
Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 4
—Tom, ¿me quieres?
Bill, con esa mirada inocentona y una sonrisa curiosa dibujada por sus perfectos y tentadores labios, me pregunta algo que ya sabe.
—¿Debo repetirlo, Precioso?
Extiendo mi mano y le toco el rostro. Su sonrisa se ensancha y algo destella en su mirada. Me fascina.
—¡Mil veces! — se lanza sobre mí y ambos caemos en la arena. Sus manos toman mi rostro y se ríe a carcajadas cerca de mis labios—. Hazlo, por favor.
—Ni hablar— le atraigo a mi cuerpo, acariciando su espalda desnuda y repasando de memoria el lugar donde yacen sus lunares debajo de mis dedos.
—Si lo dices…
—Bill, condicionar es algo tan único de ti— le interrumpo.
—Si lo dices mil veces, te besaré hasta el cansancio.
—Mhum…— le acerco un poco más. Mis labios acarician los suyos y lanzo una sonrisa—. Pero no basta que te lo diga mil veces y mucho menos que me beses hasta el cansancio porque yo jamás podría tener suficiente de ti.
Acortando la distancia, mis labios al fin se posan sobre los suyos y el interior me da un vuelco increíblemente fuerte.
—Te quiero, Precioso…
Y lo que hacía que me embriagara de él, se desvanece.
Despierto y me giro en la cama en búsqueda de él, pero estoy solo. Su lugar ha estado vacío desde hace mucho. Desilusionado, regreso a mi lugar, mirando el espejo en el techo y jalando las sabanas con un poco de ansiedad.
¡Vaya sueño! Es la primera vez que no despierto a mitad de la noche a causa de aquella pesadilla frecuente.
Cansado de mirar mi reflejo, me muevo para salir de la cama. La luz roja de los números en el reloj de la mesita de noche casi me deja ciego, restriego el revés de mi mano contra mis ojos y después veo la hora. Son las cinco de la mañana.
Me incorporo en la cama para lograr calmarme. El corazón me late frenéticamente y las imágenes del sueño no dejan de pasar por mi mente. Lanzo un suspiro después de unos segundos me dirijo al baño. Mojo mi rostro con agua y espero parecer más lúcido. No entiendo que ha provocado ese sueño.
Me miro en el espejo mientras seco mi rostro. Estoy acabado porque apenas he dormido. Ni siquiera me veo como yo gracias al insomnio que me está matando, pero al menos hoy no he despertado de un sobresalto.
Me veo tan diferente en verdad… ¿Qué diría Bill de mi cuando nos veamos? Seguro ni me reconoce. Apuesto que
se ha olvidado de mí. Yo lo haría si fuese él. Ya debo de dejar de hacerme el mártir.
Arrojo la toalla al cesto, apago las luces y vuelvo a la cama medio arrastrando los pies. Al situarme al centro, levanto la mirada y nuevamente me veo a mí mismo en el espejo del techo. Solo distingo mi sombra y los pocos
destellos de luz de afuera que iluminan el resto de la inmensa cama. Ésta es tan solitaria como yo y echo tanto de menos el que Bill ocupara un lugar junto a mí. Echo de menos cuando su calor y su aroma se aferraban a las sábanas al momento de que él se levantaba silenciosamente y, de todos modos, yo despertaba al no sentirle a mi lado. Como hasta hace unos momentos.
No sólo dejó un espacio vacío en la cama, lo dejó también en casa, en mi interior y en mi vida. Soy quien ocasionó todo esto.
Soy quien le apartó y haré lo imposible de ser necesario para que Bill vuelva.
Suelto la respiración y me giro en la cama. Intento volver a dormir, pero es difícil. Mis pensamientos se disparan en todas direcciones al establecer las preguntas que haría a Bill el día que nos encontremos. Seguro no querrá detenerse a escucharme, por eso debo decir algo que le haga volverse a mirarme nuevamente a los ojos. Anhelo tanto que lo haga.
Hoy es un día muy importante. Por fin hablaré con el sujeto que he contactado para encontrar a Bill. Estoy nervioso. Necesito saber dónde es que se encuentra para ir a por él. Casi es su cumpleaños, falta semana y media para ello. Quiero regresarle su estrella y por fin entregarle aquel anillo que tenía destinado para él.
No me estoy en la cama. La ansiedad en serio me está golpeando con fuerza. Vuelvo a ponerme de pie y me recuerdo que no debo perder la paciencia. Hoy también veré a alguien más, así que debo tener el suficiente autocontrol.
Alina y yo nos reuniremos en el pent-house al medio día. Mis pensamientos se mueven de lugar y ahora ensayo mentalmente todas y cada una de las cosas que voy a decirle. Tuve muchísimo tiempo para pensar en ello y sé que es lo que necesito de ella. Steve ha insistido en que no conseguiré las respuestas suficientes, pero al menos saldré de la mayor duda y no quisiera incomodar a Bill al preguntarle aquello.
Alina. Bill… Alina.
¡Joder!
No quiero volver a esto, pero es necesario. Necesito saber su versión antes de encontrar a Bill y reconocer ante él todo en lo que estuve mal, aclarar mis dudas y disculparme.
Si resulta ser cierta cualquier cosa que le pregunte y doy también con la versión de Luche, quien era más cercano a mi padre y a ella, podría hacer que rodaran cabezas. Incluso podría dejar de sentir algo de remordimiento por la muerte de mi padre.
El tiempo pasa bastante rápido. Steve llama a la puerta, interrumpiendo mis pensamientos y me indica que el desayuno está listo. Bajo de inmediato para no hacer esperar a mi madre. Noto que están abiertas las cortinas del ventanal que yace a unos metros del comedor y caigo en cuenta de las gotas de lluvia que se resbalan por los cristales. Ni siquiera me percaté de que llovía. Desvío la mirada y ahí esta ella. Sonríe al verme entrar y al acercarme le doy un beso en la frente.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien? ¿Te gusta la habitación? Cualquier cosa que quieras cambiar, díselo a Steve— no respondo a su saludo y desvío lo que pudo haber iniciado una conversación normal y matutina.
—Todo está bien, Tom— responde en calma. Cuando me siento, ella estira su mano para tomar la mía—. Me está gustando mucho quedarme aquí, es tan tranquilo. Gracias por no dejarme quedar en el hotel, allá todo es un caos.
—Deberías…, ya sabes— me encojo de hombros y suelto su agarre—. Quedarte aquí un tiempo.
—De ninguna manera, la remodelación de la casa estará lista en unos días y podré regresar allá.
—Es bastante grande para ti sola. Deberías vender la casa y comprar una más pequeña si no te quieres venir a vivir aquí— menciono cuando Steve se acerca a servirnos.
—Me gusta esa casa.
—Mejor dime que no has dejado ir a mi padre.
Mi comentario hace que ella suelte el tenedor cerca del plato. Steve me mira y después dirige su vista hacia mi madre. La veo volver a tomar el tenedor y pica la comida.
—Ha… estado lloviendo toda la noche— añade después de aclararse finamente la garganta y no levanta la vista.
—Oye— tomo su mano, pero aun así no me mira—, ya sé que de los dos, tú no lo has llevado muy fácil con ello.
—Quiere decir que ya dejaste de sentir culpa, ¿no es así? — se zafa de mi agarre y dispone a prepararse el café.
—No precisamente.
—¿Entonces es por él? — se detiene antes de disolver los terrones de azúcar y ahora sí me mira.
—¿Quien?
—Bill.
Que diga su nombre tan a la ligera hace que me quede en blanco. Se forma un silencio entre nosotros y compartimos miradas con algo de incomodidad. Quiero levantarme de inmediato, pero no puedo. Algo me detiene.
Miro a Steve y él me mira y mira también a mi madre. Le pido que se retire y cuando él se va, me aclaro la garganta y calmo aquello que se forma en mi interior o podría perder la cabeza.
—¿Por qué preguntas? — noto que mi tono no ha sido el mejor y que le ha molestado, entonces corrijo: — Es decir, no hemos hablado de él más de dos ocasiones y estoy seguro de que a ti también te sorprende el haberlo mencionado justo ahora.
—No hemos hablado al respecto porque así lo has querido. La primera vez que lo hice, ni siquiera sabía que decirte y la última, tú me cortaste muy rápido.
Trago saliva pesadamente. Se me ha ido el apetito. Se me han ido las ganas de todo.
—No me mal en tiendas, pero quiero saber a qué se debe tu curiosidad sobre él. Como ya he dicho, no hemos hablado al respecto— logro decir sin titubear.
Se me hace un nudo en la garganta y las palabras se me atoran. No sé si pueda ser capaz de responderle.
—Sé que tu actitud durante todo este tiempo fue por algo grave entre ustedes.
—¿Steve te lo dijo?
—No, Tom. Lo dices a gritos con cada palabra, a cada gesto y mirada. Quisiera que tuvieras la confianza de decirme…
—¿Disculpe?
Steve interrumpe a mi madre y ambos nos volvemos a verlo.
—Hazme favor de no molestar, Steve— menciono en seco, con los nervios de punta y fulminándolo con la mirada a medida que se acerca—. Dije que…
—Oliver Ejiofor está aquí y le espera en el estudio— me dice al oído.
No sólo se me detiene el corazón, cada célula de mi cuerpo se paraliza ante ello.
Durante días sufrí la ansiedad hasta llegar a este momento y la incertidumbre que ya últimamente se había instalado en mí a todas horas, me dejaban en claro que no se irían hoy como yo pensaba.
Poco a poco, mis latidos se aceleran y ahora no siento el corazón de lo acelerado que está.
—Y tiene…
—Así es— vuelve a interrumpir.
Tenso los músculos y aprieto los labios. Arrugo la servilleta sobre la mesa ante el latigueo de nerviosismo que me ataca el interior y le indico a Steve que se adelante.
Joder. Que no me creo que estoy a punto de saber el paradero de Bill. No puedo con esto.
—¿Qué pasa?
—Te lo explico después— respondo a mi madre mientras me levanto—. Prometo contarte todo, pero debo ver a alguien primero.
—¿Quién es? ¿Qué quiere?
—Te lo diré después— respondo acelerado—. Debo retirarme.
—Y después, ¿cuándo?
Luce decepcionada. No avanzo sin antes volverme y tomar su mano. Ni siquiera tengo las fuerzas para sostenerla.
—Al final del día. Te lo prometo.
—¿Nuevamente es sobre él?
Aprieto los labios. No respondo. El silencio ya le ha dicho mucho, entonces asiente ligeramente y me alejo.
Las piernas me fallan. Es como si no pudiera avanzar gracias a ellas, en cambio, a cada paso que doy voy más lento.
Camino por el largo pasillo, intentando reunir el valor suficiente para llegar hasta el estudio y escuchar por boca de Oliver Ejiofor lo que por meses me había preguntado.
No sé si pueda.
A cada paso siento que ya no debería buscarle. No tengo derecho de hacerlo o siquiera aparecerme frente a él.
—No. No creo poder.
Me detengo a escasos tres pasos de la puerta y bajando la mirada, regreso por donde he venido.
—Lo quiero, pero no puedo…
Y es por eso por lo que me detengo nuevamente. Miro hacia atrás, la perilla demanda que la gire y salga de dudas, pero delante de mí el camino está libre. Me limitaría al seguir y moriría si escucho de Bill.
No hay ninguna salida buena.
Debo hacerlo, aunque duela.
Debo dejar de dudar. He llegado a este punto mínimamente por mi parte, haciendo a un lado mi jodido e inmenso orgullo sólo por él.
Lo merece. No puedo ser un cobarde justo ahora.
Y a paso decisivo, vuelvo y me encuentro con las puertas delante de mí.
Me siento a punto del colapso. Me alejo. Llevo las manos a mi rostro. Doy vueltas sin poder conseguir calmarme. Tendré que disimular entonces.
Tomo la perilla y esta se gira en mi mano hasta que la puerta se abre.
—Demoró un poco.
Steve me hace notar aquello y yo sólo puedo asentir.
—Pensé que se estaba arrepintiendo.
—Estoy… Estoy mal. Necesito aire y quizás volver el estómago.
—¿Le digo que está indispuesto y llamo al médico?
—No, no, no.
—Lo haré de todas maneras. Permiso.
—Steve, quédate— le pido—. Entra conmigo, por favor.
—Está bien, pero cálmese.
Le dedico un asentimiento y entonces entro después de tomar varias respiraciones. Algo se remueve en mi interior. Debo contenerlo.
Veo a Oliver de pie curioseando en las estanterías y dice: —Tiene unos ornamentos bastante costosos— se vuelve a mirarme al escuchar mis pasos—. Desde el principio tuve conflicto en cómo dirigirme a su persona, que no es tan mayor para decirle “señor”, pero he escuchado e investigado y en verdad se hace respetar.
—Eso es lo de menos.
Consigo decir sin que se me note el nudo en la garganta.
—Entonces voy a tutearle— me lanza una sonrisa.
Le indico que tome asiento y entonces voy a paso lento hasta el otro lado del escritorio—. No pensé que le
tomaría tanto tiempo. Contacté con usted hace no más de semana y media y recién ha vuelto de…
—Londres. La persona que está buscando se encuentra ahí.
Trago con pesadez y tomo asiento. Dirijo la mirada hasta Steve y él me hace una señal, creo que sabe que podría perder la razón en cualquier instante.
—¿Puedo preguntar qué es de usted ese chico?
Sus palabras llaman mi atención. Me aclaro la garganta y le miro a los ojos. No me va que intente averiguar más.
—Creí que habíamos quedado en discreción total y me temo que ya ha cometido un par de faltas.
—Mil perdones, tan sólo investigaba— se excusa.
—Curiosear está muy alejado de investigar, pero no divaguemos, ¿entendido?
—Entonces vayamos directo al punto— con una seriedad inminente, coloca su portafolio en el escritorio y al abrirlo saca un sobre bastante gordo de papeles—. Todo está ahí.
—Qué, con exactitud— lo tomo cuando me lo tiende.
—Ya sabes, Kaulitz— se encoje de hombros—. Donde vive. Con quienes se codea y los lugares que frecuenta con éstos. Pasatiempos, rutinas diarias, horarios de todo y todo. De la A hasta la Z, en lo que cabe.
—Es excesivo.
—Así es mi trabajo. Además, también hay información de con quienes mantiene una relación estrecha, y no me refiero solamente a colegas.
Aquello último me jode y pincha en lo más profundo. Yo no tengo necesidad de saber ahora mismo si está con alguien y comparten la cama.
—Oliver, si lo contraté fue porque me dijeron que sabía seguir órdenes. Esto no fue lo que yo le pedí— me levanto y le pido a Steve que se acerque para darle el sobre—. Fui claro con usted. Dije que quería solamente información de dónde había estado y dónde permanece actualmente. Quería que investigara si estaba bien y le pedí pruebas de ello. No me interesan los nombres de otras personas o lo que sea que hagan cerca de él, no los quiero. Le especifique cosas simples.
—Pues eso, Kaulitz, no es ni una mínima parte de lo que es mi trabajo— se pone de pie y me encara.
—Recuerdo haberle dicho también que no importaba que fuese un trabajo sencillo, que yo recompensaría muy bien sus servicios.
—Tú no dijiste…
—Gracias por venir y tomarse la molestia de llegar temprano— le interrumpo. Regreso detrás del escritorio y del primer cajón tomo un sobre diminuto—. De lo que me ha dado seleccionaré solo lo que necesitaba saber. No se preocupe, que yo si mantengo mi palabra y le daré hasta el último centavo de lo que acordamos.
Me mira detenidamente cuando le entrego el sobre y revisa la cantidad en el cheque.
—He tenido clientes que se mueren por saber más detalles, pero tú eres un caso especial, Kaulitz.
—Hasta nunca, Oliver. Steve, acompáñalo a la puerta.
Steve deja sobre una estantería lo que Oliver ha traído y entonces se retiran.
Me da un vuelco el interior. Me pincha la fibra sensible y, no sé, todo es un jodido sentimiento que no puedo entender. Es un hecho y estoy al borde del colapso, más nervioso de lo que en mi vida he estado, me duele y temo en echar un vistazo.
Me acerco sin antes haberme dado cuenta, tomo el sobre entre mis manos y saco el contenido. Estoy tentado. Hay varios separadores entre amistades, rutinas, lugares que frecuenta y lo que me hace ver que ocupa más espacio es una etiqueta que dice su nombre.
La tomo y dejo el resto caer al suelo. Las manos me tiemblan por apretar con fuerza las hojas. Cuando abro el documento caigo en cuenta que en su mayoría son fotografías.
Me quedo sin aliento y siento mis ojos humedecerse. No me lo creo.
Simplemente no puedo creer que sea real.
Es él, pero no luce como antes. Lo que le distinguía ya no existe. Es un nuevo Bill y me siento desvanecer, a pesar de verse precioso, siento que ha dejado de ser mío. Ha dejado también de ser mi Precioso.
Continúa…
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AY TOM Y QUE ESPERABAS QUE SIGUIERA SIENDO TUYO 🤦♀️🤦♀️🤦♀️