Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 23. EXTRA
Les seguí el paso con discreción desde que dejaron el bar y como locos, dieron vueltas por los pasillos hasta que entraron a un área solitaria. Sospecho que en algún momento sintieron que les seguían e hicieron aquello para despistarme. No lo sé. Pude escuchar cada una de sus palabras, me limité a eso cuando realmente tenía tantas ganas de plantarme frente a ellos y reclamar a quien era mío. Al percatarme de que irían a otro lugar, anduve detrás de ellos hasta que él cerró la cortina. Escuché el murmullo de su voz y sentí que me ardía el pecho cuando dijo «apartado número tres».
Me detuve ahí, agitado, cuidándome la espalda para no ser visto hasta que escuché como una puerta se cerraba. Corrí la cortina y me dirigí a paso veloz por el pasillo que decía «cabinas». Lucho por controlar lo que se intensifica en mi interior y sin llamar a la puerta, me precipito dentro. Para mi suerte no hay nadie.
—Bien…
Cierro colocando el seguro e intento tranquilizarme. Suelto la respiración y me vuelvo. Veo una luz tenue traspasar el cristal y algo se remueve en mi interior. Me acerco con lentitud al sillón cómodo que yace a una distancia considerable del cristal. La luz roja que se encuentra debajo del borde, permanece apagada. Ellos aún no han decidido si permitirán que se les escuche, lo cual me mortifica. Les veo mover los labios, pero bajo ningún ángulo puedo deducir lo que dicen.
Me siento mucho peor ahora al verles así de cerca. Toda la noche me he cuidado para que nadie me viera y ahora qué más quisiera que él supiera que estoy aquí. Que estoy siendo presa de la rabia porque él solía mirarme de esa manera, como diciéndome que esperaba sentirme, así como que también le sintiera. Era una mirada real la que él me dirigía cuando estaba a punto de hacerle mío, era tan real y jamás podrá negar lo mucho que lo disfrutaba. Él solía también temblar ante mis caricias, gozaba de mi tacto y de lo que le decía al oído, justo como ese otro lo hace ya mismo.
¡No puedo!
Frustrado, me muevo para rodear el sillón. No puedo controlarme y suelto un par de golpes a la acojinada superficie antes de siquiera considerar el salir de aquí e ir al apartado para detenerles sin importarme nada.
«No es necesario» Me digo en el pensamiento.
Me exijo autocontrol y después de lanzar varias respiraciones profundas, escucho murmullos y levanto la mirada. Ellos ya han permitido ser escuchados.
«Quiero llevarte al exceso, Precioso»
Me pone terriblemente mal escuchar que se dirija a él de esa manera. Bill, objeto de mis parafilias, será tomado por alguien más frente a mis ojos. Ver como Tom pretende profanar su cuerpo, mintiéndole al decir lo que ya acabo de escuchar cuando en realidad nadie podrá hacerle sentir como yo lo hice.
—Oh, Bill… pobre iluso. Ni siquiera nuestra última vez juntos podrá ser igualada por él.
Me acomodo en el sillón, inclinándome hacia en frente para apoyar los codos en las rodillas y entrelazar los dedos frente a mí.
El día de la celebración de Jace y Amara, noté algo extraño en él. No sé qué le haya dicho ella, si le metió ideas en la cabeza o si incluso Jace tuvo algo que ver. No soy de involucrarme en lo que terceras personas dicen o no, pero esa noche sí que algo había sucedido. No me he tomado la molestia en averiguar qué fue exactamente porque eso no va conmigo, pero si hubiese podido evitar escuchar a Jace decirme que Tom buscaba la manera de dar con Bill, la verdad, estaría mejor.
Ahora sólo puedo sentir la angustia instalada en mi pecho día y noche, se sacude mi interior al pensar en la posibilidad de que él llegue algún día reclamando a alguien que ya no le pertenece o bien, que Bill decida irse en algún momento.
Esta noche ese presentimiento ha vuelto a atacarme, pero me atrevería a decir que en su máxima expresión. Me hago de respiraciones profundas para no perder la calma o llegar con un aire hostil a casa.
Puedo controlarlo.
Recién me estaciono frente a la mansión, bajo de mi vehículo tan rápido como puedo sin importarme que haya dejado mis pertenencias adentro y ando hasta la entrada.
—Señor Morgan, buenas noches…
—¿Dónde está él? —cuestiono al empleado que me recibe sin darle importancia a su saludo.
—No ha salido en todo el día.
Le aviento las llaves y las atrapa al vuelo. Acelero el paso al entrar a la casa, subo las escaleras de dos en dos y al llegar al pasillo, veo que absolutamente todo el lugar yace en penumbra menos nuestra habitación. La puerta está entreabierta y una luz tenue atraviesa solo la mitad del pasillo.
Sin aliento, avanzo y me precipito al entrar, localizo a Bill con la mirada hasta que le veo en el alféizar de la ventana. Éste se pone de pie apenas y me escucha.
Podría decirse que toda sensación es reemplazada por el alivio que me provoca verle, pero una chispa de extrañeza y asombro se instala en mí durante unos instantes.
—¿Bill? —le analizo de pies a cabeza y entrecierro los ojos al ver el cambio—. ¿Por qué?
Me parece algo extraño verle teñido de negro. No sé por qué me recuerda a cuando recién había llegado conmigo, incluso me mira de esa manera tan peculiar como lo hacía al inicio. Su mirada me pide mi aprobación para algo, no sé qué será y no sé por qué sigue viéndome de esa manera.
—Leo…
—¿Por qué? —interrumpo sus palabras al insistir. Me dirijo hasta él y le rodeo con el fin de observarle más de cerca, pero luce aún más tenso con mi presencia—. Sigo esperando, Precioso. ¿Por qué te has teñido de negro?
No puedo negarlo, me gusta como se ve. Luce peligroso y ahora mis fantasías vuelan. Él siempre ha logrado que pierda el autocontrol a la primera, claro, eso hasta que entro en mi rol como dominante. Bill me provoca infinidad de cosas con su simple pero deliciosa presencia. Yo nunca me he ablandado con él, tal vez en un par de ocasiones esa fue la impresión que quise darle, pero sólo fue para que accediera a todo lo que me apetecía.
Ya sea a la buena o a la mala, de alguna manera siempre accedía.
Me he detenido detrás de él, le tomo por los hombros para relajarle y es entonces que me acerco a su oído para poder hablarle con la confidencialidad que a él tanto le encanta.
—¿Qué sigue después?
—Nada, solo pensé que te agradaría.
—No solo me agrada, me enciende.
Mis labios se estiran para formar una sonrisa cargada de perversión y deseo. Necesitaré pronto atarle a la cama.
—¿Imaginas que viene ahora? Delicioso pelinegro…
—Y si tú…
A Bill le sale la voz como en un susurro. Siento como la tensión abandona su cuerpo cuando le rodeo con los brazos. Se convierte en alguien maleable, sigue muy bien los movimientos de arrullo en los que le envuelvo para hacerle confiar y le hago volverse.
—¿Esperabas por mí?
—Como todas las noches.
Hay algo en su mirada, no es la misma perversión que hay en la mía, sino que se trata de la lujuria. Hasta pareciera que también me suplica con la mirada. Ese brillo especial en sus ojos me recuerda por qué quise tenerlo en cuanto lo vi por primera vez.
Me atrevo a cortar la distancia que separa sus perfectos labios de los míos. Bill contiene la respiración en los pocos segundos que dura nuestro beso, pone distancia para dejar escapar la respiración. Escuchar cuando hace eso, me incita a besarle con fuerza. Si me acerco ahora para saciar mi necesidad de sentir sus labios abiertos y dispuestos a recibirme, probablemente le hiera al devorarle. Su boquita quedaría húmeda, hinchada y con marcas de mis dientes o gotitas de sangre.
El corazón ya se me ha descolocado y no existe manera de tenerlo sosiego aún sin que esté en su lugar.
—Como todas las noches— repito sus palabras. Eso me hace recordar el fuerte presentimiento que tuve—. No te creo.
—Te lo juro. Solo pienso en cuándo volverás y si es que vienes dispuesto a tomarme.
—¿Te atreves a jurar?
Parece ansioso. Sus manos van a mi camisa para abrir los botones uno a uno hasta que se detiene, estrujo su cuerpo contra el mío y él cierra los ojos de inmediato.
—Te necesito, Leo.
De un tirón le quito los pantaloncillos de dormir, estrujo sus nalgas y encajo mis dedos en su piel. Escucho sus jadeos, le llevo contra la pared y termino por desnudarlo.
Mis labios y los suyos no vuelven a tocarse de momento. Comienzo a estimularle en un arrebato por seguir escuchando aquella sinfonía de placer que me dedica, pero tan pronto vuelve su juramento a mi pensamiento, siento las ganas de advertirle qué pasaría si al llegar él no está para mí.
Mis ideas cambian repentinamente y se vuelve desagradable lo que provocan. Me aparto de él tan abruptamente que casi cae al suelo. De manera inconsciente, recorro su cuerpo con la mirada, siendo incapaz de apartarla y reaccionar para decirle algo. No es normal en Bill actuar con el mismo pudor con el que lo hace ahora.
—Leo…
—De rodillas— exijo.
Retrocedo aun mirándole y saco una caja plateada que yace debajo de la cama. Bill me mira sin comprender qué es lo que tengo en las manos cuando él, dubitativo, se arrodilla en el suelo.
Al abrirla tomo principalmente dos objetos, cuando vuelvo a Bill, éste me dedica una sonrisa apenas visible. Con movimientos desesperados, le coloco el antifaz que cuelga de mi mano y ajusto las esposas a sus muñecas. Le veo morderse el labio y le escucho chillar cuando las esposas pellizcan su piel.
Soltando la respiración de manera ruidosa, camino de un lado a otro antes de determinar qué haré con él. Aquellas ideas vuelven a sacudir mi mente, intento evadirlas, pero vuelven a hacerse presentes.
—Precioso… ¿En serio esperas por mí?
—Todas las noches— responde entre jadeos leves.
Me acerco a la cama en un par de pasos y tomo la caja, sacando el fondo falso y sosteniendo sin problema alguno el objeto que jamás hubiese querido sostener frente a Bill.
Cierro los ojos al acercarme y rodearlo.
—Y dime, entonces ¿es a mí a quien sientes o es alguien más?
Tarda escasos segundos en responder, lo cual me impacienta. Me detengo frente a él y me pongo en cuclillas para acariciar las facciones de su rostro con la punta del objeto, usando la delicadeza que él merece. Me detengo en su mentón y subo hasta sus labios.
—Lámelo, Precioso— le pido.
Bill confía en mí a pesar de que no sabe qué es lo que tiene delante suyo y lame con tanta dedicación, deleitándome con esa candente muestra de una felación imaginaria.
—Te ves tan delicioso haciéndolo— menciono apenas moderando mi voz—. ¿Sabes de qué otra manera luces delicioso?
—Bésame…— pide en un susurro solo para distraerme.
—¡Shhht! —le acallo al posar un dedo sobre sus labios—. Recuerda cuando solíamos jugar, Precioso. Sabes que me gustaba la manera en que me mirabas a los ojos y me pedías más. Lo disfrutabas tanto, pero si no es a mí a quien sientes en la cama…— llevo el antifaz sobre sus ojos y cae en cuenta de lo que nos prohíbe chocar las narices es el arma que sostengo—. ¿Soy yo o es alguien más?
Me mira sin parpadear cuando me pongo de pie y apunto a su cabeza. El interior se me remueve. Me pesa el haber recurrido a esto, pero me dirá la verdad sí o sí.
—Leo…
Su voz insistente tiembla un poco. Bill está asustado tan solo de mirar el arma al elevar la vista.
—No te pongas nervioso, Bill— vuelvo a rodearlo, llevando ahora la boca del arma sobre sus hombros y su cuello—. Ya respóndeme, si no quieres que…— vuelvo frente a él.
Sus ojitos acuosos imploran que aleje el arma cuanto antes, pero esto no debería frenar su excitación. Diversos objetos han acariciado su piel mientras me pedía más en el sado, no veo mucha diferencia entre eso y el arma que sostengo. Si le gustaba el peligro e ir tan lejos fuese posible, ahora debería entender que aceptarme a mí es eso y ya. Solo puedo ser yo.
Me muevo por la habitación, pero él sigue mirándome. Cuando llego a la puerta, escucho que ha soltado la respiración, pero me vuelvo de inmediato, ya sin apuntarle. Pongo el seguro de la puerta y finalmente vuelvo sobre mis pasos. Bill se ve demasiado tenso. A que creyó que me iría, así como si nada.
—Oh… Tranquilo, Precioso. No está cargada— me acerco para ayudarle a ponerse de pie—. Es solo un juguete como los muchos otros que me has pedido usar contigo.
Arrojo el arma tan lejos es posible y le empujo a la cama. Bill se remueve debajo de mí cuando intento ir a por un broche especial para sujetar las esposas al cabezal. El broche hace ‘click’ y él lucha por zafarse. Me pide que me detenga porque mi arrebato le ha provocado un susto tremendo, dice que le de un momento a solas y que de paso piense bien las cosas, pero yo sé lo que quiero justo ahora. Y lo que quiero es no detenerme. Me tiene totalmente encendido desde que se dejó atrapar por mi hasta cuándo me miró con sus ojitos llenos de lágrimas. Para mí, Bill solo está interpretando un rol como mi sumiso y ambos estamos en un juego donde ahora yo soy un perverso increíblemente ansioso por saber él que sólo piensa en mí cuando estamos juntos. Claro que Bill no estaba enterado, he improvisado el juego en cuanto dudó en responder.
—Siempre has sido tú— logra decir.
—No sé si creerte—llevo una mano a su quijada y aprieto un poco.
Siento como me hierve la sangre y ésta corre a gran velocidad por mis venas. No puedo evitar el expresar lo que está por explotar dentro de mi pecho gracias a él.
—Siempre, Leo— responde acelerado, pero aún con la voz temblorosa—. Siempre lo serás, lo juro.
Dirigiéndole un gesto duro, me siento cada vez más omnipotente a comparación de la ira que latigueaba en mi interior.
—¿Seguro que ver aquello no cambió tu respuesta? ¡Eh! —alzo la mano con la que le sostengo y la llevo con fuerza a su mejilla. Haberle dado ese bofetón es algo que de momento me pesa.
—¡Te lo juro, Leo! ¡Te lo juro! —responde entre sollozos.
Suelto la respiración y convencido por su respuesta, le dedico una media sonrisa.
—Me alegra saberlo, Precioso— me acerco para verle de cerca y limpiar sus ojitos—. Ahora, si me permites, nos haré disfrutar mucho con este juego.
Le doy un beso antes de bajar el antifaz a su boca y convertirlo en una mordaza.
Cuando desperté la mañana siguiente, Bill permanecía lánguido, lo más alejado posible, justo en la orilla de su lado de la cama. Encogido y abrazando las almohadas, respondió a mi cuando le di los buenos días. Cuando acerqué para rodearle con los brazos y atraerle a mi cuerpo, vi las marcas de mis manos y mordidas leves que adornaban de mala manera la tersa piel de su espalda.
Jamás le dije que nunca quise mostrarle el arma. No hablamos en días hasta que me fui a Australia y tuve que volver antes cuando me enteré que él había salido de casa.
Ahora entiendo qué fue lo que sucedió realmente. Sin importar que a mí me haya jurado hasta lo inimaginable, él siempre pensó en Tom cuando estábamos juntos. En realidad, siempre presentí que así era, pero trataba de no darle importancia y disfrutar de él antes de que todo acabara. Después de todo, me había escogido a mí. Hice de él lo que quise que fuera. Bill me brindó tanto placer que no me arrepiento de nada. Solo que no puedo dejarlo ir tan fácilmente.
Yo tenía el arma en esa ocasión, pero finalmente él me disparó noche tras noche. Durante meses hasta el final. No hay cosa que me haya dolido más que eso. Y no hablo totalmente de mi orgullo, sino de mí como persona. Su partida sí que rompió parte de mi corazón.
«Se fue sin decir adiós. Se fue y no tuvo tiempo ni para mentir»
Me levanto de mi asiento y al ver como Tom degusta las exquisitas texturas de la piel de Bill, y como reparte besos y mimos en su espalda, me doy cuenta que he tocado el cristal. La añoranza de estar con Bill una vez más, destruye todo en mi interior.
Del bolsillo interno en mi saco, ese que yace cerca del corazón, tomo un papel en el que escribí tres frases que quería que el supiera. Cuando escucho a Bill declarar lo que siente por Tom, mi gesto se endurece y rompo en pedazos lo que le escribí.
Salgo de la cabina sin volver la mirada y regreso por donde he venido.
Tan pronto estoy afuera, tengo una llamada entrante que dudo en atender. Tras maldecir, respondo después de varios tonos.
—Te dije que no volvieras a llamar— soy capaz de decir mientras aprieto los dientes. Lo último que quiero es que las cosas salgan mal si ella se inmiscuye nuevamente.
—Estuve esperando tu confirmación todo el día. Están o no en Roma. ¡Dime! —escuchar su voz me hace perder la poca paciencia que me queda.
—No. No, Alina. Ellos no están en Roma— respondo alterado—. Y te advierto de una vez…
—¡Teníamos un trato! —me interrumpe—. Quedamos en que yo te daría lo que necesitaras para que tu Precioso de Fuego volviera a ti y tú me dirías…
—¡Cállate! —me esfuerzo por no estrujar el móvil en las manos—. No me cabe en la cabeza cuán estúpida eres, Alina. Y escúchame bien, olvídate de cualquier maldito trato que hayamos tenido.
—¡Pero qué idiota! Tú sin mí…
—¡Cierra la boca! —estoy conteniendo un fuerte grito frustrado—. Ahora entiendo porque cambias de amante tan seguido, ellos no pueden ayudarte a comprar una vida para que dejes en paz al resto del mundo. Así que graba esto muy bien en tu memoria; no quiero que vuelvas a llamar, tampoco me busques y mucho menos te acerques a Bill. Mis asuntos los atenderé yo mismo, ¿te queda claro?
—No te será tan fácil, Leo. Te arrepentirás…
—Anda, pruébame. Que si quiero puedo hacer lo que Tom no hizo. Saldrías del mapa antes de que alguien se diera cuenta. Sabes que digo la verdad.
Termino la llamada y me encamino al auto.
—Algún día te arrepentirás también, Precioso.
Continúa…
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Que fuerte este capitulo me da tristeza por leo pero el fue el intruso y las cosas son como son Bill es de Tom y Tom de Bill