II: “Penne alla Putanesca”

«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

II: “Penne alla Putanesca”

—…en conclusión. ¿Dónde nos juntamos?

Mandy era una rubia bajita, de voz algo chillona y una fuerte obsesión por el control, atributo por el cual se había ganado el mote de «Hermione». Por eso y porque tenía la palabraNerdescrita en la frente.

De no haber formado los grupos por orden alfabético Bill nunca le hubiera dirigido la palabra, pero no se quejaba. La chica era agradable a pesar de todo y además, gracias a ese trabajo de ciencias, conoció a Gustav.

—Si quieren terminarlo hoy,debemoshacerlo en mi casa.

Gus era del tipo callado, tirando a introvertido, que muchos confundían con timidez. Pero, de lo poco que Bill lo conocía, había llegado a la conclusión de que el rubio era reservado debido a que le aburría la estupidez de la gente. Por ello, cuando Gus comenzó a tratarlo se sintió como una suerte de «elegido».

—¿Por qué no en la biblioteca?

—Si consigues que Bill guarde silencio por cinco minutos…

—¡Hey! ¿Por qué no en mi casa?

La chica rodó los ojos.

—Fuimos el martes y acabamos jugando «Marco Polo«.

—¡Y fue muy divertido! –aseguró, desplegando una enorme sonrisa, sin ápice de culpabilidad.

—No tienes remedio. ¿Quién vota por la casa de Gus?

Dos brazos al aire zanjaron la discusión, al moreno no le quedó más que acatar. Cogió el móvil, suspirando por haberle tocado en suertes un par de aburridos como compañía.

—Par de aguafiestas. Llamaré a mi hermano.

—Awn. ¿El bebito necesita permiso?

Bill le respondió a la chica con un breve vistazo de su dedo medio.

Nadie tenía porqué enterarse de lo paranoico que se ponía su hermano si él se salía del itinerario sin avisar previamente. Valentino era bastante exagerado en todo sentido pero —luego de lo sucedido— al menos en este aspecto en particular Bill le daba la razón. Una simple llamada le ahorraba un enorme sobresalto al modelo.

—Mierda, no contesta. Plan B.

Bill marcó de nuevo y se llevó el móvil a la oreja, esta vez con una sonrisa pícara en el rostro. El cambio fue demasiado evidente para que sus compañeros lo pasaran por alto.

De pronto el chico abrió los ojos cómicamente, parpadeó un par de veces y se le subieron los colores.

—¡¿Estás follando?! –Chilló, sin importarle que atrajera las miradas de todos los demás estudiantes en el pasillo— Humm… aunque no me molestaría si te corres escuchando mi voz –risas coquetas al escuchar la repuesta—. De acuerdo, ¿le puedes decir ala Reina de Sabaque llegaré tarde? Pasaré a la casa de un compañero después de clase —se mordió el labio, al parecer lo que oyó fue de su agrado—.Y si así fuera, ¿te pondrías cel…?

Un fuerte golpe en su muñeca envió el móvil por los aires. Al voltear a ver qué había sucedido, Bill se encontró con una cara que se le había hecho, lamentablemente, demasiado familiar desde que entró a clases.

—¿Cuál es tu problema,Bob Marley? –escupió, cogiendo su teléfono a prisa, encarando al de rastas.

—Tú eres el problema, maricón de mierda –Tom lo cogió de la camiseta y lo aplastó contra el locker a sus espaldas—.Todo el pasillo apesta a puta por tu causa.

Gustav, que era más alto y corpulento que el agresor, intervino y lo apartó por la fuerza.

—Veo que la mujercita ya tiene quien la defienda. ¿Es tu novio, o sólo le dejas que te la meta a cambio de protección?

El rubio amagó con coger a Tom nuevamente, pero Bill fue más rápido y le hizo una llave que dio con ambos en el piso. Se trenzaron a golpes y no pararon hasta que el inspector de pasillo los separó.

***

—Supongo que era mucho esperar que hubieras escarmentado, luego de la detención de la semana pasada.

Bill se cruzó de brazos y volteó la mirada hacia la ventanilla, enfurruñado. Permanecer tres horas encerrado en un salón con Tom Kaulitz y tres macarras más —sin su móvil, para colmos—, no era precisamente su idea de diversión. Hasta hubiera preferido estar con los chicos haciendo ese tonto informe sobre transgénicos.

—Bill, entiendo que estés enfadado pero…

—¡No presumas saber cómo me siento! ¡No tienes idea! – El hombre estacionó y apagó el motor. Esa charla pintaba extensa y era mejor que la tuvieran antes de llegar al apartamento, no fuera que el hermano del chico los oyera.

—De acuerdo, tienes razón. No puedo meterme en tu mente para saber lo que estás pensando, y tampoco he experimentado en carne propia lo que se siente, porque no soy gay y nunca viví todo el proceso que una salida de clóset implica. Pero todos en algún momento hemos tenido nuestro propio “Tom Kaulitz” con quien lidiar y eso sí lo entiendo muy bien.

—No inventes. ¿Quién se hubiera atrevido a meterse contigo?

El ruso deseó haberse mordido la lengua, no le agrada hablar de ese tema. Debió adivinar que el chico no lo dejaría estar sin averiguar cada detalle de aquella vieja historia, no por nada entre los muchos rasgos que compartían los hermanos Trümper estaba su terquedad.

Para su desgracia, había muy pocas cosas que le podía negar a su protegido.

*

Markus llevaba unos cuantos meses al servicio de Valentino cuando ocurrió el accidente.

Tras los trámites de rigor el modelo regresó de inmediato a su trabajo –medida que dio mucho que hablar a los medios—, abocándose a este casi con obsesión. Un poco preso de una paranoia normal en esos casos, Val no se separaba de Bill en ningún momento. Fue así como el guardaespaldas en sus tiempos muertos (durante las sesiones de fotos, entrevistas o filmaciones) debía fungir como niñero.

Él era muy joven y poseía un ego desmedido; lidiar con un crío de 7 años que pasaba por una difícil pérdida no entraba en sus planes cuando aceptó el empleo, por lo que no trepidó en exponer sus objeciones a Valentino.

Este fue muy claro: Bill era una extensión de su persona, su cuidado personal incluía a su hermanito. Si tales condiciones no le agradaba recibiría su liquidación, pero él se encargaría de que pasara el resto de sus días friendo papas en un McDonald´s.

En realidad, por esa época Val aun no tenía ni por asomo la influencia necesaria para concretar semejante amenaza, pero por ímpetu no se quedaba.

*

—¿Y la moraleja es que tengo suerte de que mi hermano no me use depuching ball?

—La “moraleja” es que ese idiota es apenas un ensayo. Los que encontrarás en la vida real son mucho peores.

—Vale, ¡gracias por subirme el ánimo! Ahora me siento mucho mejor –espetó, con una enorme sonrisa irónica.

—Bill, sé que entendiste perfectamente a lo que me refiero.

—Lo sé. “Tengo que aprender a lidiar con esto, no caer en sus provocaciones y blah, blah, blah” – repitió con monotonía la lección mil veces escuchada—. Intento pasar de él, lo juro, ¡pero se ha encabronado conmigo! Es un imbécil integral con todo el mundo, pero su “tratamiento especial” lo reserva sólo para mí.

—¿Estás seguro que es sólo eso?

—¿A qué te refieres? —inquirió, haciéndose el desentendido, a sabiendas de la respuesta que obtendría.

—Kaulitz te gusta, al menos esa impresión nos quedó a todos luego del primer día de clases; hablaste de él hasta por los codos.

El moreno rodó los ojos y lanzó un bufido. Markus no hiso mención a su sonrojo, no deseaba echar más leña al fuego.

—¿Qué es esto? ¿Un episodio de “Tus palabras te condenan”? ¡SÓLO DIJE QUE ME PARECÍA LINDO! —Chilló, y luego agregó, casi mascullando—. Sabes muy bien de quién estoy enamorado.

—Bill, no empecemos otra vez.

—Entonces no digas estupideces y vámonos ya, muero de hambre.

***

—¡Esguince de muñeca! –gritó, una vez ambos subieron a la camioneta.

Se había contenido en todo momento pero ahora que todo había terminado necesitaba descargarse o la vena en su sien acabaría explotando.

Se restregó ambas manos por el rostro. Estaba física y mentalmente agotado tras pasar la noche en vela atendiendo una emergencia. No había dormido en casi 30 horas, si se mantenía en pie era sólo gracias a una sobredosis de cafeína. La aparición de su hermano –visita al hospital incluida— fue la guinda de un día desastroso.

—No fue mi culpa. El puto de Trümper me atacó sin motivo –remarcó con vehemencia, por enésima vez.

Nick no conocía al otro chico, sólo lo había visto de pasada el día de la cita con Müller, pero conocía muy bien a su hermano. Al que solía ser, y a este busca problemas en que se había convertido. Si de algo podía estar seguro era de que, no importaba el lío en que se viera involucrado, Tom nunca era completamente inocente.

—¿Qué le dirás a papá cuando vea la férula?

El de rastas se cubrió la mano lesionada con la sana y alzó un hombro, chasqueando la lengua con desidia.

—Lo de siempre, que me lesioné jugando.

—Tarde o temprano se enterará que te sacaron del equipo.

—No tiene forma de saberlo, a menos que le vayas con el cuento –puntualizó, con un retintín.

Nick estaba demasiado cansado para lidiar con la bilis de su hermano pequeño, la que había aumentado considerablemente desde su regreso a clases. Las últimas tres semanas habían sido un infierno, ya escasamente sonreía y cuando lo hacía era sólo para enfatizar alguna procacidad.

El veterinario extrañaba mucho al viejo Tom, ese que llegaba de sorpresa a la clínica cargando su croquera bajo el brazo y un brillo de entusiasmo en los ojos, en lugar de citaciones del director. Ese que le mostraba los bocetos en los que estaba trabajando, no una colección de golpes y magulladuras. El mismo que lo acompañaba los fines de semana al refugio y se dormía abrazado a Scotty cada que se quedaba en su casa.

Pero, a pesar de los abismales cambios que la pubertad había operado en el carácter del chico, este seguía siendo su hermanito y, a diferencia de sus padres, Nick no pensaba darse por vencido con él

Penne alla Putanesca—concluyó, con voz cansada, mientras hurgaba la guantera.

—¿Qué mierda pasa contigo? ¡Trümper es el maricón, no yo!

Ante la furibunda respuesta –el de rastas incluso se anduvo medio atragantando, en su premura por defenderse de lo que él pensó era un ataque a su masculinidad— Nick sufrió un repentino ataque de risa. Algunas cosas nunca iban a cambiar, las ocurrencias de Tom eran una de ellas.

Aun riendo sacó un ejemplar de “Cocina italiana para dummies”, lo abrió en la página marcada con un pos-it y se lo extendió al iracundo adolescente.

***

—… y un toque de orégano. Humm… ya puedo saborearlo.

—Morirás de hambre esperando. No me pienso meter a esa cocina, ¿cuántas veces debo repetirlo?

Nick hizo un sobreactuado puchero.

—¿Despreciarás el mandil que te compré?

—Awn. ¡Qué lindo detalle! ¿Y trae un estampado que dice «kiss the cock«?

La vieja secretaria del director se volteó hacia los recién llegados, escandalizada por el comentario, en cuanto vio de quienes se trataba meneó la cabeza reprobatoriamente y regresó a su novelita rosa.

En la salita de espera había dos personas antes que ellos, sentadas en ambos extremos de la banca de recepción, enfrascados en sus respectivos móviles.

Tal como Nick suponía, los Trümper también habían sido citados.

El mueble era de líneas modernas y estilizadas, pero incómodo de cojones, algo que el veterinario padeció en carne propia durante su primera visita al director. Por ese motivo él prefería permanecer de pie, no importaba el tiempo que tuviera que aguardar. Sin embargo aquel inconveniente no parecía afectar al modelo, mientras su hermano pequeño se había derramado en su asiento, este lo utilizaba como si de un trono se tratara. Nick pensó cómicamente que sólo faltaba el esclavo con el abanico de plumas y un leopardo echado a sus pies.

Tan enfrascado estaba en su juego –probablementeCandy Crush, a juzgar por los sucesivos “Tasty”, “Sweet”y“Delicious”que provenían del aparato— que no se percató de su presencia. No que el mayor de los Kaulitz hubiera esperado algo por el estilo.

Pese a su apariencia bonachona, Nick no era ingenuo: tener a ambos chicos juntos en un espacio físico tan reducido no auguraba una espera tranquila… y no se equivocó. Su hermano fue directo donde se hallaba su compañero y le plantó la mano con la férula frente a los ojos.

—¿Se te pasó la mano cascándotela, Bob Marley? –Chinchó el otro, picando el antebrazo con un dedo— Ewk, está hinchado y todo.

—Esta no te saldrá barata, maldito bujarrón, me la cobraré con intereses —amenazó por lo bajo el de rastas.

—¡Es solo un rasguño, deja de quejarte! No sea que la gente se confunda y piense que la mujercita eres tú. ¿Y no quieres eso, verdad?

—No me cabrees puta de mierda, aun me queda una mano libre, no me hace falta más para darte una paliza.

—Es la única que te queda, no tientes a la suerte.

—Te voy a…

—¡Basta, los dos! —cansado de la diatriba, que se había tornado peligrosamente seria, Nick dejó de lado su pasividad y buen talante y se decidió a ponerle fin—. ¿Qué piensan que es esto? ¿No les basta con que nos hayan hecho venir, en horario laboral, a perder el tiempo por causa de sus niñerías? ¡Guarden silencio o yo mismo los…!

El griterío no sólo atrajo la atención del veterinario. Val había dejado su partida abandonada y le sonreía —esa sonrisa amable que tenía en el bosque mientras jugaba con Pumba, no la condescendiente, de cuando lo insultaba—. Era impresionante el efecto que esta tenía si se le sumaba el maquillaje y el atuendo de diseñador.

Nick olvidó que estaba en medio de un regaño y no atinó a nada más que responder la sonrisa de reconocimiento. En ningún momento pensó que el modelo se pondría de pie e iría hacía donde él se encontraba. Tenían más o menos la misma estatura, lo sabía porque el sábado sus ojos estaban al mismo nivel que los suyos. Pero ahora, por si no bastara con esos infames tacones, el otro traía nuevamente el voluminoso copete que le daba el aspecto de un gigante.

El aire se desvaneció de sus pulmones cuando Val acompañó su alegre«buenos días» con dos besos, uno en cada mejilla. Nick abrió la boca pero no consiguió que saliera ningún sonido.

—La fuerza de la costumbre –se excusó el modelo, limpiando con el pulgar una mancha de carmín en su mejilla—. En Francia son dos.

En Alemania ninguno, pero no era ese el detalle que lo tenía virtualmente petrificado en su sitio. Fascinado y aterrado a partes iguales.

—Se-señor Trümper —genial, por fin podía hablar de nuevo pero… ¿qué no había dejado los balbuceos atrás?

—Le pedí que no usara el «Señor Trümper«–rezongó su interlocutor, cruzando teatralmente sus brazos en el pecho—. ¿Debo llamarlo«Señor Kaulitz”para que comprenda lo molesto que es?

Valentino Trümper podía no ser una chica, incluso podía haber dejado de lado su mal carácter, pero su personalidad continuaba siendo avasalladora y ante eso Nick no sabía muy bien cómo actuar. Aunque, para ser sincero, si estaba condenado a ser regañado eternamente por el modelo, prefería que fuera esa forma juguetona a la gruñona. Era una mejora ostensible.

—A-a mí no me molestaría, me llaman «Doctor Kaulitz» todo el tiempo y no me…

—¿Es doctor?

El entusiasmo del adulto se anduvo desinflando un poco. ¿Por qué todo mundo parecía fascinado cuando lo mencionaba? Luego lo aclaraba y el trato cambiaba radicalmente.

—De mascotas. Soy veterinario, pero mis clientes acostumbran…

—¡Ohh! —Ahí estaba, la exclamación y la mirada baja, signo inequívoco de decepción—Ha de pensar que soy un tonto.

«¿Eh?»

—¿Cómo dice?

—Ese día… en el bosque, actué de forma muy grosera, acusándolo de tenencia irresponsable. Y usted todo el tiempo fue… le ruego me perdone.

—Fue sólo un malentendido. Por el contrario, debo agradecerle.

—¿Agradecerme? No veo porqué.

—Cuidó muy bien de Pumba.

—¿Pumba? Ohh. ¡El bebé! Lo disfruté mucho, es una ternura. Estuve tentado de robárselo. -Lo dijo riendo con tal desparpajo, que Nick no supo si bromeaba o hablaba en serio.- ¿Irán a Grunewald nuevamente este fin de semana?

—No puedo faltar.Scottyno me lo permi…

—¿Y el bebé?

Se podría iluminar un salón de conferencias de buen tamaño con el brillo que irradiaban los ojos del modelo en ese instante. Había una petición implícita en esa mirada, Nick era un desastre para ligar, pero si algo se le daba muy bien era reconocer la mirada de un doglover a leguas.

Se jaló el cuello de la camiseta con un dedo, ¿por qué siempre acababa metido en situaciones incómodas?

—E-en realidad Pumba no es mí…

No le agradaban las mentiras. Una (por pequeñita que fuera) requería de otra que le diera sustento y, casi sin darse cuenta, se veía atrapado en una enorme red de la que no se podía salir sin lastimar a alguien.

Pero tal vez Natalie tuviera razón, ella le venía repitiendo cansinamente que necesitaba ampliar un poco su círculo. Desde la ruptura del compromiso los únicos con quienes hablaba eran sus socios, su hermano y Scotty.

No estaba listo para ligar con una chica aun (quien sabe cuánto tiempo pasaría antes que ello ocurriera) pero esto era perfecto. Comenzar por lo más simple, alguien con quien salir a caminar y hablar de sus bebés peludos, un tema que nunca le cansaría.

Una mentirita blanca no tenía por qué hacer daño, ¿verdad?

—Pumba también irá, por supuesto. ¿Le gustaría unirs…?

—8 en punto, en la puerta de la estación. Esta vez yo invito los lattes.

***

Tom echaba chispas.

Estaba furioso con todo el mundo; Con su hermano, por haber entablado amistad con “el enemigo” –no le importaba de cuál de los Trümper se tratara, para él ambos eran unos malditos maricones y los quería lo más lejos suyo posible.

Con Geo, por mantenerse al margen en la pelea y encima burlarse porque el tiro le había salido por la culata.

Pero en especial con “la puta de Trümper”.

“¡Tenía que joderme precisamente la mano derecha!” –maldijo para sus adentros, sosteniendo su miembro con frustración, hasta orinar se le dificultaba con la férula.

Por culpa de ese estúpido esguince iba a pasar una pequeña temporada sin poder escribir, ni hablar de dibujar o coger sus pinturas.

—¡Puto de mierda, juro que me las va a pagar! –sentenció al subirse finalmente la cremallera. No tenía idea de cómo iba a soportar dos semanas, por lo bajo, de esa agonía.

Al voltearse se encontró con un chico de cabello cortado estilo militar, apoyado en los lavabos, que le sonreía con descaro.

—¿Y tú que mierda miras? ¿Te gusto acaso? –escupió, ese día menos que nunca tenia disposición para tolerar estupideces.

El chico amplió su sonrisa y alzó las manos en actitud conciliadora.

—Tranquilo niño-bonito, yo no tránsito por esa acera. Soy Uwe Mundlos.

—Bien por ti.

Enfiló hacia la puerta, pero aparentemente el otro no tenía intenciones de acabar la charla.

—Nos conocimos ayer, en el salón de detenciones.

—¿Y? No creas que eso te hace especial, he estado en ese salón con la mitad de los alumnos deEllen Key.

—Oí lo tuyo conla nena Trümper.

Una ola de pánico lo atravesó.

—¿Qué mierdas…?

—Tenemos mucho de qué hablar, pero no aquí. –La sonrisa amistosa había desaparecido, reemplazada por un tono serio y conspirativo- Ven conmigo, hay un par de personas que quieren conocerte.

 

Continuará…

por Haruxita

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!