II Compláceme 10

Temporada II. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 10

¿Dónde crees que vas? — Leo me detiene del brazo cuando intento ir a por Bill.

No eres nadie para prohibirme el ir detrás de él— me zafo de su agarre, pero insiste y se interpone en mi camino.

Miren nada más…, Kaulitz Jr. que tiene carácter.

Miraba a Bill irse hasta que aquellas palabras se clavaron en mi orgullo, pero aparenté que no era relevante. Ahora jugaré tan sucio como Leo.

¿Recién lo notas? Creo que prestar atención no es tu fuerte.

Vamos, Tom…—se ríe entre dientes—. Esa actitud no te va— tranquilo, se lleva las manos a los bolsillos—. Y tampoco te sientas tan importante.

Escúchame, Morgan…— apenas soy capaz de advertir y él se ríe.

Diría que ese ‘carácter’ tuyo es algo nuevo en ti ¿Sabes…? Es una lástima que lo hayas demostrado hasta la muerte de tu padre, pero siendo honesto, antes eras ese típico sujeto cuyos padres le resolvían la vida… Por cierto, mis condolencias.

¿Qué pretendes? — le encaro—. Mira que manipular a Bill para conseguir lo que sea que busques…

¡Hombre! ¿Quién habla de pretender o manipular? —me lanza una sonrisa burlona—. Desde luego olvidaste tus modales, tal cual un crío, cortas la palabra a quien tienes en frente. Pero no me sorprende. Ahora retomando, Tom… Yo no pretendo nada. Lo has visto, ¿no?

Algo hiciste, porque no me creo el que Bill esté contigo— menciono apretando los dientes y conteniendo la cólera.

No ganas nada en convertir esto en una situación para niños. Y no voy rebajarme y pelear por él, ¿entiendes? Bill no es tal como lo trataste; un objeto.

Yo jamás…— me detengo. Analizo su rostro, sé que se regocija por dentro al creer que me ha llevado a donde quería—. No tengo porque darte explicaciones.

Veo que entiendes, Tom.

El que no entiende eres tú…

Soy otra clase de persona— me corta de inmediato—. Ahora; si él quisiera volver a contigo, ya lo hubiese hecho, pero ambos sabemos que no es así y jamás lo será. Entonces, Tom, hazte un favor… eres listo, seguro sabes cuál es.

No te conviene meterte conmigo— advierto.

No me asustas, ¿sabes por qué? No eres nadie— su mirada se fija en mí hasta que me escanea y dice: — No vale la pena seguir aquí, pero antes de irme, déjame darte algo— busca en sus bolsillos, conteniendo una sonrisa—. No te lo debo, pero Bill quería que fuese así.

Cuando me entrega un cheque, me quedo el blanco y no sólo por el hecho de haberme visto la cara de poca cosa

porque estoy indignado. Asqueado y muerto—, lo que me puede más es ver la cantidad y saber a qué se refiere.

Tal vez con eso te quede claro, Tom. Y no mal entiendas, y ni creas que te pago por Bill, simplemente te devuelvo a nombre de él, los 1.65 billones que, según tú, invertiste en… nada.

Esto es cosa tuya.

Me trago las ganas de perder el control y estrellarle contra el muro y romperle la cara. No me explico cómo es que me quedo estático y sin hacer nada.

Es cosa de Bill— repone y posa su mano en mi hombro—. Me marcho, pero gracias por venir, Tom. Me ahorraste el trabajo de buscarte, porque de alguna manera teníamos que hablar de esto.

La decepción de esta noche duele bastante. El enojo que siento me puede y el temor que tengo por perder a Bill nuevamente, termina por extinguirme.

Recordar las palabras de Leo sólo hace que me piense las cosas por enésima vez y no son de ayuda. Aun veo el cheque en la mesita de centro y me dan ganas de romperlo. Bill no pudo pedirle eso a Leo, que le conozco y sé que no sería capaz.

Morgan sí que ha jugado bien sus cartas, pero no voy a dejar que se salga con la suya.

Ahora que sé que es Leo con quien Bill ha estado todo este tiempo, soy capaz de hojear la demás información que Oliver Ejiofor había conseguido para mí. No me detendré.

La incertidumbre me está matando y no puedo ahogarla con alcohol. No me he embriagado aún, lo sé porque no he hablado al aire. O eso creo.

Suelto la respiración y dejo mi copa en la mesita para poder regresar la espalda al sillón. Estoy fatigado, casi amanece y de entre todo lo ocurrido esta noche, sólo puedo sentir que me desmorono. He visto a Bill. Le he llamado por su nombre y sostuve su mano. El corazón se me aceleró tanto y me quedé sin aliento. Creí que no tendría el valor para acercarme, pero antes de marcharme de la reunión, le vi bajar por las escaleras y actúe tan espontáneamente que después fue cuando caí en cuenta de lo que había pasado.

Aún tengo un nudo en la garganta, mis ojos siguen acuosos y tengo una sensación de vacío en el interior. Veo la diminuta caja en mi mano y una dirección que me anoté en el antebrazo.

«¡Anda! ¡No pierdas tiempo!» Pienso. En verdad sí que soy lento, supongo que a estas alturas ha de ser un efecto del alcohol.

Vuelvo a mirar la cajita y se me encoje el corazón.

—Debes tenerlo. Es tuyo, Precioso…— arrastrando las palabras, digo sólo para mis oídos—. Debes aceptarlo, no permitiré que te niegues a conservarlo.

Mi determinación está intacta. Tengo grabadas en los labios cada palabra que diré a Bill una vez vuelva a verle y aún más, al darle esto.

Me levanto del sofá y, a buen paso, salgo de la suite. Voy a por Bill y esta ocasión sí que diré todo.

&

No he podido dormir. La angustia se ha instalado en mi pecho y me es imposible dejar de pensar por algún segundo en lo ocurrido esta noche. Leo no dijo nada respecto a qué había tratado con Tom y eso me tenía mal.

Mi curiosidad por conocer los detalles de su charla, cada vez me confundía más y revolvía mis ideas, haciéndome pensar lo peor.

Estoy fuera de la cama, sentado en la misma posición de hace horas, sobre la silla que he llevado hasta el muro sólo para ver de lejos lo tranquilo que duerme Leo sin notar mi ausencia. Llevo la mano sobre mis labios después de lamerlos.

—¿Qué hice?

Suelto la respiración y llevo ambas manos hasta mi pecho. La he cagado esta noche.

Seco mis ojos con un pañuelo apenas siento que se humedecen y después de esnifar, aprieto los labios para que estos no me tiemblen ante las ganas de llorar. Contengo un sollozo y salgo de la habitación. Temo que haré ruido, Leo despertará y me cuestionará qué es lo que sucede.

—Basta…

Niego con la cabeza. Estoy exhausto. Mis ideas y sentimientos giran en casi todos los sentidos, pero es uno solamente el que me hace analizarlo todo.

Soy un idiota al aferrarme a que nunca nadie me había tratado tan bien como él lo hacía. En el fondo, echo tanto de menos su trato; incluso cuando me miraba y me decía Precioso, como lo hizo esta noche y provocó que mi corazón se hundiera en mi pecho. Pero me odio por eso. Creí que ya se había extinguido esa parte de mí que aún esperaba por él, cuando no era tan tarde. Ahora estoy con Leo. Tom no tiene derecho a volver y pedirme lo que creo que me pedirá y tampoco tiene derecho a acercarse e insistir cuando ya tengo algo con otra persona.

«Pero sabes lo que sientes, Bill». Me digo como si no me conociera e intentara convencerme de dejar las cosas en paz.

Me cuesta trabajo encontrarle sentido a la situación porque yo no debería estar pensando en estúpidas e inexistentes posibilidades de volver a verle después de lo que me hizo. Me da coraje el siquiera considerar el dejarle justificarse cuando él a mí me negó las palabras.

Debería ser diferente. Debería sostener la manera en que Leo me enseñó a ser y demostrar que yo puedo estar en el mismo nivel cual hijo de puta.

Pero no puedo.

Me enfurece y me da miedo al mismo tiempo.

Tal parece que estuve equivocado. Quizás Tom sí me había estado buscando hasta dar conmigo. Sé muy bien lo que dijo hace tiempo: «No importa si te vas, yo te encontraré». En ese entonces parecía ser más una advertencia por si escapaba de él. Ahora veo que era una promesa…

—¡Nonono! Bill, ¡ya basta! — me dejo caer en el sillón y miro el techo. Tom no puede sólo aparecer porque sí.

Me echó de su vida. Me humilló y trató peor que nada, haciéndome sentir de lo más bajo que pueda existir y aquí estoy yo; estúpidamente dando vueltas a todo y excusando sus acciones, creyendo ilusamente que él volvió a por mí porque me quiere y lo siente.

¡Pues no!

¡A que todo es una trampa!

¡A que Tom sólo quiere probar algo que no termino de imaginar con claridad!

¡Me niego a creer que se ha arrepentido!

¡Me niego a creer que él aún me quiere!

Tom ha de buscar algo y no me prestaré para saber de qué se trata. Si fue capaz de hallarme, nada le impide hacerlo de nuevo.

No puedo permitirlo.

Regreso a la habitación, visto lo que tenía puesto esta noche y al tomar mi equipaje de mano, me vuelvo para ver a Leo. Me muerdo los labios, culpable, pero después de lamentarme, salgo de ahí sin hacer ruido.

Siento que el corazón se me sale del pecho. Cuando Leo despierte y no me vea, sí que irá a por mí en una de dos maneras; furioso o preocupado.

Avanzo rápido hasta el ascensor, pero veo que sus puertas se abren antes de estar yo a unos pasos de distancia. Me detengo en seco cuando un par de personas salen pasando de mí y mi vista se fija al fondo del ascensor. Trago pesado, pestañeo y algo me quema en el interior. Retrocedo después de ver lo desaliñado que luce Tom con las mangas blancas de la camisa debajo de los codos, los botones abiertos y la corbata a punto de deslizarse por su pecho. Sus ojos lucen tristes y cansados.

Él avanza hasta salir y las puertas se cierran, cuando la luz del pasillo ilumina su rostro, algo destella en su cuello y veo que tiene puesto el dije que me había dado. Mi corazón vibra ante el recuerdo de cuando me dio aquello y avanzo lo más rápido posible hasta la suite para no sentir que me desmorono.

—¿A dónde ibas? —me dice.

—No te incumbe…

—No te vayas— me detiene y se sitúa frente a mí para bloquearme el paso—. No me des la espalda.

—No me toques— me zafo de su agarre sin siquiera mirarle.

—Bill, por favor, lo que sea que Leo te haya dicho, no es verdad— se apresura a decir y me lleva contra el muro, logrando que tire mi equipaje de mano—. Yo te lo puedo explicar, sólo dame un par de minutos y…

—¡No tienes derecho a volver! — le aparto de mí y me mira sin comprender nada—. Es muy tarde, Tom y no tienes derecho a volver y saber de mí.

Aprieta los labios y cierra los puños.

«No abras la boca, Bill. No digas nada…»

—No ha sido un día el que ha pasado, Tom, fueron meses ¡MESES! ¿Tienes alguna maldita idea de eso? —logro escupirle las palabras apenas conteniendo lo que siento—. Y no fueron simples palabras de despedida las que me dirigiste— no sé de donde he sacado tanto valor para hablarle así, pero no puedo parar justo ahora, mi dedo pincha en su pecho y él me detiene al tomarme de la mano—. ¿Quieres que te lo recuerde? ¡Eh!

—Cálmate, Bill. Sólo mírame y…

—¡No voy a mirarte! ¡No voy a hacerlo, maldita sea! —le empujo, pero él logra atraparme y me abraza a su cuerpo—. ¿Por qué volviste? —me separo de él para mirarle y después bajo la vista nuevamente hasta mi dije

en su cuello—. ¡¿Por qué ahora?! ¡Tengo una vida! Y tú no vas a volver para pedirme que vuelva y yo tampoco lo haré.

—T-Tal vez tienes razón…— dice después de unos instantes. Sus manos toman mi rostro y su tacto hace que se me erice la piel.

Siento que, si me mira nuevamente, flaquearé. Tenerle aquí, verlo a los ojos, escucharle y que su tacto se una al mío, hacen que me duela el alma. Me estoy odiando por dejar que se acerque a mí.

Con lentitud, le aparto nuevamente y él, sin bajar la mirada, me da a entender que el rechazo fue lo peor que pude hacerle.

—No debí buscarte nuevamente. Desde un inicio supe que no estaría bien, pero no pude contra mí mismo, con las ganas que tenía de verte y lo mucho que te echaba de menos.

Le miro ocultando mi sorpresa. Éste no es el Tom que yo conocía.

—Pasé mucho tiempo intentando averiguar si lo que sentía por ti era odio o…

—¿O…?

—Bill necesito hablar contigo. Necesito contarte lo mal que lo he pasado sin ti y debes saber también que fui un idiota y te creo ¡Te creo, Precioso! —su espontáneo acercamiento me dejó en blanco. Ha tomado mi rostro nuevamente y ahora junta su frente con la mía.

—Eso me tiene sin cuidado.

—Sabes que no es así ¿Bill? Hey, mírame y…

—¡Es muy tarde!

Mi frialdad ha logrado congelarle. Yo también me he congelado, ahora mi corazón se detiene y sube hasta mi garganta. Tom niega, enojado. Temeroso. Impotente…

—No vuelvas más.

—¡Nonono! Yo sé que Leo te ha manipulado para que me digas esto. Haz cambiado tanto, Precioso…

—¡Deja de decirme así! —al poner distancia, tomo mi equipaje de mano y él me alcanza. Me toma por los hombros y mira directamente.

—No eres el mismo.

—Te encargaste de destruir lo que quedaba de mí— menciono en un hilo de voz y él baja la mirada. Si digo algo más, terminaré rompiéndome delante de él—. N-No vuelvas. Mantén t-tu palabra…

—¿Mi palabra?

—¡¿E-En serio he de decirlo?! —levanto un dedo en señal de advertencia y él ni se inmuta—. No te quiero ni dentro de mí, ni en mi vida. Así que vete, Tom.

—Que hábil, usar mis propias palabras contra mía— niega y oculta las manos en los bolsillos—. Tú no eres así,

Bill. Esto no es cosa tuya. Yo sé que tú jamás…

—Ya no me conoces.

—Evidentemente, no.

Suelta la respiración y un silencio incómodo se forma entre nosotros. Toma algo dentro de su bolsillo y me mira como pidiendo mi aprobación.

—Me iré sólo con dos condiciones.

—No puedes pedirme eso.

—Puedo si es que jamás volveré a verte.

El que haya dicho eso hace que el nudo en mi garganta creciera aún más. Trago pesadamente para intentar deshacerlo y, esforzándome por no dejar que mis ojos se hagan agua, controlo lo que sus palabras me hicieron sentir y le dedico un asentimiento sin más alternativa.

—¿Eres feliz? —al tomar mi mano, deja un pañuelo arrugado en mi palma y hace que lo sujete—. Dímelo…

Le cuesta hablar.

Le cuesta contenerse.

Le cuesta mirarme y esperar la respuesta. A mí también me duele.

Me aclaro la garganta y, mirándole a los ojos, me olvido de que alguna vez me rompió en millones de pedazos. Voy a decírselo, aunque duela.

—Lo soy— le dedico un asentimiento y vuelvo a repetir: — Lo soy, Tom. Soy feliz. Él cierra los ojos y suelta su agarre.

Me quedo vacío y mi cuerpo entero tiembla cuando él retrocede y, sin pizca de emoción en el rostro, se despide de mí y se marcha.

Me quedo sólo en el pasillo, mirándole ir al ascensor, siguiendo sus pasos hasta que pulsa el botón y las puertas se abren para él. Al adentrarse, no vuelve la vista. Cuando las puertas se cierran, dejo escapar el aire ruidosamente y me apoyo en el muro detrás de mí, deslizándome hasta el suelo. Las manos me tiemblan al tomar el pañuelo y lo abro sólo para encontrarme con un anillo. Uno que dice nuestros nombres. Uno que incluye una fecha.

Suelto el anillo, levanto el rostro y miro hacia el ascensor con los ojos acuosos. Mordiéndome los labios, digo al aire:

—Adiós, Tom.

Continúa…

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por administrador

Publico con autorización del autor

Un comentario en «II Compláceme 10»
  1. ¡¡LOS ODIO A TODOS, TE ODIO TOM POR COMO HISCITE SENTIR A BILL, TE ODIO BILL POR SER MUY FRIO CON EL, TE ODIO LEO , NO SE POR QUE PERO TE ODIO!! (¡ESTOY MUY CONFUNDIDA, NO SE A QUIEN AMAR O A QUIEN ODIAR!)

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