«Apostemos» Temporada III

Capítulo 11: Algo habrán hecho

Comenzó a batir el café instantáneo que había empezado a preparar con mucha paciencia a mi lado. Yo estaba sentado, con mi teléfono celular en las manos, arreglando un negocio que sin duda me dejaría miles. Pero podía sentir, sin embargo, cierta tensión imposible de ignorar. Que yo pelee con Nicolás no era usual, y era un tema digno de preocupación.

— ¿Pasa algo, Sam? — pregunté en voz alta, acaparando su atención. Debido a su nerviosismo, se le calló la cuchara al suelo. Yo sólo reí por lo bajo.

— No, no. Todo en orden —dijo—. Continúa

— Bien — Y así lo hice. Seguí enviando mensajes de texto con direcciones, números telefónicos, datos adjuntos, etc.

— Bueno… — Alcé una ceja y encorvé mis labios en una media sonrisa. Conocía de pies a cabeza a Sam. A sus veintidós años de edad, había pasado más tiempo conmigo que con sus padres adoptivos. Digamos que era lo más cercano a un hijo que tenía.

— Eres como un libro abierto para mí, Sam. Anda, te escucho — Dejé el celular a un lado y lo invité a tomar su café junto a mí en la mesa.

— Quiero pedirte perdón por todo, Gustav —comenzó, y a juzgar por su expresión, supe que era algo serio. En verdad lucía arrepentido y dolido. —. Yo estaba haciendo las cosas bien, pero con ese primer mal entendido con Santos, muchos clientes se me bajaron y necesitaba dinero. Como te dije, saqué muchas cosas a pagar y era urgente… Bueno, vi mi oportunidad y la aproveché. No pensé bien las cosas… ¡Estoy tan arrepentido! — Secó una lágrima que caía por su mejilla casi con vergüenza. —. Estuve pensando en ir yo personalmente a la casa de Santos para intentar arreglarlo.

— Ya, ya, ya — Interrumpí apoyando mi mano en su brazo. —. ¿Por qué lloras? No es la muerte de nadie. Cálmate — Sorbió su nariz y bajó la mirada a su taza de café, un gesto que me pareció de lo más enternecedor, pero no lo demostré. —. No pienses en disparates. No puedes ir a la mansión de Santos así nada más, sin que él te haya invitado aunque sea una vez. Y en cuanto a tus deudas, tengo un negocio entre manos —dije— y me va a dejar mucho dinero. Con esa plata puedes pagar todas las cosas que sacaste — Levantó sus ojos de inmediato y una especie de sonrisa se le pintó en los labios.

— ¿Hablas en serio? — Asentí y mi celular sonó. —. ¡Muchísimas gracias, Gustav!

— Está bien, de nada.

— ¡No puedo creerlo! —rió—. ¿Puedo darte un abrazo?

— Oye, tranquilo —corté tomando mi teléfono y abriendo el mensaje de texto.

— Mil gracias. No sé cómo agradecerte todo esto. ¡Eres una gran persona! — Sonreí de lado y continué en silencio, leyendo el texto de pequeñas letras que me hacía arder los ojos. —. ¿Puedo preguntarte algo?

— ¿Uhm?

— ¿Qué hay de Nicolás? — Hice de cuenta que continuaba metido en mis mensajes y que esa pregunta no había surtido ningún efecto en mí. Pero lógicamente aquello fue ficticio. Nicolás era mi gran amigo, mi gran hermano mayor. Cuando me encontré solo en la calle, él me acogió en su casa, él me hizo quien era. Nunca pude siquiera imaginar la sola idea de andar por la vida sin su consejo, sin su soporte en momentos complicados. En pocas palabras, el era un cable a tierra para mí.

— Nada. Lo de anoche no fue más que un intercambio de palabras.

— Pero gritaron, y por un momento creí que habría golpes también.

— ¿Qué quieres que te diga, Sam?, Nicolás es así. Él acumula y acumula, y un día sin pensarlo estalla. No es como yo, que digo las cosas en el momento.

— ¿Tú crees que todo se pondrá bien?

— Sí —dije con incertidumbre, pero queriendo sonar totalmente seguro—. Todo va a estar bien — Él se encogió de hombros y de un sorbo pareció terminarse el café, que en ningún momento me percaté que estuviera bebiendo. Se puso de pie y dejó la taza en la pileta del grifo.

— Tengo que ir a casa de mi madre a buscar algunas cosas… Si me voy a quedar aquí…

— Sí, sí. No me lo recuerdes que me arrepiento —bromeé—. Ve y mándale mis saludos a tu madre — Me paré también y busqué en el refrigerador una botella de agua mineral. Mi estómago estaba hecho un tornado. Si tomaba una sola cerveza, moriría.

Sam estaba por cruzar la puerta cuando sentí la necesidad de abrazarlo, tal y como me había pedido. No me pregunten por qué, ni qué me impulsaba a hacerlo, pero así lo quise en el momento.

— Oye, Samuel — Pocas veces lo llamaba de ese modo, por lo que se giró entre sorprendido y preocupado. Yo sonreí para que olvidara esa preocupación… De chico yo siempre andaba calmando a mi hermanita de su preocupación respecto a nuestros padres, y aunque no supiera qué decir para tranquilizarla, la única manera que me parecía correcta era sonreír. El poder de una sonrisa es incalculable, en serio. — ¿Todavía quieres ese abrazo?

— ¡Claro! — exclamó viniendo hacia mí y abrazándome con fuerza. Yo también lo hice así, como con miedo de soltarlo, queriéndome quedar una eternidad de aquel modo.

— Eres lo más cercano a un hijo que tengo, Sam. ¿Lo sabes?

— Eso debe ser decepcionante para ti —dijo a modo de broma, pero oí un deje de tristeza en su voz. Yo cerré mis ojos aún sonriendo aferrado a su espalda.

— En absoluto. Estoy muy orgulloso — Por un momento sentí que me abrazaba con más fuerza todavía, para luego soltarnos. Lo miré unos segundos y palmeé su mejilla izquierda con cariño. —. Cuídate

— Gracias, Gus — Se quedó un instante más en ese contacto visual y luego se marchó más alegre y jovial.

Yo me quedé sonriendo como un bobo en medio de la cocina.

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By Bill

Después de saludar a la gente que conocía del barrio con un choque de manos, finalmente llegué a la casa que me interesaba. Cargué mis pulmones con el humo de mi cigarrillo, lo retuve y luego lo expulsé de una sola vez. Desde que Thomas había tenido el accidente, había triplicado mi dosis de tabaco diario. Me hacía una escapada del hospital por una de las puertas laterales, en las que los periodistas no se amontonaban como ratas, y fumaba y fumaba. Tom me diría: ‘Dejas una droga y caes en otra’. Me hacía sonreír recordarlo así de protector.

— ¡Bill, hermano! — exclamó Gustav cuando abrió la puerta finalmente. Yo, serio desde un principio, no respondí a su saludo. Sólo le di una última calada a mi cigarro y tiré la colilla a lo lejos. Borró su sonrisa y yo lo choqué con mi hombro, metiéndome en el interior de la casa. —. Claro, pasa. ¿Ocurre algo? — Escuché que cerraba la puerta. Yo expulsé un poco del humo ingerido y me crucé de brazos en medio de la sala, impaciente.

Una vez que estuvo enfrente de mí, ataqué con toda la bronca que tenía en mi interior.

— Ahora mismo me vas a explicar qué tuviste que ver con mi pelea con Thomas —dije y no esperé respuesta—. Me querías débil, depresivo. ¿Tienes idea de lo enfermizo que eso suena?

— Sí —respondió simplemente—. Yo le dije a Richael que vendiera esa foto a una revista o algo parecido.

— ¿Y lo dices tan tranquilo? ¡No tienes cara, Gustav! —grité con furia—. ¿Por qué rayos lo hiciste?

— Primero por venganza, y después por amistad, por muy loco que suene.

— ¿Venganza? —repetí—. ¿Venganza por qué?

— Parece que ya te olvidaste de la muerte de Ian. Pues yo no.

— ¡Fue en defensa propia, Gustav!

— Ve con esas frases ante un juez. Yo no veo las cosas así — Una lavada de manos. Así sonaba lo que decía.

— Te recuerdo que me amenazaste con matar a mi padre, y ese imbécil casi me mata a mí.

— ¿Y yo tengo que recordarte lo del peaje? — Negó reiteradas veces con la cabeza y soltó el aire resignándose. —. Mira Bill, si nos ponemos a analizar cada uno de nuestros actos, te darás cuenta que esto es una maraña de venganzas y revanchas. ¿Qué pretendes con este desplante? Si quisieras estar con tu hermano, no te estarías por casar con Andreas — Me quedé mudo, porque él tenía razón en lo que decía.

— Eso es diferente.

— ¿Por qué lo es? ¿Para ti fue una aventura nada más?

— No… — Mi voz sonó demasiado baja y dudaba que me escuchara. —. ¿Me puedo prender un cigarro?

— Adelante, amigo — Me sonrió ya más calmado y se fue hasta la cocina un rato. Yo me senté en el sofá y allí me tomé la libertad de prender otro cigarrillo. Me sentí mucho más calmado cuando le di la primera pitada. —. Cuéntame de Thomas —gritó desde la cocina, con un ruido de agua de fondo.

— Hoy por la mañana el doctor nos vino a contar las novedades.

— ¿Lo mismo que lo que dijo aquella enfermera?

— No, no. Dijo que Thomas estaba respondiendo positivamente a los estímulos proporcionados, como la luz, movimientos en sus manos… En fin, ya le están haciendo varios análisis de sangre y radiografías.

— ¡Esa es una buena noticia! — Asentí aunque él no podía verme desde la cocina. Le di otra pitada a mi cigarro.

— Ahora lo que necesitamos son dadores de sangre. Yo ya doné, Georg también, Andreas, Richael. Mi padre no puede por sus problemas en el corazón — Escuché un sonido proveniente de él a modo de afirmación. —. Si tú puedes, sería genial que fueras y donaras tú también.

— Yo quisiera, Bill — Volvió a aparecer con dos vasos de whisky en ambas manos. Dejó uno enfrente de mí y se sentó en el mismo sofá que yo, pero al otro extremo y sobre el apoya brazos. —, pero recuerda que yo no puedo donar sangre. Soy un consumidor de drogas.

— Oh, cierto — Me lamenté.

— Pero puedo conseguirte a algunas personas conocidas que están limpias.

— ¿Podrías hacer eso?

— Claro que sí, man. ¿Qué tipo de sangre tiene?

— El más común, cero positivo — Asintió y bebió de su vaso mientras miraba a un punto fijo con aspecto pensativo.

— Mañana mismo estoy en el hospital.

— Gracias, tío — dije sintiéndome aliviado. Todo acerca de ayudar a Thomas me hacía sentir un alivio incomparable en mi interior; ha de ser por la culpa que venía acumulando. —. Oye, ¿en serio sigues consumiendo? — Aquella fue una pregunta retórica, desde luego. Era evidente que consumía, pero rara vez lo hacía frente a mí o alguien más. Desde siempre ha sido así, no es que fuera algo nuevo. Él consumía en la intimidad de cuatro paredes. —. Es decir, ¿sigues consumiendo como antes? — Asintió bajando la cabeza de un momento a otro. Parecía apagarse.

— Si tu pregunta es si me inyecto —dedujo—… Sí. Lo hago de vez en cuando, en ocasiones en que se me parte el cerebro de tantos líos. Algo así como lo que me está pasando ahora, pero peor —rió, yo creo, por no llorar.

— ¿Y nunca pensaste dejar?

— ¿Internarme en una clínica como tú? —asentí—. ¡Ni de coña!

— Si yo pude, tú puedes.

— Bill, yo no tengo dos años de adicto —dijo casi sobre mis palabras, como cansado y abatido—. Llevo catorce años en este mundo, ¿sabes?, es lo único que conozco. La droga me ayudó a sobrepasar momentos muy duros…

— No, no —interrumpí igual que él—. No te confundas. Tú eres quien superas los problemas, no una droga.

— ¡Vamos, Bill! No me hables como uno de esos médicos de granja. No me hables como si tú no hubieras pasado por esto. Todavía hoy, cuando te desbordas, quieres un poco.

— Sí, pero…

— Pero nada, Bill — Se terminó el vaso de whisky y lo dejó sobre su regazo. —. Siquiera tengo un motivo para rehabilitarme, algo a lo que aferrarme para no caer.

— Por ti. ¿Qué mejor motivo que ese? Yo tampoco tenía a qué aferrarme en esa clínica, Gustav. Es más, siquiera quería internarme, yo no decidí nada. Yo caí en el hospital por una sobredosis y al despertar estaba ahí. Mi padre se aprovechó de que todavía dependía de él financieramente y me encerró en ese lugar. Tú tienes la posibilidad de elegir, nadie te va a internar porque eres un tipo grande y responsable de sus actos. Por eso mismo te pido que lo medites, que pienses más allá. Abre tu mente e imagina cómo sería no depender de una sustancia para sentirte bien — Por un momento creí que había logrado tocar una parte sensible de su cerebro, pero luego se puso de pie con violencia, como queriendo huir de su propia realidad.

— Aunque quisiera dejar esto, no podría. ¡Mira a tu alrededor, Bill! Yo soy el que mantiene a este barrio en pie. Alejarme de las drogas significaría dejar sin trabajo y sin protección a decenas de familias.

— ¿Eso qué tiene que ver? — Me detuve cuando pensé dos veces lo que venía a continuación. Sí tenía que ver lo que decía. Él no podía dejar de consumir mientras tuviera kilos y kilos a su alrededor para proveer a otros. —. Vale la pena hacerlo por ti. Además creo que Nicolás está perfectamente capacitado para llevar adelante el negocio.

— No, ni hablar — Negó de inmediato con la cabeza y las manos, totalmente en desacuerdo. —. Anoche tuve una pelea muy fuerte con él y no sé cómo van a seguir las cosas.

— ¿Peleaste con Nicolás? — Reí sin poder evitarlo. —. Discúlpame, pero se me hace complicado imaginar al dúo dinámico peleándose. ¿Puedo preguntar el porqué?

— Emm… —titubeó, algo raro en él, tanto como en mí—, por este tema justamente.

— ¿Quiere que dejes las drogas?

— ¿Eh? ¡No! — Alcé una ceja por su contradicción repentina y su evidente nerviosismo.

— ¿Estás bien, Gus?

— Sí, sí, descuida. Me refiero al trabajo. Eso. Peleamos por temas de trabajo.

— Oh, ya veo… Bueno, yo peleo con todos mis colegas por lo mismo, y sin embargo todo queda en el estudio.

— Es diferente… — Canturreó alejándose hacia la cocina de nuevo. Yo aproveché su breve ausencia para tomar unos cuantos tragos de aquel caro whisky. —; este trabajo no se puede separar de nuestra vida… Este trabajo es nuestra vida — Volvió de la cocina, esta vez con la botella entera de whisky. No me extrañaba de él, ya que era un auténtico adicto a esa cosa. Creo que era su mayor debilidad, más que cualquier droga. —. ¿Más? — A modo de respuesta le extendí mi vaso y él lo llenó. Le di una última calada a mi cigarrillo y lo apagué en el cenicero de metal que estaba sobre la mesa de ratona. —. En fin… Cuéntame de ti.

— Supongo que quieres que te cuente de mi situación con Thomas.

— Por supuesto. Nunca pudimos hablar de esto ahora que lo pienso — Se volvió a sentar, pero ahora a mi lado, como si de este modo pudiéramos entablar un diálogo más íntimo.

— Como bien sabes, conocí a Tom a los quince —comencé bajo su atenta mirada—, y desde un comienzo supe que no sería un hermano común y corriente. Desde ese entonces que andamos en algo raro… Ni sé cómo llamarlo —reí—. Pero de algo estoy totalmente seguro: no es ni un desequilibrio mental, ni una enfermedad, ni una perversidad, ni es obsesión, como creí hace algunos meses. No, no es nada de eso. Es simplemente amor.

— Un momento…— Viré mis ojos al saber lo que venía a continuación. Lo conocía de memoria y esos ojos y esa sonrisa pícara no me podían mentir. — ¿William Kaulitz hablando de amor? ¡¿Dónde está la cámara?!

— ¡Gustav! —exclamé avergonzado.

— ¡Es que esto es épico, viejo! Conociéndote, podía jurar que era sólo una más de tus aventuras de soltero. Lógico que sería diferente, ¿no? Digo, ¡no todos los días te relacionas con un hermano! — Ambos reímos por lo loco que sonaba. —. Pero dime, ahora que pasó todo esto de la foto, de Richael…, de mí, ¿cómo sigue la historia? — Dejé el vaso de whisky sobre la mesilla y miré mis manos entrelazadas sobre mi regazo. Por un momento sentí una tristeza agolpándose en mi pecho, como un dolor que podía rajar mi alma de norte a sur. Era una especie de pelota gigante llena de cemento, pesada, que me rebotaba una y otra vez en el corazón. Sí. Un dolor de esos que se sienten una sola vez en la vida. El dolor del amor.

— Pues sigue — respondí encogiéndome de hombros y haciendo un enorme esfuerzo por no llorar—. No sé qué responderte

— Tú te vas a casar, Bill —dijo apoyando una mano en la curvatura de mi hombro y cuello. —, ¿estás seguro que es lo que quieres hacer?

— No entiendo por qué todo el mundo me pregunta eso — susurré bajando la mirada nuevamente, ya que si continuaba mirándolo a los ojos me quebraría sin remedio.

— Mira, yo sé que estás con Andreas desde hace muchos años, que compartiste miles de cosas junto a él y que lo ves como a alguien que solamente merece lo mejor de ti. Pero, ¡hey! ¡Te tengo novedades! —exclamó con ironía—, ¡Tú también importas!

— ¿Crees que no lo sé? — Lo miré tímidamente, como con miedo de que pudiera leer mis ojos de alguna manera y adivinar todos mis pensamientos. —. Hace poco desperté en la mañana y me propuse aclarar las cosas de una vez por todas. No quería estar peleado con Thomas. Él es la única persona que tengo en el mundo. Él y mi papá, por muy mal que nos llevemos, son mi única familia, y para mí eso es sagrado. Entonces charlé con él y le dejé muy en claro que éramos hermanos y que ese era el trato que quería tener con él de ahí en más.

— Imagino que lo tomó mal.

— Desde luego. No lo supe en ese momento, pero fui muy egoísta. Creí que era lo mejor para ambos, y no pensé en su bien.

— ¿No te suena familiar? — Lo observé lentamente, entendiendo lo que quería decirme en verdad. —. Creo que actuaste igual que como él actuó. Pensaste que lo mejor era guardar esa relación y comenzar de cero como dos hermanos corrientes. Y eso es imposible.

— Sí, sí… Tienes toda la razón — Reconocí secando una lágrima traviesa que caía por mi rostro sin permiso. ¡Demonios! No quería llorar. —. Cuando Andreas me propuso casamiento frente a todos, debo confesar que me sentí muy contento y acepté gustoso… Creí que por fin estaba sintiendo algo más que simple cariño por él. Pero en realidad era todo una confusión — Sujeté mi cabeza con ambas manos bien abiertas y apreté los párpados con todas mis fuerzas. —. ¡Recuerdo perfectamente cómo sequé esa lágrima en el rostro de Thomas y le pedí que no llorara! ¡Fue todo lo que hice! ¿¡Puedes entenderlo!? ¡He sido una verdadera mierda, Gustav!

— Ya, ya… —dijo y me atrajo a sus brazos. Yo me refugié en su pecho como un niño asustado y solté toda la angustia que tenía acumulada adentro. Lloré sin vergüenza ni temor, y él supo respetar mi momento. En silencio, simplemente abrazándome, haciéndome saber que él estaba ahí y que nada podía pasarme. —. Estabas confundido, ¿qué podías hacer?

— Podía haberme puesto en su lugar. Eso podría haber hecho.

— ¿Y qué estás haciendo ahora?

— Ahora es tarde.

— Nunca es tarde para nada — Manifestó elevando el tono de voz por sobre el mío, como regañándome por mi pesimismo.

— Pero me siento muy, muy culpable, Gus… Tom me necesitaba, y yo le di la espalda. ¡Todo esto es culpa mía! Soy un egoísta.

— Deja ya de lastimarte así — Me alejó con sus propios brazos y me plantó frente a sus ojos severos. —, no voy a permitírtelo. Errar es humano, Bill. La vida te está dando una segunda oportunidad con tu hermano. Él se está poniendo bien, ¿o no? —asentí—. Bueno, ahí tienes una señal. Si no recompones las cosas, eres un idiota.

— ¿Cómo se recompone algo así? — Continué con mi postura. —. Le fallé en todo sentido; hasta como hermano… Nosotros siempre estábamos ahí para el otro, y ahora yo no estuve. No fui yo el que fue a socorrerlo a aquella ruta, ni fui yo el que estuvo desde un principio en ese hospital… Le fallé en todo.

— ¿Y como pareja sientes que le fallaste?

— Me voy a casar con otro, ¿no? — Sollocé con más fuerza todavía. —. Creo que eso lo dice todo.

— No puedes unir tu vida a alguien que no amas.

— Lo sé, pero es tarde — Sequé mi rostro y respiré profundamente, calmándome un poco. —. El orgullo siempre pudo más en esta historia. Y las cosas tienen que ser así… De otro modo sólo voy a lastimarlo de nuevo; a él y a Andreas.

— Amigo, vas a tener que elegir. En cuanto elijas a uno de los dos, el otro estará hecho añicos, pero será un daño colateral imposible de evitar — Mordí mi labio inferior para no llorar de vuelta y asentí en silencio. —. Pero no te quedes con cosas para decir. Si sientes algo que nunca has dicho, dilo. Es tu momento. La vida te dio nuevamente a tu hermano porque algo debió haber quedado dando vueltas en el aire, ¿entiendes? — Me sonrió cálidamente. —. Y sea cual sea tu decisión, sabes que aquí estaré.

— Gracias — dije y volví a abrazarlo.

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By Bill

—… y Julieta aceptó a pesar de su apretada agenda en la clínica, así que no podemos decirle que no — Fue lo único que escuché en todo su diálogo. Casi con temor levanté la mirada y me quedé unos segundos en silencio, asintiendo finalmente. Pero a él no le podía mentir. —. No escuchaste ni una palabra de todo lo que dije, ¿no?

— Lo siento.

— Bill, yo sé que no estás para celebraciones por lo de Tom, pero es mi familia, y para ellos sí es un acontecimiento digno de festejar.

— Para mi familia también lo es —defendí.

— Por favor, amor. No es necesario que me engañes a mí. Sé que Jörg lo tomó mal desde un inicio. Y Thomas… Bueno, es obvio — Para no entrar en peleas, preferí callarme la boca y no recriminar eso último. —. Pero vuelvo a lo mismo; mi familia y yo no tenemos nada que ver.

— ¿Tú? —cuestioné—. Entiendo lo de tu familia, pero tú deberías entenderme mejor que nadie.

— Yo te entiendo.

— No parece — Me puse de pie y me calcé la cazadora de un solo movimiento.

— Espera, ¿a dónde vas ahora?

— Al hospital. Se acerca la hora de las visitas y quiero ser el primero en ver a mi hermano — Por el momento no hubo respuestas, pero yo sabía que no se iba a quedar con la espina atravesada en la garganta.

— ¿No vas a pasar a buscar a tu padre? Creo que él también querría verlo contigo.

— No —dije determinante—, iré solo.

— Yo entiendo que sea tu hermano, pero trata de entenderme a mí también — Alcé una ceja de forma interrogante y guardé las llaves de mi carro en el bolsillo de mi abrigo. —. No fueron muy hermanos que digamos. Tú me entiendes…

— Estás siendo muy egoísta —contesté con tono frío y me dispuse a marchar—. Thomas fue mi primer amor y es mi hermanastro, aunque a ti te pese. No me vas a prohibir que él sea el centro de mi atención en estos momentos tan difíciles.

— ¡Vale! ¡Con eso ya has dicho todo! ¡Dejemos en un segundo plano nuestra boda! —exclamó con notorio hartazgo poniéndose de pie y dirigiéndose a su cocina.

Acto seguido, no fui a buscarlo arrepentido por lo que había dicho, como siempre, sino que salí por la misma puerta por la que entré. Sin mirar hacia atrás, sin retractarme. ¡Estaba preocupado por mi hermano! ¿Acaso tengo que pedir perdón por eso? Y lo peor, ¡no podía entender cómo Andreas podía estar celándome aún con ese asunto! A él y a Thomas les dejé todos los temas muy claros… El único que tenía un lío en su cabeza, era yo.

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Estacioné el vehículo en el parking del hospital y casi troté hasta la puerta que daba al subsuelo del edificio. Era un camino un poco más largo, pero que el director del hospital nos recomendó para esquivar a los periodistas que no se movían de la entrada. Yo me pregunto si esa gente come, duerme, vive; porque desde que se enteraron lo del accidente, estuvieron prendidos al edificio como garrapatas a la oreja de un perro.

Apenas entrar, me metí al ascensor que estaba a unos pocos metros. Odiaba los hospitales desde siempre, y no andaría haciendo sociales con todos los médicos ansiosos por saludarme.

Una vez allí, pude respirar aliviado. Ya estaba cerca de ver a Thomas, de poder contemplar su rostro lleno de paz… Pero donde no había paz, era en mi teléfono celular que sonó anunciando la entrada de un mensaje de What’s App.

Era mi padre: ‘Iré al hospital en cuanto termine en el estudio.’ Yo reí. ¿Qué más podía hacer? Ni con su hijo internado deja de lado el trabajo en ese maldito estudio. Pero ése era el tipo que tenía por padre, y sólo me quedaba la resignación.

Las puertas del elevador se abrieron de par en par y ya estaba en el piso de la terapia intensiva. Lo recorrí apurado, notando que había mucha más gente para esquivar ahora.

Pero lo hice entre maldiciones y protestas, y así llegué a la puerta de la habitación de Thomas. El médico estaba parado frente a ella, concentrado mientras anotaba algo en su libreta. Llamé su atención de inmediato cuando me detuve a su lado.

— Licenciado —saludó estrechando mi mano—. ¿Viene por la visita?

— Sí. ¿Puedo pasar ahora? — Soné ansioso.

— Claro. Aún no despertó de la anestesia. Y está débil por las extracciones de sangre. ¿Cree que pueda conseguir más dadores?

— Desde luego. Hoy va a venir un amigo de mi confianza con algunas personas conocidas.

— Es un buen dato. ¿Cuál es el nombre de ese amigo suyo?

— Gustav Schäfer —respondí y él frunció el entrecejo.

— ¿Es algún pariente de nuestra enfermera Priscila Suárez? — Negué de inmediato sin prestarle demasiada atención a su pregunta. —. Adelante —dijo al fin.

Entré al cuarto sin querer hacer demasiado ruido, o como pidiendo permiso. Luego me di cuenta de lo tonto de eso, si Tom estaba inconsciente.

Omití un gritó de alivio y felicidad cuando lo vi acostado en la camilla. Solté la puerta y ésta se cerró sola a mis espaldas, mientras yo prácticamente salía corriendo hacia su dirección.

— Thomi…—susurré. Tapé mi boca para no llorar a los gritos. Era un encontronazo de emociones. Tristeza y alegría, culpa y alivio, bronca y felicidad. —. ¡Qué impotencia verte en esta camilla! — susurré entre dientes. Tomé su mano derecha, que descansaba inmóvil a un costado de su cuerpo, y la apreté con ambas mías, fuerte. Me incliné y besé su frente, por sobre las vendas que rodeaban su cabeza. El golpe… —. No sabes cuánto te necesito, Thomi. Tienes que ponerte bien, tienes que salir de ésta. Yo… — Tomé aire y busqué tranquilizarme. Dicen que cuando estás en aquel estado, sientes todas las vibras a tu alrededor, y no quería que me oyera llorar. Yo estuve así unas tres o cuatro veces, y créanme que al despertar sabía perfectamente quién había llorado, quién me había tocado la mano, dado un beso, o algo similar. Es como una especie de recuerdo de un sueño borroso, pero un recuerdo al fin. —. Lo siento mucho, Thomi… Siento haber sido tan cruel contigo. No hay justificación para mi comportamiento. Y te entiendo… —dije con dolor por no haber sido capaz de comprender las cosas cuando lo tenía parado frente a mí, y tener que haber llegado a una situación tan extrema como esta. —. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste; al fin y al cabo, yo hubiera hecho lo mismo. Tenlo por seguro — Llevé una de mis manos, de su mano inmóvil, a su rostro. Acaricié su perfil con delicadeza y ternura. Delineé su rostro más delgado por los días a puro suero. Estaba pálido y sus labios lucían secos y partidos. Unas ojeras muy marcadas bajo sus ojos cerrados, sumidos en quién sabe qué sueños. Las trenzas de su cabeza estaban desacomodadas sobre las sábanas y la almohada. Sin contar el terrible hematoma violeta en su pómulo izquierdo y otros similares que bajaban por sus brazos. De repente miles de recuerdos se atolondraron en mi memoria. Recuerdos verdaderamente hermosos, en los que él tenía energía y ganas de vivir en sus ojos avellanas.

— No eres ningún monstruo. En la vida todas las personas salen lastimadas de alguna. Tú has sido lastimado, yo fui lastimado, ¡todos! Andreas merece ser feliz tanto como tú. No siempre puedes complacer a todos en el mundo, enano. Sé feliz y sé tú mismo siempre. Elige lo que te hace bien, aquello que te salva… Te hice sonreír.

— Jaja…

—… y reír.

— No sabes cuánto te necesito, Tom… ¡Si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás…! — No pude continuar por las lágrimas atolondrándose en mis ojos y el nudo en mi garganta agrandándose y agrandándose. —. Quiero que me lleves lejos. Como hacías antes… Allí donde nadie nos conocía, donde éramos dos simples desconocidos… ¡Dios, eres lo más importante para mí en todo el mundo! — sollocé sentándome en la silla de junto y apoyando mi frente en su antebrazo. Lloré y lloré de pura rabia, de pura ansiedad por quererlo despierto frente a mí, abrazándome y protegiéndome como siempre había hecho desde que lo conocí. —. Me siento una mierda… — Sentí una mano en mi espalda encorvada e inmediatamente me incorporé por la impresión.

— Lo siento, no quise asustarte —dijo la enfermera y yo me enderecé en mi silla, secándome las lágrimas que empapaban mi rostro.

— No importa…

— Vine a cambiar el suero y se ve que no me oíste entrar —explicó y rodeó la camilla de Thomas con la bolsa de suero en las manos. Comenzó a cambiarlo y yo bajé la mirada por la impresión que me causaba todo eso de las agujas y zondas. —. ¿Puedo preguntarte por qué lloras?, él está bien…— Levanté la mirada a su dirección. —. No, no. Discúlpame —reivindicó apenada—. No tengo derecho a preguntarte eso. Es algo privado, pero soy demasiado chismosa… Lo siento. Olvida lo que te pregunté.

— Está bien —respondí calmándola con una media sonrisa—. Lloro porque de alguna manera me siento muy culpable por todo esto.

— Fue un accidente — Una vez hecha su tarea, caminó lentamente hacia mi dirección y deslizó una de las sillas de similares características hasta mi lado. —, todos los días suceden accidentes.

— Pero yo pude evitarlo, y no lo hice — Intenté no perder la calma en ningún momento.

— No te culpes, Bill… Piensa, si él pudiera escucharte y verte ahora mismo, ¿crees que le gustaría verte en este estado?

— Para nada.

— Entonces cálmate — Asentí en silencio, volviendo a mirar el rostro de mi hermano. —. El amor que le tienes es hermoso… Yo hubiera dado mi vida por tener conmigo a mi hermano mayor.

— ¿Él… murió? — pregunté con temor.

— No lo sé. Pasaron muchos años desde la última vez que lo vi. La verdad que perdí toda esperanza de saber de él.

— Mira, Priscila, yo podría ayudarte, ¿sabes? —dije sin pensar demasiado—. Yo tengo muchos contactos. Si me das su nombre, algún dato de su aspecto, su DNI si lo recuerdas, yo puedo poner a algunas personas a buscarlo…

— Si él hubiera querido verme, hubiera regresado por mí…— De repente salió de su trance y pareció volver a la realidad. Se paró de su silla y me sonrió suspirando. —. Gracias de todas formas. Y aprovecha para decirle a tu hermano todo lo que tienes guardado dentro… Él puede oírte, créeme — Y con esa sonrisa tan cálida y sus ojos verdes brillosos, se retiró de la habitación.

Una vez solo, miré a mi hermano con otros ojos… Era extraño, pero sentía una sensación diferente dentro de mí. Me inspiró una sonrisa de un momento a otro y pensé en hacerle caso a esa enfermera.

Me puse de pie y me incliné hacia su rostro, hasta estar con mis labios junto a su oído.

— Thomi… Mi Thomi— Besé su oreja sabiendo que toda la vida le había causado escalofríos. —…, te amo — dije con los ojos bien apretados, con mi mano todavía sujetando la suya—. Siempre te amé y nunca dejé de hacerlo… Pero, ¿sabes?, cuando despiertes te dejaré libre para ser… Así es mejor… Pero no dudes de mi amor ni por un segundo — Sentí una lágrima caer de mis ojos directo a su almohada. —. Te amo como jamás amaré a nadie — Y justo cuando terminé de decir esas palabras, sentí su mano apretar la mía con una fuerza tan débil, que casi no podía percibirla.

Anonadado me incorporé lentamente y observé nuestra manos juntas, luciendo sólidas ante cualquier circunstancia. Ahí estaba él, inconsciente, pero tomando mi mano.

— ¡Bill! — Giré mi rostro hacia la puerta y vi a una Helga agitada y angustiada.

— ¡Hel! ¡Qué sorpresa! —exclamé soltando la mano de mi hermano y corriendo a abrazarla. La oí sollozar en mi hombro y me apretó bien fuerte contra su pecho de madre, brindándome un calor tan familiar…

— ¿Cómo está mi pequeño? —preguntó de inmediato apenas nos soltamos. Se plantó junto a la camilla y acarició con delicadeza su frente. Besó su mejilla y luego le limpió el labial que le había quedado impregnado.

— Está bien. Débil por las extracciones de sangre, pero está muy bien, Hel — Me paré junto a ella y sonreí al ver aquel cuadro familiar admirable. —. Y ahora que estás aquí junto a él, la mejoría será inminente.

— Yo no sé cómo agradecerte todo…

— Shh… Disfruta este momento con él —dije—. Cuando termines, te invito a tomar un café aquí enfrente. ¿Te parece?

— Me parece perfecto, pequeño —respondió.

— Bien. Los dejo solos — Finalmente me di la media vuelta y salí de la habitación.

Me senté en una de las sillas de plástico de la larga fila. Tomé aire y medité sobre todo lo que estaba sucediendo… Al fin y al cabo, mi padre había predicho todo esto. Se venían tiempos difíciles, y aquí están. ¿Qué más difícil que esto? Todo lo que está pasando en el estudio, con Andreas, con Gustav, con mi padre, y ahora con Thomas. Era demasiado, y no tenía un buen presentimiento.

— ¿Ya lo viste? —preguntó Jörg sorprendiéndome. Estaba vestido de traje, como si del estudio hubiera ido directamente a verlo.

— Sí. Ya lo hice —respondí—. Igual tú no puedes pasar todavía.

— ¿Por qué?

— Porque ahí adentro está Helga — Su rostro sufrió un cambio repentino. La idea no le gustaba en lo más mínimo, pero a mí me valía madres.

— ¿Helga? ¿Y cuándo llegó esa mujer a Alemania?

— Ayer. Se hospedó anoche en un hotel en el Centro, y John la trajo hace un momento.

— Eso explica por qué tuve que tomar un taxi — Alcé una ceja. Aquello me sonaba a un tonto reproche.

— Es la madre de tu hijo, Jórg. ¿Vas a ser tan mezquino de no prestar a tu chofer?

— No dije nada de eso.

— Como digas — No quería discutir con él. Al fin de cuentas lo único que en verdad me interesaba, era que Helga estuviera viendo ahora mismo a su hijo.

— ¿Y cómo está pagando su estadía en ese hotel? —preguntó sentándose junto a mí finalmente.

— Yo lo estoy haciendo.

— Pagaste su vuelo, ahora le pagas un hotel… ¿Eres consciente que hace apenas un mes te saldé una deuda en el banco?

— Si quieres que te devuelva el dinero, lo haré.

— No se trata del dinero —cortó ofendido—, no me hables como si fuera un viejo interesado. Me refiero a tu responsabilidad.

— Soy responsable —dije seguro, volviendo a posar mis ojos sobre los suyos. Me daba asco la clase de persona en la que se estaba convirtiendo. —. No veo a Helga como un gasto; sino como una necesidad. Yo necesité muchas veces a mi madre en situaciones como esta, y era imposible tenerla. No quiero que Thomas pase por lo mismo — No pareció tener respuesta a eso. —. Y volviendo al tema del hotel, sólo será una noche más.

— ¿De qué hablas? ¿Se irá sin esperar que Tom despierte?

— No me hagas reír, Jörg. Sabes que Helga es incapaz de hacer eso. Preferiría dormir en la puerta del hospital, con tal de estar cerca de su hijo. Me refiero a que Helga se va a quedar unos días en casa.

— ¿En casa? —repitió perplejo—, ¿en mi casa?

— No. En la casa de mi madre, de Susan, de Thomas, mía, y claro tuya. Es la mamá de Thomas, ¿puedes entender eso?

— No tengo problema alguno, pero hubiera sido conveniente que me avisaras con tiempo.

— Tom no avisó cuándo iba a tener este accidente —contraataqué—. En realidad tengo otro lugar para que se quede, pero quiero que esté cerca de mí, de las cosas de su hijo. Quiero que conozca a Susan — El otro lugar era el departamento que Thomas compró para nuestros encuentros, ¿recuerdan? —. Además ella me recibió en la intimidad de su hogar; sería injusto dejarla en un hotel, por lujoso que sea, o un departamento totalmente sola. De ninguna manera. Helga se va a quedar en casa, te guste o no —finalicé. La puerta de la habitación de Thomas se abrió nuevamente y dejó ver a una mujer triste, secando sus lágrimas.

— Bill… — Me llamó y enmudeció al verlo a Jörg. Él, al igual que yo, se puso de pie de inmediato y le mantuvo la mirada a aquella pobre mujer, como quien ve a un criminal a los ojos. —. Hola, Jörg.

— Helga… Tanto tiempo. Agradezco que estés aquí, en un momento tan complicado para todos.

— No tienes que agradecerme. Es mi hijo, y prometí que estaría presente para él aunque tuviera que cruzar el mundo entero — Admiré la valentía de esa mujer con cada palabra que salía de su boca. Se estaba enfrentando a su mayor némesis, y lo hacía con una diplomacia heroica. —. Pero todo esto es posible gracias a Billy — Sonreí luego de escuchar esas palabras. —. No quiero hacerte perder más tiempo, Jörg. Puedes pasar a verlo.

— Claro. Con permiso —dijo metiéndose en la habitación como un cobarde. Yo pasé mi brazo por los hombros de aquella mujer y caminé a su par por el pasillo del hospital.

— ¿Sigue en pie el café? —preguntó abrazándome por la cintura.

— ¡Desde luego!

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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