
«Wünschen». Temporada II
Capítulo 32: Mi error
Oía como miles de cristales rompiéndose, voces que me gritaban de pies a cabeza, empujones bruscos que movían los órganos de mi cuerpo por unos segundos de sus lugares correspondientes. También sentía impactos duros en mi rostro, y aunque quería sentir dolor, no lograba obtener respuesta a ello. Mi cuerpo levitaba en el aire, yo no tenía noción de mis movimientos, era como encontrarme en un sueño del que no podía despertar.
¿Y para qué querría despertar? Estaba bien aquí. No sabía por qué me encontraba así, había algo que me impedía recordarlo.
Mi cabeza parecía comprimirse con cada segundo, al tiempo que la pesadez de mis párpados obligaba a que éstos se cerraran, haciendo que frunciera las cejas e inspirara profundamente, soportando, ahora sí, el repentino dolor que provenía de algún punto en mi cabeza. No sabía exactamente dónde se encontraba, lo que sí era que su intensidad se equivalía a cinco gripes juntas.
Al sellar mis párpados, pude cobrar una de las voces que me atormentaban. Decía mi nombre, pero no provenía de la persona que había logrado enamorarme, sino de alguien con quien tenía una cercanía en estos momentos.
Poco a poco dejé que la luz penetrara por mi retina, dándome cuenta de que unos ojos brillosos y preocupantes me fijaban, que una cabellera dorada resplandecía tras la luminosidad que había tras de él. Su expresión lo decía todo: estaba aliviado. ¿De qué?
— ¡Joder! ¿¡Estaba muuuuy preocupado por ti!? ¿¡No tienes nada, verdad!? —decía alterado, me tocó el rostro con sus manos y yo apenas podía respirar debido a la constante punzada que tenía en la cabeza y otras partes de mi cuerpo. Me quejé por todo. — ¿¡Mierda, qué tienes!? ¿¡Tengo que curar ese moretón de inmediato!?
—Eike… —susurré, hasta decir su nombre me hizo doler peor la cabeza, su preocupación me aniquilaba. Me dolía tanto que en cualquier momento parecía que iba a explotar. —Mejor… no hables por un segundo.
—Oh… —se sentó tras sus tobillos en la cama, adoptó una actitud de animal indefenso y un poco ofendido, más no me dejó de ver con ojos saltones demostrando aún esa preocupación alterada suya. —Lo siento.
El mínimo esfuerzo que utilicé para poder levantar la cabeza logró que todo mi cuerpo se sintiera bajo una profunda presión y sentí como si todo girara abruptamente en círculos, me volví a recostar quejándome. La cabeza se me partía y Eike aún me observaba atento a todo lo que yo hacía. Poco a poco comenzaba a tener más noción de que, el dolor horrible, era producto de la resaca de mi vida.
Miré a mi mesita de luz, el teléfono yacía con la pantalla terriblemente dañada, quería recordar qué demonios había sucedido, todo era muy confuso.
—Tu teléfono ha estado sonando y no pude hacer algo porque la pantalla está muy dañada y no podía atender —habló el muchacho rubio, asentí mientras fruncía las cejas y me senté como pude, soportando la resaca.
Quise mirar la pantalla y apenas entendía, era el menú y un cartel que avisaba que tenía como unas cinco llamadas perdidas. Y de repente la música sonó y me aturdió los oídos, como pude traté de presionar para atender la llamada de alguien que no podía ver el nombre. La pantalla estaba hecha mierda, y repentinamente recordé que lo había arrojado contra la pared tan fuerte que pensé que debía comprarme uno nuevo, pero al parecer se aguantó todo mi potencial.
—Ho… ¿Hola? —hablé casi en voz baja, masajeando mi sien con los dedos.
— ¿¡DÓNDE MIERDA ESTÁS!? ¿¡YA ERA HORA QUE ATENDIERAS, CARAJO!? —tiré el teléfono a la cama del griterío, y aún así terminé de oír los insultos de Georg.
—Eike —miré y él ya estaba de pie. — ¿Podrías traerme un poco de agua? En el primer cajón de la izquierda de la cocina, donde está el fregadero, hay un sobre azul y amarillo, ¿Podrías traerlo?
—Por supuesto —se levantó de inmediato y casi que se fue corriendo.
Tomé nuevamente el teléfono y Georg estaba callado, ya sabía por qué.
— ¿Con quién mierda estás? —preguntó un poco calmado. —Voy a tu apartamento ahora mismo, ¿Acaso no sabes lo que tienes que hacer hoy?
Me quedé mirando hacia adelante un segundo, tratando de caer en todo lo que estaba sucediendo. Pronto recordé que tenía que ir al estudio, me levanté de inmediato y fui a la ventana, el día estaba inestable, habían nubes grises. Me giré bruscamente para ver el reloj que tenía en la mesita también y ya era tarde, como hora y media tarde.
Corté la llamada y fui a sentarme, miré el dorso de mi mano y estaba con moretones y los nudillos rasgados, con sangre seca. Caminé al baño y fui directo a verme en el espejo, me enteré que tenía un tajo en el pómulo derecho y no me dolía hasta que lo reconocí, también la ropa estaba como rasgada y algo sucia, de seguro me habré caído por algún lado. El gusto de mi paladar era horrible, una mezcla de cigarrillos con alcohol y vaya a saber qué otra mierda.
—Tom… —la voz de Eike me hizo mirar hacia la entrada del baño, él pasó y luego retrocedió, me tendió lo que le pedí y asentí. Vertí el contenido del sobrecito en el vaso e hizo una reacción, unas burbujas se presentaron, sin pensarlo me lo tomé de repente e hice una mueca. —Hay que limpiar eso, ¿Qué ha pasado?
Antes de contarle, y de saber cómo es que él terminó en mi apartamento, me lavé los dientes y me cambié de ropa, luego Eike tomó el botiquín y me obligó a sentarme en la cama mientras seguía bebiendo agua, ambos nos sentamos entre las almohadas y sujetó mi mano con cuidado mientras tomaba un pedazo de algodón con una gota de alcohol. Me ardía pero nada era más doloroso que recordar la razón por la que me encontraba así.
—Fuiste a mi hotel, no estabas bien —comenzó a hablar mientras observaba como pasaba el algodón por mis nudillos, limpiando la herida y quitando la sangre. —Y para evitar problemas te traje aquí.
— ¿Cuándo fue eso?
Por mi cabeza pasaban varias escenas de lo que había sucedido, y no sabía en cuanto tiempo había ocurrido ya que se me presentaban encuentros no deseados y riñas que terminaron con una mano ensangrentada, dolores en el cuerpo y un tajo en la mejilla. Por más que esforzaba para recordar algo, lo único que podía rescatar era que la ira me consumía horriblemente y que constantemente reproducía su voz, alejándose de mí.
—Anoche —respondió, bufó y nos miramos. —No tenías buena pinta, veo que la hinchazón del labio ha bajado mucho.
Señaló el lugar y decidí tocarlo con los dedos, estaba muy caliente, no me había dado cuenta que también tenía lastimado esa zona. Demonios, seguramente otra vez me metí con lo que no debía.
—Lamento haberte metido en esto —me sentía una mierda. Había dicho que no lo volvería a hacer y ahora estaba así. Suponía que había comenzado a beber desde el viernes, quién sabe si…
—Mi billetera —murmuré. Eike señaló a mi lado con la vista, y allí se encontraba.
—No sé si te robaron dinero.
Me liberó la mano aún sin terminar de curar y revisé si estaba todo. Bueno, por lo menos ya sabía dónde había parado el dinero, y todas mis tarjetas estaban, así que no me habían robado nada.
—Eso es lo de menos.
Idiota, simplemente era un idiota.
— ¿Perdiste alguna apuesta? —preguntó inocente.
Sí, perdí la apuesta de querer recuperarlo nuevamente y amarlo hasta que dejara de respirar.
Él bajó la mirada y siguió con lo suyo al ver que no le contesté. Se originó un silencio que me fue muy incómodo, yo me hundía en esos borrosos recuerdos. Me encontraba caminando en la calle con una botella, y luego pase a darme golpes con quién sabe, para después terminar bebiendo en un bar y así repetidas veces; me invadió un escalofrío. Esto me remontaba a un pasado que apenas había podido superar, y la recaída regresaba de forma abrupta.
Mi cuerpo no lo podía controlar, yo no lo podía controlar. Sabía que debía tratarme con profesionales, sabía que a veces no podía hacer las cosas por mi cuenta, más mi orgullo y mi voluntad me daban esa motivación de que podía salir del alcohol. Claramente agradecía eternamente a mis amigos, que si bien al principio no estaban de acuerdo con que hiciera esta superación solo, me apoyaron con eso sin más. Sin embargo, y aunque la voluntad estuviera, cuando había algo que me quebraba sentía que era la única manera de salir de la realidad. Y era aquí donde todo terminaba: en golpes, dolor y recuerdos.
—Oye, no sé qué es lo que haya pasado —interrumpió el silencio, miré la mano y ya se encontraba vendada. —Pero si quieres puedes hablarlo, aunque seguramente prefieras a alguien más confiable…
—No es eso, Eike —me sobé la nuca. —Es que no puedo creer que haya vuelto a caer, yo estaba controlando mi impulso.
—Oh… —me miró aturdido, al parecer comprendió a lo que me refería. —Yo no sabía… Lo siento.
—No, no te disculpes. —Elevé la mano vendada y él tragó saliva —yo debo lamentar todo este alboroto.
—Creo que estamos jodidos —soltó de la nada y no pude evitar sonreír por eso. Admiraba la inocencia que tenía al hablar, a veces decía las cosas muy directo pero siempre con un toque de gracia.
Golpearon la puerta como unas tres veces y luego el timbre sonó otras tres, de seguro era Georg y el portero le había dejado entrar abajo. Eike miró sorpresivo hacia el pasillo y yo solo intenté levantarme, a lo que él se me adelantó y quise decirle algo pero la garganta se sentía rasposa, el alcohol había quemado la misma.
Fueron interminables segundos que contaba en la cabeza hasta el momento en que escuché que la puerta de la entrada al apartamento se abría y reinó el silencio, para luego oír a mi mejor amigo preguntar por mí en un tono que yo solo conocía, más Eike le contestó amablemente; sí que era una persona muy inocente.
— ¿Qué demonios pasó? —lo encontré en el pasillo, estaba alterado y me observaba con más preocupación que en todo el tiempo que me había descubierto luego de una resaca.
—Ah… Yo creo que me iré —intervino Eike, mi amigo le dio una mirada sin comprender la situación. —Espero que te mejores.
—Eike —caminé hasta él y Georg me lanzó una mirada, era como clavarme sus ojos claros en la nuca. —No tienes que irte, no es necesario.
Él me miró con una sonrisa, y por un segundo creí notar un enrojecimiento en sus mejillas, o tal vez aún seguía con el alcohol encima y me hacía imaginar cosas.
—De todas formas, iba a comprar un poco de té, sé de un remedio casero que te facilitará todo.
Asintió divertido, hice lo mismo y él comenzó a alejarse.
—Gracias —le dije y él se fue.
— ¿Ahora dejas que un extraño entre a tu casa y te haga los mandados?
Puse los ojos en blanco mientras, algo adolorido, me di la vuelta para ver la cara de póquer de mi mejor amigo, enarcó una ceja, demostrando que necesitaba una explicación. Se la di en un buen resumen y pronto tranquilizó su instinto de madre desconfiada de todos.
—Hey, ¿Pero no es raro que no haya dado con la persona que busca? —dijo confundido, nos encontrábamos en el living.
—No lo sé, fue con su familia pero volvió… pensé que no regresaría.
Era cierto, ahora que lo recordaba él se había ido a Stuttgart, ¿Por qué había regresado tan pronto? ¿Acaso no había tenido éxito? Bueno, había pasado como día y medio de que se fue para ese lugar. Sin embargo, tenía mis dudas, ¿Qué carajo había pasado?
Repentinamente recordé.
—Y… no pi… pienso irme de este lugar… —me tambaleaba sobre la recepción. —Hasta… dar con… la persona que estoy buscando.
Era consciente de que mis palabras se arrastraban. La mujer me miraba atónito, mientras sentía todo tan ligero que me causaba gracia, por mi derecha vi asomarse un hombre de traje con una expresión de pocos amigos, y luego, la voz y una mano que impidió que ese hombre me sacara a rastras. Deslicé la vista de forma veloz y Eike me miraba con ojos saltones, no comprendiendo; cuando me vio sonreír empezó a decirle algo a la recepcionista, se me hacía difícil entender, estaba aturdido.
Momentos después, él me hablaba dentro de un taxi, buscaba dinero en su billetera y le agradecía al taxista, abrió la puerta y el chofer se bajó también. Eike me ayudaba a salir y no sabía qué mierdas estaba diciendo, mi boca se movía sola y mi cabeza era un mar de confusiones.
— ¿Por qué regresaste? —pregunté una vez que estuvimos en el ascensor. Me fui para adelante, sentí el vértigo pero un brazo se puso sobre mi pecho y recuperé la estabilidad.
—Él se irá a L.A…
La puerta se abrió y Eike ingresó con una bolsa del mercado y la llave en mano, y bajo la mirada más comprensible de Georg, pasó a la cocina; mi acidez ya estaba desapareciendo, el dolor de cabeza aún era intenso.
—No creo que debas ir al estudio así —continuó. —Pero… no quiero que me asesines por no advertirte.
— ¿De qué hablas? —le miré atento.
El teléfono de casa empezó a sonar, y atendí ya que estaba sobre el sofá. El sermón de Shiro me hizo reventar la cabeza una vez más y dije que se calmara primero, al conseguirlo, me dijo que era poco profesional faltar sin avisar. Y tampoco me daba el cuero de decirle el motivo, solo mencioné que tuve un inconveniente y que Georg estaba aquí para agredirme físicamente, ya que él lo estaba haciendo de forma psicológica.
—Se fue todo al carajo, ¿verdad? —le dije a Shiro y él echó un suspiro.
—Pensé que serías más listo, Tom —no entendí a lo que se refería. —Juro que pensé que no la cagarías esta vez.
—Shiro —traté de comprender.
—Bill se irá de Alemania, no sé por cuanto tiempo —me puse de pie, de pronto el malestar ya no estaba en mí.
— ¿¡Qué!?
Corté la llamada y fui rápidamente a mi habitación, sentí los pasos de mi mejor amigo. Ni siquiera me detuve a pensar, a comprender, a tratar de escuchar más cosas si tenía que decir; simplemente quería ir al estudio, mi pecho se contraía y algo bueno no estaría sucediendo.
Me puse el calzado, me valió mierda como lucía mi rostro, tomé lo necesario y salí al pasillo. Agarré las llaves y sentí al adrenalina en mí, ¿Bill se iba a ir de Alemania? ¿Por qué? ¿Acaso tenía que ver nuestro encuentro? ¿Acaso la había cagado tanto que se quería ir de mí?
—Tom, ¿A dónde vas así? —me preguntó Georg antes de que abriera la puerta, le miré con cara de culo. Lo entendió, no tenía que preguntarme más nada.
Salí al ascensor, soportando todo tipo de dolor, aguantando la comezón de mi herida en el pómulo. Una vez adentro, quería creer que todo eso no era cierto, que Shiro estaba haciendo otra de sus tantas bromas, que había creado una excusa para tenerme a sus pies; si así fuera, se lo agradecería igual, aunque en el fondo estaría molesto. De ser lo contrario, el temor me abrigaba los hombros y un nudo en la garganta amenazaba con hacerme toser hasta que no respirara.
Al salir del edificio fui directo a mi coche, aceleré en cuanto puse la llave y encendí el motor, no había tiempo de corroborar, tenía que llegar antes de mi próximo suspiro. En mi cabeza se originaban teorías, se presentaba escenas y me hacía todo más complicado, no podía concentrarme en el carril, ni siquiera me fijaba bien si el semáforo estaba en verde, solo seguía el instinto de los demás conductores que circulaban a un ritmo más decente que el mío.
Marqué a Shiro nuevamente y me atendió después del primer tono.
—Por lo que más quieras, retenlo en el estudio, estoy en camino.
—Tom, eres un gran amigo —habló del otro lado, podía oír bocinas y que una motocicleta pasaba, seguramente estaba en el balcón del estudio. —… Y quería ayudarte, pero si al llegar él no está, no me culpes… Porque te he ayudado mucho.
—Gracias —dije un poco aliviado, con eso daba por entendido que lo haría pero que no solo dependía de él.
Mierda, me estaba odiando tanto.
La adrenalina y el vértigo me acompañaban, observaba para todos lados como un desquiciado, el contador de velocidad jamás se reducía, solo aumentaba. Lo único que quería era llegar, hacer todo lo posible para que pudiéramos hablar tranquilos, tratar de convencerle de que no todo era como él se lo imaginaba. Quería una oportunidad, solo una, solo una para demostrarle que había aprendido de mis errores, y que esta vez no le lastimaría.
Me desconcertó la bocina, por lo que de inmediato miré al frente y noté que estaba cruzando en rojo y pisé el acelerador. Bruscamente me fui hacia adelante y se oyeron frenadas atroces, respiré agitado, y tras un segundo de reaccionar a lo que casi sucedía, los insultos del conductor oponente me devolvieron a la tierra.
Bajé la ventanilla pidiéndole disculpas y retomando el ritmo, estaba tan alterado y algo asustado por lo reciente que quería calmarme pero no lo lograba, ¡No podía calmarme! Era una situación muy comprometedora.
Comencé a pensar en lo que hubiera ocurrido si no frenaba a tiempo, si no hubiera despertado de todo lo que me dominaba. Mis recuerdos se hicieron presentes, las sonrisas de Bill en su máximo esplendor aparecieron como una melodía sublime.
Viajaba por los acontecimientos perfectos a su lado, y me daba cuenta de que en todo ese lapso de tiempo había aprendido muchas cosas de él. Bill era una persona frágil, como yo, y lo que nos diferenciaba era que él tenía un escudo, una capa, algo que lo hacía fuerte frente a los demás. Él actuaba con el fin de ayudar, aunque eso le costara su vida; no se rendía para nada, no quería ver a la otra persona derrotada ni así él estuviera muriendo desangrado. Era fuerte, muy fuerte, más fuerte que cualquier otro ser vivo que haya conocido en mi vida, y realmente lo apreciaba por eso.
Le gustaban las cosas artesanales, cualquier cosa que fuera hecha a mano y con afecto él las atesoraba. Nuestro gusto por los zombies le volvía loco, y ni hablar de su reciente aprecio por el mundo del manga; tampoco había que descartar que le fascinaban los aromas florales, pero el cítrico, como el aroma a limón, era lo que más anhelaba en la faz de la tierra.
Las gomitas eran sus favoritas y preferiría pasar el rato sentado en el sofá tomando helado y mirando una serie, que estar en un lujoso yate, o en la suite más cara del hotel más privilegiado de Berlín.
Bill podía vestirse como todo un modelo, podía parecer una persona de la alta sociedad y hasta ser un famoso si él lo quisiera. Sin embargo, él optaba por pasar desapercibido, ser reservado con la vida privada, disfrutar de las pequeñas cosas; lo sencillo era lo suyo, la humildad abundaba en él y…
No podría terminar de describir todo, pero de algo estaba muy seguro.
Él era la persona con la que estaría dispuesto a compartir el resto de mi vida.
Estacioné en la esquina, sin importar a cuantos centímetros del cordón de la vereda me encontraba, de todas formas, lo que tenía para decir era muy breve. En ese mismo instante, me dominó un escalofrío y me sentí tan nervioso como aquella vez en la que vimos juntos los fuegos artificiales.
A pasos agigantado caminaba por la vereda, tan solo tenía que subir por el ascensor pero de lo ansioso e impaciente que era, hasta podría subir de dos en dos las escaleras. Miré la entrada y me sorprendió que Shiro saliera, se paseaba la mano por la frente, barriendo su cabello hacia atrás, al mirar en mi dirección se quedó inmóvil.
—Shiro —me acerqué a él, no se veía bien, de hecho, parecía estar más nervioso que un padre primerizo.
— ¿Él está ahí? —miré la entrada, reconocí al guardia y la puerta estaba abierta, dejando ver el interior, estaba Shannon hablando con la chica de recepción.
— ¿Otra vez te metiste en una pelea? —me miró indiferente.
—No es momento de hablar de eso —espeté. — ¿Dónde está?
—Lo siento… —murmuró. Apreté los labios e inspiré hondo, caminando hacia atrás, soportando la impotencia. —Él tenía apuro…
—Mierda —mascullé con bronca, me quise matar en ese momento, y de pronto se me ocurrió otra cosa.
—Dame exactamente la ubicación, ¿Se va en avión? ¿En tren? ¿En auto? —dije desesperado, su expresión era muy compasiva, parecía que yo no me encontraba bien, ¿¡y así era!?
Miré un segundo hacia atrás y reconocí a Georg que bajaba de su coche, por el otro lado, Eike también salía del mismo. Me sentí desorientado por eso, pero ambos se mostraban tan preocupados como Shiro.
—Y aunque te lo dijera…
—Solo dímelo —insistí.
—Tom, no se fue solo —me quedé helado, bajé la guardia tanto que se asimilaba a un iceberg encima. —Él se fue con Jared.
Sentí un vacío, y no supe si estaba respirando, tampoco tenía noción de si mi corazón estaba latiendo, o siquiera parpadeaba. No sentía nada, absolutamente nada.
—Oh, Tom —Shannon nos quedó mirando, pero lo más curioso fue lo que sucedió después.
Sus ojos viajaron de mí hacia atrás, y tragó saliva. Fijé en su dirección y estaba mirando a Eike, que se mostraba tan pálido y con la boca entreabierta.
— ¿Qué haces aquí? —Fue lo que Shannon le preguntó.
Continúa…
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Me desesperé tanto o igual que Tom al momento que fue tras Bill. No fue mucho tiempo el que estuvieron saliendo, pero se nota que realmente se amaban y se esforzaban por complacer al otro.
Lo de Eike, bueno, era de esperarse.