
Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 9
Son las doce menos veinte y puede que me quede aquí otra hora más.
Me está matando la ansiedad de volverme a cruzar con él y quisiera beber como un desesperado porque una voz interna —mi ‘Yo’ pesimista—, insiste en que me vaya de una puta vez para no hacer más grande la decepción. No puedo y tampoco me voy a embriagar, ahora me estoy controlando porque quiero estar en mis cinco sentidos y he esperado pacientemente —en lo que cabe— a su llegada y no le he visto. Tampoco distingo a alguien que se le parezca. Me creo capaz de reconocerlo ante la distancia y entre toda esta gente, pero no hay señales de Bill y eso me jode.
No voy a mandar nada a la mierda porque tengo el presentimiento de que tendremos un minuto como mínimo para dejar que las miradas hablen por sí solas.
Estoy en un punto del establecimiento que me permite apreciar las dos entradas; las escaleras a la sección de arriba, la puertilla a una sección más privada y «La zona roja» donde únicamente se lleva acabo el sado.
Me remuevo en mi asiento al notar que entre un circulo de personas se anda un chico rubio, pero dejo de mirarle porque su fisionomía no es ni un poco parecida a la de Bill.
Dejo escapar la respiración que he contenido y regreso la vista hasta Noa. Él se encoje de hombros después de que le lanzo una negativa y mueve los labios para decirme que no me desespere. Ahora niego con la cabeza y desvío la mirada a Lauren, su prometida y después me acerco más a su amiga llamada Melanie. Lauren aceptó presentármela porque yo sin pareja no podría ingresar ni como invitado a esta reunión y, además, ésta quería ir con una amiga de con fianza a su primera reunión de intercambio. Consensuar con alguien y presenciar el morbo en estado puro, impulsaba la curiosidad y ganas de pertenecer para ambas.
Así que está hecho y ella comprendió para que la necesitaba esta noche. La verdad es que apenas y hablamos sobre nosotros. Me lleva dos años y es guapa, pero nada más. Luce como una buena acompañante pese a que la he ignorado un buen tiempo, pero ella sólo vino de pesca. En cuanto le lance las bragas a alguien, nos olvidaremos de que siquiera compartimos palabras.
—¿Y entonces? ¿Iremos arriba, Thomas?
—Tom— le corrijo.
—¿Iremos o no? — su mano se posa sobre la mía y rompo el contacto.
—Creí que entendiste porqué estamos aquí.
—Sí, quieres toparte con tu ex— menciona a la ligera y le miro con dureza—. Más bien, vinimos aquí a…
—Ya no intentes reparar lo que dijiste.
—Eres un mamón, ¿te lo han dicho?
—Últimamente no.
No entiendo por qué aquello le hace gracia. Gira su cuerpo hacia el mío y apoya sus manos en mi hombro.
—¿Qué…?
—¿De qué? —le interrumpo, no la entiendo. Ya no creo estar en sintonía con las mujeres.
—¿Qué te hizo tu ex?
—Qué le hice… qué nos hicimos, es decir.
Bajo la mirada, casi frustrado y apretando los labios. No hablaré de esto con una desconocida.
—A que era guapísima y se fue a con otro ¿Es eso? Sí, siempre es eso.
—Le partiría la cara al sujeto que le tiene a su lado— vuelvo mi mirada hasta ella y se ve atenta a mis palabras.
—¡Primor! Pensé que eras más duro de lo que aparentabas. Que no he dicho nada por temor a que me dejes con las palabras en la boca— se ríe aliviada, supongo—. Ella tuvo suerte contigo y mira que vienes a buscarla.
Creo que aún es demasiado romántica como para involucrarse en el mundo swinger.
—Estoy hablando de un hombre— aclaro en seco.
¡No sé por qué se lo estoy contando!
Ésta mujer algo tiene en la mirada que me hace soltar la lengua. No lo entiendo.
—Entonces eres…
—¿Gay? — niego con la cabeza.
—Pero tenías a un chico por pareja.
—¿Y? — suelto una risa, más que nada por la cara que me pone.
—Y… ¿qué hiciste mal? — me cambia el tema de conversación, lo cual agradezco para mis adentros.
—Eso es privado— la corto y me muevo a un lado.
—Entones dime cómo se llama.
—También es privado.
—Ajá. Y seguro crees que puedes encontrarle entre tanta gente, ¿no?
—Sé que nos veremos— digo con determinación y ella, después de mantenerme la mirada, se vuelve a con Lauren y ambas se alejan junto con Noa.
¡Qué bien! Me quedo descolocado, ansioso, afligido y solo en medio de una reunión donde predomina el morbo. Tal vez no es el mejor lugar para encontrarme con Bill.
Ya tuve suficiente por ahora, debo matar la ansiedad.
Me levanto de mi asiento y voy escaleras arriba para salir a un balcón y fumar un poco.
Desde aquí puedo ver la ciudad. Las luces de los edificios del centro de New York me hacen recordar la manera en que Bill se maravillaba ante algo así y recuerdo también cuando fuimos a Francia y le dije aquello de apreciar la torre Eiffel desde su mirada. Me encantaban sus muecas; el cómo se achinaban sus ojos y su sonrisa se ampliaba más de lo normal. Cuando él se volvía a mí, su mirada destellaba de una forma que apenas puedo describir.
Era precioso. Era inocentón. Era mi Conejito.
Sencillamente era mío.
Hay un montón de cosas que quisiera decirle, pero sonarían como si un amante lo dijera de la manera más lastimera posible. Y eso no me va.
Sin importar nada, voy a tener una conversación con él. Ya lo he memorizado todo, pero siendo consciente de mi estado, no creo siquiera poder decir su nombre y el imaginar su reacción no es de mucha ayuda.
—Muy bien…— suelto el humo y me vuelvo para ver si nadie pretende acercarse—. Es hora.
Me acerco al antepecho y la altitud no me hace sentir vértigo, pero si me hace recordar esa sensación de vacío; justo como quien decide saltar al precipicio y arriesgarlo todo por quien le hace sentir en el aire, pero mientras más arriba se llega, uno se olvida de cuanto puede doler la caída. Es asquerosamente horrible y con Bill sucedió así.
Y caí. Caí y seguí cayendo hasta ahora.
—Por ti, Bill. Por ti, Precioso…
Suelto el cigarrillo en el vacío hasta que lo pierdo de vista y pienso qué pasaría si yo saltara y volviera arriesgarlo todo por él.
¡Vaya! No sé si pudiera hacer esto por otra persona que no sea Bill. En verdad debo amarle demasiado.
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Estar aquí me tenía descolocado y no podía dejar de pensar en que Tom más de una vez me llevó a sus reuniones de intercambio. Consensuábamos y todo salía de acuerdo a nuestras fantasías, a excepción de una vez. Ahora no sé qué pensar. El morbo me mueve esta ocasión. De hecho, siempre estando con Leo, pero justo ahora no estoy tentado por ir a un apartado o disfrutar de lo que él haya planeado.
Sólo hemos consensuado con alguien más en dos ocasiones anteriores y, siendo honesto, fue de mi gusto. Con él, los juegos son muy diferentes. Sus reglas en la habitación de juegos eran más estrictas y básicamente se resumían en que yo debía prestarme para sus exigencias y llevar todo el tiempo los ojos vendados y manos y pies atados a las extremidades de la cama.
No sé por qué hay algo dentro de mí que se aferra a comparar eso con el haber estado con Tom.
¡Ahg!
«¡Vamos! Bill, deja de pensar en esas estupideces». Me recrimino en el pensamiento y reacciono cuando todos ríen.
Estoy con Leo y algunos de sus conocidos. He perdido la noción del tiempo por sumergirme en mis pensamientos y ahora tampoco sé de qué hablan, pero sonrío para disimular.
Leo se inclina a mí, dice algo respecto a lo mucho que disfruto con él y varias miradas sugerentes se dirigen a mi persona. Le doy un largo sorbo a mi bebida y desvío la mirada.
«Contrólate». Me exijo.
—Me gusta en vedad— respondo.
—Aquí también te gustará— dice uno de los hombres junto a él.
Ésta es la primera vez que asisto a una reunión con Leo y pretende que disfrutemos con alguien más. Pero yo no puedo estar aquí, he visto a Noa de lejos y no quiero que nos encontremos. Sería mi fin; primero Amara y después él.
—¿Y si en vez de ir por tríos, nos unimos todos? Elijamos a uno y los demás en conjunto probamos a alguien, a gusto del dominante y así hasta fundirnos unos con otros.
Muerdo el interior de mis mejillas y desvío la mirada. Sé que Leo nos propondrá a nosotros. Tomo el último sorbo de mi bebida y finjo ahogarme para poder levantarme y salir de ahí.
Me alejo aun tosiendo y escucho los pasos de Leo ir rápidamente detrás de mí. Tomo una bocanada de aire y pretendo estabilizarme.
—¿Estás bien?
—Sí. No debí beber tan rápido — miento entre tosiendo y me muevo hasta el muro para apoyar el brazo.
—Ten más cuidado — me dice al tomar mi mano—. Si ya te encuentras mejor, Precioso, volvamos.
—Leo…— pongo resistencia cuando hala de mi mano para que le siga, como no lo hago, se vuelve.
—¿Ahá?
—¿Podemos…? ¿Podemos hablar?
Me mira detenidamente y sin decir nada. Su expresión me intimida un poco, pero ya que está aquí, no me quedaré en blanco. Uno de sus conocidos le habla para que volvamos y Leo insiste al nuevamente halar mi mano.
—No quiero estar con esas personas— me apresuro a decir. Él se vuelve a verlos y después me mira a mí—. No quiero estar aquí, ¿podemos irnos?
Su mirada es fría y podría decir que luce molesto.
Aprieto los labios hasta que bajo la mirada y suelto su agarre.
—No me gustaron las ocasiones anteriores cuando estuvimos con alguien más— miento.
—¿Qué sucede contigo?
—Na-Nada…
—Mírame y dilo sin titubear— me pide, pero me toma por la barbilla y hace que le mire.
—No quiero estar con esas personas. No quiero estar aquí— intento esquivarlo, pero no puedo.
Leo se pone intenso si se trata de sus planes frustrados en el intercambio. Le estoy jodiendo la noche y sé que en cuanto lleguemos en el hotel, explotará y regresaremos a Inglaterra.
—¿Por qué?
—N-No puedo…
—Es tu cumpleaños, sabías el plan y aceptaste.
¡Sí, joder! Y me apetecía en su momento, pero después de ver a Noa y pensar que en cualquier instante podríamos toparnos, estoy que me muero.
—No estoy preparado para seguir la propuesta d-de aquel conocido tuyo. No quiero, Leo— consigo decir, mordiéndome la lengua después de hablar tan rápido.
—¿Por qué? — repite.
Su cuerpo se aproxima aún más al mío y me aplasta contra el muro. Ahora su mano desciende hasta mi cuello y temo lo peor.
—Yo sólo soy tuyo— consigo decir—. S-Sólo quiero que t-tú me tomes, Leo. No quiero que nadie más lo haga.
Su gesto cambia. No creo que se fíe de mis palabras. Chasquea la lengua, su mano desciende hasta mi hombro y después por mi brazo hasta tomarme de la mano.
—No sé si creerte.
Acorta la distancia y cierro los ojos ante ello. Su nariz acaricia mi mejilla y después sus labios se acercan a los míos, sigue la forma de mi quijada y termina en mi oído. Cuando suelta el aliento, se me eriza la piel y me cuestiono sobre si hago lo correcto o cómo es que saldré vivo de esto. Leo sabe cómo tenerme en su mano. Sabe cómo hacerme sucumbir ante él y, sobre todo, sabe sacarme la verdad a como dé lugar.
—Yo no te mentiría— murmuro.
—Titubeaste, Bill. No sé si pueda confiar en eso.
—Leo… por favor.
—Y si nos vamos, ¿qué?
—No te entiendo.
Me roba un suspiro cuando sus labios se posan sobre los míos y me dice:
—Si nos vamos… ¿Qué pasará con el resto de nuestra noche?
—Haré lo que quieras, lo sabes.
—Sí, pero qué más— pone distancia y me mira con arrogancia.
—Lo que quieras, Leo.
Ahora soy quien corta la distancia para convencerlo. Me fricciono mínimamente contra él, le tomo del rostro y le beso.
Sé que mi determinación le pone, pero ahora en verdad estoy desesperado. Tenemos que irnos ya.
—Alguien en serio está dispuesto a toda esta noche— menciona cuando rompe el beso.
—Sólo contigo.
Me mira y me mira. ¡No dice nada! Los segundos pasan y él la hace de mamón sin siquiera delatar nada con la mirada.
—Espérame afuera, Precioso. No quiero perder tiempo ya que esta noche te haré mío de mil maneras diferentes.
Siento el calor que emanan mis mejillas y trago pesado. Salgo de la sala sin mirar a nadie cuando él se acerca para disculparse con los demás. Tomo la chaqueta del colgador de afuera y me hago espacio entre todas las personas para bajar las escaleras.
Acelero el paso y me cuestiono qué mierda he hecho. Daba igual si Noa o Amara le informaban a Tom sobre mi presencia en esta reunión o que estoy con Leo. Si le cae de peso ¡Da igual! Si le jode… ¡Mejor aún! ¡Importaba una mierda! Que no creo a Tom capaz de buscarme o algo. Ese es más orgulloso que cualquiera.
Unas personas vienen en sentido contrario, las esquivo y al bajar los últimos dos escalones, me detienen al tomarme del brazo.
Me vuelvo de inmediato y entonces me quedo paralizado.
Se me va el aliento. El corazón me deja de latir. La piel se me eriza y se me hunde el estómago. Todo se desvanece ¡Joder! ¡Que se me borra el mundo!
No puede…
Simplemente no
¡Tom no puede…!
—Precioso…— dice con los labios temblorosos.
Todo explota en mi interior al ser consciente de que esto es real.
¡Me ha llamado Precioso! Su voz hace eco en mi cabeza y hace vibrar también mi fibra sensible.
Tom está frente a mí. Me mira y me toma de la mano. No sé cómo, pero su tacto hace que mi cuerpo reaccione, pero a la vez me siento tan vacío e incompleto que duele.
Siento que mis ojos se harán agua de inmediato.
Siento que voy a desmoronarme y no sé si de rabia o dolor.
Tenerle frente a mí me hiere inmensamente. Más que cuando me echó de su vida.
—No…
Retrocedo y alguien me empuja a con él, se trata de una persona que va subiendo. Vuelvo a retroceder, miro
escaleras arriba y le miro a él. Si Leo llega…
—Bill, por favor.
Escucharle decir mi nombre hace que algo detone en mi interior. Se me acelera el corazón y ahora no lo siento de lo rápido que va.
—No puedo…, Yo…— apenas y controlo mi voz.
—Necesito que me des un momento, Precioso. Tengo mucho que decirte y…
—¡No! — me zafo de su agarre y le doy la espalda.
—Bill…
Tom me hace volverme a verle y me congelo cuando Leo y yo cruzamos miradas.
—¿Qué sucede?
Cuando Leo se acerca, se detiene a mi lado y me toma de la mano frente a Tom.
¡Mierda! ¡No sé qué hacer!
Leo me dice que le espere en el auto y encara a Tom. Éste, mirándome y pidiéndome que no me vaya, intenta seguirme, pero Leo se interpone en su camino.
Los miro a ambos y segundos después les doy la espalda para salir del lugar tan rápido me es posible. Estoy acelerado, las piernas me tiemblan y siento que en algo la he cagado.
El sujeto del parking me reconoce y en unos instantes llega el chofer con el auto.
Estoy muerto de los nervios cuando subo y me posiciono junto a la ventana. No sé de qué le esté hablando Leo a Tom. No sé si aún allá dentro se haya armado un pleito entre ellos o si hayan llegado a los golpes. Los conozco a ambos, pero no descarto la opción. Lo que sea, no debe ser bueno.
¿Y si Tom insiste? ¿Si Leo le amenaza?
Y es que Tom…
¡Mierda!
Esto me está destruyendo, es decir…, él lo está haciendo.
Junto mis manos sobre mis piernas y choco mis uñas unas contra otras. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero se me hace eterno. Miro mis manos y al pestañear se me salen las lágrimas.
—¿Todo bien? — me pregunta el chofer al escucharme esnifar y me limpio los ojos. No le digo nada, me encojo de hombros y le miro por el retrovisor.
Siento que mi cuerpo se deshace en pequeños temblores y no consigo explicar el tremendo remolino que me consume.
Cuando desvío la mirada, veo a Leo acercarse y disimulo que nada me afecta.
—Vámonos.
Dice con seriedad, pero no tiene mala cara. Temo preguntarle qué ocurrió. Le miro mientras me muerdo los labios y él se vuelve a mirarme.
—Estoy seguro de que no volverá.
—¿Por?
—Sólo lo sé— su mano va hasta las mía—. ¿Tú quieres verlo?
—Qué si yo, ¿qué?
—Si tú quieres verlo y arreglar sus diferencias, puedes hacerlo. Tom pinta esto como un juego de niños y por alguna razón cree que te controlo lo suficiente como para decidir por ti, pero sabes que no es así— su otra mano se acerca a mi rostro y acaricia mi mejilla—. Así que si tú quieres…
—De ninguna manera— le corto—. N-No quiero volver a verle. Algo me pincha desde dentro. Es insoportable.
Y yo, no pretendo volver a verle.
No después de lo que hizo conmigo…
—Bill…
—¿Sí?
Leo acorta la distancia y me planta un beso: — Te quiero.
Continúa…
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