II Compláceme 20

Temporada II. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 20

De seguir en el departamento, Bill hubiese continuado con un juego de miradas entre inocentonas y peligrosamente seductoras para tenerme en la palma de su mano, como ha intentado a lo largo de los días. Realmente quería disfrutar de Bill tanto como él quería hacerlo conmigo, pero él tenía en mente un juego que yo no estaba dispuesto a seguir, al menos no por ahora.

Le hice salir para pasarlo bien el resto del día y que dejara sus inasistencias un momento. Entonces entramos a un restaurante donde pasamos largo rato y hablamos de cualquier cosa que se nos atravesó por la cabeza y en los escasos momentos silenciosos, noté otro tipo de intenciones en su mirada. En verdad que es persistente y, obviamente, no descansará hasta que yo diga algo que endulzará sus oídos y le haga sonreír de oreja a oreja por lo que sea que quiere.

Intenté desaparecer esas ideas de su mente, teniendo éxito, charlamos de tantas cosas y siento que la más importante fue cuando tocamos el tema de la última vez que estuvimos aquí. Aquella ocasión fue memorable, pues recuerdo a la perfección que mi trato con él era diferente en su totalidad. Era más íntimo y la complicidad permaneció en ambos hasta el último día en Londres. Ahora todo ha cambiado. Bill es, después de tanto, mi pareja, pero aun así extraño aquella complicidad.

Antes de que cayera la noche, dimos un paseo en un pequeño parque cerca de London Eye. Le contaba a Bill aquello que hablé con Cimone y mientras omitía detalles, noté que la manera en la que me miraba había cambiado. Estaba atento a mis palabras, sí, pero me daba la impresión de que Bill quería decir algo. Hice una pausa a propósito para que dijera lo que sea que quisiera decir, pero en su lugar miró en dirección a mi cuello y después desvió el rostro cuando se dio a entender. Apreté los labios ligeramente y sin que me viera llevé una mano hasta lo que pendía de mi cuello. Ahora entiendo su reacción, creo que yo también hubiese hecho lo mismo al recordar la manera en la que se dieron las cosas cuando me dio esto.

«I love you to my star and back»

No lo niego, fue algo ardiente mezclado con romance. Más ardiente que romántico, de hecho. Y supe lo qué Bill quería al descifrar su mirada y la idea sí que me tentó, ¡joder! Estaba que me deshacía por dentro, pero en realidad no veía porqué apresurar las cosas. Quería más bien que fluyeran en otro ritmo.

Recuerdo sus insinuaciones en la tina y a lo largo de esta semana fueron cada vez más frecuentes y yo solo podía pensar en cómo me gustaba que mi cuerpo respondiera a Bill cuando se acercaba, aunque yo no cediera.

Ahora me mira de la misma manera en que lo hizo esta mañana. Detrás de ese gesto tranquilo se ocultan sus verdaderas intenciones. Inclina un poco la cabeza hasta que rompe nuestro contacto visual, chupa su labio inferior y voltea el rostro. Había intentado lo mismo durante días y sabía perfectamente cómo utilizar cada momento a su favor para tentarme. Por las mañanas al tomar el desayuno, iba directo a la cafetera y cuando menos me daba cuenta, Bill ya estaba detrás de mí juntando su pecho a mi espalda en una manera sutil con el simple pretexto de alcanzar una taza de arriba. También hacía lo mismo en la ducha. En la estancia al ver tv, se recostaba en el sillón para posar la cabeza en mi pierna y mantenía inerte su mano en mi rodilla. Y ya como último recurso por las noches fingía estar dormido, y acurrucado junto a mí, posaba la mano en mi pecho y terminaba por deslizarla hasta lograr introducir el meñique en mi ropa interior.

No creo que pueda resistir más si vuelve a hacerlo. Y bajo cualquier situación —a excepción de la cama— sus palabras fueron las mismas; «dime lo que sea que quieras hacer ahora, Tom»

Bill soló quería verme explotar, pero sobretodo quería que yo le propusiera lo que él mismo no se atrevía a decir. Por alguna razón quiere que lo diga primero.

No se trata de que me convenzas.

Entonces dime lo que sea que quieras hacer a hacer ahora, Tom— baja uno de sus brazos, dejándolo ahora en su costado mientras el otro lo alza sobre su cabeza y veo sus dedos revolver con lentitud algunos mechones de cabello—. Dime, por favor— me mira con tranquilidad.

Tal vez de manera inconsciente me mordería el labio inferior y le habría escaneado con la mirada un par de veces hasta detenerme en su tatuaje de estrella donde aún permanece visible la tinta del rotulador —desde ayer que volví a escribir mi nombre sobre él y aún no se borra—. Pero justo ahora estoy tan centrado que ni siquiera le regreso un gesto.

Lo que quiero ahora es comer porque muero de hambre— hago ademán de levantarme, pero él habla de inmediato.

¿A mí?

¿Cómo dices?

¿Me vas a comer a mí? —una sonrisa peligrosa se dibuja en sus labios y se vuelve en la cama para recostarse sobre su abdomen y ocultar los brazos debajo de la almohada y posar la cabeza sobre ésta.

No le correspondo la sonrisa, en su lugar, me acerco hasta su oído.

A ti, Precioso, te comería a bocados realmente pequeños. Me gusta más la idea de disfrutarte con lentitud, pero tú, como de costumbre, acelerarías las cosas y de comerte, que me pedirías que fuera a bocados grandes. Y no, no te atrevas a negarlo.

Tom, puedes disfrutarme como tú quieras. Rápida o lentamente, pero puedes hacerlo ahora. Quiero que lo hagas ahora— murmura contra la almohada.

Ahora, más tarde o quizás mañana. No cuándo— poco a poco pongo distancia hasta levantarme—. El punto es que no quiero que vayas cinco pasos delante de mí, como siempre vas apresurando las cosas, Bill.

Yo no creo que apresure nada. Pero sucede que no puedo esperar, contigo no me gusta esperar— se incorpora en la cama —. Estuvimos tanto tiempo alejados, prometimos volver a ser como antes, y ahora solo te veo y siento que… yo siento…— como si se castigara por estar a punto de decir algo, Bill se muerde los labios—. Tom, quiero que me tengas y quiero tenerte también.

Debemos estar de acuerdo en esto y tú solo pretendes orillarme.

Ya sé, pero desde que llegaste no ha ocurrido nada entre nosotros.

Bueno, no sabía que tenía que ocurrir a diario.

Basta, que sólo me haces pensar…

¿Que no te deseo? —le arrebato las palabras de los labios y, casi molesto, Bill asiente—. Si tuvieras al menos una idea de todo lo que no puede hacer antes cuando estabas conmigo y lo que justo ahora me apetece, sabrías lo mucho que te equivocas.

Tom…

Hablemos después de esto, ¿te parece?

Niego con la cabeza y no digo nada más. Bill se queda callado e inmóvil, le doy la espalda y voy a la estancia, seguramente pasará un rato hasta que vuelva a hablarme.

Lo que mencionó anteayer me dejó las cosas claras. Ahora levanto la vista y mis ojos conectan con los de Bill.

—¿Qué más dijo ella? —dice.

—¿A qué te refieres? —respondo de inmediato pues no recuerdo siquiera que había mencionado antes de recordar aquello.

—A lo que tú madre dijo de mí.

—¡Ah! —caigo en cuenta—. No fue la gran cosa. Ya te lo he contado todo, sólo hablamos y le dije que vendría a Londres por ti porque decidimos tomar una oportunidad para nosotros— me encojo de hombros ahora ya sin mirarle—. Ella lo supo al instante en que nos vio, ¿recuerdas? Fue en el aniversario del hotel al que asististe.

—Cómo olvidarlo— responde casi irónico y eleva los ojos.

No me ha gustado su tono, no sé si lo haga al recordar lo sucedido con mi padre o a las estupideces que cometí esa noche.

Me cae de peso, pero no se lo digo.

—No sé cómo lo lleve, o como lo asimiló desde entonces— menciono cuidando mi tono de voz—, pero supongo que lo hace bien, sino, no hubiese dicho que estaba de acuerdo.

—Parece ser la única de acuerdo.

—Steve lo está también— digo mirándolo a los ojos. Lo último que quiero es que las cosas exploten por referirse a mi padre.

—Steve me llevó a ti— menciona con orgullo.

—Lo sé, Bill.

Parece que le extraña que haya mencionado su nombre y me quedo en silencio mientras le veo.

No puedo, es decir, él me puede y por eso no va conmigo el molestarme con Bill por lo que, seguramente, ha dicho sin pensar. Así que intentaré relajarme un poco.

—¿Entonces ella lo sabe todo?

—Cimone sabe lo que tiene que saber; nos conocimos, estuviste conmigo, hubo problemas…

—Los que hubo con Alinadeduce.

—Sí, pero eso ya no importa, ahora henos aquí— quiero dejar este tema de lado.

—En Londres, donde, según yo, empezó todo— dice de inmediato.

—A decir verdad, fue en la subasta— le corrijo, pero él niega con la cabeza—. Sí, y te vi vestir… Oye, por cierto, ¿por qué hiciste aquello?

—¿Qué cosa?

¡Bien! Ahora seguro que deja el otro tema de lado.

—Lo de las orejas y el plug de conejo. ¿Por qué los usaste?

—Quería sorprenderte, Tom, nada más eso— añade con una sonrisa cantarina al final.

—Ya, usando eso— le miro con los ojos entrecerrados—. Pero te olvidaste de dos detalles; los zapatos altos y las medidas a esta altura— recorro con el índice su muslo y él parece quedarse en blanco.

—B-Bueno, pudiste verme sin ellos— logra decir sin tartamudear—. De todos modos, fuimos a la cama, así que de nada.

—¿Por qué?

—Por encender la chispa que te carbonizó desde un principio— simula una sonrisa traviesa—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

—Tú sabes muy bien— le detengo al sujetar su muñeca, pero se hace el desentendido—. Sí, sí que lo sabes.

—Tom, ¿en serio? ¿Aquí en el parque? —mira por todos lados hasta volver a fijar su vista sobre la mía—. Bueno, si quieres. Pero no aquí, vayamos a un lugar más alejado— me lanzar un guiño y pasa de mí dejándome boquiabierto.

Le sigo el paso mientras asimilo lo que recién ha dicho. ¿Hizo alusión a que tuviésemos sexo aquí mismo?

Nonono… yo no hice referencia a algo similar. No sé por qué entendió eso.

¡Ah, ya!

Caigo en cuenta que es sólo otro de sus truquitos para tentarme y hacer que le proponga… no sé. No sé qué es lo que realmente quiere ese chiquillo.

—Cimone dijo algo realmente ridículo— le cambio la conversación y ahora me mira sin comprender—; que no volviera si no era contigo.

—¿Por qué?

—No sé, sólo lo dijo y ya. Quizás y…

—Eso no— me interrumpe—. ¿Por qué dices que es ridículo?

—Hablo por los dos cuando digo que será mejor si nos evitamos momentos vergonzosos e incómodos, ¿te parece?

—¿Vergonzosos? ¡Claro! Porque no quieres que me enseñe fotos tuyas cuando estabas en pañales— rompe a carcajada limpia—. O cuando estabas sin ellos.

No le digo nada para no arruinar el momento porque me encanta ver cómo se achinan sus ojos y como la gente voltea a verle ante su risa escandalosa.

—¿Sabes…? Si quiero conocerla, pero sólo por las fotos.

—Tal vez será mejor que lo planeemos— creí que eso apagaría sus ilusiones, pero en su lugar, Bill toma ventaja de mis palabras.

—¿Lo de los juegos? ¡Sí, perfecto! Quiero que ates mis manos con una soga, ¿no te gustaría verme dispuesto a todo? —levanta las cejas de manera fugaz, supongo que extasiado, y así se adelanta un par de pasos hasta que le alcanzo nuevamente.

Ahora me pensaré muy bien lo que diga, no quiero que vuelva a voltear la situación.

Caminamos codo a codo hasta una vereda junto al río Támesis, yendo hacia South Bank. Pude ver el cómo la gigantesca rueda de London Eye se iluminaba de colores hasta que mi atención se centró en la manera distraída en la que Bill pretendía tomar mi mano. Sus nudillos rozaron contra los míos hasta que logró enganchar nuestros meñiques, justo como había hecho la primera vez. Desvié la mirada, pero esta ocasión sí que supo disimular. No me miró hasta que solté su meñique para reemplazar el agarre por tomar su mano y entrelazar los dedos.

Parecía que estaba por anochecer pues el alumbrado de la vereda y las luces de los árboles se encendieron —de un color claro las primeras y los diminutos bombillos enredados en los troncos de los árboles eran de un resplandeciente azul—, luciendo así solo para mostrar el Dear Road hacia donde nos dirigimos.

—Veamos— me detuvo de repente haciéndome seguirle hasta una luz alta junto a la barda que hacía el límite de la vereda.

—¿Qué cosa? ¿Los barcos, el Big Ben, los botes…? —apenas pude decir rápidamente mientras señalaba en todas direcciones con el dedo índice.

—No, eso no— se carcajea.

—¿Entonces qué?

No dice nada, me mira y me mira. Sonríe de esa manera tan inocentona con la que solía hacerlo, se para ligeramente en la punta de sus pies y se acerca para besarme. Pasea la punta de su lengua por mis labios, me hace entreabrirlos para profundizar y pone algo de distancia. Le sigo, vuelve a besarme y mantiene los labios separados contra los míos, haciendo que su aliento choque contra el mío. Siento como sonríe hasta que voy a él con fuerza y termino por jalonear su labio. Un suspiro se escapa de él y pongo poca distancia para ver cómo aún mantiene los ojos cerrados. Me inclino nuevamente a besarle, le atraigo hacia mí y hago ligera presión contra él y la barda. Una de mis manos va a su espalda, me deslizo por debajo de su prenda hasta alzarla un poco y su piel se eriza cuando ésta tiene contacto con la fría superficie a la que ahora ya aferra las manos.

—¿No dijiste hace un rato que fuéramos a un lugar más alejado? Bueno, estamos lejos de mirones— digo cuanto él hace amago de apartarme.

Se inclina hacia atrás y me mira casi boquiabierto. Esta vez yo he tomado ventaja de sus palabras.

—Me impresionas.

No le respondo, en su lugar miro hacia todos lados hasta conectar nuestras miradas. Mi mano aún permanece en su espalda, entonces decido hacer algo más y desciendo hasta la cinturilla de sus pantalones y la jaloneo con dos dedos. Lego hasta donde el botón y cierre y los desabrocho con lentitud. Bill vuelve a removerse, no me mira, pero tampoco hace el intento por detenerme.

—Nonono— dice al volver a inclinarse hacia atrás y sus manos van sobre mi diestra—. No…

Mira en todas direcciones hasta que busco su mirada.

—¿En verdad no?

Mi pregunta le hace dudar. Sabe que quiere, pero sigue sin responder o dejarme libre el paso a introducir mi mano en sus prendas. Se muerde el labio inferior y baja la mirada.

—Me has encendido— el tono en que lo dice me hace pensar que está avergonzado. Bill hace una pausa y entonces alza el rostro—. Quiero que juegues conmigo.

—Mmm…

—He estado pensando en algunos nombres. ¿Boss?

—¿Para qué…?

—Para llamarte así— me corta—. ¿Te gusta Daddy?

—No, es muy estúpido. Ambos lo son— pongo algo de distancia y abrocho sus jeans—. Además, Boss o Daddy no me van en lo absoluto.

—Claro que sí.

—Es que tú y yo jamás fuimos DaddyDom o BabbyGirl. Ese tipo de juegos no me van yo soy más de…

—Sado— dice rápidamente y me mira atento.

Suelto la respiración y acorto aún más la distancia, acorralándolo y mirándole con seriedad.

—Creo que hay muchos términos que no conoces, ni yo mismo los conozco a fondo, pero esos dos que te dije involucran el sado.

—Entonces podemos serlo.

—Te he dicho que a mí no me van ese tipo de juegos— corto su desenfreno y ahora me mira serio—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Sado? — le veo asentir —. Sado…— repito—. Es curioso porque no hemos hablado de ello, pero me parece que es precisamente de lo que querías hablarme durante toda vez esta semana— le veo apretar los labios—. ¿Por qué no lo hacías? ¿Esperabas a que fuera yo quien lo dijera?

—A decir verdad…

—Por favor, sería muy tonto que mintieras, sé que tus insinuaciones sólo apuntaban a eso. Fue obvio desde que me pediste que jugara contigo sin tener cuidado. Bill, no es necesario que me plantes la idea en la cabeza y mucho menos que dejes tus palabras en puntos suspensivos. Sé con exactitud lo que quieres, tu mirada lo ha dicho a gritos desde que te metiste conmigo a la tina.

—¿En serio?

—Claro… ahora viene la parte donde finges demencia— hago un ligero cabeceo y él sujeta mi chaqueta para acercarme más, pero aparto sus manos—, tus palabras se vuelven halagadoras y sugerentes; me pinchas con la curiosidad, como es tu costumbre, pestañeas un poco y me das la espalda para que vaya detrás de ti proponiendo lo que quieres oír porque ya estabas pensando en eso que te apetece. Y supongo que debo felicitarte por no dar bandera de rendición, pero te diré algo…

—¿De lo que me apetece? —interrumpe mis palabras con un tono inocentón, pero no caigo ante él como seguro pensó que sí.

—Dijiste que hallarías una manera de llamarme y te recordé el cómo lo habías hecho.

—Y quiero volver a llamarte así o de alguna otra forma— se apresura a mencionar—, pero que sea algo nuestro.

¿Qué tiene de malo que intente buscar una palabra que te defina a ti? Me aparto, niego con la cabeza y vuelvo a verle.

—Hace dos días tuvimos una conversación y te dije que ambos debíamos estar de acuerdo en esto, pero tu trabajo ha sido querer orillarme a ello. Estamos en un punto inicial de una relación donde quisiera que todo fluyera a su tiempo, pero siempre vas por delante y no puede ser así. Yo no puedo así.

—Nunca— dice en un tono que me jode.

—Mejor nos vamos y lo hablamos en casa, ¿te va?

—Hablémoslo ahora, ¿por qué debe ser al llegar a casa?

—Porque si llegamos a un acuerdo, Bill, te arrancaré la ropa y, si lo que quieres es que castigue tus faltas, tengo esto para hacerlo— le muestro la palma de la mano—. Pero tú dime, ¿charlamos aquí o en casa? —miento sobre para que se dé por vencido.

En silencio y dirigiéndome una mirada inquisitiva, camina frente a mí por donde hemos venido.

No entiendo por qué la insistencia, ¡joder! Si quiere llamarme de una manera, ¡que lo haga! Pero yo no puedo tocar el sado con él. No se sentiría bien.

Continúa…

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