Administración: Y hemos llegado a la última temporada de este rescate. Las actualizaciones serán los días domingo con 7 capis. Espero disfruten el fic.
«Apostemos» Temporada III
Capítulo 1: No más
— Lamento haberte molestado.
— Deja tu monólogo de tipo cortés y dime qué pasó. Debo admitir que pocas veces te oí tan extraño. O tomaste clases de actuación, o en serio te sucede algo grave.
— Contigo no puedo fingir, amigo. Me duele que pienses eso de mí — Volteé mis ojos ante el cinismo en sus palabras. —. No hagas caras, por favor. Las extorciones y las venganzas han sido siempre muy llanas y sin vueltas. Nunca hubo hipocresía de mi parte.
— Bien, cómo digas. Te escucho — Me senté en el sofá de su departamento y él se cruzó de brazos enfrente mío, aún de pie.
— Cometí una locura por alguien que no valía la menor de las penas.
— ¿Alguno de tus socios?
— No. Hablo de una mujer — Alcé ambas cejas sorprendido por esas palabras. —, y no importa quién sea. El hecho es que estoy dolido y me siento muy solo. Solamente lo tengo a Nicolás como persona de lealtad.
— Nicolás… — recordé con una sonrisa —. Parece ayer cuando le gané esa partida de póker y casi acaba conmigo de un navajazo de la ira.
— Aún recuerdas eso…
— Claro que sí — Sacudí mi cabeza y volví a mirarlo. —. ¿Qué quieres que haga yo? Mi situación con mi ex pareja no es la mejor.
— Quiero a mis amigos conmigo en este momento. Es todo.
— Lamento decirte que te equivocaste de persona, Gustav. Yo no soy tu amigo y desde hace cinco años que las cosas están bien claras entre nosotros. Tú de tu lado, y yo del mío.
— ¿En mi lado? — indagó incrédulo—. No hay ‘mi lado’, Bill. ¿No te das cuenta? — Guardé silencio. —. No existen lados; sino el lado que tú crees que te pertenece. Mejor dicho: el lado al que crees que perteneces.
— ¿De qué habla el psicoterapeuta ahora?
— Nada de eso. Lo que digo es la realidad y tú lo sabes. ¿Cuánto tiempo más seguirás fingiendo, Bill? ¿Hasta que ganes el juicio?, ¿o hasta que seas el presidente de aquel imperio? ¿Hasta cuándo negarás tu verdadera esencia?
— ¿De qué esencia me hablas? ¿Ser tu amigo está escrito en mi destino, o qué?
— ¡No perteneces a ellos, Bill! Date cuenta de eso. No eres el flamante abogado consentido de papi. Desde que tienes trece años que odias a tu padre por todo el daño que te hizo a ti y a tu madre — Un puñal, eso mismo fue. —. Odias a tu hermanastro por abandonarte cuando más lo necesitabas. Odias ese estudio por arrebatarte tu infancia. Odias la falsedad que se maneja ahí dentro. También odias tu trabajo, donde constantemente te estás balanceando en el abismo de tu adicción. ¡Odias aparentar, maldita sea! ¿Por qué te empeñas en pertenecer a eso?
— ¡Es mi vida, Gustav! No sé si es la que siempre soñé, pero es la que tengo y me siento dichoso.
— ¿Tendrás la desfachatez de mentirme en la cara? Te conozco más que tú a ti mismo, Kaulitz. No pretendas fingir conmigo, por favor.
— ¿Y cuál es mi vida, según tú?
— El barrio — dijo—, y todo lo que tiene dentro. No me refiero a las drogas solamente. Hablo de la gente que vive ahí, nuestros amigos. Esa gente que te vio crecer, caer, llorar, patalear, extrañar, y aún así estuvo contigo. Te reto a quebrarte hoy — soltó con aspecto altanero—. Anda, te desafío a caer por los suelos. ¿Quién te levantará? ¿Thomas se quedará esta vez? ¿Tu padre te ayudará o te va a encerrar otros dos años? ¿Tu amigo Georg, ‘el desaparecido’? — Desvié la mirada. —. No habrá nadie. En cambio, cuando estabas mal, era cuestión de minutos para que se acercaran nuestros colegas a tenderte una mano. ¿Te acuerdas de cómo nos divertíamos todo el tiempo? ¿Te acuerdas de las picadas de autos? ¿Te acuerdas las partidas de póker y de billar?
— Me acuerdo de todo.
— ¿Recuerdas el respeto al caminar por los pasillos? ¿Recuerdas que íbamos los dos, uno al lado del otro, caminando por las calles y la gente nos tendía la mano? Nuestros enemigos agachaban la cabeza; nadie se metía con Bill Kaulitz y Gustav Schäfer. ¿Y ahora? Nadie se mete con el licenciado Kaulitz, el magnífico abogado imbatible. Pero, ¿qué hay de Bill? Sólo Bill. Es débil, es frágil, es influenciable, es hipócrita, es una máscara.
— También me acuerdo de las cosas malas, ¿sabes? Y me acuerdo de ellas siempre que me veo en fotografías de hace cinco años, delgado y demacrado. Me acuerdo cuando miro mis brazos y veo esos hematomas violetas que camuflo en verano con maquillajes. ¡Recuerda también lo malo!
— ¡Lo malo nos pasaba a todos! ¿Quién de nosotros no pisó un hospital en alguna sobredosis? ¡Yo te acarreé en la última! ¡Yo te subí a mi auto y pedí por favor que te atendieran ya mismo! Todos los muchachos pasamos por esas recaídas, por el increíble momento de elevarnos y la tortura de bajar — Sentí un nudo en mi garganta, y él ya estaba con sus ojos empapados. —. En los malos momentos, nos entendíamos entre todos. ¿Y en tu realidad, en la vida a la que perteneces, según tú? ¿Alguien te entiende? Te drogas y eres simplemente un adicto que tiene que ser internado, empastillado o sometido a alguna dieta. Pero yo sé que cuando te drogas, hay un porqué y una historia atrás. Hay algo que quieres olvidar… Sé que no quieres hacerlo, pero lo haces porque ya está en tu cerebro. Es una salida. Yo soy de los que piensan que para eliminar una adicción, hay que eliminar lo que está mal en el entorno, no eliminar lo que queda de tu humanidad…, porque eso hicieron ellos en Francia contigo. Volviste siendo una marioneta del sistema.
— ¡Cállate! ¡Ya no más, Gustav! — grité parándome frenéticamente—. ¿¡Qué mierda quieres de mí!?
— Quiero salvarte. Soy lo único sincero a tu lado — Lo miré desconfiado y finalmente sólo pude dejarme caer en el sofá abatido, cansado por dentro. — Estás en el borde del abismo de nuevo, amigo.
— Me siento tan solo — susurré encerrando mi rostro entre mis manos—. Así como tú.
— Ya, ya… — Se sentó a mi lado y me abrazó como lo hacía antes, cuando yo era un niñato y él un tipo a quien admiraba. —. Todo estará bien, amigo. Aquí estoy como siempre.
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By Tom
— Discúlpame. No debí llamarte así y preocuparte — dijo después de casi quince minutos en un total silencio. Tomó la taza de café y le dio unos largos tragos.
— Está bien, no te preocupes — Después de recogerla de aquel lugar, la subí a mi auto y paramos en un café para poder conversar. Su maquillaje estaba corrido de tanto llorar; jamás la había visto en ese estado. —. Mañana tendrás tu auto, la grúa ya fue por él.
— Gracias — Fijó sus ojos castaños en mí. —… por todo — Asentí y guardé silencio unos minutos, pero la curiosidad me desbordó.
— ¿No piensas decirme qué sucedió? — Negó frenéticamente con la cabeza. —. Necesito saberlo, Richael, sólo así podré ayudarte.
— No quiero ayuda; estoy bien.
— ¿Y por qué estabas en ese estado, por qué llorabas?
— No sé… Déjalo, ¿sí, Tom? — Mordí mi lengua de la bronca.
— No quiero echarte las cosas en cara, pero entenderás que entre nosotros las cosas no marchan precisamente de diez, y que te estoy acumulando mucha bronca desde el día en que empezó todo este circo, así que mínimamente podrías colaborar en esto.
— ¡No pasó nada! — gritó y di gracias que el lugar estaba casi vacío.
— Como quieras — Miré la hora en la pantalla de mi celular e inmediatamente me pregunté qué estaría haciendo Bill. ¿Estaría con Andreas? —. ¿Terminaste? — Movió la cabeza afirmativamente y clavó sus ojos en el exterior del lugar. —. Puedes quedarte a dormir conmigo en casa si quieres.
— ¿En serio?
— Claro — Le sonreí de lado y ella me correspondió feliz. ¿Qué podía hacer? Estaba hasta los huevos de peleas. —. Anda, vamos — Dejé un montículo de billetes sobre la mesa y la tomé de la mano para salir.
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By Bill
Ya estaba oscureciendo y la luna se cortaba en la lejanía del lago. El agua mojaba mis pies descalzos justo en la orilla. La sensación era agradable. Muy agradable. Los árboles movían sus copas por la suave brisa y creaban una melodía.
Los recuerdos se atolondraban en mi cabeza, la cual dolía muchísimo. Una fuerte jaqueca me atacaba desde la tarde. Eso me recordaba… ¿Qué hora sería? Seguro eran las dos de la mañana, aproximadamente. Tenía decenas de llamadas perdidas en mi celular, el cual apagué. No importaba.
Ese lago había sido testigo de mi felicidad en su estado más puro… Ese lago tenía el nombre de Thomas escrito sobre el agua.
— Tom… Mi Tomi… — susurré mientras caía una lágrima por mi mejilla—. Te necesito, mi amor… ¿Por qué tuviste que lastimarme así? ¿Cuál es el entretenimiento en abandonarme siempre? ¿Qué hice mal?… ¡Demonios! — sollocé fuerte—. Siempre se alejan las personas que quiero…
Mire al cielo… En momentos así me preguntaba una y otra vez qué me diría mi mamá si estuviera a mi lado. Ella siempre me daba consejos, o al menos me hacía sonreír. ¿Cuándo dejaría de extrañarla y de sentir las inexplicables ganas de un poco más de ella? Me quedé con tantas ganas de abrazarla, de besarla, de que me viera convertido en hombre. Me quedé con tantas cosas para decirle. A veces tenía que ver su fotografía para recordar cómo era su pelo, o sus ojos. Son detalles que se van borrando de mí… ¿Cómo olía? Y me arrepentía de miles de cosas de las que no tuve ni la menor culpa, pero eran en momentos como este que sentía que su muerte había sido mi responsabilidad. Y también siento la culpa de haberla decepcionado. Sí, yo creo que ella se siente decepcionada desde donde esté. Hice las cosas mal toda mi vida; jamás me hallé del todo. ¿Qué madre estaría orgullosa de tener un hijo drogón? ¡Maldita sea! La ansiedad siquiera me dejaba pensar con claridad… Verlo a Gustav después de tanto tiempo y recordar todas las cosas que pasé en el barrio, en esos años donde me veía como el rey del mundo, había hecho un tsunami en mi cabeza.
— ¡Odio ser tan débil! — grité parándome de aquel tronco donde permanecía sentado. Miré al cielo y dejé que mi dolor se escapara de mi cuerpo en forma de lágrimas. — ¿¡Qué debo hacer, mamá!? ¡Ayúdame, por favor! — Caí sin remedio a la arena, de rodillas importándome un carajo la marca y el precio de mi pantalón. —… Por favor, necesito ayuda…
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By Tom
— Buenos días, papá. ¿Cómo amaneciste? — Me senté en la mesa del comedor donde el desayuno ya estaba servido.
— Buenos días, hijo… No dormí casi nada.
— ¿A qué se debió eso?
— Bill no vino a dormir a casa… Hoy hay que ir a trabajar y ni siquiera eso.
— No está — dijo Susan ingresando al comedor. La miré interrogante. —. Definitivamente no llegó. ¿Ya llamaste a Andreas? — preguntó casi desesperada. Mi padre asintió en silencio.
— No estuvo con él.
— Es grande, papá — dije intentando calmar las aguas—, no estamos hablando de un niño que se perdió camino a casa.
— Me preocupa toda la situación en general, Tom. Hace un par de días que Bill está a la defensiva conmigo, contigo… No sé qué pensar. Ya no se lo ve en la casa, ya no cena con nosotros, ya no nada — Rascó su frente y yo me tensé.
— Buenos días — saludó Richael ingresando al comedor con la ropa del día anterior, pero con su rostro lavado, su pelo mojado y una sonrisa en su cara. Mi papá al verla me miró interrogante.
— Papá, anoche Richael tuvo un inconveniente y quise que se quede a dormir — expliqué y él no dijo nada al respecto.
— Susan, sírvele a nuestra invitada el desayuno, por favor — Susan aún severamente preocupada por el paradero de mi hermanastro, obedeció. —. Thomas — llamó y entendí que quería comunicarme algo por lo bajo, sólo a mí. Me acerqué a su figura y esperé. —, ¿sabes que si llega Bill y la ve aquí, no será una escena muy agradable?
— Me vale. Ella es mi pareja — Solté sin pensar… ¿Qué? ¿Qué me había hecho Bill para que yo le hiciera pasar por el dolor de verla a Richael aquí, sentada a mi lado en la mesa familiar? Lo del video no era suficiente… ¡No estaba siendo consciente de mis actos! Él no merecía tal desplante… ¿Qué me pasaba? —. ¿Te sientes mejor, Richael?
— Sí. Gracias — Susan entró con una nueva bandeja en la mano. La posicionó frente a la morocha y se retiró soltando un suspiro. La situación era tensa.
— ¿Hablaste con Marcel, papá?
— Él se fue a Francia.
— ¿En qué momento? — Me ignoró completamente. —. Oye, todo estará bien. Vas a ver que aparecerá. Debe estar con Georg
— ¿Y si no es así? ¿Y si está…? — Dejó su frase interrumpida luego de recordar que teníamos visitas.
— No. Sé lo que estás pensando y no está pasando nada de eso. Cálmate — Asintió inquieto y el desayuno continuó en silencio.
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— ¿Quieres que te lleve, papá?
— No, hijo, por favor. Ve con tu pareja, a mí me llevará Jonh.
— Como quieras. Te veo allá — Me despedí de él con un beso en la mejilla y me encaminé con Richael tomada de mi mano a la salida. Ella ya estaba cambiada porque fuimos a buscar una muda de ropa a su departamento la noche anterior.
— Adiós — saludó mi pareja y en el momento en que salíamos de la sala, la puerta de entrada se abrió de un golpe.
— ¿Qué ocurre? — preguntó mi padre alarmado, apareciendo en la escena nuevamente junto a Susan.
Era Jimmy con Jonh, quienes traían a Bill de los brazos. Andreas atrás asomaba alborotando su cabellera rubia.
— ¡Hijo! — gritó mi padre al verlo en aquel estado tan deplorable.
— ¡Suéltenme! ¡No me toquen! — Se sacudió del agarre de los dos tipos y se desestabilizó, casi cayendo al suelo. Andreas lo sujetó por la cintura. Su voz era extraña, se oía entrecortada y arrastraba las palabras. No estaba en sus cinco sentidos, era obvio. —. ¡¿Qué demonios hace esta puta aquí?!
— Bill, por favor — susurró su pareja en su oído.
— Tom, ¿qué le pasa? — preguntó ella asustada. Chasqueé la lengua y la tomé por los brazos.
— Te va a llevar nuestro chofer, ¿vale? — dije rápidamente y ella asintió.
— ¡Quiero que se vaya de mi casa! — gritaba Bill sin filtro.
— Te veré en el estudio. Luego hablamos — Volteé a ver a John y le hice un gesto con la mano.
— Sígame, señorita — Richael se despidió de mí con una breve sonrisa y se marchó esquivando a mi hermanastro, junto con el chofer.
— ¡Vete, zorra!
— ¡Por el amor de Dios, Bill, contrólate! — gritó mi padre zamarreándolo.
— ¡Suéltame!
— Por favor, Andreas… Dime que no está drogado…, dime que no lo está — sollozaba Susan como una madre que ve a su hijo en ruinas.
— Está ebrio, pero no drogado.
— ¿Cómo diste con él?
— Me llamó — Puse los ojos en blanco y me volteé. ¡Siempre recurría a él! — y pude reconocer el sonido del agua.
— ¿El agua? — pregunté dándome la vuelta.
— Estaba en el lago, a las afueras de la ciudad.
— ¿En el lago y ebrio? ¡Jesús! — exclamó de nuevo Susan. Yo bajé la mirada al suelo y luego la fijé en los ojos de mi hermanastro. Sentía lástima por él, pero más lástima por mí. Fue mi culpa nuevamente.
— Si no te importa, Jörg, me gustaría quedarme con él hoy.
— Claro. Puedes quedarte; llámame ante cualquier novedad — Jörg acababa de sorprendernos a todos con su semblante frío e impenetrable. Tomó su saco y se lo puso. Luego saludó a Susan, quien lloraba desgarradoramente y me miró. —. Ahora sí, ¿puedes llevarme, hijo?
—… Claro — respondí dudoso y nos encaminamos a la salida.
— Nosotros dos tenemos que hablar, Trümper — sentenció Andreas cuando pasé junto a él.
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By Bill
Abrí los ojos con esfuerzo, con un rallo de sol dándome justo en la cara. La cabeza se me partía a la mitad, el cuerpo me pesaba, y tardé varios minutos en darme cuenta dónde estaba. Era mi cuarto, en mi casa, y no entendía cómo había llegado ahí.
— Demonios…— maldije sentándome. A mi lado, una bandeja con un zumo de mango y unas tostadas de salvado. Todo estaba en silencio y no recordaba nada en absoluto. —. ¡Susan! — grité pero no hubo respuestas del otro lado de la puerta. Atiné a agarrar el vaso de jugo y casi vaciármelo de una sola vez. Conocía ese tipo de sed… estaba deshidratado. ¿Acaso estuve bebiendo? Las imágenes eran borrosas y confusas. —. ¿Dónde está mi celular? — pregunté al aire y desde luego, no hubo respuesta. Entonces me puse de pie, notando que traía puesta una ropa de entre casa. Una bermuda y una camiseta mangas cortas. Estaba bañado, mi cabello caía mojado.
Abrí la puerta y me asomé al pasillo. Nada. No pasaba ni un fantasma. El cuarto de Thomas estaba abierto, pero con un detalle que me llamó poderosamente la atención: había ropa de mujer sobre su cama.
— Maldita perra…— musité recordando. Sí, me acordaba de algo… Entré a la casa (no sé cómo ni cuándo), y ella estaba parada en la sala, al lado de Thomas… Estaban tomados de la mano.
De pronto escuché un ruido que venía de la sala.
— ¿Susan?, ¿Jörg? — Bajé las escaleras rápidamente y ahí lo vi sentado en uno de los sillones, inmóvil, mirando al frente, a la tele apagada. — ¿Andi?, ¿qué haces aquí? — Volteó a verme inexpresivo.
— Despertaste — dijo parándose y acomodándose la corbata—, ¿cómo te sientes?
— Bien…, o bueno, algo así. ¿Qué pasó, Andi? No recuerdo nada, no entiendo nada.
— ¿No recuerdas nada de nada? — preguntó medio riendo. ¿Estaba molesto acaso? Dios quiera que no me haya mandado ninguna de las mías.
— No. Te agradecería que me refrescaras la memoria.
— Anoche te excediste de tragos, Bill. Te tomaste tres botellas de whisky en el lago — Mordí mi labio lamentándome. — Pero no sólo te excediste de alcohol, también de lengua.
— ¿Qué?, ¿de qué hablas?
— Que anoche me enteré muchas cosas, Bill — Mi cuerpo se paralizó con eso.
— No sé qué dije, estaba borracho. Seguramente desvarié.
— No lo creo — Se acercó a mí y se cruzó de brazos. —. ¿Me vas a negar que ayer viste a Gustav Schäfer? — ¡Mierda!
— Yo… ¡No consumí!
— ¡No dije eso! Pero es cuestión de tiempo — cortó—. ¡La puta madre, Bill! ¿¡Qué carajos estabas pensando!? ¿No te importamos nosotros, los que te queremos ver bien? ¡Te apoyé durante todo el tratamiento, en tus crisis! ¿Así me pagas?
— ¡Espera un poco, imbécil! — grité indignado—. ¿Quién te crees que eres para hablarme así? Tú no sabes lo que pasó. No sabes por qué fui ahí, entonces no hables en vano.
— Ilústrame — Negué con la cabeza, muy furioso. —, ¿o es privado? Los amigos se juntan a tomar el té y yo tengo que salir corriendo a pagar los platos rotos — Quise pegarle, quise matarlo ahí mismo. A William Kaulitz nadie le hablaba de ese modo, siquiera mi padre. —… Al igual que siempre. Siempre estás haciendo lo que quieres, siempre estás mandándote solo, ¿y a quién llamas cuando te drogas, cuando tomas, cuando todo? ¡A mí, Bill! — Su voz se quebró. —. ¡Yo soy el que siempre está saliendo a las corridas por ti a donde sea! Y no te lo estoy echando en cara, ¡sólo te quiero recordar quién de verdad te ama! — Se sentó en el sillón nuevamente y tapó su rostro mientras su espalda se movía bruscamente a causa del llanto. Se lo notaba acongojado, como si estuviera acumulando tanto dolor durante años. —. Pareciera que te estás olvidando de todo… Eres un desagradecido.
— Basta, Andi, por favor… Detente.
— ¿A ti te duele? — Me miró. — ¿Qué debería sentir yo entonces?
— Perdóname…
— ¿¡Qué quieres que te perdone!? ¡Al fin de cuentas es solamente mi culpa, Bill! ¡Maldita sea, mira a tu alrededor! ¡¿Dónde mierda está tu padre, o tu hermano?! ¡No están junto a ti!
— Ya sé… Ya sé que nadie está para mí… Pero seguramente lo merezco, ¿no te pusiste a pensar en eso? — Sequé mis lágrimas violentamente. —. Así como soy un maldito desgraciado contigo, lo fui con todos a mi alrededor. Sí, lo admito, Andreas… Soy una basura y lastimé a muchísima gente que amo con mi avaricia y mi codicia. No puede ser que todo el mundo esté en contra de uno, uno tiene el problema — Él volteó su rostro y se quedó callado un largo tiempo, lamentándose en débiles sollozos.
— No sé ni qué hago aquí — soltó sorprendiéndome—. Soy un cornudo consciente; sólo juego el papel de tipo patético en esta historia — Se puso de pie sin esperármelo y pasó por mi lado empujándome con el hombro. Salí de mi estado de shock y los seguí antes que saliera de la casa.
— ¡Espera, por favor! — Le cerré la puerta justo cuando la había abierto unos centímetros. —. ¿Qué quieres decir?
— Te dije que se te soltó la lengua… ¿Eso no te dice nada? — No respondí. —. Todo este tiempo has estado fingiendo; hace tres meses que me traicionas, Bill. Sé que ese ‘tiempo’ fue todo una mentira… ¿Por qué? — Se recargó en la puerta. Sus ojos brillaban y penetraban los míos, demoliendo mi alma. —, ¿qué te hice? Yo te amo, Bill… ¿Merezco enterarme de todo esto ahora?
— Perdóname…
— Te amé siempre, desde que te vi, mi amor… ¿Por qué no fuiste sincero conmigo? — Cada lágrima que se escapaba de sus ojos azules, era un puñal en mi corazón. —. Yo no te hubiera juzgado jamás, yo hubiera defendido tu amor hacia tu hermano aunque me desgarrara por dentro…, pero tanta mentira me desborda.
— Perdón — Solamente eso podía repetir una y otra vez. —. Pero ya todo terminó con él. Todo ha sido un error.
— Claro que terminó, pero porque él te cambió por Richael, sólo por eso. ¿Tanto tiempo mintiéndome para que al final él te hiciera este desplante? ¿Te das cuenta?
— Sí… Fui usado.
— Dos veces — recordó—. Lo siento, Bill, pero no puedo seguir aquí contigo.
— ¿Te vas a ir? — pregunté desesperado.
— Entiéndeme. Entiende lo difícil que es mirarte después de este golpe que me diste… Podía esperarme cualquier cosa y lo hubiera soportado, pero esta traición va más allá de todo. Me voy — Negué con la cabeza y me abracé fuertemente a su cuello. No quería que se fuera, no quería que él me abandonara.
— No me dejes, por favor… No podría resistir estar sin ti, te necesito.
— Me necesitas ahora que tu hermanito te dejó.
— No, no, no. No digas eso; te necesito porque eres el único al que quiero a mi lado ahora.
— Ya Bill… Basta de hacerme daño, basta de ilusionarme, ¡basta de todo! Me cansé. Hoy fue la última vez que corro por ti y sacrifico todo en mí para dártelo solamente a ti.
— Por favor… — Finalmente, a pesar que no quería hacerlo, lo solté para que se marchara si así quería. No iba a retenerlo si no lo deseaba así. Luego me di la media vuelta y caminé de forma pausada hacia la sala, totalmente resignado a lo que la realidad me plasmaba en el rostro.
Allí me senté y esperé a que el sonido de la puerta terminara de destrozar mi corazón. Así fue. Y luego el motor de su auto resonó en el porche. Fue ahí cuando confirmé que estaba solo.
Continúa…
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