo el cuarto. A sus espaldas se garantizó de preservar la intimidad con la puerta cerrada y luego avanzó hacia donde yo me encontraba sentado, con el pelo histérico y las ropas arrugadas. — ¿Puedo hablarte un momento?
— Siempre hay tiempo para ti, Su.
— ¿Qué anda pasando contigo, Bill? Recuerda que tenemos una charla pendiente — Luego de unos minutos sumergidos en un silencioso ambiente, volvió a insistir en el tema. —. ¿Qué me dices al respecto?
— Pues dime tú. ¿Qué debo decir para así calmarte? — interrogué con notorio agotamiento. Ella simplemente escuchaba con atención, sin muecas o gesticulaciones que delataran sorpresa o enfado. — Porque pareciera que todos a mi alrededor poseen un manual de sus necesidades. El único histérico, confundido y acorralado entre la razón y el corazón, soy yo.
— ¿Por qué lo dices?
— ¡Vamos, Susan! Es obvio que todo el maldito tiempo están esperando que diga algo que los calme, algo que les haga saber que estoy de pie y que así será por mucho tiempo más. ¿Entiendes lo que digo? Me refiero a que siempre debo estar satisfaciendo a los demás ignorando por completo mis necesidades.
— Estás siendo demasiado abaratado.
— No Susan. Es así en realidad. Todos se han puesto de acuerdo para joderme de alguna manera la vida. Si no es uno, entonces se revela el otro. ¡Estoy hasta la coronilla!
— ¿Quiénes son todos para ti?
— Pues tienes a Jörg, que desde que Thomas vino a vivir aquí es el hijo perfecto, su mano derecha ahora y pareciera ignorar que yo estuve desde un comienzo soportando su ausencia, sus ignores constantes. El mismísimo Thomas que me arrebata constantemente todo.
— Sigues con tus todos. — Hizo notar con tono burlón.
— Todo es todo. Vive sacándome de quicio, mi convivencia junto con él se ha vuelto una odisea. Luego viene Andreas amándome sobre y ante todo— Negué casi esquizofrénico—; me hace sentir una sabandija que sólo ha jugado con sus sentimientos sin ningún tipo de límite o pudor — En pocas palabras… lo fui—. En el estudio está Richael… Esa maldita puta que se cree con el derecho de tratarme cuan trapo de piso. Se atreve a amenazarme y andar como la reina del lugar. — Finalicé por mi propio bien sobando mi cabello. Observaba el piso prácticamente exhausto. Hasta me fastidiaba hablar.
— A ver… Empecemos por tu papá— dijo ella a mi lado sin que yo volteara la mirada en su dirección. —: lo culpas por darle a Tom lo que le negó por casi quince años, Bill. ¿No crees que ya va siendo hora de que Thomas sienta lo que es tener un padre orgulloso de ser, justamente, su padre? Sigues con el viejo discurso de Thomas queriendo robarte tu puesto en el estudio. Entonces yo llego a la conclusión de que actúas como un niño inmaduro — Definitivamente yo odio que me llamen inmaduro. Es uno de los insultos más hirientes para mí. Seguro se debía a que lo era, es por eso que me tocaba tan de cerca. —. ¿Thomas no puede progresar en su trabajo? Es un abogado capaz, una persona inteligente que puede ascender. Tus títulos y casos invictos no van a desvanecerse por su culpa — dijo —. Con el tema de Andreas no voy a meterme porque no soy quién para interferir en asuntos de pareja… o ex pareja— corrigió en un susurro—. En fin, yo lo veo desde el lado de afuera y veo dos víctimas. No creo que tú seas el malo de la película, sino una persona que ha sufrido para intentar hacer feliz a quien quería. Y en cuanto a Richael, bueno… ella es una muchacha bastante fantasiosa. Cree que el dinero hace a la persona y que eso es lo vital en el curso de la vida. Sola se irá dando cuenta de su error. Mientras tanto no debes permitir que te afecte.
— Es sencillo hacer todo un epílogo de mis problemas desde tu lugar, Susan.
— Es que no son esos tus problemas. Esas son personas que componen tu vida diaria, Bill. Los problemas no están en otro lado que en tu cabeza y tienen la importancia que quieras darles— Reí incrédulo—. Es en serio— Habló ya más severa—, deja ya de ser tan terco y cerrado, Bill. Te estás convirtiendo en una persona obstinada que cree que tener una coraza que te endurece día a día es lo mejor. Va siendo hora de que aprendas que la vida va por otros rumbos.
— ¿Y cuáles son esos rumbos, Susan? Dime, a ver. — La desafié mirándola, ahora sí, a los ojos de modo directo.
— Ser tú mismo, por ejemplo. Dejar atrás los rencores y miedos. Tú no eres así, Bill. Yo te conozco perfectamente y sé que eres dulce, divertido, espontáneo…
— ¿Y de qué vale ser así? ¡De nada! Al fin de cuentas la vida te pisotea y te demuestra que el amor sólo es una bonita palabra. Es mucho mejor cuando procuras no querer a nadie, porque tarde o temprano te abandona y se marcha lejos.
— No.
— Sí.
— Estás equivocado— Con un sonido de disconformidad enfoqué mi dura mirada al frente —, y lo reconocerás cuando aprendas a vivir siendo tú mismo. El día en que mires hacia atrás y veas a este Bill tan contrario… te darás cuenta de lo ficticio que es todo en ti.
— Este soy yo.
— Me duele ver que aun cuando estás quedándote solo te empeñas en continuar alejando a quienes amas— Touché. —. ¿Con qué necesidad, pequeño? — Su mano se apoyó en mi rodilla con tanto cariño…—. Deja ya de ignorar este presente. Deja de vivir bajo la presión de ser como la sociedad te obliga a ser. Sé tú mismo y siéntete orgulloso de eso.
— Deja ya las fantasías.
— Aunque no lo creas, el que cree en fantasías eres tú. Yo soy realista.
— No me digas. Eres realista viendo la vida de rosado. — ironicé.
— Tú dependes de la constante fantasía en donde todos te traicionan y planean cómo acabar contigo— Segundo touché. Mierda. —. Para todos eres una armadura caminante, pero a mí no vas a engañarme. Te conozco desde antes que tú a mí y sé que eres una persona que sufrió demasiado, que se ha cansado de pedir a gritos atención siempre. Sé que te duele ser como eres ahora justamente porque detestas fingir. Billy— Su mano libre movilizó mi rostro por el mentón. Eran tan suaves y siempre olían a limpieza. Al verla no pude contener unas cuantas lágrimas silenciosas. —, no tengas miedo conmigo. Ya deja de vivir bajo la presión de ser alguien perfecto, de pensar constantemente en las apariencias. Ya le has demostrado al mundo entero que eres un magnífico abogado, uno exitosísimo. Pues bien, ahora demuéstrale a ese mismo mundo que también puedes ser una gran persona. Hazlo ahora, pequeño. Sé tú mismo sin miedo a que te hieran, porque el dolor es la parte más educativa de la vida.
— Pero ya me lastimaron demasiado. — sollocé sin vergüenza. Ella era mi mamá aquí en tierra, de este lado del plano del mundo.
— Lo sé, precioso. Créeme que lo sé. Pero yo estaré aquí para sostenerte si vuelven a tirarte al suelo. Ten la certeza de que siempre habrá alguien que te sostenga. Nadie jamás está solo, pequeño.
— A veces tengo miedo de volver a caer. Creo que seguir por donde estoy es la mejor solución.
— No hay forma de saberlo si no lo intentas— Asentí sorbiendo mi nariz y, ya una vez libre de su agarre, continué estudiando el suelo y la pared con la mirada perdida. —. Entiendo tu congoja, pequeño. Yo también pasé por duras situaciones en mi vida, pero cuando alcanzas una cierta edad es hora de remendar esas heridas y saldar cuentas pendientes con quienes debas. Has de tomar decisiones que definirán tu personalidad día a día. Somos lo que hacemos; es así— Botó un suspiro y continuó acariciando mi rodilla. —. Lo importante es que sigues de pie. Eso no todos pueden decirlo. Eres fuerte, Bill, o supe desde el día en que tu madre murió— Sonreí de lado involuntariamente apenas oírla nombrar. —. Superaste hasta la partida de tu hermanastro, de tu gran compañero. Era toda tu familia en ese entonces y tuvieron que separarse— Hablaba recordándolo y obligándome a hacer lo mismo también. —. Eso te destrozó.
— Sí.
— Y cómo no, si era el primer gran amor de tu vida. La primera vez que te enamorabas y así te pagaba. — Asentí pensativo y de repente… Un momento.
— ¿Qué dijiste, Susan? — interrogué con los ojos abiertos de manera similar a dos platos para sopa. Pero su risilla socarrona acabó por provocar en mí un calorcillo como si estuviera dentro de un horno. Ella… ¿sabía? ¿¡Cómo coño sabía!?
— Más sabe el diablo por viejo que por diablo, Billy. — citó riendo más alto. Ya se reía de las gotas de sudor que seguro se desprendían de mis sienes.
— Pero… — Giré mi rostro horrorizado y pálido como una hoja lisa seguramente.
— Me has subestimado, pequeño. No miento cuando digo que te conozco demasiado, y esa carita de niño enamorado a tus quince años te delataba. Cambiaste totalmente cuando Thomas llegó a tu vida.
Aún no salía de mi interno asombro. Era como una piedra que cae en la superficie de un arroyo y genera ondas que mueven una pequeña canoa, asusta a unos peces y queda en el olvido. No percibes que su recorrido continúa y que debajo del agua moviliza otras miles de partículas estancadas en un mismo sitio por años. Es decir, olvidamos que no sólo debíamos escondernos de lo superficial, sino que nuestras miradas o actitudes tenían tal repercusión, que Susan supo leer entre líneas. Qué paradójico.
— Caray, Susan. Esto es tan vergonzoso…
— ¿Por qué?
— Porque sí. No es cualquier cosa, ¿entiendes? Se trata de mi hermanastro. No es correcto.
— ¿Y qué lo es? — Callé —. Bill, en este mundo en el que hay tanta maldad y sufrimiento, ¿crees que llega a ser incorrecto enamorarse?
— Duele.
— Lo sé. Amé con locura al padre de mi hija y he llorado noches enteras. Pero lo vale. De hecho, todo vale cuando amas.
— No para mí— Mi postura era inamovible. —. He sufrido antes y sé lo que pasé por su culpa. Ese miedo siempre estará. Lastimar o ser lastimado.
— Es curioso— analizó. —. Tom me dijo algo similar.
— ¿Cuándo?
— Recién, cuando hablé con él. — Anonadado me quedé ante su confesión y me sentí un idiota.
— ¿Hablaste con Thomas acerca de esto?
— Sí. Y dijo…— Unos golpes a la puerta interrumpieron sus joviales palabras. —… que hablaría contigo. — Finalizó con una perversa sonrisa. Yo empecé a hiperventilar observando la puerta como la barrera a mis miedos. Una barrera que Susan derribaría, supe, cuando se puso de pie.
— ¡Espera! — grité en medio de un exaspero —. No abras.
— Dime una buena razón para no hacerlo— Yo sólo callé. Había miles de razones para no abrir esa puerta y dejarme solo con Tom, pero en absoluto había siquiera una buena. —. Recuerda lo que hablamos, Billy. Suerte. — Inclinándose, besó mi frente como mi mamá lo hacía hace unos buenos años atrás. Eso me hizo sentir aliviado y suelto.
Caminó unos breves pasos hacia la puerta y la abrió sin tomarse una pausa para verme y retractarse. Simplemente salió y le hizo un gesto cómplice que no pude ver desde aquí. Sudando por dentro estaba y deseando no andar por esos lugares del planeta ahora mismo.
— Permiso— Habló suavemente y sin titubeos. A contrariedad de mí, él aparentaba calma. —… ¿podemos hablar? — Lo miré desde mi cama y él cerró la puerta apoyándose en la madera de ella. —. Pero hablar, eh. No quiero discutir de nuevo.
— Vale. — A mí me costó decir esa sencilla palabra, que a él todas las que ya había soltado.
— Se me hace difícil convivir contigo sabiendo que tengo que cuidarme de qué palabra decir, que gesto hacer u omitir— Empezó viniendo hacia donde yo me encontraba. Parecía que se acercaba muy rápido. Siempre creo que las cosas entre nosotros van más rápido de lo que estoy preparado. —. Esto pasa desde que llegué, pero ahora… ahora pareciera que debo cuidarme el doble.
— Es lo mismo.
— No— Se sentó junto a mí con la mirada al frente, mientras yo permanecía observando mis botas en el suelo. —, porque ahora me importa si algo de lo que digo te molesta.
— ¿Qué?
— Eso— Me faltaba el maldito aire, el calor me subía a la cara. No era vergüenza, era… no sé. —. Piensa lo que quieras; si deseas creer que estoy engañándote y que tengo la apuesta metida en la cabeza ahora, adelante.
— Déjame aclarar eso…
— No quiero que lo aclares — Interrumpió mirándome ahora. Hice lo mismo y esbozó una sonrisa camuflada en su rostro. —… porque te entiendo. Es una paranoia constante. ¿Sabes?, a mí me ocurre al revés. Tú temes que no esté siendo sincero contigo y que sólo pretenda enviarte lejos y quedarme con todo. Pero yo tengo miedo a que alguno se enamore porque… de alguna manera, perdería de todos modos.
— No. Si yo me enamoro de ti, el que pierde soy yo. ¿O no era así? — Río mientras asentía.
— Sí, así es. Pero te marcharías de mi vida, Bill. Dime, ¿no pierdo yo también? — Tragué grueso y volví la mano que él no veía, la que descansaba a mi derecha sobre el colchón, puño. Tanto la apreté que sentí que me cortaría con mis propias uñas. Nervios en su estado más natural, gente. — Mira, Bill, quiero reconocer algo aquí y ahora: yo también tengo miedo de qué pueda pasar de ahora en más— En sus ojos había algo que parecía sincero. Eso mismo observé todas las veces que me dijo cosas bonitas, que quiso ayudarme o estar presente en algún penoso acontecimiento. ¿Por qué creí que mentía, entonces? ¡Puta paranoia! —, yo también tengo miedo a enamorarme. Entonces, ¿por qué no animarnos juntos? — Esa pregunta hubiera ocasionado un terror en mí indescriptible. Pero su sonrisa me brindó confianza y me sentí mejor.
— Pero… Thomas, tú sabes que yo no estoy solo. Es decir, Andreas… — Asintió escondiendo fastidio. Le molestaba solamente escuchar nombrarlo.
— Él está dispuesto a reconquistarte — habló fríamente. —. Te ama y quiere volver contigo. Sé eso porque hablé con él, y creo que está a varios pasos adelante mío.
— ¿Por qué crees eso?
— Porque los vi abrazados en la puerta del estudio — Eso sonó a un reclamo. —. Descuida, yo entiendo que lo quieres, que le debes mucho, que siempre se comportó bien contigo y que siguen siendo una pareja. Pero tú me has dado otra oportunidad, y la aprovecharé, y necesito que sea sólo conmigo. Si estás conmigo, sólo seremos tú y yo.
— Tom…
— Sólo debes responder. De otra manera no entenderé qué haces conmigo si continúas pensando en no herirlo a él — Fruncí mis labios con presión. Sí, otra presión más. —.Pero no lo hagas ahora. Quiero convencerte de estar conmigo, no obligarte.
— Aunque suene tonto, no veo la diferencia.
— Ya verás — Se paró de repente y extendió su mano hacia mí. Alcé una ceja. —. Tengo el departamento muy abandonado últimamente — Sonreí de lado recordando ese departamento a la perfección. Cada rincón quedó estrenado aquella vez. —… ¿Qué dices?
— Digo que mañana tenemos que trabajar, tengo que ir al hospital y son las diez de la noche.
— Razones nulas. Lo laboral dejó de importarme desde que salí del estudio. Anda, ven conmigo. — Tomé su mano y unos segundos más para pararme, pero al fin lo hice observándolo y pensando.
— ¿Y papá? Está abajo y nos dará todo un sermón si salimos a estas horas. Y darle más nervios de los que ya tiene… no sé. — Posó su dedo índice en mis labios y enmudecí.
— Hay una ventana que da al jardín de invierno aquí. — Y rompiendo cualquier tipo de contacto, fue entusiasmado hacia ella y la abrió de par en par, descubriendo el orificio que las cortinas obstruían.
— ¿Y John?
— Ya entró a la casa.
— Pero… Debo cambiarme para ir al estudio mañana. No querrás que aparezca con estas fachas, ¿o sí?
— Pues carga algo en un bolso ahora, anda. ¿Tienes otra excusa? — Sonreí ante su cara desafiante que acababa por evidenciarme. — ¡Anda, vamos! — Volteé y fui hacia mi cajonera, abriendo el primer cajón y sacando una camisa color salmón que tomé al azar. Luego, una de las tantas corbatas a diferentes gamas de colores y dibujos. —. Yo me encargo del traje. — Habló dirigiéndose a mi placard. La escena era graciosa, ocurrente a nuestras edades ya mayores.
— Parecemos dos niños castigados que se escapan de la casa. — Me permití manifestar y compartir lo saleroso del momento.
— Lo hice una vez en Estados Unidos.
— ¿En serio?
— Ajhám. Tenía una noviecilla, rondaba los trece años— Dejó sobre mi cama un saco y pantalón Dior, como la mayoría de mis indumentarias. —, mamá me prohibió ir a una fiesta de cumpleaños con ella, entonces me escapé por la ventana.
— ¡Qué insolente! Yo jamás hice tal cosa. — La idea me parecía casi envidiable. Ser tan osado a veces, en verdad nunca lo hice.
— Aunque no tuvo mucho de increíble. Terminé con dos dedos de mi mano izquierda fracturados.
— Mierda. — reí.
— Anda, ríete. No sabes lo que sufrí esa noche— Yo, sin embargo, continué riéndome. —. ¿Has terminado? — Asentí tomando aire y dejando la dicha camisa y una corbata blanca lisa que combinaba con el traje negro a leves líneas blancas paralelas que Thomas eligió.
— Listo. Por aquí está mi bolso. — Me agaché a la altura del suelo y debajo de mi cama estaba el bolso que me acompañaba a todos lados siempre. Menudo descuidado soy. Thomas doblaba el traje prolijamente sabiendo lo exigente que soy con mi vestuario, las arrugas y las manchas en él. Esto me pareció un detalle bonito.
— Toma — Pasándomelo, lo guardé en la bolsa y él la tomó antes que yo. —. Yo lo llevo. Vamos, rápido. Hay que irse antes que Susan suba a avisarnos de la cena — Asentí y caminamos hacia la ventana. No era una altura tan elevada, pero daba miedo pensar en la posibilidad de que las ramas de la enredadera de junto se quebraran y terminemos en el suelo. —. ¿Tú primero?
— Sí.
— Pero no me hagas cosquillas desde abajo. — Me advirtió.
— ¿Para que te rompas otros dedos? No soy tan basura, Tom.
— Sólo aviso — Alcé el vidrio del ventanal y tomé aire. —. Oye.
— ¿Qué?
— ¿En cuál vamos? — Preguntó apuntando los dos autos de distintos colores que permanecían aparcados junto al portón del frente de la casa.
— En el mío. Quiero conducir.
— Vale. Pero si chocamos pesará en tu conciencia.
— Conduzco desde los diecisiete años.
— Yo igual, enano.
— Yo he conducido drogado. — Lo miré retador, con una graciosa sonrisa.
— Entonces me has ganado. Anda.
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Entre risas creamos un ambiente totalmente jovial para los dos. Hacíamos bromas o recordábamos algunos de los chistes que contamos durante el trayecto al departamento. Al entrar rompimos el silencio fantasmal que se había creado e hicimos nuestra voluntad libremente. Reíamos a carcajadas, nos chocábamos las cosas y sonreíamos cómplices cuando alguno decía una palabra doble intencionada. Al llegar a la alcoba las voces se acallaron de a poco. Quizás cualquier suceso que se acontecía de manera brusca llegaría a romper con el encanto del tiempo, de tener al reloj de nuestro lado. Nadie nos apuraba y esa era una experiencia que ya casi nunca experimentábamos con nuestras apretadas agendas.
Me miró cuando lo miré, sonrió cuando así lo hice. Nuestros gestos y movimientos estaban coordinados pero a la vez eran indescifrables e impredecibles. De hecho, empezó simplemente acariciando mi mejilla con el cuidado que se le acredita a algo frágil pero que se quiere disfrutar. Sus ojos no recorrían otro rumbo que no sea el de sus dedos delineando el contorno de mi rostro. Aún dudaba de mi duda. Pensaba que en cualquier momento me echaría hacia atrás como en las veces anteriores. Pero no era miedo lo que me delataba en sus ojos, sino una comprensión que estaba allí por si acaso. Esta vez no pelearíamos si no quería que pasara más que observarnos mutuamente. Ahora estaba seguro que me entendería porque, al fin de cuentas, él también temía lo que pudiera surgir de esto. Estaba claro que no era cualquier encuentro ocasional. Se escondían propósitos distintos esta vez. Era comprobar qué se sentía arriesgarse más de la cuenta. Existía un miedo y un cuidado, pero sin embargo estábamos a punto de desafiarlos. Era asombroso.
— ¿Qué piensas? — preguntó cuando sin darme cuenta sonreí. — Dime.
— Sólo en ti… en mí. En lo loco de este momento. Pocas veces me animé a desafiar mis limitaciones. El amor se volvió algo limitado para mí. — Alejó su mano de mi rostro y me obsequió una hermosa sonrisa armoniosa.
— No quiero probarte nada hoy. Quiero que sientas que tengo el mismo miedo, las mismas ganas y las mismas desventajas que tú — Luego de sentir el nudo que se me formó en el estómago y casi disfrutarlo como todo un masoquista, lo abrasé. Sentirlo cerca ayudaba a conectarme con mi lado inseguro, el que piensa las cosas miles de veces pero nunca acaba por decidirse al fin. Ese lado que está inquieto constantemente y que se confunde ante cualquier gesto cifrado que se presenta. Ese lado expuesto y vulnerable que él sacaba a flote. Ese lado me gustaba. —. No sé qué pasará, pero sé que no olvidaré esto. — susurró oliendo mi cuello luego y empezando a besar suavemente, despacio, sector por sector. Mencioné la ausencia de tiempo, así que sabrán que nos tomaríamos nuestros debidos plazos para actuar.
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— Me siento chiquito a tu lado, Tom — comenté cerrando mis ojos y echando la cabeza a un lado para despejar la zona que besaba con ternura. —. Puedes destruirme ahora, ¿sabes?
— Qué afortunado soy — bromeó contra mi piel. Reí más por esto que por las vibraciones que provocaron sus labios pegados a aquel sitio. —; no lo haré.
— Y si lo haces tampoco me importa.
Inflé mis pulmones de aire y empecé a retroceder arrastrando su cuerpo por las solapas abiertas de su cazadora negra. Mientras él se aferraba apenas a mi cintura, yo moría de ganas porque esa sesión de besos a mi cuello fuera eterna. Era tan atento a cada movimiento, estaba actuando con tanta calma, que llegaba a dudar que se tratara de él.
Supe que llegué a la cama cuando hizo presión en mi cintura para detenerme. Entonces se alejó de mi piel para pegar nuestras frentes y observar mis labios con anhelo. No me importó, aunque disfrutaba, que sus besos se detuvieran. Habría más y sabíamos eso. La noche sería larga y era sólo nuestra.
Casi pidiendo permiso, sus manos abrazaron mis mejillas y dejó reposar sus labios sobre los míos. Nos quedamos así simplemente, disfrutando ese sencillo calorcito que desprendía la boca del otro. Lo carnoso de sus labios y los movimientos suaves que tomaban vida, eran toda una maravilla cuando se juntaban. Dejé que divagara con su boca por mis labios al azar absoluto. Yo adoraba hacer eso con él y ahora descubría que también le encontraba cierto atractivo. Me limité a medio sonreí en el beso y abrazarlo por la cintura pegando nuestros cuerpos de una manera tierna.
El ruidillo gracioso que reprodujeron sus labios en los míos anunció el fin de ese casto beso. Entonces me miró a los ojos directamente y negó.
— Es increíble.
— ¿Qué cosa?
— Contigo sólo puedo perder. — luego de semejante planteo, sonreí mordiéndome el labio inferior y me sentí derretido.
Contagiándose la sonrisa, se sentó en el borde de la cama luego de soltarme y hacer que lo suelte. Luego acaricié su rostro elevado en dirección al mío. Lo hice de un modo tan extraño, que me impresionó a mí el terror que me ocasionaba llegar a dañarlo; aunque esto sea sólo una posibilidad. Era como si quisiera tenerlo siempre a mi lado, pero no para mi propio disfrute, sino para protegerlo.
Él llevó sus manos hacia mis muñecas y tiró de las mangas de la chamarra que traía, enviándome un mensaje claro. Ante sus ojos la dejé caer a mis pies y a cada segundo que pasaba me sentía insuficiente para dejar de ver esos ojos marrones té con leche.
— Me duele la panza — Confesé sin poder evitarlo y él rió apenas oírme. —. En serio. Son como punzones que se sienten bien.
— Sí. — Fruncí el seño.
— ¿Los sientes también?
— Ajhám. Vienen matándome desde hace un buen rato, pero no quiero dejar de sentirlos. — Sentirme confortado con esta manifestación fue inmediato. Que sintamos lo mismo era lo que más me acercaba a él.
Llevé mis manos al filo de mi camiseta advirtiendo de inmediato su mirada clavada en esta parte de la prenda. Sus ojos la apuraban para que se quitara del medio y lo dejara libre para establecer contacto con la piel de mi abdomen.
Subí mi ropa hasta llegar a la cabeza y sacarla sin dificultades. Quedó colgando de una de mis manos y poco me importó después de ver el rostro embobado de mi hermano. Perdí mis dedos entre sus trenzas y empezó a acariciar mi vientre desde el borde de los pantalones, palpando con toda la amplitud de sus manos y deslizándolas como corriente de agua que fluye serena. Subió por mis costados hasta pararse al mismo nivel ambas dos. Mi corazón se aceleró cuando fijó sus ojos en los míos desde su postura y adosó sus labios en mi piel. Lo tibio de éstos me hizo sentir helado. El estremecimiento siguió su curso sin advertir mi fuerte impulso de disimularlo. Aceleró mi corazón, hizo trabajar el doble a mi nuez de Adán y no le interesó en lo más mínimo.
— Tom. — Solté en un jadeo tranquilo cuando mordió el inicio del tatuaje de estrella y estiró la piel unos centímetros. Él tenía el don de hacer parecer ese gesto guarro, o totalmente dulce. Él sólo sonrió y siguió al advertir que me gustó. Ahora buscaba otra táctica y se enderezó un poco más, hasta llegar algo más arriba de mi ombligo. La punta de su lengua se deslizó por aquella franja de mi vientre y sólo supe contenerme para no actuar bajo un maníaco impulso de agresividad y lujuria hacia su persona.
— Amo tu sabor, Bill — dijo repitiendo el gesto una vez más. —. Es único.
— Yo pienso lo mismo de tu perfume. — Sabía que me veía todo sonrojado en ese preciso momento, y tal vez llegaba a gustarme saber que así me delataba ante él.
Tomando sus hombros, eché hacia atrás la cazadora que aún lo cubría. Él se la quitó sin protesta alguna y la dejó pendiendo del borde de la cama. Seguía mirándome como esperando a que hiciera lo próximo. Me sentía un completo inexperto a pesar de las muchas veces que estuve con él.
— ¿Me saco? — preguntó y no pude contener mi risilla enternecedora. Él también rió y ante un asentimiento por mi parte, se deshizo de la sudadera que quedaba por dejarlo igual que yo. Mordí mi labio inferior con saña cuando tuve su torso desnudo ante mis ojos. Era un tarado si no aprovechaba el momento y me encargaba de besar ese cuerpo hasta quedar sin saliva. — Ven, precioso. — invitó conduciéndome por la cintura hacia él a medida que decaía sobre el colchón, entre las sábanas corridas a un lado. No me negué en absoluto y apoyé mi rodilla a un lado de sus prendas, impulsándome y repitiendo la acción con la siguiente, pero ahora entre sus piernas medias abiertas. Apoyé el peso de mi cuerpo a los lados de su rostro y desde una distancia media, observándolo desde arriba, me deleité con la franqueza de sus ojos. La forma en que me miraban hacía parecer palabras la visión. Luego de unos segundos, acorté la distancia entre nuestras bocas de nuevo y comencé a besarlo incitantemente. Él entreabrió sus labios y me correspondió dejando paso a mi ansiosa lengua por demostrarle a la suya la ansiedad que cargaba. Él presionó levemente por mi nuca, acariciándome de paso de una manera fuerte, pero no brusca. Víctimas del deseo, nuestros pantalones emprendieron una molestia sin siquiera hablar. No veía la hora de estar entre sus brazos, él entre los míos, respirando el mismo aire, experimentando el mismo placer. Siendo uno solo. Ahí sí que tomaría un ritmo tardío para hacer el tiempo más largo.
— Tengo tantas ganas de ti, Tom. — susurré agitado contra su boca, con nuestras frentes unidas. Él bajó sus manos a mis caderas e inició un movimiento en mi cuerpo contra el suyo. Necesitábamos rozarnos, sentirnos, notar cuánto nos ponía el otro. La necesidad era mucha y los resultados eran tempranos. Me encantaba, no hay más que explicar.
— Yo también… He deseado estar así contigo desde hace mucho — Inmediatamente besé su mentón, rozando apenas el labio bajo de su boca, y descendí directo en su cuello. Su nuez subió y bajó en mis labios y mi lengua delineó el recorrido que ésta había marchado. —. Ahora sólo puedo pensar en las noches perdidas, en cómo pude haberte tenido en mi cama así… Todo mío.
— Pero aquí estoy ahora. — susurré bajando al principio de su pecho agitado. Fue ahí cuando empleé una postura más cómoda y saqué la pierna que tenía aprisionada entre las suyas. Dejé las dos a cada lado de su pelvis y así pude acariciar sus costados sosteniéndome de las piernas únicamente.
— Lo sé, belleza. Lo sé.
Luego de algunas lamidas a su torso, me topé con el cinturón que tomé con firmeza y comencé a desprender. Un suspiro totalmente provocador se escapó de entre sus labios. Esto provocó un tsunami, tornado y sismo en mi estómago. Las neuronas me desearon buena suerte y se fueron al carajo. Si algo llegaba a excitarme de sobre manera, eran los gemidos de este hombre.
Una vez desprendido el accesorio, fue el turno de la cremallera de los jeans. Para este entonces ya me había enderezado sobre mis rodillas y observaba todo desde una privilegiada platea. Alzó sus caderas sin hacerse de rogar al tiempo en que esos pantalones debían irse lejos y dejar de ejercer un impedimento entre nuestras desnudeces.
— Sácame todo, enano. — Indicó cuando sus bóxers apenas bajaron por el elástico. Luego de escuchar esto, tomé una amplia bocanada de aire y me preparé a ver lo que vería.
— Adoro desvestirte.
Relamió sus labios y sólo dejó que bajara la prenda íntima con algo de esfuerzo. Él estaba tan duro, tan despierto ya gracias a mis caricias, que recordaba mis propios instintos y notaba que… algo dolía en mi pantalón.
— Y yo adoraría que lo hicieras frente a mí — Sonriendo perversamente y pasé hacia atrás el bóxer que él lanzó a algún sitió de un solo movimiento más tarde. Luego llevé mis manos a mis jeans y los desabroché fugazmente. Espiaba de vez en vez a ver si me miraba y sus reacciones. Siempre acababa satisfecho por su mueca. Sus ojos fijos en mis gestos y el rumbo de mis manos. Los bajé suavemente con las intenciones de hacerlo desearme y que llegue a pedirme que lo hiciera de una vez. —. Te encanta torturarme, ¿cierto? — ¡Jajaja! ¿Ven cómo lo conozco?
— Vale, no seré cruel esta noche. — Cedí sonriendo y bajando completamente cualquier tipo de tela, exponiendo así mi desnudez ante sus expectantes ojos.
— Bill… — Vaciló observándome lascivamente.
— ¿Ves que no soy tan malo?
Intercalando piernas, ejerciendo calculados movimientos, logré desprenderme de los molestos jeans y de mi ropa interior. Mientras las manos de Thomas divagaban por los costados de mis nalgas, yo volvía a inclinarme a su rostro, siendo recibido por un beso totalmente apasionado en donde nuestras lenguas se vieron envueltas en una lucha por ver cuál deseaba más a la otra. Ahora, sin ropa de por medio, dimos comienzo a un delicioso meneo y roce entre nuestros miembros ya por demás excitados. Entonces finalicé el beso y mordí mi labio inferior ante su rostro totalmente pecable. Con una expresión de entero goce, sus labios permanecían hinchados aún y apretaba y guiaba mis caderas al ritmo de sus necesidades.
— Me encantas, Tom… — jadeé mirando cada detalle de su rostro y rasguñando su pecho a modo de descargue.
— Tú me vuelves loco.
Sus manos subieron por mi baja espalda pausadamente, hasta detenerse en mis omóplatos. Mientras yo sentía su aire caliente darme directo en la boca, volvía los movimientos más intensos pero con una lentitud que sostendría todo el tiempo que se pueda.
Sin detenerme, llevé una mano hacia atrás para ya empezar a sentir al otro de un modo más profundo. En una de mis idas y venidas múltiples, me adelanté más de lo que lo hacía usualmente y tome su miembro en mi mano derecha. Su piel se estremeció y lo sentí gustoso. Ante esta reacción delatora quise acariciar su pene unos instantes a modo de tortura, ver su expresión agónica y morir de ansiedad. Estaba todo armado a medida para que este encuentro se consuma. Pareciera que el tiempo había conspirado para favorecer nuestros mutuos sentimientos.
— ¿Ves que eres malo? Adoras hacerme esperar.
— Lo siento. — Me disculpé riendo. Él sólo deslizó una de sus manos hacia mi parte trasera, topándose con la mía allí también. Solté su virilidad y me sostuve como antes estaba, con mis manos en la almohada que sostenía su cabeza.
— ¿Lo hago? — Conecté mis ojos con los suyos cuando formuló esta pregunta. Sería un tonto si dejaba pasar esta oportunidad que el destino nos regalaba. Díganme cuándo será tan mágico como ahora.
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— Hazlo — Respondí con una sonrisa llena de seguridad y… así me sentía. Seguro. —. Muero de ganas porque lo hagas.
Ejerciendo una presión cuidadosa, su hombría caliente y húmeda se fue introduciendo en mi cuerpo deliciosamente. Thomas volvió a sujetar mi cintura y entrecerró sus ojos para inhalar y exhalar aire por los labios de manera agitada. Yo sólo apreté la funda de la almohada entre mis dedos tensos y remojé mis resecos labios. Al llegar al límite de mi cuerpo buscó mi mirada a modo parejo, encontrándola luego y diciéndome miles de cosas en un silencio inquebrantable. Allí, en sus ojos, supe que quería tomar las riendas del momento y dominar el encuentro. Siempre quiere eso, aunque ambos conocemos la debilidad que tiene al verme sobre él. Pero ahora invertimos las posiciones sin romper ninguna clase de contacto y él terminó arriba mío, abrazado a mi espalda y con su rostro enterrado en la curvatura de mi cuello y hombro. Sentí sus dientes morderme de una manera sensual y luego su respiración chocar allí cuando su cadera inició el movimiento que me llevaba a la locura directa. Yo abrasé su cuello e hinqué mis uñas en su espalda ignorando si podía doler o no.
Era increíble lo maravilloso de las sensaciones que experimentábamos sólo con unos lentos movimientos sobre el cuerpo del contrario. En donde el más mínimo roce nos podía alzar a las mismísimas nubes, sobraba describir lo bien que la pasábamos. Era el resultado de conocernos tanto en la cama, los gustos en común o el hecho de ser medio hermanos. No sabría con certeza qué de todas estas características nos hacía uno solo ahora mismo, pero puedo asegurar firmemente que los encuentros con él han sido de los mejores de mi vida.
— Aah… Bill… — Me sentí como flotando en una esponjosa nube cuando ese gemido llegó a mis oídos. — No vuelvas a privarme esto. — bromeó con dificultar y besó por última vez mi cuello para alejarse de allí y adosar su frente a la mía. Alternó entre mis ojos su visión y yo me dejé observar sin tapujos.
— Mi amor… sí.
Antes de poder recobrar el oxígeno invertido en este gemido, su boca ya estaba devorando la mía como si hubiera escondido algo realmente valioso allí dentro. Gustoso correspondí forzando a mis pulmones por esperar sólo un poco más y me dejaran gozar de tan pasional beso. Mientras yo bajé a sus mejillas y cuello, hundiendo la yema de mis dedos ahí, él se desquitaba con una presión en mis muslos. Alzó más mis piernas y yo me dejé hacer. Así tuvo más acceso a mi entrada y pareció llegar más profundo que hasta ahora. Invadido por la reciente punzada de placer que se repetiría una y otra vez a partir de ahora. Del frío que posiblemente azotaba la ciudad afuera no quedaban rastros en esa habitación. Y así como la temperatura aumentaba, también lo hacían las respiraciones y el placer. Era todo a la par.
Remojando sus labios dejó escapar una risilla que llegaba a ser graciosa por su tonada perspicaz.
— ¿Cómo me llamaste? — preguntó corriendo un mechón de cabello de mi frente. Yo no supe qué responder ni qué cara poner a semejante cuestionamiento. ¿Había dicho ‘mi amor’? Seguro eran las hormonas que no me dejaban pensar antes de hablar. Eso es todo. — No pararás hasta enamorarme, ¿verdad? — dijo y otra vez sentí ese punzón en la boca de mi estómago.
— Lo hice una vez. — Ahora fue su turno de otorgarme la razón con su silencio y su sonrisa de lado.
— Dime cómo te sientes ahora. — Besó mis labios castamente y luego formuló una ligera mueca de placer.
— Mejor que nunca… Mmmh, así, así… — Con mis piernas firmemente aferradas a su pelvis, lo empujaba lo más profundo que podía en mi interior, llegando a tocar ese punto débil en mí que me dejaba sin aliento. — Dios, Thomas… Ya no recordaba lo bueno que eras en la cama… ¡Aaah!
— ¡Mierda, Bill! — Enterrando mi cabeza en la almohada, su boca se aprovechó de mi expuesto cuello, ensalivándolo por completo. — Es imposible no volverse loco contigo.
Su pelvis se movía tan bien dentro de mí, la penetración se sumaba con su erótico sonido y sus gemidos roncos pegados a mi cuello eran todo lo que yo necesitaba para comenzar a desvariar. Ya me encontraba en un transe que me alejaba de la realidad, del tiempo, de las obligaciones, de pensar en otras personas que no sea él y yo, o de recordar datos detallistas de mi vida. Mis pensamientos eran tan básicos ahora, que lo carnal era todo lo que llenaba los huecos vacíos en mi mente. El ochenta y cinco por ciento de mi cerebro estaba siendo invadido por este momento.
Me sentía volar. No habría problema en la tierra que importe lo suficiente como para detener el vuelo. Lo que ocurre en la tierra es pequeño e incierto entre lo alto de las nubes.
— Ahh, Bill… me encantas. Me gustas mucho — Musitó en mi oreja, erizando cada bello de mi cuerpo. —. Te quiero sólo para mí, enano.
— ¡Oh, Thomas, ahí! — Abracé con más desespero su espalda, arrastrando mis uñas por su piel y trabajados músculos.
— Eres mío y siempre lo serás.
— Lo mismo… digo.
— Está de sobra, hermanito… Nadie más me interesa— Sonreí satisfecho en medio de una mueca lasciva mientras el placer aumentaba irremediablemente. Sus palabras aumentaban en un interesante grado ese goce absoluto. —, nadie más me importa… tanto como tú.
— Te mataría si me vuelves a usar. — Misteriosamente esas palabras salieron de mi boca sin dificultad aparente. El aire fue el necesario, así como también la cordura.
— Nunca te he usado. — siseó para luego botar un gemido fuerte y apretar más el agarre en mi piel.
Se alejó de mi cuello y fue a besar directo mi boca, saboreando todo su contorno e interior. Mordiendo mis labios también y volviendo a chupar. Era un beso fuera de control al que correspondí a mi manera bastante similar a la suya. Al mismo nivel de devoción, de deleite, de necesidad. Era esa garantía de posesión, era la firma del contrato que nos unía única y exclusivamente uno para el otro. Ya que estábamos tan acostumbrados a lo legal, a las apuestas, etc., he aquí un juramento de tenencia.
Continúa…
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