Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 26
Todo se sintió diferente al llegar a Venecia. Bill lucía entusiasmado, estar aquí le traía recuerdos de aquella vez que vinimos. No da señales de querer recordar lo de hace un rato, mencionar algo, ni nada de eso. Le veo determinado en hacer que esto funcione por su parte y hago lo mejor para que se note que también quiero que lo nuestro vaya bien, sin hacer caso a las intromisiones de Leo.
Steve me dejó dicho que un bote nos llevaría al hotel, pero Bill no parecía querer ir allá, tenía ganas de perderse por ahí. Logré convencerlo para hacer mañana todo eso que quería y camino al hotel no dejaba de hablar sobre lo que fuera que se cruzara en su mirada. Era gracioso verle así de impresionado, no recuerdo la última vez que algo le asombró tanto. Debe gustarle mucho este lugar, esa expresión que tiene me recuerda a cuando recién estábamos juntos.
Al llegar al hotel Danieli —donde Steve hizo la reservación—, su impresión vuelve y me dice lo primero que le viene a la mente de la primera vez que le traje. Me da gracia el cómo lo dice, pero debo procurar no reír. Me dirijo al mostrador, recibo un saludo de la persona delante de mí, pero no respondo a éste, doy los datos necesarios y el empleado se toma su tiempo para hacer el procedimiento. Veo a Bill curiosear con la mirada todo el lobby, mira detenidamente una pintura en el muro, y apuntando con el dedo, sigue las líneas del rostro de la persona dibujada en óleo y deja de hacerlo cuando algo más llama su atención: yo. Se vuelve a verme un par de segundos, rompo el contacto visual cuando dirijo la vista al empleado, quien me llama y da la llave de la habitación. En cuanto la tomo, Bill se planta a mi lado.
—Que mirada tan discreta— dice en voz baja.
—Es la única que tengo— respondo y él me codea.
—No frente a él, que no me apetece… ya sabes, algo de tres— se ríe por lo bajo y toma de mi mano entrelazando los dedos. Cruzamos miradas y él levanta las cejas más con humor que con picardía.
—Que disfrute la estancia, señor Kaulitz— dice el empleado, interrumpiendo así lo que Bill pretendía y le dedico un asentimiento leve.
Un botones se acerca para llevarnos el equipaje y guiarnos el camino. Al llegar, a Bill se le escapa un suspiro por lo impresionado que está. La suite es increíblemente grande y hay tantos detalles que dejarían maravillado a cualquier persona que pusiera un pie dentro.
Steve se ha lucido con la reservación, espero agradecerle después.
El botones nos deja el equipaje a un lado y se retira instantes después. Bill pasea por la pequeña estancia — ignorando el salón comedor—, acariciando parte del cabezal de los sillones finos hasta rodearlos. Se dirige a las puertas altas detrás de las cortinas de tela casi transparente y las abre a la par para salir al balcón. Su desenfrenado entusiasmo se ve reflejado en la mirada y la sonrisa que me dirige cuando se vuelve a verme.
—¡Esto es perfecto! Vamos, Tom, ven conmigo— me pide haciendo una seña con la mano y entonces voy tras sus pasos para plantarme detrás de él—. Venecia es nuestra— dice emocionado y se vuelve rápidamente para darme un beso corto.
Me dedica otra esplendorosa sonrisa y levanta las cejas fugazmente. En su mirada veo ya no solo la emoción que le causa estar aquí, sino también el brillo de las ya pocas luces encendidas de la ciudad; los colores de éstas, de las calles, todas esas nubes que van desde el naranja al rosado y se pierden en tonos oscuros donde ya no llegan los rayos del sol. Pareciera que quedan solo unos segundos para que su mirada cambie al igual que el panorama que hay detrás de él, pero no es así. Aún puedo ver todos esos colores en sus ojos cuando deja de verme y pasea la mirada por todos lados, el cielo empieza a caer en tonalidades cada vez más oscuras y ese brillo que adorna su mirada se intensifica.
—¿Qué? —dice avergonzado cuando se vuelve a verme.
—Siempre estás tan asombrado cuando vamos algún sitio.
—Es que siempre hay algo increíble— dice al mantener contacto visual conmigo—. Ahora que lo pienso, siempre ha habido por lo menos un balcón a donde sea que vayamos.
—Sí, y siempre es lo primero que haces al llegar a la suite. Las luces no podrán estar encendidas, pero tú ya estás maravillado mirando lo que hay en el horizonte.
—¿Es que nada te impresiona? ¡Mira esto! Tenemos El gran Canal frente a nosotros— apunta con el dedo.
—Justo lo que pensaba… te encanta todo esto de salir y mirar lo que te rodea.
—Me conoces, Tom. Oye, pensándolo bien, creo que por eso pides esas suites con vista increíble— dice en un tono suave—. Te gusta verme así.
—Precioso, a mí me gusta verte de tantas maneras— respondo de inmediato, llevándolo con suavidad contra el antepecho de piedra.
—Lo sé— dice después de una pausa, con aires de grandeza y picardía contenida. Sus manos se abrazan a mi cintura para atraerme—. ¿Cuál es tu favorita? —un ligero rubor aparece en su rostro. Tan inocentón que se ve así.
—¿De qué? —pregunto a unos centímetros de sus labios.
—Cuál es tu forma favorita de verme.
—Es una pregunta difícil— juego con la situación y él se acerca un poco, pero no me besa.
Sus labios permanecen entreabiertos al igual que los míos. Estamos tentándonos el uno al otro.
—Puedo darte esta noche para que lo pienses muy bien a cambio de que…
—Sí, niño de las condiciones— digo con humor en un tono bajo. He provocado un suspiro por su parte y se inclina a la derecha para poder acariciar mis labios—. ¿Qué es lo que pretendes?
—Lo sabrás después.
—Mejor ahora.
—¿No puedes esperar? —se burla de mi impaciencia y me hace poner distancia. No quiero alejarme de él, mis manos acunan su rostro y le mantengo cerca, esperando por un beso.
—Sabes que no, Precioso.
—Me gusta que seas así— logra decir antes de que me lance a sus labios.
Con la punta de la lengua recorro su labio superior, delineándolo hasta la comisura, le doy un beso corto y vuelvo a hacer lo mismo. Noto como sus manos se aferran a mí y hace ademán de acercarme todavía más. Entreabre los labios, me sorprendo cuando su lengua y la mía se encuentran con un ligero roce y enseguida suelta una sonrisa.
—Me gusta así, lento— susurra—. Y en ocasiones rápido, muy rápido y fuerte.
—¿Y ahora qué prefieres? —pongo algo de distancia para verle.
—Lento— dice después de pensarlo un rato—. Sé que también quieres que sea así, además, estamos empezando de nuevo.
Se siente extraño que diga eso, aún más el ser consciente de que hemos de actuar como si nada hubiese sucedido —aunque es lo mejor—, no puedo evitar sentirme ligeramente incómodo al recordar lo que nos puso tensos casi todo el día. Pero después de todo, estamos empezando de nuevo y es lo que quería. Debo dejarme de estas cosas, no quiero cagarla.
—Lo dices entre susurros como si fuese un secreto— le imito en cuanto al tono de su voz y al escucharme decir aquello, su mirada se enciende todavía más.
—Porque eso es, y eso somos… un secreto.
—Vaya…— suelto una risa y él me mira atento—. Empezando de nuevo, yendo lento y teniendo secretos, todo aquí en Venecia. Me parece que alguien busca romance.
—No es eso— titubea—, es sólo un escape para los dos. Es nuestro, Tom.
—Romance— vuelvo a decir—. No lo disfraces con todas esas palabras, Bill.
—Bien. Quiero romance— admite un tanto temeroso.
No sé si sea porque piense en mi rechazo hacia eso o el cómo vaya a actuar ante lo que ha dicho. Baja la mirada, observando sus dedos y tocándolos levemente con el pulgar.
—Y yo quiero…— menciono al hacer que me mire otra vez. Sus mejillas arden.
—Dime, ¿quieres romance? —susurra. Se acerca un poco más, la punta de su nariz roza con la mía y después me da un beso corto.
—Solo quiero que empecemos de una manera más que perfecta.
—¿Y esa sería…?
—Llevarte a la cama, por supuesto.
Suelta una risita avergonzada y desvía la mirada.
—Sólo bromeaba. ¿Ya no puedes sostenerme la mirada, Precioso? —pregunto y le veo sonreír—. Solías hacerlo muy seguido desde que nos conocimos.
—Sí, lo hacía— se vuelve a mí. Un destello lascivo aparece en sus ojos, dejando esa actitud inocentona—. Ahora soy capaz de mirarte a los ojos cuando me das placer.
—Y me gusta que lo hagas.
Una sonrisa pequeña se acentúa en sus labios al escucharme decir aquello y levanta los brazos para rodear mi cuello con éstos. Parece que quiere proponerme algo.
—En el tren dijiste que me dejarías disfrutar de Venecia a mi antojo— termina de decir y doy por hecho lo que había pensado.
—Eso no fue lo que dije— le sentencio a modo de juego.
—Bueno, no fue eso, pero sí dijiste que yo podría elegir primero y…
—Y no puedes esperar un momento más, ¿cierto? —le quito el habla.
Bill niega con un cabeceo. Se queda en silencio, limitándose solo a verme y tomando de mi rostro con ambas manos, como si quisiera reconocerlo o grabar el gesto que le dedico no sólo con la vista, sino también con el tacto.
—Mírame bien, Tom. Mírame en todas y cada una de esas maneras en las que te gusta mirarme— noto la osadía escondiéndose en su tono de voz.
—Que deleite escuchar esa invitación— murmuro complacido cuando me acerco a sus labios.
—Bésame frente a Venecia— deja escapar un suspiro—. Me tienes para ti, puedes… hacer de mí lo que te apetezca. Soy tuyo.
—Invítame a hacer algo más contigo, Precioso— le digo antes de darle un beso que le roba el aliento—. Hazlo.
—Quiéreme— musita con voz temblorosa.
Sus palabras encienden algo en mi interior y me encuentro aferrándome a él. Besándole de manera prolongada, dejándole sin aire, haciendo que su ansia crezca cada vez más hasta faltarnos el aliento y buscarlo a bocanadas entre besos. Le tomo con fuerza por los costados, estrujando el suéter que lleva puesto, dejándome llevar por este arrebato.
El interior me da un vuelco arrasador y por momentos solo puedo pensar en detenerme. Quiero esto, pero lo quiero con calma, sin prisas ni nada.
Mis manos apartan las suyas de mis hombros, las llevo contra su pecho y de un movimiento rápido tomo su rostro entre mis manos, haciéndole poner distancia. Sus ojos me miran tan profundamente que me hace sentir culpable por haber extinguido nuestra primera llama.
—Esta noche no me tientes, porque soy capaz de cualquier cosa— advierto con lentitud, recuperándome de ese beso. Tomo una de sus manos y le doy un besito al interior de su muñeca.
—Haré de todo para que aceptes— murmura queriendo que sus labios y los míos se encuentren de inmediato.
—Shhht… ¿por qué la prisa? ¿No dijiste que querías ir lento hace un rato?
—Sí lo dije, pero…
—Esta noche no, por favor. Justo ahora quiero que todo sea lento, como pediste. ¿Está bien?
—Lento, entonces— dice instantes después, dedicándome un asentimiento.
&
Cierro las llaves de la ducha, escurro el agua en mi cabello y extiendo la mano para alcanzarme una toalla, rodeándome la cintura con esta.
—¿Por qué el sexo matutino es el mejor? —pregunta Bill desde el lavabo, mirándome salir de la ducha a través del espejo. Recién termina de cepillarse los dientes.
Se las arregló para dejarme solo los últimos minutos. Pudo haber sido un excitante encuentro bajo el chorro de agua y los cristales de la ducha hubiesen terminado más empañados y con marcas de nuestras manos sobre éstos.
Me encojo de hombros, tomando una toalla pequeña para sacarme el pelo, dedicándole una sonrisa. Me acerco al mueble que está en la esquina cerca del toilet y tomo los calzoncillos que me trajo hace unos instantes, aun escaneándole con la mirada, deteniéndome cuando mi mirada se posa sobre su espalda baja y la cinturilla de los calzoncillos que lleva.
Que ganas de acercarme, bajárselos y follarlo de nuevo; mirar sus muecas de placer reflejadas en el espejo, introducirme en él con lentitud o brusquedad, llevarlo a la ducha y estimularlo bajo el agua.
Tengo ganas de él. Bill también tiene ganas de mí, me lo dice mediante una mirada.
—Pediré el desayuno en lo que terminas— dice al volverse, quedándose con la vista fija en mí mientras me pongo la ropa interior.
Su mirada conecta con la mía cuando alza el rostro y noto también sus mejillas ruborizadas. Sale del baño a paso lento, sonriendo como tonto y dejando el estuche del aseo.
—Vaya que quieres repetir, Precioso — digo para mis oídos al moverme hacia el lavamanos y apreciando mi rostro en el espejo.
Hoy mejoraré mi aspecto al cien por petición suya, y vaya que fue insistente mientras estábamos en la cama. No dejaba de despeinarme la barba y hacer comentarios respecto a lo bien que se sentirían los besos en ciertas zonas de su cuerpo sin cosquilleo o una sensación de picor. Sabía que sus comentarios no eran reales pues él me había pedido un sin fin de veces que no me detuviera porque le agradaba esa extraña sensación, pero bien, le complaceré sólo para que reconozca la diferencia.
Del estuche negro que ha dejado, tomo el cepillo de dientes y la pasta, terminando de cepillarme en cuestión de minutos. Sin ver al interior del estuche, saco la crema de afeitar y una cabecilla con navaja, entonces me tomo mi tiempo para dejar mi piel lisa.
Detrás de la puerta entreabierta escucho a Bill tararear la misma tonada de una canción que escuchamos ayer, la cantaba un gondolero al pasar por el canal cuando aún estábamos en el balcón, mirando los botes pasar. Incluso me preguntó qué decía lo que cantaba. Bill no sabe nada del idioma.
Contengo una risa para no herirme con la navaja, aun escuchando como tararea. No puedo recordar la última vez que lo hizo.
Aplico una loción al finalizar, guardo la botellita y lo demás en el estuche y paso la toalla por mi rostro, mi cabello aún escurre y llevo la toalla a éstos una vez más. Salgo del baño después de unos minutos y mi sorpresa es ver a Bill en medio de la cama, tendido sobre su abdomen, metiendo los brazos bajo una almohada, manteniendo los ojos cerrados y aun tarareando, ajeno a mí.
Una sonrisa maliciosa se marca en mis labios al ver lo exquisito que luce y me acerco a él sin hacer ruido, cuando siente la cama hundirse a sus pies, da un respingo y medio oculta el rostro en la almohada.
—Me acordé de tu pregunta— digo al subir sobre él y acercando mis labios a la final de su espalda, dándole un beso. Bill da otro respingo—. Sé exactamente por qué el sexo matutino es el mejor— digo entre besos, subiendo por su espalda, encontrándome con sus lunares y lo erizada que se pone su piel.
—Porque es conmigo y te fascina, ¿cierto? —pregunta ahogadamente contra la almohada.
—Es porque después de probarlo vuelves a tener ganas de más— digo cerca de su nuca, le doy un lametón y él se tensa—. Y si es contigo, ni dan ganas de salir de la cama— le doy otro beso—. Piénsalo así: se tiene todo el día para nuevos encuentros, superando así el anterior, o los anteriores, más bien.
—¿Ajá? —Bill medio se vuelve hacia mí, pero no abre los ojos.
Me acerco a su oído, dejando escapar el calor de mi boca en un jadeo cuando empujo hacia adelante para friccionarme contra él. Una de mis manos va a su costado, descendiendo hasta su nalga e introducido dos dedos debajo de su prenda.
—¿Te apetece repetir, Precioso? —susurro. Bill deja escapar un suspiro y una sonrisa pequeña se dibuja en sus labios—. Vamos, dime algo— beso su hombro, tentado en morder su piel y dejar una marca.
—¿Cómo harías para superar nuestro primer encuentro?
Pestañea, se vuelve para encontrarse conmigo y me mira con ojos centelleantes. Le dejo moverse debajo de mí para recostarse sobre su espalda y sus manos van a mi rostro una vez me hago espacio entre sus piernas, Bill siente lo lisas que están mis mejillas, barbilla y el espacio entre mi nariz y labios.
—¿Quién eres y qué hiciste con Tom? —dice a modo de juego y me rio por sus palabras.
—¿Tom? No sé, no lo conozco— le sigo el juego—, pero estoy seguro de que no le importaría compartirte conmigo.
—Te equivocas— se apresura a decir—. Es jodidamente celoso.
—Vamos…— le tiento al hacerle creer que voy a su cuello para repartir besos—, se nota que quieres. Sólo olvídate de él unos momentos, vas a disfrutar mucho conmigo.
—¿Qué harías si digo que sí?
—Lo que me pidas, Precioso.
Voy a sus labios, acariciándolos con los míos, haciendo que los separe y aprovecho para que sea la punta de mi lengua la que los recorra hasta llegar a las comisuras.
—Tom fue bueno conmigo esta mañana. Podrías tú ser más…
—¿…rudo? —inquiero y él murmura un débil «sí».
Cuando llaman a la puerta de la habitación, Bill me aproxima hacia sí para ocultarse debajo mío, como si alguien nos hubiese descubierto.
—No vayas.
—Pediste el almuerzo, ¿no? ¿Qué tal una pausa a nuestro juego? —me incorporo y se levanta cuando yo bajo de la cama.
—Mejor desayúname a mí— dice de repente.
Que le conozco a la perfección como para saber que ahora tiene la sensación de que no debió decir aquello. Lo veo en su mirada y se reprende al morderse el labio.
—Que tentador suena eso— me acerco para darle un beso, uno de esos que le dejan aguantando la respiración hasta que pongo distancia cuando llaman de nuevo a la puerta—. No te molestes en vestirte— menciono, por último.
Me dirijo en cortos pasos al baño para tomar una bata y saliendo de la habitación me anudo el lazo en la cintura. Abro la puerta principal, permitiendo la entrada al empleado y cierro cuando está adentro.
—Muy buen día, señor Kaulitz. He aquí su servicio de alimentos.
—Gracias— respondo distraídamente, mirando a través de la puerta del dormitorio y notando la ausencia de Bill.
—He traído también un paquete que le enviaron— dice y me vuelvo de inmediato—, y las flores que ve aquí fueron enviadas por uno de nuestros más fieles huéspedes. Afirmó ser conocido suyo, aquí puede encontrar la tarjeta, por si le apetece leerla.
En el carrito de servicio veo los platillos de comida, una jarra de café, otra de zumo de naranja, la cesta de pan, mieles y una docena de rosas blancas de tallo mediano en un florero que es colocado en el comedor antes de ser colocado el servicio.
Extrañado, me acerco a la mesa, tomando de entre las flores una tarjeta de color lila.
—Señor Kaulitz, le hago entrega de su paquete— me interrumpe el empleado antes de leer la tarjeta y me entrega una caja rectangular con un envoltorio amarillo.
Lo reviso, no dice quién lo envía, solo puedo ver mi nombre y la dirección del hotel. Quito el envoltorio, encontrándome con una caja negra con letras plateadas en el centro: «Ciliegia»
Solo puedo pensar en alguien si es que la caja y las flores vienen de la misma persona y me bulle la sangre. Hacerme de ideas fatales en cuestión de segundos, provoca un torbellino en mi interior, algo que no creo que pueda manejar si es que estoy en lo cierto.
—¿Se le ofrece algo más?
—No, retírese.
El empleado se va y apenas escucho que se cierra la puerta, quito la tapa a la caja, percibiendo un sutil aroma y notando la existencia de una nota pegada al reverso de la tapa.
«No concluyas la experiencia. Intensifica tus intenciones. Andrew Reynolds»
Suspiro casi aliviado. Ya me estaba haciendo de ideas pensando en algún truco sucio de Leo y quien sabe cuántas cosas más se me ocurrieron que sería capaz de hacer para interferir en mi relación con Bill, y resulta ser que esto es de Andrew. ¿Por qué?
Rápidamente desdoblo la tarjeta que venía en las rosas y leo la letra escrita a mano: «Disfruta el obsequio. Nos vemos en la siguiente reunión, supongo. Andrew R.»
¿Regalo? ¿Este regalo?
Quito la tela oscura que cubre el contenido de caja y me encuentro con algo que logra detenerme el corazón y dejarme sin palabras.
Escucho los pasos de Bill y cierro la caja, dejando la nota y la tarjeta dentro y me dirijo al mueble que está cerca, metiéndolo todo en el primer cajón. Vuelvo a la mesa para tomar asiento justo antes de que Bill salga del dormitorio.
—¿Te gusto así? —pregunta al verme.
Se ha vestido de blanco. Me encanta. Se ve precioso… ahora sólo imagino las perfectas orejitas blancas en su
cabeza.
«Conejito…»
—Te ves bien— menciono con normalidad para no levantar sospechas.
&
Bill no mostró interés en curiosear por la estancia mientras esperaba a que terminara de vestirme, optó por volver a la habitación y mirarme desde la cama. Me ponía algo nervioso el que no apartara la mirada de mí pese a que sus intenciones no pintaban para algo que no fuese verme como un tonto y ya.
Lo hemos pasado fuera todo el día, estoy seguro de que atardecerá pronto y vaya que anduvimos por todos lados; entre calles estrechas que eran perfectas para encuentros fugaces, en comercios donde Bill me besaba con descaro cuando la gente nos miraba con rostros fruncidos, paseando en góndola y haciendo el recorrido dos veces —Bill no quería dejar de escuchar las canciones que resonaban por las paredes de pequeños canales—. Recuperamos las ganas de seguir andando por las calles después de sentarnos en una banca frente al canal y contando los puentes que cruzamos.
Cuando llegamos a lo que parece un centro de compras, los aparadores atrapan su atención. Entre maniquíes con vestuarios de épocas pasadas y joyería, Bill no se abstiene de señalar con el dedo lo que sea que haya cautivado su mirada.
Hay una tienda de máscaras junto a la joyería y los que veo en el aparador lucen increíbles, por aquí mismo veo a mucha gente con máscaras y vistiendo trajes como los de las tiendas, igual y son para atraer turistas.
Ignorando a toda esa gente, mi vista se centra en un antifaz elegante con detalles en color dorado. Bill pasa de largo, mirando los demás aparadores seguro de que voy detrás de él. Vuelvo mi vista a los antifaces y son aquellos que me hacen imaginar el rostro de Bill siendo cubierto por uno de éstos. Su mirada luciría totalmente peligrosa, cargada de morbo y los más profundos deseos que pueda tener para conmigo se reflejarían en un destello. La caja que ha enviado Andrew contenía —además de las orejitas y el plug de conejito— un antifaz de color blanco perlado, con algunos detalles dorados con unos cuantos diamantitos, tal vez de fantasía, y una cadenilla unida a unas pinzas de pezones. También había un frasco diminuto que desprendía un aroma delicioso, no tuve tiempo de observarlos con detenimiento, pero planeo algo especial para dentro de unos días. La idea me vino de manera rápida cuando miraba a Bill, imaginándolo con las orejitas puestas hasta que habló sobre acordar un bote e ir más lejos de los canales. Después del desayuno me puse en contacto con Steve y hará la reservación.
Muero de ganas por llevarle a donde quiero. Sé que lo disfrutará, estará maravillado ante ello y el par de sorpresas que ahora le tengo preparadas. Imagino cómo será darle eso especial que tengo para él y mostrarle lo que Andrew envió. Imagino cómo es que se vería de conejito mientras espera por mí en la cama, mirándome desde donde está, sin moverse, sólo sonriendo de manera sugerente. Bill esperaría el momento en que ate sus muñecas con una seda preciosa, justo como las que hay en el aparador. Podría también utilizar una de estas para sujetar sus tobillos o unirlas y hacer una mordaza lo suficientemente fuerte.
¡Me fascina!
Las ideas sobre el sado me vienen demasiado rápido al pensar en cómo sería verlo tan hermoso, usando sólo los accesorios de conejito y el antifaz, y lo enrojecida que terminaría su piel. Me pone pensar que volvería a escucharle nombrar los colores que describen su placer y su sentir al ser castigado.
Bill se ve diferente en mis fantasías cuando está dispuesto a todo que cuando lo está en realidad. Quiero saber exactamente cómo es que sucede así.
—¿Tom? Creí que me seguías.
La fantasía se esfuma cuando me vuelvo a verle. Él se acerca, mirándome con extrañeza.
—¿Qué estás mirando?
—Ese antifaz— lo señalo, Bill lo mira y segundos después se vuelve a mí.
—¿Qué tiene? Todos aquí los usan.
Pobre, no puede descifrar de qué se trata. No tiene ni idea con lo que puedo fantasear. Es exquisito y su ingenuidad en este momento me mata.
—¿Te gustaría verme con el? —da en el blanco.
—Por supuesto que sí.
—¿Ahora, Tom?
—¿Es una invitación?
—De…D-Depende…
Suelto una risa corta tras escuchar su tono de voz. ¿Volverá a los tartamudeos?
Me acerco para tomarle de la barbilla y le doy un beso pequeño, luego dos y profundizo un poco, sin prisa.
—Andando— digo al romper el beso—, vayamos a por algo de comer.
—¡¿Es en serio no vamos a entrar y escogerlos?!
—Vayamos a ese lugar que dijiste hace rato, ¿dónde era? En la plaza San Marcos, ¿verdad? Sí, creo que era ese.
Le hago moverse y atravesamos el centro de compras para regresar por la callecilla por la que llegamos, pero después nos desviamos y terminamos en otro lugar. No sé por dónde es que vamos, los nombres de las calles no están marcadas en las esquinas y todos los pequeños canales me parecen iguales con sus pequeños puentes. Cuando seguimos las indicaciones que nos da un vendedor de calle, llegamos a la plaza. Nos movemos rápido para no ser presas de las palomas que revolotean asustadas por todos lados cuando un chico sale corriendo tras un papel que el viento le ha arrebatado.
—Vamos, Tom. Aún podemos volver a esa tienda— insiste con un puchero. Le tomo de la mano para atraerle a mí.
—Lo voy a considerar después de comer algo. Tú me quieres hacer recorrer la ciudad entera en un día.
—No exageres— me da un apretón y me mira con gesto ceñudo.
—Tú eres el que exagera. Ya, ven aquí —le detengo antes de acercarnos a la cafetería y le doy un beso, intentando mejorar su ánimo—. Comamos algo y ya veremos después.
—Sé exactamente lo que quieres decir con eso— baja la mirada y me hace andar el tramo que nos falta para tomar asiento en una de las mesas de afuera, techadas por un toldó café—. Está bien, Tom, yo no debería ser tan impaciente— dice con una sonrisa culpable. No quiero que se sienta así.
Mi mano va sobre la suya, pero no puedo decir algo para reconfortarle, un empleado se acerca.
—Buenas tardes— dice con una sonrisa—, les dejo el menú. ¿Alguna bebida por el momento? Sugiero spritz, la especialidad…
—Entonces que sean dos, por favor— respondo antes de que pueda seguir hablando y me dedica un asentimiento antes de retirarse—. ¿Qué quieres comer?
—No lo sé… ¿un postre? —mira fugazmente el menú, su gesto cambia y se da por vencido—. Es que no entiendo, elije por mí— me entrega la hoja.
—Si eso quieres.
Le dedico una sonrisa y él me corresponde.
Hemos llegado aquí justo a tiempo, ha comenzado a lloviznar.
El mesero vuelve y pone frente a nosotros las bebidas y un platito con aperitivos, dice que son cortesía y procede a tomarnos la orden. Pido lo mismo para ambos y entonces vuelve adentro.
Bill me pregunta de qué es la bebida solo para romper el hielo. Hablamos un poco de todo y se atreve a preguntar hasta cuándo estaremos aquí, le cuento sobre el cambio de planes y que, si le parece bien, será una semana la que permaneceremos en la ciudad. Responde a eso de mejor humor que antes y empieza a planear los días. Me gusta ver la ilusión que le hace el quedarnos aquí por más tiempo. Señala algunas cosas que le atraen de los alrededores, comentando la presencia de personas con esos trajes antiguos y elegantes máscaras, como los de hace un rato. Come distraídamente las patatas de su plato, preguntándome cosas como cuándo fue la primera vez que estuve aquí, con quien fue y cómo me hubiese gustado hacer algo especial para alguien. Cada vez me parece que intenta averiguar mis secretos, yo respondo solo algunas cosas y a las otras le doy respuestas ambiguas, claro que no le van en lo absoluto.
No puedo contarle todo, no ahora. El momento me parece perfecto, hasta nos hemos olvidado de comer, dejamos a medias lo que tenemos en los platos y terminando nuestras bebidas, pidiéndolas de nuevo en varias ocasiones.
Me gusta la curiosidad que mantiene Bill ante unos músicos que toman sus lugares no muy lejos de nosotros. Afinan sus instrumentos hasta que se escuchan las primeras notas de una balada. La música hace más ameno el momento que pasamos. Cuando la canción acaba, Bill se vuelve a mirarlos, un último integrante se acerca a tomar su lugar y hace una señal, agitando la mano encima de su cabeza y en unos instantes vuelve a escucharse la misma melodía, sólo que a la distancia. El café del otro lado de la plaza también tiene músicos y los del local donde estamos siguen la melodía de los otros, tocando en conjunto. No dudo que esto es algo inusual, pero él está maravillado.
—¡Cómo es que…!
El gesto de Bill es oro.
Me acerco a él, le atraigo al tomarle de la barbilla y le planto un beso. Uno lento y apasionado.
Ha sido tan espontáneo que, cuando mis labios dejan de moverse sobre los suyos, soy consciente de las miradas que hay sobre nosotros.
—L’amore è amore— escucho a alguien decir.
Bill mira de un lugar a otro y se detiene al ver que el último integrante —se trata de la voz del grupo—, es quien me mira y alza su mano en forma de saludo.
—Va a cantar. Espera, ¿por qué te saluda? ¿Qué dijo hace un instante? —su mano va sobre la mía cuando me mira.
—Questa è dedicata a tutti gli innamorati qua presenti…
—¿Qué dice? —inquiere Bill.
—Creo que cantará por nosotros.
«Tenetevi stretti, e mantenetevi caldi a vicenda questa è la tua occasione finale per mantener la persona che ami»
Bill ha enrojecido. Algunos rostros nos miran con atención, otros ni siquiera reparan en nuestra presencia o lo que aquel hombre canta.
Siento algo en el interior, algo que estalla de repente y no puedo ocultar. Miro a Bill, no sabe qué decir y yo tampoco puedo decir mucho. Creo que no lo necesito.
—¿Te digo algo? —Bill me mira atento—. No tuve oportunidad de confesarte…, la manera en la que más me gusta verte.
—Cierto, no lo hiciste— me mira con ojos centelleantes.
«Lo sai che hai aspettato abbastanza a lungo…»
No le respondo, en su lugar, me pongo de pie y le tiendo la mano. Me mira ruborizado, confundido y ensimismado. No sabe qué hacer, muerde sus labios para evitar que éstos le tiemblen al sonreír y finalmente toma mi mano, aceptando bailar conmigo. Se levanta y me sigue unos cuantos pasos hasta donde el lugar es más amplio.
«… Quindi, credi che la magia funziona»
Menciona mi nombre débilmente. Tomo sus manos, están frías, las acerco a mis labios para dejar escapar el calor de mi boca y sin dejar de verle, hago que rodee mi cuello y mis manos se posan en su cintura.
—N-No sé… Tom, no sé hacerlo. No aquí, por favor. No sé… hacerlo…
Me pide casi con urgencia. Intento calmarle con una mirada mientras le hago balancearse con suavidad de un lado a otro.
«Non abbiate paura di essere ferito. Non lasciate morire questa magia…»
—No los mires a ellos. Mírame a mí— le pido cuando hace ademán de volver la vista hacia los otros.
«La risposta è lì… basta guardare nei suoi occhi»
—Me gustas mucho así, Bill. Es mi manera predilecta de verte.
—¿Cómo? —solo eso es capaz de musitar.
—Así como estas ahora; tan inocentón que te ves cuando la ilusión ya no cabe en ti, cuando te tiembla hasta la sonrisa de lo dichoso que te sientes. Me gusta mucho cuando luces si, emocionado y sin palabras, ruborizado, con la mirada centelleante y…
No me deja continuar. Se lanza a mí, callándome con un beso y enseguida me abraza. Siento lo frío que está al rodearle con mis brazos, insistió tanto en ponerse esa chaqueta ligera y ahora hasta lo siento temblar. Aún está lloviznando.
—Gracias.
Le hago poner un poco de distancia para poder mirarle. Bill no puede ni sonreír o dejar escapar la risa que creí que llegaría a escuchar, medio le castañean los dientes. Me quito la chaqueta, él me detiene, pero no por mucho, sostengo la chaqueta sobre sus hombros y el mete los brazos en las mangas, llevo mis manos al cierre y lo subo hasta la altura de su pecho.
—No quisiera que te enfriaras aquí, ¿qué dices si ahora nos vamos al hotel? Allá podría…
—Shhht… — no me deja continuar. Me lanza una sonrisa y dice: — Te… a-amo. Te amo, Tom— dice al inclinarse y darme un corto beso—. Y para ti, todas mis respuestas van a ser «sí»
&
Versión en español de la canción que cantan para ellos:
Esto es para los amantes de allá…
Sosténganse el uno al otro y manténganse cálidos, esta es la última oportunidad para sostener a la persona que aman.
Sabe que has esperado por mucho, así que cree que la magia funciona y no tengas miedo de ser herido.
No dejes que muera la magia. La respuesta está ahí, sólo mira sus ojos…
Continúa…
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