II Compláceme 19

Temporada II. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 19

Estaba implícito el dónde había escrito Bill su nombre sobre mi piel. Desde que tomó mis manos y garabateó las cuatro letras en cada una, supe lo que significaba. Ahora estaba conmigo, le tenía, Bill estaba tan complacido con eso al igual que yo. Me lo ha dicho con la mirada; estar entre mis manos es lo único que quiere. Eso y que, no me dejará mentir, le encanta cuando dejo enrojecida su piel.

Dos razones poderosas por las cuales sé que él ha dejado su nombre en mis manos.

Cierro los ojos esperando el momento en que pueda recuperar la fuerza de nuevo. Estoy exhausto y estar en la tina comienza a relajarme hasta el punto de hacerme querer dormir. Suelto un suspiro y entreabro los ojos, seguido, suelto una sonrisa al escuchar cómo se abre la puerta. Al llevarme una mano hacia el pelo, veo fugazmente su nombre en mi piel, desvío la mirada y en mi diestra vuelvo a leer su nombre.

—Bill…— digo y él se acerca despacio hasta detenerse a mi lado.

Mis ojos suben por su cuerpo desde sus piernas, aparentando no deleitarme con su desnudez hasta que me encuentro con su rostro. Él me sonríe y se pone en cuclillas para estar a la altura; desvía la mirada y, mordiéndose levemente el labio, sé que es lo que está pensando. Las burbujas sobre el agua le impiden mirar específicamente una zona de mi cuerpo, aquella donde pretendió escribir la P de Precioso y yo me aparté de inmediato. Me hacía gracia que quisiera dibujar por debajo de mi oblicuo derecho mientras sus dedos pinchaban mi costado para tener mejor agarre —según él—. Bill consiguió dejarme un rayón porque no aguanté el cosquilleo.

—¿Qué hace aquí un inocentón conejito?

—Apreciando la vista— menciona en medio de una sonrisa y sus dedos juegan a recorrer con lentitud el borde de la tina—. ¿No me invitas? —sus ojos conectan con los míos y de inmediato algo electrizante recorre mi interior.

Con una mano le hago una señal, invitándole así. Recojo las piernas para darle espacio y entonces él entra a la tina conmigo, separa las piernas para que sus rodillas sobresalgan del agua y éstas queden apoyadas en los bordes de la tina. Le escaneo con la mirada antes de que se dé cuenta y veo como las burbujas se adhieren a su piel y queda un espacio sin éstas sobre la superficie y alcanzo a ver su tatuaje de estrella por debajo del agua.

—Te demoraste. Usualmente me sigues hasta la ducha— digo medio en serio, medio en broma. Siempre me ha gustado ese gesto suyo cuando cree que he dicho algo verdaderamente estúpido.

—Esperaba escuchar el agua de la ducha para ir detrás de ti, pero como no fue así…

—Ya— le corto—, ¿cuál es la verdadera razón?

—Esa.

—Sé perfectamente cuando estás mintiendo— levanto la mano desde abajo del agua para salpicarle. Divertido, hace lo mismo para mojarme también.

—La verdad es que tardé porque no me apetecía sentir el agua sobre mí, tenía más ganas de algo diferente— termina modificando su tono de voz por uno más sugerente—. O ganas de alguien, no sé. ¿Tú qué crees?

—Creo que es otra mentira, pero si me dices qué te apetece, prometo guardar el secreto— le dedico una sonrisa y él desvía el rostro.

—Bien— una risa corta se queda flotando unos segundos entre nosotros—. Creí que estabas tocándote y por eso yo miraba por la puerta.

—¿¡Qué!?

Me sorprende que no me haya quedado sin aire por la carcajada que he soltado. No me lo creo.

—Como lo escuchas.

—La puerta estaba cerrada— digo entre risas.

—O eso era lo que tú creías— alza las cejas juguetonamente para sembrarme la duda.

Le miro y detengo la carcajada casi en seco. Puedo ver las intenciones que tiene reflejadas en el brillo de sus ojos. Además de no creerme sus palabras, me sorprende el que tenga ganas de más. A que pretende ponerme a prueba con su faceta de «soy insaciable»

—¿Querías verme así, Precioso? ¿Es esa tu fantasía? —no puedo evitar preguntar, la verdad es que me pincha la curiosidad.

—Sí, pero sé que te negarías si lo pidiera, te conozco.

—Eso, bien dicho— me burlo—. Y a todo esto… ¿qué ocultas? Me parece que todo lo que has dicho es para distraerme.

—No oculto nada, sólo guardo un secreto— me mira con tranquilidad y levanta las comisuras de sus labios en una sonrisa pequeña triunfante.

—¿Qué cosa?

—Cierra los ojos— me pide de inmediato.

—Mmm…

—¡Aff! No los vas a cerrar, ¿cierto? —cuestiona y yo niego con la cabeza—. Quería ver que llevarás esto.

Levanta la mano derecha y entre sus dedos se encuentra enredada una cadena con una placa realmente pequeña. Es, quizás, del tamaño de las yemas de sus dedos. Pestañeo un par de veces para cerciorarme de que la estoy viendo ahora e intento comprender cómo es que no pude verla antes.

Bill me dedica una sonrisa, se incorpora sujetándose del filo de la tina y, sin apartar su mirada de la mía, se acerca hasta hacerse espacio y subir sobre mis piernas. Junta su pecho ligeramente a mi rostro para que pueda apreciar mi nombre escrito en su piel. Me muerdo el labio inferior y reprimo las ganas de acercarme y delinear las letras entintadas sobre aquel lugar donde me encanta posar la mano y sentir sus latidos. Quiero que, por muy exagerado y romántico que se escuche, me lleve en el corazón, y si éste vibra al unísono con el mío al momento de estar en la cama, mejor aún.

Vuelvo a pestañear para alejar esos pensamientos de mi cabeza.

—¿Qué es? —tomo su mano y la llevo ante mi vista para ver lo que tiene entre los dedos.

—Es un regalo para ti— responde de inmediato y separa los dedos para liberar la cadena—. Sé que dijimos que compartiríamos el dije, podemos seguir haciéndolo si gustas, pero quiero que tengas esto.

Lo tomo con ambas manos para verlo, a primera vista su forma redonda me parece fuera de lo común, pero tiene una T y al darle la vuelta y leer las letras pequeñas, todo cambia.

«I love you to my star and back»

Se me detiene el corazón, levanto la vista y mis ojos conectan con los de Bill. La emoción que desborda y procura moderar, enardece mis latidos.

—¿Te gusta? —pregunta. El tono de su voz oculta algo de inseguridad y se muerde los labios—. Es especial— dice antes de que yo pueda siquiera agradecer—. No sé porque no se me había ocurrido antes, ahora mi estrella es de los dos— menciona entre pausas al quitármelo de las manos y colocármelo en el cuello—. Esperaba que fuera único, de verdad quería hacerlo especial, es lo primero que te doy y no quería arruinarlo. ¡Ah! Y no podía esperar para que lo tuvieras, así que no tiene envoltura. Ya, te dejo responder…

Parece preocupado, en realidad quiso que fuese algo insuperable. No sé qué pensar, hizo de ambos la estrella que le regalé y le dio significado con esas palabras. Me ha dejado sin palabras, usualmente soy quien deja si habla a los demás en cuestiones semejantes, y sus intenciones han sido las mejores, pero no siento que el sentimentalismo fluya totalmente en mi justo ahora y menos teniéndole completamente desnudo sobre mí, estando ambos en la tina y con ese aire provocativo con el que llegó hasta aquí.

—Entonces… ¿Te gusta?

Sus manos se mantienen en mis hombros y yo aprovecho para atraerle, rodeando su cuerpo con uno de mis brazos. Bill me mira detenidamente mientras acaricio su mejilla, desciendo a su cuello, deslizo la mano por su pecho hasta sumergirla y delinear su tatuaje en el oblicuo.

—¿Me quieres tanto?

—¿En verdad esperas que te diga lo que ya sabes? —arquea una ceja y las comisuras de sus labios se levantan en una sonrisa apenas notoria.

—Sí, me gusta que las cosas queden claras.

—No, de hecho, te gusta escuchar lo que ya sabes porque hace vibrar tu ego.

¡Touché!

Hacía tiempo que no me daba ese tipo de respuestas.

—Bueno, pero últimamente estás muy complaciente, ¿no te parece? Así que, ¿qué más si lo dices para mí?

—Lo diré una sola vez y tendrá que ser suficiente— responde a modo de juego e intenta apartarse, pero le detengo y no hace por querer poner distancia otra vez.

—Sí, una vez será suficiente. Anda ya, dilo

—¿Sabes…? No voy a hacerlo— juega con la mirada y se hace del rogar.

—Dilo— insisto.

—Olvídalo— hace amago de retirarse, pero nuevamente no le permito hacerlo.

—Si no lo haces…

—Ya, puedes leerlo perfectamente y…— me interrumpe, pero yo también corto sus palabras rápidamente.

—No sé leer.

—No jodas, Tom. ¿En serio? —rompe a carcajada limpia al igual que yo.

—Así que dímelo antes de que…

—Ya— su dedo índice va sobre mis labios para hacerme callar—. Te quiero, Tom. Te quiero desde mi estrella y de regreso.

—Eso es mucho… ¿Verdad, Precioso? —murmuro antes de juntar sus labios con los míos.

—Pues… sé que te gusta darle un par de vueltas con los labios y la lengua— menciona en broma refiriéndose a su tatuaje—. Pero sí, desde mi estrella y de regreso.

—Gracias—rompo el silencio que se ha formado y le beso.

—Es la primera cosa que te regalo, a diferencia de ti que me has dado tantísimas cosas.

—Bueno, tal vez deberías darme algo más.

—Lo que quieras— se apresura a decir.

Pareciera que vuelve a la realidad de hacía cinco minutos. Mis palabras devuelven a él las ganas de seguir con sus miradas y sonrisas sugerentes, y yo respondo a él de inmediato.

—Por pura casualidad, ¿no te guardas otra sorpresa para mí? —juego con la situación, pero él, divertido, niega con la cabeza.

—¿Sabes…? Estaba pensando.

—Déjame adivinar, ¿tiene que ver con un sujeto bien parecido y que también es bueno en la cama?

—Si te contara, no dudarías en meterte con él. Lo que ha dicho en serio me ha dejado en blanco.

—¿Se trata de mí? —pregunto con desconfianza. No sé cómo ha interpretado aquello.

—¿Y de quién más?

Niego con la cabeza al momento.

—Dime algo— pide de repente, quizás para alejar otro tipo de pensamientos que tengan que ver con lo anterior.

—¿Cómo qué?

—No sé, lo primero que te venga a la cabeza— se encoje de hombros y desvía el rostro.

—Mmm…

Hipnotizado, miro con cuidado sus movimientos; le veo mover las manos sobre la superficie del agua, apagando la existencia de algunas burbujas. Bill levanta ligeramente los brazos y veo cómo lo hace con lentitud. De repente, mi vista se fija en su pecho y veo el suave brillo del aretillo en su pezón, finalmente levanto un poco la vista, y en medio de una sonrisa, separo los labios para hablar:

—Tom.

—¿Tom? —de momento Bill luce extrañado, cuando sabe a lo que me refiero, corresponde con una sonrisa. Esta vez me sorprende la picardía con la que lo hace—. ¿Ahora me llamo Tom? O será que quieres escucharme decir tu nombre, ¿no es así?

—Llevas mi nombre justo ahí— señalo con el índice.

Casi siento las mejillas arder por lo que se avecina; la forma en la que Bill me muestra mediante una mirada su disposición a cumplir cualquier fantasía que se me atraviese por la cabeza.

—Tienes una mirada especialmente juguetona— me atrevo a decir.

—Y tú no pareces querer jugar— responde de inmediato.

Pone distancia. Ahora sus manos van a mi nuca y dirijo las mías a los bordes de la tina pretendiendo no dar respuesta a sus insinuaciones porque me gusta ponerlo a prueba.

—¿Cómo podría? No hay cómo jugar.

—Vamos, Tom…— poco a poco, corta la distancia y junta su rostro al mío—. Juega conmigo tanto como quieras. No soy de cristal.

—Sé que no lo eres— digo despacio.

A Bill le producía un inmenso placer el verme enfadado y a punto de castigar sus faltas. Que él llegara a provocar eso, me hacía sentir realmente en la cima de todo. Antes, cuando se las arreglaba para hacer que le impusiera un castigo, lo hacía sólo para llegar al sado. Ahora, no sé si va muy rápido o yo no estoy en la misma sintonía que él, pero saber y, aún más el ver lo que pretende, me hace estremecer. La idea de volver a ser como antes, no sólo al estar juntos, sino también el volver a los juegos que acostumbrábamos, cada vez golpea fuertemente en mi cabeza y mis ganas de repasar con él las reglas del juego son incontrolables. Podría someterlo justo ahora. Invertir las posiciones, hacerme de algo que tenga a la mano que sea capaz de limitar sus movimientos y disfrutar mientras le presento la futura erección que tendré.

Ya lo imagino y empieza a tenerme carbonizado.

Todo el tiempo había estado tentándome y en verdad desespero por hacer lo mismo con él. Que se me daba a la perfección hacía tiempo, pero mi placer no llegaría hasta su punto máximo si Bill no se resiste, si no luce prohibido e inocentón. Me puede más que se sienta indomable a que, así a la primera, se preste a mí en su totalidad.

—Podría considerar el jugar contigo, Precioso— digo al fin en un tono bajo, casi ronco como un ronroneo. Uno de esos que le hacen vibrar cuando cierra los ojos, así como ahora.

—Mmm… Precioso— pareciera que medita como le he llamado.

Veo su piel erizarse y como el aretillo en su pezón puntiagudo es tocado con las puntas de sus dedos sólo para llamar mi atención. Se acerca y me hace cerrar los ojos. Hace ademán de llevar sus labios a los míos, pero me impide el besarnos y acariciar lo tersos y sensibles que han de estar aquel par de labios que tanto gozaron hace un rato.

Parece satisfecho. Siento como se ensancha su sonrisa al dejarme tentado. Recorre mis brazos y llegar a mis manos, las toma para hacerme llevarlas hasta sus nalgas, cerrar los puños en su carne y que se friccione contra mí.

—Te gusta… ¿No es así, Precioso? —dice en un susurro. Una de sus manos libera la mía y con lentitud se dirige hasta uno de mis oblicuos.

Que diga eso me pone al cien, pero me siento avergonzado. Me llama Precioso cuando sus dedos tocan ligeramente el lugar donde quiso escribirlo.

—Necesito encontrar el cómo llamarte.

—¿A mí? —pregunto confundido y aparto mis manos de él.

Pongo distancia para mirarle, pero insiste y me veo en la necesidad de tomarle de las muñecas para llevarlas contra su pecho y así se esté quieto. No le ha gustado que lo hiciera.

—Sí— pero no me demuestra por completo que lo que he hecho le ha jodido tanto—. Tú me llamas Precioso estemos o no dándonos placer. Quiero también poder llamarte de alguna manera.

—Tú ya me llamabas de una manera, ¿lo olvidaste?

—Me gustaría que me lo recordaras.

Sin decir nada más, se aleja lo suficiente y sale escurriendo de la tina. No quiero perder más tiempo, así que voy detrás de él y al escucharme jalar la puerta, se medio vuelve a verme. Bill yace de pie frente a la cama y termina por cubrir su hombro con la tela de una bata negra que, estoy seguro, es la mía.

Mirándome por el rabillo del ojo, me escanea hasta darme la espalda. Veo como anuda las cintas de seda mientras me acerco. Deshago el nudo al rodearle con los brazos y juntar mi cuerpo al suyo. Se tensa de inmediato, acerco mis labios a su nuca y suelto un suspiro. Se le ha vuelto a erizar la piel.

—Me puede tanto ver cuando te pones así— sus manos van a las mías cuando le abro la bata y no me permite quitársela—. ¿Qué fue lo de hace unos instantes?

—Tú dime.

—Pues… Yo diría que intentabas jugar con fuego— digo ahora cerca de su oído y en instantes me encuentro del otro lado intentando lamer el lóbulo de su oreja izquierda—. Y ya has demostrado que no eres capaz de jugar con el. Te quemas fácilmente, Precioso.

—No es cierto— su altanería me derrite por dentro. Está dándome justo lo que quiero—. Sé jugar tan bien como tú— mi agarre se vuelve aún más fuerte después de escucharle.

—Recuerdo que no podías ni sostenerme la mirada cuando yo estaba enfadado o ya ni eso— sin apartar mis manos de él y sin dejar de retenerle con la misma fuerza, me las ingenio para subir la bata hasta su cintura—. Me llamabas Señor y en un par de ocasiones la palabra Amo salió de tus labios, ¿ya lo olvidaste?

Le empujo a la cama y subo a horcajadas sobre él. Mis manos estrujan la tela de la seda color negro una y otra vez mientras recorro su cuerpo. Me mantengo inerte en sus nalgas y le escucho ahogar sus palabras llevando el puño a su boca y hundiendo el rostro en la cama.

—Precioso es lo que te define a ti, por eso me escuchas llamarte así un sinfín de veces— desvío la mirada y me encuentro con el rotulador. Quiero hacer algo—. Pero si quieres hallar algo para mí además de aquellos dos términos los cuales usaste, está bien.

Voy hasta su espalda baja y, jodidamente tentado, le doy un beso al final de su columna, paseo mi lengua por la zona hasta sentir el inicio de su hendidura. Rápidamente destapo el rotulador con una mano y escribo Precioso sobre su nalga derecha. Se remueve y logra darse la vuelta para que yo pueda verle. La bata ha quedado revuelta debajo de él y me mira tan provocativo que no le hago esperar más y rompo la poca distancia que aún hay entre nosotros.

—Cuando lo hagas, podrás demostrarme que no eres capaz de quemarte si es que juegas con fuego.

—Puedo demostrarlo ahora mismo— dice por último antes de besarme.

A estas alturas, no creo que importe qué tan rápido van las cosas. No sólo es mi novio, también es mi amante, y si queremos, podemos hacerlo, pero creo que al menos yo si lo consideraré un par de veces antes de tocar el sado.

Continúa…

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