«Apostemos» Temporada II
Capítulo 32: No lo digas
— Sí, quiero empezar de cero, pero con condiciones… Sólo seremos tú y yo, ¿de acuerdo? No existen terceros, ni celos, ni inseguridades.
— Estoy de acuerdo — sonrió —. Me pone muy feliz que estemos juntos de nuevo. Lo nuestro está cargado de momentos importantes, no podemos dejarlo en el olvido sin haber luchado. No te arrepentirás — Le correspondí a su hermoso gesto. Cuando terminé mi taza de café, me senté más cómodamente en mi silla y observé por la ventana de junto al estudio, al otro lado de la calle. —. ¿Qué piensas hacer después del juicio?
— No sé… Ojalá pueda seguir ejerciendo.
— ¿Por qué no habrías de hacerlo?
— El juez Mayer insinuó que iba a tener un castigo por los hechos — Me encogí de hombros algo desanimado.
— Lo más probable es una suspensión. Y eso será una mancha pesada en tu legajo. Sin embargo existe una manera de contrarrestar esa mala impresión que ellos crearon de ti.
— ¿Cómo?
— Creando una impresión peor sobre ellos — Asentí pensativo. Era una estrategia magistral. —. Pero necesitas de un golpe conciso, de algo que en serio los arruine.
— Totalmente… — Me observó interrogante.
— ¿Tienes algo en mente?
— Tengo un video — comenté dudoso. La promesa que le había hecho a mi hermanastro volvía a mi cabeza una y otra vez. A pesar de que las cosas entre nosotros estaban más que terribles, no dejaba de ser un juramento. Le había dado mi palabra y eso tenía un peso extra.
— ¡Perfecto! ¿Qué mejor que una prueba visual y con diálogo? Es excelente.
— De todos modos no sé…
— ¿Qué es lo que no sabes? — No respondí. Clisé mi mirada hacia el estudio una vez más. —. ¿Te apena que se trate de Milagros? — bufó —. Mira Bill, es eso o tu carrera. Tú eliges.
— Aunque no quiera aceptarlo, tienes razón — admití.
— Consúltalo con tu hermano; aunque no creo que haya problemas, él también está comprometido en el lío.
— Sí, es verdad — medité.
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By Richael
— Hola.
— Amor, soy yo.
— ¿Qué pasa?
— Sé que aún estás molesto; sólo llamo para decirte que estoy atendiendo un asunto urgente ahora, pero que en cuanto me desocupe te envío un mensaje así charlamos.
— De acuerdo, como quieras. De todas formas, está todo bien, no estoy molesto.
— Necesitamos hablar, Tom… — insistí —, eso nos va a hacer bien.
— De acuerdo.
— Te envío un texto cuando termine aquí, entonces.
— Bien. Adiós.
— Adiós. Te amo — Me lamenté cuando la comunicación acabó sin que me devolviera el sentimiento. Pero, como le había dicho esa mañana, era cuestión de tiempo.
Bajé del auto y releí el mensaje de texto de Gustav. La dirección coincidía, entonces la casa que tenía en frente debía pertenecer a mi gran amigo. ¡Estaba tan ansiosa de verlo! Habíamos compartido muchas más cosas de las que cualquiera se hubiera imaginado; éramos dos verdaderos hermanos.
Crucé la calle haciendo resonar mis tacos y me planté ante la puerta de madera. El barrio era de clase media, así como la fachada de aquel hogar.
Levanté mi mano a la altura del timbre y toqué. La impaciencia me ganaba de manos. ¡Quería verlo, quería saber de él! ¿Qué rumbo habrá tomado su vida desde la última vez que lo vi? ¿Estaría en pareja? ¿En dónde trabajaría? Además quería contarle sobre mí también. Necesitaba sus consejos sobre el juicio, porque sola no podía. Siempre lo necesité a él cuando de trabajo se trataba. Él sí tenía la chispa en cada juicio; envolvía a las personas con sus palabras y también salía victorioso en todo, como un gato que siempre cae sobre sus patas.
Volví a la realidad cuando nadie me abría la puerta. Quizás estaba ocupado, o en el baño, y no oía el timbre. Quién sabe.
De nuevo elevé mi mano, pero ahora vuelta puño, hacia la puerta. Cuando le di unos dos golpes, la puerta chirrió y se abrió unos escasos centímetros. Sola, sin que nadie la manipulara del otro lado. Inmediatamente me alarmé. Axel era un amante de la seguridad ante todo, era un tipo desconfiado con el tema de la sociedad de hoy día. ¿Justo él iba a dejar la puerta abierta? Sentí una sensación extraña: algo me decía que me fuera, pero mi instinto me hizo entrar.
— ¿Axel? — llamé en un tono medio, con temor —. ¿Axel, estás aquí?
— ¡Sí, aquí estoy! — ¡Era él! No había dudas que aquella era su voz. Todavía podía reconocerla, aún después de tantos meses en los cuales siquiera conversamos por teléfono.
— ¡Axel! — exclamé como acto reflejo por el gusto. Fui hasta donde provenía la voz, notando que era su habitación.
Al entrar, la escena me paralizó.
— Hola, Rich. No esperabas verme, ¿cierto? — La cama descuidadamente parada sobre la cabecera y apoyada contra la pared, con las sábanas caídas en el suelo. Todos los cajones tirados, los muebles despreocupadamente corridos. Todo esto dejaba un gran espacio en el centro, donde en una silla de madera común y ordinaria, se encontraba inmovilizado el cuerpo de mi mejor amigo. Gustav empuñaba un revólver, el cual mantenía firme hacia la sien izquierda de Axel, y otro tipo, ese tal Nicolás, fumaba un cigarrillo tranquilamente adosado a una de las mesitas de noche.
— Lo siento, Richael — susurró Axel.
— ¿¡Qué demonios significa esto, Gustav!? ¿¡Acaso perdiste la razón!?
— No, cariño, en lo más mínimo.
— ¡Entonces déjalo! — Tomé mi cabeza a gesto desesperado. —. ¿Qué es todo esto? ¡Ha sido una trampa!
— ¡Claro que es una trampa, imbécil! ¿O qué esperabas? No cumpliste con tu parte, yo no iba a cumplir con la mía.
— ¡Sí que lo hice!
— Parte del trato era no traicionarme. Y lo hiciste, como la puta que eres.
— No puedo creer que hayas ideado todo esto sólo por lo de Thomas.
— ¿’Sólo por lo de Thomas’? — indagó en un grito — ¿¡Por qué me tomas, desgraciada!? ¿Te parece poco lo que me hiciste? — Acercó su cuerpo hacia mi temblorosa figura y me agarró de la cabellera con fuerza, en la zona de la nuca.
— ¡Me duele, enfermo!
— ¡Yo te amaba, maldita zorra! ¡Yo te amo, y tú me traicionas con ese infeliz! ¡Voy a matarte a ti y a él!
— ¡Para, para! — grité tomando su brazo, pero su fuerza era lógicamente superior a la mía.
— Aunque sinceramente sería en vano mancharse las manos con sangre de alguien como tú. Y él es un pobre tipo… — Me soltó de repente y me desestabilicé, dando con el suelo de rodillas. —. Sentirás lo mismo que yo. ¿Qué se siente estar con alguien que no te ama? El desamor es terrible, Richael. Pero creo que más terrible es fingir que te quieren. ¿O no es obvio que Thomas Trümper siente asco por ti?
— ¡No sabes lo que dices!
— ¡No me digas que guardas las esperanzas de que se fije en ti como mujer! — Comenzó a reír como un maniático. —. A ti no hay persona que pueda considerarte una mujer. Eres una puta de lo más barata y accesible. Me causas repudio… Mírate, estás tirada en el suelo, como siempre lo has estado.
— Insúltame, pégame, haz lo que quieras. Pero no lastimes a Axel, él no tiene la culpa de nada… — susurré con las lágrimas brotando de mis ojos sin filtro.
— ¡Él va a pagar por tus errores!
— ¡No!
— ¡Él va a morir por tu traición, maldita perra! — Me pegó una cachetada y volvió a donde estaba mi amigo amarrado a aquella silla. Cuando estabilicé mi cabeza, la escena me desesperó.
— ¡No, Gustav, por Dios! ¡Si te queda algo de amor por mí, déjalo!
— ¡¿Qué dices?! ¿Si me queda algo de amor? ¡Pero si te he dado todo el amor que había en mí, Richael! — gritó desgarradoramente, con lágrimas en sus ojos.
— Es un amor de lo más enfermo si matas a alguien con tal de que vuelva contigo.
— Yo no quiero que volvamos a estar juntos — Me sorprendí. —. Yo estoy haciendo lo mismo que tú hiciste conmigo — Una sonrisa macabra apareció en su cara. —. Tú dijiste que cumpliste tu parte del trato; y en cierto modo así fue. Lograste que Bill perdiera a lo que lo mantenía de pie, pero también hiciste algo que no habíamos acordado, y finalmente me dejaste. Entonces yo estoy haciendo lo mismo ahora. Tú querías saber si tu amiguito estaba vivo, en dónde vivía, querías verlo. Pues bien, cumplí. Pero ahora voy a hacer algo que no estaba acordado: lo voy a matar.
— ¡No es justo, él no tiene nada que ver!
— Thomas Trümper tampoco tenía nada que ver en esta historia, y sin embargo lo metiste entre nosotros dos. ¿No era más sencillo decirme que no te interesaba entablar algo conmigo y ya? ¿Por qué continuaste, Richael? ¿Acaso fue por la ropa que te compré, los zapatos, los bolsos, las joyas? Irónicamente hoy estás vestida en un ochenta por ciento gracias a mí. Eres una interesada y una atorranta, y la gente que juega con los sentimientos de otra gente, merece un castigo. ¿Matarte?, ¿para qué? Vas a pasar a una mejor vida y yo continuaré llorando por las noches. ¿Matar a alguien que quieras? Mhm… Podría ser Thomas; pero no. Quiero demasiado a Bill como para hacerle algo así. ¿A tu amigo Axel? — Volteó la mirada hacia él y lo apuntó nuevamente con el arma. —, sí. Eso haré. Nadie lo va a llorar, nadie lo va a extrañar. Si no lo hicieron hasta ahora, ¿por qué lamentarían su muerte? La única que sufrirá serás tú, y eso es justamente lo que busco.
— No… no, por favor.
— Lo siento mucho, Richael — dijo y recargó el revólver —. Esto es lo que le pasa a la gente que me traiciona — Y mirando fijamente hacia mi amigo, pareció apretar más el arma. Axel tenía sus ojos apretados, las mejillas mojadas y sus labios fruncidos. Tenía miedo del impacto. Pero sólo duró unos segundos. Unos segundos nada más para que un estruendo rompiera el silencio de la noche y su cuerpo cayera en opuesta dirección. Su cabeza destrozada chocó contra el suelo y ahí quedó, con silla y todo. Ahora su rostro tenía una expresión de serenidad.
— ¡Dios santo…! — grité ahogada por las lágrimas y sólo pude arrastrarme hasta el cuerpo de mi amigo e intentar tocarlo, intentar hacer algo… aunque ya no había retorno.
— Vámonos, tío. Los vecinos llamarán a la policía — Pude escucharlo a Nicolás. Y luego, quedaron los pies de Gustav alejándose de mí. Una vez a solas con el cadáver de mi mejor amigo, pude echarme a llorar lamentándome y sintiendo una terrible culpa.
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By Tom
— Muchas gracias, señor Gómez. Eso fue todo — concluyó Joseph. El propio padre de Milagros había pasado al estrado a declarar, y ahora la gente lloraba emocionada. En el horno, ahí mismo estábamos.
— ¿Alguna prueba más que la defensa quiera exponer? — preguntó el juez. Con Bill mostramos los estudios bioquímicos de los hongos encontrados en las paredes y techo. Mostramos documentos de la casa, los años de construcción. Pero nada fue suficiente. Con el testimonio del doctor a cargo de Milagros y Charles, nos dejaron por los suelos en segundos.
— Sí, señor juez — respondió Bill sorprendiéndome. Se puso de pie y caminó hacia el estrado. Los guardias de seguridad trajeron el proyector que había expuesto las fotografías hacía algunos días.
No entendía nada… ¿Qué iba a hacer? Ya no quedaban más pruebas, el caso estaba perdido.
— He estado meditando estos días acerca del rumbo que está tomando este juicio. A mi parecer, ya no se juzga la inocencia de mi cliente, sino que se está gestando un panorama de victimización y se especula con los sentimientos de la gente. No quiero que olvidemos cuál es en verdad el objetivo de un juicio: encontrar al culpable, y hacer que pague. Pero como a todos les gusta este juego de la lástima y la ternura; seré partícipe de él — Tomó el control remoto del proyector y un video empezó a reproducirse.
Sí. Era el video que me prometió que jamás mostraría. Era el video que exponía la confianza que aquella niña había depositado en él; en él, que fue un personaje durante cada visita. Y ahora, por una pelea que no tenía nada que ver, lo mostraba públicamente sin tapujos. Así valía su palabra.
— Como pueden observar claramente, esta no es la actitud de una niña destrozada y herida. Y tampoco esa es la imagen de un padre desgarrado — dijo refiriéndose al reciente testigo —. La verdad resalta ante nuestros ojos: Milagros estuvo completamente bien, reluciente, brillando de alegría. Este video certifica la autenticidad de las fotografías anteriores, por si ha quedado alguna duda — En todo el lugar se podían escuchar unos murmullos confusos. Hasta el juez lucía desconcertado. El juicio ahora tomaba otro rumbo. —. Es todo. Muchas gracias.
Todo el recorrido hasta sentarse al lado mío, estuvo acompañado de una mirada severa de mi parte. Él me ignoró, desde luego. Ajeno a la magnitud que tenía éticamente lo que acababa de hacer.
— Después de lo acontecido durante esta jornada, sólo queda dejar elaborar una sentencia a los miembros del jurado — comunicó el juez Mayer —. Será hasta dentro de dos días. El lunes daré mi veredicto.
— De pie — Todos obedecimos al policía en silencio.
Una vez que el juez se retiró, la policía hizo salir a los periodistas y el jurado se marchó en silencio. Observé entonces cómo Bill abrazaba a Cortez efusivamente. Se palmearon la espalda y rieron como dos hombres victoriosos. Al otro lado, Sanders y Hassan se marchaban con ira en sus rostros, y atrás salía los padres de Milagros, destruidos los dos.
Yo cerré mi computadora portátil y tomé el portafolio que había dejado a un lado de mi silla. Rodeé la mesa donde estaban esas dos lacras festejando, y sencillamente me encaminé a la salida.
— ¿Y cómo les fue, licenciados?
— ¡Excelente, Tania! ¿Qué otra definición podría caber?
— ¡Cuánto me alegro! — No me detuve. Continué caminando hacia mi despacho en silencio.
Me encerré allí y solté un suspiro de puro cansancio. Me aflojé la corbata y dejé mi saco sobre el sofá junto al enorme ventanal. Ahí me paré a contemplar la ciudad ya con menos tráfico, menos gente en la calle, con el atardecer como postal para cerrar el día laboral.
— ¡Gracias, Bill! — gritó mi hermanastro entrando a mi oficina sin permiso. —. ¡De nada, Tom!
— ¿De qué hablas?
— Siquiera me agradeciste haber salvado tu licencia, imbécil.
— ¿Disculpa? — Me volteé y alcé ambas cejas. —. No seas cara rota, Bill. Yo no te pedí que salvaras mi licencia, eras tú el que estaba que caminaba por las paredes por librarte de tu propio agujero.
— ¡Ahora me vienes con esto! ¡Seguro se te hizo agua el trasero del miedo cuando Mayer dijo que habría consecuencias! — Aquellos ya eran gritos. Una pelea como las de antes, cuando apenas llegaba al estudio y él cargaba su soberbia hasta hacerla chocar con mi honradez.
— No tiene sentido hablar de esto — concluí el tema —. Hay algo mucho más importante que discutir la puta licencia.
— ¿Qué es más importante?
— Tu palabra… ¿Recuerdas?
— Mi palabra era comprobar la inocencia de Albert y que saliera inocente de Tribunales. Creo que está clarísimo que hacia eso vamos, ¿o no?
— Hablo de tu palabra conmigo — corté su aburrido monólogo.
— Podría preguntarte lo mismo. ¿Qué hay de tu palabra conmigo? — Viré los ojos.
— ¡Por favor, Bill! Esto va mucho más allá de nuestras peleas; se trataba de Milagros. Me prometiste que no ibas a mostrar ese video públicamente, y lo hiciste. Sobrepasaste cualquier barrera, excediste los límites. ¿Viste cómo salieron los padres de la niña de ese lugar? ¡Estaban desbastados!
— ¿Preferías una suspensión o perder el juicio? Puedes elegir.
— ¡Es en vano hablar contigo! Eres tan testarudo.
— Soy persistente en mi trabajo. Cuando te prometí eso, no tenía ni idea del giro que daría el juicio, no contaba con tantos contratiempos — Se excusó y sonaba algo arrepentido. —. Entiende que el video era lo único que podía garantizarnos la victoria.
— Podrás ganar el juicio, pero perdiste tu palabra… Y, ¿sabes?, quizás suene irónico que yo esté diciéndote esto, pero yo sí creía en tu palabra — dije mirándolo a los ojos con dolor. Me dolía lo que me acababa de hacer. —. Tú siempre tuviste palabra, Bill; al menos conmigo.
En silencio se dio media vuelta y se marchó, no sin antes azotar la puerta con todas sus fuerzas.
— Imbécil — solté al aire. Pero cuando me iba a sentar cómodamente en mi escritorio, mi celular comenzó a vibrar en mi bolsillo. Lo había silenciado por el juicio. —. Richael, dime.
— Tom… necesito… necesito que vengas por mí… Dios mío, ¡no sé dónde estoy!
— ¿Qué? Espera. Intenta calmarte… ¿Qué sucedió?
— No puedo creerlo…
— Richael, escúchame: dime en qué calles estás ubicada.
— Esto… — Oí que sollozaba y me asusté. — Rodeou y Frönders.
— De acuerdo, ya me ubiqué — Agarré el saco y las llaves de mi auto con velocidad. —. Cálmate, estoy saliendo para allá.
— Date prisa — dijo y la comunicación se cortó.
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By Bill
— Así que no voy a volver a verte.
— Puedes viajar a Francia de vez en cuando.
— Lo haré, pero no será igual — dije desanimado —. Te voy a extrañar muchísimo, Marcel.
— Igual yo, Bill. No quiero que bajes los brazos, ¿me oíste? Te quiero de pie y firme con el tratamiento.
— Lo veo complicado si no estás aquí — Rió.
— Te comportas como un niño pequeño — No dejamos de caminar en ningún momento, por la estación de autobuses con la gente caminando a nuestro alrededor. Aunque se negó rotundamente, al final lo convencí de acompañarlo hasta que estuviera arriba del micro. —. ¿Cuáles son tus planes después del juicio?
— No lo sé. El juicio en sí me trajo demasiadas complicaciones.
— Me imagino. Pero una vez en la presidencia…
— ¿Quién dice que tomaré la presidencia?, eso lo decide mi padre.
— Bill — dijo severo y lo miré —, sigo los juicios y el tuyo va viento en popa. Con eso del video los sorprendiste a todos.
— Ah, eso — susurré desanimado al recordar las duras pero ciertas palabras de mi hermano —. Sí, espero que todo vaya bien. Para todos — agregué.
Nos detuvimos frente a uno de los autobuses, aquel que lo llevaría hacia Leipzig para arreglar unos asuntos con el pasaporte, y luego de unos cuantos días, ya estaría en Francia.
— Bueno, hasta aquí ya cumpliste con tu parte — sonreí de lado e irremediablemente me lancé a sus brazos.
— Te echaré mucho de menos — Él simplemente suspiró en mi oído, como callando miles de cosas.
— Hay tanto que quiero hacer antes de decirte adiós, Bill — No comprendí aquello.
Cuando el abrazo concluyó, se quedó contemplándome a los ojos durante unos segundos antes de hacer algo que jamás me imaginé. Tomó mis mejillas suavemente y plasmó en mi boca un beso casto y breve, pero que dejó en mí una sorpresa enorme. No supe cómo reaccionar.
— Marcel…
— No digas nada — dijo sonriendo y tomando su maleta —. Adiós, Bill. Mucha suerte — Asentí aún anonadado… todo había sido tan rápido…
Marcel se había ido, y ahora confirmaba que estaba solo. Solo como siempre. Él era mi único apoyo desde que Thomas… bueno, ya saben.
Me senté en uno de los bancos de cemento de la estación de autobuses viendo pasar a la gente, y pensando seriamente en todo. ‘Todo’…, es una palabra demasiado grande. ¿Qué entra en ella? Yo lo tenía todo, ¿y ahora?, ¿ahora qué tengo? ¿Acaso nada? Así lo sentía. No tenía nada a lo que aferrarme. Lo que había hasta hace pocas semanas, ahora se reducía a nada. Otra vez peleando con mi padre, Susan apoyándolo porque siempre queda como la víctima. Thomas me desechó como se desecha un chicle que se saborea mientras tiene azúcar y luego termina pegado en la acera. Marcel debía continuar con su carrera, lógicamente, pero me dolía su partida. Georg…, bueno, no quería molestarlo. Nuestros caminos se fueron dividiendo de a poco desde hacía meses. Lo tenía a Andreas… ¿Qué haría sin él? Sonreí.
En medio de mis pensamientos, mi celular comenzó a sonar en mi bolso. Lo busqué con un leve dolor en el estómago asomándose sin saber el porqué.
— Diga — respondí sin mirar el remitente.
— Viejo amigo — dijo una voz que alcancé a reconocer.
— Qué raro tú llamándome. Pero más raro todavía: sigo vivo, ¿sabías?
— Ese es tema pasado. Olvídalo ya.
— Maté a tu colega — recordé —, ¿así reemplazas a tus amigos?
— Jamás reemplacé a ninguno. A ti, por ejemplo, no hubo quién te reemplace, hermano — Fruncí el seño… Él sonaba raro.
— ¿Te pasa algo, Gustav?
— Te necesito, amigo… He cometido muchísimos errores últimamente. Por favor, necesito hablar contigo.
— Vale… Dime dónde te hospedas ahora.
— Por mensaje de texto será mejor.
— De acuerdo — Colgué la comunicación. Qué extraño todo esto; hasta me asustaba. Me asustaba la idea de volver a ver a Gustav como un compañero… Mi abstinencia y mi ansiedad no me estaban ayudando en nada. ¿Sería esta la recaída que andaba necesitando? —. ¿Será que hoy…? — dije en voz alta y apreté mis ojos después de ese pensamiento que atravesó mi cabeza —. No lo digas, Bill… No lo digas.
F I N
Gracias por la visita. Te invitamos a estar atentos, porque pronto estará disponible la tercera y última parte de esta trilogía. (Pincha el banner)

