
«Apostemos» Temporada III
Capítulo 12: Milagros rehabilitados
— Un café cortado para la señora, y un cappuccino para el caballero.
— Muchas gracias —dije y el camarero se retiró con su cálida sonrisa
— Qué hermosa cafetería —comentó Helga.
— Aún no conoces los lugares verdaderamente hermosos de Alemania.
— Me hubiera encantado quedarme… Cosas del destino.
— No quiero que te desanimes, ¿de acuerdo? Mejor hablemos de tus días aquí.
— ¡El hotel es maravilloso! Pero insisto en que es demasiado costoso — Sonreí. —. Mejor me voy a otro sitio en tanto Tom se repone. Tengo algunos ahorros…
— ¿Quieres ir a otro lado? Me parece bien. Propongo mi casa — Cuando iba a tomar su café, se detuvo y me observó atónita. —. ¿Dije algo malo?
— Me parece una idea descabellada, Billy.
— ¿Por qué?
— Por tu padre, por ejemplo — Viré mis ojos y bebí mi infusión mirando por la ventana que daba a una tienda de ropa al otro lado de la calle. —. Se le nota que no le agrada la idea de que yo esté aquí.
— ¿Y? Tú no viniste por él.
— Es sencillo decirlo, pero los encuentros y los momentos incómodos son inevitables. Desde luego que no me hospedaré en su casa.
— No es solamente su casa, Hel. También es la mía, y la de tu propio hijo —argumenté—. Quédate, por favor. Me siento en deuda contigo y con Thomas; son mi familia también. No permitiré que estés en un hotel, por muy lujoso que sea, sola.
— Ay, pequeño… —susurró y acarició mi mano sobre la mesa—. Gracias
— Y basta de agradecer —reímos—. Es fantástico que estés aquí. Yo necesité a mi mamá en circunstancias parecidas a esta, y no la tuve. Que Thomas no pase por lo mismo para mí es un alivio.
— Es muy bello lo que dices —dijo emocionada—. Sin embargo, no estás solo. Ya sabes que siempre que necesites hablar, puedes llamarme — Desde luego que no iba a molestarla de ese modo. Siempre que necesito algo, suelo buscarlo en mí mismo, en mi silencio, en mi privada y exclusiva soledad. Pero su ofrecimiento sin duda fue hermoso y bien recibido. Era una madre con todas las letras. Dichosa de la gente como Tom que tienen a sus madres para besarlas, abrazarlas, hacerles café o té, para oler sus cabellos y su ropa, saludarlas antes de ir a dormir y hacerlo al despertar. ¡Qué lindo empezar el día así! Aún conservo en mi memoria los besos de mi madre, y sus caricias. Recuerdo algunos consejos y también sus retos, desde luego. Cuando pasas cada día, cada semana, mes y año, con la costumbre de ver a un ser querido a tu lado a cada instante, llegas a confiarte. Te parece absurda y lejana la idea de que mamá ya no esté una mañana… Para mí fue como una bofetada en la mejilla descubrir que el tiempo con mi madre tenía una fecha para caducar. Es paralizante para cualquiera, ¡imagínense cómo fue para mí! Yo creía que mi madre viviría lo suficiente como para verme hecho un abogado exitoso, conocer a mi pareja, darle nietos y hacer esas clásicas reuniones familiares recordando anécdotas de la infancia. Vi mi mundo derrumbarse ante mis ojos de un minuto a otro y conocí la verdadera impotencia de no poder detener el paso del tiempo, ni esa horrible enfermedad que la carcomía por dentro. —. Bill, ¿estás bien?
— Sí… —respondí y llevé el cappuccino a mis labios.
— ¿Cuándo debo ir a hospedarme a tu casa?
— Hoy mismo. Llamaré a John para que te acompañe al hotel a buscar tus pertenencias y esta noche la pasas en mi casa —dije secándome la boca. Me miró sonriendo y asintió. —. Te vas a sentir muy cómoda con Susan, la mujer que empezó siendo una simple mucama, y a la que hoy llamo ‘mamá’
— ¡Qué hermoso! —exclamó—. Estoy ansiosa por conocerla.
.
By Gustav
— Por aquí era… —dije más para mí mismo que para mis acompañantes. Juan, Rodrigo e Ismael eran los más sanos que conocía. Además, me debían una de las tantas veces que había salvado los sucios traseros de sus padres en más de una negociación.
Llegué a un punto que reconocí de inmediato. Me paré frente a la puerta de la habitación de Thomas y miré a ambas direcciones del hall. Ya había hablado en recepción y mis tres compañeros tenían sus planillas llenas, listos para hacer la transfusión.
— ¿Y ahora?
— El doctor debe estar adentro — Le respondí a Ismael, un soquete de veintiún años recién cumplidos que le tenía más miedo a las jeringas que a uno de esos monstruos de las películas que tanto le gustaba ver. —. Es él —anuncié viéndolo venir por el lado izquierdo del largo corredor.
— Caballeros —saludó y yo estreché su mano.
— Buenos días, doctor. Ellos tres vienen a donar sangre — Extendió su mano para que le cediera las tres planillas. Las revisó velozmente y luego asintió.
— Usted es…
— Gustav Schäfer.
— Sí. William me dijo que usted vendría — Volvió sus ojos a las hojas y frunció el seño.
— ¿Algún problema, doc?
— No veo su planilla, señor Schäfer.
— No, es que no puedo donar sangre —respondí sin incomodidad alguna.
— ¿Algún motivo en especial?
— Consumo drogas — Abrió sus ojos como si hubiera confesado un crimen en sangre fría. Luego, simplemente asintió y les hizo un gesto a mis compañeros para que lo siguieran.
— Gustav… —susurró Ismael.
— ¡Vamos, idiota! —dijo su hermano Juan y le dio un golpe en la cabeza para sacarle el miedo. Yo reí a la par de Rodrigo y me senté en una de las tantas sillas de espera, viéndolos encaminarse hasta la sala de extracciones. Ya estaba hecho. Hice mi buena obra del día; hoy dormiría bien.
Saqué mi teléfono del bolsillo de mis jeans y comencé a manipularlo con habilidosas manos. Nicolás me había enviado un mensaje de texto y había olvidado responderle. «A las cinco en punto… Gracias por tu apoyo, aunque nunca lo dudé», escribí. Sonreí de lado por lo único bueno que rescaté entre tanta mierda que me andaba pasando. Nicolás siempre firme a mi lado, aunque quiera romperme la cara de a momentos.
— Disculpe, ¿puedo ayudarlo con algo? — Me preguntó una voz parada frente a mí. Yo levanté la mirada lentamente, casi con temor… Ustedes se preguntarán por qué; pues aquella voz me sonó muy familiar… Tan familiar que un escalofrío me recorrió la médula espinal de punta a punta. —. Señor, ¿viene a visitar al paciente Trümper? — Me volvió a llamar cuando todavía no me animaba a mirarla a los ojos. Pero finalmente llegué hasta su rostro…
— Priscila… —musité con un hilo de voz. No sé de dónde saqué energías para pararme, ya que mis piernas parecían estar hechas de gelatina. Ella retrocedió un paso por la cercanía de nuestros cuerpos, pero yo ignoré eso y el miedo en su rostro. Me tomé unos minutos para mirarla, para examinar para facción de su rostro, sus ojos, su boca, su nariz ahora perforada por un pequeño brillante celeste, y su piel blanca como siempre había sido.
— ¿Tú…?
— Soy yo, Pri… — Mi voz se quebró con aquellas simples palabras e inmediatamente cayeron dos lágrimas grandes que terminaron chocando con mis zapatillas, en el suelo.
— ¿Gustav? — Ella también lloró de un momento a otro, anonadada. Dejó caer al suelo involuntariamente la libreta que tenía en las manos y sus labios comenzaron a temblar.
— Sí, Pri, soy yo — Acerqué mis manos a ella y la tomé por los brazos. Ella miró este gesto perpleja, como quien es tocado por un fantasma. —. ¡Ven aquí, hermanita! —dije antes de abrazarla efusivamente, sintiéndola pegada a mí, haciendo brotar la dicha de mi interior. Después de unos largos segundos, pareció reaccionar y me abrazó también. Sentí que se aferraba a mi chaqueta y oí sus sollozos entreverados con su risa.
— ¡No lo puedo creer! ¡Eres tú!
— ¡Soy yo, hermanita, soy yo! — No podía dejar de llorar y reír. Mis brazos temblaban, mi voz se quebraba y mi cabeza no podía procesar tantas emociones de una sola vez. Todas las preguntas que había acumulado con el correr de los años, ahora se esfumaban. Todas las cosas que quería decirle, ya no estaban, al menos por el momento. Mi cerebro estaba nulo. Sólo podía agradecer, nada más.
— Dios… Esto es increíble —repitió—. ¡Gus! — Jamás me gustó tanto que me llamaran por aquel diminutivo. Su voz seguía siendo lo suficientemente chillona como para recordarla a sus trece años.
— Mírame, mírame —dije soltándola, pero no del todo. Volví a tomarla por sus brazos y examiné de nuevo su cara, ahora con una sonrisa. —. ¡No hay duda que eres tú! Podría reconocerte entre un millón de personas.
— ¡Tú sí que has cambiado! — Ambos reímos. No podíamos hacer otra cosa más que reír; reír y llorar a la vez.
— ¡Hay tanto que quiero decirte, tanto que quiero preguntarte…!
— Yo igual.
— Imagino que…
— No —cortó cuando sentí una leve tristeza comenzar a crecer en mi interior—. Por favor, no borres esa sonrisa de tu rostro. Ya habrá tiempo para todo eso… Ahora quiero pedir el día libre y hablar contigo… No sé, quiero saber de ti — Asentí reiteradas veces.
— Aquí te espero, hermanita —dije—. No me iré de aquí sin ti.
— Ahora regreso —anunció y se agachó para tomar su libreta nuevamente. Me miró de nuevo, sonrió y corrió pasillo arriba. Yo me quedé mirándola como embobado, sin poderlo creer. ¡Había encontrado a mi hermanita! ¡Carajo!
Solté una risotada mirando al techo del lugar, como agradeciendo a algún dios o algo así. ¡De alguien tenía que ser obra semejante milagro! Tomé el poco cabello que tenía y luego lo sobe de un lado al otro, bajando por mi frente y finalizando en mi rostro, el cual sobé una y otra vez. No. No era un sueño. Era realidad. Finalmente, no estaba tan solo.
.
By Tom
Luz. Demasiada luz. Una luz que cegaba mis ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo? Años seguramente.
Silencio, así como la luz, demasiado. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? La cama no era como la mía; era más dura y reducida.
Apreté los ojos con fuerza e intenté de nuevo abrirlos a un tamaño normal. Un poco mejor, sí.
Las paredes eran color verde claro, con pequeños cuadros de imágenes indescifrables para mis adormilados ojos. Todavía no entendía nada.
Enfrente, una puerta blanca con una ventanilla arriba, y a mi izquierda aparatos extraños. ¿La habitación de un hospital?
Por fin dejé de ver tan borroso y pude abrir los ojos con normalidad. Quise mover uno de mis brazos, pero sentí que tiré de algo. ¿Zondas?
Al fijar mis ojos a la izquierda, pude ver a una muchacha sentada en una silla, a un costado de la que, descubrí, era mi camilla. Leía una revista como al pasar, de puro ocio, pasando las páginas sin prestar mucha atención. Su cabello castaño estaba hecho un rodete a lo alto de su cabeza. Un flequillo de lado cubría uno de sus ojos y un pañuelo a modo de vincha le daba un estilo hippie.
— ¿Quién eres? — Mi voz había salido ronca y rasposa. De hecho ardió mucho. Quise incorporarme en la camilla, pero una fuerte punzada en mi frente me lo impidió. —. ¡Aaahg!
— Ey — Apenas me escuchó, levantó la mirada y me dejó ver sus ojos marrones, brillosos y grandes. Podía jurar que había visto esos ojos antes. —, tranquilo. Te diste un fuerte golpe ahí —dijo refiriéndose a mi cabeza. Yo la miré dudoso, con desconfianza.
Se puso de pie y pude verla mejor. Seguro tenía unos veintitrés años, o un poco más. Su atuendo era ligero y aparentemente cómodo. Jeans azules holgados y un sweater negro con unas cuantas líneas blancas horizontales en el pecho.
— ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Qué hago yo aquí?
— ¡Cuántas preguntas, tío! —dijo y rió, pero yo no le encontraba la más mínima gracia a la situación—. Yo fui quien llamó a la ambulancia en la ruta. ¿Te acuerdas del accidente, no?
— ¿Accidente? — Lo último que recordaba era la fiesta de mi padre. Hablé con Lucas y Tania, que me contaron que estaban en pareja. También estaba Georg ahí. Luego… —. Bill… —susurré con un dolor profundo en el centro del pecho. El anuncio. Lo recordaba perfectamente.
¿Después? Después huí, desoyendo los llamados de mi padre desde su mesa. Me subí al carro y empecé a conducir a toda velocidad. Agarré la ruta sesenta y dos con la lluvia empañando el parabrisas. Recuerdo que el celular sonó y Georg me preguntó dónde estaba; había mencionado algo de Jörg que no podía recordar. Y luego algo vino a mí… Era algo grande, blanco, con luces… El sonido del claxon y un grito. Mi grito. Después de eso, una larga laguna en mi cerebro.
— ¿Y bien? ¿Lo recuerdas?
— Sí… Aunque todo es demasiado difuso…
— Calma. Estuviste varios días inconsciente — Dejó la revista a un lado y me sonrió. —. Deja de mirarme como si fuera a matarte, Tom.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —rió—. ¿Siempre eres tan paranoico? La policía encontró tu documentación en la guantera.
— ¿Y qué hacías tú en la ruta a esa hora con el clima como estaba?
— Soy trotamundos —respondió encogiendo un hombro—. Tuve mala suerte y se largó a llover, ningún auto quería llevarme. Vi el accidente y ayudé, es todo.
— Tú me salvaste… —susurré atónito—. Gracias
— Olvídalo — Me guiñó uno de sus ojos cafés y de alguna manera me sentí más seguro y confiado. —. ¿Cómo te sientes?
— Me duele todo — Solté una bocanada de aire y cerré mis ojos un instante. —, y me siento débil.
— Ya te repondrás… Ahora dime tú qué hacías a esa hora en esa ruta y con el clima como estaba —repitió burlona.
— Escapaba.
— ¿Eres un prófugo o algo así? — No supe si eso era una broma o si en verdad pensaba de ese modo.
— No. Escapaba de algo peor que la policía. Escapaba de mis problemas.
— Uy, no — Se apoyó en la barandilla de la camilla, en una posición más cómoda. —. De eso no se puede huir, Tom. Esos te persiguen adonde quiera que vayas — Asentí mirándola, como estudiando todo su ser. Era extraña. Jamás la había visto y ahora estaba ahí, hablándome como si me conociera de toda la vida. —. ¿Puedo preguntar de qué se trataba?
— El amor de mi vida se va a casar — dije con dolor—. Ya está. Lo perdí para siempre.
— Bueno, si es el amor de tu vida, no existe un ‘lo perdí para siempre’ —dijo—. El amor, si es verdadero, es invencible. Ni la muerte lo apaga.
— Eso suena bien para un cuento o una novela, no para la vida real.
— Dices eso porque ves todo gris. El tiempo va a curarte. El tiempo va a hacer que todo se aclare. Confía — Clavó su mirada en la pared y parecía recordar algún tiempo pasado, como si le costara comenzar a verlo con claridad, pero aun así ese recuerdo estaba latente en su memoria. —. Mira, yo le decía a mi hijo que cuando veía todo oscuro, todo negativo, se sentara un momento y pensara fríamente. Que cruzara al otro lado de la calle y viera las cosas con más calma, con más inteligencia — Sonrió inconscientemente, y sus ojos brillaron todavía más. —. Cuando uno piensa las cosas en frío, encuentra la solución… De hecho todo tiene solución, menos la muerte. Eso es cosa del destino. El amor también lo es — Volvió a posar sus ojos en mí. —. Es destino puro. Cuando hay amor, es inevitable que terminen juntos, aunque tengan que pasar años.
— ¿Y si él no me ama? — Fue una pregunta más para mí mismo que para ella.
— Te hubieras dado cuenta — Claro. Era muy simple.
— Me siento tan confundido últimamente… No creo tener certeza acerca de nada en mi vida — Me ofusqué. —. ¿Y tú qué haces aquí conmigo, si tienes un hijo?
— ¿Y eso qué tiene que ver?
— Bueno, por tu apariencia debe ser pequeño.
— No es pequeño —dijo divertida.
— Pues lo habrás tenido como a los dos años — Ella rió. Era muy hermosa cuando sonreía.
— ¿Cuántos años crees que tengo, Tom?
— Unos veintitrés aproximadamente.
— Bien, es aceptable — Borró de a poco su sonrisa y nuevamente pareció recordar algo. —. Mi hijo es lo suficientemente grande… Él está bien.
— ¿Segura? — Pregunté eso porque no se notaba muy convencida de sus palabras. De hecho su voz había titubeado bastante en esa última frase.
— Sí… — Bajó la mirada. —. Y si no está bien, ya va a estarlo. Él es fuerte sin duda y ha pasado por cosas peores.
— ¿Por qué dices eso? ¿Y si te necesita justo ahora?
— Él me necesita siempre — Con su cabeza agachas, noté que secaba una lágrima de su mejilla. Intentó ocultar su tristeza cuando me miró y sonrió, como si no hubiese pasado nada. —. Pero, ¿sabes?, estoy muy orgullosa de que pueda salir adelante sin mí.
— ¿Tuviste que dejarlo?
— Sí, Tom — Yo me acongojé por ella. Parecía que lo había hecho contra su propia voluntad. —. Así es el destino — Tomó aire y pareció transformarse de un momento a otro. Lucía renovada, con más alegría en su expresión. —. Me alegra que estés bien
— Gracias…, por esto y por todo. Nunca me voy a olvidar que me salvaste la vida. Te debo una grande.
— No, Tom. Yo te debía una y ya me la cobré — Fruncí el seño.
— ¿Qué? — Sin responderme, posó su mano sobre mi frente, justo sobre la venda que cubría toda mi cabeza. Sin embargo, aunque creí que lo haría, no dolió en absoluto, y una sensación extraña me invadió. Era como un escalofrío, pero que a cada centímetro recorrido en mi cuerpo, dejaba un rastro de paz y tranquilidad. Sentía que cada hematoma en mi cuerpo dejaba de producirme dolor. Podría decir que era casi mágico, aunque sonara absurdo. De un momento a otro, su expresión cambió también. Con una sonrisa serena dibujada en su rostro, comenzó a llorar sin razón aparente. Las lágrimas simplemente caían por sus mejillas, hasta perderse en su cuello. Le hubiera preguntado cuál era la razón de su llanto, pero no podía hablar. Era como estar paralizado.
— Dile a Billy que lo amo. Ni la muerte ha podido cambiar este amor — ¿Cómo era que lo conocía? —. Dile que estoy orgullosa del hombre en el que se ha convertido; es lo que siempre soñé para él — Podía sentir cada una de sus palabras. ¿Quién se suponía que era esa mujer…? —. Dile, Tom, que cada vez que él necesita uno de mis consejos o mis abrazos, yo estoy a su lado… Siempre estoy cuidándolo — Su voz se quebró por un momento debido al llanto. —. Cuando no sabe adónde ir, yo estoy marcando el camino para que no se pierda… Dile que siempre estoy junto a él y siempre lo estaré. Que no se sienta solo — Me miró de un modo extraño. Era como me miraba mi madre cuando se compadecía de mí. Esa mirada de paciencia y compresión infinita. —. Y a ti, Thomas, te estoy eternamente agradecida por todo lo bueno que sembraste en él. Todo va a estar bien… Confía, como te dije — No pude pronunciar palabra en ningún momento de su conmovedor discurso. —. Debo irme. Dale un fuerte abrazo de mi parte a Billy. Y tú recupérate — Alejó su mano de mi cabeza y fue ahí cuando pude reaccionar. Parpadeé varias veces y volví a sentir mi cuerpo, pero ahora más liviano. Los brazos ya no me dolían, tampoco las piernas, y mi cabeza estaba como nueva. Remojé mis labios mirando donde tenía el suero conectado a mi brazo como para caer en cuenta de que estaba en el hospital todavía, que podía confiar en lo que mis ojos veían. Cuando realmente reaccioné, la vi alejarse hasta la puerta.
— ¡Alto! —grité ya sin aquel ardor fuerte al hablar. Ella se giró y me miró sonriendo. Su rostro ya estaba totalmente seco. —. Dime quién diablos eres y por qué conoces a mi hermano tanto como para amarlo. Anda, ¿cuál es tu nombre? — Ella rió por mi desconfianza y con voz dulce me respondió.
— Mi nombre es Simone — Abrí mis ojos como platos y ya sin problema me pude sentar en la camilla con ayuda de mis brazos.
— ¿Qué…? — No dejé que mi cerebro callera de nuevo en trance. ¡Tenía que actuar rápido! —. ¿Cómo que Simone? ¡Simone murió! — La puerta se abrió desde afuera, justo a su lado, y una enfermera se hacía paso a la intimidad de la habitación. —. ¡Enfermera, deténgala! —exclamé totalmente enceguecido. La mujer se quedó parada en la puerta, con una ceja en alto y mientras tanto la tal Simone pasaba tranquilamente por su lado, saliendo de la habitación. —. ¡¿Qué no me oye?! ¡Deténgala, que no se escape!
— ¿Quiere calmarse, Trümper? —dijo con cara de pocos amigos. Cerró la puerta y avanzó hacia mí.
— ¡Usted no entiende, maldita sea! — Nadie podía pararme. Estaba fuera de mis sanos cabales. —. ¡Salga y llame a esa mujer, por favor!
— ¡Trümper! — Su grito me asustó y la miré a los ojos con temor. —, no había ninguna mujer ahí. Ahora deje de gritar o voy a tener que llamar al doctor para que le aplique algún calmante.
— ¿Cómo dice? —musité con un hilo de voz. La mujer de unos cuarenta y tantos años retiraba mi bolsa de suero y colocaba una nueva. Luego, me miró de pies a cabeza.
— ¿Puede recostarse, por favor? No entiendo cómo se pudo sentar…
— ¿Cómo que no había una mujer? ¡Yo la…! — Entendí… Entendí lo que había ocurrido. —. No lo puedo creer… Simone me salvó la vida — Sonreí como un tonto. ¡Había sido parte de un milagro!
— Recuéstese, Trümper. Voy a dar aviso de esto al médico —dijo tratando de ocultar su sorpresa por mi estado, el cual yo tomaba como algo muy normal en realidad.
La enfermera salió y yo me recosté lentamente, sin poderlo creer todavía.
— Simone… ¡Dios santo! — Creo que era la primera vez en toda mi vida, que invocaba a aquel sujeto.
.
By Gustav
Entró a mi casa y observó casi todos los rincones con una sonrisa boba pintada en la cara. Me hubiera gustado estar viviendo en el departamento del centro, ya que mi hermana parecía una mujer con todas las letras como para estar pisando aquel barrio inmundo.
— Disculpa el desorden…
— No pasa nada, Gus. El desorden siempre ha sido tu característica principal —dijo sonriéndome por sobre su hombro. Yo me contagié de ella y me sentí más cómodo y relajado. —. ¿Tienes algo para tomar?
— ¿Una infusión o algo de alcohol?
— Un té, por favor — Asentí y me metí en la cocina dejándola sola en la sala. Una vez solo, palmeé mis mejillas para corroborar si no estaba soñando todavía. En efecto, ella estaba ahí conmigo, en mi casa, en mi sala. Me sentía feliz. —. Bueno, cuéntame — Rompió el silencio de mi cocina ingresando y recargándose en el marco. —. ¿A qué te dedicas, qué haces para vivir? Noté que eres muy conocido y querido; ha de ser algo lindo.
— Preferiría que habláramos primero de ti, Pri — Al menos, si le contaba lo horrible de mi profesión y decidía escapar entre enfadada y decepcionada, ya sabría de ella y su vida.
— Bueno, me recibí de enfermera hace tres años
— Como querías —agregué con orgullo.
— Como quería, es cierto. Vivo en Gral. Wagner con mi prometido.
— ¿Prometido? — Puse la pava con agua en el fuego y crucé mis brazos como ese hermano sobre protector que nunca pude ser. —. ¿Cómo es eso?
— Ya no soy una niña de trece años, Gus.
— ¡No, si me doy cuenta! —reímos—. ¿Hace cuánto lo conoces?
— Hace dos años. Es psicoterapeuta.
— ¡Caramba! No me esperaba que tuvieras pareja, hermanita.
— ¿Y tú? ¿Tienes pareja?
— Recientemente terminamos… — Ella hizo una mueca de pena.
Apagué la cocina y vertí el agua caliente en una taza sobre la mesada. Sumergí un saquito de té en ella y lo dejé reposar unos minutos. —. Está bien. Así debía ser…
— Espero que todo mejore, Gus.
— Gracias.
— Vamos, ahora cuéntame de tu trabajo — Como modo de evasión volví mi atención al té que le estaba preparando.
— Ven. No quiero tener secretos contigo —dije caminando hacia el living bajo su atenta mirada. Pasé junto a ella y continué hasta el largo sofá frente al televisor. Estaba encendido totalmente en vano, ya que me había marchado a la mañana temprano. Eran las dos de la tarde. Genial. Tenía tiempo suficiente para hablar con mi hermana y luego ir donde Santos.
Apagué el aparato y dejé la casa envuelta en un tenso silencio. Me senté y ella me imitó. Le di su té y le dio algunos sorbos sin apartar esa mirada preocupada de mi figura.
— Sea lo que sea, puedes decírmelo.
— No fue fácil para mí hacerme un hombre a los dieciséis años, Priscila —comencé con la mirada clavada en mis manos entrelazadas entre mis rodillas—. Nicolás me acogió en su casa. ¿Te acuerdas de él, cierto?
— Sí. Recuerdo que era mayor que tú y que mamá se molestaba cuando te venía a buscar.
— Bueno, él me ayudó a sobrevivir. Desde un primer momento vine a vivir aquí, a este barrio. Tuve que luchar para ganarme el respeto y el saludo de quienes eran grandes. Fue difícil al principio. Pero con la mayoría de edad, vino una oportunidad única. La oportunidad de entrar en el negocio que mantiene a este y a cualquier barrio de pie, definitivamente.
— Imagino que no es nada bueno.
— Imaginas bien. Es el negocio del narcotráfico de drogas — Levanté mis ojos con temor, y vi que tomaba una gran bocanada de aire sin alterar su expresión facial. No se horrorizó, ni mostró decepción; aunque era lógico que estos sentimientos estaban aflorando en ella, no fue explícita sólo por mí. Me sentí confiado para continuar. —. Pasé por cosas muy complicadas; traiciones, deslealtades, abusos de confianza, muchas muertes y muchos fantasmas atormentando mi cabeza. Pero jamás cedí. Y no podría hacerlo ahora tampoco, ya que soy alguien muy importante en este barrio. Junto con Nicolás nos hicimos desde abajo para ser hoy los que lo manejan, los que mantienen a un montón de familias con sus platos de comida en sus mesas. Quizás no sea lo que mamá soñó que sería, ni lo que tú imaginaste que sería, y hasta lo que yo hubiese querido, pero soy esto al fin y al cabo. Puedes tratar de entenderme y quedarte en mi vida, o simplemente lo voy a aceptar y te veré partir ahora yo a ti — Su mano se posó en mi rodilla cuando yo estaba completamente resignado a su decisión de abandonarme. Creí que me pediría que llame a un taxi y le abriera la puerta para ya no volver a aparecer. Sin embargo, su sonrisa me dijo otra cosa.
— Adivino lo que estás pensando. Crees que me voy a ir corriendo y que jamás volverás a verme, ¿cierto? —asentí débilmente, como un cachorro asustado—. No te niego que estoy sorprendida y asustada, pero soy consciente de todos los años que pasé preguntándome en dónde estaría mi hermano mayor. Te extrañé toda mi vida, Gus, y no seré tan tonta de dejarte ir de nuevo — Sentí las lágrimas brotar de mis ojos sin control alguno. Algo raro en mí, que no dejo que nadie me vea llorar, que nadie vea lo frágil que en realidad soy. Como todas las personas que se muestran duras e indestructibles, es porque en el fondo quieren ocultar algo. Quieren que algo no se vea.
— Gracias, hermanita —dije secando mis mejillas de las lágrimas derramadas.
— De nada… Pero tengo una pregunta acerca de esto que me da algo de temor hacerte…
— Házmela por favor. No quiero esconderte nada.
— Bueno… — Dejó la taza de café a un lado, sobre la mesilla de madera, y tomó mis manos con fuerza. Yo presentía de qué podría tratarse. Era casi una certeza. —, quiero saber si tú consumes drogas, Gustav — Dije que no le escondería nada, pero mi temor a su decepción me paralizaba. Después de tantos años no quería perderla. Ella era una mujer de trabajo, que tenía una vida normal y correcta. Nuestros caminos se separaron y tomamos distintas direcciones. ¿Era justo martirizarme por ello? Era un niño y no tuve demasiadas opciones. Era esto o robar para poder comer algo al final del día. No estaba orgulloso, pero sí satisfecho.
— Sí. Yo me drogo desde los dieciséis — Noté que tragaba con pesadez y apretaba más mis manos. Asintió asimilándolo y luego me sonrió de lado.
— Me gustaría que meditaras qué quieres hacer al respecto.
— ¿A qué te refieres?
— Hemos perdido muchos años de nuestras vidas separados, Gus; no quiero que los próximos años separados sean porque te moriste gracias a esa basura.
— ¿Morirme? — reí negando divertido—. ¿Sabes cuántos años llevo en esto? No me voy a morir.
— No sé… Me gustaría que evalúes el dejarlo.
— Tranquila, Pri — Le sonreí para tranquilizarla, pero noté que no había surtido efecto. —. Por todo esto es que no volví jamás por ti… ¿Qué clase de vida podía ofrecerte?
— Pudiste visitarme al menos — Me reprochó al soltarme y volver a agarrar su taza de té.
— Ponte en mi lugar, por favor. ¿Cómo esperas que vuelva a la casa en donde vivía ese enfermo mental? No me fui en buenos términos y temía que tomara represarias en tu contra. Siempre me pregunté si tuviste que vivir lo que yo.
— Los golpes siguieron algunos meses. Papá te buscó, y mamá se entristeció demasiado. Mi vida fue una auténtica mierda, pero jamás me puso un solo dedo encima — Pude respirar aliviado luego de eso. — Además, él ya debe estar pagando sus culpas en dondequiera que esté.
— ¿Murió? — Quizás no había sonado sensible con una pregunta así, pero no me salía de otra forma.
— Sí, Gustav. Murió por cirrosis hace cinco años
— Todo este tiempo estuve preguntándome si él te hizo daño o no…
— No. De todos modos no pareció importarte cuando te fuiste y no volviste nunca más — La miré sorprendido y la vi lamentarse por lo bajo. —. Lo siento. No quise decir eso.
— Está bien, lo entiendo… Déjalo salir. Te hará mejor.
— No quiero dejar brotar rencores, Gus — Volvió a mostrar su sonrisa para mi deleite. —. Es más, me gustaría que conozcas mi casa y a mi pareja. Te caerá bien.
— ¿Tú crees? — La verdad que me incomodaba la idea de encontrarme a mi hermana hecha toda una mujer y mucho menos me motivaba conocer al hombre que la hizo, en efecto, mujer.
— ¡Desde luego! Nada me va a gustar más.
— De acuerdo, lo haré. Sólo te pido tiempo, ¿sí? — Ella asintió y yo traté de sonreír para parecer sincero, pero en realidad sentía una tristeza profunda en mí. La idea de rehabilitarme me estaba rondando en la cabeza desde que hablé con Bill.
¿Valía la pena semejante sacrificio y cambio? Era dejar atrás toda una vida… Una vida que, buena o mala, era la que yo mismo había creado.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.