II Compláceme 28

Temporada II. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 28

Tuve unas ganas realmente intensas por adelantar nuestro encuentro después de haber follado. Tom estaba provocándome con el simple hecho de permanecer tendido en la cama, mirándome, mientras yo aun me estremecía por espasmos de placer, él estaba ahí descansando, o más bien, esperando alguna señal mía que dijera que volviera a tomarme, pero no fui capaz de siquiera insinuar nada. De haber dicho algo, tal vez él habría jugado conmigo como lo hizo la primera vez en el sado.

Sus provocaciones no se detuvieron, continuaron con ese cinismo tan único de él durante el tiempo en que seguíamos navegando.

Dime…— exige dando un paso, obligándome a retroceder.

Casi chocamos de narices cuando busca provocarme y me hace retroceder un poco más, luego me acorrala contra el muro cuando llegamos a éste.

Estamos así de cerca, pero no me besas— excitado, dejo escapar un suave jadeo cuando oprime su cuerpo con el mío—. Solo me miras, es como si… me asecharas y me… pides… me pides que me desnude— busco sus labios para unirlos con los míos, pero esquiva y lleva sus manos a mi camiseta, subiéndola un poco—. Haces que me dé la vuelta y me pides inclinarme.

¿Ah, sí? ¿Qué tanto?

Podría enseñarte, si quieres— respondo en un suave ronroneo.

No, si lo haces, eso significaría que dejarás de contarme tu fantasía y realmente no te lo voy a permitir. Termina de hablar, Precioso— me da un único beso en el cuello y me encojo por lo delicioso que me ha parecido, dejando escapar un suave jadeo.

Me haces inclinarme… y me tomas por los lados mientras lo hago lentamente para ti. Das un beso al final de mi espalda, palmeas y estrujas mis nalgas antes de jugar con el rabito en mi entrada…— muerdo mis labios consiente de que me mira. Quiero tentarlo—. Te gusta mucho verme así y me haces inclinarme otro poquito más… te gusta verme expuesto… sólo para ti.

Una sonrisa coqueta se dibuja en mis labios intencionalmente, lo mucho que le puede.

¿Y luego…? No te detengas, anda.

Tan sólo querías ver a tu Conejito excitado y listo para recibir su castigo.

La verdad, yo tenía más ganas de que te resistieras— menciona con lentitud, poniendo distancia para mirarme. Una de sus manos va a mi espalda y se introduce por la cinturilla de mis pantalones—. Lo imagino y te ves jodidamente delicioso.

¿Resistirme? —logro preguntar, omitiendo un jadeo cuando siento su mano estrujar mi nalga.

Así es, Precioso. Me hubiera gustado tomarte y que pareciera que te estaba haciendo daño— sus dedos se acercan a mi hendidura y me encojo ante ello—. Mucho daño, ¿entiendes?

Explícame…

Bueno, si aceptaras resistirte, fingirías desagrado hacia lo que sea que hiciera contigo, me apartarías de ti y hasta me pedirías que me detuviera. ¿Puedes imaginarlo?

¿Me atarías de manos?

Incluso usaría una mordaza— responde de inmediato. Su mano se detiene y poco a poco me deja desatendido*—. Esa fue la fantasía que tuve desde el inicio, pero tú buscas un castigo— deja de presionar su cuerpo con el mío y toma de mi barbilla para hacer que levante más el rostro.

Lo quiero— pido en un susurro, haciéndole volver a tocarme.

Entonces, estoy a tu servicio, Precioso.

Prácticamente me tenía en su mano, siguiendo ciegamente el rumbo de sus conversaciones morbosas, llevándome a los pocos escondrijos que hayamos y dejándome totalmente alborotado antes de avanzar un poco más hacia algo que ambos queríamos. En algún otro momento, este tipo de juegos por su parte me hubiesen desesperado, pero ahora no era el caso. No podía evitar recordar las ocasiones en las que se ha portado de esta manera conmigo y cómo yo también había hecho hasta lo imposible por tentarle en ocasiones pasadas, cayendo en el juego porque, evidentemente, Tom va uno o dos pasos delante. Pero me encanta. Puede conmigo y me prende el que detenga las cosas tan de repente, dejándome cada vez más deseoso que antes. Decía que el dejar a medias nuestro rollo de cinco minutos era mi castigo por pretender hacerle llegar al sado antes de tiempo. No sé qué tan en serio haya dicho aquello, pero debo confesar que, si en realidad era un castigo —uno pequeño—, no podía evitar sentir fascinación. Siento que no puedo esperar para demostrarle mi sumisión ahora que estamos cerca de volver a Venecia y he notado que él se ha visto ansioso por llevarlo acabo. Probablemente sea yo quien le haga comenzar con nuestro encuentro.

De regreso, Tom dice algo que me hace pensar inmediatamente en si él ya contaba con una propuesta porque yo tengo algo en mente y quisiera compartirlo con él y, de ser posible, que diga que podremos hacerlo. Pero tal vez se lo diga estando en el hotel, teniendo por seguro que en cuanto lo mencione, quiera que le haga alguna demostración. Ahora me dejo tomar por él, sus brazos me rodean y empuja mi cuerpo para que quede totalmente contra el antepecho de la cubierta superior, siento sus labios posarse sobre mi nuca y sigue en un camino de besos cortos hasta mi oído, sus labios se estiran en una sonrisa e imagino cuán maliciosa es.

—Y entonces…

—¿Qué cosa?

—Ya no me dijiste eso que tratabas de explicar.

Pienso un momento en sus palabras y hago memoria. Antes de que me quedara mirando lo lejos que estábamos de Venecia, había tratado de decirle lo increíble que fue estar aquí.

—¡Ah! Sí, eso…— medio me vuelvo a verle, él pone un poco de distancia y me sorprende ver que sostiene un tulipán. Me vuelvo por completo, apoyando la espalda en el antepecho y le dedico una sonrisa inocentona que oculta la picardía que se acentuaba en mis labios—. ¿Para mí?

—Sólo si respondes— condiciona. Que lo haga me hace reír.

—Nada más quería hallar la mejor manera para darte las gracias. Hiciste todo esto para sorprenderme…

—Qué puedo decir— me interrumpe—, no haría esto para nadie más.

Tom se queda en silencio, esperando una respuesta por mi parte, pero no sé qué debería hacer ¿Echarle los brazos al cuello? O de plano balbucear un: «Gracias, Tom».

—De nada— dice de repente. Ahora dudo sobre si le he agradecido en realidad o sólo lo pensé. Me lanza un guiño y entonces dice:— Toda tuya…— se refiere a la flor que sostiene.

—Gracias— respondo débilmente, pero no tomo el tulipán.

Me gusta que me tenga acorralado. No puedo resistirme a él, a su mirada, a sus labios… la cercanía me tiene alucinado. Acerca la flor a mi nariz, luego las puntas de los pétalos acarician mis labios, desciende por mi barbilla y mi cuello.

—Tantas perversiones que se me ocurren hacer con esta flor…— dice mirándome a los ojos y siento como algo se enciende en mi pecho cuando dibuja algo sobre mi corazón—. Si te sigo mirando así, tal vez me pierda en los pensamientos que me provocas.

—No sería la primera vez.

Me dedica una sonrisa sugerente y deja caer la flor, llevando ahora ambas manos al antepecho, negándome la salida, claro que no pretendía moverme de aquí.

—¿Me puedo llevar los tulipanes? —digo de repente, rompiendo lo que pudo ser otro rollo de cinco minutos. Tom medio frunce el entrecejo, como si no entendiera lo que dije.

—¿Para qué los quieres en el hotel? Son demasiados…

—No me los llevaría todos, tal vez unas…. tres decenas, ¿sí?

—No, son muchas— dice con determinación, pero sé que puedo convencerle.

—Por favor— pido anhelante.

—No, no deberías…

—Vamos… —intento ahora con un tono más soñador.

Me mira en silencio el tiempo suficiente hasta que desvanece su gesto ceñudo y decide hablar nuevamente:

—Que sean dos.

—Tres.

—Dos…— insiste.

—Entonces tres y media— salto de inmediato, interrumpiéndole a media oración.

—Bien, que sean tres, ni una más o…

—¿O qué? —levanto una ceja, no pudiendo* evitar seguirle el juego.

—Te reprenderé.

«¡Joder, sí!»

—Todo por eso me llevaré unos cuantos más— se me sale la risa, pero a él no le va mucho que lo haga—. ¡Ja, Ja, Ja! Ya, sólo estoy jugando. Pero si me sigues mirando así, tal vez lo haga…

—Seguro…— menciona incrédulo.

—Hoy estoy seguro de todo.

Mis palabras le sacan una fuerte risa momentánea, pero no me afecta.

—Estás algo ansioso— se burla al distanciarse de mí.

—Honestamente, sí— parece que mi determinación es la que le hace detener las carcajadas—. Estoy muy ansioso por ver y sentir lo que tienes para mí.

Su risa se queda en el aire. Poco a poco, deshace también su sonrisa de millón y me mira con detenimiento. A él parece encendérsele la mirada, casi podría asegurar que se viene alguna propuesta indecorosa de su parte.

—Siendo así, es justo que sepas que tengo otra cosa para ti. Es… especial, ¿entiendes? Más especial que esto porque será algo… muy, muy nuestro.

—Estás de broma— ni por un segundo le creo lo que dice. Niego con la cabeza y le miro con escepticismo.

—Es un secreto— asegura y toma de mi rostro para hacerme alzar más la mirada hacia él.

—¡No digas que es secreto! Tom, por favor… quiero saber.

Pasea los ojos por la cubierta, haciendo como que considera lo que le he pedido. Llamo su atención para que se centre en mí y entonces me sujeta por la cintura, atrayéndome a él.

—Confórmate con saber que tocarás el cielo— menciona lentamente y en un murmullo antes de plantarme un beso.

Se detiene todo al escucharle decir eso, ahora será muy difícil apartar de mi mente esas palabras.

—Siempre me haces tocarlo— le digo al poner distancia.

No estamos para otros cinco minutos, ni diez o más. Necesito de él plenamente y cuanto antes.

—¿Sabes qué? He cambiado de opinión— menciona de repente.

—No te entiendo.

—Quiero hacer algo diferente en el sado, algo que, estoy seguro, siempre has querido cambiar.

«Oh…»

No tengo queja alguna contra su repentina decisión. Aquello de lo que habla es llegar a la penetración en un encuentro en el sado.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio, Precioso.

&

Al llegar al hotel, entro con los tulipanes en una mano y sujetando la caja de «Ciliegia» como si fueran chocolates, presumiendo a todo el mundo que he estado en una cita. Tom se detiene un momento en la recepción, recordándole no sé qué al empleado, veo que éste le dedica un asentimiento justo cuando me acerco a Tom y desvía la mirada escasos segundos hacia mí, pero yo, totalmente impaciente, sujeto la mano de Tom y doy un par de tirones para hacerle seguirme.

—En cuestión de nada se lo llevarán a la suite, señor Kaulitz— le dice el empleado.

No le doy oportunidad de decirle algo, le aparto de la recepción y nos encaminamos por el lobby. Voy un paso delante de él, siendo el principal objetivo de las miradas indiscretas de las personas con las que nos encontramos antes de subir al piso de la suite.

—La gente me mira— digo risueño, volviéndome a él mientras vamos en el pasillo.

Tom no me responde, sólo se ríe y camina a la par. Me siento acalorado gracias a las miradas de hace unos instantes y lo aprisa que le he hecho ir detrás de mí. Se ve como que quiere decirme algo, quizás quiera hacerlo al llegar a la suite*.

Después de unos momentos Tom se detiene frente a nuestra puerta, introduce la llave y al abrir, me hace pasar primero. Suelto la respiración al dar los pocos pasos adentro y aprieto contra mi pecho la caja que me ha dado, al hacerlo, la idea de ponerme aquello que contiene asalta mi mente de manera fugaz y el corazón me da un salto.

Permanezco en el living por unos minutos, con algunas ideas alborotándome cada vez más. Dejo los tulipanes y la caja en la mesita de centro y me quito su chaqueta, echándola en el reposabrazos del sillón antes de dejarme caer sobre éste. Tom se ha esfumado, le escucho en el dormitorio, pero no vuelvo el rostro para averiguar qué hace. Miro las flores sobre la mesita y me viene de inmediato aquellas perversiones las cuales dijo que se le habían ocurrido, no puedo evitar sentir curiosidad o imaginarme qué es lo que quiere realmente, por suerte hay algo que me aparta de eso. Puedo jurar que han pasado casi cinco minutos desde que llegamos y ya están llamando a la puerta. Veo a Tom ir a abrir y me lanza un guiño cuando nuestras miradas se unen. Deja pasar a un empleado quien, después de un corto saludo, le indica que ha traído el champán.

«Más oportuno imposible»

Tom le indica con un ademán el lugar donde quiere que la ponga, éste acomoda la hielera en la mesa con la botella de champán, deja dos copas en el centro y hace el descorche. Tom le detiene antes de que le pidan la aprobación de la espumosa bebida y dice al empleado que se retire. Él lo acompaña hasta la puerta y veo que la asegura con el pasador, cuando se vuelve, me mira detenidamente desde su lugar.

—¿Qué haces ahí? —pregunto, pero no me responde. Se encoge de hombros y vuelve a escanearme con la mirada—. No lo pasarás de pie en la puerta todo el rato, ¿verdad? Quiero que estés conmigo.

Se ríe quedamente, seguido, hunde ambas manos en los bolsillos y sin dejar de mirarme se acerca a la mesa vacilando un poco, dirigiéndome una mirada juguetona.

—Entonces… ¿dónde pondrás esas flores? ¿Las llevarás a la habitación y esparcirás por la alfombra? O tal vez…— se encoge de hombros una vez más—. No lo sé, tal vez quieras que las ponga sobre ti ¿Tú qué sugieres, Precioso?

—Pues yo…

—¿Recuerdas que dije que tenía algo para ti? —me interrumpe a media palabra.

—Dime qué es— reparo mi tono y espero a que diga algo. Me mira y me mira, igual y queriendo ver cómo me hará actuar la curiosidad.

—Puedo enseñarte, más no decirte*— respone después de unos instantes.

—Muéstrame ahora— hago ademán de levantarme, pero me lo prohíbe con una señal a mano alzada.

—«Violet & Red» —dice con calma. Le veo cerrar el puño dentro de uno de sus bolsillos y sus labios medio se curvean en una sonrisita morbosa.

—No sé qué es— confieso, sintiéndome algo avergonzado por mi ignorancia, pero por suerte aquello no dura mucho, verle así provoca un vuelco en mi interior y crecen mis ganas por saber a dónde se dirige esta conversación.

Tom se mueve de lugar, mirándome ahora ligeramente ceñudo, no creyendo que es real lo que dije y quiero agregar que no importa lo que sea porque aún así le demostraré mi disposición, pero él habla antes de que yo pueda separar siquiera los labios:

—¿No te suena familiar? —inquiere y niego con la cabeza, parece más extrañado que sorprendido, pero esa expresión no dura mucho en su rostro y yo tampoco la reflejo—. Estaba seguro que te dabas la idea.

—No creo que lo haya escuchado antes, pero…

—Shhht…— me calla y le miro atento. No es buena idea seguir, aunque me parece tentador—. Me harás decirte, ¿no es así?

Ahora a quien se le marca una sonrisa es a mí, pero no es morbosa como seguro él esperaba ver, más bien es de triunfo, dejándome una fuerte sensación de complacencia*. Mi intención no era verle ceñudo y explicándome qué es lo que quería hacer de mí, pero me gusta que esté así. Si doy en el punto exacto, haré que se enfade, que pierda poco a poco la cabeza y tome de mí con brusquedad.

La simple idea me tiene absorto y carbonizándome ante ello.

—Ibas a hacerlo de una manera u otra —mis palabras suenan pretenciosas, pero no he dicho más que la verdad.

—¿Eso es lo que crees? Mmm… Precioso, me gusta la seguridad con la que hablas, espero que sea así de ahora en adelante, pero ay* de ti si llegas a los tartamudeos— su advertencia me provoca un ligero nudo en la garganta, dejándome sin habla y trago con pesadez para deshacerlo—. «Violet & Red» es algo diferente en el sado, digamos que va en un segundo nivel, contigo haré un cambio diminuto. Sé que esto te gustará dado que eres ese tipo de sumiso que encaja a la perfección con esto.

—Y según tú— empiezo a decir, levantándome de mi asiento y dando unos pasos hacia él—, qué tipo de sumiso soy, ¿eh?

—¿Y esa insolencia a qué se debe? No, no me digas, ya lo entiendo— acorta la distancia que aún hay entre nosotros y me mira fijamente. Estando así de cerca, sus ojos parecen haberse tornado más intensos que cuando me veía ante la distancia—. Se trata de tu plan infalible para provocarme, ¿no es así? Por poco me había olvidado de éste, en algún momento pensé que tu reacción sería diferente, pero ¿sabes una cosa? A esto me refería con que eres esa clase de sumiso que encaja perfecto en esto, sólo quiero saber qué tan masoquista puedes llegar a ser.

—Yo no soy masoquista— repongo indignado ante la manera en que lo ha dicho.

Tom pasa de mí, burlándose por ver mi ceño fruncido y me rodea con lentitud. Soy incapaz de quedarme así, busco su mirada, pero él me esquiva, regocijándose cada vez más.

—No me cabe que no lo hayas notado, Bill— dice entonces—. Es bastante obvio, por eso eres perfecto para esto.

—Yo no…

—Lo eres— me corta de inmediato, deteniéndose frente a mí—. Yo sé muy bien la manera en la que te manejas y te dejo ser porque verte de tal manera me enciende, pero veamos, Precioso, si no eres masoquista, atrévete a negar que te fascina llevarme la contraria; ponerme las cosas difíciles, haciendo que la situación vaya a tu favor sólo para hacerme estallar y que vaya en búsqueda de ti dispuesto a usar la fuerza, que vaya a ti imponiendo un castigo que asegure el tener las nalgas rojas por los azotitos. Niégamelo, Bill.

El llamarme «masoquista» jamás figuró para mí. Que lo haga él me hace sentir etiquetado y casi vulgar. No me va que me vea de esa manera, pero me escalda* porque es la verdad y yo siempre voy buscando eso.

¡Me jode!

—Eres de esos que entrega el control absoluto y déjame decirte que me agrada, ¿sabes? Me gusta que te dejes hacer a mi manera, que te dejes llevar y luego pongas límites. Y eso… eso me pone demasiado, Precioso— dice al llevar ambas manos a mi rostro para alzarlo ligeramente y pueda acercarse tanto que termina de hablar cerca de mis labios.

Me llama por mi nombre para algo serio y usa «Precioso» cuando está que se deshace por dentro a llama viva. Eso me pincha el orgullo, me estalla el interior y sube con fuerza a mi pecho.

No me va.

—Me pone que en ocasiones seas tan egoísta, sólo buscando tu propio placer y dejándome de lado, parece ser que te olvidas que soy yo quien te provoca tantas cosas juntas, pero cuando reparas en eso, todo se vuelve tan… excitante.

Estamos tan cerca que es inevitable sentir la necesidad de besarnos, pero ninguno de los dos hace ademán de acercarse a los labios del otro y mi orgullo herido aún vibra dentro de mí. Es un hecho que el tentarnos y ser objeto de deseo mutuo me enciende y me hace gozar tanto que necesito de sus perversidades para poder volver en mí.

«No por mucho, lo sé». Digo para mis adentros.

Vacila un poco al inicio, no me muevo, dejo escapar un suspiro leve y él toma de mis brazos con poca fuerza, acercándose y alejándose, dejándome con las ganas de un beso. Por fin me trago la indignación* y me atrevo a tocar sus labios con los míos en un roce ligero y corto, al volver a retomar el beso, esquiva mis labios y me besa en las comisuras.

—Iré a la habitación a alistar unas cosas— vuelve a esquivarme cuando me acerco—, y cuando te llame ya deberás estar listo, ¿entiendes?

Mordiendo el interior de las mejillas, le dedico un asentimiento y él se separa de mí, llevándose la hielera y las copas y vuelve a por la caja y unos tulipanes, cuando regresa a la habitación asomo la cabeza por encima de su hombro, pero no logro ver mucho, deja la puerta cerrada tras de sí y yo vuelvo al sofá. Sea lo que sea «Violet & Red» en el sado, éste vendrá más pronto de lo que creía. Tom había dicho firmemente que nuestro encuentro vendría por la noche, pero después de tantos momentos fugaces en el yate, las conversaciones e intenciones cargadas de perversión, Tom ha decidido adelantar aquello y quiere que sea algo más fuerte que la primera vez. Sólo si podría definirlo: «fuerte». Él ni siquiera dijo mucho al respecto, solo que era algo como un segundo nivel en el sado y no habría mencionado aquello del masoquismo en mí si no tuviese nada que ver. Apuesto que los azotes vendrán con más fuerza y ya no a mano alzada, sino con algún objeto, quizás el cinturón. Tal vez ahora sea más violento en vez de brusco*.

Dijo que soy esa clase de sumiso que encaja a la perfección con esto, y aunque las ideas alborotan mi mente y me acaloran, no sé si hay algo más en mí que le haga pensar en eso. Es cierto que me dejo hacer por él; que le dejo tomar el control de mí, que soy yo quien busca un castigo, pero no me creo egoísta al solo buscar mi placer, lo que hago para provocarle es a sabiendas que él también lo va a disfrutar porque esto es mutuo. Me gusta cederle el control; me gusta que me castigue porque el dolor tiene un fin placentero y claro que hay límites en éstos, pero quisiera olvidarlos porque me gusta ser quien maximiza su excitación, pero sobre todo, me gusta complacerlo y quiero que me dé órdenes.

En cuestión de nada va a llamarme y yo sigo sin comprender bien a qué se refería con eso de estar listo. ¿Listo para qué, exactamente? ¿Solo para obedecer al llamado o que permaneciera aquí esperándole?

«¿O es que espera verme desnudo desde ahora?»

Me pongo de pie y miro las puertas cerradas, el corazón me late con fuerza y pequeñas explosiones se originan en mi interior. Comienzo a sentir calor cuando decido sacar la primera prenda, imaginando que él me mira desde el otro sillón y me creo ese sentimiento insaciable que Tom tendrá por mí en cuanto me vea, y la idea vaya que me puede.

Termino por sacarme los pantalones cuando escucho la voz de Tom decir mi nombre, ya no hago ademán de sacarme los calzoncillos y mejorar mi aspecto porque estoy seguro de que no quiere que le haga esperar. Avanzo hacia la puerta y giro la manija cuando escucho nuevamente mi nombre, abro y le veo frente a la cama esperando por mí vistiendo solo la ropa interior, así como yo.

Tom chasquea la lengua y me mira de arriba abajo así como yo hago con él. Se ve muy apetecible. Me deleita ver cómo se marcan sus músculos al estar cruzado de brazos, en su pecho veo el chupetón que le he dejado está mañana tras nuestro acostón en el camarote del yate y en su cuello noto el dije que le he dado y llevo la mano hacia el mío por puro instinto. Ojalá fuera ajeno a mí presencia, me gusta su espalda, y me gusta más cuando veo los rasguños que le he dejado, y para reparar mi desenfreno al herirle, lleno de besos su espalda hasta llegar al final —donde comúnmente suele detenerme—*. Pero me gusta y a él también.

Trago con pesadez cuando le veo llevar los brazos a ambos lados, no pude bajar mi mirada hacia esa zona que es más de mi interés justo ahora.

—Esperaba que no llevaras eso puesto— señala mi prenda y medio tuerce los labios—. Entra y cierra la puerta.

Lo hago, cuando dejo la puerta cerrada detrás de mí, observo cada detalle en la habitación; las espesas cortinas están cerradas, las luces apagadas y sólo una lámpara de noche está encendida, tiene lo que parece ser un pañuelo sobre la campana de tela haciendo que las paredes se tiñan de una luz casi rojiza y en la mesita de noche que tiene la lámpara apagada hay un par de velas sin encender. Avanzo con lentitud hacia Tom y mi vista baja de inmediato al sentir algo en los pies, uno de los cojines de la cama está en el suelo, miro ésta y noto que solo las almohadas permanecen en su lugar, ya no hay cubrecama o sábanas y en la esquina de la cama está la caja de «Ciliegia» y una tira enrollada de color negro. Tom obstaculiza mi visión, me tiende la mano y suelto la respiración por lo bajo, acepto su mano y él me hace girar como en un paso de baile.

—Reglas…— dice cuando volvemos a estar frente a frente y lleva sus manos a mi espalda para acercarme más a él—, está prohibido usar ropa.

«Sí, eso es fácil de deducir» digo para mis adentros.

Tom introduce las manos en mi ropa interior, la baja y jalonea hasta darme un ligazo en las nalgas. Se me escapa el aliento.

—Si no está permitido, tú también deberías quitártela— levanto las cejas fugazmente ante el gesto que me dirige.

—¿Eso crees? A ver… ¿si entiendes cuál es tu rol aquí, Precioso? Porque yo pienso…

—Debiste puntualizar— le interrumpo y la impresión en su rostro se acentúa cada vez más, tal vez no se cree que haya podido hablarle así.

—Alguien está un poco petulante*— menciona antes de plantarme un beso que ni siquiera me tomo la molestia de corresponder—. Y un tanto difícil también— su tono oculta no muy bien que mi acción le ha jodido—. Quiero creer que es sólo por tu rol, así que sigamos con las reglas.

Tom se sienta en la cama para tomar el antifaz de la caja y hago mía la oportunidad que me da; tiene unos instantes de distracción al emparejar la banda elástica del antifaz*, me inclino para acomodar el cojín frente a él y me pongo de rodillas sobre éste. Tom repara en cómo permanezco arrodillado frente a él, mantenemos el contacto visual y veo sus intenciones de inmediato; hay un destello fugaz en sus ojos, casi como una chispa que él sabe provocar muy bien y me contagia. Le dedico una mirada lasciva y hago ademán de llevar las manos a sus rodillas, pero me detengo justo a tiempo y le entrego mis manos para que las ate*.

—Que entregado, Precioso— dice al acercar su mano a las mías, me hace bajarlas y entiendo que ahora no le apetece atarme—. Me gustas mucho así.

Toma el antifaz con ambas manos para colocármelo, lleva la diestra a la caja y saca las orejitas, se vuelve y las pone en mi cabeza, doblando una ligeramente. Su mano acomoda algunos de mis cabellos llevándolos detrás de mis orejas y alcanzo a tomarla antes de que se retire, sin dejar de mirarle a los ojos beso el interior de su muñeca y la palma de su mano.

El interior me da un vuelco ante la manera en la que me mira, le he sorprendido con esto y parece que le está costando creérselo dado a lo que significa.

Siento una oleada de éxtasis impulsar mi deseo por él a niveles que apenas caben en mi mente. Es como si latiera debajo de mi piel, haciéndome sentir tanto calor al imaginar que está a punto de tocarme. Me hace sentir tanto calor saber que está por imponerme un castigo.

«Finalmente hemos llegado al sado»

Continúa…

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