«Apostemos» Temporada III

Capítulo 10: El dúo dinámico

— Voy por un café. ¿Alguno quiere?

— No, gracias — respondí.

— Yo sí, por favor.

— ¿Cortado?

— No, negro.

— Ahora vuelvo — Gustav se fue rumbo al bufet del hospital, en donde Jörg estaba almorzando. Nicolás se había ido unas horas por un tema de Sam el mudo, Richael tenía que ir con su madre, que estaba de visita por algunos días, Andreas fue a descansar como le pedí cientos de veces y terminó cediendo. Georg estaba sentado al lado mío, cambiado y comido, después de estar casi un día entero en el hospital aguardando a que Thomas reaccionara. Gustav también había sido muy generoso, y desde que había llegado, no se movió del recinto, al igual que yo.

— Viejo, ¿por qué no vas a tu casa, descansas un poco y comes algo?

— No podría dormir sabiendo que Thomas está aquí.

— Pero tú necesitas estar bien para él — No respondí aunque tuviera razón. —. ¿Quién lo diría, no? — Volteé a mirarlo, intrigado. —. A Schäfer lo busca la policía y a nadie parece interesarle, siquiera a mí.

— Es cierto — reí.

— Se nota que te quiere.

— Aunque no me olvido de nada. Sé que la golpiza que le dieron aquella noche, se la merecía. Pero a mí me dieron muchas oportunidades en la vida, y sería injusto no darle una segunda chance a alguien más.

— Coincido — dijo—. ¿Y no tiene miedo que alguien lo reconozca?

— No. Este hospital está algo lejos de Berlín. Aquí no es muy conocido el asunto del peaje.

— Ya veo… Otra cosa — volvió a hablar—; Schäfer es muy conocido por allá. La policía lo atrapó varias veces, saben que vive en ese barrio de mala muerte. ¿Por qué rayos no lo agarran y ya?

— Porque las cosas son muy distintas a cómo nos las pintaban en la Universidad, Geo — respondí—. Existen policías que patrullan la zona, miran y no ven. Hay un tipo que se encarga de mantener a la policía tranquila, con un pago mensual, y así los tranzas, narcos, ladrones, etc., pueden transitar libremente. Los oficiales simplemente giran la mirada y ven hacia otro lado.

— No lo puedo creer… — negó indignado—. ¡Menuda seguridad tenemos!

— Es corrupción. Estamos rodeados de ella — Me encogí de hombros.

— ¿Gustav paga esa cuota para andar tranquilo por su zona?

— No. El encargado de eso es alguien de mayor rango… Un narcotraficante conocido en toda Europa.

— ¿Lo conoces?

— Así es — recordé—. Se hace llamar Santos. Vive en una mansión rodeado de putas, matones, seguridad y sus colegas. Y digo colegas porque no se les puede llamar amigos. El tipo está rodeado de gente que le tiene tanto, tanto miedo, que prefieren ser pisoteados y manipulados, antes que asesinados.

— Vaya…

— Sí, tienes razón en sorprendente. Jamás conocí a alguien tan poderoso y con tanta impunidad.

— Y dime, ¿cómo lo conoces? Yo tuve juicios con narcos, pero nunca oí hablar de él.

— Cuando yo iba para ese barrio, no era sólo para drogarme, ¿sabes? — empecé a contar—, yo podía consumir en mi cuarto, en el baño, en la Universidad, en cualquier lado. Yo iba allá para ayudar a Gustav y a Nicolás en ciertos asuntos. Si había que hacer cuentas, alguna visita a algún socio, si había que hacer paquetes de cocaína para los clientes, yo los ayudaba. Me hice conocido en ese lugar; hoy en día todos me saludan y me respetan. Pero un día Gustav me dijo que tenía que ocuparse de algo verdaderamente importante, y lo acompañé porque Nicolás no podía ir para allá después de un enfrentamiento con su gente. Tema de mujeres — resumí y él comprendió—. Jamás había visto tanto lujo junto.

— ¿Cómo tu casa?

— ¡Mejor! Una habitación tenía el tamaño de toda la planta baja de mi casa — reí y él pareció deslumbrado—. Todos le tenían miedo a su alrededor, todos obedeciéndole. Sin embargo, Gustav no agachaba la cabeza frente a él. En ese negocio te tienes que mostrar seguro, sin titubeos, y sobre todo, tienes que tener un semblante irrevocable y altivo. Jamás se dejó pisotear ni por ese sujeto, ni por sus hombres. Es por eso que Gustav anda por la vida con la seguridad de que nadie le puede pisar la cabeza; no logró hacerlo ese tipo, entonces no lo hará nadie — Me puse un poco triste al pensar en un detalle importante. —. Cuando te metes en el mundo de las drogas, sea cual sea tu función, no puedes salir nunca más. En el caso del adicto, es débil para siempre. El que vende, se baja y es comida para los peces al día siguiente — Georg palideció —. Sí, amigo. Cualquiera que quiere salir de ese círculo vicioso, es asesinado por traidor.

— Es terrible.

— No existe la redención, ni el perdón — Tomé aire y lo expulsé con pesadez. —; te lo dice alguien que estuvo a punto de entrar por completo en ese negocio, pero que pudo abrir los ojos a tiempo.

— Caramba… — Nos quedamos en silencio un largo rato, hasta que las sandalias bajas de la enfermera interfirieron entre nuestros ojos y el suelo. Levantamos la cabeza de inmediato y nos pusimos de pie.

— Enfermera Suárez — dijo Georg y yo no comprendí—. Él es Bill Kaulitz, hermano de Thomas. Bill, ella es la enfermera encargada de la salud de Tom — Mi rostro ha de haberse iluminado por completo.

— Es un placer, Bill.

— Lo mismo digo, enfermera. Dígame, ¿hay novedades?

— Yo no debería estar diciéndoles esto, pero entiendo la situación y sé que están aquí hace muchas horas, y creo que es lo justo — dijo—. Logramos controlar la hemorragia que amenazaba la salud del paciente, y ahora estamos desinfectando las heridas y extrayendo sangre para los exámenes.

— ¿Quiere decir que está fuera de peligro? — pregunté esperanzado.

— Si usted llama ‘peligro’ a la muerte, entonces sí. No hay peligro en eso

— ¡Gracias a Dios! — exclamé juntando mis manos a la altura de mi pecho y tirando la cabeza hacia atrás. Me incorporé y aguardé a que continuara.

— Pero ahora queda esperar a que reaccione y llevarlo a la sala de rayos para hacerle unas placas. Hay un golpe en la zona frontal del cráneo que nos preocupa.

— ¿Es por eso que no reacciona?

— Si se trata de un traumatismo, o algo peor, sí. Es por eso. Pero debemos tener paciencia y pensar que es por el impacto y los choques eléctricos.

— ¿Y si es por traumatismo? — No pude evitar preguntar, por mucho miedo que me diera la respuesta.

— Entonces habrá que proceder a algunas drogas para estimularlo y así poder hacer más estudios de alta complejidad… Pero no pensemos en eso — dijo sonriendo finalmente. Tenía un rostro lleno de luz y amor. Era muy bella. —, tenemos que ser positivos. Thomas es un chico muy fuerte, se le nota. Él saldrá de esto.

— Muchísimas gracias, señorita Suárez…

— Por favor, llámenme Priscila — interrumpió.

— Gracias, Priscila — dije sonriendo.

— Ahora, por favor, no digan que filtré esta información, o sino…

— Tranquila, nadie lo sabrá — garantizó mi amigo.

— El próximo parte es recién mañana, y no podía dejarlos con la incertidumbre hasta entonces.

— No hay palabras de agradecimiento, Priscila — repetí, y ella se retiró sonriendo contenta con lo que había hecho. Yo me abracé a mi amigo eufóricamente, cargados de la energía que esa mujer nos acababa de transmitir.

— Todos va a estar muy bien, amigo. Ya verás — susurró pegado a mi oreja y luego nos separamos sin dejar de sonreírnos el uno al otro.

— ¿De qué me perdí? — preguntó Gustav también sonriendo, dándose cuenta de la buena noticia que acabábamos de recibir.

— Lograron parar la hemorragia.

— ¡Qué bueno!

— Lo es — ratifiqué.

— Cortado para mí. Negro para ti — Georg agarró el café que le extendía y le sonrió de lado. Yo me regocijé en ese gesto. Los dos habían dejado a un lado las diferencias y ahora compartían el mismo sentimiento: alegría. Aun Gustav, que no sentía ni el más mínimo cariño por Thomas, hoy se alegraba por la evolución.

— Voy a llamar a Richael para avisarle — Pude notar, cuando Georg dijo aquello, la cara de incomodidad de Gustav. Le dolía tanto como a mí, sin embargo, no dijo nada ni se preocupó en demostrarlo.

— Yo le diré a Jörg cuando vuelva del bufet — dije y una melodía se empezó a escuchar cada vez más fuerte e insistente.

— Disculpen — manifestó Gustav alejándose unos cuantos metros y contestando su llamada.

— ¿Y ahora qué?, ¿vas a ir a descansar como te dije?

— No — respondí y él puso los ojos en blanco—. En estos momentos, John debe estar recogiendo a Helga en el aeropuerto.

— Esa es otra buena noticia — agregó y asentí de acuerdo.

— La próxima buena noticia sería que ese golpe en la cabeza no sea nada grave…

— No será nada. Tengamos esperanzas y buena onda — Apoyó una mano en mi brazo y me sonrió. —. Nada va a pasar.

.

By Gustav

— Dime.

— Sam salió unas horas y afirma que un coche de alta gama lo andaba siguiendo.

— ¿Dónde?

— En el Centro.

— ¿Le dijeron algo?

— No, no. Sólo lo persiguió todo el camino, y cuando entraba a algún local lo esperaba afuera estacionado.

— Lo quieren asustar — dije sin pensarlo demasiado—. Que no vuelva a salir

— Es lo mismo que le dije yo. Está asustado.

— Qué crío más estúpido… — susurré.

— ¿Allá cómo va todo?

— Pararon la hemorragia, ahora hay que esperar.

— Es una buena noticia.

— Sí. En unas horas iré para allá.

— Vale. Te esperamos — Colgué la comunicación y miré hacia atrás, donde ahora estaba Richael con Jörg Kaulitz preguntando por las novedades. No era buena idea volver ahí…

Desde mi lugar, levanté la mano y le hice señas a Bill. A paso animado se acercó hasta mí.

— ¿Pasó algo?

— Nada grave.

— Lo veo en tu cara; pasó algo malo. Dime.

— En serio, relájate — intenté convencerlo, pero no me salía fingir en situaciones como esas. —. Tengo que irme

— De acuerdo… Yo voy a esperar al parte médico de mañana

— ¿Mañana? Ve a tu casa, descansa, come un poco.

— No sé… Veo — Fruncí el seño y me compadecí de él. Tenía unas ojeras bien marcadas en su piel blanca, y sus ojos estaban colorados del sueño.

— Mantenme informado, ¿vale? — Y sin esperarlo, me abrazó como no lo hacía hace mucho tiempo. Yo me dejé hacer y lo apreté contra mi cuerpo. Andaba necesitando ese abrazo fraternal. Mi humor no era el mejor, y temía estar cayendo en una especie de depresión o algo similar. —. Adiós, hermano.

— Cuídate — dijo antes de soltarme.

.

By Bill

Rondaban las tres de la mañana y seguía ahí, firme para mi hermano. Supongo que era una manera de lavar culpas y sentirme menos miserable. Cada vez que mis ojos se entrecerraban del sueño, o mi vientre chillaba del hambre, me hacía sentir mejor. Sonaba masoquista, pero no podrían entenderme.

Con mis dedos entrelazados estaba sentado en una de las butacas de la reducida capilla que tenía el hospital en el mismo piso de terapia intensiva. Le rezaba a Dios para que ayudara a mi hermano, aunque él no creyera en esas cosas. Le pedía que lo hiciera fuerte para soportar, y que los médicos vieran claro y pudieran ayudarlo.

— Hola — Richael sentándose a mi lado me sacó de mis oraciones. La miré dudoso, preguntándome qué mierda quería en esos momentos justamente. —. ¿Podemos hablar?

— ¿De qué podríamos hablar nosotros dos?

— De Gustav — Su respuesta me había tomado por sorpresa. —. Quiero preguntarte algo y necesito que me respondas con toda sinceridad.

— ¿Qué quieres saber?

— A qué se dedica. Eso quiero saber — Desvié la mirada incómodamente. No sabía si era conveniente responder a esa pregunta. Si le decía que su negocio era la droga, sería cuestión de tiempo para unir las piezas, sacar conclusiones y ligarme a él. Pero por otro lado, ¿con qué intensiones seguir negando la verdad? Sí, fui adicto, ¿y? ¿A quién le importaba, si mi talento como abogado no me lo sacaba nadie?

— Yo sé que cuando lo sepas vas a hacer tus jugadas con la prensa y vas a buscar arruinarme.

— No, no. En serio. Dime — Tomé aire y miré al frente buscando las palabras adecuadas ante semejante bomba. Sin embargo entendí que no tenía sentido querer sonar delicado o suave. ¿Para qué? Al fin de cuentas, una noticia semejante le chocaría a cualquiera.

— Gustav es un proveedor de drogas, Richael — Sus ojos se abrieron como platos, pero se quedó callada sin mención de palabra alguna. —. ¿Y bien?

— Bueno… ahora todo tiene sentido.

— Aquí vamos…

— Tantos secretos, tanto problema con la policía, tanta hostilidad con respecto al tema… Tú y tu amistad con él… — Dejó a medio terminar la frase y me llamó la atención ese silencio. —. Tú estabas con él en sus negocios, ¿no?

— Sí. Y además era adicto — reconocí tranquilamente.

— Eso era lo que Axel me iba a contar esa noche… — dedujo en un susurro, atónita—. ¿Tú…?

— ¿Quieres que te cuente lo que pasó con Axel? — Ella asintió de inmediato, girando su torso en el banco hacia mi dirección. —. Todo empezó con un enfrentamiento en el estudio, como tantas otras veces… — comencé—. Axel quería que lo ayudara con un fiscal con el cual yo tenía un buen trato. Yo, sólo para fastidiarlo, me negué porque me tomaba lo de los juicios como una competencia por ver quién se quedaba con la presidencia. Él me amenazó con un juicio en el que compré algunos testigos, pero yo sabía que no tenía pruebas, así que continué negándole mi ayuda. Entonces él dijo que yo tenía un muerto en el closet… Si hubiera sabido que hablaba en serio, lo hubiera ayudado.

— ¿Cómo lo supo?

— La computadora de la recepción.

— Pero solamente tienen acceso a ella Tania y Jörg…

— Exacto. Pero él se metió y hurgó de todos modos. Ahí vio que estuve en Francia por dos años, en una clínica de rehabilitación para adictos — dije y ella bajó la mirada recordando.

— Esa misma noche yo lo esperaba en mi departamento para contármelo.

— Sí. Pero nunca llegó. Sam, Nicolás y un sujeto que se llama Franc lo increparon en el estacionamiento y lo metieron en un auto para llevarlo al barrio donde vive Gustav. Él se encargó de darle una golpiza y cuando llegué yo lo amenacé con que habría consecuencias si no renunciaba y desaparecía de mi vida — Chasqueé la lengua. —. No iba a matarlo, desde luego. Sólo una vez maté a una persona en defensa propia y no es una experiencia agradable, te lo aseguro — La miré finalmente, con resignación. —. Yo puedo averiguarte dónde está viviendo; tengo contactos.

— No lo creo… — susurró cabizbaja—. Gustav me había pedido que averiguara algún punto débil en ti. Te quería débil para que volvieras a él, al barrio. Entonces, cuando tuve la fotografía de los dos, la idea era venderla a algún programa televisivo para que fuera un escándalo internacional — Fruncí el seño procesando la información. Procesando la parte en la que Gustav entraba en escena.

— ¿Gustav tuvo que ver?

— Sí. A cambio, él me daba información sobre Axel. Finalmente se me ocurrió una manera de cumplir con mi parte del trato, y sacar un beneficio de paso.

— Extorsionaste a Thomas — Asintió.

— Cuando Gustav se enteró de mi traición se transformó… Hasta me golpeó — recordó con dolor—. Pero después de algún tiempo me llamó y me dijo que cumpliría con su parte del trato.

— ¿Te dijo dónde encontrarlo?

— Sí. Me dio su dirección y yo me ilusioné con la idea de volver a ver a mi mejor amigo… — Se detuvo y pude ver que secaba su mejilla con disimulo.

— Toma — Le extendí un pañuelo descartable como todo un caballero y ella me sonrió débilmente. Secó su rostro y carraspeó para continuar.

— La imagen que me topé en esa casa, fue horrible… Nicolás fumándose un cigarrillo, Gustav con un revólver y Axel atado a una silla de madera en una habitación revuelta.

— No… — musité con temor.

— Gustav dijo que yo cumplí mi parte a la mitad: tú estabas depresivo, pero yo lo había engañado con tu hermano. Entonces él haría lo mismo: me dejó ver a Axel, pero… lo mató — terminó y soltó un sollozo que se metió en mis oídos como un taladro para mi cerebro. Sacudí la cabeza volviendo a la realidad y la abracé sin pensarlo. Ella me correspondió desesperada, como si de verdad anhelara un gesto así. Lloró en mi hombro con desgarro y arrugó mi camisa entre sus dedos. —. Era la primera vez que veía morir a alguien, y era mi mejor amigo…

— Tranquila… — susurré en su oído y acaricié lo largo de su espalda así calmaba su llanto. Pero también era necesario que se desahogara.

— ¿Y sabes qué es lo que más rabia y dolor me da?

— Dime

— Que siento que estoy perdidamente enamorada de Gustav — dijo apretando más la prenda que cubría mi torso. —. Quise convencerme de que no era así, que estaba equivocada, pero no… Ahora que lo vi, confirmé mi miedo… Es una mezcla de culpa por haberme abusado de su cariño y confianza, y odio porque mató a Axel… Estoy tan confundida — Una de mis manos subió hasta su nuca y la acaricié suavemente para tranquilizarla, pero sus nervios no paraban de manifestarse en las convulsiones de su espalda. —. Él es el único hombre que me ama sinceramente

— Mira Richael, yo te voy a dar mi consejo más sincero a partir de mi propia experiencia — dije y ella me soltó de a poco para poder verme a los ojos—. Gustav me tuvo amenazado durante mucho tiempo con matar a mi padre por un enfrentamiento, y yo pude perdonarlo. Hoy es un gran amigo para mí — Omití la bronca que le tenía en ese mismísimo momento por haber sido partícipe de mi pelea con Thomas. Un tema que arreglaría en breve, sin duda. —. De nada te sirve guardar rencores dentro de ti. La vida es corta y si no haces lo que sientes, no habrá tiempo siquiera para arrepentirse. Si tú puedes perdonarle lo de Axel, entonces es amor que merece ser demostrado. Pero si no puedes, no insistas. Escucha lo que te dicta el corazón, sin oír a la razón — Encorvó sus labios en una sonrisa.

— Gracias, Bill.

— Descuida.

— Quiero que sepas que yo ya había hablado con Thomas acerca de terminar con toda esta farsa del noviazgo por la fuerza. Después de esto serán libres de hacer lo que quieran. No quiero ser parte de una farsa así — Sonreí de lado y asentí.

— Me parece bien que dejes libre a Thomas de hacer su vida, pero lo de nosotros dos no volverá a suceder jamás, Richael. Por mucho amor que haya habido, yo me voy a casar con Andreas — Asintió bajando la mirada al suelo. —. Aunque me alegra que entres en razón.

— Gracias… No pensé que tendríamos una conversación como esta.

— Digo lo mismo — dije finalmente sonriendo.

.

By Gustav

Llegué a mi casa después de cinco horas en un miserable bar, bebiendo mientras veía el partido de fútbol por la televisión del lugar, junto con ebrios y adictos que quemaban allí valiosas horas de vida. Supuse que no había mejor sitio para estar, que ese. Los hospitales me recordaban a las peleas de mis padres, las cuales siempre tenían el mismo desenlace: el hijo mayor aguardando en la guardia a que atendieran a su maltratada madre. Cada médico me recordaba a aquellos centenares que vi que la atendieron a lo largo de mi vida, y hacían la vista gorda a la situación. ‘La justicia que mira y no ve’, como dice la canción. Un supuesto defensor de los derechos de los ciudadanos, una figura pública en la sociedad, atendía a una mujer brutalmente golpeada sin hacer preguntas al respecto. Claro, estamos hablando de hace quince años atrás, aunque las cosas no habían cambiado demasiado tampoco. El año que corre y aquellos que deberían protegernos y servirnos siguen desconociendo la verdadera magnitud e importancia de la violencia de género. ¿Qué pasa en las cuatro paredes de un hogar, en el ceno de una familia? ¿Acaso se justifica la violencia de un hombre a una mujer, o viceversa? ¿Por qué? ¿Sólo porque es una pareja, y se supone que esos tratos están avalados y consentidos? No. Mi mamá amaba a mi padre, y sin embargo éste le pagaba. Desde luego, existen quienes buscan justificar al agresor apelando al ‘algo habrá hecho’. ¿Cómo se puede fantasear siquiera con la justificación a la violencia? Peor aún, si esta violencia tiene lugar en una casa de familia, en un matrimonio y con hijos de por medio. No existe razón, ni circunstancia, que abale una sola bofetada.

A mis dieciséis años me torturaba la sola posibilidad de asemejarme a mi padre. Desde el más pequeño e imperceptible detalle, hasta posarle una mano en el cuerpo a una dama con violencia. Digamos que durante esos largos catorce años, pude romper ese espejo y hacerme solo en la vida, diferenciándome muy bien de aquel hombre; pero hacía unas pocas semanas, había fallado a mi palabra… Los ojos de Richael, la mujer qué más quería, puestos en los míos, desconociéndome cuando mis dedos lucían marcados con morado en sus mejillas pálidas… Le había hecho muchísimo daño a esa mujer; hoy me preguntaba si había valido la pena.

— ¡Hasta que llegas! Te estuve llamando.

— No recuerdo tener una esposa a la que rendirle cuentas —manifesté sin mirarlo al pasar por su lado—. ¿Sam?

— En el baño. No se movió de la casa en toda la tarde y noche — Asentí de acuerdo y abrí el refrigerador casi de manera mecánica. Era costumbre desde pequeño. Abría el aparato y esperaba que apareciera algo nuevo para saborear cada diez minutos. Naturalmente, si eso sucedía, era gracias a mi madre y a sus visitas diarias al mercado. Pero hoy en día, viviendo solo, aquellas visitas a la heladera terminaban en abrir y cerrar la puerta. —. ¿Estás bien?

— ¿Por qué la pregunta? —cuestioné como a la defensiva. Hasta yo me sorprendí.

— Estás callado, y a juzgar por los últimos días, tengo motivos para sospechar.

— Estoy, ¿no? Es lo que importa —respondí—. ¿Qué haremos con lo del auto que lo siguió al Mudo?

— Estuve analizado algunas variantes—dijo enganchándose a mi rotundo cambio de tema—. No podemos atribuírselo a Santos sin pruebas — Volteé la mirada hacia su dirección, cruzado de brazos en el vano de la puerta, y cerré el electrodoméstico al fin. —. ¿Qué pasa?

— ¿Pruebas? —repetí incrédulo—. Tienes que dejar de frecuentar tanto a Bill…

— ¿De qué hablas? Al fin de cuentas tengo razón. No podemos ir con todo el peso sobre alguien sin tener la certeza de que fue él.

— Yo tengo esa certeza —afirmé—. Santos no se va a quedar de brazos cruzados sabiendo que un sujeto perjudicó a uno de sus hombres. Lo sé porque yo tampoco lo haré.

— ¿Estás insinuando que vas a saltar en defensa de Sam sin saber qué sucedió realmente y sin tener pruebas de que Santos envió a ese coche a seguirlo?

— Sí. Pero no lo insinuó; lo advierto — Sam interrumpió el clima tenso cuando, esquivando al corpulento Nicolás, ingresó al comedor mirándonos confundido.

— ¿Qué ocurre?

— Nada…

— No, no digas nada —cortó Nicolás—. Sam, este idiota piensa ir donde Santos y simplemente hacerlo pagar por el susto de esta tarde — Yo revoloteé mis ojos por la sala y finalmente me senté en una de las sillas de madera. Estiré mis brazos sobre la mesa de plástico y respiré pausadamente para tranquilizarme. Lo último que andaba necesitando era pelearme con Nicolás; justo con Nicolás.

— No quiero que te arriesgues así por mí, Gustav. Aunque yo también esté convencido de que fue obra de Santos, es muy peligroso y tú ya te arriesgaste demasiado por mí.

— Yo me arriesgo todos los días, Sam —dije cansado, como quien lee un viejo monólogo y al fin de cuentas nadie puede comprenderlo—. Abrir los ojos y respirar, ya es un riesgo. Acabo de pasar un día completo en un hospital público, colmado de periodistas en el perímetro, aguardando por noticias de un abogado famoso. Me arriesgué a que la policía olfateara mi cocaínico trasero —dije—. A ver si logran entender que no me interesan los riesgos. Los asumo sin problema, siempre y cuando valga la pena. Y mis amigos sin duda lo valen — Sam me sonrió de lado como agradecimiento, mientras que Nicolás continuaba encerrado en su forma de pensar. —. Además conozco a Santos. El mensaje no fue para ti —dije refiriéndome a mi joven amigo—, sino para mí.

— ¿Para ti?

— Sí, Nicolás. El sujeto quiere que le haga otra visita, y lo haré. Hay que arreglar los tantos y poner las cartas sobre la mesa. Si dejamos simplemente pasar el tiempo, esto acabará mal.

— Además no voy a esconderme en tu casa por siempre —añadió Sam y Nicolás puso en acción su peor cara.

— Sigo sin estar de acuerdo.

— Yo no te estoy consultando nada —corté—. Está en ti la decisión de acompañarme o no.

— ¿Con qué objeto hacer todo este circo? —se preguntó a sí mismo deslazando sus brazos y adentrándose más en la cocina. Apoyó sus manos en la mesa e inclinó sus caderas, dejando caer el peso muerto de su cuerpo en una sola pierna. —, si sabes perfectamente que te acompañaré y que asumiremos los riesgos juntos. Es sólo que me gustaría que, alguna vez, escucharas mi opinión. No eres el único que vivió esta vida desde muy pendejo, Gustav —recriminó señalándome con su dedo índice. Yo, desde abajo, sentado, alcé una ceja al oír su tono prepotente y demandante. —. Yo también las he pasado y sé a lo que me enfrento, y si digo que algo no es buena idea, ¡escúchame!, porque por alguna razón lo estoy diciendo.

— Bájame el tono para empezar… —intenté cortar tranquilamente, pero dicho intento fue inútil. Nicolás había entrado en un estado del que era difícil hacerlo salir. Se lo notaba saturado.

— ¡No bajo nada! —gritó—. Soy más grande que tú y pasé las mismas o peores cosas en la vida. ¡No soy un crío, así que deja de tratarme como tal!

— ¡El maldito negocio es mío, imbécil! — Sí. Había explotado. —. ¡Y me valen tus putos años y tus jodidas vivencias! ¡Todos las hemos pasado o no estaríamos aquí! ¿No te parece? — Me puse de pie bajo la nerviosa mirada de Sam, que no estaba acostumbrado a vernos pelear. —. Si no hubiéramos tenido vidas miserables, estaríamos en casa, con nuestras perfectas familias, con nuestros padres y hermanos, con hijos que estudian en colegios de matrículas elevadas, ¡pero ninguno tiene eso!

— Sí que hay alguien —dijo más calmado, pero enojado. Muy enojado. —. Bill

— ¿Qué? ¿Qué tiene que ver Bill en todo esto?

— Dime tú —retrucó enderezándose y alzando su mentón con notorio ego—. Tú lo metiste de nuevo en el barrio, en los negocios y en nuestras vidas como si jamás se hubiera ido, como si jamás se hubiera rehabilitado, como si jamás se hubiera convertido en el abogaducho de clase alta que es.

— Ya es suficiente—interrumpí—. No te voy a permitir que hables mal de él después de todos los años de amistad.

— Sí. Fueron años que se terminaron —dijo—. Porque cuando uno se baja de esto, se baja para siempre. Tú metiste una bomba de tiempo en este barrio, y esa bomba te puede estallar en la cara en cualquier momento. ¿O te piensas que tu queridísimo amigo no te va a delatar a la policía en el primer ataque justicialista que le agarre? Bill cambió, y yo no me fío de ese niño rico.

— ¡No es ningún niño rico, y lo sabes! —exclamé y Sam salió de la cocina luciendo tenso e inquieto—. ¡Me sorprende de ti, Nicolás! El envase no hace a las personas. La esencia sale a la luz con…

— Con los hechos —concluyó la frase que yo siempre repetía—. No me fío de sus hechos, hermano. No me niegues que tanto tiempo de chantajes y ese casi asesinato a su padre se le va a olvidar así nada más — Negó mientras chasqueaba su lengua. —. A mí no se me olvida la muerte de Ian tampoco. Ve con pie de plomo con ese sujeto si sigues en plan de dejarlo estar en tu vida, porque en el primer tropiezo te va a mandar al demonio, y recuerda, Gustav, que si tú caes, caemos todos atrás.

— ¿Crees que no lo sé? ¡Este barrio está en pie gracias a mí! ¡La gente puede transitar tranquila porque yo me aseguré de que así sea!

— ¡Pero mientras tú te dabas la gran vida en ese departamento en el maldito Centro, yo era quien movía los hilos y defendía este lugar! ¡Creo que yo cuento en todo esto!

— Yo no estaba dándome la gran vida —murmuré entre dientes—. La policía estaba detrás de mí, todo era muy reciente. No me vengas con un discurso al corazón, idiota. Yo sé bien lo que soy y lo que hago. A mí no me mueve el dinero. Y respecto a Bill, no dejo de sorprenderme… Tú estuviste con él tanto como yo y sabes todo lo que sufrió en su vida. No es un niño consentido que entró en las drogas por simple aventura.

— ¡Por favor, Gustav, no sobrevalores a las personas! Perder a una madre no te convierte en un conocedor de la vida, ni un sufrido. Es ley natural — Aquello resonó en mi cabeza como un campanario. La serpiente había escupido todo su veneno en la última mordida…

— Tú dices eso porque tienes a tu madre en un geriátrico y le llevas una mísera flor cada dos meses, desgraciado — Caminé algunos pasos rodeando la mesa plástica circular, y me posicioné frente a él. Juro y perjuro que lo hubiera matado a golpes en ese instante, pero tantos años de vida compartidos no podían olvidarse en un segundo. —. Sabes de enfrentamientos, de armas, de drogas, de cifras y de matones; pero no sabes nada acerca de perder a una persona en cuerpo y alma — Pude notar en sus ojos el arrepentimiento, pero no lo expresó en ningún momento. Sus labios apretados, su respiración fuerte y su pecho inflado como pato. Un movimiento en falso, un solo empujón de mi parte, y se me abalanzaba sobre la mesa a ponerme sus puños encima. —. Si estuvieras tan solo en el mundo como lo estoy yo, valorarías a los hermanos que la vida te dio: a los amigos. Pero no. Mides a las personas por el grosor de su cartera, y no por los años y las experiencias compartidas. Quizás para ti Bill cambió, y tal vez hasta tengas razón. Pero si hubo algún cambio en él, ha sido para bien —afirmé con seguridad—. Yo no necesito que alguien se drogue o empuñe un arma para considerarlo mi amigo. Aparentemente tú sí — Me alejé dos pasos e inhalé una bocanada de aire generosa, para expulsarla por mi nariz. —. Ahora lárgate y piensa qué es lo que quieres hacer. Por mi parte, voy a hablar con Santos para defender al Mudo, y voy a seguir apoyando a Bill en lo que necesite. Si quieres, eres bienvenido a mi hogar y a mis planes cuando quieras, sino, no puedo remediarlo — Unos minutos en silencio y finalmente, tomando su chaqueta de cuero del respaldo de la silla, se marchó.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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