Administración: Como ustedes lo pidieron, aquí está la temporada 2 de esta estupenda trilogía. Disfruten la lectura.

«Apostemos» Temporada II

Capítulo 1: Eso era Felicidad

Él acababa de atravesar la puerta de la zona de terapia intensiva con su cuerpo descansando sobre esa camilla asquerosa, manipulada por dos doctores y una enfermera sosteniendo el suero que se filtraba en sus venas. Volví mis manos puños para contener las ganas terribles de lanzarme a por su delicado cuerpo y sacarlo de este sitio horrible. Él odia los lugares como estos, ¿por qué estaba ahora aquí? Seguro hasta le hacía peor.

— Maldición. —susurré para mis adentros, bajando la mirada cuando él dejó de verse. Había gente corriendo de un lado a otro, personas esperando en el mismo pasillo que nosotros, sentados, tomando café o hablando, pero todos compartían las mismas caras de preocupación y angustia. Mi padre se dejó caer abatido en una de las sillas plásticas amuradas a la pared, ocultó su cansado rostro en sus manos y otra vez pasar por lo mismo. Otra vez sufrir la situación de Bill, de su pequeño.

— Demonios, ¡demonios!— medio gritó Andreas de brazos cruzados y caminando de un lado a otro por enfrente nuestro.

— ¿Quieres calmarte, por favor?— Interrogué entre dientes. —, sólo consigues ponerme más alterado de lo que estoy.

— ¿Tú alterado? Por favor, Trümper.

— ¿Qué es esa ironía? Es mi hermano el que está allí dentro, con zondas hasta en la nariz.

— Para empezar, todo esto es por tu causa.

— Oh, genial. — murmuré virando los ojos por los aires.

— ¿Vas a negármelo? ¿Quién soltó semejante cosa aun en su estado?

— Además de imbécil, eres ignorante. ¿No sabes que esto es un proceso colectivo? Son montones de situaciones las que lo llevaron a desembocar en esto.

— ¿No creen que no es el momento ni el lugar para sus peleas? — Jörg rompió el clima de reproches con una voz que llamaba a la reflexión. — Sólo quiero calma hasta recibir noticias de Bill. — Miré a Andreas algo avergonzado, y pareciera que él también lo estaba. Optamos por el silencio y él se sentó a la derecha de mi padre. Yo, en cambio, cebé mis manos con nerviosismo y finalmente me senté a su izquierda. Solté un cansador suspiro y cerré los ojos con intensidad. — No le hagas caso— murmuró mi papá en mi oído. —, está asustado por Bill y dice cosas sin pensar.

— De todos modos no puedo evitar sentirme culpable. — Hice un gran esfuerzo por no quebrarme, pero no aguantaría demasiado tiempo. — Papá… yo no quiero que le ocurra algo malo. Yo… le he dicho cosas terribles. — sollocé y volteé mi rostro al lado contrario del suyo. No quería que me vieran quebrando de este modo. Mis ojos permanecían en la puerta por donde se perdió mi hermano.

— ¿William Kaulitz? — preguntó una voz extraña proveniente de un doctor que se detuvo con una libreta enfrente de nosotros. No lo vi venir. De inmediato todos nos pusimos de pie.

— Soy el padre, él es el hermano y él la pareja. — habló Jórg y el médico asintió tomando aire.

— Jörg… es un placer verte, pero no en esta situación. — mi padre asintió y el doctor habló. — Bill se encuentra en tratamiento intensivo. Lo someteremos a un lavaje de estómago por las siguientes sustancias halladas en su organismo: Meta-anfetaminas, cocaína y OxyContin. — Cerré mis ojos, bajé la cabeza y negué. — La verdad es que no estaba preparado para esto y, mientras más se demore el lavaje estomacal, peor le hará.

— Tiene mi total permiso; haga lo que tenga que hacer.

— Lo supuse. También estoy enterado que usted ha mandado a llamar a un doctor particular de su confianza.

— Sí, le he hablado hace momentos.

— Bien. Hasta entonces me ocuparé personalmente.

— Por supuesto. — Leyó algo más entre sus anotaciones y volvió a mirar a mi padre.

— Y, como la Meta-anfetamina fue consumida por vía inyectable, voy a necesitar renovar la sangre de Bill por medio de una diálisis. Para eso necesito dadores de la misma.

— Bill tiene sangre común, ¿no es cierto?

— Afortunadamente sí. Es un tipo bastante usual en las personas y no dudo que ustedes lo tengan. Es del grupo O positivo, así que será sencillo.

— Genial. — solté aliviado sin pensármelo. El médico asintió, al igual que Andreas.

— Igualmente usted, Jörg, no puede donar. Por lo que sé, sufre de problemas coronarios.

— Es cierto.

— Aunque estos dos jóvenes son suficiente.

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— Bien, ahora respira profundo. — Fruncí mis labios y seño al ver la maldita aguja queriendo penetrar mi piel. — No vea o será peor.

— No creo que llegue a ser peor.

— Debe mantener la mirada en la pared blanca por quince segundos. — Alcé una ceja.

— ¿Quince segundos mirando una pared?

— Eso evitará que se desmaye, por el color brillante.

— ¿Desmayarme?

— Suele suceder. — Fruncí los labios y obedecí en silencio. Clavé mi mirada en una imagen imaginaria sobre la blancura de la pared y respiré lo más hondo posible. — Aquí vamos…— Sentí el fuerte pinchazo, el punzón en esa zona afectada. Apreté mis ojos con fuerza por unos tres o cuatro segundos, para luego abrirlos y merodearlos por toda la blanca pared. Ahí fue que descubrí que tengo algo en común con él: también odio los hospitales.

— Mierda.

— Falta poco.

— No me diga. — ironicé entre dientes, con mis nudillos seguramente blancos de tanto que tenía mis puños apretados.

— Y— Sentí el peor dolor desde que comenzamos. El émbolo subiendo y succionando ese litro de sangre que debía quitarme. Pero algo tonto, un pensamiento totalmente incauto, me hacía se ntir mejor que valiera la pena el dolor y la molestia. Pensar que esta sangre haría que Bill se sintiera mejor, pensar que mi sangre estaría en su cuerpo, recorriendo sus venas. Ése era mi confort. —… terminamos.

— Genial. — Suspiré y volví los ojos a mi vena algo inflamada, en donde ella sobó un pedazo de algodón de inmediato. El líquido fresco que le echó hacía que se sintiera mucho mejor.

— Bien, ahora puede ir con el otro joven. Amm… Markett.

— Claro, pero debo pedirle algo antes.

— Tengo novio, cariño.

— ¿Eh? No, no. — negué de inmediato riendo un poco. — Es un favor.

— No creo que lo haga, pero dime.

— Por favor, debo ver a mi hermano, a William Kaulitz.

— Los días de visita son los miércoles, los viernes,…

— Sé cuándo son los días de visita— corté algo cansado por su actitud. Se quedó mirándome inexpresiva, parecía toda una matriculada en la materia ‘arpía’. —, pero se lo estoy pidiendo por favor. Es mi hermano, está en terapia intensiva, ha pasado por esto antes y por unas diferencias entre ambos no estuve presente para él, en cierto modo ocasioné todo esto— tomé aire y luego exhalé cansado. —… así que tengo que verlo.

— Si ocasionaste esto no creo que él quiera verte.

— Vale, quizás tengas razón porque soy la persona que más odia sobre esta tierra— recordé con dolor propio. —, pero quiero ser algo egoísta ahora. Necesito verlo. — se quedó mirándome unos momentos, meditando cada una de mis palabras. Supongo que toqué su lado bueno. Todos lo tenemos.

— Está bien. Pero sólo serán cinco minutos.

— Vale.

— ¿Son suficientes para limpiar tu conciencia?

— Lo son. Muchas gracias.

— No agradezcas. Anda, de pie. — Se sacó los guantes de látex mientras avanzaba dándome la espalda. Entonces obedecí de un salto, bajando de la camilla donde permanecía sentado y queriendo seguirle. Pero un fuerte mareo me agobió, obligándome a sostener mi peso por mencionada camilla para así no caer. — Ah, y ten cuidado con los mareos. Has perdido un litro de sangre, cariño.

— No me digas. — repetí, pero ahora para mis adentros y mirándola de manera odiosa, deseándole mentalmente una muerte dolorosa y lenta.

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— Recuerda: cinco minutos, Trümper.

— Lo sé. — respondí asintiendo y luego ingresé a la habitación de mi hermano.

En medio de un profundo suspiro, me costó pararme frente a esa camilla y verlo ahí acostado. Su cabello que siempre estaba tan prolijo y alineado, hoy se veía alborotado y enredado cayendo por sus hombros y distribuidos en la almohada. Sus ojos maquillados débilmente, se veían unos párpados normales, pequeños. Y su piel era blanca como las mismas sábanas que cubrían su delgado cuerpo. El suero se colaba entre su vena y lo mantenía hidratado, pero no se podían ignorar los hematomas púrpuras que se habían producido a causa de las inyecciones que él se proporcionó. Todo eso provocaba en mí un inmenso dolor, una herida profunda se estaba abriendo. Cuando creí que ese corte que se formó cuando me marché y lo vi llorar destruido se había sanado, hoy se estaba abriendo con más intensidad. Y todo eso junto no hizo más que dejar caer unas cuantas lágrimas incontenibles por mis mejillas. — Bill…— susurré acercándome a su costado, queriendo estar cerca para que así me oyera. Porque sé que me oía. — Hola, enano. — mi voz era débil, se quebraba y quizás no podría hablar por mucho tiempo más. Tomé su mano derecha entre las mías y la besé prolongadamente, dejando mis labios reposando allí por un momento largo. — ¿Cómo la llevas? — Sonreí débilmente y observé su rostro inmóvil. — Tienes que ser fuerte, hermoso por favor. — sollocé sin soltar su mano. — Perdóname, perdóname… Jamás pensé que iba a lastimarte tanto. — Cerré mis ojos con fiereza, odiándome por dentro. — Ahora sé que daría todo en este mundo por verte sonreír, gritarme o… simplemente andar. — Una de mis manos fue hacia su mejilla y allí delineó la suavidad que siempre lo caracterizaba. — Te suplico que no me hagas lo que t-te hice hace años… no me obligues a vivir sin ti, Bill, no podría. Tú eres el fuerte de los dos… Tú lograste salir adelante…, no yo. — Subí un poco hasta sus labios, en donde posé los míos unos breves segundos. — Mi vida recobró su sentido cuando volví a verte. — El darse cuenta que volvió a caer, que fue débil, que le falló (aunque no sea así) a sus allegados, lo devastará. — Si sales de esta prometo estar ahí para ti incondicionalmente. Juro que no me importará nada más que tu felicidad. — Me enderecé y sequé mis lágrimas con el reverso de la mano. — Aquí estaré para cuando despiertes.

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Ingresé a la casa botando las llaves al sofá del living. Luego de una fuerte discusión con mi padre acerca de su merecido descanso, de que no regresara al estudio, se negó rotundamente. Toda la noche en vela en esa silla incómoda de hospital y encima volver al arduo trabajo. No creo que eso sea aceptable teniendo en cuenta su delicada salud también. Pero según él, el estudio es lo único que consigue distraerlo en cuanto Bill siga inconsciente. En parte lo entiendo, en parte no. Desde su lugar, comprendo el querer distraerse y sé todo lo que él ama ese lugar y esas cuatros paredes que lo encierran en su oficina. Pero luego pienso como hijo que se preocupa por su bienestar y me altero.

— Todo está mal. — dije subiendo las escaleras con fastidio y dejando escapar el aire malo. Pero no servía de mucho si todo el ambiente estaba cargado de cosas negativas.

Llegando al piso superior caminé hacia el cuarto de mi hermano que conservaba la puerta abierta de par en par como la dejamos en medio del caos. Me recargué en el vano de la puerta, observando la jeringa, las pastillas, el polvo y el estuche de la birome todo en el suelo. No hubo ni tiempo, ni ganas de volver a ver aquello después de un arduo día. Siquiera podía imaginarlo a él proporcionándose todas esas mierdas en el cuerpo, destruyéndose progresivamente. — ¿Qué has hecho, Bill? — suspiré. — ¿Qué he hecho yo? — Alejé unos centímetros mi sien del marco y luego la golpeé contra la estructura sólida. Estaba arrepintiéndome, ¿saben?, y hasta el momento jamás he sentido tal cosa.

La culpa. Siempre fui parecido a Bill en ese tema; no he sabido experimentar la culpa, el remordimiento. Sin embargo, hoy es él quien me hace sufrirlo. Aunque esto sea un proceso diario, de estrés, de presiones, de malos ratos con allegados a él; no puedo evitar sentir algo en la nuca que me pica, algo que no está bien. Sé que no fue correcto nada de lo que hice y si pudiera volver al momento exacto en que sucedió, lo borraría, diría otra cosa. Quizás lo abrazaría y le pediría perdón, o tal vez sólo me hubiera dado media vuelta y lo hubiese dejado hablando con la pared. Al fin de cuentas eso era mejor. — Basta, Tom. No puedes hacer nada de eso, ¿entiendes? ¡Ya está! — Me enderecé y penetré del todo la recámara. — A lo hecho, pecho.

Se cruzó en mi paso una de las píldoras, la pisé sin pensar y luego observé con desagrado la misma pastilla pulverizada en el suelo. Me senté en la cama, en el borde del colchón. Luego de sobar mis ojos cansados con mis dedos pulgar e índice, fijé la mirada en el portarretratos de la mesita de noche. Él muy sonriente, con una bellísima mujer acariciando sus cabellos. Ambos felices. Un pequeño Bill de nueve años, aproximadamente, con unos ojos enormes, brillantes y una sonrisa de payaso. Eso era felicidad. Y esa hermosa dama seguro era Simone. Claro, ¿quién más? — Eso también te afectó, ¿cierto, enano? Te afecta ahora. — Estiré mi brazo hacia el objeto y lo atraje a mí, observándolo más de cerca y sonriendo como un idiota ante tanta ternura. — Siempre fuiste así: un niño apenas.

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— ‘Y así lo declara nuestra querida Constitución Nacional del pueblo Alemán, en el artículo veinticinco bis que restituye a cualquier soberano o extranjero que pise suelo alemán, a las tareas de… de… ¡Mierda! Nunca voy a memorizar todo esto. — Abatido, cayó al sofá en medio de un suspiro deprimente. Yo permanecía cruzado de brazos enfrente de él, mirándolo con una sonrisa tonta en el rostro. — ¿Te ríes de mí, Thomi?

— No enano, me río de la forma en que te ahogas en una gota de rocío.

— Nada de rocío tiene este librotote. — Dejó caer sobre su flexionado abdomen la Constitución Nacional Alemana. — El Sistema Judicial apesta. — Ante semejante desplante, reí.

— Ay, enano, déjame explicarte algo— Me senté a su lado, apoyando mi mano izquierda en su muslo. —: jamás serás bueno en algo si lo haces por obligación. Cuando se fuerza a alguien a hacer algo, nada bueno sale.

— No te entiendo.

— Mira, si tú en verdad llevas la abogacía en las venas, entenderás este libro aunque tengas que llorar lágrimas de sangre— Una mueca de espanto se hizo presente y me arrancó un suspiro interno. Era hermoso. —, en serio. Debes entender de lo que te hablan estas páginas, luego saber juzgarlo y, finalmente, poder explicárselo a otra persona.

— ¿Así funciona?

— Así funciona. Ése es el caminito que te lleva al éxito. Entender, juzgar y explicar. — asintió desanimado. — Pero si crees que ya a tus dieciséis años estás en condiciones de echarte para atrás, entonces terminarás feo, enano.

— Es complejo.

— Lo sé, llevo estudiando esto— zarandeé el libro entre mis dedos y luego lo dejé caer a un costado. —… por más tiempo que tú. Encima lo hice en una Universidad de recursos muy distintos a la que estamos yendo ahora. Cuesta, pero no hay dudas que les cerrarás el culo a medio planeta.

— ¿Crees que pueda llegar a ser como papá? — sonreí ampliamente.

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— Hasta mejor que él. — Torció sus labios en una media sonrisa con un deje de tristeza. No se convencía. Y no podía verlo desanimado. Su sonrisa era una droga, ¿saben? Necesitaba ver esa fuente de luz a cada instante. Algo en mi pecho se encendía, se cargaba de alegría. Mi corazón comenzaba a latir como galopes de caballos y me sudaban las manos. — Además— colé una de mis manos en el bolsillo de mis pants, tomando entre mis dedos la solución a su desánimo. —… ¡tengo estos!

— ¡Gomitas! — Exclamó feliz al ver el colorido paquete en mi mano moviéndose de un lado a otro frente a sus ojos. — ¡Gracias, Thomi!

— Amo cuando me dices así. — Continuaba sonriendo mientras abría el paquete y ese era el preciso instante en que olvidas su edad y las cosas que hace en la cama. Sólo ves a un pequeño crío feliz con algo tan mínimo.

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— Lo tenías y tienes todo— dije para mí mismo sonriendo nostálgico. —, sin embargo, son las pequeñas cosas las que te hacen feliz. — Deposité el objeto en su sitio y sequé con el reverso de mi mano una lágrima que hasta el momento ignoré hundido en mis pensamientos.

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Acaricié su rostro hasta donde éste terminaba, bajando con mi dedo índice en punta por su cuello y perdiéndome en el inicio de su pecho. Sus ojos cerrados con una paz infinita, la luz del sol que entraba por la ventana alumbraba su perfil y creaba una sombra recóndita del otro lado de su rostro. Su mano libre descansaba inmóvil sobre la almohada también, con sus dedos flexionados involuntariamente. Mientras los labios carnosos que he besado hasta el cansancio se unían sin presión alguna.

Yo no me apartaba de su perfección, apoyando el peso de mi cuerpo en mi codo, con las sábanas tapando parte de mi desnudez, sólo era capaz de atesorar esa imagen en silencio. La mejor noche de mi vida acababa de pasar.

— Buen día. — saludé con una sonrisa cuando vi sus ojos abrirse de forma lenta. Inmediatamente me sonrió y sobó sus ojos.

— Uhm… buen día.

— ¿Cómo dormiste?

— Estupendamente. — Alzó una de sus manos hacia mi rostro y lo acarició como quien acaricia a una flor o a un frágil cristal. — ¿Y tú?

— ¿Cómo crees? — Su sonrisa se ensanchó y yo me incliné a sus pedidos. El lenguaje corporal es el más explícito y poderoso. Cuando dejas de precisar las palabras para comunicarte, es entonces que creas un vínculo especial.

Deposité un suave beso en su boca, moviendo mis labios con lentitud. Sentí su suavidad, así como lo era cada centímetro de su piel. Suave. Sentí su amor, sentí su entrega. La primera vez que me acostaba con mi hermano. Pero no fue sólo sexo, sino que se trató de algo más. Es decir, fue su primera experiencia, y fue conmigo. En cierto modo, yo también siento que tuve mi primera vez en algo: en hacer el amor.

— Te amo. — susurré luego del beso, alejándome y viéndolo a los ojos, los cuales abrió unos segundos después. Adoro cuando hace eso. Es como si se perdiera en el beso y luego disfrutara la sensación.

— He soñado con esto durante tanto tiempo que creo que es irreal.

— No puedo afirmar que no lo sea, pero puedo simplemente disfrutarlo. — Mordió su labio inferior y yo reí envuelto en un ambiente tan cómodo. Era casi mágico.

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Sollocé nuevamente. No he dejado de llorar en todo lo que va del día. Es que no entraba en mi cabeza cómo pude yo herir así a un ser tan tierno y tan dulce.

— Sólo puedo remendarlo. — De repente, sin previo aviso, una melodía molesta sonó en la recámara: el teléfono de Bill. Sin dudas un ringtone tan ruidoso, agudo e insistente, es digno de él. Intrigado por encontrarlo, revolví los almohadones situados en la cabecera de la cama, a un lado de mi cuerpo. Me acercaba cada vez más a la melodía a medida que sacaba almohadas de la zona. Hasta que lo vi con la pantalla parpadeando recibiendo una llamada. Lo atendí sin ver quién llamaba. — Diga. — Un silencio se hizo presente del otro lado del tubo. — ¿Hola? ¿Quién es? — Colgó.

¿Quién rayos era que no podía hablar con otra persona que no sea Bill? ¿Qué tan secreto era eso?

— Veamos quién eres. — Alejándolo de mi oreja, inspeccioné las llamadas recientes al móvil que poco entendía, pero el nombre que menos esperaba e imaginaba, había aparecido en el visor. — Gustav. — susurré anonadado. —Hijo de puta.

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Doblé en la equina y tomé la carretera rápida. Era un camino más veloz para llegar al hospital.

Otro día que mi padre me permite ausentarme en el estudio. Otro día que enfrento con las esperanzas de que Bill reaccione.

— Pero la puta madre. — maldije tomando mi teléfono móvil de la guantera del carro y oprimí send. Lo puse en altavoz y lo apoyé en el asiento del copiloto. — Diga.

— Buenas tardes Thomas, soy Fred.

— Fred, estaba pensando en llamarte. ¿Qué ocurre?

— Quería saber qué pasa con Bill.

— ¿Cómo? — pregunté desconcertado, sin apartar la mirada del camino.

— Sí, está desaparecido. Creí que hoy estaría aquí, en el hospital.

— ¿Mi padre no te lo ha hecho saber?

— ¿Qué cosa?

— Salió en todos los medios, todos hablan de su internación.

— No me pidas que prenda la televisión o compre el periódico. Desde que me metí en este caso evito esa clase de disgustos. Pero volviendo al tema, ¿cómo que internación?

— Bueno… tú eres casi de la familia y puedo decírtelo. Bill tuvo una recaída en cuanto a las drogas, ayer en la tarde.

— ¿Y cómo está él?

— Bien. A diferencia de la última vez, ahora se encuentra en terapia intensiva.

— Eso es bueno. De la terapia intensiva al coma, sin duda hay un largo trecho.

— Lo sé. Puede despertar en cualquier momento, pero lo que más nos preocupa a nosotros es el después.

— Sí. Por cómo es Bill, será complicado vivir esa situación.

— Pero me quedé intrigado con eso de que mi padre no te avisó. Hasta donde yo sabía, llamó a un médico personal para que se encargara.

— Pues no fue a mí, Tom.

— Ya. — resté importancia. — ¿Cómo está Milagros?, ¿hay avances?

— Sólo me habla para preguntarme por Bill. Bueno, no por Bill, sino por Federico.

— Oh… — Cambio de nombres. Muy conveniente. — Dile que está enfermo, pero que volverá pronto.

— Vale. ¿Y tu padre?, porque no olvidemos que está enfermo y tantas sorpresas y disgustos juntos no son buenos.

— Ahora está en el estudio. Aunque me opuse rotundamente, él dice que lo calma. Sabes cómo es él con sus decisiones, cualquiera que le lleve la contraria acabará perdiendo.

— Sí. Quizás le haga una visita al estudio después de salir de aquí.

— Sí, eso sería conveniente. Y Fred, muchas gracias por hacerte cargo de las visitas tú solo.

— No hay problema. Entiendo perfectamente la situación. Ahora te dejo, tengo que hablar con el doctor de la niña.

— De acuerdo. Nos estamos hablando.

— Hasta luego.

Continué recorriendo el corto camino que quedaba hasta la clínica preguntándome a qué doctor acudiría mi padre para que se haga cargo, nada más y nada menos, que de su hijo pequeño.

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— Por la puta madre. — La entrada del hospital estaba colapsada por periodistas que, al ver mi Cadillac estacionar, reaccionaron ligeros como buitres y nada de lo que quiera hacer ahora para escapar tendría resultados positivos.

Bajé del carro viendo la masa de gente, micrófonos y cámaras echarse encima de mí y le puse la alarma al carro para luego ingresar a la clínica sin querer hacer ningún tipo de declaración respecto a mi hermano. Ya eran las dos de la tarde y, aunque creí que llegaría más temprano, la carretera sur estaba intransitable.

— ¡Licenciado Trümper, unas preguntas por favor!

— ¡Licenciado, por aquí!

— ¡Sr. Trümper, ¿qué tiene su hermano?! — Yo sólo tomaba aire y me hacía paso entre ellos poniéndome duro como piedra.

— Mi hermano está bien, chicos. Por favor, permiso. — Pero cuanto más quieras avanzar, menos te lo permitirán.

— ¿Qué esconde su familia, abogado?

— ¡¿Qué es lo que están evitando con tanto silencio, licenciado?!

— Muchachos, traten de ser respetuosos, por favor. — Agradezcan, bola de imbéciles incompetentes, que me acercaba a la puerta de entrada porque de lo contrario tendría que empezar a repartir golpes para liberar el camino. — Con permiso. — De un empujón casi desesperado, me adentré en la clínica botando el aire contenido. — Oh, tienen que estar bromeando. — Me detuve aún en la puerta del establecimiento para contestar mi abrumador teléfono. Lo saqué con manos veloces de mis jeans y lo respondí observando a mi alrededor con fastidio. — Diga.

— Thomas, soy Georg. ¿¡Quieres decirme qué demonios ocurrió con Bill!? Tu padre acaba de hablarme sobre ello.

— Él tuvo una crisis, es todo. Está bien.

— ¿¡Bien!? No creo que esté ‘bien’ si volvió nuevamente a las drogas.

— Él no volvió a las drogas, Georg. Una recaída no es volver a ser drogadicto.

— Bueno, a juzgar por lo que Jörg me ha contado, para ti sí lo es. — Cerré mis ojos unos momentos y tomé aire para armarme de paciencia.

— Mira Georg, si tan amigo eres de Bill, dime qué haces en el estudio y no estás aquí para apoyarlo.

— Porque no soy ni el novio, ni el hermano y tu padre no me da el día libre para ir.

— Pues entonces le enviaré un mensaje de texto para que te deje venir, ¿qué dices?

— ¡Es lo mínimo que puedes hacer! Porque te aseguro que cuando Bill despierte al último ser humano que querrá ver es a ti. — Con semejante remate, me colgó. La palabra cargada de una recriminación inminente, se quedó en mi boca. Sólo pude apretar el aparato en mi mano, acercarlo a mi boca y mascullar:

— Hijo de puta.

Me adentré más en el hospital escribiendo un mensaje con ágiles dedos. Un simple ‘Georg debe estar aquí’ bastaba para que Jörg hiciera caso. Y no para complacerme a mí, porque para nada tengo deseos de ver a ese tío, sino para complacer a Bill. Es su mejor amigo, por mucho que yo dude eso, y necesitará verlo para cuando despierte.

Atravesé la recepción sin saludar a la recepcionista que ya conocía. Sabía a dónde ir y normalmente detesto quedarme media hora esperando los resultados de la lerda computadora para finalmente caer en cuenta de que la inútil esa escribió mal el nombre de quien busco. Son estúpidas. Todas, sin excepción.

Una señora de edad mayor ingresaba al elevador y me arrimé a ella para que no cerrara la puerta antes de tiempo. Le sonreí en forma de agradecimiento y ella me devolvió el gesto con un movimiento de cabeza.

El piso tres era el destino en común. Mientras esperaba, mi figura amorfa que se reflejaba en la puerta metalizada era todo lo que veía. En cuestión de segundos, nos detuvimos y la puerta se abrió. La mujer salió rumbo a la izquierda, mientras que yo lo hice por la derecha. La habitación 321 era la que Bill ocupaba, pero yo debía esperar en el pasillo hasta que los médicos crean conveniente autorizarle las visitas.

Caminando entre la gente, doctores y demás personal del establecimiento, divisé en la misma serie de sillas plásticas que solíamos ocupar, a Andreas. El rubio estaba sentado ahí, cruzado de brazos y con la mirada directa en la puerta de la habitación de mi hermano, viendo entrar y salir a enfermeras, pero nadie iba a hablarle y así sacarle menuda preocupación. Sentí pena por él y, al acercarme, intenté actuar amigablemente y dejar las continuas peleas para otro rato.

— Hola. — saludé y sólo ahí alejó sus ojos claros de la puerta, fijándolos en mí.

— Hola. — Me senté a su lado y apoyé mis codos en las rodillas separadas. Entrelacé mis dedos y observé toda la escena alrededor. — ¿Pasaste la noche entera aquí?

— Algo parecido— respondió. —, me marché a las tres de la madrugada y volví hoy a las ocho.

— O sea que dormiste casi cinco horas.

— No. No pude pegar un ojo en toda la noche. Creo que soy más productivo aquí.

— Pero debes descansar. Cuando Bill reaccione no le gustará verte mal por él.

— No importa eso. Lo importante es estar aquí para cuando eso suceda. — Torcí mis labios en una media sonrisa luego de oír y notar su enorme preocupación por Bill.

— Sin duda lo amas.

— ¿Tanto se nota? Trümper, tu hermano es la persona más importante en el mundo para mí. Solamente quiero verlo de pie, fuerte como siempre.

— Seguro así será.

— Y quiero estar a su lado para verlo— asentí. —, sea del modo que sea, quiero estar con él.

— ¿Por qué dices eso?, es obvio que será como pareja, como novio. — retruqué incómodo. Pero su rostro negó esto. Estaba triste, muy triste.

— Yo no creo eso. Las cosas no van bien desde algún tiempo. — suspiró. — No entiendo qué pudo salir mal.

— Bueno… el tiempo pasa y cambia a las personas. — No sabía qué decir.

— Sólo quiero que haya alguien ahí para él. Si no soy yo a quien quiere a su lado, lo entenderé. Pero que alguna persona sea su soporte, su guía. No puede estar solo.

— Siempre estará Georg, o papá… o yo. — asintió.

— Pero no de ese modo. Alguien que lo ame y que él ame también. — Eso resonó en mi cabeza.

— ¿Tú serías capaz de ser feliz sabiendo que ama a otra persona?

— No sé si sería muy feliz que digamos, pero siempre querré su felicidad ante todo. Y si esa felicidad está junto con otra persona, lo aceptaré. — asentí pensativo, mirando un punto en blanco en mi mente. — ¿Tú podrías?

— ¿Eh? — volví.

— Digo, posponer tu propia felicidad por la de quien amas.

— No sé. Sería complicado… No estoy enamorado.

— Estoy seguro que cuando lo estés, tu respuesta será un rotundo sí. — No respondí a eso. Simplemente me quedé en un silencio propio y personal. Andreas me hablaba de un amor infinito, tan inmenso como lo es el miedo a veces. Porque él seguro temía que Bill hallara a esa persona que tanto idealizaba. Y la felicidad que él mencionaba a raíz de la propia dicha de Bill era totalmente ficticia, una pantalla que podría crear para consolarse cuando lo pierda. Lo cierto es que no existe la felicidad si no se está con quien se quiere.

Yo entendía ese amor. Hace algunos años me marché y elegí posponer mi bienestar por el de Bill. Aunque él lo vea hasta el día de hoy como una traición, yo continúo viendo las cosas y hechos con la misma claridad. Preferí mil veces tragarme ese amor que sentía por mi hermano, para salvar su futuro laboral rebosante de éxito. Y no sólo el suyo, sino el de mi padre, y la permanencia del estudio. ¿Quién entendería y abalaría una relación basada en el incesto? Nadie. Bill simplemente lo perdería todo por mí y fue mejor marcharse para que hoy sea lo que es: un magnífico abogado.

— Tom. — por primera vez, Andreas me llamaba por mi nombre de pila. Esto vino acompañado de un codazo y luego se puso de pie. El médico a cargo de Bill venía caminando hacia nosotros después de salir de la habitación del mismo.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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