Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 7
Desperté hace un momento, pero aún no me atrevo a cambiar de lugar en la cama. Ni quitarme las sabanas y mucho menos me he molestado en abrir los ojos.
Estoy fatigado. Ayer fue un día increíble. Bueno, a decir verdad, todos los días han sido así desde que llegamos. No tengo intenciones de volver a Londres ahora que estoy en este paraíso disfrutando tanto del único tiempo que hemos tenido juntos en semanas.
Pero… ¿y él? ¿Dónde está Leo?
Me giro de inmediato al sentir un espacio vacío. Las sábanas están revueltas y la almohada yace en la cabecera. Escucho el peculiar sonido de su teléfono y desvío la mirada. Es él, viene de la terraza y le veo vestir únicamente calzoncillos.
Leo es ajeno a mí en este momento. Me da la espalda y se encuentra frente a la enorme ventana que nos da la vista más espectacular de toda Australia. El océano y el cielo se juntan en el horizonte haciéndose ver como uno solo.
Es una vista increíble. Leo y el mar de fondo son la imagen que guardo ahora mismo en mi mente. Tomo la almohada y la abrazo al volverme a recostar, pero ahora sobre su espacio.
Hoy recién se cumplen cuatro meses desde que estoy con él. He contado el tiempo y no me lo creo. Sin poderlo evitar, se me sale una sonrisa.
Sé que nuestra relación no es del todo fácil. Funcionamos diferente al estar juntos y es algo que me gusta, pero no se lo he dicho. A pesar de que Leo lo pasa lejos casi todo el tiempo, hace lo posible porque sea diferente, así como ahora. Me temía que no tuviéramos ni un momento en paz sin que su móvil sonara por motivo de negocios y me prometió que no sería así. Sé que terminará su llamada cuanto antes.
—Sí, ya me he enterado— le dice a alguien por el teléfono. Se escucha molesto. Su voz. Su seriedad. Y sus palabras, hacen que me imagine su gesto.
Me da un vuelco en el interior. Me gusta cuando se ve así; serio e imponente. Me puede.
—No quiero que vuelvas a llamar para comentar lo mismo, ¿entiendes? Hasta luego.
Cuelga, suelta un suspiro con frustración contenida y se queda mirando la pantalla del móvil. Cuando veo que hace amago por volver la vista hacia atrás, cierro los ojos y me encojo en la cama.
Le escucho aclararse la garganta, siento como se acerca a dejar el móvil sobre la mesita de noche y después de rato sólo hay silencio, así que con cautela abro los ojos y echo un vistazo, pero él me pesca haciéndolo y se parte de risa al igual que yo.
—No me hace gracia el hecho de que estés despierto y no hayas dicho ni los buenos días. Me recrimina a medida en que sube a la cama y viene a por mí.
—Y a mí no me da gracia lo que hiciste— le digo al retroceder, pero sus brazos se enredan en mi cuerpo al igual que las sábanas.
—¿Y qué hice? Si quien fingió estar dormido fuiste tú.
Sus palabras me hacen reír. Intento apartarle, pero no puedo.
—Con exactitud, ¿qué hacías? — cuestiona. Me quedo inmóvil, ligeramente agitado y con su rostro frente al mío.
—Nada— respondo en un tono más bajo.
—¿Nada? — me imita.
—Intentaba dormir de nuevo— improviso. No me cree.
—Estabas en mi lugar abrazando mi almohada— añade con un aire soberbio y entre susurros.
—Es un secreto.
—Admítelo— dice ahora sobre mis labios.
—¿Para qué? Me atrapaste, Leo. Lo sabes. Estás pensando en ello justo ahora. No veo porqué deba decirlo. Juego un poco.
—Pero quiero que lo digas. Anda, Bill.
Me quedo inmóvil. Sus manos acarician mi espalda y se detiene al sentirme vibrar ante ello. Me separo de él unos momentos para mirarle a los ojos. Mis manos toman su rostro y mi índice acaricia su labio inferior. No pierdo detalle alguno de cómo sus labios se mueven al pedirme nuevamente que admita mis acciones.
Un calorcito me recorre desde la columna hasta la cabeza, algo se instala en mi pecho y me da un subidón cuando Leo se restriega suavemente contra mí.
Me muerdo el labio inferior para tentarlo. Da resultado. Su mirada se enciende y humedece sus labios lascivamente. Le miro a los ojos, sonrío soportando el calor que ya emanan mis mejillas y digo:
—Buenos días.
Leo suelta una risa sofocada—. Buenos días.
Me besa. Es difícil resistirse, por eso le sigo la corriente. Mis labios se mueven sobre los suyos hasta que él empieza a hacer una ligera presión y comienzo a quedarme sin aire, así que rompo el beso.
—Lo siento.
Se disculpa. Siempre lo hace.
Le calmo al darle un beso corto. Me aclaro la garganta y pregunto: — ¿Qué haremos hoy?
—Pues… pensaba que podríamos desayunar afuera. No lo sé, quizás en el yate. Dar un paseo y perdernos por ahí, ¿te apetece?
—¿Perdernos?
—Ajá.
—No me mal entiendas, pero lo del yate no me es atractivo. Imagina cuán mareado estaré. Además, me parece aburrido.
—¿Y entonces? — junta las cejas.
—No lo sé, hagamos algo diferente— me recuesto sobre mi espalda y estiro los brazos intentando alcanzar el techo, lanzo un bostezo y me deshago de las sabanas al tirar de ellas con los pies—. ¿Quieres ir a la playa?
—¿Y lo pasaremos ahí todo el día? Eso sí que es aburrido.
—No lo es— reclamo.
Y antes de volverme a verlo, él se recuesta sobre su costado, apoyando el antebrazo en la cama y estirando su mano izquierda para tomarme el rostro.
—Tienes razón, no es aburrido. Y no tendría problema con ir de la mano contigo y demostrar que eres mío y nada más, pero imagina cuán celoso estaré si alguien se atreve a mirarte o fantasea con tocarte.
—Eso no pasará— le digo y se inclina a darme un beso—. Mejor descartemos esa idea. ¿Opciones?
—Conozcamos Sydney. Hay un montón de sitios a los que me dijiste que querías ir, hagámoslo.
—¿Y después?
—Podríamos ir al arrecife— arquea sus cejas en un gesto confundido. Creo que más bien lo que dijo debió ser una pregunta.
—¿Y después?
Me aguanto la risa. Él cambia su gesto y me mira entrecerrando los ojos, intentando averiguar lo que oculto.
—¡Qué!
—Creo que hoy estarás insaciable.
—Como siempre— digo a la ligera. Cuando caigo en cuenta de cómo lo pudo haber interpretado él, siento las mejillas arder—. Es decir… Tú sabes.
Si Leo no deja de verme así…
—Sí. Lo sé perfectamente.
Los ojos le brillan de deseo. Con lentitud, dirige su mano hasta mi estrella y su pulgar dibuja círculos sobre mi piel.
—¿Tienes algo en mente?
—Ni te esfuerces en seducirme, sabes muy bien el tipo de mirada que me pone, así como tu actitud— menciono a medida en que se mueve sobre mí en la cama y ahora sus manos pretenden deslizar hacia abajo mi ropa interior.
El corazón se me sacude desde adentro cuando Leo me pide que me dé la vuelta al dirigirme una de esas miradas penetrantes.
Aprieto los labios con nerviosismo y él se inclina para convencerme.
¡Mmm! Juro que tendré una erección.
—Pequeño Rubio…
Muerde mi labio inferior, lo jalonea y da lametones.
Me tienta. Juega conmigo. Se va y se acerca. Me acaricia y se detiene. Se restriega contra mí y me mira sin decir nada.
Está tan muerto de deseo como yo.
Me besa con desesperación, fuerza y pasión contenida. Mis manos acarician su piel y mis uñas se encajan en esos lugares en los que se logran carbonizarle. Rodeo su cintura con mis piernas y siento su erección al restregarme contra él.
Mi intento por dirigir mi diestra hasta su miembro es nulo. Lleva mis manos sobre mi cabeza, sujetándome fuertemente con una sola mano mientras que con la otra lucha por deslizarme los calzoncillos debajo de las nalgas. Cuando lo hace, me mira fijamente y sé que no quiere que cierre los ojos. Pero no lo hago. Junta su frente contra la mía, muerdo mi labio inferior y arqueo la espalda cuando me toca.
Mi cuerpo entero tiembla. Se me eriza y enciende la piel. Aprieto los labios, pero se me escapan los jadeos. Dejo los labios entreabiertos y se me seca la garganta debido a los sonidos de placer que me provoca nuestro encuentro.
Hundo la cabeza en la almohada.
—Eres perfecto, Bill— dice junto a mi oído—. Eres para mí, Precioso. Me da un escalofrío, abro los ojos y me encojo bajo su cuerpo.
Esa palabra… Ese maldito «Precioso» que Tom solía decirme. Juro que al escucharlo fue como si él lo hubiese dicho en lugar de Leo. El eco de su voz no sale de mi cabeza. Cierro los ojos con fuerza durante unos segundos y veo a través de mis parpados los labios de Tom gesticulando aquella palabra.
Me muevo y aparto a Leo de mí. Él me mira confundido.
—¿Qué ocurre? Empalideciste.
—Na-Nada…— intento sonreír para disimilar, pero no puedo—. ¿Qué me dijiste?
—Que qué ocurría.
—¿Y antes de eso?
—Que eras para mí— responde de inmediato. Lleva sus manos hasta mi rostro y me hace verle—. Bill ¿hay algún problema?
No sé si está mintiendo porque claramente escuché que me había llamado Precioso, más bien, escuché que Tom me llamaba así al momento en que Leo me tocaba. O no. Debe ser un error. No estoy delirando ni nada. Lo escuché. Leo me ha llamado así y escuché también la voz de Tom.
¡Oh, joder!
—Tal vez deberíamos darnos prisa e irnos, ya demostraste que sí puedes tentarme lo suficiente— me levanto de la cama y él me detiene. El corazón me estalla dentro del pecho y me vuelvo para verle—. Iré primero ah…, a la ducha.
—Voy contigo.
—Estoy bien, Leo— le corto antes de que intente levantarse y me suelto de su agarre—. No me tardo.
Una vez más, intento sonreír para no levantar sospecha alguna. Le doy la espalda y me dirijo al baño. Al ponerle seguro a la puerta, me recargo en ella y llevo ambas manos a mi cabeza.
No me explico el cómo… Es que simplemente yo no… No había pasado algo así desde hace meses y ahora… Hace tiempo que no pensaba en Tom, mucho menos estando con Leo y tampoco en ese tipo de situación.
No sé si escuché bien hasta hace unos momentos, pero él jamás me había llamado así desde que estamos juntos. Hasta hace tiempo, sólo Tom podía hacerlo. Sólo él, pero me echó de su vida
Mi corazón se sacude y pareciera que, a cada latido, una pequeña corriente eléctrica recorre mi cuerpo para hacerme temblar gracias al recuerdo.
Más tarde cuando Leo y yo nos encontramos en la ciudad, nos comportamos como unos totales desconocidos. No sé si sepa que hizo mal o si fui yo, pero ninguno de los dos dice nada.
Ha intentado hacerme hablar y cambiar mi estado de ánimo. Con él no puedo fingir y sé que más temprano que tarde, se hartará de esto e irá directo al grano. O me mandará a la mierda. No lo sé. Ya debería decirle algo.
Trato de dejarme llevar, pero no puedo. Si se me acerca, inmediatamente pienso en Tom. No puedo evitarlo y sé que Leo no se merece esto.
Veo en sus ojos como empieza a perder la paciencia y recuerdo que así era él. Tom…
¡Ahg!
¡Basta!
¡Ya basta!
¡Debo dejar de pensar en él!
Leo sabe cuánto me encanta ir a la playa, así que me propone ir ahí y charlar un poco. Quizás piense que en un ambiente más relajado pueda yo hablar abiertamente de lo que sucedió.
En lo que llegamos, él atiende una llamada. Después de eso, su móvil es cada vez más insistente. Él no contesta algunas llamadas, y las que sí, las corta muy rápido.
«¡Maravilloso!». Pienso con ironía.
Cuando llegamos, me toma de la mano y paseamos por el muelle. Su tacto me hace sentir un tanto incómodo. Suelto la respiración y estoy dispuesto a interrumpir la historia que me cuenta de cómo nos conocimos porque no quiero tocar el tema, quiero decirle que no debería haber drama ante la manera en la que me ha llamado. Lo hizo un par de veces cuando yo estaba con Tom, ahora que no es así, no debería haber problema. No, no debería, pero el corazón y la coherencia luchan dentro de mí.
—Bill…— hace que me detenga y se posiciona frente a mí.
—¿Sí?
—Sabes que te adoro, ¿no es así?
—Sí— respondo y aprieto los labios.
—Lo que te estoy diciendo no lo hago para que…, tú sabes.
—Sí— desvío la mirada, pero me lo impide al hacerme volver a verle.
—No me respondas nada más con un simple «sí»— ahora sus manos se dirigen a mis hombros y me mira detenidamente.
—¿Y qué quieres que diga?
—Quiero saber porque actuaste así en la mañana.
—Leo, no importa— paso de él, pero se vuelve a plantar frente a mí.
—A mí me importa, Bill. Quiero saber si hice algo mal para poder compensarlo o algo.
—¿Por qué crees que se trata de eso?
—Sabes que no hemos estado del todo unidos durante semanas y vinimos aquí para intentar que todo funcionara
como antes, pero en su lugar sucede esto y no entiendo que…
—Ya. Como si no fuese la primera vez que nos quedamos a punto de tener algo— me encojo de hombros—. Quería que aprovecháramos el día y todo eso.
—Bill, se te olvida que sé cuándo mientes. Suelto la respiración y desvío la mirada.
—Es porque te llamé Precioso, ¿cierto?
Entonces sí fue él. Ahora no pienso decir nada respecto a Tom o el hecho de haberle escuchado llamarme así y lo sabe por la mirada que le dirijo.
—Ron me llamó— dice después de un rato. Se rinde. No insiste en que hable de aquello.
—Lo sé. Lo escuché.
—Quiere que vuelva.
—Pues…— le dirijo la mirada—, de alguna manera siempre te vas.
—Pretendía decirte que te quedaras aquí y disfrutaras la estadía hasta tu cumpleaños, pero sé que dirás que no.
—No tiene caso que me quede aquí solo.
—Entonces vuelve conmigo.
—Sí.
—Quizás no me entendiste— toma mis manos y besa mis nudillos—. Vuelve conmigo, pero vamos a mi casa. Quédate a vivir conmigo, Bill. De esa manera no estaremos distantes nunca más.
—¿Cómo dices?
Me quedo en blanco. ¿Por qué ahora le nació el pedirme eso?
—Múdate conmigo. Si bien nuestro problema es que nos alejamos por mi culpa, déjame repáralo. No creo que sea lo mejor. Pero luce algo esperanzado. No puedo aceptar de momento.
—Necesitamos tiempo, ¿no crees?
—Definitivamente— sonríe—. Y lo tendremos, Precioso.
Me besa y me estrecha entre sus brazos. Qué lástima que no puedo corresponder su gesto. Tal vez no entendió lo que dije, pero no me molesto en explicarle.
Me siento fuera de órbita. Leo ha lanzado una bomba y ha vuelto a llamarme así.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba esa palabra, pero sin importar que, no dejo de pensar en Tom y en como
«Precioso» ahora significa todo y nada a la vez.
Siento un hueco en el interior. No quiero recordar a Tom. No quiero saber nada de él. No quiero volver a extrañarlo.
Estoy bien con Leo. Estoy…, feliz.
Continúa…
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