Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 27
Despierto casi de un sobresalto gracias a un sonido insistente. Me quedé dormido con el móvil en la mano, me doy cuenta y me incorporo en el sillón, restregando mis ojos con el revés de la mano. Soy incapaz de recordar algo más hasta parecer más lúcido y miro la pantalla del móvil cuando vuelve a sonar, recordándome que aún no he atendido al primer llamado.
«Todo está listo, señor»
«Ya puede abordar el Tulpe Bello. Éste le espera donde ya sabe»
Termino de leer los mensajes de Steve y voy al dormitorio en cuanto recupero todos los sentidos. Ya recordé, no dormí con Bill por estar pendiente a este mensaje y los planes que hay para hoy. Me detengo en el umbral al ver a Bill dormido, escondiendo los brazos debajo de la almohada, mostrando la espalda desnuda y la sábana que le cubre hasta la mitad. Me gusta cuando se acurruca de esa manera. Se ve exquisito. Me provoca la primera sonrisa maliciosa y un tanto adormilada del día.
Me acerco a él, poniéndome en cuclillas y le acaricio el pelo, dibujo sus facciones con lentitud, usando las puntas de mis dedos, admirando lo perfecto que se ve. Bill hace una leve mueca que me da gracia y se remueve bajo las sábanas, seguro le ha molestado que tocara su nariz, o debe ser algún sueño que está teniendo, de todos modos, esto último sería mucha coincidencia.
—Despierta…— digo con un tono suave, tocando su hombro repetidas veces—Hey, Precioso, levántate.
—Mrg…
—Bill, vamos, despierta— me pongo de pie y le miro desde arriba, intentando no reír por sus caras.
—¿Q-Qué…? ¿Qué? —dice adormilado y se mueve en la cama.
—Vamos…
—Tom, pero ¿qué crees…? ¿Qué haces vestido para salir? —me mira con ojos achinados y lleva una mano a su cabeza.
—Te alistaré la ropa, no tenemos mucho tiempo, así que date prisa— me vuelvo hacia el pequeño clóset y tomo unos pantalones y una camiseta de mangas largas para él.
—¿Qué pasa? ¿Qué hora es? —pregunta en medio de un bostezo.
—Iremos a un lugar.
—¿No podemos hacerlo cuando ya haya salido el sol? Tengo sueño— se queja y tira de las sábanas hacia arriba para cubrirse, dándose la vuelta a mi lado de la cama.
—Vamos, Precioso… arriba.
Dejo las ropas sobre la cama, me acerco a él y tiro de las sábanas. Bill lanza un gruñido ahogado y se encoje, le doy unas palmaditas en la nalga para hacerle levantarse de un respingo.
—¡Ahg! ¡Está bien! ¡Está bien…! — vuelve a gruñir y se levanta entre tambaleos.
Voy al clóset para tomar una chaqueta y le digo a Bill que se ponga una de las mías, las suyas son algo ligeras y estoy seguro que hará un tanto de frío. Después de recordarle que debe darse prisa, me muevo hacia el baño para asearme un poco y salgo instantes después para encontrarme con él, luciendo desganado y molesto, saliendo de la habitación sin mirarme. Tomo el móvil y la llave de la suite, reviso si tengo aquello que llevo guardado durante toda la noche en mi otro bolsillo y salgo con él y afuera del hotel hay un bote esperando por nosotros.
—¿A dónde vamos? —pregunta abrazándose a sí mismo, poniendo cara de desaprobación mientras mira el bote.
—No preguntes todavía— le tomo por los hombros para hacerle avanzar, ignorando el tono en que lo dice.
—¿Qué tramas?
No respondo. Subimos al bote.
Pese a que anhelaba llegar a los últimos días aquí en la ciudad, deseaba que el tiempo no jugara con nosotros, pero lo hizo. Todo sucedió en un ritmo peculiar; a veces se sentía muy rápido y otras demasiado lento, de modo que la semana llegó a su fin y se acercaba el momento de irnos —no quiero imaginar en qué plan se pondrá Bill cuando eso pase—. Ahora sólo tengo tantas ganas de mostrarle la sorpresa que tengo para él. Después de haberle dado su estrella, no recuerdo cuando fue la ocasión en que sentí el mismo entusiasmo hacia algo que le tenía preparado. Intento hacer memoria mientras le miro en silencio, Bill frunce el ceño y se muerde el labio, ni siquiera me dirige la mirada. Ya le veré en un rato cambiando ese gesto hacia el asombro que suele demostrar.
Al cabo de un rato van apareciendo los primeros rayos de sol y no puedo creer que hayamos tardado tanto en llegar. Nos encontramos en un lugar distinto, Bill al notarlo, se vuelve para mirar en todas direcciones. A lo largo de un muelle se encuentran botes grandes y pequeños meciéndose por el ligero movimiento del agua, el aire casi gélido ondea unas cuantas banderas de colores en los mástiles de las naves cercanas y a su vez, éste se encarga de despeinarnos. Ayudo a Bill a bajar del bote y me mira sin entender por qué vinimos aquí.
—Ya, es bonito como se ve el horizonte y todos estos botes. ¿Por qué estamos aquí?
Le hago seguirme sin darle una respuesta y nos detenemos frente a un mega yate que tiene por nombre Tulpe Bello.
—Estamos aquí por esto— emocionado, hago un ademán señalando delante de nosotros—. Daremos un paseo en este yate, almorzaremos y todo lo que tú quieras en el Adriático.
—¿Es un chiste? Me sacas del hotel tan temprano para dar un paseo en… ¿este bote? —abre los ojos tanto como puede y levanta las cejas.
Bill me mira casi con detenimiento. Había imaginado su sorpresa cuando le contara de esto, pero no tiene ni un aire de asombro, más bien luce desconcertado. Cree que me estoy inventando todo.
—Señor Kaulitz— escucho a alguien llamarme y me vuelvo de inmediato—, justo a tiempo.
—Ya lo creo, Alonso— le saludo con la mano en el aire y él da zancadas por la plancha para estar con nosotros.
Alonso Occorsi, de mediana estatura; esbelto, pelo azabache, ojos claros y sonrisa confiable, viste un uniforme casi deportivo de color rojo y blanco. Es un conocido de Jace, Alonso era el capitán en ese entonces de uno de sus yates. Es una persona muy profesional y de confianza. Steve dio con él cuando le pedí que reservara el yate para esta ocasión especial. Alonso tiene varios botes, tripulación y colegas en muchos lugares, entonces volvimos a coincidir y él aceptó con gusto.
—Bill, él es Alonso Occorsi, capitán del Tulpe Bello.
—Il piacere è mio, ragazzo— le da la mano a Bill y éste me mira después porque no sabe qué ha dicho—. Perdón, es un gusto— repone de inmediato—. Olvidaba que no habla italiano.
—¿Cómo lo supo?
—Yo se lo dije— intervengo antes de que Alonso se justifique—. Bueno, ¿nos vamos ya?
—Claro que sí, señor Kaulitz. Hoy hará buen tiempo, así que doy por hecho que el navegar será de su agrado. Suban abordo.
Hace un ademán con la mano, adelantándose a subir, ayudando a Bill cuando le aliento en ir primero y finalmente subo detrás de ellos.
—¿Les apetece ir adentro?
—¿Qué tal ir a la cabina? —me dirijo a Bill y en seguida vuelvo la mirada a Alonso.
—Seguro, es por aquí…
—Me-Mejor nos sentamos— Bill se adelanta a decir y me toma del brazo.
—Bien. Si gustan ir, estaré allá— nos dirige una sonrisa.
Bill se mueve por el corto tramo y se sitúa en el descanso pequeño —con forma de «L»— que se encuentra a la derecha, moviendo un cojín para sentarse. Mira en todas direcciones, guardando silencio mientras Alonso aún merodea por aquí. Me acerco a él, notando lo serio que luce ahora y eso me borra la sonrisa.
—No esperaba que me trajeras aquí, creí que me llevarías al campanario de la plaza, te lo he pedido en varias ocasiones y pensé que… Tom, por qué… ¿Por qué no me dijiste que vendríamos aquí? —pregunta cuando el capitán sale de nuestra vista.
—Era una sorpresa. ¿No te gusta? —digo extrañado, no esperaba verle reaccionar así.
—¡Qué! No, no dije eso. Es sólo que pudiste decirme y también pude yo haber hecho algo conmigo, es decir, mírame… aún luzco dormido. Mira mi ropa, mira mi cara…— dice acelerado y consigue hacerme reír.
Por un momento creí lo peor, solo está aturdido. Tal vez piense que eso es demasiado y no me creía capaz de algo semejante.
—¿Qué tienen que ver tu cara o tu ropa?
—No finjas, Tom.
—Tal vez sí sigues dormido.
—¡Basta! —bufa desesperado, no le ha gustado el tono de broma con el que le he hablado.
—Te vez bien para mí— le calmo, acariciando su mejilla.
—Tú escogiste lo que llevo puesto— entorna los ojos.
—Así es. Y no esperaba que lucieras glamoroso.
—¿No? —le sorprende que le diga aquello y me mira con una sorpresa exagerada, hasta la boca le llega al suelo.
—Claro que no— le atraigo—. Es cierto que te traje por una ocasión especial y pretendo darte más, pero el cómo te veas no interesa en verdad. Me gustas así, te vez bien.
—Oh, cállate…— me da un manotazo y se pone de pie—. Hubiese preferido saber qué plan tenías para al menos estar listo o pudiste hacer esto en otro momento, no sé, más tarde.
«Eres todo un caso…» pienso y le tomo una mano, atrayéndole.
—Quería que fuera de mañana, tú sabes, ver el amanecer y eso. Siempre vemos cuando cae el sol, pero no cuando sale, quería hacerlo diferente. También quería darte algo, y solo podría hacerlo aquí.
—¡¿Qué?! —su repentina sorpresa no es por lo que dije al último, sino por el detalle de hacer esto justo así, explicándole mis intenciones por darle algo diferente.
—Eso sí que te sorprendió, ¿por qué no el estar aquí?
—Ya, creo que te tomas esto muy en serio.
—Y tú deberías empezar a disfrutarlo.
Bill deja escapar un suspiro, mira en todas direcciones y relaja el rostro tiempo después cuando vuelve a mirarme. Su gesto cambia, distingo la curiosidad en su mirada, es como si hubiese procesado el haberle traído aquí para darle la sorpresa y tal parece que ahora quiere saber de qué va esto, aunque también demuestre extrañeza. O no, tal vez Bill ha caído en cuenta del esmero que puse en esto y ahora deja sus exageraciones de lado.
—Vayamos arriba, ¿te parece? —propongo al ponerme de pie.
—Lo único que me parece, es que estoy dormido o soñando.
—Ya, pues si es un sueño, más vale que sea bonito.
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No me siento capaz de responder a lo que ha dicho, si abriera la boca, tal vez diría algo tonto y creo que él merecía que dijera algo para él, algo que no fuese una estupidez, pero no puedo. Tom me ha dejado en blanco con eso. Simplemente le dedico una sonrisa diminuta algo apenada. Acorta la distancia casi tanteando sí parece prudente el que lo haga, se lo permito, me besa y toma de mi mano, entrelazando los dedos. Me separo de él, mirándole fugazmente y me pienso algo para decirle y reparar la confusión. Se veía emocionado por traerme aquí y yo me siento como un tonto al exagerar las cosas.
Tom da un tironcito a mi mano, sacándome de mis pensamientos y haciéndome seguirle, subiendo las escaleras de la derecha.
—Ven, la cubierta superior te gustará— se oye animado.
Cuando llegamos, siento un apretón que Tom me da, entonces suelto su mano y me adelanto, casi achinando los ojos ante los rayos de sol que iluminan el lugar. Veo unos cuantos jarrones y centros de mesa con tulipanes rojos, radiantes, muy bonitos.
—A qué te han gustado, ¿verdad? —dice Tom detrás de mí y le dedico un asentimiento.
Tomo uno de los tulipanes del jarrón cercano y lo huelo, pero no siento ningún aroma, debe ser porque tengo la nariz fría y no percibo ningún olor.
Me pregunto por qué tulipanes. No pensaba que Tom algún día me daría flores, bueno, no me las ha dado en sí, pero están aquí y me ha preguntado si me gustaron. Entonces quiere decir que él pidió que las pusieran, eso o que no es nada del otro mundo, pues el mismo bote se llama Tulpe Bello y debería al menos haber una flor de estas.
Tom echa una mirada al lugar mientras se cruza de brazos. Hay un pequeño comedor; sillones, un mini bar a la izquierda y un área de cocina mediano, unas escaleras de caracol en medio, casi a un metro del mini bar y una alacena —éstas bajan, pero no sé a dónde—. De repente mi vista va sobre la mesa, hay un par de platos con fruta cubiertos por una campana de cristal lo bastante larga para cubrir el plato. Me veo tentado al instante, hasta el estómago me ruge. Miro a Tom, él hace un ademán, alentándome a tomar algo del plato. Se acerca, levanta la campana y yo tomo un par de fresas y unas zarzamoras, pero Tom me mira de una manera peculiar y sé que ha de estar pensando.
«Siempre despiertas con apetito de dos cosas; sexo o comida». Me lo ha dicho los últimos días, claro que también lo ha hecho durante unas semanas.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
Su respuesta me da a entender que él también pensaba en lo mismo que yo.
Le doy la espalda para moverme al otro lado, ocultando una sonrisa. Me sigue cuando voy por el amplio pasillo de la derecha y terminamos en la otra parte de… ¿cómo dijo que se llama esto? Ah, cubierta.
Hay un área de descanso y, ¡lo veo y no lo creo! Un jacuzzi. ¿Es en serio? ¿Uno aquí? ¡Joder! Que me dan ganas de meterme, pero no creo que ahora sea el mejor momento para hacerlo. Las camas de sol están en la izquierda y hay una cama cubierta por una sola sábana y unos cuantos cojines en el centro. ¿Para qué una de estas? ¿No hay camarotes o cómo se les diga?
—Me viene a la mente una de las reuniones de Jace en el yate y había una parecida a esta— dice Tom acercándose a mí, deteniéndose a mis espaldas—. Si te lo contara, tal vez te agradaría la idea, pero no sería capaz de hacer algo similar contigo, Bill, soy consciente de la tripulación que anda en el yate y no me arriesgaría.
—¿Tripulación? ¿Cuántos…? ¿Por qué no me dijiste…? —pregunto al volverme a verle. Llama más mi atención la presencia de otras personas que si Tom se toma la libertad de demostrarme para lo que sirve esta cama.
—Hay al menos unas diez personas.
—¿Tantas?
—Sí, cubriendo sus puestos. Verás, están los que…
Empieza a hablarme, señalando varios sitios, haciendo movimientos con las manos y mencionando lo que hace cada quien, en la tripulación, olvidándose de lo aquello que me contaba. Nos encaminamos a un descanso que forma el ángulo de la proa —así me ha dicho que se llama—. Mientras como a mordiscos pequeños las frutillas y el sol se levanta en el horizonte, habla sobre la cabina, los deberes del capitán y lo que se encuentra en el tablero frente a él. La señala en la segunda y última cubierta —que es la mitad de donde estamos— pero no sé cómo se llega ahí, quizás haya otras escaleras de caracol por ahí. De repente Tom palmea mi rodilla para llamar mi atención, habla sobre algo de motores, explicándome cosas que no me molesto en entender. Simplemente le miro, me gusta hacerlo, luce tan absorto en todo lo que tiene que ver con esto que no se da cuenta de que no le estoy prestando atención o de la mirada que le dirijo.
No entiendo cómo es que pasa el tiempo tan rápido. Como veo que esto va para largo y me he terminado las frutillas, subo los pies al sillón, girándome hacia él.
—… a mi padre le encantaban los botes, nunca me dijo por qué, pero hizo que me interesaran. Tenía tal vez unos ocho años cuando se tomó unas vacaciones; él, Cimone y yo, navegamos una semana o dos.
—¿A dónde fueron?
—Estuvimos en el Mediterráneo. Cuando tuvo que volver al hotel, Cimone y yo continuamos sin él, quedándonos en Francia días después. Me dio un catamarán cuando volví a casa, ese juguete lo llevaba a todos lados— se ríe.
No lo había visto así de animado al mencionar algo respecto a su padre—. Tuve la idea de que se repetirían unas vacaciones así y quería…, ya sabes, mostrarle lo que había aprendido. Me esforcé mucho y pude impresionarlo, repetimos las vacaciones ahora por el Caribe. Fue muy bueno.
Le veo hacer una pausa y la sonrisa se le borra de poco a poco hasta solo dejar el fantasma de una mueca divertida, baja la mirada y después se vuelve a mí.
—Te soltaste un poco— digo admirándole.
—Sí, eso creo— se encoge de hombros y pareciera que aquella sonrisa que mantenía, vuelve a él en instantes—. Sigue sin dárseme bien hablar de él. Si las cosas hubieran sido diferentes, tal vez le habrías agradado.
—¿Lo dices en serio? —no puedo evitar sentirme sorprendido e incrédulo ante sus palabras.
—Tal vez un… uno por ciento— se ríe también y su mano va a la mía—. Sinceramente, ni te miraría. Bueno, eso no importa ahora, aún puedes agradarle a Cimone.
—¿Eso crees?
—Sí, bueno, te dije lo que ella mencionó antes de que fuera a Londres contigo. ¿Ya no te acuerdas?
—Sí— le dedico un asentimiento y Tom me da un apretón—, que no volvieras si no era conmigo. Claro que yo no te dejaré volver.
—Ya lo veremos…— dice en un tono casi desafiante.
Tom me atrae hacia sí, pero entre jugueteo, me recorro en mi lugar y vuelve a extender los brazos, tomándome por los lados para hacerme subir sobre sus piernas.
—¿Qué?
—Aun creo que no estás muy convencido de estar aquí.
—No me has dicho por qué vinimos— intento incorporarme, pero no me deja.
—Sólo quiero darte algo para recordar.
Vaya que me ha dado bastante y esto tal vez sea un plus. O no, según él, aún había algo que quería darme.
—Dime… ¿tenías una doble intención al traerme? —medio arqueo una ceja.
Es eso, Tom planeaba algo más. Intento hacerme una idea de qué quería realmente.
—Hay algo que también te quiero decir— dice en un tono sugerente. Tom quiere seducirme y sé que va a poder conmigo—. Pero también te lo diré después, y no seas insistente, por favor.
—¿Qué harás entonces?
Como hubiera querido quedarme callado. Me muerdo el interior de las mejillas sólo para no morderme la lengua y no decir nada más. Mis palabras logran encender algo en él, lo noto, además, me dirige una sonrisa medio maliciosa. No estaba dándole realmente esas señales, pero ya lo he hecho y sé que, si intenta algo, no podré resistirme. Me puede.
—¿Quisieras ir a otro lugar?
—Bueno, no conozco ninguno en especial, ¿cuál propones tú? Lo he hecho, pero está vez, más conscientemente.
Veo como su mirada se enciende, parece realmente tentado al escucharme que hasta humedece los labios, me escanea con la mirada y de repente se encuentra mirando alrededor.
—Tal vez un lugar más discreto— murmura antes de que me levante de encima suyo—. Ven…
Me muevo por el lugar, vacilando al mirarle y veo que se pone de pie, cuando le doy la espalda, logro avanzar un par de pasos hasta que me hace volver a él.
—Te va más el ser un poco descarado.
—Sí, a veces.
—Sabes que me gusta.
Acorta la distancia, pero no me besa, sus manos se aferran a mis costados, luego va a mi espalda, desciende me toma por las nalgas, cerrando los puños. Nos mantenemos cerca, tentándonos, compartiendo miradas y leves suspiros, queriendo matar la poca distancia que aún hay entre nosotros. Tom hace que me friccione contra él. Dejo escapar un jadeo cerca de sus labios, se acerca, siento la tibiez de su boca y empiezo a cerrar los ojos. Sigue sin besarme y ya me estoy muriendo. Retrocede, a tientas reconoce el descanso y toma asiento, subiéndome de nuevo sobre él, ahora con las piernas a cada lado de sus costados. Mi corazón pega un salto cuando él se aferra a mí para hacer que me friccione contra él. Vuelvo a dejar escapar un jadeo cerca de sus labios y él apenas logra a darme un beso diminuto, lo esquivo un par de veces y pongo distancia. Se inclina un poco para hacerse espacio y besarme el cuello, bajándome el cierre de la chaqueta, me encojo al sentir un pequeño mordisco y Tom responde a mi respingo estrujando mi piel debajo de la camiseta, se dirige a mi espalda, me estremezco cuando acaricia especialmente esa parte, la chaqueta cae por mis hombros y él introduce una de sus manos en mis pantalones, tocando mi nalga. Le hago apartarse, insiste y vuelvo a alejar sus manos de mí.
—¿Quieres… ir a…?
Pregunta antes de besarme, me muerde el labio y lo libera hasta que sale de entre sus dientes, pellizcándome al final.
—Ahora no— respondo casi en un ronroneo y vuelvo a besarle. Me ha plantado las ganas de seguir, pero debemos parar antes de que me baje los pantalones aquí mismo—. ¿Seguro que sólo quieres almorzar aquí? — le digo ahora que sé para qué otra cosa quería traerme—. Bueno, es lo que dijiste antes de subir y mira donde nos encontramos ahora— señalo lo lejos que estamos de la ciudad flotante—. Y ya ha amanecido, pero tú quieres follarme. Es muy temprano…
Tom me mira detenidamente, los rayos de sol acarician su rostro y vuelven su mirada aún más clara y brillante, por supuesto que aún existen esas intenciones perversas en él y me agrada que sea así.
—Quiero saber algo…— digo entonces para jugar con él solo un poco.
—¿Cómo qué? —su gesto cambia y llevo mi mano a su mejilla, mi pulgar acaricia sus labios y me dedica una sonrisa.
Antes de que pueda decirle nada, escucho la voz de un hombre.
—¿Señor Kaulitz? —alguien le llama y se vuelve hacia el origen de la voz, luego me mira y me levanto de encima de él, dándole la espalda al recién llegado—. Eh… El… El desayuno está listo. ¿Dónde le apetece tomarlo?
—Súbalo— dice Tom con un tono que no oculta su molestia. Me doy la vuelta y aún veo ahí al sujeto.
—En seguida, señor— el hombre hace una leve inclinación y se marcha.
Tom me pide disculpas mediante una mirada, pero realmente no tenía por qué hacerlo. Me muevo por la cubierta, nuevamente alejándome de él.
—Señor…— me burlo y él mira mis movimientos —. ¿Te gusta que te lo digan cuando realmente no lo eres? Eh, señor…
—No, no me gusta. Nunca me ha gustado, pero si me lo dices tú, las cosas cambian…
El corazón me da un vuelco.
Estoy fantaseando tan rápido con volver a llamarle así mientras me toma. No sé qué pase por su mente, pero a juzgar por la manera lasciva en que me mira, trama algo, seguramente sólo para tentarme y tenerme en su mano.
Trago saliva con pesadez y toma el tulipán que había dejado junto a mí hace un rato.
—¿Por qué siento que me dirás algo respecto al sado? —menciona al ponerse de pie y andar tras mis pasos.
—Yo no…, no iba a decir nada.
Se me encoge el interior. ¡Joder! Que no puedo con lo que ha dicho.
—Juraría lo contrario.
Sé que sólo me está orillando a donde quiere y no sé si… ¡Bien! Le atraparé en su juego.
—¿Cuándo volveremos al sado?
—¡Vaya! Esperaba algo como «¿Qué harás de mí cuando llegue a llamarte así otra vez?» menos lo que me has preguntado.
Parece que no sabe qué decir, tampoco da señales de querer responder mi pregunta. Creo que lo he atrapado en serio.
Tom me hace seguirle a la otra parte de la cubierta donde ya hay dos personas montando la mesa, colocando platillos deliciosos, humeantes tazas de café, panecillos y mieles.
Vaya que ahora sí tengo apetito y no son más de las ocho.
Tom se sienta en la silla principal y yo junto a él, quitándome su chaqueta y dejándola en la silla.
—Provecho—dicen ambos empleados al unísono y se van por la escalera de caracol.
—¿Abajo está la cocina?
—Sí, también está el living y una sala de entretenimiento. Los camarotes están más abajo.
—¿Me estás diciendo que esto tiene habitaciones? —digo con sorpresa. No esperaba que fuese tan grande.
—¿Quieres ir después de comer?
—¡Claro! Quiero verlo todo antes de que nos bajemos de esto— emocionado, le miro durante unos segundos, bajo la vista al plato y tomo el tenedor cuando él me sonríe. Ahora entiendo que he aceptado su invitación a la cama.
—No nos iremos tan pronto ya que este es mi obsequio para ti.
—¡¿Estás de broma?! ¡¿Vas a regalarme este barco?! —suelto el tenedor antes de siquiera picar un bocado. Tom solamente se ríe—. ¡Mira que darme esto…! A veces me olvido de lo exagerado que tiendes a ser con los obsequios y…
—Yate, esto es un yate— insiste con el verdadero nombre—. Éste será nuestro hasta la tarde, así que no es tuyo en sí. Perdón— calma las risas ante el gesto que le dirijo. Que ha sido feo el sólo emocionarme, me hace sentir como un tonto—. Y no soy exagerado en cuanto a los obsequios, sólo creo que los mereces y te los doy. Mereces todo, a decir verdad, pero unos son más especiales que otros— repone al final.
—Creo que ahora hablamos de mi estrella, más bien, nuestra estrella— digo para no hacer notar mi ligera decepción. Pico la comida y me llevo un bocado.
—Tu estrella, Bill.
—Es nuestra— insisto—, que no se te olvide que te quiero hasta ella y de regreso.
Casi siento que no debí decir eso, mucho menos a medio bocado. Ya siento las mejillas arderme de la vergüenza que me da.
—No se me olvida— toma mi mano y la acerca a sus labios, dándole un beso a la cara interna de mi muñeca.
El rubor se intensifica, lo siento. Bajo la mirada, sonriendo como tonto y alcanzo un vaso de agua para darle un sorbo.
—Dime entonces, ¿de qué va esto? ¿Por qué venir aquí? Le escucho lanzar un suspiro y dice:
—Pensé que sería algo increíble antes de partir, eso y otra cosa que quiero decirte, pero será después. Ahora come, tienes cara de que no puedes resistirte a los panecillos— termina diciendo medio en serio, medio en broma.
Mientras comemos, conversamos de tantas cosas, unas incluso que creyó que ya me las había mencionado, pero en realidad había sido la primera vez. Nos reímos, hizo bromas conmigo hasta llevar la conversación por otro rumbo, preguntándome qué cosas disfruté en Milán. Tal vez quería tantear el terreno para empezar a hablar del sado. Estuve a punto de decirle todas y cada una de las cosas que me fascinaron en nuestra estadía allá, pero no lo hice y su gesto ante la manera en la que pasé del tema, me hizo ver qué tanto le había molestado. Me habló sobre algunas fantasías fugaces para retomar las intenciones de la charla, pero también pasé del tema.
Quiero hacerle perder la paciencia todavía más, siempre me causa algo especial en el interior, además, pienso que, si ha tocado el tema de lo ocurrido en Milán y algo del sado, esto que estoy haciendo va por buen rumbo. Ya me estaba llenando de ideas hasta que me obligué a parar. Tom me miraba como si quisiera descifrar mis intenciones, o más bien, parece que ya las ha adivinado. Debo hacer algo para no verme tan obvio.
Cuando terminamos de almorzar, me lleva abajo. Tomamos las escaleras por las que subimos, pero nos detenemos en un mediano pasillo antes de seguir bajando. Él abre la puerta corrediza y me permite el paso primero. Me adentro al salón y vaya que es amplio. Si viera el yate desde afuera, definitivamente no pensaría que fuese tan espacioso. Hay un gran televisor con una sala en frente en forma de «L», un sistema de sonido junto al muro de la izquierda, un mini bar del lado derecho del salón, un tablero con dardos cerca en el muro y justo en medio de todo, se encuentra una mesa de billar. Tom, para romper el hielo, dice que cuando salió de la habitación hace unas noches y vio el lugar —de modo que me dejó una noche solo—, pensó que este sitio me gustaría mucho.
Me muevo por el salón, mirándolo todo mientras él me pregunta si me apetece un juego. Pero al ver la mesa de billar, lo que me apetece no es precisamente jugar una partida. Mis intenciones sobre tentarle, pasan por mi mente de manera fugaz. Considero que es un buen momento para poder hacer lo que me plazca.
Estoy plantado frente a la mesa, con las manos en el filo y mirando distraídamente las bolas sobre la superficie, esperando a que Tom se acerque. Miro mis manos en el filo de la mesa y entonces siento a Tom pegar el pecho a mi espalda y colocando las manos junto a las mías.
—¿Por qué me das la espalda? —pregunta cerca de mí oído.
—Perdón, ¿lo hice? —digo provocándole.
—Y lo sigues haciendo— hace que me vuelva a verle, acorralándome ahora contra la mesa—. Mucho mejor…
He conseguido ver sus intenciones en esto; junta su cuerpo al mío, haciendo un poco de presión y me inclino hacia atrás a causa de eso.
—No te alejes.
—¿Por? ¿Estar así de cerca tiene una doble intención?
Durante un par de segundos, Tom arquea una ceja de manera sugerente y después, las comisuras de sus labios se levantan en una sonrisa maliciosa.
—Las dobles intenciones son mis favoritas— confiesa—. Más bien, tus intenciones son siempre mis favoritas.
Se me detiene el corazón y algo arde en mi pecho. Una sensación caliente recorre mi piel, humedezco mis labios, pero él me toma por la barbilla, alzando mi rostro y llevando el pulgar a mis labios entreabiertos.
—¿Me estás tentando? —pregunta medio frunciendo el entrecejo.
—¿Me llevarás al camarote?
Mi garganta queda seca después de cuestionar aquello, no pude evitar sacar esa parte de mí tan a la ligera. Verle así, escucharle y sentir su tacto, me pone de esta manera. Tal vez empiece a carbonizarme. Veo que su mirada se enciende.
—Ya quieres que te folle, ¿cierto, Precioso? —dice en un murmullo cerca de mis labios. Su mano va a mi nuca y me acerca a él—. ¿Y quieres que te folle sin besarte antes?
—No, per…
No soy capaz de terminar la oración, Tom asalta mi boca, arrebatándome un suspiro, dejándome casi sin respiración al poco rato en que empieza un beso prolongado. Mis manos se vuelven torpes, no sé de dónde sujetarle, siento que el beso me ahoga, pero enciende mi deseo por él. Sujeto el filo de la mesa, intentando echarme para atrás y romper el beso, necesito aire. Tom no me deja, su mano va nuevamente a mi nuca y no la aparta, su otra mano va al filo de la mesa, apretando con fuerza, haciendo crujir la madera junto a mí mano derecha. Junta su cuerpo al mío y la fricción me ha fascinado, deseo que lo haga de nuevo, pero estar así de cerca oprime mi abdomen al poco tiempo.
—Mhum…
Me muerde los labios, lame la parte superior para atraerme, su lengua se encuentra con la mía y deja de hacer presión hasta que me libera. Tomo aire a bocanadas aún con los ojos cerrados y llevo las manos a sus hombros para darme más espacio, pero no lo hago, en su lugar, las mantengo inertes ahí.
—Quiero enseñarte algo— dice después de unos instantes un tanto sofocado—, no puedo hacerte esperar más.
—Creo que yo tampoco.
Tom pone distancia, toma mi rostro para hacerme verle, lo hago, pero primero veo sus labios entreabiertos; algo rojizos y curveados en una sonrisa sugerente. Le miro a los ojos, éstos tienen ese destello tan característico como cuando está muerto de deseo.
Toma de mi mano cuando mi respiración casi es estable igual que la suya y me hace atravesar el salón e ir a la estancia que sigue. No puedo ver a detalle cómo es, él me dirige casi al final, saliendo al exterior por una puerta corrediza, hay un pequeño balcón y a la derecha se encuentran unas escalerillas, éstas bajan en una especie de tubo transparente e iluminado con lucecitas azules. Abajo todo cambia, parece un pasillo poco iluminado, sólo puedo ser capaz de ver el piso de madera, noto un par de puertas con luz sobre el umbral y antes de que pueda decir algo, doblamos a la derecha, bajamos dos escalones a una pequeña estancia más privada y nos detenemos frente a una puerta de madera brillante color marrón. Tom suelta mi mano, abre la puerta y me permite el paso.
—Por favor…
Le miro antes de entrar. Me sitúo a unos pasos de la puerta y él la cierra detrás de sí. Enciende las luces y una cama increíblemente espaciosa, de cubrecama color negro y cojines de satén plateado, aparece frente a nosotros. En la otomana hay una caja de color negro con unas letras plateadas y hay otro tulipán.
—Todo tuyo— me dice, alentándome a acercarme. Se me encoge el interior.
Acorto la distancia, tomo la caja entre mis manos y la abro, quitando lo que cubre el obsequio y… Se me va la respiración. Son las orejitas y el rabito blancos que tanto le gusta verme usar, también hay un antifaz y percibo un aroma sutil, imagino que viene de la pequeña botella que veo ahí.
Algo se enciende en mi interior y me veo a mí mismo esperándole en la cama, vistiendo eso para él, y dispuesto a probar para lo que sea que sirva esa botellita.
Ni este yate, ni sus interiores o la cubierta, y mucho menos las flores pudieron sorprenderme tanto como lo que hay en la caja.
—¿Cómo lo has obtenido? —me esfuerzo para que mi voz no se escuche débil.
—No puedo decirte— se acerca y me toma por detrás—. De lo que sí te puedo hablar, es de cuán impaciente estoy por volver al sado contigo.
—¿Lo estás? —tapo la caja y hago ademán de volverme, pero Tom no me deja.
—Mucho— dice detrás de mí, hace un camino de besos desde mi nuca, abriendo el cuello de mi camiseta para llegar a mi hombro y darme un mordisquito al final—. Quiero hacerlo.
El corazón me da un vuelco y me siento excitado de sólo escuchar que habla de volver al sado e imagino cómo podría él jugar conmigo. Las reglas vienen a mi mente, escucho su voz diciéndomelas, repitiéndose una y otra vez, y recuerdo el cómo me mostró los límites. Me creo capaz de soportar todo lo que venga ahora. Me enciende. Se me eriza la piel y siento en el interior una oleada de múltiples sensaciones que me hacen querer derretirme en él y dejarme hacer.
—Por favor, Conejito… Compláceme— dice, nuevamente cerca de mí oído.
—Siempre— respondo en un susurro.
—Perdón, ¿qué dijiste? No pude escucharte— su mano desciende por mi pecho hasta mi entrepierna, de modo que quiere hacerme hablar mientras me toca.
—Que siempre te complaceré— ahogo un jadeo, mordiéndome los labios.
—Eso… muy bien— me premia dándome un beso en el cuello.
Me tiene por completo. Mis intenciones por jugar con él y con la situación se van a la mierda en este momento. He caído.
—¿Te apetece jugar? Vamos, no te quedes mudo. No es momento para eso— dice cuando no le doy respuesta, me ha desabrochado los pantalones y en cualquier momento introducirá su mano, lo sé—. Quiero que uses palabras…
—¿Qué harías conmigo? —le corto de inmediato, desvaneciendo el gemido que he dejado escapar.
Mis palabras han hecho efecto en él. Hace que me vuelva a verle y su mirada intensa hace que nazca un calor que arde en mi pecho.
—Todo…
—¿Me harías todo en este preciso momento? ¿Todo? —la garganta se me seca y hablo entre cortado.
—Sí, Precioso. Todo…
Le dirijo una mirada casi lasciva y él lleva una mano a mi mejilla, haciéndome sentir el calor que emana mi piel ante su tacto, después de una suave caricia, me toma con poca fuerza por la quijada y dirige una mirada fugaz a la caja.
—Esta noche lo usarás para mí y voy a jugar contigo. Te haré disfrutar mucho, ya verás— me suelta, toma la caja de mis manos y va a la mesita de noche para dejarla encima—. Tengo en mente un par de cosas, pero dado a que en el sado no hay penetración y ahora estás aquí, luciendo tan deseoso porque te haga mío, no dejaré pasar la oportunidad— menciona al volverse a verme.
En su mirada hay una chispa que enciende todo lo que siente por mí y lo que yo siento por él. Le deseo tanto en este momento. Quiero que me toque, que use su fuerza, que se introduzca en mí y me haga estremecer del puro placer.
—¿Harías algo por mí? —inquiere sin moverse de su lugar.
No sé qué le apetece en este momento. Muchas ideas pasan por mi mente y no sé a cuál de todas se referirá.
¿Repasará las reglas conmigo? No, tal vez quiera que me acerque y me incline delante de él, o que le haga una felación, igual y quiere que me mantenga quieto mientras me toca. No sé.
No puedo resistir su mirada, hace que me derrita por dentro y el calor aumente. El corazón se me acelera y mi respiración se vuelve irregular. Sé que ha de estar desnudándome con la mirada, la pregunta sería si quiere que empiece a hacerlo o quiere encargarse él mismo.
Trago con pesadez y le dedico un asentimiento, él se acerca, diciéndome que no le ha hecho gracia el cómo le he respondido. Me toma por los hombros para llevarme a la cama y hacer que me siente frente a él. Le miro desde abajo, apretando la orilla del colchón, arrugando el cubrecama. Tom saca algo del bolsillo de su pantalón y me lo enseña, es una cadenilla con algo en los extremos. Vuelvo a mirarle y me quedo quieto, siendo consumido por lo que se origina en mi interior.
—Dime dónde van éstos.
—Son pinzas… para los pezones— me siento acalorado. A qué quiere que me los ponga.
De repente me veo siendo aplastado por su peso. Sube sobre mí, lleva mis manos arriba de mi cabeza y con la otra me enseña más de cerca aquella cosa. Pasea las puntas de las pinzas por mis labios y me hace abrirlos para darles un lametón, luego deja que las sostenga con los labios. Su mano deja mis muñecas, se incorpora levemente y lleva la misma mano a la cinturilla de mi camiseta para levantarla un poco, tocando mi estrella, dándome un pellizco, mirándola y lamiéndose los labios. Desea besarla o morder mi piel, su mirada me lo dice.
—Tienes dos opciones: usarlas ahora y experimentar algo realmente intenso, o esperar a esta noche y conocer lo hábil que soy con éstas, porque no solo sirven para lo que piensas.
Los labios me tiemblan y Tom quita las pinzas de mi boca, alejando la cadenilla con lentitud, deslizándola por mi pecho que sube y baja aceleradamente.
—Esperaré a esta noche— respondo sin pensarlo dos veces, mirándole a los ojos.
—Buena elección— se mueve y las deja en la mesita de noche—. Ahora, como no hay más que decir, quiero ser brusco contigo. Me has tentado ya dos veces, sin mencionar que me dejaste esperando respuestas en medio de una picante conversación en el desayuno— chasquea la lengua y se acerca para descalzarme—. Muy bien y mal, Precioso. No te imaginas las ganas que tengo por reprenderte.
Sus manos suben a mis piernas, cierra los puños en mis pantalones y me los quita en dos tirones. Sube nuevamente a mí, quitándome la camiseta y moviéndose tan rápido para tomarme por los tobillos y hacerme girar para darle la espalda. Tom hace que me posicione justo en medio, alzando el culo y con los brazos extendidos, tocando la cama, estrujando la orilla.
—Que bien te ves así.
—Sólo tómame— le pido al medio volver el rostro hacia él y responde dándome un guantazo.
—Vamos, quiero ser brusco, no ir rápido…
—Que sea rápido, Tom. Que sea fuerte— me apresuro a decir y él guarda silencio—. Quiero ambos.
Le siento subir en la cama, sus labios empiezan un camino de besos desde el final de mi espalda, dándome también unos cuantos mordiscos hasta llegar a mi cuello.
—Estás muy ansioso y yo desesperado. ¿Quién de los dos gana en esto?
—Tú, claro— digo para su deleite. No quiero que se demore más tiempo.
—Eso, Precioso— satisfecho por haberme escuchado, me da un beso en el hombro—. Ahora estate listo, vas a repetir mi nombre entre gemidos.
Continúa…
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