Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 15
No necesitaba hacer nada más que dejarme llevar. Quería esto y él también. Tal vez Bill lo quería con mucha más desesperación que yo. Desde nuestro beso, él había dejado en claro que sería como él quisiera. Estaba descolocado por esa manera suya de llevar las cosas. Marcar el ritmo era una tarea mía, pero ahora, no sé a qué se debe el hecho de que impusiera algo sobre mí. Me fascinaba, en parte, y estaba seguro de que me llevaría al exceso.
Fue él quien me hizo seguirle hasta el living. Intenté hacerle caer en el sillón, pero en su lugar, él lo hizo conmigo. Sus labios no se despegaron de los míos cuando se inclinó para ponerse a la altura y subir a mis piernas. El corazón me late frenéticamente, pareciera que intenta estallar. Un subidón tremendo me eriza la piel y ésta arde con el contacto de las manos y el pecho desnudo de Bill. Siento que todo el calor empieza a estancarse en mi rostro, ardiéndome así las mejillas. Cuando sé que estoy equivocado y no sólo ahí es dirigido el calor, se me sale un jadeo cuando Bill se restriega contra mí tan deliciosamente que me hace reaccionar, sujetándole del culo y repitiendo la acción.
Se aferra al acojinado respaldo para separarse y poder mirarme. No pierdo detalle de cómo es que luce su rostro y los movimientos que le hago repetir una y otra vez. Vuelve a inclinarse para asaltar mis labios una vez más, sus manos se dirigen a la cinturilla de mis pantalones hasta desabrocharlos y después hacerlo con los suyos. Mi diestra se desliza entre sus prendas, sintiendo lo caliente que está su piel y cierro la mano en su nalga. Bill, moviendo la pelvis, logra acercarse todavía más. Vuelvo a estrujarle la nalga, mi mano izquierda va a su espalda, subiendo lentamente hasta su nuca y logro finalmente entrelazar los dedos en sus cabellos. Tenerle así; extasiado, provocativo, imponiendo un ritmo que sigo gustoso y dirigiéndome una mirada electrizante en cuanto pone distancia, hace que el interior me reviente por completo.
Detengo las caricias de imprevisto. Me mira sin comprender, hace amago de acercarse de nuevo, pero se lo impido. Le tomo del rostro, sus manos van a mis muñecas y me mira atento, pero aún con ese brillo de extrañeza adornando sus ojos.
Intento controlar mi respiración al igual que él, pero no puedo. Lo deseo y quiero hacerlo mío. Hay ideas cruzando justo ahora en mi mente, lanzando bombas que derrumban todo lo que dijo esta tarde. Derrumbando la confianza que estaba teniendo, el sentimiento que compartimos justo ahora y mi amor, casi triturándolo. Estoy dudoso, desesperado y un tanto decepcionado por lo que aún no he dicho. Le dirijo una mirada urgente, pero no sabe interpretarla.
Esto que pasa por mi mente, temía que se incrementara y acabara quebrantando todo lo que parecía ser bueno. De repente me parece algo irreal. Puede que sea una ilusión y yo no puedo dejarme llevar por eso. No de nuevo. Sé que está aquí, está conmigo en verdad quiere que lleguemos a romper cualquier límite, pero no puedo. Ha estado con Leo también, lo sé.
No sé qué tan estúpido sea esto; el frenarnos por aquella idea que taladra mi mente o si es aún más estúpido el que se lo diga. Temo por su reacción. Temo que me dé la espalda y en serio no vuelva jamás. Sé que me va a repetir las cosas; me va a decir que vino aquí a por mí y nada más. Sé que también repetirá sus palabras «Una vez más». Pero es que soy tan jodidamente desconfiado que dudo que esto esté pasando. Algo debió haber ocurrido para que…
—¿Por qué no volviste?
Bill rompe el silencio. Su pregunta me saca de la realidad por escasos segundos y no entiendo a qué se refiere.
—¿Por qué no volviste? —vuelve a preguntar.
Me aclaro la garganta, pero las palabras no me salen y tan solo niego con la cabeza y me encojo ligeramente de hombros.
—Fueron solo un par de ocasiones en las que nos vimos, pero sé que estuviste siguiéndome en Londres y…
—¿Cómo lo sabes? —le corto de inmediato.
—Steve me lo dijo
—¿Por qué habría Steve de decírtelo?
Sin poderlo evitar, junto las cejas, pero él lleva dos dedos a mi frente y acariciando mi piel hasta situarse en el entrecejo, logrando así quitarme la expresión.
—No importa porqué me lo dijo. Tú no respondiste mi pregunta en primer lugar.
—¿Y eso te hace no responder la mía?
—Fue un mes, Tom. Pensé que tú volverías— Bill baja la mirada y junta las manos sobre su regazo.
—¿Habrías cambiado de opinión si te buscaba una última vez?
—Probablemente no en ese momento, pero sí lo hubiera considerado.
—Y supongo que por eso estás aquí…— mi tono le pone alerta. Bill vuelve a dirigirme la mirada—. ¿Volviste sólo por tu orgullo herido? Querías… ¿Querías cerrar el círculo y dejar de sentirte mal contigo mismo?
—No.
—¿Entonces?
—Jamás dejé de echarte de menos, Tom.
Su confesión hace que el corazón se me sacuda en el pecho para después subir hasta mi garganta.
—¿Jamás?
—No. Y me dolía tener que admitirlo. Todo este tiempo lo negué, sé que te has percatado de eso. Es obvio que me negué también en creer que ciertas cosas cambiarían.
—Leo…
—Sí— aprieta los labios y contiene un suspiro—. Leo no es lo que tú. Nunca podría serlo. Intenté convencerme de algunas cosas y seguro recuerdas cuales.
—No podría olvidarlos.
—Yo tampoco he olvidado algunas cosas.
Su tono me hace darme cuenta de lo que se trata.
—Me rompiste el corazón.
—Y tú también partiste el mío.
—¿Terriblemente?
—Sí. Por desgracia, ambos lo hicimos.
—Te amo, Tom, a pesar de tus ofensas. Necesito de ti y por eso quien decidió volver fui yo, porque no pude más con ello y terminé por admitir esto.
—Oye, Precioso… no espero que recuerdes algo de lo que llegamos a hablar en esas ocasiones, pero quizás notaste que jamás me disculpe.
—Sí lo noté.
Él desvía la mirada y pretende cruzarse de brazos, pero abrazándole, le atraigo a mí.
—No lo hice porque no creí que tuviera derecho a pedirlo. Yo sabía que en algún momento lo harías y quizás volverías después de tanto.
—Esa es otra de las razones por las que vine a por ti— en sus labios se dibuja una pequeña sonrisa. Ahora siento el estallido de mi corazón. Ha sido fuerte, tanto que aun siento diminutas explosiones avivando las emociones que albergaba. Me invade un burbujeo bastante fugaz. Siento como mis labios se estiran y voy de inmediato a los suyos—. Te perdono porque te amo, Tom. Porque te necesito de vuelta. Porque te echo de menos y echo de menos esto— menciona beso a beso.
—¿Me lo juras, Precioso?
—Te lo juro, Precioso.
Se acercó mirándome ahora lascivamente y sonriendo muy apenas tras llamarme Precioso. Mis manos se situaron en sus piernas y seguí su silueta hasta tomarle con poca fuerza. Bill se inclinó para besarme, se removió sobre mí para levantarse y sin romper el contacto, le llevé hasta la habitación. Empezamos un camino de prendas cada diez pasos, los conté, fueron cincuenta y de esos pequeños.
—Dime una cosa…
—¡Shhht! —le corté de inmediato.
Nuevamente sentía como la piel me ardía bajo su tacto y el calor que él irradiaba era intenso en realidad. Su pecho subía y bajaba, y al poner distancia para mirarle, le llevé contra el umbral de la puerta, percibiendo a detalle los lunares que estaban a mi vista. Tomé su mano para entrelazar los dedos y con la diestra acaricié su mejilla hasta llevar mi pulgar a sus labios. Absorto en cómo sin dejar su piel me deslizaba con lentitud a su barbilla, sus jadeos apenas notorios escapaban de entre sus labios y el calor que ésta emanaba hizo que naciera en mi pecho una oleada de éxtasis que pronto llegó hasta mi abdomen y sentí un vuelco.
Me siguió un par de pasos más hasta que le hice subir a la cama para que se situara en medio.
—Mira hacia arriba— sugerí en cuanto estuve sobre él. Bill me hizo caso y volvió la vista a mí segundos después, mordiendo su labio inferior e inclinando la cabeza cuando me acerqué a sus labios—. Si hay algún momento en que mi mirada no esté sobre la tuya, por favor, mira hacia arriba.
—De acuerdo.
—Pero ahora, Precioso, cierra los ojos por favor— murmuro antes de darle un beso pequeño—. Ciérralos…
Pongo mi peso contra él para que se recueste, cuando su cabeza se sume en las almohadas, beso su frente, su nariz, sus mejillas y su barbilla para llegar a su cuello y continuar en búsqueda de sus lunares. Haciendo caminos repetidos con todos éstos, desciendo por su pecho, me encuentro con ese aretillo en el pezón que, lo confieso, había echado de menos. Bill sujeta mis hombros y se remueve debajo de mi cuerpo. Se me sale una sonrisa satisfactoria y continúo descendiendo. Beso su estrella, le doy lametones y muerdo su piel. Había deseado esto hace tiempo.
—¿Y si alzas la mirada? —se me corta la respiración, le sujeto con fuerza y llego a su vientre, notando la longitud que ha alcanzado su miembro hasta este momento.
Encogido, me mira directamente y lanzándome una sonrisa.
Su miembro aparece ante mí, fijo mi vista en éste y a medida que me acerco y dejo escapar mi aliento sobre el. Le acaricio con los labios hasta llegar a la punta. Bill se estremece. Le doy un lametón. Beso su punta y vuelvo para lamerle desde la base. Las puntas de mis dedos acarician su piel en esa zona. Con el índice delineo sus testículos y tiro de su piel utilizando también el pulgar.
—T-T-T…
Le hago la felación. Subiendo y bajando en un ritmo apenas distinguible.
Bill intenta encoger las piernas, pero no se lo permito. Alzo la mirada y noto que él se encuentra con los ojos clavados en el espejo de arriba. Vuelvo a su miembro saboreando el sabor del sexo. Hacía tanto que nada se igualaba con él, con lo que provocaba en mí. No, pero que idiota soy. Que él no puede ser como cualquiera. Él es especial. Es mío.
Le veo acallar un gemido, me incorporo, tomo sus piernas y le hago flexionarlas para que se gire un poco, cuando queda sobre su costado, su vista se fija en la mía. Me acerco al acecho, él sube los brazos y los oculta debajo de las almohadas para sujetarlas con fuerza y después oculta el rostro.
—Este es un buen momento para mirar hacia arriba, Precioso— sugiero.
Él niega de momento. Delineo las letras del tatuaje que tiene en las costillas mientras mi mano va de su pecho, abandonando el aretillo en su pezón hasta aprisionar su miembro. Comienzo un vaivén de movimientos leves para llevarle al exceso. Sus jadeos son cada vez más notorios, se estremece debido al placer y se aferra a las almohadas.
Es una lástima que no mirara el espejo en el techo, pero pronto lo hará. Lo sé.
Con suavidad, le volteo por completo y hago que se ponga a horcajadas. Su culito alzado me recuerda cuanto me gustaba verle enrojecido, estoy conteniendo la tentación de darle un guantazo. Me limito. No debería tratándose de él, pero no sé si sea conveniente que lo haga justo ahora. En su lugar, estrujo con saña sus nalgas, vuelvo a masturbarle y beso su espalda hasta llegar al final donde le doy un mordisquito.
Me he restregado contra su entrada. Bill cada vez más levanta las caderas pidiéndome que lo penetre. Se mueve para friccionarse contra mí.
Se me ha cortado la respiración y ahora ya no siento mis latidos. Nuestros jadeos y gemidos ruidosos me tienen descolocado.
Vuelvo a acercarme a su espalda, ahora juntando el pecho ligeramente contra su piel y me hago espacio entre su cuello para darle lametones y llegar a su oído.
—Precioso…— murmuro junto a él, carbonizándome al hacerlo.
Algo electrizante me recorre el interior y estoy seguro de que se lo he transmitido a Bill.
—Dímelo otra vez— me pide omitiendo un gemido.
Ahora le tomo con fuerza, listo para penetrarlo y él se vuelve como puede. Mis labios se juntan con los suyos y vuelvo a repetir: —Precioso…
Jaloneo su labio hasta soltarle y bruscamente me tumbo en la cama con él sobre mi cuerpo. Ahora sí alza la mirada, se ve tan solo un poco desorientado. Sus ojos castaños brillan a llama viva, su pecho sube y baja sin control alguno y sus manos guían las mías por su cuerpo. Mi diestra se desvía hasta su muslo, le hago separar las piernas y sin dejar de mirarle, levanto su pierna para tener un mejor agarre. Su mano izquierda lleva la mía hasta las sábanas y entrelazando los dedos, cierra el puño, mostrando su desesperación. Le veo morderse el labio mientras se masturba. No le dejo solo, mi mano va sobre la suya para aumentar su placer y siento que me deshago por dentro. Me estoy consumiendo. Estoy enloqueciendo.
Susurrando mis jadeos a su oído, siento también lo caliente que está su cuerpo al fusionarse con el mío y como ha curveado su espalda sobre mi pecho por la intensidad de esto. No pierdo más tiempo y él lo nota. Apoya ligeramente los codos en la cama y yo me adentro de él de poco en poco hasta aumentar el ritmo. Las sensaciones se intensifican. Sus gestos me descolocan. Y los sonidos de placer me dejan idiota.
El esfuerzo. El dolor. El placer… Todo me consume.
Que egoísta soy. Sé también que esto está consumiendo a Bill. Y me gusta verle. Me gusta como su cuerpo vuelve a temblar por el placer que le causo. Me gusta ver como sus gestos cambian, se vuelven únicos y repaso en mi mente una y otra vez este momento.
Siento como si se desvaneciera. Es como si yo mismo quisiera que traspasara a mi interior para no dejarle. Cada vez lo siento más cerca.
Bill dice mi nombre. Dice que me quiere. Dice no me detenga.
Aumento el ritmo. Me estoy carbonizando ¡Joder! Que no puedo. No puedo…
Al mirar a Bill, noto que se ha corrido un poco. Siento como mi miembro se oprime en su interior y seguido una presión me hace salir. Curiosamente, llegamos al orgasmo al mismo tiempo. Eso sólo había pasado una vez, aun lo recuerdo, nosotros estábamos en Francia.
El clímax se siente diferente. De pasar a la omnipotencia del momento, ahora me siento ahogado. El corazón no me para, llevo una mano al pecho de Bill y siento sus latidos. Le hago mirarme, junto su frente con la mía y él se desliza para acomodarse sobre su costado y acurrucarse a mí.
Cuando nuestras respiraciones parecen más tranquilas, le invito a la ducha, donde no paro de mimos. Siento como si en algún momento él fuese a desvanecerse. No quiero. No puedo permitirlo. Sé que justo hoy no me costó nada a comparación de él quien fue que se determinó en venir hasta aquí sólo por mí y eso solo declara una cosa. Pero eso no significa que yo no haya puesto de mi parte. Lo hice hoy y lo hice antes. Lo seguiría haciendo por nosotros, igual no dejo de sentir algo cruzarme el pecho de forma incómoda.
Al volver a la cama y verle tan tranquilo entre las sábanas aun mirándome, me hace sentir un burbujeo por dentro. Bill no dice nada, pero sé que quiere hacerlo. La mirada lo delata. Muerdo el interior de mis mejillas y me dedico a recorrerle con la vista las veces que sean necesarias para rememorar el momento por siempre. Su cabello húmedo y revuelto logra provocarme. Su mirada y la manera en la que yace recostado, hace que me pregunte, quizás por enésima vez, cuán real es esto. Cuando me vienen los recuerdos, me recuesto sobre mi costado y estiro la mano para llevarle unos mechones de cabello hacia atrás, como sólida hacerlo hacía tiempo.
—¿Por qué me miras así? — sonriente, se encoge en la cama, apachurrando la almohada entre sus brazos.
—Así ¿cómo?
—Así como sólo tú sabes mirarme.
Que diga eso me da gracia. No porque me parezca algo fuera de lugar, sino que me ha recordado lo inocentón que solía ser.
—Sólo te miro y ya— me encojo de hombros—. Quiero recordarte así esta y todas las noches. No hay más ciencia, Precioso.
—Que me llames así es…
—¿…extraño?
—No, en verdad iba a decir que era lo que quería escucharte decir una, dos y mil veces.
Su sonrisa se amplía y me contagia. No puedo con esta sensación que me embriaga. No me sentía tan feliz en mucho tiempo.
—Precioso…
—¿Sí?
—Precioso.
—¿Qué?
—Precioso— suelto una risa y él aprieta los labios para no hacerlo. Las mejillas se le han ruborizado tanto y ahora sí que se ve inocentón—. ¿Qué? ¿No querías que lo dijera mil veces? Sólo llevo tres.
Bromear así es algo irónico. Él toma una almohada y la avienta contra mi pecho. Guarda silencio por un momento y por fin dice lo que, estoy seguro, tenía ganas de decir desde que llegó.
—Deberé volver en algún momento, pero aun quiero ir a casa contigo.
—¿Volver?
—Es que…
—Dime una cosa— le corto de inmediato al incorporarme—, ¿Leo sabe que estás aquí?
—No, pero él…
—…él no se opone a que me veas— termino la oración por él—. ¿Te das cuenta que está controlándote?
—No hace eso— le defiende.
—Bueno, tal vez eres demasiado ingenuo para notarlo.
No debí decir aquello. Me quedo callado y él pretende salir de la cama, pero se lo impido.
—No quise decirlo.
—No sé si entiendes cuál es el problema, Tom, pero para estar contigo primero debo dejarle a él.
—Sé que no lo hiciste para venir hasta aquí— menciono de inmediato—. Pero… ¿Lo harás? —escéptico, levanto una ceja y él asiente.
—Claro que sí. Si no estuviese seguro de hacerlo, no estaría aquí contigo y no habría dicho que…— se detiene de golpe porque sabe que disfrutaré nuevamente el que diga esas palabras para mí—. Ya sabes.
—Pero quiero que me lo digas— le atraigo nuevamente a la cama y posa la cabeza sobre las almohadas tan cerca de mí que nuestras narices se tocan ligeramente—. Por favor, ¿sí?
—No. Pero sí puedo decirte que estaré realmente feliz de que vayas a Londres y sigamos viéndonos en lo que resuelvo lo de Leo.
—¿Te das cuenta lo que me pides?
—Sí y lo quiero en verdad.
—Bueno, dime en qué términos quieres que vaya.
—No te entiendo— frunce el entrecejo, pero evito que ese gesto se le marque en el rostro justo ahora.
—Quieres que vaya a Londres y sigamos viéndonos como si fuéramos ¿qué?, exactamente.
—Estoy seguro de que amigos jamás fuimos.
—¡¿No?! Pues te recuerdo, Precioso, que acepté tu petición de conocernos. Dime tú si eso no hacen los amigos.
—Me tuviste en tu cama antes de que eso pasara— recuerda con humor y golpea mi hombro. Digamos que ahora no tenía fuerzas para hacerlo en serio.
—Lo sé— mi brazo le rodea por momentos hasta acariciarle la espalda. Siento como el cosquilleo le hace removerse en gracia bajo mi agarre—, pero también fuimos amigos y fuimos novios.
—Yup.
—Pero tal vez no basta— sonrío idiotamente—. Te siento mío y a la vez no.
—Aunque llevara tu nombre en mi piel no dejarías de pensar en eso, ¿verdad? Pero va a cambiar, Tom. Volví a contigo.
—Volviste…— repito convencido de que, evidentemente, así fue—. Pero ahora…
—¿Cómo amigos y novios?
—Me parece que el término correcto sería amantes— levanto las cejas fugazmente y noto como la mirada de Bill se enciende al escuchar esa palabra—. Sí, amantes.
—Pero que esté con Leo y contigo lo hace ver diferente.
—Lo hace prohibido— le corrijo—. Mira, el ser amantes no implica lo que sé que estás imaginando.
—Dime.
—Los amantes no son más que aquellos que se aman y guardan el secreto. Y tú y yo ya habíamos sido un secreto.
—Y ser amantes nos hace diferentes a ser un secreto— la picardía enciende su mirada y se refleja también en una sonrisa.
—Pospuesto que sí— acorto la distancia y le planto un beso—. Así que, Precioso… ¿serías mi amante?
Me dedica un ligero asentimiento y después en un murmuro dice que sí. Se acerca nuevamente y me da un beso que, yo con gusto, lo acepto hasta prolongarlo.
Nos quedamos en silencio después de eso. Me mira. Le miro. Hay tanto silencio que puedo escuchar su suave respiración y lo calmado que está su corazón.
Luce cansado, sus ojos empiezan a apagarse y pretendo dejarle dormir, pero entonces levanto la mirada y veo por la ventana todas las luces resplandecientes de la ciudad. La torre Eiffel del Paris, me hace recordar cuando
estuvimos en Francia. Cuando esa noche después de terminar agotados sobre la arena, se metió en mi cama a mitad de la noche. Es ahora que el momento me parece familiar. Bill no ha cerrado los ojos, sigue mirándome en silencio desde hace un rato y no lo había notado porque estaba más en mis fantasías que con él en la cama. Vuelvo a ver las luces de afuera y como los chorros de agua de la fuente de aguas danzarinas se elevan tan alto que me resulta perfecto, pero detrás de esos chorros, destella algo y me viene a la mente esa pesadilla recurrente.
Vuelvo mi vista a Bill y él se mantiene en su lugar sin comprender por el arrebato que tengo al poner distancia. Trago pesadamente y dudo sobre hablar. Vuelvo a mirarle y él me pide que diga algo, lo que sea. Y lo hago.
—Cuando pasó aquello de nosotros y murió mi padre…— empiezo a decir entre titubeos. Bill espera por mis palabras—, fue cosa de unas semanas, tal vez, para que una noche despertara alterado gracias a un mal sueño. Ahora que lo recuerdo, no he vuelto a tenerlo y no sé por qué.
—No entiendo, ¿soñabas lo mismo una y otra vez desde que nos alejamos?
—Sí. Y ni yo entiendo cómo me ha cruzado por la mente ahora, pero igual siento que debes saberlo.
—¿Y qué era ese sueño? —no puede evitar morderse los labios.
—Discutíamos, sólo eso. Pero era más intenso de lo que lo hicimos y sentía como si me ahogara o fuera espachurrado hasta no poder más. Era un sueño muy caótico donde yo terminaba por irme y me seguiste hasta donde pudiste— guardo silencio por unos momentos y lanzo un suspiro. Los labios me tiemblan un poco, pero puedo soportarlo y fingir que no ocurre nada. Y mirándole a los ojos, termino por contarle: — Yo moría. Iba en el auto y moría.
—Tom…
—… Y despertaba tan alarmado a mitad de la noche, buscándote para que lograras calmarme por lo que había pasado, pero no estabas ahí. Nunca estabas— le interrumpo—. Tenía el interior tan revuelto que me costaba unos instantes asimilar la realidad. Siempre lamenté eso, Bill.
—¿El qué?
—Sé que no lo he dicho oficialmente o tal vez el volver a tenerte conmigo en la cama logró moverme todas las ideas respecto a esto y me hizo olvidar incluso lo que dije.
—¿Qué cosa? — su mirada urgente hizo que me quedara en blanco.
Me incorporo y él, más que intrigado, me imita y espera durante segundos eternos a que diga algo, como no lo hago, lleva sus manos a mi rostro. No tiene ni idea que hacer o qué decir. Lo sé.
—¿Qué cosa? — insiste.
Es como si por arte de magia todo estuviese bien conmigo. Por extraño que parezca, casi es apacible y me cuesta ver cómo ha ocurrido aquello.
Sé que Bill está confundido justo ahora. Sé que no he dicho nada en un rato, pero siento que ya no es necesario dudar. Todo respecto a lo acontecido hace tanto tiempo, parece que se ha desvanecido de momento y sólo por él, porque le tengo cerca y lo único que quería durante casi un año era esto; tenerle. Está aquí y ya. Sé que hay mucho detrás de nosotros, pero no importa. Le quiero. Podemos olvidarlo. Podemos comenzar de nuevo.
El corazón me tiembla y aun estando así comienza a latir tan rápido como queriendo escapar de mi pecho.
—Lamento tanto lo que te dije. Me arrepiento en serio, Precioso. Yo jamás…, yo jamás había imaginado que alguien…— me aclaro la garganta—. Es que no siento que pueda usar las palabras adecuadas justo ahora, sólo debías saber eso y también que te quiero y que, justo ahora, me encuentro bien. Extrañamente duele, pero estoy bien.
Lo único que había necesitado este tiempo en su ausencia era desahogarme, supongo. La mirada de Bill es tranquila. Se abalanza sobre mí para devolverme a la cama y se aferra tanto como puede.
Se siente bien estar con él aquí, pero esta no es la cama que compartíamos cada noche y tampoco es el lugar donde pasamos la mayor parte de nuestra relación. No es que el estar en este sitio no haya sido importante, claro que lo fue, pero la casa junto a la playa es más que especial.
—¿Nos vamos a casa?
—Ya te habías tardado en pedirlo— bromea y se me sale una carcajada gracias a su ocurrencia.
Le aparto de momento y me extiendo sobre la cama para alcanzar el dije que yace en la mesita de noche. Al volverme, él me mira ocultando una sonrisa detrás de un gesto inocentón, enardeciendo mis intenciones.
Me acomodo sobre la cama para después colocárselo y él se sitúa sobre mí. Le miro detenidamente, emocionado por esto, Bill rodea mi cuello con sus brazos y entonces le digo:
—Es tuyo, Precioso.
—Y yo soy tuyo.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Pero que bonito!!! ❤️